lunes, 23 de mayo de 2016

"CAFÉ KAFKA" (Francisco Coll) - Palau de les Arts - 22/05/16

A muchas personas, escuchar hablar de ópera contemporánea todavía les pone los pelos de punta. Yo mismo he sido testigo hace pocos días en el Palau de les Arts de cómo algunos aficionados, mientras se chupaban media botella de cava en el descanso de Idomeneo, se lamentaban amargamente por haberse incluido en la programación cosas tan interesantes como la Juana de Arco en la hoguera, de Arthur Honegger, que se estrena el próximo jueves 26; El sueño de una noche de verano, de Benjamin Britten, que se estrenará el 10 de junio; o la ópera que se estrenó ayer, Café Kafka, del valenciano Francisco Coll; considerándolo casi como una invitación al público para que se aleje del teatro.

Este es un tema que daría para un extenso debate y no es el momento, pero sí quiero dejar constancia de mi discrepancia. Es fundamental que el Palau de les Arts mantenga, como columna vertebral de su programación, ópera popular de repertorio que garantice la presencia de espectadores, pero un teatro público no puede limitarse a programar Bohèmes, Aidas, Traviatas y Toscas una y otra vez. Considero un acierto de la dirección del teatro que en la temporada, junto a títulos populares, se incluyan creaciones menos conocidas, pero que tienen un enorme interés. Y el público merece al menos poder acceder a ellas.

Sobre todo si, como es el caso de Café Kafka, estamos además ante una obra de un joven compositor valenciano, de apenas 30 años de edad, que ha obtenido ya un indiscutible reconocimiento internacional.

Es verdad que este tipo de composiciones quizás exigen un esfuerzo mayor del espectador para conseguir seducirle, pero no siempre el placer inmediato que puede provocar la escucha de una melodía armoniosa ha de ser mayor que el de descubrir nuevas formas, nuevas sonoridades y nuevos cauces para transmitir y compartir emociones, que, al fin y al cabo, debe ser el objetivo principal de cualquier creación artística.

La ópera estrenada ayer, para quien, como es mi caso, ni es profesional de la música ni tiene unos sólidos conocimientos musicales, es una obra complicada. Cuando alguien escucha por vez primera La Bohème, aunque no llegue a entender todos los valores o claves que encierra, simplemente por sus melodías queda fascinado y sabe que aquello le gusta. Cuando se accede a una obra como Café Kafka, la primera reacción es casi de desagrado, de prevención ante unas pautas que no entran en nuestros esquemas auditivos más clásicos. Las primeras notas que abren la ópera o la primera intervención de la soprano, son casi hirientes. Se necesitan ciertas claves para poder entender mejor ese espectáculo que se está ofreciendo y valorarlo como merece.

En esta ocasión además somos unos privilegiados por poder tener la oportunidad de preguntarle al propio autor. No tenemos que especular con lo que Mozart o Verdi nos quisieron contar. Así, por ejemplo, como explicó el propio compositor en su encuentro con el público hace unos días, sabremos que ese comienzo de la ópera es un pasodoble descompuesto y vuelto a recomponer; o que esa sensación de desasosiego que nos provoca en algunos momentos la obra es algo buscado a propósito para introducirnos en el mundo interior de los personajes y en sus sentimientos de angustia.

El estreno mundial de Café Kafka tuvo lugar en 2014 en el Festival de Aldeburgh y ha sido representada también en la Royal Opera House Covent Garden de Londres y la Opera North de Leeds, que fueron los tres teatros que hicieron a Francisco Coll el encargo de componer una ópera.

El libreto ha sido escrito por la australiana Meredith Oakes. No se trata de la adaptación operística de una obra concreta de Franz Kafka, sino que ha acudido junto a Coll a una serie de relatos cortos del escritor checo, unos quince, sin tomar ninguno de ellos, pero extrayendo elementos de todos: de algunos unas frases, de otro un personaje, etc. Y, principalmente, lo que se intenta plasmar es la visión crítica de la realidad de su tiempo contenida en esos cuentos que podría ser válida en nuestros días, porque nos habla en definitiva de la tragedia humana, de la incomunicación y de la soledad del individuo.

Yo, personalmente, eché de menos una línea argumental más continua y una construcción dramática menos  surrealista, menos “kafkiana”, que centrara más la atención del espectador; pero, al fin y al cabo, se estaba hablando de Kafka

La dirección escénica para la ocasión se ha encomendado al británico Alexander Herold, contando con el equipo técnico habitual del Palau de les Arts: la escenografía de Manuel Zuriaga, vestuario de José María Adame y la iluminación de Antonio Castro.

