domingo, 23 de junio de 2019

"LUCIA DI LAMMERMOOR" (Gaetano Donizetti) - Palau de les Arts - 22/06/19


Con el estreno ayer de la celebérrima ópera de Gaetano Donizetti, Lucia di Lammermoor, la temporada operística valenciana toca a su fin. Una temporada que ya califiqué, cuando se conoció su contenido hace poco más de un año, como de ligeramente decepcionante y de transición, a la espera de que el nuevo director artístico de la casa, Jesús Iglesias Noriega, tomase definitivamente posesión de su cargo y pudiera empezar a trazar el nuevo rumbo del coliseo de Calatrava. Ese nuevo rumbo ya ha empezado a vislumbrarse con el anuncio de una próxima temporada lírica que invita a la esperanza. Y he de reconocer que, analizando todo lo visto este año, al final el resultado ha sido mejor de lo previsto y ha acabado presentando bastantes más luces que sombras.

Dije también hace un año que, a priori, esta Lucia di Lammermoor constituía el plato de fuerte de la temporada y creo que no ha defraudado las expectativas, gracias fundamentalmente a una pareja protagonista extraordinaria, con una inconmensurable Jessica Pratt y un estupendo Yijie Shi que hicieron tambalearse los cimientos del teatro ante las muestras de entusiasmo del público asistente. Ayer sí que hubiera habido motivos sobrados en diversos momentos, tanto por la calidad de lo escuchado como por la respuesta del público, para poder haber asistido a un bis de esos que Leo Nucci decidió unilateralmente implantar en Les Arts durante el reciente Rigoletto. Al final del aria de la locura y sobre todo tras el popular sexteto, hubo intensos y muy largos aplausos con voces pidiendo bis que, afortunadamente, no tentaron en esta ocasión a Abbado.

La  producción que se ha elegido para este cierre de temporada está coproducida por la Opéra Monte-Carlo y el New National Theatre de Tokio y cuenta con la dirección escénica de Jean Louis Grinda, de quien ya hemos visto aquí sus propuestas para Tosca, Werther, Amelia al ballo y The telephone, sin que nunca haya llegado a convencerme del todo. En esta Lucia no ha buscado contarnos nada especial, o si lo ha pretendido poco se nota, y se limita a presentar un marco estético para que la acción se desarrolle (casi) siempre dentro de las líneas principales que marca el libreto, con una ligera trasposición temporal, pero con un concepto clásico con el que busca el protagonismo de la música y de la belleza visual. Hay algunas cosas que pueden criticarse, pero, en general, funciona muy bien, todo tiene coherencia y se permite al espectador seguir la trama sin distraerse analizando extrañas divagaciones, sino pudiéndose centrar en la música y el canto, cosa que de vez en cuando se agradece.

Hay producciones muy minimalistas donde se apuesta por espacios prácticamente vacíos que resulten polivalentes para los diferentes escenarios en los que se desarrolla la acción y eso suele conllevar una mayor ligereza en las transiciones entre escenas. La presentada ayer, sin ser tampoco especialmente sobrecargada, sí que cuenta con un componente escenográfico importante que ralentiza bastante esas transiciones. Podía haberse optado por hacer más descansos entre actos, pero, creo que acertadamente, se ha preferido que los cambios se hagan en escena a telón bajado, interrumpiendo la función lo justo. En esos parones se ha decidido proyectar una imagen de las olas golpeando un acantilado con sonidos marítimos incluidos. Una tontunez que al principio tiene su gracia, pero a la cuarta repetición acaba por cansar y termina provocando la chunga del respetable que ya no sabe si esta en Lucia o en Moby Dick.

Como decía antes, en la vertiente de la estética visual es donde esta producción logra sus mejores prestaciones, merced principalmente a un inteligente trabajo de iluminación de Laurent Castaing y el vistoso vestuario de Jorge Jara. La escenografía de Rudy Sabounghi nos presenta, con mayor o menor acierto, todos los ambientes en los que la obra se desarrolla: la fuente, el torreón, la gran sala del castillo, el cementerio… otorgando un importante protagonismo al agua y a la presencia de los acantilados y la playa. Los elementos escenográficos se combinarán con algunas proyecciones lográndose interesantes efectos, siempre destilándose una atmósfera romántica, con alguna alusión más que evidente a Caspar David Friedrich, como al comienzo de la última escena del acto tercero.

Me gustó bastante la decisión adoptada variando al final la muerte de Edgardo que aquí no se apuñala ni se pasa muriéndose los últimos 5 minutos, aunque no haré spoiler, pero tiene mucho sentido. También me gustó la aparición de la fuente en la escena de la locura, centrándose la luz sólo en Lucia y haciendo al público partícipe del delirio de la protagonista. Menos me agradó, en el comienzo de esa misma escena, la entrada de Lucia tras asesinar a Arturo, no con un puñal, sino con una gigantesca pica y, para colmo, con una pinta lamentable, mezcla entre la Moma y el tren de la bruja, muy apropiada por cierto para Valencia en estas fechas del Corpus y a las puertas de la feria de julio.

