viernes, 2 de febrero de 2018

PETER GRIMES (Benjamin Britten) - Palau de les Arts - 01/02/18

Tengo este blog demasiado abandonado. Me encantaría poderle dedicar más tiempo, pero con mi actividad laboral actual me quedan pocos ratos disponibles y cuando los tengo me pillan demasiado cansado. Me gustaría haber podido escribir alguna entrada para preparar la ópera que se estrenó ayer en Les Arts, Peter Grimes, de Benjamin Britten, una obra que me apasiona con locura y que considero un crimen perderse; y más después de lo visto y oído ayer. Pero bueno, igual salís ganando si acudís al blog de Maac que sí ha publicado alguna entrada previa que podéis leer AQUÍ y AQUÍ.

Y también quería haber escrito algunas cosas sobre la situación del teatro tras la dimisión, hace ya casi dos meses, de Davide Livermore como intendente y director artístico de Les Arts. En mi crónica del Don Carlo que inauguró esta temporada fui muy crítico con el gobierno valenciano y con su gestión de la situación, habiéndose cubierto de gloria con una serie de declaraciones que no sólo no tranquilizaban al aficionado acerca del futuro de la ópera en València, sino que nos hacía dudar seriamente de que supiesen siquiera de qué hablaban.

Desde aquellos días las noticias se han ido sucediendo en los medios de comunicación en un incesante goteo y, donde antes decían culo, hoy dicen teta y mañana pedorreta. Es verdad que, después de las primeras imbecilidades vomitadas por el secretario autonómico de Cultura, Albert Girona, más chulo que un ocho, el discurso de los responsables culturales valencianos ha ido cambiando a mejor e incluso el propio conseller Marzà, acusado por el público de Les Arts de cobarrde en el estreno de temporada, tomó directamente el timón de la situación, reunió al Patronato, recibió a Plácido Domingo y, con ganas o sin ellas, acudió a una de las funciones de Don Carlo acompañado de la vicepresidenta Mónica Oltra (por cierto vestidica como si fuera a los Oscar, aunque con estilismo de salón Kataoria).

Algunos de vosotros me habéis preguntado por qué no he ido diciendo nada de ese cambio de rumbo después de haber metido aquí caña a saco. Pues, sobre todo, por lo que comentaba al principio, la falta de tiempo; pero además porque no hay todavía absolutamente nada claro y hasta que no vea escritas negro sobre blanco acciones concretas, no me fío ni un pelo de que pasado mañana les siente mal el cremaet y vuelvan a ver las cosas desde su mundo del revés y a decir lo que realmente piensan. Creo que han demostrado un desconocimiento supino de la realidad operística valenciana, como también lo hicieron sus antecesores. Ahora parece que van tomando conciencia de la situación con alguna declaración medio razonable y alguna otra que debe mantenernos alerta. Ojalá al final se imponga la sensatez y sigan por buen camino, yo seré el primero en felicitarles y en pedir disculpas por mis recelos… aunque no puedo evitar de momento fiarme menos de sus palabras que de Grimes como babysitter. Y ya veremos cómo afecta también a la gestión diaria y sobre todo al futuro de la programación este descabezamiento del teatro si se prolonga demasiado.

El caso es que ayer se reanudaba la actividad operística desde aquellas últimas funciones de Don Carlo justo antes de Navidad. Casi mes y medio de parón en esta época del año, de máxima actividad en cualquier teatro normal, es impresentable. Y esto parece claro que hay que agradecérselo al dimitido Livermore, que se tiró el cuesco y se bajó del ascensor, y, como ya ocurriese la temporada anterior, en enero no se programó nada para dedicarse él a sus compromisos externos como director de escena. Inaceptable.

Pero bueno, lo mejor de todo es que la reanudación de la actividad ayer en el Palau de les Arts se produjo a lo grande, habiendo vivido quien esto escribe una de las jornadas más emocionantes e inolvidables en este teatro de ópera, siendo los principales responsables de ello, por supuesto Benjamin Britten, también la labor de Willy Decker, pero, sobre todo, el Cor de la Generalitat, a quien jamás podré agradecer bastante lo que anoche me hicieron disfrutar. Si alguien todavía no acaba de creerse que este coro es de primer nivel internacional, por favor, que se quite las legañas, se lave las orejas y acuda a ver este Peter Grimes.

Desde que hace ya algunos años venciese mi inicial distanciamiento de la música de Britten y descubriese su inmensa calidad, Grimes se convirtió pronto en una de mis óperas de cabecera. Siempre he tenido la ilusión de poder verla representada en directo algún día y me daba miedo que me la fastidiasen con alguna tontunez de puesta en escena que no hiciese justicia a la inmensa fuerza dramática del libreto y de la música de esta ópera. Ayer mi deseo se hizo realidad y además creo que la producción elegida es un acierto incuestionable.

No es nueva precisamente, se trata de una producción del Teatro de La Monnaie de Bruselas, que por cierto en el programa de mano se anuncia como adquirida ahora por el Palau de les Arts, con dirección de escena de Willy Decker, escenografía y vestuario del escocés John Macfarlane e iluminación de Trui Malten, que ya pudo verse en España, en Madrid en 1997, cuando Les Arts todavía no estaba ni en el coco de Calatrava, y en Bilbao en 2004. De Decker pudimos ver en València, en 2013, la famosa Traviata del reloj y, aunque hubo opiniones para todos los gustos, a mí me pareció un trabajo excelente, como también me lo ha parecido este.

