viernes, 18 de mayo de 2018

RENOVACIÓN DEL PATRONATO DEL PALAU DE LES ARTS


Cinco meses y medio después (que se dice pronto) de que Davide Livermore presentase su dimisión como director artístico del Palau de les Arts, parecen darse por fin los primeros pasos efectivos para intentar empezar a enderezar el rumbo del teatro valenciano. El conseller de Cultura Vicent Marzà anunció ayer en rueda de prensa que el próximo lunes tendrá lugar la reunión constitutiva del nuevo Patronato de la Fundación Palau de les Arts que, a su vez, anunciará las bases de la convocatoria del concurso para la contratación del nuevo director artístico de la casa.

La primera buena noticia es que se anuncia una Presidencia del Patronato desvinculada de cargos políticos y con una intensa relación con el mundo de la cultura y el mecenazgo en nuestra ciudad, en la persona de Susana Lloret, vicepresidenta y directora general de la Fundación Per Amor a l’Art. Esa apertura del Patronato a la sociedad civil se completa además con la introducción de otras cinco personas más como son: la ex ministra de Cultura y patrona del Teatro Real, Carmen Alborch; Isabel Muñoz, que fue directora del Centro de Investigación Príncipe Felipe; José Remohí, del Instituto Valenciano de Infertilidad (IVI); Rafael Juan, empresario; y el presidente de la Asociación Amics de l'Òpera i de les Arts de la Comunitat Valenciana, Pablo Font de Mora.

Esto sin duda es una noticia que invita al optimismo de quienes, entre los que me incluyo, llevamos años abogando por un Patronato menos político. El problema es que, aunque se ha dado entrada a esas personas, los miembros del Patronato que lo son en función de sus cargos políticos, aumentará respecto a la anterior composición, pasando de 8 a 12, o sea doblando el de “representantes de la sociedad civil”. Entre estos cargos políticos se quieren reservar dos asientos al Ministerio de Cultura, a ver si alguna vez se digna mirar hacia Valencia más allá de para venir a la playa a chupar cabezas de gamba, y se animan a integrarse en Les Arts y a aumentar el actualmente insultante apoyo económico al teatro. Del antiguo Patronato parece que cae también la única persona que no era cargo político, el director del Cor de la Generalitat, Paco Perales, lo cual es una lamentable noticia, pues se pierde una de las voces más sabias de la música valenciana y los músicos dejarán de estar representados.

Por supuesto que esta estructura, al menos sobre el papel, es infinitamente mejor que lo que había, pero permitidme que muestre cierta desconfianza inicial. Si de verdad esa apertura a la sociedad del órgano de gobierno de la Fundación se hace efectiva y la sociedad civil tiene voz decisiva en los acuerdos del Patronato, entonces estaremos en la buena senda; ahora bien, no me gustaría nada que esta nueva estructura no fuese más que una renovación del desgastado maquillaje de los representantes políticos en Les Arts y al final solo sirviese para dar una apariencia de apertura y transparencia a unas decisiones en la misma línea que las que se han venido adoptando poniendo en peligro el futuro del teatro. Espero fervientemente que no sea así. Y será obligación de esas seis personas que se incorporarán al Patronato permanecer vigilantes para que no les tengan sólo de comparsas. Por otra parte, habrá que ver cuál va a ser la composición definitiva de otro órgano, la Comisión Ejecutiva, que será la que efectivamente vaya marcando el rumbo de la gestión.

Otra buena noticia anunciada ayer es el nombramiento de Plácido Domingo al frente de una nueva Comisión de Mecenazgo de Les Arts. Es motivo de enorme satisfacción que este gran artista decida seguir implicándose personalmente en el futuro de nuestro teatro pese a todo lo que ha caído. Pocos perfiles más apropiados habrá desde luego para buscar apoyos económicos nacionales e internacionales a la ópera en Valencia que el maestro Domingo, a quien le deseo mejor fortuna en esta singladura que la que tuvo Helga Schmidt cuando le vendieron la moto de dirigir el mecenazgo del teatro.

Y también pienso que es una buena noticia la confirmación de Francisco Potenciano como director gerente.

Respecto al concurso que se pretende convocar para la contratación del nuevo director artístico, espero que a partir del lunes, cuando se anuncien las bases del mismo, se despejen algunas de las muchas dudas que todavía existen sobre este proceso selectivo. De momento ya es un hecho constatado que no se han cumplido los plazos previstos y en junio no habrá todavía nombramiento. Dice el conseller que “hemos avanzado todo lo rápido que hemos podido, pero estas cosas requieren su tiempo”, una gran frase que pasará a los libros de politología y que en realidad quiere decir “dije una fecha a pitopito porque no tenía ni puñetera idea de lo que cuesta montar un tinglado de estos”.

Y otra cosa que no entiendo o no ha explicado bien Marzà es que, después de anunciar una convocatoria pública, imagino que con unos méritos a valorar, hable de que el proceso será confidencial. Entiendo que quiera avisar a posibles concursantes de que no van a ir pregonando quién se va presentando (cosa que conociendo el percal tampoco me atrevería yo a asegurar, cuando de hecho ya se están filtrando algunos nombres), pero espero que si se empeñan en establecer unos baremos (que siempre me ha parecido una estupidez), se haya de ser escrupulosamente transparente a la hora de justificar por qué se elige a Pepe y no a Juan.

Bueno, a partir del lunes veremos cómo va evolucionando la cosa. Más allá de las dudas, como decía al comienzo, lo principal es que parece empezar a desbloquearse la situación, lo que es fundamental para evitar que la imagen del teatro siga dañándose, y que algunas de las líneas que se apuntan no tienen mala pinta. Pondremos una vela a San Judas Tadeo.

lunes, 7 de mayo de 2018

"TOSCA" (Giacomo Puccini) - Palau de les Arts - 06/05/18

Ayer se estrenó otra Tosca en el Palau de les Arts… Y ya van tres desde que se inauguró. Con todas las obras de primera línea que hay en el repertorio operístico que todavía no se han estrenado en este teatro, se sigue insistiendo hasta el hartazgo en unas pocas, como es el caso de Tosca. Ya no hablo de obras o autores más singulares, sino que incluso dentro de la producción de los omnipresentes Puccini o Verdi tenemos óperas importantes como La fanciulla del West, Il Trittico, Ernani, Un ballo in maschera o Falstaff, que aún no se han escuchado, mientras que algunos tenemos ya un cierto empacho de chuparnos tanta Traviata, Butterfly, Turandot o Tosca. Pero claro, mientras se sigan agotando las localidades con estas obras es complicado que los gestores del teatro (si es que los hay actualmente) se planteen renunciar al recurso fácil de su programación en modo pepino.