Algo ridículos también fueron los rosarios que lucen las plañideras en la última escena, de un tamaño tal que más bien parece que lleven colgadas ristras de ajos. Tampoco encontré justificado que se tenga que poner a Lucia el traje de novia en escena a la vista de los espectadores. Lo mismo, detrás de un biombo, puede tener el mismo efecto y no se somete el abundante cuerpo enfajado de la pobre soprano al cuchicheo e impropios comentarios de la platea; pero bueno, pese a estas cosillas que me gustaron menos, creo que la propuesta del director monegasco funciona muy bien, tiene coherencia en su planteamiento y consigue algunos momentos de brillante impacto estético.

Roberto Abbado se despide con esta Lucia di Lammermoor de su paso por el Palau de les Arts como titular de la Orquestra de la Comunitat Valenciana, una labor que, pese a que me consta que no cuenta con el respaldo de los músicos, desde el punto de vista del espectador creo que sólo puede decirse que los resultados obtenidos han sido buenos. Igual no es mérito suyo y sí la mera consecuencia de la profesionalidad y el trabajo de los miembros de la orquesta, pero su balance ha de ser necesariamente positivo. Y su labor de ayer también creo que merece el aplauso. Es verdad que me fue gustando más conforme avanzaba la obra. En el primer acto abordó el dúo de la pareja protagonista con una lentitud casi exasperante, aunque fue aumentando progresivamente la intensidad y fuerza y el final del dúo fue bellísimo. Hubo otros momentos muy destacados, como toda la escena de la boda, quizás lo más relevante orquestalmente, en la que hizo gala de una sabia administración y despliegue de la tensión. Pese a algún descontrol de volúmenes, estuvo especialmente cuidadoso con las voces, como suele ser habitual en él, adaptándose a sus características.

Al haberse optado en esta versión por utilizar la armónica de cristal en lugar de la flauta en la escena de la locura, el gran protagonismo del foso se lo llevó el reputado intérprete de este raro instrumento, Sascha Reckert. Fue una gozada su acompañamiento a la soprano acariciando el arsenal de copas que estaban dispuestas en un aparatoso soporte de madera. Durante el descanso no fuimos pocos los que sufrimos viendo cómo se iban incorporando al foso los músicos, pasando ajustados junto a todo ese coperío y más de una vez pensé que iban a tirar a tierra el mueble bar. Reckert realmente consiguió extraer unos sonidos espectrales que, junto con la belleza del canto de Jessica Pratt, dejaron a la platea sin respiración, en un silencio que pocas veces he sentido yo en esta sala. No obstante ese merecido reconocimiento, me gustaría destacar muy especialmente en la orquesta el maravilloso rendimiento de ayer de los cuatro trompas, con Bernardo Cifres a la cabeza, en una obra para ellos muy exigente que bordaron con sobresaliente; como también lo hizo la solista de arpa en la introducción a la entrada en escena de Lucia o Rafal Jezierski al chelo con su bellísimo acompañamiento durante el último cuadro.

El Cor de la Generalitat volvió a alcanzar la excelencia vocal e interpretativa y fue otra de las claves para el éxito final del espectáculo, brindándonos algunas intervenciones memorables como en D'immenso giubilo, en  todo el final del segundo acto y, especialmente, en un Oh! qual funesto avvenimento! que fue para quitar el sentío

Ya he dejado claro desde las primeras líneas de esta crónica que la pareja protagonista fue la indudable triunfadora de la noche. La soprano Jessica Pratt nos brindó nuevamente una magistral lección de canto que se me hace muy complicado trasladar a simples palabras. Ya nos entusiasmó hace un par de años en el rossiniano Tancredi y ayer volvió a poner el teatro patas arriba con una bellísima línea de canto de una pureza y precisión sublimes. Filados, pianísimos, trinos, medias voces perfectas, adornaban una voz cristalina que subía al agudo y sobreagudo con una facilidad pasmosa, resolviendo también la coloratura de manera modélica. Su impresionante fiato le permite lucir un legato impecable en el que además deslumbra por su infinita variedad de matices. ¿Fue todo perfecto? Bueno, un solo reparo pondría yo a esta exhibición vocal y es que estuvo corta de expresividad. Me comentaba un amigo en el descanso que, pese a reconocer la esplendorosa exhibición canora de la pareja protagonista, no había conseguido borrar el recuerdo de aquella otra Lucia que vimos aquí en 2010 con Nino Machaidze y Francesco Meli. Pues quizás la diferencia fuera esa, Machaidze y Meli desbordaron pasión y expresividad; Pratt y Shi, perfección vocal, pero corta en cuanto a transmisión de emociones. Es mi opinión.

El complicado papel de Edgardo fue asumido por el tenor chino Yijie Shi, que precisamente ya hizo pareja con la Pratt en aquel Tancredi de 2017, e igual que entonces ha vuelto a lograr un importante y merecido éxito. Gran parte de lo que escribí entonces para Argirio sería aplicable a su Edgardo, aunque posiblemente aquél papel rossiniano se ajuste mejor a su vocalidad que este. Su voz, de timbre ingrato, me sigue sin parecer precisamente bonita, pero es indudable su potencia, solidez, su insultante comodidad y firmeza en el registro agudo y la pulcritud con la que cuida los recitativos. Estuvo ajustado en los concertantes y tuvo también un buen comportamiento escénico. Si hubiese introducido más matices en el fraseo se llevaría el diez en una actuación que, en cualquier caso, ha de calificarse de sobresaliente.