Al igual que entonces, creo que el principal valor de esta puesta en escena es una cuidadísima dramaturgia y dirección actoral. Britten y Montagu Slater, el libretista, dibujan en esta obra un increíble retrato de personajes principales y secundarios, todos y cada uno de los cuales, independientemente de su mayor o menor protagonismo vocal, tienen unos rasgos claramente definidos y una participación muy concreta y coherente en la narración. Este valor intrínseco de la obra original ha sido extraordinariamente bien interpretado y trasladado a la escena por Decker, con un sobresaliente trabajo de dirección actoral y movimiento escénico en el que cada persona que está sobre el escenario tiene definida una personalidad concreta. Hasta los miembros del coro dejan de ser una masa anónima, de actuación y movimiento unívoco, para convertirse en un conjunto de personalidades individuales que también funciona como implacable colectivo, pero manteniendo la singularidad de cada personaje o grupo de personajes, tanto en la vertiente interpretativa como en el movimiento escénico. Hacía mucho tiempo que no veíamos una labor tan cuidada y efectiva en este apartado.

La fidelidad al original quiebra en algunos momentos pero sin que, a mi juicio, se resienta el espíritu de la obra, e incluso saliendo potenciado a veces (ojo que van spoilers): La primera es al inicio de la ópera, cuando, en lugar de estar el pueblo dedicado a sus quehaceres, aparecen cantando sentados dirigidos por el reverendo, a modo de himno eclesiástico, lo cual ayuda a incidir en la uniformidad del colectivo frente a la individualidad de personajes como Ellen. También en el mismo sentido, tras el precioso cuarteto del segundo acto, cuando aparecerán unas cuantas mujeres escrutando en actitud amenazante a las cuatro que habían sido apartadas del grupo que va a casa de Grimes. O en el segundo acto, cuando el aprendiz se abraza a Grimes mientras éste, melancólico, evoca cómo sería su vida junto a Ellen cuando sea rico; mientras que en el libreto el aprendiz permanece llorando en un rincón por el trato brusco del pescador, pero ese gesto dota de mayor humanidad al instante y resalta la violencia posterior de Grimes cuando le aparte de sí. O haciendo que Grimes vuelva a la cabaña con el chico muerto al final del segundo acto, haciendo evidente la desesperación del pescador. O en el sobrecogedor coro Who holds himself apart del tercer acto, cuando la masa sospecha que Grimes ha vuelto y canta Al que nos desprecia le destruiremos, y aquí todo el pueblo señalará con el dedo a Ellen, acusándola de lo que pueda haber ocurrido e incluso insinuándose que pueda ser el próximo blanco de la ira colectiva, cuando en el libreto Ellen ni siquiera está presente en ese momento; pero esta innovación contribuye a potenciar ese conflicto individuo-masa que preside toda la obra. Como también lo hará el final de la ópera, donde volverá a aparecer el pueblo sentado cantando y un simple gesto de Balstrode y Ellen hará evidente que estos han acabado por unirse a la uniformidad del grupo. Hay mil detalles en esta excelente dirección escénica y seguro que en posteriores visiones voy descubriendo nuevos.

La escenografía es mínima, una rampa muy inclinada y grandes paneles móviles, pero el poderío visual de la escena acaba por resultar impactante. La amenazadora presencia del mar y la naturaleza se percibe incluso aunque no veamos el mar ni las barcas. El espectacular juego de iluminación y la ambientación conseguida con los fondos y los movimientos de los paneles (magistral me pareció la resolución de la escena de la iglesia), bastan para trasladar al espectador el desasosiego y la opresión de los seres que pueblan el Borough, sin necesidad de mareantes vídeos livermorian style de nubarrones y marejadas.

Hubo instantes de una gran inteligencia teatral e intensidad dramática, como la llegada a puerto de Grimes; la entrada de este en la taberna (y toda la escena de la taberna); la partida final de Grimes o la última escena con Ellen y Balstrode incorporándose a la uniformidad del colectivo.

Si tuviera que buscar algún punto negativo destacaría el riesgo que conlleva el empleo de unas superficies inclinadas para el desarrollo de la acción con tantos personajes en escena. Reconozco que el efecto visual es interesante y que ayuda a incrementar la sensación de fragilidad de los habitantes del Borough, pero me parece milagroso que no acabase ayer nadie rodando y aterrizando sobre los timbales. También deslució un poco el impactante final el ruido que se origina en el rápido cambio de escena que hay que hacer entre la partida de Grimes y la aparición del pueblo de nuevo como al inicio, interfiriéndose así la escucha musical. En cualquier caso, me parece sobresaliente el trabajo del equipo escénico.

La dirección musical corrió a cargo del norteamericano Christopher Franklin, quien ya ha estado anteriormente en València al frente de la Orquestra de la Comunitat Valenciana en Juana de Arco en la hoguera, en Café Kafka, y en otro Britten, La vuelta de tuerca.  En esas ocasiones no me convenció y ya comenté en este blog que me preocupaba seriamente lo que pudiese hacer ante una ópera de enorme envergadura y exigencia como Peter Grimes. Quizás como esperaba que no me gustase su Grimes, acabé por encontrarle mejor que otras veces, aunque incurrió en defectos ya conocidos. Fundamentalmente el abusar de volumen y no cuidar demasiado las dinámicas, marcando una línea bastante horizontal generalmente en forte. Eso hizo que en los números de conjunto más multitudinarios se dificultara la distinción de planos sonoros. Faltó refinamiento y detenerse en detalles que hubieran ayudado a resaltar algunos momentos de la partitura de Britten que lo merecían. En los interludios en general estuvo bien, salvo en un Passacaglia un tanto excesivo y en el introductorio del acto tercero (luz de luna) donde hubo desajustes y una lectura algo tosca. También hubo algunos desequilibrios entre secciones con unos metales demasiado presentes. En lo positivo destacaría el control, nada sencillo, de voces y foso, concertando notablemente y marcando con rigor todas las entradas. Y creo que el conjunto no se resintió tanto como en Juana de Arco, por ejemplo; y a mí el resultado final, pese a los reparos que se le pueden hacer, no me impidió en absoluto disfrutar del genio de Britten.