Y hablando de gestores, la indolencia y desvergüenza de los actuales irresponsables culturales de la Comunitat respecto la situación que se vive en Les Arts, alcanza ya cotas que poco tienen que envidiar a las que en su día consiguieron otros nefandos personajes como Lola Johnson o María José Catalá. Se suponía que en marzo se iba a anunciar el concurso público para cubrir la vacante originada por la dimisión de Davide Livermore; estamos en mayo y el silencio es la única respuesta. La temporada próxima sigue sin hacerse pública. El desconcierto respecto al futuro de la dirección musical de la Orquestra de la Comunitat Valenciana es total tras la dimisión de Fabio Biondi, sin que nadie quiera aventurar nada ni se establezcan contactos en tanto no haya un nuevo director artístico. El Cor de la Generalitat anuncia drásticas medidas de protesta respecto a su situación y les torean con bonitas palabras vacías de hechos y soluciones concretas. La situación general del teatro es caótica y esperpéntica, pero lo más bochornoso de todo es que quienes deberían tomar medidas, o al menos dar la cara (dura) para no transmitir esta imagen de vacío de poder y de ideas, callan y se desentienden por completo, demostrando que esto no les importa nada. Luego cuando no haya nadie que se interese por venir a Valencia como director artístico o director musical igual hasta se extrañan.

Mientras tanto, los trabajadores y el equipo técnico del teatro, así como los miembros de la orquesta y del coro, siguen dando lecciones de profesionalidad, haciendo que todo funcione con apariencia de normalidad.

Y para completar el sainete, va y resulta que, en medio de esta juerga padre que vivimos, la dirección escénica de la Tosca estrenada ayer es de nuestro amigo el ex intendente Davide Livermore, quien se presentó ayer en Les Arts cojeando y apoyándose en una muleta (supongo que no sería una lesión de retorcerse por el suelo de risa viendo el panorama que ha dejado). La producción presentada pertenece al Teatro Carlo Felice de Genova y contiene rasgos bastante habituales en sus trabajos: hay claras influencias del lenguaje cinematográfico (aunque particularmente me ha parecido una sandez eso que ha dicho de que se presentaba la historia como un plano secuencia), no faltan algunos vídeos con nubarrones, la dirección de actores está trabajada, la escenografía es escueta pero efectiva, y, aunque pueda haber alguna pequeña licencia efectista, la propuesta no deja de ser enormemente clásica y fiel al libreto.

Toda la acción se desarrolla en una plataforma triangular imitando mármol, por supuesto muy inclinada, que igual servirá para escenificar la iglesia de Sant'Andrea della Valle en el primer acto, el despacho de Scarpia en el Palazzo Farnese en el segundo, o el Castel Sant’Angelo en el tercero; y el caso es que funciona bastante bien. Las velas tendrán también un importante protagonismo, tanto en la iglesia, como en los candelabros de Scarpia o en la celda de Cavaradossi. El gran valor de la escenografía es su movilidad y a su vez constituye uno de sus principales defectos. La plataforma girará frecuentemente ayudando a crear la diferenciación de ambientes de las distintas escenas sin interrupciones (a eso supongo que se refería Livermore cuando hablaba del plano secuencia) con diferentes puntos de vista y permitiendo un fluido movimiento de personajes. Además de eso, el giro se utilizará para ofrecer al espectador distintos niveles de la acción, permitiendo, por ejemplo, que veamos la tortura de Cavaradossi mientras Scarpia presiona a Tosca para hacer guarreridas, vulnerando el libreto pero potenciando el crescendo dramático. La diferenciación de planos de la acción jugará también un papel simbólico, con el poder eclesiástico arriba y el pueblo debajo, o con Tosca en lo más alto tras asesinar al vil Scarpia. La entrada en escena de éste es impactante, con el malvado personaje plantado en el vértice de la plataforma dominando la acción como una especie de Capitán Ahab en la proa del Pequod.

El problema estriba en que se abusa del efecto giratorio, que bien administrado es interesante pero que acaba por cansar y marear al espectador que sale de la sala con los ojos como Marty Feldman. Además se desluce el drama dando la impresión a veces de que los cantantes se encuentren en un tiovivo. Y para rematar, el carrusel y las alturas también afectan a las voces de los cantantes que pierden proyección. Y encima la plataforma al girar hace ruido que interfiere la música.

Durante el primer acto se ofrece al fondo del escenario la imagen circular, como un gran ojo vigilante, de la cúpula de la iglesia de Sant'Andrea, con los famosos frescos de Giovanni Lanfranco. También vemos en diferentes momentos aparecer de fondo los conocidos nubarrones livermorianos, y la imagen de un Cristo que durante la tortura a Cavaradossi sangrará, mientras que durante la cantata y en el Vissi d’arte lo que asomará será una especie de figura alada (¿paloma, ángel…?) bastante cursi. En el tercero veremos la luna y un paisaje, se supone que del Tíber, bastante cutrecillo, como de cuadro de sala de espera de Gestoría Martínez. También queda un poco ridículo que cuando Scarpia se quita el chaleco y se acerca a Tosca para cepillársela, desde algunas zonas del teatro se le viera la camisa manchada de sangre antes de que la diva le clavara el cuchillo. Debería controlarse igualmente la carga de los fusiles de la ejecución de Cavaradossi, pues el elevado volumen de chispas que sale, a buen seguro que acaba impactando en el tenor, que a este paso cuando llegue la última función parecerá Niki Lauda.

El vestuario creado por Gianluca Falaschi es más clásico que el peinado de Matías Prats Jr y absolutamente fiel a la época y libreto; mientras que en la iluminación se opta por un trabajo que resulte adecuado a la acción, sin especiales efectos, bastante básico. El final, para el que dice Livermore haberse inspirado en el film Cielo sobre Berlín de Wenders, es efectista y sorprendente, no tanto por lo que pasa sino por la forma de reflejarlo. Me resisto a comentar nada más para no hacer spoiler a quien todavía no la haya visto. Yo salí con sentimientos encontrados respecto a la propuesta del regista turinés, hubo cosas que me parecieron interesantes y otras que me cargaron, pero creo que en términos generales sirve a su propósito.