Mucho menos me gustó el Enrico que compuso el barítono italiano Alessandro Luongo, a años luz de la pareja protagonista, lo cual era fácil de prever, aunque con indudables buenas intenciones y arrojo. Era la primera vez que visitaba Les Arts y cumplió la difícil encomienda con buena dicción, ligando bien, mostrando temperamento y desgarro interpretativo, quizás demasiado, pareciendo más cercano a veces a una Cavalleria que a una obra belcantista. Se echa de menos un mayor refinamiento en un fraseo tosco, con empujones de una voz que se mostró bastante irrelevante junto al plantel de acompañantes que tuvo en escena.

El que sí es un habitual en Les Arts, es el bajo ruso Alexander Vinogradov que afrontó la parte del capellán Raimondo haciendo gala, una vez más, de un instrumento privilegiado que le permite exhibir una voz grande, poderosa y profunda que conquista fácilmente al público. Cosa distinta es que le siga faltando nobleza en un canto bastante rudo, con escasa variedad de acentos y una cuestionable articulación y fraseo del italiano, que parece a veces que esté chupando un caramelo pues sólo se escuchan las vocales.

La sorpresa de la noche fue el Arturo de Xabier Anduaga. Hace tiempo que venía oyendo hablar de este joven tenor vasco que se presentó ayer en Valencia con una voz fresca, de enorme caudal y riqueza tímbrica y expresiva, para un papel vocalmente casi anecdótico que sirvió a la perfección y nos dejó con ganas de volverle a escuchar en roles más exigentes.

El tenor cántabro Alejandro del Cerro fue un Normanno correcto, de agradable timbre y valiente vocalmente. Por su parte, Olga Syniakova compuso una Alisa excelente, dando adecuada réplica a un monstruo como la Pratt y confirmando que estamos ante una de las voces más interesantes de las últimas generaciones del Centre Plácido Domingo.

La sala presentaba una buena entrada aunque lejos del sold out. Bastantes huecos en platea deslucían una velada que merecía un lleno completo. Eso sí, los espectadores se mostraron bastante más cálidos de lo que suele ser habitual en las noches de estreno e interrumpieron la representación con fuertes y prolongados aplausos en diversos momentos, llegando incluso, como he comentado antes, a escucharse voces pidiendo bis. Al finalizar la función, la platea se puso en pie y las ovaciones se mantuvieron muchos minutos, con atronadora efusividad para Pratt, Shi y Vinogradov. La salida de Jean-Louis Grinda como director de escena también fue premiada con unánimes aplausos.

Me gustaría mandar un mensaje al personal de Les Arts encargado de la vigilancia de puertas. Ayer se permitió que un numeroso grupo de espectadores retrasados entraran en la sala mientras sonaba el arpa introduciendo la entrada de Lucia del primer acto. No se debería permitir nunca una vez la música ha comenzado, pero es que además ayer tenía mucho menos sentido, ya que poco antes se había interrumpido la representación para el cambio de escenografía entre cuadro y cuadro y se volvería a hacer 3 o 4 veces más, momentos estos que se podrían haber aprovechado para recolocar a los tardones.

Que una obra tan popular como Lucia di Lammermoor, con un reparto de primera fila y en sábado no logré llenar la platea de Les Arts, es preocupante. No quiero pensar entonces qué pasará con Elektra o Ariodante. Hay quien comentaba que igual se debía a la festividad del lunes que podría haberse aprovechado por muchas personas para hacer puente. No lo sé. El caso es que en la web del teatro sigue habiendo bastantes entradas para las próximas funciones. Ya lo dije hace poco, si el público no respondemos llenando el teatro todos los días, todos los esfuerzos económicos y artísticos que se están llevando a cabo para llevar la ópera de Valencia definitivamente al primer nivel, será en vano. Así que ya sabéis, todos a Les Arts. Perderse una representación de ópera del nivel de esta Lucia es un crimen.

viernes, 31 de mayo de 2019

TEMPORADA OPERÍSTICA 2019/2020 EN EL PALAU DE LES ARTS


Parece que algunos aficionados siempre nos estemos quejando de la tardanza con la que se anuncia la próxima temporada operística y que nos mostremos injustificadamente ansiosos por conocer las previsiones para el año venidero. Me consta además que es algo que al nuevo director artístico de Les Arts, Jesús Iglesias, le fastidia especialmente y siempre dice que él es partidario de que la programación se haga oficial un poco más tarde para que luego no haya importantes cambios respecto a lo anunciado. Yo también prefiero que eso sea así, pero desde luego sigo situándome entre los ansiosos y creo que no es bueno para la imagen del teatro llegar siempre los últimos a anunciar los espectáculos de la próxima temporada.