La acción se desarrolla en un café atemporal y sin ubicación concreta. Tal y como ya se hiciese en el estreno inglés, se ha optado por llevar a la reducida orquesta al escenario, simulando ser una especie de orquestina del café. Aquí además se ha aprovechado para cubrir el foso de la sala Martin i Soler, extendiendo el espacio escénico hasta la primera línea del patio de butacas, consiguiendo así una mayor cercanía entre la acción dramática y el espectador. Esa cercanía se multiplica desde los mismos prolegómenos a la representación, al estar ya en escena los músicos, cantantes y figurantes mientras el público va ocupando sus butacas.

Al eliminarse el foso, también se ha eliminado la pantalla de subtitulado que normalmente se coloca en esta sala tras el director de orquesta, en la unión entre el foso y el patio de butacas. Esta vez el sobretitulado se lleva a una pantalla en la parte derecha del escenario, integrada en la acción pero bastante esquinada y donde la iluminación de la escena le afecta, lo que originó que costase encontrarla y durante los primeros minutos el público se mostrase algo desconcertado pensando que no se estaba ofreciendo la traducción.

Los colores y la luz presiden esta puesta en escena en la que hay una clara alusión a la obra pictórica del holandés Piet Mondrian. Estéticamente el resultado me parece deslumbrante y muy apropiado para esta creación operística. Las combinaciones de los colores primarios del universo de Mondrian se adaptan perfectamente para ambientar la abstracción argumental y el colorido orquestal, tan acusado y extremo, presente en la partitura de Coll. También el vestuario de los protagonistas refleja esos colores con el tenor en azul, la soprano en rojo, la mezzo en amarillo y el contratenor en blanco. Es justo destacar también el buen trabajo realizado por Ricardo Sile con los movimientos escénicos.

Muy conseguida me parece la resolución de la aparición en escena del cazador Gracchus, pese al aspecto troglodítico del personaje que no en vano es un muerto que vaga eternamente, una especie de holandés errante sin barco fantasma.

En conjunto, el resultado me satisfizo bastante tanto desde el punto de vista estético como de ajuste dramático a un texto y una música que no me parecen sencillos de coordinar.

Café Kafka es una ópera de cámara. Está escrita para diez instrumentos: percusión, incluyendo un glockenspiel, violín, viola, violonchelo, contrafagot, flauta, contrabajo, trombón y clarinete. No está concebida la escritura buscando tanto una conjunción musical orquestal, como diseñando un colorido tímbrico que se ajuste al desarrollo dramático. La partitura es angulosa, como la califica el propio autor, llena de aristas, contrastes exagerados con instrumentos y texturas extremas, y una progresiva fuerza e impulso rítmico ascendente que acaba por atraparte. El punto culminante, a mi juicio, llega con la aparición del cazador Gracchus, donde la partitura se serena y adquiere una poderosa intensidad emocional.

El norteamericano Christopher Franklin se ha puesto al frente de los solistas de la Orquestra de la Comunitat Valenciana que no han ocupado el foso, como ya he comentado antes, sino que estaban integrados en la acción dramática en el escenario. Ante una obra tan singular, que no he escuchado nunca antes y de la que no puedo tener referencia alguna, valorar la dirección de Franklin sería una osadía por mi parte. Únicamente puedo destacar dos cosas, una en positivo y otra en negativo. Como punto a favor, encontré una increíble coordinación de la orquesta con las voces, pese a que la ubicación del director hace muy complicado para los cantantes, que lo tienen a su espalda, seguir sus indicaciones. Obviamente había monitores estratégicamente situados que facilitaban la labor, pero el ajuste me pareció perfecto y muy meritorio.

En la parte negativa, diría que Franklin abusó de volumen y daba la impresión de no ser muy consciente de la endeblez de algunas voces y del daño que podía hacerles la salida de los músicos fuera del foso.

Para este estreno se ha decidido encomendar las cinco voces solistas a tres alumnos del Centre Plácido Domingo, Miriam Zubieta, Elisa Barbero y Pablo Aranday; un ex alumno, el tenor cordobés Pablo García López; y al contratenor inglés William Purefoy, quien ya participase en el estreno de la obra en tierras inglesas.

Como filosofía de partida, que se optase por encomendar a alumnos del Centre este tipo de obras me daba bastante miedo, primero por la dificultad que entraña para voces en proceso de formación; y después porque precisamente este tipo de óperas que resultan más complicadas para el gran público deberían ofrecerse con el mayor nivel de calidad posible. Pero igual que digo lo anterior, he de reconocer en esta ocasión que la labor llevada a cabo por los intérpretes en el estreno de ayer fue muy notable y digna de elogio.

En general, todos ellos destacaron en el apartado de interpretación actoral, mientras que en lo vocal hubo mejores resultados en la parte femenina que en la masculina.

Destacaría principalmente a Elisa Barbero con una voz amplia, poderosa, muy timbrada y con una dicción estupenda. También respondió al exigente papel Miriam Zubieta, mostrándose afinadísima y segura en los agudos y pizpireta y desenvuelta en la faceta dramática.

Pablo García López cantó ofreciendo detalles de muchísimo gusto y con solvencia cuando la partitura se elevaba; sin embargo fue víctima de una escritura con demasiado recorrido por una zona grave en la que su instrumento no respondía igual.