Al frente de la Orquestra de la Comunitat Valenciana volvió a situarse Nicola Luisotti, quien ya nos ha visitado anteriormente en un par de ocasiones, dejando un buen recuerdo tanto en Mefistofele como en Nabucco. Independientemente de la labor que lleve a cabo, que considero que fue buena, es increíble el buenrollismo que desprende este hombre que permanece con la sonrisa en los labios durante toda la función. Luisotti dirigió con pulso, energía y precisión y un gran control de todas las secciones y de la escena, aunque yo quizás eché de menos un mayor refinamiento y una mayor puesta de relieve de los contrastes que tiene la partitura. Impuso de inicio unos tempi lentos que pusieron en algún apuro a los cantantes. También hubo abuso del volumen orquestal que castigó puntualmente las voces. Creo que al final del acto primero y en el tercer acto es donde la orquesta ofreció sus mejores prestaciones, logrando una intensidad dramática imponente, con una sección de cuerda absolutamente espectacular. Las flautas tuvieron también una noche inspirada tanto en el foso como en la gavota interna del segundo acto. Excelente fue la intervención de las trompas al inicio del tercer acto, o la introducción del clarinete de Tamás Massányi a E lucevan le stelle,  y maravillosos de nuevo los violonchelos en la escena previa de ese acto tercero, por cierto comandados por un nuevo solista del que ignoro su nombre.

El Cor de la Generalitat había anunciado posibles acciones de protesta, incluyendo la huelga en esta Tosca, si la administración autonómica no resuelve adecuadamente la incertidumbre de la agrupación por la situación de interinidad de sus miembros. Parece ser que se les ha emplazado para ofrecerles próximamente una propuesta y las acciones de protesta se han suspendido de momento. Ojalá todo se solucione de la mejor forma posible, que no es otra que garantizando la estabilidad y consolidación de todos sus componentes, con las medidas que sean necesarias, ordinarias o extraordinarias, para preservar este irrenunciable activo cultural de la Comunitat. Aunque conociendo el percal, más bien huele la cosa a un intento de ganar tiempo y evitar la repercusión mediática de una huelga en Tosca.

No es extensa la participación del coro en la obra, pero sí determinante en ese impresionante Te Deum en el que volvieron a mostrarse inmensos. También fue muy relevante su entrada del primer acto y una cantata del segundo espléndida. Muy bien estuvieron también los niños y niñas de la Escola Coral Veus Juntes de Quart de Poblet.

El papel protagonista de Floria Tosca ha estado interpretado por Lianna Haroutounian, una cantante que saltó a la fama internacional en el Don Carlo de 2013 en el ROH londinense dirigido por Pappano y protagonizado por Jonas Kaufmann, cuando tuvo que hacer una sustitución de última hora de la soprano prevista, Anja Harteros, consiguiendo un importante éxito. La soprano armenia tiene un instrumento privilegiado, con una voz lírica de indudable belleza en el centro que corre perfectamente por la sala con potencia y riqueza tímbrica. Se muestra poderosa y resplandeciente en el agudo y con muchas más carencias en una zona grave donde cambia el color. El reproche que yo le haría es la falta de matices, sin un solo intento de regulación; no obstante lo cual logró transmitir una gran expresividad dramática a momentos como el dúo con Scarpia del primer acto, con un estupendo Dio mi perdona... Egli vede ch'io piango!, la escena del interrogatorio o el dúo final con Cavaradossi. En el Vissi d’arte cantó con emoción e incisividad, pero yo eché en falta también una mayor variedad de intensidades.

Bastante menos me gustó el Cavaradossi del tenor surcoreano Alfred Kim, quien desde hace un año está siendo más noticia por motivos ajenos a lo artístico, tras ser condenado en Francia por violencia de género, lo que ha motivado que diversos teatros le hayan vetado. No ha sido el caso de Les Arts. Si le reprochaba yo antes la falta de matices a la soprano, lo de Kim fue ya de matrícula. Su fraseo tarzanesco no bajaba del forte, destrozando cualquier atisbo de lirismo que pudiera contener la partitura, con el agravante de que, además, su proyección, salvo en los territorios más agudos, no siempre superaba la barrera orquestal. Su momento de lucimiento en el adiós a la vida quedó así sepultado entre vozarrones desaforados, transmitiendo menos emoción que un percebe sesteando. Tan sólo en O dolci mani apuntó una aproximación a las medias voces, con mejores intenciones que resultados. El resto de su actuación fue una pura exhibición de músculo y potencia en el agudo, donde brilló notablemente. Tanto en La vita mi costasse del primer acto como en los Vittoria del segundo, nos regaló sendos impecables pepinazos en los que su voz, que en el centro se mostraba tirante, temblona y mate, sonaba limpia y liberada.

Claudio Sgura fue un Scarpia para olvidar. De medios mucho más limitados que sus compañeros de reparto, el barítono italiano se mostró absolutamente incapaz de otorgarle al personaje la presencia y autoridad que requiere.  La voz no es fea pero se le quedaba en la nuez, no llegando ni al proscenio. El Te Deum en lugar de ser su momento de lucimiento parecía una imitación de Harpo Marx, resultando totalmente inaudible. Y el segundo acto se quedó en una burda pantomima de un Scarpia sin carácter y más blandito que Bambi. Fue sin duda el más perjudicado por el torrente decibélico orquestal, pero intuyo que ni con un cuarteto de cuerda hubiera estado a la altura.

Entre los comprimarios destacaría el buen Sacristán de Alfonso Antoniozzi y el Spoletta del siempre entregado Moisés Marín  (tanto, por cierto, que el día del ensayo general a punto estuvo de partirse una pierna resbalando en la traicionera rampa inclinada ideada por Livermore).

Un Angelotti irrelevante y para desechar compuso el ex miembro del Centre de Perfeccionament Alejandro López, muy justo en lo vocal y en lo interpretativo, al que además se le castigó con una pinta lamentable de naufrago de Forges. Y muy justito el Sciarrone de César Méndez. Bastante más correcto fue Andrea Pellegrini como Carcelero.

Sí me gustaría reseñar la estupenda intervención del joven Alejandro Navarro miembro de la Escolanía de la Mare de Déu dels Desamparats como Pastorcillo.