Bueno, pues esta mañana, un día antes que el año pasado eso sí, se han dado a conocer en rueda de prensa los espectáculos que integrarán la temporada del Palau de les Arts 2019/2020. La presentación ha corrido a cargo del Conseller de Cultura en funciones, Vicent Marzà, la presidenta del Patronato de Les Arts, Susana Lloret, y el director artístico, Jesús Iglesias Noriega. El próximo martes, día 4 de junio, será Ramón Gener quien haga la presentación oficial abierta al público en el Auditori del teatro.

Esta es la primera temporada que realmente empieza a responder al proyecto del nuevo director artístico de Les Arts y hay detalles en ella que invitan al optimismo, desde el aumento de actividades en todos los espacios del recinto de Calatrava, la vuelta de la ópera germánica con un título esencial como la Elektra de Strauss, la acogida de los recitales y versiones concierto o semi escenificadas en la sala principal abandonando el infame Auditori, hasta una mayor diversificación de títulos, géneros y periodos compositivos. Tras la finalización del contrato de Roberto Abbado como director titular de la Orquestra de la Comunitat Valenciana, este año ocupará el foso un director distinto para cada ópera y ahí encontraremos desde nombres menos conocidos hasta auténticas leyendas de la batuta, como es el caso de Michel Plasson. Hay cosas que me gustan menos, como que volvamos a tener que chuparnos el ballet dentro del abono y que los conciertos sinfónicos sigan ubicándose en el maldito Auditori, pero, en términos generales, creo que es una buena temporada que remonta el vuelo tras la línea plana de los últimos  años.

Jesús Iglesias ha declarado que este año no se va a distinguir entre pretemporada y temporada, aunque sí habrá precios populares para el inicio de este ejercicio operístico que tendrá lugar el viernes día 27 de septiembre, con una indiscutible obra maestra como Las bodas de Figaro, de W.A. Mozart que contará con la dirección musical del inglés Christopher Moulds, dirección de escena de Emilio Sagi y la participación prevista de Andrzej Filończyk, María José Moreno, Sabina Puértolas, Robert Gleadow, Cecilia Molinari, Susana Cordón y Valeriano Lanchas, en una coproducción del Teatro Real, ABAO y el Teatro Nacional de Ópera y Ballet de Lituania. Están previstas cinco funciones en la sala principal entre el 27 de septiembre y el 6 de octubre. Tras el escándalo vivido en Les Arts con la dirección escénica de La flauta mágica que inició la actual temporada, esta propuesta de Sagi atemperará los ánimos de los más clásicos con una puesta en escena realista, fiel al libreto y muy vistosa.

La inevitable dosis zarzuelera se cubrirá este año con cinco funciones, en la sala principal y con precios reducidos, de La tabernera del puerto, de Pablo Sorozábal, en una producción del Teatro de La Zarzuela, con dirección musical de Guillermo García-Calvo, dirección de escena de Mario Gas y las voces de Marina Monzó, Àngel Ódena, Antonio Gandía y Rubén Amoretti.

El 10 de noviembre se anuncia una única función, también con precios reducidos, y en versión semi escenificada, de otra ópera de W.A. Mozart, La finta giardiniera, que cuenta con el gran aliciente de venir servida por la Orquesta Les Arts Florissants con el gran William Christie a la batuta. Es una gran noticia, aunque confieso que hubiera preferido que la presencia de William Christie en Les Arts se hubiera producido con otra obra de más enjundia. Entre las voces se anuncian las de Mariasole Mainini, Lauren Lodge-Campbell, Deborah Cachet, Théo Imart, Moritz Kallenberg, Rory Carver y Sreten Manojlović.

También en esas fechas de lo que antes era la pretemporada, tendremos una exquisita curiosidad que me hace especial ilusión, como es la surrealista Les mamelles de Tirésias, de Francis Poulenc, en la adaptación para dos pianos que hiciera Benjamin Britten, con una coproducción del Snape Maltings de Aldeburgh, el Festival d’Aix-en-Provence y la Muziekkapel Konigin Elisabeth de Waterloo. Habrá seis funciones durante el mes de noviembre, dos de ellas didácticas, en el Teatre Martin i Soler, con Roger Vignoles y Jorge Giménez al piano y la participación de los cantantes del Centre Plácido Domingo. Espero que las jóvenes voces del Centre puedan estar a la altura de una obra complicada.

Los platos fuertes de la temporada operística comenzarán el 2 de diciembre con una coproducción de Washington National Opera, The Minnesota Opera y Opera Philadelphia de Nabucco, de Giuseppe Verdi. Se anuncian cinco funciones más los días 5, 8, 11, 14 y 16 de diciembre. La dirección musical correrá a cargo de Jordi Bernàcer y la escénica del norteamericano Thaddeus Strassberger, de quien vimos ya en Les Arts en 2013 su propuesta para otro Verdi, I due Foscari. El principal reclamo será la presencia en Valencia, un año más en vísperas de Navidad como El Almendro, de Plácido Domingo, quien se alternará en el papel protagonista con Amartuvshin Enkhbat, y estarán acompañados por la excelente Abigaille de Anna Pirozzi y Riccardo Zanellato, Arturo Chacón-Cruz y Alisa Kolosova, entre otros. Repetir otra vez Nabucco que ya se programó en 2015, no parece la mejor idea, por mucho que esté claro que está llamado a ser el título que posiblemente agote las entradas, por su popularidad y por el efecto Domingo.