La orquesta, más allá de la labor de dirección, mostró la enorme calidad de sus atriles y sería injusto destacar a nadie en particular, porque realmente brillaron todos sobremanera. Maderas, percusión, metales, arpa (genial) y una cuerda maravillosa que ya desde los primeros compases del Amanecer (interludio entre prólogo y acto primero) apabulló por su densidad y belleza sonora.

El Cor de la Generalitat, como ya he apuntado antes, creo que fue el gran triunfador de la velada. El coro en esta ópera es un personaje más de capital importancia y las exigencias vocales e interpretativas que plantea la obra son inmensas. Sin duda debe ser una de las apuestas más complicadas que ha afrontado la agrupación y la ha resuelto con matrícula de honor. Honor con mayúscula, honor en su definición como “gloria o buena reputación que sigue a la virtud, al mérito o a las acciones heroicas”, porque glorioso fue el rendimiento obtenido por el Cor tras una actuación heroica, tanto en el aspecto vocal como llevando a cabo una actuación dramática formidable.

Hubo quien cuestionaba el exceso de volumen o la falta de claridad de los planos sonoros que se produjo en alguna escena multitudinaria, pero eso, como he dicho antes, entiendo que es una responsabilidad del director de orquesta. Todas sus intervenciones fueron impactantes y de poner los pelos de punta. Desde el coro de la tormenta, hasta los We live and let live o Old Joe de la escena de la taberna, o el impresionante Now is gossip put on trial, y, por supuesto, el Who holds himself apart que mencioné más arriba, con el que finaliza la primera escena del acto tercero, con ese brutal crescendo de la tensión dramática y las  sobrecogedoras llamadas a Grimes.

Si no bastaba con su inmejorable actuación de conjunto, no pocos de sus componentes tuvieron ocasión de lucirse en pequeñas intervenciones individuales como Empar Llàcer, Javier Galán, Susana Martínez, José Enrique Requena, Boni Carrillo, Antonio Gómez, José Ángel González, Lluís Martínez, Boro Giner o un estupendo Fernando Piqueras.

El plantel solista presentado en Les Arts, como ya ocurriera con otro Britten anterior en El sueño de una noche de verano, no es especialmente conocido, a excepción de Kunde y Plowright, pero me pareció adecuadísimo y bastante equilibrado y las carencias individuales se diluían en la excelencia del colectivo sin afectar al conjunto, pues la entrega dramatúrgica e interpretativa de todos los cantantes, unida a una partitura que desborda emoción y tensión dramática, condujo a un resultado final que sólo puedo calificar de muy satisfactorio, más allá de los posibles detalles particulares que puedan ser criticables.

No sé si, tras la marcha de Livermore, Gregory Kunde seguirá siendo un asiduo en Les Arts, pero por el momento su colaboración ha continuado este año asumiendo este carismático papel del pescador Peter Grimes que, además, debutaba en nuestro teatro en versión escénica, aunque ya lo cantara en Roma en 2013 en versión concierto. El tenor norteamericano da lo mejor de sí en un rol que se nota que le motiva especialmente, llevando a cabo un auténtico derroche de fuerza dramática. Vocalmente las cosas son como son. Hay un desgaste evidente, los cambios de color entre registros están ahí, pero posiblemente ayer haya sido de los días que más me ha gustado en los últimos años. Trazó un Grimes más humano que el de Vickers aunque más plano que Pears. Mostró lirismo y un canto emocionado y sensible tanto en What harbour shelters peace como en Now the great Bear; bastante peor resolvió en el segundo acto In dreams I've built, donde quedaron más evidentes sus limitaciones y kundeó más; y su escena final fue muy destacable.

La también norteamericana Leah Partridge, a quien pudimos ver en Les Arts como la Helena de El sueño de una noche de verano, fue una buena Ellen Orford, llevando a cabo una interpretación cargada de emoción y sensibilidad. En la zona más aguda rozó a veces el chillido y denotaba obvias carencias en el registro más grave, pero su asunción del personaje me resultó muy meritoria. Estuvo fantástica en el dúo con Balstrode.

Con algún apuro por arriba, pero muy sólido en general, resultó también el Balstrode que compuso el barítono Robert Bork, con una voz amplia e impactante, con buena proyección. También destacó en su ajuste al personaje otro barítono, Charles Rice, como el farmacéutico Ned Keene; y cumplieron con corrección el resto del elenco masculino: el Swallow de Andrew Greenan, el Reverendo de Ted Schmitz o el Hobson del gigantón Lukas Jakobski. Menos me gustó la voz de Richard Cox como Bob Boles.

La legendaria veterana Rosalind Plowright ya no está para muchos trotes vocales, pero el papel de la odiosa señora Sedley le viene como anillo al dedo. Es verdad que en su momento del acto tercero acaba recurriendo al parlato, pero la composición del personaje es espléndida y llena el escenario en cuanto lo pisa.

No menos cascada está la voz de Dalia Schaechter, cuya zona grave en más de una ocasion resultó directamente inaudible, pero tampoco chirría en un personaje como Auntie.

Muy cumplidoras, ajustadas y desenvueltas en escena se mostraron también las dos Sobrinas, Giorgia Rotolo y Mariana Mappa, ambas alumnas del Centre Plácido Domingo.

También merece mención especial el joven Alejandro Antelm en su papel mudo de aprendiz, con una muy buena actuación. Lo que no sé es la cantidad de cardenales reales con los que acabará después de cada función porque no son pocas las veces que acaba rodando por los suelos.

Lamentablemente la sala principal de Les Arts no se hallaba llena ni mucho menos. La platea no presentaba mal aspecto, pero los pisos superiores estaban demasiado vacíos. Ojalá el boca a boca haga que en las próximas funciones la asistencia de público sea mayor. La ocasión lo merece. El público, que al menos en mi zona se mostró mucho más silencioso de lo habitual en cuanto a ruidos y chácharas varias, estuvo particularmente frío al finalizar el espectáculo y la intensidad de los aplausos fue bastante tibia en comparación con estrenos anteriores, además de ser más numerosa la típica estampida de los que se quieren poner el pijama y el chupete cinco minutos antes. Sí fueron más llamativas las ovaciones para orquesta, coro y Kunde. También la dirección escénica fue unánimemente aplaudida.