Con todo el papel vendido desde hace meses, el teatro, como era de esperar, presentó un aspecto espléndido con un lleno absoluto. En el palco, pese a tratarse de una ópera de las fáciles, de las que pueden asimilar sin sueño hasta los altos cargos públicos, no se vio a ningún relevante marzalito. Hubo toses a cascoporro y la habitual estampida final a la carrera sin esperar ni a que se levante el telón, pese a que, al ser domingo, no eran las 9 de la noche cuando finalizó. Me parece impresentable y una falta de respeto que pone en evidencia la poca educación de una gran parte del público de Les Arts. Un público que, por cierto, se mostró bastante frío toda la noche. Al final hubo aplausos generalizados, pero sólo una ovación intensa para la pareja protagonista. Había cierto morbo por ver la reacción del respetable durante los saludos de Livermore como director de escena en el retorno a su teatro, pero pasó sin pena ni gloria. Fue tibiamente aplaudido y no se escucharon protestas, lo cual ya es bastante.

Bueno pues esta temporada, entre dimisión y dimisión, se nos está pasando en un suspiro. Apenas quedan algunas funciones en el infame Auditori, más la imprescindible Condenación de Fausto de Berlioz en la sala principal. Mientras tanto seguiremos esperando a que los responsables autonómicos despierten de su letargo y tomen decisiones cuanto antes respecto a la dirección artística, y a que se publicite de una vez la próxima temporada. Parece que Ramón Gener tiene ya reservada una fecha de junio para hacerlo; pero espero que antes haya algún anuncio oficial y, sobre todo, que finalmente de verdad haya una temporada operística medio decente.


sábado, 21 de abril de 2018

CONCIERTO WAGNER - Auditori del Palau de les Arts - 20/04/18


Casi cinco años después, la música de Wagner volvió a sonar en Les Arts… Desde aquella magnífica Valquiria que dirigiera el maestro Zubin Mehta allá por noviembre de 2013, la obra de Richard Wagner no había vuelto a tener presencia en el teatro valenciano. Una auténtica vergüenza, especialmente teniendo en cuenta las características de la Orquestra de la Comunitat Valenciana que se ajusta extraordinariamente bien y siempre ha destacado en el repertorio germánico del XIX y XX.

La llegada a la dirección artística de Davide Livermore sepultó las ilusiones de los muchos wagnerianos que formamos parte del público habitual de Les Arts y que temporada tras temporada veíamos como se nos empachaba de Verdi y Puccini mientras la programación de óperas de Wagner o Strauss, quedaba reducida a cero. Siempre alegó el turinés que el motivo era económico al precisar esas obras de refuerzos orquestales. Sin embargo no parecía haber problemas económicos para incluir otras óperas italianas, como Aida o Don Carlo, o francesas, como La condenación de Fausto, que no exigen precisamente unas orquestas reducidas. Además, como ya he dicho otras veces, no toda la producción de Wagner requiere fosos abarrotados, ahí están por ejemplo El Holandes Errante o Lohengrin y no digamos obras como Ariadne auf Naxos de Strauss. A mí nadie me quitará nunca la idea de que el único motivo de peso ha sido la preferencia y gusto personal del ex intendente Livermore.

Pero bueno, el caso es que esta temporada, antes de marcharse, Livermore aceptó incluir de nuevo en la programación la música de Richard Wagner. Eso sí, a modo de popurrí, en versión concierto y relegada a la infecta acústica de ese aberrante espacio que se hace llamar Auditori. Ayer volvimos a vivir un ejemplo de la tortura para las orejas que supone un concierto en esta sala, donde según el lugar en que te ubiques puedes tener una acústica sólo mala o pésima, dispersándose el sonido, retumbando los metales, escuchándose el ruido exterior y con imposibilidad de ubicar correctamente a los solistas vocales, lo que en un concierto como el de ayer, con una orquesta muy numerosa, tiene garantizado el avasallamiento y un desequilibrio importante. Por eso confieso que ayer no pude evitar reírme cuando Siegmund dijo eso de “O lieblichste Laute, denen ich lausche!” (Oh, dulcísimo sonido el que escucho)… sobre todo si además se pronunciaba con el timbre de grajo de las antípodas de Simon O’Neill.

Además de eso, a las despejadas mentes de Les Arts no se les ha ocurrido nada mejor que, al poco tiempo de salir las entradas a la compra general, vender (espero) todo el aforo libre a un patrocinador (Pavasal), con lo que desde hace meses en la web del teatro aparecían las localidades como agotadas; así que los aficionados que no tenían incluido en abono este concierto ni estuvieron especialmente rápidos en la compra anticipada, se han visto obligados a acudir a taquillas el mismo día de la representación a chuparse la cola, con perdón, y buscar si les llegaba alguna del 5% reservado legalmente. Ese bloqueo de entradas ha motivado además que, pese a la gran expectación que existía y a venderse en prensa que el concierto había agotado las localidades, se vieran bastantes huecos en la sala, posiblemente debidos a entradas regaladas por el patrocinador que no han sido utilizadas. Una pena hacer las cosas tan mal.

De cualquier forma, como decía, la expectación que se ha vivido estas últimas semanas ante el concierto y el ambiente emocionado que se respiraba ayer a la entrada, mostraban a las claras las ganas que tenía el público valenciano de volver a escuchar la música de Richard Wagner en su teatro; en un teatro que, no hemos de olvidar, hace no tantos años fue un referente internacional de la interpretación wagneriana.

El programa presentado estaba compuesto por la Obertura de Tannhäuser, el Preludio y Liebestod de Tristan e Isolda, y el primer acto de Die Walküre; contándose además con la presencia de tres voces importantes en el circuito internacional en repertorio wagneriano como las de Camilla Nylund, Simon O’Neill y Matti Salminen. El programa resultaba realmente atractivo para el espectador. Sobre todo para el más neófito porque esta modalidad de selección variadita a los wagnerianos más recalcitrantes nos deja un poco con sensación de coitus interruptus. Cuando la obertura de Tannhäuser te había introducido en el mundo del Venusberg, había que cambiar el chip al intimismo de Tristan. Y no digamos asistir a un emocionante primer acto de Valquiria y tenerse que marchar uno a casa sin que Wotan haga acto de presencia. Pero en fin, no me quejaré porque la verdad es que, pese a todo lo que pueda criticarse, yo me lo pasé estupendamente y espero que a partir de ahora si el teatro sigue vivo, cosa que cada vez veo más complicada, no tengamos que esperar otros 5 años para escuchar, aunque sea mal, la música de Wagner.