Tiene muchísimo mérito la breve intervención de Pablo Aranday cómo Gracchus, y sus cambios en tiempo record de los tres personajes que asume, aunque en lo vocal sus graves carecieron de peso. Por su parte, el contratenor William Purefoy me defraudó un poco, perdía la impostación en cuanto se adentraba en terrenos graves y me dejó con la duda de si era un problema suyo o de una escritura inapropiada para la vocalidad.

El público aplaudió sin reservas al finalizar la representación a todo el elenco vocal, músicos y equipo escénico; y el compositor y la libretista fueron llamados a salir al escenario, donde recibieron también el caluroso reconocimiento de las personas que llenaban más de las tres cuartas partes de la sala del Teatre Martin i Soler. No hubo lleno, pero tampoco puede considerarse un fracaso, tratándose de una obra de estas características que se representaba a las 6 de la tarde de un soleado domingo de primavera. Y esto me lleva a una última reflexión.

No entiendo por qué el teatro valenciano sigue siendo tan cuadriculado y obtuso respecto a los horarios de las funciones. Ha sido, a mi juicio, un acierto el diversificar esos horarios, adelantando a las 19 y 18 horas, respectivamente, el comienzo de las representaciones los sábados y domingos. Pero, igual que cuestiono que una ópera especialmente larga tenga que comenzar a las 20 horas por muy día laborable que sea, originando que se salga del teatro pasadas las doce o la una de la madrugada, también critico que una ópera de 45 minutos, como es Café Kafka, tenga que comenzar un domingo de mayo a las 18 horas, estando el público ya en la calle a las 18.50.

En mi humilde e inútil opinión, un teatro de ópera, aunque debe mantener sus horarios generales, tiene que ser capaz de asumir mayor flexibilidad para ajustar los mismos a las peculiaridades concretas de determinadas óperas, a fin de procurar ofrecer un mejor servicio al público y garantizarse una mayor asistencia.

Ya acabo, os animo a todos a acercaros estos días 25 o 28 al Palau de les Arts a acudir a estas funciones que restan de Café Kafka. Es una experiencia distinta, pero pienso que muy satisfactoria y, en el peor de los casos, sólo dura 45 minutos. Y no siempre se tiene la ocasión de poder asistir al estreno de una ópera junto a su compositor…


viernes, 22 de abril de 2016

"IDOMENEO" (W. A. Mozart) - Palau de les Arts - 21/04/16

Estos días vuelve a aparecer el nombre del Palau de les Arts vinculado a presuntos casos de corrupción. Hay que ver lo poco que le cuesta a la prensa seguir transmitiendo esa imagen, casi con regocijo y chupeteo de dedos, y lo poco que se esfuerzan para promocionar y ser altavoz del tremendo valor cultural que, por ahora, y mucho más allá del monstruo calatravense, seguimos teniendo con nuestro teatro y que permite que podamos continuar disfrutando de espectáculos de gran nivel, como el ofrecido ayer con el estreno de la ópera Idomeneo de Wolfgang Amadeus Mozart.

El Intendente multiusos Davide Livermore ha sido una vez más el encargado de la dirección escénica en esta nueva producción del Palau de les Arts. Él mismo ha manifestado su particular interés en llevar a cabo este trabajo por tratarse de una obra maestra de Mozart, no todo lo conocida que debiera ser, y con la que tenía una espina clavada desde que, en 2010, presentase en Torino una producción de la que no se siente nada contento, por no haber entendido en aquel momento el verdadero sentido que debía transmitir con esta historia.

En esta ocasión el planteamiento de Livermore gira en torno a que, en definitiva, en esta historia de héroes, reyes, monstruos y dioses, todos ellos, el hombre, el dios y el monstruo, están en el interior de uno mismo. La acción la sitúa Livermore en un entorno imaginario, ambientado a finales de los años 60 o primeros 70 del pasado siglo, donde se habría desatado un conflicto atómico y el mundo se halla próximo a su extinción. Idomeneo se convierte así en un viajero espacial que vuelve a casa y que acabará logrando el perdón de los dioses cuando sea capaz de enfrentarse consigo mismo, con su propio Yo.

No voy a negar que la propuesta suene un tanto pretenciosa, pero reconozco que a mí me gustó. Se podrá estar más o menos de acuerdo con el discurso desarrollado por el director escénico, pero creo que la propuesta funciona y toda la construcción elaborada por Livermore tiene sentido. Su desarrollo narrativo es consecuente con el planteamiento y se procura adaptar a la historia original, aunque lo haga con más éxito en algunos momentos que en otros.