Enero este año ya no se quedará en blanco como ha sido habitual durante la intendencia del señor Livermore. Y no sólo eso, sino que además los días 18, 21, 24, 27 y 30, podremos disfrutar de la joya de la temporada, con esa maravilla de ópera que es Elektra de Richard Strauss, un compositor que estaba demasiado ausente de la programación valenciana. La dirección musical correrá a cargo del alemán Marc Albrecht, un hombre muy experimentado dirigiendo Strauss, y de la escénica se encarga el prestigioso director canadiense Robert Carsen. Por si fuera poco, tendremos además, espero, una protagonista de auténtico lujo, como es Irene Theorin, quien estará acompañada por Sara Jakubiak, la veterana Doris Soffel, Štefan Margita y Derek Welton, en una producción de la Opéra National de Paris, basada en una coproducción original del Maggio Musicale Fiorentino y la Tokyo Opera Nomori. Ya estoy deseando que llegue el 18 de enero…

Este año el mes que casi se queda en blanco de ópera es febrero, aunque el 29 se estrenará en la sala principal, Il viaggio a Reims, de Gioachino Rossini, que se representará en cuatro funciones más los días 3, 6, 10 y 14 de marzo. De la dirección musical se encargará el italiano, desconocido para mí, Francesco Lanzillotta. Si que conocemos bien al director escénico de esta coproducción de la Dutch National Opera, la Royal Danish Opera Copenhagen y Opera Australia, que es Damiano Michieletto, autor de algunas de las mejores y de las peores cosas que han pasado por Les Arts escénicamente. Ya veremos. Y entre las voces tendremos a Mariangela Sicilia, la excelente Pamina del año pasado, Marina Viotti, Albina Shagimuratova, Ruth Iniesta, Ruzil Gatin, Sergey Romanovsky, Adrian Sâmpetrean, Misha Kiria y Fabio Capitanucci.

Los que me conocéis bien sabéis que el barroco no es precisamente mi pasión, pero me parece razonable que vuelva a la sala principal de Les Arts, sobre todo si lo hace con una obra que contiene momentos tan bellos como Ariodante de Georg Friedrich Händel. El estreno tendrá lugar el 30 de abril, con cuatro funciones más los días 3, 5, 8 y 10 de mayo. El director musical será un especialista en el género, el italiano Andrea Marcon. Se trata de una coproducción del Festival d’Aix-en-Provence, la Dutch National Opera, la Canadian Opera y la Lyric Opera de Chicago, con dirección de escena de Richard Jones, cuya propuesta a lo mejor le chirría un poco a los más tradicionales. Entre las voces principales se anuncian las de Andrea Mastroni, David Hansen, Jane Archibald, Juan Sancho, Christophe Dumaux y Francesca Aspromonte.

La única nueva producción de Les Arts que se estrenará esta temporada tendrá que esperar al 30 de mayo de 2020 y en la pequeña sala Martin i Soler, con una ópera precisamente del compositor que le pone el nombre, Vicente Martín i Soler, se trata de Il tutore burlato. La dirección de escena se ha encomendado al valenciano Jaume Policarpo y la musical le corresponderá a Cristóbal Soler. Los cantantes serán alumnos del Centre Plácido Domingo.

La temporada finalizará con otra de las grandes apuestas de la temporada, el Faust de Charles Gounod, cuyo principal atractivo se centra en la anunciada presencia en el foso de Les Arts del muy veterano (85 años) director francés, Michel Plasson, una leyenda viva de la dirección musical, especialmente en el repertorio francés que, a buen seguro, nos puede brindar unas magníficas interpretaciones de esta popular ópera. Se ha elegido para la ocasión una producción de la Semperoper de Dresde que contará con la dirección escénica del británico Keith Warner. Entre los intérpretes se anuncia una interesante pareja protagonista con John Osborn y Ailyn Pérez, acompañados por Alex Esposito y Paula Murrihy. Están programadas cinco funciones los días 18, 20, 23, 25 y 27 de junio.

Y hasta aquí el programa operístico, que para lo que ha sido la cosa estos años atrás no está nada mal: seis óperas en la sala principal, más otra semi escenificada, una zarzuela y dos óperas más en la sala Martin i Soler. Además tendremos 6 recitales con relevantes nombres como Piotr Beczała, Violeta Urmana, Philippe Jaroussky, Simon Keenlyside, Ainhoa Arteta y Joyce DiDonato, todos ellos en la sala principal. Eso sí,  no nos libramos del Auditori para los conciertos sinfónicos, donde también hay citas importantes, como ese Requiem de Verdi con Daniele Gatti, y la presencia de otros directores como Gustavo Gimeno, Juanjo Mena, Ivor Bolton, James Gaffigan y Michele Mariotti.

Como comentaba al comienzo, para mi desgracia el ballet vuelve a engrosar los abonos operísticos, con la programación de 17 representaciones danzarinas. Fuera de abono se abren ciclos de flamenco, bandas y otras músicas, así como representaciones musicales las mañanas de domingo en la sala principal a 5 euros a cargo de la Orquestra de la Comunitat Valenciana, el Cor de la Generalitat y los cantantes del Centre Plácido Domingo, así como numerosas y diversas actividades y colaboraciones. Se dice que se han programado un 30% más de espectáculos con una ampliación del presupuesto del 5%. Podéis consultar toda la programación AQUÍ.