A esa expectación de la que hablaba contribuía también la anunciada presencia al frente de la Orquestra de la Comunitat Valenciana del húngaro Henrik Nánási, un director muy querido por el público de Les Arts tras haber ofrecido unas magistrales interpretaciones en repertorios tan distintos como Bartók (El castillo del duque Barbazul), Verdi (Macbeth) o Massenet (Werther), y un maestro también muy querido por los músicos de la orquesta de la casa, que le han situado como el segundo preferido para dirigirla, sólo superado por escasos votos por Gustavo Gimeno, en una encuesta que salió hace diez días a la luz y que parece que ha sido el detonante para la dimisión de Fabio Biondi esta misma semana.

Ayer desde luego quedó claro que Nánási tiene una muy buena relación con los componentes de la Orquestra de la Comunitat Valenciana. Ese entendimiento entre director y músicos hay ocasiones en que trasciende más allá del pódium y casi se puede palpar en la sala y anoche fue una de esas jornadas. Sólo había que ver la forma en la que fue despedido por los integrantes de la orquesta, a los que sólo les faltó agarrarse a sus piernas y decirle: no te vaaayaaas. Yo no sé si existirá alguna posibilidad de materializar que este hombre pudiera ser el nuevo titular de la orquesta de Les Arts, pero no me cabe duda de que sería una muy buena noticia. Supongo que la cosa será difícil, si no imposible, y dejar su dirección actual de la Komische Oper de Berlín para venirse a esta jaula de grillos valenciana no parece una decisión especialmente sensata.

La labor de Nánási ayer, pese a todo, tuvo cosas mejores y peores y a la salida había opiniones para todos los gustos, pero nadie podrá discutirle su personalidad y profesionalidad. En general se caracterizó por estirar los tempi, ralentizando a veces hasta el límite del batacazo de la tensión, como en Tristan; pero compaginándolo siempre con algunos detalles magníficos. Me encantó la variedad dinámica y el espíritu que impuso en Tannhäuser. Y me gustó mucho su primer acto de Valquiria, con una introducción realmente espectacular y con una lectura lírica muy ajustada a las voces que le tocaron en suerte. Personalmente, me volvió a sorprender por su aparente facilidad para hacer brillar el conjunto orquestal, con un equilibrio fantástico, teniendo que pelear contra una acústica nefasta, primando la expresividad sin perder nunca la fuerza dramática y el pulso narrativo, salvo quizás en algún pasaje de Tristan. La colocación de las voces fue un error, pero tampoco creo que tuviera mucha mejor opción.

La Orquestra de la Comunitat Valenciana tuvo una gran noche. Hubo algún comentario de esos típicos de “esta orquesta no suena como antes”. Si seguimos tomando como referencia los tiempos del Fidelio o del Anillo más vale que nos surtamos de Prozac, pero, objetivamente, escuchar ayer la orquesta fue una gozada. Daba gusto ver el escenario abarrotado de músicos y el nivel ofrecido fue excelente pese a algunas pifias, unos pizzicatos a destiempo, algún desajuste puntual… pero yo disfruté muchísimo. Los violonchelos, con Rafal Jezierski marcándose un solo en Valquiria de escándalo, estuvieron sublimes; así como los metales, especialmente en Tannhäuser; el oboe de Pierre Antoine Escoffier, el clarinete de Joan Enric Lluna… Bravo.

En el apartado vocal fue un lujo contar con la presencia de una cantante wagneriana de referencia como es mi muy querida Camilla Nylund. La soprano finlandesa comenzó afrontando el Liebestod de Tristan e Isolda apenas unas semanas después de haber cantado por vez primera el rol (segundo acto y versión concierto) en Boston en compañía de Jonas Kaufmann que también debutaba el papel de Tristan. En esta segunda y breve aproximación al personaje de Isolde, la Nylund ofreció ayer una muerte de amor emocionante, cargada de lirismo y sentido dramático, con un fraseo exquisito que se vio empañado por su colocación en medio de la orquesta, lo cual unido a la densidad orquestal de la partitura y su voz lírica, bellísima, pero a la que, posiblemente, le falte todavía cuerpo como para insistir demasiado a estas alturas de su carrera en frecuentar este personaje, hizo que quedase sepultada por la avalancha orquestal.

Mucho más adecuado a su vocalidad resulta su Sieglinde, un papel que ha paseado ya con éxito por los principales recintos operísticos, incluido el templo wagneriano de Bayreuth, y con el que yo creo que se ha convertido en una de las dos o tres Sieglinde de referencia del panorama actual. Es verdad que aquí también su voz es más lírica de lo que, sobre todo históricamente, es habitual, pero la belleza de su canto, la fuerza dramática, la expresividad y el alma que imprime a la narración, son auténticamente cautivadoras, al menos para el que esto escribe.

Todo lo contrario me ocurrió con el tenor neozelandés Simon O’Neill que me resultó un Siegmund de saldo.  ¿Cometió alguna pifia, dejó de dar las notas que tocaban?, no; pero su voz se encuentra lejísimos de lo que debería ser un héroe wagneriano. La única heroicidad respecto a su personaje fue la de los espectadores que tuvimos que aguantar impertérritos cómo afeaba los dúos con Sieglinde y como toda la elegancia orquestal que se pretendía imprimir se machacaba con un timbre horrendo, nasal e ingrato. Ayer no tuvimos a Siegmund en escena, sino a Mime cantando el papel de Siegmund. Vocalmente, al lado de Nylund y hasta de un Salminen cascado, O’Neill fue un mero monigote con voz de pregonero. Es verdad que aguantó el fiato en unos Wälse largos, pero sin espíritu heroico y es que su canto insulso y monolítico aburría a las ovejas.

Tras anunciarse inicialmente que el encargado de asumir el papel de Hunding sería el veterano bajo norteamericano Eric Halfvarson, hace pocos días se conoció la noticia de que se veía obligado a cancelar su participación por enfermedad, y nos encontramos con la sorpresa añadida de que su sustituto sería el más veterano aún Matti Salminen. El legendario bajo finlandés que tan memorables jornadas nos ha brindado en este teatro desde sus inicios, anunció a finales de 2016 su retirada de los escenarios, con lo que su presencia en Les Arts ha sido aún más inesperada. Obviamente la voz de Salminen no es la misma de sus grandes años y asoman lógicas carencias, pero cualquier reproche queda automáticamente enmudecido ante la autoridad y presencia de su canto y su imponente fraseo. El público valenciano le adora y lo demostró sobradamente en los saludos finales.