Si algo hay que reconocerle a esta producción es el trabajo de introspección en los personajes, con cuidada dirección de actores, y una fuerza visual que, aunque pueda ser excesiva por momentos, es uno de los grandes atractivos de la propuesta. Ya desde el mismo inicio, este poderío visual se pone en evidencia con ese rostro de estatua partido por la mitad que se va transformando en un Kunde envejecido, en cuyo ojo nos adentraremos, para continuar con unas imágenes, en un rutilante color muy cercano al de las películas de los 60, en las que se irá narrando la historia previa de Idomeneo. Una proyección que me pareció impactante, aunque vuelva a ser un ejemplo de esas oberturas escenificadas que tan poco me gustan.

También creo que funciona la recreación de la playa con una lámina de agua sobre el escenario. Eso también tiene sus inconvenientes, el primero es que el agua estará presente en todas las escenas, aunque tenga más sentido en unas (al inicio o con el palacio destruido) que en otras (en la llegada de Idomeneo a palacio o el encuentro con la Voz); y el segundo problema que genera es que (vale, llamadme tiquismiquis) hace ruido. Esperemos que la cosa quede ahí y no tengamos que decir que además no sé cuantos artistas se han constipado por tener que estar chapoteando toda la función.

Los espejos tienen igualmente un papel preponderante en esta producción, como elemento en el que los personajes pueden enfrentarse a ellos mismos. Así veremos como Idomeneo busca su reflejo, mientras que Elettra lo rehúye aterrada. Confieso que gocé particularmente cuando el espejo reflejó el foso orquestal.

El momento más sorprendente de la propuesta de Livermore llega con la aparición de la Voz, momento en el que se pretende simbolizar el encuentro de Idomeneo con su propio interior, mediante la recreación en escena de algunos planos de la mítica película de Stanley Kubrick 2001, una odisea del espacio, cuyo final se reproducirá también durante los últimos compases de la ópera.

No acabé de entender, con este planteamiento de conjunto bastante coherente, por qué, aunque se esté escenificando una ensoñación del protagonista, se ve a Idomeneo rodeado de gente en el momento en que llega a la playa y antes de que aparezca en el libreto Idamante como el primer ser humano al que verá, en lo que supone su condena al sacrificio.

Atractivo, con toques setenteros, el vestuario de Mariana Fracasso; y buen trabajo de iluminación de Antonio Castro, ofreciéndonos por fin una puesta en escena donde las tinieblas no son protagonistas.

Me pareció una buena idea que se haya optado por introducir el intermedio de la función a mitad del acto II, tras el aria Fuor del mar, evitando así hacer dos intermedios, en una velada ya bastante larga de por sí, o dejar la misma dividida en dos partes muy desequilibradas. Se han aprovechado además esas transiciones entre actos para ubicar algunos de los ballets.

El maestro Biondi ocupaba por vez primera el foso de la sala principal de Les Arts. Me gustó en la Martin i Soler con Silla, de Haendel, y bastante menos en los dos conciertos mozartianos en el Auditori-Purgatori, con Davidde penitente y la Sinfonía Jupiter. Hasta ayer, de hecho, no acababa de tener claro que su fichaje como codirector musical nos hubiera ofrecido nada relevante. Por fortuna, su dirección de Idomeneo me ha resultado mucho más convincente. Ya desde el comienzo, con una vibrante obertura, se apreció un pulso narrativo que no decaería en toda la velada.

Con gesto claro y preciso, Biondi supo llevar el conjunto con frescura y agilidad y la orquesta volvió a mostrarse homogénea. Dirigió con fluidez y sin hacer pausas ni paradinhas para buscar aplausos. Su Idomeneo es mucho más humano que heroico, remarcando las emociones de los personajes en los momentos más líricos y en aquellos en los que el sufrimiento interno se ha de hacer presente en escena. Jugó con las dinámicas con inteligencia y consiguiendo notables efectos dramáticos. Intensos musicalmente resultaron instantes como Qual nuovo terrore y Oh voto tremendo. Logró un buen engarce entre foso y escena, sosteniendo y sabiendo respirar con las voces, y retardando los tiempos cuando los comprometidos pasajes ponían a prueba la agilidad de los solistas. Especialmente brillante resultó el precioso (musicalmente) ballet final que, aunque es obvio que dramáticamente es un lastre, es una bellísima página en la que se lució la orquesta con unos sonidos cautivadores que pusieron un inspirado broche de oro a la noche.

En el foso se utilizó adecuadamente un fortepiano en el acompañamiento a los recitativos junto al violonchelo de Jezierski. Gran noche de las maderas, con virtuosismo de flauta y fagot y la, no por acostumbrada menos agradecida, magia del clarinete de Joan Lluna y el extraordinario oboe de Christopher Bouwman, ayer absolutamente pletórico.