Ya acabo. Si habitualmente aprovecho para animaros a que acudáis a la ópera en directo a disfrutar del espectáculo, en esta ocasión lo hago con especial énfasis. De verdad que vale mucho la pena y hay muchas entradas. Esta ópera no es fácil de ver representada y es una obra que merece conocerse y disfrutarse. Ayer un amigo me decía en el descanso que si alguien va a ver Peter Grimes y dice que no le gusta es que está mal de la cabeza. Obviamente es una exageración y yo no diré tanto, pero se me hace muy difícil pensar en alguien que acuda a este espectáculo y, aunque tenga sus prejuicios acerca de la música de Benjamin Britten, no acabe sobrecogido por la intensidad de la historia y la fuerza de la partitura del compositor inglés… Y además está el Cor de la Generalitat. Tener en nuestro teatro este coro como titular es más que un lujo. Disfrutémoslo.


domingo, 10 de diciembre de 2017

"DON CARLO" (Giuseppe Verdi) - Palau de les Arts - 09/12/17

Ayer dio comienzo oficialmente la temporada operística 2017/18 en el Palau de les Arts de València. Desde que se anunció el contenido de la programación de este año sabíamos que nos encontrábamos ante una de las grandes citas para el aficionado, confluyendo el interés que siempre tiene un inicio de temporada, con la representación de una de las indiscutibles joyas del repertorio, la grandiosa, en todos los sentidos, Don Carlo, de Giuseppe Verdi, contando además con la presencia, cuestionable pero siempre taquillera, del incombustible Plácido Domingo en el reparto.

Pero por si había poco picante en el guiso, el pasado martes 5 de diciembre Davide Livermore decidió vaciar el frasco de tabasco en la olla, anunciando de forma inesperada su dimisión como intendente y director artístico de Les Arts, como ya os comente AQUÍ; por lo que había también gran interés por saber cómo reaccionaría el público valenciano ante la noticia y si los representantes políticos responsables del área de Cultura acudirían al inicio de temporada, como hizo el conseller Marzà el año pasado o al comienzo de la pretemporada del anterior.

Marzà en su Mundo del Revés
Pues ayer quedaron dos cosas claras: que el aficionado está muy enfadado con la gestión política de este problema y que, una vez más, los políticos encargados de la política cultural en la Comunidad Valenciana son indignos de ostentar esa representación ciudadana, precisamente por su desprecio hacia la ciudadanía. Ni el conseller Marzà, ni el secretario autonómico de Cultura, Albert Girona, a quien estos días protegido en la intimidad de su despacho oficial se le llenó la boca de sandeces, tuvieron el coraje de acudir a Les Arts a dar la cara. Lo peor no fue su cobardía, sino el desprecio absoluto hacia el mundo de la ópera que ello significa, haciendo ostentación con su ausencia en un estreno oficial y en un momento tan delicado como este, de que pasan de nosotros. Es probable que se defecasen encima pensando en lo ocurrido en 2014, cuando se abucheó a otro nefasto personaje, la consellera María José Catalá del gobierno del PP, y no quisieran ser hoy portadas de prensa, pero con ello y sean cuales sean los motivos, perdieron la escasa dignidad pública que les pudiera quedar.

Por cierto, igual de indecente e impresentable es la postura de la señora Catalá quien hoy ha salido sacando pecho y acusando de cobardía al actual gobierno, cuando ella es culpable en muy gran medida de todo lo que está pasando hoy.

Quien sí estuvo dando la cara, asistiendo a la representación y departiendo en el descanso con quienes se acercaban a él, fue Davide Livermore. Fui testigo de cómo numerosos aficionados se acercaban a mostrarle su apoyo y le noté alterado y muy enfadado.

Nada más salir ayer Ramón Tebar al foso y antes de iniciarse la representación, una espectadora solicitó “un aplauso para el maestro Livermore”, petición que fue seguida de una larga ovación. Después, antes de la salida del director tras el descanso, una voz gritó “conseller cobarde”, secundándose con numerosos aplausos y con otras voces como “fuera políticos” o “no os carguéis la ópera”. A continuación, la salida de Tebar fue acompañada de una larguísima e intensa ovación dirigida a la orquesta.

Girona en su Mundo del Revés
La protesta del aficionado no hay que entenderla personalizada en la dimisión de Davide Livermore en sí. Realmente el detonante de la indignación del aficionado valenciano son las desafortunadas y chulescas declaraciones posteriores de Albert Girona, en las que no sólo mostró la falta de proyecto cultural serio en relación con el Palau de Les Arts, sino además el desconocimiento absoluto del funcionamiento de un teatro de ópera y el desprecio hacia los aficionados y en general hacia el mundo de la lirica, con mención especial para una indiscutible figura como Plácido Domingo de quien tuvo la osadía de afirmar: “no sé qué interés puede tener lo que diga una persona de fuera del Palau de les Arts”. Señor Girona, usted sí que es una persona de fuera… de fuera del mundo real.

Por cierto, alguien debería aclararle a Girona que el cargo de Helga y de Livermore ha sido intendente y director artístico, nunca “superintendente”, como reitera en todas sus declaraciones, no sé si consciente o inconscientemente. El único superintendente conocido es Vicente, el de la T.I.A., la agencia en la que trabaja Mortadelo y donde seguramente el señor Girona haría mucho mejor papel, junto al profesor Bacterio, que en la conselleria de Cultura.