Como he dicho antes fue una pena ver notorios huecos en la sala después de haber estado presumiendo de sold out durante meses. El ambiente, no obstante, era el de las grandes noches, con una ilusionante presencia, además, de bastante gente joven. Como siempre, algún móvil descontrolado y toses inoportunas, con especial referencia a la que se cargó sin piedad tras mi cogote el silencio final al consumirse las últimas notas del Liebestod. Al final, grandes ovaciones y euforia general pusieron el punto final a una noche mágica, pese a que algunos aficionados a la salida se mostraban ligeramente decepcionados. No fue mi caso. Yo disfruté mucho, pese a la acústica, al timbre de O’Neill y al coitus interruptus. Ojalá podamos seguir teniendo la presencia en Valencia de la música de Wagner y de Henrik Nánási.

Y mientras todo esto ocurría… en la conselleria de cultura supongo que el señor Girona buscaba en su colección de álbumes de cromos de fútbol a ver si encontraba en qué equipo jugaba ese tal Fabio Biondi del que todo el mundo le hablaba estos días, mientras su equipo de colaboradores seguía debatiendo si el concurso para elegir director artístico lo resolvían con la lotería de los Juegos Reunidos Geyper o echándolo a pies.


domingo, 15 de abril de 2018

FABIO BIONDI DIMITE COMO DIRECTOR MUSICAL DE LES ARTS


Mientras los sufridos aficionados a la ópera esperábamos con impaciencia el anuncio del contenido de la programación del Palau de les Arts para el próximo ejercicio 2018/19 y el ansiado nombramiento de un nuevo director artístico en sustitución del dimitido Davide Livermore, una nueva noticia ha vuelto a estremecer el eternamente convulso panorama operístico valenciano, con la publicación de la dimisión irrevocable de Fabio Biondi como codirector musical de Les Arts.

Desde que Livermore anunció su marcha como director artístico, pocos eran los que apostaban por la continuidad futura de Fabio Biondi, dado su estrecho vínculo con el dimitido intendente, quien parecía ser su principal y, si se me apura, casi único apoyo. No obstante, todo parecía indicar que tanto Biondi como Roberto Abbado aguardarían a tomar una decisión sobre su permanencia en el foso de Les Arts hasta el vencimiento de sus contratos en 2019 y al menos hasta conocer quién será el nuevo director artístico del coliseo valenciano y sus perspectivas.

De hecho, en una reciente entrevista publicada el día 6 de abril, Biondi, que reconocía expresamente estar recibiendo ofertas de otros teatros, se declaraba con ganas de continuar en Valencia si el nuevo director artístico que se nombrase mostrara su confianza en él. Además, los buenos resultados obtenidos por el maestro palermitano en el reciente Il Corsaro, parecían contribuir a dar cierta estabilidad a la situación, dentro de la incertidumbre casi perenne que se vive en Les Arts prácticamente desde sus inicios.

Pero el caso es que la aparición el pasado martes 10 de abril en el diario Las Provincias de los datos de una encuesta interna de la Orquestra de la Comunitat Valenciana, facilitados por el Comité de Empresa de la misma, en los que se ponía en evidencia la total falta de apoyo de sus miembros a los actuales directores musicales de la agrupación, parece haber sido determinante para el repentino anuncio de dimisión efectuado por Fabio Biondi. En esa encuesta, en la que se preguntaba a los componentes de la orquesta por sus preferencias acerca de quién pudiera ser su director musical, ni Biondi ni Abbado obtuvieron un solo voto entre todos los integrantes de la actual plantilla orquestal, siendo los más votados Gustavo Gimeno y Henrik Nánási.

Pienso que, ante esa situación, el anuncio de Biondi es comprensible e incluso le honra. Si no cuenta con el apoyo de los miembros de la orquesta, si el director artístico que apostó por él se ha largado y si desde la administración autonómica no sólo no se toma iniciativa alguna, sino que se permanece en una indecente parálisis mental que no ayuda precisamente a despejar incertidumbres, lo más honesto y razonable es dimitir.

Quienes me conocéis sabéis bien que admiro al maestro Biondi como músico y que reconozco su tremenda valía dentro de un cierto repertorio, aunque nunca acabó de convencerme su nombramiento como codirector musical de Les Arts. Dicho eso, creo que ha dejado trabajos relevantes como en Silla, Idomeneo o el último Il Corsaro, pero no creo que sea el director que necesita la Orquestra de la Comunitat Valenciana. Esta dimisión es una gota más que hace rebosar el vaso de los despropósitos del teatro valenciano, pero creo que demuestra la honestidad del maestro Biondi, a quien sólo cabe agradecer su labor y su integridad moral.

Mientras tanto, las lumbreras y chupópteros varios que calientan los sillones en despachos oficiales presumiendo de regir la política cultural valenciana, siguen sin resolver el vacío de poder en el Palau de les Arts. Dijeron que en marzo se anunciaría el Paella Got Talent ese o concurso a la valenciana que quieren convocar para elegir al nuevo director artístico. Estamos ya a mediados de abril y siguen más callados que Harpo Marx mientras el teatro continúa sin director artístico, ahora además sin uno de sus directores musicales, sin que se conozca el contenido de la presunta temporada próxima, con el Cor de la Generalitat anunciando posibles acciones de protesta por su situación laboral, y con la administración del Estado escupiéndonos nuevamente en la cara con una aportación económica humillante y vejatoria…

Si estuviéramos en un teatro normal y serio parecería claro que esto sería el principio del fin y que la temporada próxima de ópera en Valencia sería la que veríamos cada uno en casa por el canal Mezzo; pero con todos los terremotos a los que lleva sobreviviendo Les Arts desde su inauguración, ya ni siquiera me atrevo a apostar por una defunción que parece avecinarse y que casi da que pensar que sea deseada por quienes deberían evitarla.

Seguiremos atentos al culebrón. Desde luego diversión y emociones no nos faltan. Y para reírnos más, el próximo día 6 de mayo se estrena Tosca con Davide Livermore como director escénico, regresando a Les Arts en medio de este follón y al que veremos si se le escapa alguna sonrisa malévola.

jueves, 29 de marzo de 2018

"IL CORSARO" (Giuseppe Verdi) - Palau de les Arts - 28/03/18


Ayer se estrenó en el Palau de les Arts una nueva producción de Il Corsaro de Verdi, una obra que no es nada habitual verla representada. Baste decir que su estreno en España se produjo en el Liceu en versión concierto en el año 2004 y no sería escenificada en nuestro país hasta el año 2010 en Bilbao. Fuera de nuestras fronteras tampoco es frecuente su presencia en los teatros de ópera, así que ya sólo por eso la cita con esta poco conocida composición verdiana presenta un indudable interés.