Tanto el director de escena como el musical de esta producción han insistido, en los días previos al estreno, en destacar especialmente el trabajo y la calidad del Cor de la Generalitat. Livermore ya tiene más experiencia con ellos, pero lo está diciendo desde que debutase en Les Arts con La Bohème. Todos los profesionales que pasan por aquí quedan impresionados por la calidad de nuestro coro. Y no es para menos. Tener un coro en el que se compagine una calidad vocal máxima, con equilibrio y homogeneidad, con una desenvoltura y entrega escénica absoluta, es un lujo. Las exigencias en escena de esta obra volvieron a ser enormes y el desempeño de la agrupación fue nuevamente irreprochable, chapoteando lo que hizo falta, y vocalmente hubo pasajes de honda emoción, destacando en unos Oh voto tremendo y Qual nuovo terrore majestuosos y en el Scenda Amor final, bellísimo; pero también en Nettuno s'onori, Corriamo fuggiamo o en Placido è il mar donde, a diferencia de lo que me comentaba un amigo, a mí sí me convenció. Quizás en el doble coro Pietà, Numi, pietà hubo demasiado desequilibrio sonoro con el interno, al menos en la posición de la sala en la que yo me encontraba.

El Ballet de la Generalitat también fue puesto a prueba nuevamente con esta producción, y estos ya no es que chapotearan, sino que se bañaron cual elefantes en charca, con unos resultados magníficos durante toda la velada en cuanto a rendimiento escénico y estética visual. Más crítico he de ser con que les sigan pidiendo hacer ruiditos (esta vez risas) mientras suena la música, y con el planteamiento, que no la ejecución, de algunas coreografías de falla de sección 4ª, como la del ballet final, cuyo único objetivo parecía ser levantar la pierna y rebozarse de agua.

Gregory Kunde sigue afincado operísticamente en Valencia y esperemos que dure. Yo no las tenía todas conmigo con este Idomeneo, porque cada vez le veo menos mozartiano y su voz va perdiendo frescura y limpieza. Y, efectivamente, me resultó poco mozartiano y la voz ha perdido frescura… pero me conmovió con su interpretación hasta el tuétano. Comenzó su intervención con una emisión sucia y veladuras tímbricas, pero dibujó en su primer aria uno de los momentos de la noche, con una hondura y sentimiento que sólo avanzaba el aperitivo de lo que vendría después. Continúa siendo dueño de un inmenso poderío escénico y vocal, especialmente en una franja aguda que sigue cautivando. Potenció la faceta de padre doliente frente a la de rey majestuoso, y fragmentos como Eccoti in me o su escena con el Sumo Sacerdote fueron nuevas muestras de la emoción que es capaz de transmitir, con un fraseo contrastado e intencionado. Posiblemente en Fuor del mar es donde pasó mayores apuros, capando coloraturas, con un fraseo más apresurado y algún ligero problema de fiato.

De vez en cuando hay cosas en las que coincido con Livermore, y una de ellas es en su tirria a los contratenores. Yo le agradezco que en este caso para el papel de Idamante se haya optado por una mezzosoprano, Monica Bacelli, quien sustituía en el reparto a, la anunciada a principio de temporada, Varduhi Abrahamyan (un día tendré que hacer una recopilación de todos los cambios sin previo aviso que se han producido este año en Les Arts y creo que no se salva ni un espectáculo). Por lo que conocemos de Abrahamyan y lo escuchado ayer, no sé que será peor, pero he de confesar que Bacelli fue lo que más me decepcionó. Se le suponía sabiduría y estilo, no en vano tiene grabaciones mozartianas relevantes, como una Finta giardiniera con el recientemente desaparecido HarnoncourtLas Bodas de Figaro con Zubin Mehta; pero no me convenció en absoluto. En general mostró una gran expresividad, pero más gesticulante que vocal y generalmente fuera de estilo, con recitativos masacrados y arias intrascendentes. Su voz velada, mate, engolada, no corría adecuadamente por la sala y sus graves eran áfonos. La estética tampoco ayudaba y, con su pequeña envergadura y ostensible dentadura gomezburiana, se hacía complicado creerse que era el galán de la película.

Bastante mejor estuvo la brasileña Lina Mendes. La ex cantante del Centre de Perfeccionament Plácido Domingo construyó una encantadora Ilia, con voz de soprano ligera, timbrada, que, a diferencia de la de Bacelli, corría perfectamente y destacaba en los números de conjunto sin estridencias, es verdad que tuvo puntuales destemplanzas en el agudo, sobre todo al inicio, pero mostrando una bella línea de canto, delicadeza y buen gusto, en un fraseo que, además, se reforzó con la mejor dicción de la velada.

La versión ofrecida por Biondi de este Idomeneo es la que estrenase Mozart en Munich, aunque se ha añadido la imprescindible y bellísima aria del tercer acto de Elettra, D'Oreste d'Aiace, recortada en aquella versión, una auténtica prueba de fuego para cualquier soprano. En general todo el personaje de Elettra tiene una escritura endiablada y la valenciana Carmen Romeu salvó la papeleta con nota. Bella voz la de Romeu, grande y con una zona central rica y con peso, si bien las subidas al agudo sonaron en ocasiones algo estridentes y destempladas. Lidió su complicada entrada Tutte nel cor vi sento con empuje y carácter, haciendo frente con valentía a los saltos de la escritura. En Idol mio se mostró sugerente y matizada y presentó sus mejores credenciales en la parte más complicada, ese D'Oreste d'Aiace donde resultó diabólica y apasionada, siendo muy aplaudida por el público. Su construcción del personaje escénicamente fue, además, inmejorable.