Después de aquellas primeras declaraciones de Girona se ve que alguien se ha dado cuenta de que estaban metiendo la pata hasta las ingles y han procurado maquillarlas diciendo toda clase de tonterías, como que el funcionamiento de Les Arts “no ha sido ni será diferente al del resto de recintos del mundo”. Cualquier persona que haya trabajado en o con Les Arts sabe que eso es simplemente falso. Dudo que haya en todo el mundo otro teatro de ópera del nivel de Les Arts que tenga similares trabas burocráticas, económicas y administrativas para su funcionamiento diario y su gestión interna y artística. Eso es así y es una consecuencia de la dependencia económica y orgánica respecto a la administración autonómica, lo que impide, por ejemplo, que la orquesta pueda reforzarse adecuadamente, al aplicarle las mismas limitaciones en cuanto a contratación de nuevas incorporaciones que las que afectan a cualquier departamento administrativo funcionarial de la Generalitat.

También han salido corriendo ahora los Marzalitos a decir que nunca han pensado en hacer concursos públicos para contratar a los artistas de la temporada operística y que eso ha sido una invención de Livermore. Pues miren, tampoco es cierto. Eso lo dice Livermore porque es lo que se desprende de los informes de auditoría de cumplimiento de la Intervención General de los años 2015 y 2016.

Siguen insistiendo en que hay que abrir el Palau a la sociedad civil, no sé si es que ahora estará ocupado por el tercio Duque de Alba de la Legión o que los aficionados y abonados actuales no somos sociedad civil. Estos últimos años con Livermore al frente creo que precisamente se han dado muchos pasos hacia el acercamiento del género y del teatro a toda la sociedad valenciana con múltiples iniciativas. Lo que realmente habría que abrir a la sociedad civil y al mundo de la cultura y el arte es el Patronato de la Fundación Palau de les Arts, hoy copado por ineficientes y obtusos cargos políticos.

Se pretende engañar a la gente diciendo que lo que quieren, cuando proponen eliminar la figura de intendente y sacar a concurso la de director artístico, es equiparar el organigrama al de otros teatros como Madrid y Barcelona. Es cierto que ahí no hay intendente, pero sí director artístico, como lo era Livermore. Matabosch no fue elegido por concurso; sí lo fue en el Liceu Scheppelmann, pero desde luego en su proceso de selección no tuvo que acreditar, como dicen que pedirán ahora los Marzalitos, conocer la filosofía del gobierno de turno o el conocimiento oral y escrito de la lengua catalana... y ojo que hablamos de Barcelona.

En fin, ya seguiré comentando todas estas cuestiones en otro momento. Davide Livermore lo explica todo bien clarito en la entrevista que concedió ayer a El Mundo y que podéis leer AQUÍ. Yo voy a cambiar de tema porque si sigo no voy a decir nada de lo realmente importante de ayer que fue la representación de ópera que tuvo lugar.

La producción elegida para la ocasión, de la Deutsche Oper de Berlín, cuenta con la dirección escénica, escenografía e iluminación del suizo Marco Arturo Marelli y el vestuario de Dagmar Niefind. Como sabiamente la ha calificado el amigo Titus, se inscribe en ese, últimamente tan habitual, estilo “neososo” que te vale igual para un Don Carlo que un Barberillo de Lavapiés.

Toda la fuerza de la puesta en escena reside en una variada iluminación y una escenografía mínima, compuesta apenas por una serie de bloques o paneles móviles que configuran los distintos espacios escénicos. Durante la mayor parte de la obra se juega con el hecho de que el hueco que dejen esos paneles conforme la figura de una cruz, haciendo así presente en todo momento el omnímodo y vigilante poder religioso. El permanente movimiento de los paneles y los espacios que se van configurando dotan de agilidad a la propuesta y exigen un intensísimo y preciso trabajo por parte del equipo técnico del teatro, entiendo que de ahí que estos saliesen a saludar al término de la función.

Creo que visualmente funciona bastante bien y algunas escenas, como la del auto de fe, me pareció muy interesante, aunque en ésta la situación del coro entre los paneles y en las alturas intuyo que dificultaría su proyección y les exigiría un esfuerzo extra. En el apartado de movimiento escénico y dirección de actores no hay tampoco nada especialmente reseñable, pero sí que todo el conjunto presenta una homogeneidad del discurso dramático y deja fluir sin trabas la historia contada y cantada.

El vestuario mezcla distintas épocas y estilos optando por una abundancia de colores neutros o negros, a excepción del verde de Éboli, los blancos y azules de la reina y el rojo del clero. Sí pienso que alguna mayor carencia se aprecia en el apartado de caracterización y maquillaje, no sé si voluntaria o involuntariamente. Creo que poco hubiera costado un bote de Farmatint o una peluca de Casa Picó para que el Rodrigo encarnado por Plácido Domingo intentase al menos dar el pego de que, como ocurre en el libreto, se trata de un personaje de la misma edad que Carlo y no alguien que podría ser su abuelo. Y luego, la apariencia casi de zombis de los diputados flamencos o el aspecto cantinflanesco de Tebaldo, les hacen perder cualquier connotación dramática. Tampoco me gustó el exceso de humo presente en la sala gran parte de la noche sin venir a cuento. Imagino que cuando fueran a quemar en la hoguera a los herejes estos ya estarían asfixiados y medio ciegos, como buena parte de la platea.

Lo mejor de toda la velada, en mi opinión, estuvo en la magnífica dirección musical de Ramón Tebar. El nuevo titular de la Orquesta de València y principal director invitado de la Orquestra de la Comunitat Valenciana volvió a mostrar gran sensibilidad y conocimiento de la obra verdiana, como ya hiciese en febrero con La Traviata. El director valenciano consiguió un óptimo ajuste de balances entre foso y escena y llevó a cabo una meritoria labor de concertación. Tebar, muy minucioso, guió la orquesta con nervio, buen pulso y tensión dramática, cuidando al mismo tiempo mucho las voces. Eso hizo que en algún momento, especialmente en intervenciones de Plácido Domingo, el material orquestal plegase gran parte de su protagonismo a las exigencias de las peculiares condiciones vocales del cantante; pero sin que en ningún instante decayese la tensión.