Reconozco que a priori me hacía bastante poca ilusión, sobre todo después de mi anterior experiencia en Les Arts con la inaguantable Il Mondo della luna de Haydn. Pero bueno, el caso es que al final la experiencia no fue tan mala como la del tostón lunero; para empezar su duración es casi una hora inferior a aquella, lo que ayuda mucho, y, sin ser tampoco el recopetín, aquí todo fluye mejor. La obra es todavía un Verdi primerizo, muy deudor del belcantismo, con cánones encorsetados donde el genio del compositor no se plasma aún en toda su intensidad, pero reconozco que cuenta con algunos momentos destacables como pinceladas que apuntan ese particular estilo con el que alcanzará poco después las cimas de la ópera italiana.

En cualquier caso, su mayor lastre, a mi juicio, es un libreto bastante idiota, con unos personajes más planos y estereotipados que Pierre Nodoyuna y Penélope Glamour. Más allá de los valores literarios que sin duda contendrá la obra The Corsair de Byron, en la que se basa la ópera, la adaptación del libreto de Piave y la historia en sí me parecen bastante memas y con buenas dosis de pesadez.

Para la ocasión se ha decidido apostar por una producción propia que se ha coproducido con la Opéra de Monte-Carlo, encargando la dirección escénica a la alemana Nicola Raab, quien ya pasó por Les Arts hace 6 años con la Thaïs de Massenet. Como suele ser habitual en los trabajos de Raab, el atractivo visual de la puesta en escena pretende ser el principal protagonista, dejando un poco más descuidado el apartado dramatúrgico. Ayer la propuesta escénica no me convenció en ninguna de sus facetas y no debí ser el único descontento pues en los saludos finales se escucharon no pocos abucheos.

Raab opta por plantear la historia como una fantasía del propio Lord Byron mientras  escribe The Corsair. De ahí que el personaje de Corrado-Byron esté prácticamente todo el tiempo en escena. Esa idea inicial, aunque esté más vista que Verano Azul, no deja de tener cierto interés e incluso llega a funcionar por momentos, aunque son más los pasajes en los que este planteamiento conduce a situaciones absurdas e incomprensibles si no conoces el libreto al dedillo, cosa que no creo que sea habitual en una obra tan poco representada como esta, como esa pelea de Corrado contra nadie mientras a su espalda Seid cae muerto y se levanta reiteradamente; o que Medora en el primer acto ya se chupe el veneno que acabará con su vida en el tercero.

La acción se desarrolla la mayor parte del tiempo en dos planos, el más cercano al espectador sería el de Byron mientras crea su obra y comprueba cómo evoluciona la historia y los personajes; y tras él se desarrolla el drama que surge de su mente, en otra dimensión. Al final, la muerte de Corrado será planteada como el atrapamiento de Byron en ese plano de su propia creación mental. Esta distinción de planos se aprecia bastante bien en el aria de Medora y el posterior dúo, cuando ella parece atrapada tras unos velos de plástico sin que pueda acceder, pese a intentarlo, al “mundo real”. En otros momentos de la representación la distinción de estos mundos paralelos se limitará a plantar a Corrado-Byron mirando la escena. Al final todo se queda en una buena idea que no acaba de funcionar. Lamentable fue, por ejemplo, el resultado del aria de Medora, haciendo cantar a la soprano desde el fondo del escenario y tras los plásticos colgantes, mientras en primera línea el tenor nos obsequiaba con un ruidoso concierto de rotura de papeles muy bonito.

El punto fuerte de la propuesta, que se supone es el visual, tampoco me gustó. Las proyecciones alla Livermore no aportaban nada y la estética del harén de Seid, que supongo pretendía rememorar el orientalismo de la pintura del XIX (Delacroix, Ingres, Fortuny…), se convirtió en un espectáculo viejuno y kitsch hasta empachar. Aquello parecía una función de colegio (de pago) o la tienda de Souvenirs Mohamed del Gran Bazar. Esos turbantes, babuchas, dorados… Para un Rossini bufo le hubieran ido al pelo, pero en un Verdi pretendidamente dramático chirriaban demasiado. Pocas cosas más patéticas y ridículas he visto últimamente que el presunto disfraz de derviche de Corrado del acto segundo. ¿Qué costaba haberse acercado a un Todo a 1€ del barrio y buscar algo menos risible que envolver al protagonista en una alfombra de mercadillo playero y plantarle un minúsculo fez?

Y en la dirección de actores la producción presentada alcanza ya la matrícula de honor del despropósito haciendo dejación absoluta de funciones, con un planteamiento plano donde, a partir de dos o tres ideas, el resto se deja a la buena de Alá. El colmo de la inoperancia se puso de manifiesto con el movimiento del coro. Vaya diferencia entre el exhaustivo trabajo al que tuvo que hacer frente la agrupación en el reciente Peter Grimes, con esta pantomima en la que las únicas indicaciones parecían ser: “coro a escena - coro fuera de escena”, haciéndoles avanzar por unos pasillicos estrechos, cantar desde la trasera y quedarse todos más quietos que el peluquero de Puigdemont.

En definitiva, pienso que nos encontramos ante una fallida propuesta escénica, rancia, fea, que dificulta seguir la ya de por sí absurda historia, que no favorece el apartado musical y que descuida la vertiente dramática.

De la dirección musical se ha encargado Fabio Biondi. Llamó mucho la atención desde el anuncio de la temporada que el director italiano, centrado en otros repertorios, afrontase un Verdi, por mucho que hablemos de un Verdi primitivo. Biondi, siempre dispuesto a buscar autenticidad en las interpretaciones, ha sorprendido esta vez a la platea de Les Arts subiendo el foso casi a la altura del escenario para, según ha afirmado, encontrar una relación fónica entre orquesta y voces que esté más cercana a lo que podía encontrarse el espectador del siglo XIX. Además de subir el foso, Biondi ha variado la disposición de los atriles, ubicando en el centro a chelos y contrabajos, a la derecha madera, metales y percusión, y a la izquierda violines, violas y arpa.  Cuando vi la original elevación del foso pensé que podría haber voces damnificadas, pero claro, no contaba con el hipogrito huracanado de Fabiano y Dyka. Quizás lo que ocurrió fue lo contrario, que se enteró Biondi de que cantaban estos dos vozarrones y subió la orquesta para que pudiéramos escucharla.