Tiempo sobrado habrá para comentar detenidamente esta nueva temporada y ver cómo se gestiona administrativamente el teatro y cómo funciona la relación con los abonados, porque así, a primera vista, me da la impresión que se le ofrecen menos ventajas que en años anteriores, además de haberse producido una ligerísima subida de precios. Lo estudiaremos. De momento, los espectáculos anunciados y el aumento de actividades en el recinto son más que bienvenidos e incitan al optimismo, ojalá esto sólo sea el inicio de un definitivo despegue y consolidación de nuestro teatro que hace bien poco parecía estar herido de muerte. Para ello será necesario también que la administración del Estado se implique definitivamente, haga acto de presencia en los órganos de gobierno de la Fundación Palau de les Arts y otorgue la ayuda económica que este teatro merece.

Y también los aficionados tendremos que responder llenando Les Arts no sólo cuando programen el AEIOU de lo ya conocido, sino especialmente cuando se hagan apuestas por la variedad y la calidad, como con la Elektra y el resto de espectáculos que se han anunciado hoy para la próxima temporada, demostrando así que todo este esfuerzo está justificado.  

domingo, 12 de mayo de 2019

"RIGOLETTO" (Giuseppe Verdi) - Palau de les Arts - 11/05/19


Desde que se anunciase oficialmente la presente temporada operística valenciana hace ya casi un año, dos dudas rondaban la cabeza de los aficionados respecto a las funciones de este Rigoletto que se estrenó anoche. La primera era conocer si, finalmente, Leo Nucci pisaría por vez primera el escenario del Palau de les Arts, tras haber cancelado en 2015 su participación aquí en Nabucco y haber hecho lo mismo recientemente respecto a la Luisa Miller que se verá en el Liceu en julio. La segunda era ver si Nucci protagonizaría el primer bis de la historia de Les Arts, aunque adivinar esto estaba francamente chupado, estaba claro que si venía, bisaría. Nucci vino con el tiempo justo para el ensayo general, cantó a su manera y, por supuesto, bisó la Vendetta ante el delirio del respetable. E intuyo que, si no cancela la función del día 14, el teatro valenciano vivirá su segundo bis.

Supongo que mucho se hablará y escribirá sobre lo sucedido anoche y las crónicas dejarán para la posteridad el hito histórico del bis, el gran éxito obtenido por el veterano barítono italiano y el entusiasmo del público de Les Arts. Es indudable que la gente se lo pasó muy bien, incluido un servidor, pero el espectáculo fue bastante lamentable. Al menos como ejemplo de función de ópera. Si hablamos de circo o de cachondeo, está muy bien; como representación operística de un teatro de relieve internacional, se consiguieron unos muy buenos momentos, pero el show del bis lo prostituyó todo. Es cierto que esto no sólo pasa aquí. Teatro que pisa el señor Nucci, bis que te crió. La gente lo esperaba y supongo que si no se hubiera bisado hubiera habido protestas. Así de memos somos.

En términos generales, la repetición de un fragmento operístico ante los aplausos y la demanda unánime del público, podríamos discutir si debe admitirse o no. Lo cierto es que se corta radicalmente el desarrollo dramático de la representación y se interrumpe el hechizo conseguido en el espectador por las emociones del texto y el canto, impidiendo que el drama fluya con el ritmo buscado por el autor. Pero bueno, sabemos que cuando las emociones en el público son muy fuertes, las mismas ovaciones y bravos interrumpen de alguna forma la función, e históricamente se viene aceptando que cuando esa muestra de aprobación es intensa y mantenida en el tiempo, paralizando la representación, pueda obsequiarse al respetable con el bis.

Lo de ayer fue distinto. Fue el particular show de Leo Nucci que hace allá donde va. Yo recuerdo haber asistido en Londres a un Barbero de Sevilla con Juan Diego Flórez, con muchos, pero muchos, minutos de aplausos tras una de sus arias y el público en pie gritando bis, bis… y nada. Anoche, nada más acabar la Vendetta, hubo unos microsegundos de aplausos y Nucci ya se dio la vuelta, se puso a saludar como si del final de la función se tratase, agarró a la soprano, saludó al director, hizo levantar a la orquesta, saludaba a diestra y siniestra, la gente le siguió el rollete, consiguió que la platea se pusiera en pie… hizo la seña a Abbado y a por el bis. Prueba conseguida.

Todos contentos… Bueno, yo no. No porque sea un señor estirado y amargado; me divertí y disfruté del show, pero como show, no como ejemplo de lo que debe ser una función de ópera de una intensidad musical y dramática como la de esa obra maestra que es Rigoletto. Recuerdo que de niño me gustaba ver los partidos de los Harlem Globetrotters, pero como espectáculo circense; para ver buen baloncesto prefería los legendarios encuentros de los Celtic contra los Lakers. Pero bueno, como decía antes, ya habrá tiempo de sobra para seguir hablando del bis.