Ayer, en manos de Tebar la Orquestra de la Comunitat Valenciana volvió a adquirir las sonoridades de antaño y hubo momentos absolutamente mágicos. Creo que fue de menos a más y, tras un primer acto algo más anodino con unos cantantes bastante planos en lo expresivo, la emoción fue ganando enteros con unos dos últimos actos soberbios. Es imposible no recordar la gran escena del auto de fe que nos brindó Maazel en 2007, pero anoche Tebar no desmereció en absoluto, ofreciéndonos una intensidad orquestal y una emoción espectaculares, con un gran rendimiento de los atriles del foso y de la orquesta interna. Fue una noche especialmente inspirada de toda la sección de cuerda, especialmente de la cuerda grave y también de los metales. Hubo grandes instantes de arrebatadora intensidad dramática y enorme calidad musical, como toda la escena del Inquisidor con Felipe II; el precioso diálogo de cuerda grave y metales al comienzo del acto cuarto; el inicio del acto segundo; el dúo entre el rey y Elisabetta del acto tercero; la entrada del pueblo al final del acto tercero, con un nervio orquestal impactante; los violonchelos en el trío del acto tercero; la cuerda en la entrada de la guardia en la escena final; o, por supuesto, el estupendo solo de violonchelo de Guiorgui Anichenko que acompañó el aria de Felipe II. También hubo instantes de lucimiento para el oboe de Pierre Antoine Escoffier; de Ana Rivera con el corno inglés, como en el acompañamiento a Non pianger, mia compagna; o la flauta y los metales en la muerte del marqués de Posa.

En medio de la tempestad política y económica que lleva azotando estos últimos años la nave de Les Arts, a pesar de la fuga de atriles que está padeciendo la orquesta, y sobreviviendo a la incapacidad de los dirigentes políticos para reforzar la agrupación de forma que se garantice su continuidad, es un auténtico milagro que la Orquestra de la Comunitat Valenciana siga ofreciendo la inmensa calidad que la sigue consolidando como la mejor orquesta de España sin discusión posible.

Y si de milagros hablamos, lo del Cor de la Generalitat es ya digno de canonización. Hacer frente a una ópera como Don Carlo con un refuerzo irrisorio y con los caprichos escénicos de registas más pendientes de la estética que de la música, y obtener unos resultados como los que pudimos disfrutar en la noche de ayer, es para quitarse el sombrero, el bisoñé y la tapa craneal. Enorme auto de fe el que nos brindaron sus miembros, potente, empastado, emocionante… y, como siempre, un rendimiento escénico sobresaliente toda la velada. Bravo.

Plácido Domingo asumió el rol de Rodrigo, marqués de Posa, uno de los más bellos papeles baritonales de la producción verdiana. Sé que siempre es delicado hablar de Domingo y a mí se me hace especialmente difícil porque me provoca grandes contradicciones. En cualquier caso, voy a dar lo que no es más que mi opinión y lo que realmente pienso. Creo que el rol de Posa en la interpretación del veterano artista madrileño queda completamente desdibujado. Ya he comentado muchas veces que comprendo que la presencia de Domingo en la temporada valenciana es un aliciente para muchos espectadores y garantía de agotar las localidades; pero lo que se está agotando de verdad es la paciencia de otros muchos aficionados entre los que me incluyo, ante el maltrato y descafeinamiento de los que son objeto algunos personajes operísticos, como es el caso de este Rodrigo.

Reconozco la grandeza del artista Domingo y su insuperable carrera, sigo alabando y admirando su fuerza dramática y su inteligencia interpretativa, de la que continúa haciendo gala, pero no me parece que eso haya de justificar el que nos tenga que parecer normal o incluso bien que siga cantando estos papeles de barítono sin tener voz de barítono, con carencia absoluta del color baritonal, sin graves y presentando un instrumento cada vez más gastado. Su encarnación del personaje es dramáticamente espléndida, pero ese no es Rodrigo, ni vocal ni físicamente. Asistir por primera vez a Don Carlo con este Rodrigo es engañar al público. Admito que igual es preferible tener a Domingo, sea lo que sea, que a un barítono malo y soso; pero creo que se deben aceptar las reglas del juego.

Dicho todo lo anterior, al mismo tiempo reconozco que si alguien anoche en escena conocía las claves y acentos del fraseo verdiano, ese fue Domingo. Si alguien derrochó carisma escénico e intensidad dramática en cada intervención, ese fue Domingo. Si alguien supo encubrir sus debilidades y venirse arriba en los momentos precisos, ese fue Domingo. Paradigmática fue la escena de su muerte, donde echó el resto, mostrando, pese a la falta de fiato exhibida toda la noche, un fraseo ligado y cargado de intención. Escénicamente su muerte dejó más que desear y tardó más en hincar la rodilla que un Victorino de los bravos.

La reina Elisabetta corrió a cargo de María José Siri, otra vieja conocida en Les Arts. La soprano uruguaya presentó buena proyección para una voz de emisión sólida, sin graves pero muy segura sobre todo por arriba, pese a alguna oscilación y algún agudo abierto; pero, como ya ocurriera en sus anteriores presencias en este teatro, su expresividad es limitada y su canto carece de emoción, renunciando casi por completo a cualquier tipo de variedad o riqueza en un fraseo, monótono y bastante plano. Curiosamente lo mejor de la velada vino en su gran aria del acto cuarto, donde ofreció alguna regulación e incluso se permitió enhebrar una messa di voce de buena factura en la invocación a Francia.