Al final, pese a las dudosas previsiones, me gustó bastante el resultado orquestal obtenido por Biondi. Está claro que la obra no es precisamente el colmo del refinamiento y la complejidad, pero dirigió con brío y buen pulso, remarcando con sensibilidad los instantes más líricos y consiguiendo un equilibrio muy notable. Enorme delicadeza mostró, por ejemplo, en el acompañamiento en pizzicato a la muerte de Medora. Trabajó con gusto las dinámicas y logró que la puntual mala disposición escénica de los cantantes no afectase al conjunto. Contó además con otra noche especialmente inspirada de los músicos de la Orquestra de la Comunitat Valenciana que supieron dejar detalles de su valía, como el clarinete de Tamás Massànyi en la obertura, el arpa en el aria de Medora, las flautas en el aria de Gulnara, el oboe de Christopher Bouwman en la entrada de Medora del tercer acto o el increíble sonido de los chelos, comandados esta vez por Arne Neckelmann, en la introducción orquestal a la segunda escena del acto tercero, a mi juicio, junto al Eccomi prigioniero! subsiguiente, el momento más bello, con diferencia, de esta ópera.

Volvieron a brillar sin reparos los miembros del Cor de la Generalitat pese a las majaderías escénicas que ya he comentado, a su breve participación en la obra y a pillarles este Corsaro en pleno proceso de reivindicaciones y protestas por la inaceptable precariedad laboral a las que les tiene sometida la administración autonómica desde hace años. Fantásticos los chicos en el coro de corsarios inicial y muy bien las chicas tanto en el coro de odaliscas, como en la escena final, en esa especie de coro de Morticias en el que les convirtió la regia.

Uno de los mayores reclamos de esta producción era la presencia como Corrado del tenor norteamericano Michael Fabiano, un cantante con presencia en los principales teatros de ópera desde sus inicios y que saltó especialmente a la fama tras ganar el premio Richard Tucker de 2014. Yo le he visto en algunas ocasiones en retransmisiones desde el MET y nunca me había acabado de convencer del todo. Ayer en directo me gustó más. Lo primero que llama la atención es el impresionante volumen que derrocha y su facilidad de emisión, con una bonita voz de tenor lírico que luce especialmente en el centro, cálida, clara, limpia y mostrando una valentía a prueba de bomba, afrontando el riesgo sin importarle las consecuencias, cosa que se agradece. Quizás flaquea un poco en la zona más aguda, así como con alguna puntual desafinación; pero el resultado general de Fabiano fue muy notable y conquistó sin reservas al público valenciano. A mí también, pero no fue quién más me gustó.

La gran sorpresa de la noche para mí fue la Medora de la impronunciable soprano Kristina Mkhitaryan. Belleza vocal y cautivadora presencia física caracterizaron una actuación impecable en un papel que, pese a su corta participación, bordó. Su timbre de sonoridades claramente eslavas, la riqueza expresiva y la sensibilidad mostrada tanto en su aria como, especialmente, en toda la última escena, me llegaron a recordar, perdóneseme la herejía, a la joven Netrebko. Me gustaría volver a ver a la joven cantante rusa en un papel de mayor extensión para corroborar mis impresiones.

A Oksana Dyka ya la conocemos bien en Valencia después de pasar por Les Arts como Butterfly y Tosca en 2009 y 2010. Vozarrón desaforado y temperamento siguen caracterizando a la soprano ucraniana a la que, sin embargo, he encontrado con un cierto desgaste que no sé si será consecuencia de haber estado frecuentando papeles de mayor peso de lo que su voz lírica aconsejaba. El recital de chillidos que nos ofreció ayer la Dyka fue digno de un Marathon Matrimoniadas. El poderoso agudo que posee queda muy deslucido con esta tendencia al grito y un timbre cada vez más hiriente, así como con el feo empleo de portamentos, como hizo ayer en su aria. Algo más moderada estuvo en la segunda parte, donde incluso apuntó un par de regulaciones, pero he de confirmar con Les Arts si finalmente sus gritos acabaron con toda la cristalería de la cafetería o quedó alguna copa sana.

El barítono italiano Vito Priante fue el encargado de dar vida al repelente y políticamente incorrecto personaje de Seid que, por si fuese poco, ayer fue obligado a vestir de mamarracho salido de una filà de moros de 8ª regional. Cumplió bien su cometido, aunque su escueto volumen e inconsistente emisión, con tendencia a cantar padentro, deslucía un papel que debe imponer un poco más de autoridad y que devino inaudible en gran parte de los concertantes. Además, vocalmente al lado de Dyka era como Mini yo con Pau Gasol. Se hacía muy difícil de creer que aquella tremenda odalisca de grito suelto estaba sojuzgada por este Pachá.

Bien el Giovanni de Evgeny Stavinsky y dignas de mención las breves intervenciones de los miembros del Cor de la Generalitat Ignacio Giner, Antonio Gómez y un estupendo Jesús Rita. Es de agradecer que para estos pequeños papeles se utilicen las buenas voces que tenemos en nuestro coro, en lugar de acudir, como se ha hecho tantas veces, a ignotos cantantes, generalmente italianos, fruto de paquetes (con perdón) 2 x 1 de agentes listillos.

La sala principal de Les Arts presentaba ayer un aspecto más que bueno, de lo cual me alegro, aunque internamente me siga entristeciendo que el nombre de Verdi, aunque sea en una operita como esta, venda más que una joya como Peter Grimes. En el casi lleno de ayer también influyó que el resto de funciones se van a desarrollar en plenas semanas Santa y de Pascua y algunos abonados optaron por cambiar su entrada al estreno. Se aplaudieron prácticamente todos los chimpún con bravos, bravi, brave y fervor de fan, aunque, curiosamente, al llegar el descanso los aplausos no pasaron de una tibieza que rozó la frialdad. Al finalizar la función hubo algo más de entusiasmo, especialmente con el tenor; y, como ya he comentado, se escucharon sonoros abucheos a la dirección de escena.

Se ha anunciado oficialmente que la función del próximo día 8 será retransmitida en streaming a través de www.OperaVision.eu con la colaboración de la Agencia Valenciana de Turismo y el canal Mezzo. Yo, en cualquier caso, como siempre, os animo a acudir en directo y a disfrutar de las cosas buenas que también tiene esta ópera, con dos voces muy notables y algunos momentos musicales destacables. Además es una oportunidad de conocer una obra muy inusual y, total, si no os gusta, al fin y al cabo estamos en semana de Pasión.