Lo cierto es que estas funciones de Rigoletto han generado una inusitada expectación entre el público valenciano y las entradas para todas las sesiones se encuentran ya agotadas desde hace meses. Sin duda se trata de la ópera estrella de la temporada en cuanto a taquilla, pero, aunque los resultados artísticos han de considerarse buenos, no creo que pueda merecer la valoración de la mejor producción de este año como algunos ya se han atrevido a calificarla. La próxima Lucia di Lammermoor tiene todos los números para superarla y la reciente Iolanta creo que fue mucho más redonda.

Para la ocasión se ha traído una producción de la ABAO y el teatro San Carlos de Lisboa que cuenta con la dirección escénica de Emilio Sagi y que tiene ya unos cuantos años de rodaje. En concreto, fue la que inició en 2006 en Bilbao el ciclo Tutto Verdi que todavía se sigue desarrollando en las temporadas de la capital vizcaína.

La propuesta de Sagi en esta ocasión no tiene el colorido y la luminosidad que han caracterizado otras producciones del director asturiano. Al contrario, la oscuridad y un cierto tenebrismo planean sobre este Rigoletto, con el propósito, parece ser, de dibujar la maldad e inmoralidad que preside la actuación de la mayoría de personajes de la obra. Planos inclinados y paneles movibles marcarán los diferentes ambientes en los que se desarrolla la acción, mientras que espacios muy abiertos y una escasa escenografía resaltarían a su vez la soledad e incomunicación de los protagonistas. Esta limitación escenográfica deja muchas veces a los personajes desnudos frente a la actuación dramática de sus intérpretes, haciendo que toda la atención del espectador se concentre en ellos y en cómo transmiten las intensas emociones que desprende la obra, y alcanzará su mayor expresión en el tercer acto, con el fondo de la caja escénica a la vista.

Esa opción por el escenario abierto por los laterales toda la obra, y además por el fondo en el último acto, más allá de que pueda resultar acertado o no para poner el énfasis en la soledad que rodea a los personajes, conlleva una carga demasiado pesada al perjudicar notablemente la proyección de las voces. Para mí este es el mayor inconveniente de la producción. Cada vez que los intérpretes se alejaban de la boca del escenario, las voces se perdían. El coro durante el primer acto fue el más perjudicado por ello, así como Monterone.

Como siempre ocurre con los planos inclinados, algunos espectadores nos pasamos gran parte de la velada sufriendo por los cantantes que da la impresión que van a salir rodando en cualquier momento. Y no digamos en el segundo cuadro del primer acto, cuando el septuagenario Nucci se puso a saltar entre los huecos que dejaban los citados paneles simulando las callejuelas. No me pareció tampoco acertado que los cambios escenográficos entre los dos cuadros del primer acto y entre el segundo y tercer acto, fueran tan lentos y se realizaran a telón levantado.

Aunque el enclave espacio temporal es indeterminado, el clasicismo de la propuesta es evidente y apenas existen transgresiones de relevancia al texto original. Quizás lo más llamativo sea la más que expresa insinuación de relación incestuosa entre Sparafucile y Maddalena, lo cual tampoco creo que aporte absolutamente nada, ni que sea preciso remarcar la inmoralidad de unos personajes que vienen ya suficientemente bien caracterizados en el libreto. No comprendí tampoco por qué, durante la escena de la tormenta, los miembros del coro que imitan el ulular del viento, en lugar de estar haciendo el coro interno, permanecen en la balconada asistiendo como espectadores a las depravaciones que ocurren en la posada.

Buen trabajo de iluminación de Eduardo Bravo que, pese a la penumbra generalizada, consigue algunos efectos visuales interesantes, especialmente en el tercer acto y en el segundo cuadro del primero, aquí con una representación escenográfica de la casa de Gilda algo cursi, pero con buena resolución del movimiento escénico en la escena del rapto, donde se acaba raptando a la chica con casa incluida. De cualquier modo, en general, creo que la propuesta de Sagi funciona correctamente, hay un trabajo dramatúrgico serio y ante las mamarrachadas que por ahí circulan, puede valer; aunque eso no quite para que, personalmente, esperase más.

El todavía director titular de la Orquestra de la Comunitat Valenciana, Roberto Abbado, regresaba al foso de Les Arts para afrontar un final intenso de contrato y de temporada con este Rigoletto y la próxima Lucia. El trabajo que hizo ayer el director milanés tuvo muchísimo mérito. No me siento capacitado para valorar objetivamente su lectura hasta volver a asistir a alguna de las últimas funciones, porque ayer su labor consistió básicamente en perseguir a Nucci y adaptar sus tempi y dinámicas al ritmo y fraseo que marcaba el barítono y, en algunas ocasiones también, Celso Albelo, que ayer tuvo más de un descoordinación con la orquesta. Me gustó bastante la intensidad y el pulso que, pese a todo, impuso Abbado en momentos como el de la tormenta o en la gran escena de Rigoletto del segundo acto, pese a tener que ajustarse al particular fraseo y fiato de Nucci.