En los papeles menores intervinieron miembros del Centre Plácido Domingo. Emmanuel Faraldo, como Arbace, se mostró muy verde, lució un agudo fácil, pero poco más. Correcto Alejandro López, como la Voz; y bastante deplorable el Sumo Sacerdote de Michael Borth.

La sala presentó bastantes más huecos que en los anteriores estrenos, pero, aún así, una entrada muy aceptable, de nuevo con bastante gente joven para lo que suele ser norma en los estrenos. En general parece que gustó el espectáculo, aunque había gente bastante desorientada con la odisea espacial de Livermore, como mi vecina de delante que cada dos por tres le susurraba al marido “¿pero esto quéee eees?” y que se indignaba mucho cuando los subtítulos se apagaban en las repeticiones de las arias. En el aplausómetro vencieron claramente la orquesta, coro y Kunde, siendo también muy aplaudidas Romeu y Mendes. La salida de Livermore a saludar fue enormemente descriptiva de lo mucho que personalmente parecía importarle la valoración de este trabajo. Asomó en escena con sonrisilla forzada de “estoycagao”, pero en cuanto hubo unanimidad de aplausos, se desató su alegría besándose y abrazándose con todo el mundo.

En suma, una muy buena noche de ópera en la que se pudo disfrutar de una ópera nada habitual, pero con algunas auténticas joyas en su interior que, desde aquí, os animo a descubrir en las cuatro funciones que restan.

A ver si Juanpalomo Livermore, esta vez como Intendente, cumple con las previsiones y en los próximos días nos anuncia la próxima temporada. Estaré alerta para informaros.


viernes, 26 de febrero de 2016

"AIDA" (Giuseppe Verdi) - Palau de les Arts - 25/02/16

Ayer tuvo lugar en el Palau de les Arts el estreno de la ópera Aida, de Giuseppe Verdi, tras un parón de más de un mes, desde el 23 de enero, lo cual, como ya comenté en mi anterior post, me parece impresentable, sobre todo si el motivo fuese que el Intendente Livermore ha estado en Italia preparando su producción de El barbero de Sevilla para la Ópera de Roma, lo cual significaría que la actividad del Intendente como regista en el exterior podría estar condicionando el calendario del teatro de ópera valenciano.

No sé si se habrá debido al parón livermoriano y las ganas que había de ópera o a la popularidad de Aida, pero el caso es que, si nos atenemos al resultado de taquilla, este parece ser el espectáculo que más expectación ha generado esta temporada, estando todas las entradas agotadas desde hace meses. Yo pensaba que Aida se vendería bien, pero, sinceramente, ni por asomo contaba con semejante éxito de venta, sobre todo teniendo en cuenta que es una producción que ya se ha visto aquí y que tampoco cuenta en su reparto con figuras de especial renombre. Por aquí han pasado óperas que suelen arrastrar más público, como Bohème, Traviata, Tosca, Turandot…, que también han tenido una excelente respuesta de taquilla, pero no han llegado a agotar las localidades con tanta antelación.

La lástima es que esa excelente respuesta del público ante Aida no ha venido acompañada, a mi juicio, de un éxito artístico proporcional. Y el caso es que, en conjunto, yo me lo pasé bien, pero creo que la ocasión merecía un nivel superior, especialmente en el apartado vocal.

Esta coproducción del Palau de les Arts con la Royal Opera House Covent Garden de Londres y la Den Norske Opera & Ballet de Oslo, se pudo ver ya aquí en 2010. La dirección escénica, concebida por el escocés Sir David McVicar, ha sido encomendada en esta reposición a Allex Aguilera. Cuando se presentó la temporada, el Intendente Livermore dijo que esta vez íbamos a ver la versión íntegra, ya que en  la versión ofrecida en Valencia en 2010 se habían suprimido algunas cosas respecto al estreno londinense, añadiendo Livermore que ahora podríamos captar toda la profundidad de la puesta en escena de McVicar. Después de lo visto anoche, os juro por Torrebruno que yo no me percaté de más diferencia que la aparición de unos cadáveres momificados colgando del techo en la escena del desfile triunfal. Lo que no quiere decir que no hubiese más, pero a mí no me llamó la atención nada más. Bien es verdad que ni en 2010 ni anoche la propuesta me dejó un especial poso.

Pienso, igual que dije entonces, que estamos ante una puesta en escena más bien fea, muy oscura (para variar) y que, pese a la mutación espacio temporal que realiza, tampoco creo que aporte nada nuevo ni especialmente transgresor; pero reconozco que puntualmente tiene fuerza visual y dramática y, sobre todo, no me resultó molesta. Posiblemente si hubieran empezado a desfilar egipcios con camello me hubiera hastiado más.