El papel del infante Don Carlo se ha encomendado al italiano Andrea Carè, un tenor que está cantando papeles de spinto en recintos tan prestigiosos como Londres, Bruselas, Barcelona o Madrid. Mi impresión particular es que nos encontramos, una vez más, ante un caso de tenor lírico con grandes posibilidades al que se le intenta explotar cantando papeles que vocalmente puede afrontar pero que pueden pasarle factura muy pronto. Después de escucharle ayer no parece muy normal que con las características de su instrumento y su juventud esté centrando prácticamente toda su carrera en personajes como Don José, Pollione, Cavaradossi o Radamés. La voz no es fea y pretende mostrar autoridad en la zona alta, aunque con algún apuro en la zona de paso y notables estrangulamientos. El mayor problema lo encontré en un fraseo desganado, atropellado, sin clase ni emoción alguna y sin sentido del legato, todo acompañado además de una inexpresividad propia de un maniquí de Cortefiel.

El agradecido y complicado papel de Felipe II lo asumió el bajo ruso Alexander Vinogradov a quien ya hemos tenido por aquí otras ocasiones, como las Vespri Siciliani con las que se inauguró la pasada temporada. Hay que reconocer que, aunque su canto continúa siendo poco refinado, su voz tiene gran presencia y volumen y consigue meterse al público enseguida en el bolsillo. Ayer además, en esa auténtica joya que es el aria que abre el tercer acto, resolvió la papeleta con gran inteligencia, exhibiendo un canto ligado y un fraseo sentido. Fue, junto a Plácido, el triunfador de la noche.

Después de algunos años interpretando papeles de soprano, Violeta Urmana vuelve a nuestro teatro en su cuerda natural, la de mezzo, con un papel no muy extenso, pero de enjundia vocal, como es la Éboli. Aunque ha perdido parte de la frescura natural del timbre que exhibiera en sus inicios, mantiene un poderío incontestable y una entidad dramática imponente. Su voz se muestra todavía homogénea y aunque en los extremos de la tesitura tiende al chillido por arriba y se pierden graves por abajo, la fuerza expresiva de la Urmana a mí me convenció completamente.

El Gran Inquisidor que compuso Marco Spotti apenas se quedó en un pequeño monaguillo. Este inquisidor verdiano precisa de una voz de bajo profundo que estremezca, que imponga autoridad en sus dúos con la voz también grave del rey. Anoche la voz de Vinogradov como Felipe II era mucho más imponente y grave que la de un Spotti que a su lado ni siquiera parecía un bajo, sino más bien un baritonete de voz oscura. No obstante fue también muy aplaudido.

En los papeles secundarios destacaría especialmente al Tebaldo de Karen Gardeazabal y al estupendo conde de Lerma que ofreció Matheus Pompeu.

Cumplieron correctamente Rubén Amoretti, Olga Zharikova y los Diputados flamencos: Javier Galán, Manuel Mas, Valentin Petrovici, Pedro Quiralte, David Sánchez  y Arturo Espinosa.

En el palco, como dije al comienzo, no había ningún responsable principal, secundario o chupatintas de la consellería de Cultura. La representación política institucional apenas estuvo cubierta por la consellera de Justicia, Gabriela Bravo y el diputado de Cultura, Xavier Rius. También estaba por allí el ex presidente Fabra, no pude ver si en vaqueros, pero tiene napias la cosa… después de que en todo su mandato apenas asomase el pico por el palco un par de veces y de que no hiciese absolutamente nada por mejorar la situación del teatro, que ayer se acercará a Les Arts hace pensar si era al olor de la posible carroña. Qué pena.

Al finalizar la representación hubo muy entusiastas ovaciones para todo el reparto, triunfando claramente Domingo y Vinogradov. Se produjo un hecho curioso en los saludos: posiblemente por despiste, cuando ya habían saludado todos los solistas, volvieron a entrar y a comenzar, esta vez por donde tocaba, por figurantes y coro, que antes se habían quedado sin salir. Hubo también la novedad de que tras los saludos del responsable de la dirección escénica pasaron al escenario gran parte del equipo técnico del teatro, posiblemente para reconocer el arduo trabajo técnico que conlleva la producción, pero el caso es que, como el ambiente estaba caldeadito con el tema Livermore/Generalitat, la mayor parte del público lo interpretó como que era un gesto de apoyo del personal de Les Arts a su dimitido intendente.

No sé cómo acabará el nuevo culebrón de Les Arts, pero es imposible que seamos optimistas. Ayer a la salida un espectador me preguntó si de verdad yo pensaba que se iban a cargar la ópera en València, que él pensaba que al final se impondría la sensatez. Yo le envidié su confianza, pero, aunque de verdad pudiera creer en la sensatez de los representantes políticos y en que Marzà se dé mañana un golpe valenciano en la cocorota y de pronto se interese por el sostenimiento y apoyo de un proyecto de ópera de calidad en el Palau de les Arts, veo casi imposible que el daño pueda repararse.

Ojalá me equivoque, pero de momento lo que es un hecho incuestionable es que el coliseo valenciano se encuentra sin director artístico. ¿Qué pasará durante estos próximos meses mientras se nombra a un responsable de la dirección artística? Los teatros de ópera trabajan a muchos meses vista y este parón en la dirección puede condenar la organización de la próxima o próximas temporadas. ¿Qué pasará si Biondi o Abbado o ambos deciden marcharse tras la salida de Livermore? ¿Qué ocurrirá esta misma temporada en mayo con la programación de Tosca, de cuya dirección escénica se encargaba Livermore como parte de un contrato que ya no existe y cuyo coste también entiendo que estaba incluido?. ¿Ahora le pagarán ese trabajo?, ¿se cancelará?

En fin, ya iremos viendo. Compañeros/as sigamos alerta y peleando, es lo que nos queda. De momento disfrutemos de lo bueno que tenemos mientras dure, por ejemplo de este estupendo Don Carlo.



martes, 5 de diciembre de 2017

DAVIDE LIVERMORE DIMITE COMO INTENDENTE DE LES ARTS

Foto de Kike Taberner

Protagonizando un bombazo informativo de esos a los que el Palau de les Arts, desgraciadamente, nos tiene acostumbrados en los últimos años, el Intendente Davide Livermore ha comparecido esta mañana en rueda de prensa para anunciar su decisión de dimitir como director artístico del coliseo valenciano, cargo que ocupaba desde enero de 2015.