Se ha insistido mucho en que se ha querido huir del aspecto más tópico y zefirelliano de las Aida con pirámides y elefantes, para trasladarnos a un espacio y tiempo indeterminados donde se entremezclan elementos de distintas civilizaciones guerreras y donde el componente religioso, la violencia y los sacrificios rituales han jugado un importante papel. Así encontramos guerreros samurái, druidas, mayas, incas o bereberes. Pero, más allá de esa sustitución del Egipto faraónico por lo que en muchos momentos parece un carnaval de barrio, tampoco se aporta mucho más. No deja de primarse el espectáculo puramente visual (sobre todo en los dos primeros actos), mientras que en los momentos más intimistas no aprecié ninguna lectura especialmente original ni profundización en las emociones o rasgos psicológicos de los personajes.

En esta ocasión, respecto a 2010, me ha dado la impresión de que la dirección de actores y movimientos escénicos, sin que tampoco sean la bomba, han estado algo más trabajados. En el vestuario hay de todo, más para bien que para mal, en mi opinión, aunque sigo sin entender el look espantoso de la pobre Amneris. Y la escenografía es bastante simple, con el escenario dominado por un gran andamiaje central giratorio, muy feo, que siempre nos da la impresión de estar viendo a un grupo de chalados disfrazados en un almacén abandonado de un polígono industrial.

Insisto en que, pese a todo, la propuesta escénica no me pareció ni mucho menos lo peor de la noche e incluso creo que la música y el texto fluyeron con cierta comodidad entre las ocurrencias de Sir David McVicar.

El valenciano Ramón Tebar causó muy buena impresión en la función de Nabucco que dirigió la temporada pasada poco después de haber sido designado principal director invitado de Les Arts. Anoche fue el gran triunfador de la velada, si al aplausómetro nos remitimos. Y yo creo que hizo una meritoria labor, aunque también hubo cosas que me gustaron menos.

Pese a algún pequeño desajuste en el preludio, ya apuntó en estas notas iniciales algunos trazos de extrema sensibilidad que se repetirían en otros muchos momentos. Remarcó los contrastes de la partitura con habilidad, extrayendo de la orquesta todo su potencial para brillar en los numerosos pianísimos que pueblan esta genial página verdiana, deleitándose en estos momentos más líricos con un importante alargamiento de los tempi, y conduciendo con nervio y pulso firme en los pasajes más heroicos.

Dirigió con gesto claro y preciso, manejó las dinámicas con acierto y concertó con inteligencia los difíciles pasajes del segundo acto. ¿Cuál fue el problema entonces?, pues que, en mi modesta opinión, al conjunto le faltó emoción, alma. Me dio la impresión de que la orquesta presentó menor homogeneidad y mayores desequilibrios que en otras ocasiones, careció de continuidad en la exposición, y la ralentización de los tiempos más de una vez llevó aparejada una caída de la tensión dramática. Maazel era el rey de la cámara lenta, su Aida seguro que duró un cuarto de hora más, pero era un genio para llevar la situación al límite sin que la construcción dramático musical se desplomase.

En la Orquestra de la Comunitat Valenciana hay que empezar por destacar a los metales. La colocación de las trompetas en el quinto piso durante la marcha triunfal consiguió un efecto impactante que se resolvió satisfactoriamente en cuanto a la difícil concertación del conjunto y con excelso virtuosismo en la ejecución. La cuerda grave, contrabajos, chelos y violas, tuvieron también una noche inspiradísima, al igual que Tamás Massànyi al clarinete y Pierre Antoine Escoffier al oboe. Conmovedora resultó también la última intervención del concertino en unas notas finales sublimes.

El Cor de la Generalitat volvió a resultar deslumbrante, más allá de alguna puntual entrada en falso, y merece más que nunca todos mis elogios, porque creo que debe valorarse especialmente que cumpliese su cometido con la excelencia a la que nos tiene acostumbrados pese a tener que hacer frente a la contundencia orquestal de los momentos triunfales, o en los internos, con un número de componentes muy inferior al que sería deseable. Si seguimos sin dotar al coro de los refuerzos que precisa en determinadas óperas, acabarán por echar a perder uno de los principales valores de este teatro. Luego encima habrá quien vuelva a decirnos que este coro sólo sabe cantar en forte. Ayer demostró que no es cierto, pero es que además si les dejamos en cuadro y les exigimos apianar, también habrá quien diga que ya no suena tan contundente como antaño.

En el apartado solista es donde más carencias encontré. En 2010, la protagonista femenina que nos chupamos en las funciones dirigidas por Lorin Maazel fue una de las peores cantantes que han pasado por Valencia, Indra Thomas; así que mejorar el recuerdo no era complicado. La encargada de asumir el papel de Aida en el estreno anoche, tras caer del cartel Oksana Dyka “por indisponibilidad” (sic) no explicada, ha sido la uruguaya Maria José Siri, quien, por supuesto, mejoró las prestaciones de Thomas, pero me dejó seriamente preocupado.

Hace apenas un año que tuvimos ocasión de escucharla en Les Arts como Manon Lescaut, así que no ha transcurrido tanto tiempo como para que su voz haya experimentado un cambio radical. Sin embargo, su registro agudo anoche se mostró destemplado, cercano al chillido y, lo peor de todo, presentando un vibrato casi tambaleante propio de voces seniles. Ignoro si será un problema puntual o es el alarmante resultado de venir asumiendo roles de mayor peso de lo que su voz, de lírica pura, aconseja. En su haber se han de anotar sus buenas intenciones toda la noche, regulando, matizando, intentando apianar, con más fortuna unas veces que otras, y ofreciendo en O patria mia sus mejores momentos.

El tenor Rafael Dávila, a quien también vimos en Manon Lescaut como Des Grieux, tampoco es un tenor spinto, es un tenor lírico discreto, con una franja alta en la que muestra poderío en los agudos, algunos de ellos luminosos, pero sus graves y centro carecen totalmente de brillo y sonoridad. Su fraseo es insulso, desganado y tosco, y menos verdiano que el cuac cuac de un pato de los Urales. Se escapó de la orquesta dos o tres veces. Su dicción posiblemente fuese la mejor del trío protagonista, pero tiene el problema que rajoyea, o sea arrastra un poquito las eshes. Su versión peculiar de Celeste Aida hizo irreconocible por momentos el aria, intentó apianar pero casi mejor que no lo hiciese; en su dúo con Amneris pareció que estuviera ausente y en el dúo final llegó incluso a desafinar. Y como actor, el pobrecico mío, es muy malo.

Marina Prudenskaya tampoco me convenció como Amneris. Se mostró muchísimo más solvente en el registro agudo que en los graves, donde la voz perdía color y devenía mate, inaudible y ojetera. Su dicción resultaba ininteligible y transmitió una frialdad absolutamente impropia del personaje. Su mejor momento fue la escena del juicio, único instante de la noche en que consiguió encender una chispa de emoción.

Gabriele Viviani fue un Amonasro vociferante y brutote, con falta de contundencia en la zona grave, pero, sin ser tampoco el baluarte de las esencias verdianas, defendió el personaje con dignidad y, tanto en Quest’assisa como en Non sei mia figlia echó el resto y mostró el tono requerido.

Voces más bien feas, pero cumplidoras en general, presentaron Alejandro López, como el Rey, y Riccardo Zanellato como Ramfis, quien tuvo su mejor momento en la escena interna del juicio. Bien Federica Alfano en su breve intervención, también interna, como Sacerdotisa; y destacado el Mensajero de Fabián Lara.

Uno de los grandes protagonistas de la noche fue el Ballet de la Generalitat, cuyos componentes merecen un enorme aplauso, pues, más allá de la polémica entre rijosos y pacatos acerca de que mostrasen las tetas, tuvieron un excelente rendimiento, muy meritorio por la enorme exigencia escénica que se les ha requerido.

Ojalá todas las noches el recinto operístico de nuestra ciudad pudiese verse como ayer. Lleno completo, con bastante gente joven. Y nutridos aplausos al final para todos los participantes que fueron especialmente efusivos para Ramón Tebar y la orquesta. También hubo presencia institucional, con el Alcalde Joan Ribó y el Secretario Autonómico de Cultura, Albert Girona, entre otras personalidades… Estaba hasta el Intendente Livermore que se ve que ya ha acabado su barbero romano. Ah, y una vez más volvió a honrarnos con su presencia el internacionalmente conocido coro de carrasperos y tísicos terminales del Bajo Aragón, que toda la noche acompañó a destiempo y con saña los momentos más intimistas de la partitura, exhibiéndose especialmente en el primer tercio del acto tercero, donde marcaron un precioso contrapunto gargajoso que sepultó entre flemas todo el lirismo de Verdi sin piedad.

Ya dije al comienzo que, pese a que pueda poner de manifiesto cosas que no me gustaron tanto, yo pasé una noche muy agradable. Aunque si me preguntaseis qué es lo que más me gustó de Aida, os diré que el Encuentro que tuvo lugar dos días antes en el Aula Magistral con Allex Aguilera y Ramón Tebar, hablando de esta producción, y donde el director musical, mostrando también sus dotes como pianista, ilustró algunas ideas interesantísimas sobre esta obra. La pena fue que sólo lo disfrutásemos unas 30 personas. Pero claro, Les Arts lo anunció a sus abonados y en el programa de Aida, apenas unas horas antes de su comienzo.

Esperemos que un día de estos Livermore se centre en Les Arts y se empiecen a enderezar muchas cosas.