La noticia nos ha pillado por sorpresa a casi todos, incluso a aquellos que, como es mi caso, llevamos tiempo vaticinando que esta dimisión se veía venir. Pero no en este momento. Sin ir más lejos, ayer compareció Livermore en rueda de prensa junto a Plácido Domingo, Ramón Tebar y Marco Arturo Marelli para hacer la presentación oficial de la ópera Don Carlo que el próximo sábado 9 de diciembre abrirá la temporada operística valenciana, sin que se atisbase el más mínimo indicio de que podía estarse fraguando esta dimisión.

Según ha afirmado el propio Livermore, la decisión podría haberse precipitado al haberse suspendido la reunión del Patronato de la Fundación Palau de les Arts prevista para hoy en cuyo orden del día parece que estaba incluida una remodelación de los órganos de gobierno, y que se dice que era el marco en el que el ex Intendente pensaba plantear su renuncia. Al verse privado de ese foro, Livermore, haciendo gala de su conocida chulería, ha decidido convocar y pagar de su bolsillo (ha mostrado la factura) una rueda de prensa para anunciar su dimisión y dar las explicaciones oportunas “a la ciudadanía valenciana que con sus impuestos mantiene en funcionamiento el Palau de les Arts”.

Quienes me conocéis sabéis que he criticado muchísimas veces a Davide Livermore por diferentes cuestiones, desde su insoportable carácter, su soberbia y egolatría, la exagerada italianización del teatro, la falta de oportunidades a muchas personas por peregrinas motivaciones, su aversión al repertorio germánico, su nula aceptación de las críticas… Pues bien, hoy después de escucharle y sin más elemento de juicio que sus palabras, he de decir que estoy completamente de acuerdo con casi todo cuanto ha dicho.

No sé cuántas oscuras motivaciones que no se hayan explicitado se ocultarán en la decisión del señor Livermore, pero escuchándole hoy no puedo sino compartir la mayor parte de sus reflexiones.

Está claro que el motivo principal gira en torno a la supuesta incompatibilidad de su cargo de Intendente, realmente de su condición de alto cargo de la administración autonómica valenciana, con su labor como director escénico en este y otros teatros. Una situación que el anterior gobierno dio por buena y se supone que debió pasar las fiscalizaciones de los servicios jurídicos autonómicos, pero que el nuevo gobierno lleva cuestionando y parece que no sabe cómo resolver. Para mí resulta evidente que el ver reflejado en el borrador del informe de auditoría de cumplimiento de la Intervención General del año 2016 esta situación como anómala y sin vías de solución, es lo que condiciona fundamentalmente a Livermore para su salida, al no querer renunciar a sus trabajos como director de escena. En este aspecto es quizás en el que menos le justifico, aunque reconozco que, como ha dicho, es una situación que se da con absoluta normalidad en la mayoría de teatros nacionales e internacionales.

Pero Livermore también ha significado que no es sólo su situación la que se pone en entredicho, sino toda la contratación artística del Palau a la que se pretende someter a criterios ajenos a lo puramente artístico y a unas condiciones y trámites absolutamente incompatibles con una gestión artística eficaz y de calidad acorde al nivel alcanzado por nuestro teatro. A eso se une la paralización y bloqueo de la relación de puestos de trabajo de la entidad, de su ajuste salarial, de las dificultades para dotar o promocionar convenientemente la plantilla interna…

Tan anómala desde el punto de vista artístico es esa situación que Davide Livermore, en un gesto no exento del aspaviento teatral que tanto le gusta, ha llegado a decir que igual lo que hay es un deseo consciente de cerrar el Palau de les Arts. Personalmente no creo que eso sea así, e incluso pienso que él tampoco lo cree, pero sí que ambos coincidimos en que si se sigue sometiendo la gestión cultural y artística de un teatro de ópera de primer nivel a los mismos criterios que el negociado de cementerios, se hace inviable dicha gestión y se aboca al teatro a su incapacidad operativa y al inevitable e injustificado estrangulamiento y desmantelamiento de sus cuerpos estables.

Ahora no tengo tiempo ni ganas para extenderme más. Ya habrá lugar para seguir comentando todo esto con mayores elementos de juicio. Espero que desde la administración autonómica y el Patronato de la Fundación se dé alguna explicación más allá de que ha sido una decisión del señor Livermore que aceptan y hasta luego Lucas. Eso demostraría que respetan a la ciudadanía que, efectivamente, como decía Livermore, con nuestros impuestos hacemos posible el funcionamiento del Palau de les Arts… y el de la propia Generalitat.

No sé qué nos esperará ahora, pero dado mi natural pesimismo y conociendo algunas mentes pensantes que por ahí pululan chupando del carro a diestra y siniestra, imagino que a mejor no vamos a ir. Al menos lo que los aficionados a la ópera, los que amamos la cultura, los que pensamos que una sociedad más culta es una sociedad más deseable, consideramos lo mejor.

Me volverán a llamar elitista y volverán a estar errados. Lo he dicho infinidad de veces, tenemos un teatro de ópera que está situado en un nivel internacional de calidad indiscutible. Seguimos teniendo la mejor orquesta y coro de ópera de España. El Palau de les Arts sigue generando turismo cultural. La Comunidad Valenciana tiene un activo cultural que sería un crimen irreparable dejar que se perdiera por la simple inutilidad de sus gestores.

Señores/as gobernantes, por favor, por una vez sean sensatos…

Señor Livermore, no sé si su decisión es irreversible, si así lo fuera, gracias por todas las cosas buenas que ha hecho, que no han sido pocas y buena suerte.

Compañeros de fatigas operísticas, estemos atentos y reaccionemos si es preciso antes de que sea tarde.