Excelente fue también el rendimiento de los atriles orquestales, pese a un dubitativo comienzo de los metales en el Preludio que corrigieron sobradamente a lo largo de una inspirada velada. Espectacular, como de costumbre, el acompañamiento de Christopher Bouwman al oboe en Tutte le feste al tempio; así como los violonchelos en la escena de Sparafucile; y concertino, flautas y flautín toda la noche.

Los componentes masculinos del Cor de la Generalitat realizaron la gran labor escénica y vocal a la que nos tienen acostumbrados, aunque, como ya he comentado, salieron bastante perjudicados con la distorsión acústica que provocaba la apertura de la caja escénica. También les afectó el variable ritmo orquestal que imponía el particular fraseo de Nucci, originando algún desajuste; pero estuvieron fantásticos en sus intervenciones, como en el Scorrendo uniti remota via del acto segundo.

Leo Nucci, a sus 77 años, que se dice pronto, y con más de 500 Rigoletto en su joroba, ya no interpreta Rigoletto, él es Rigoletto y parece completamente poseído por el personaje. Lo tiene interiorizado, sufre con él y consigue transmitir al espectador todas las emociones de este padre verdiano. Me sigue pareciendo antológica su entrega dramática, su capacidad actoral y la intensidad que desprende en su escena del acto segundo en el Cortigiani y el subsiguiente Ebben, piango, mucho más que en la Vendetta del bis garantizado. Sólo por esto y por el reconocimiento que sin duda merece la carrera y el recorrido de una figura operística de este relieve, ya se justifica el aplauso a Nucci. Pero eso no puede hacernos obviar otras consideraciones que se deben realizar si no se quiere ser injusto. Sigue asombrando el timbre baritonal y la potencia de una voz que brillan puntualmente, pero el fiato ha menguado notablemente y esto desdibuja una línea de canto irregular, con los finales de frase inaudibles y sometida a un continuo empujón y empleo del portamento y de más trucos que Juan Tamariz. Es verdad que ocasionalmente, como aquellos muletazos de Curro Romero, te enhebra una frase espectacular llena de sentido verdiano y emoción y te derrite, pero también hace sufrir. No pretendo desmerecer un éxito justo y merecido, pero sí ponerlo en su justa medida de acuerdo con lo que pienso, que no tiene por qué ser acertado.

Muy notable resultó Celso Albelo como el Duca di Mantova, aunque también he de confesar que quedé un tanto decepcionado. Desconozco si tenía algún problema puntual, pero después de haberme gustado mucho en este mismo papel en 2013 en la Maestranza, anoche le encontré mucho más corto de fiato, sin acabar de ligar las frases con la elegancia y maestría que siempre le han caracterizado. Empezó muy regular en un Questa o quella sin chispa, viniéndose claramente arriba en el dúo con Gilda, donde creo que ofreció los mejores momentos de la noche. Espero también a ver si puedo escucharle en alguna de las próximas funciones porque estoy convencido de que su rendimiento mejorará.

La mejor de la noche me pareció la Gilda de la soprano Maria Grazia Schiavo, que regresaba a Les Arts 13 años después de su Zerlina en el accidentado Don Giovanni de 2006. Voz cristalina y angelical que en el primer acto brilló en un Caro nome de muchos quilates, afrontando las agilidades con corrección y adornando con trinos y reguladores un fraseo lleno de musicalidad y sentimiento. En el segundo  y tercer acto mostró que su instrumento de soprano ligera no está exento de cuerpo y expresividad y resolvió con sobresaliente sus intensas escenas con el padre. Fue una lástima que en el forzado bis de Nucci calase ligeramente el sobreagudo, algo que no puede empañar de ninguna manera su merecidísimo éxito.

La mezzo georgiana Nino Surguladze cumplió como Maddalena, con una voz de atractivo color oscuro, aunque en las bajadas más extremas al grave mostrara algún apuro. Derrochó buen hacer escénico y sensualidad. Menos me gustó el bajo italiano Marco Spotti, un habitual en Les Arts, que compuso un entregado Sparafucile pero muy corto de gravedad y profundidad que no asustaba ni a los gatos del callejón.

Gabriele Sagona fue el encargado de interpretar a Monterone. También le faltaron voz y carácter. La limitación de su instrumento, la apertura de la caja escénica y su entrada en el primer acto desde el fondo, remataron la faena. Si en las dos intervenciones que tiene el personaje no consigues imponerte con una voz rotunda que estremezca cuando lance la maldición, no has cumplido tu papel. No entiendo muy bien por qué, siendo así, no se ha optado por acudir a alguno de los alumnos del Centre Plácido Domingo, como se hizo para el resto de comprimarios. Quizás que comparta representante con Nino Surguladze lo explique.

En esos otros papeles menores cumplieron más que correctamente los cantantes del Centre Plácido Domingo: Marta Di Stefano, Alberto Bonifazio, Mark Serdiuk, Arturo Espinosa, Olga Syniakova, Pau Armengol y Juliette Chauvet.

Prácticamente abarrotada se encontraba la sala principal de Les Arts con todo tipo de politiquetes, famosillos y un público que sabía a lo que iba. A regocijarse con el show de Nucci y seguirle el rollo para poder decir que estuvieron allí el día que se produjo el primer bis del teatro valenciano. Por si fuera poco, la salida de Nucci en los saludos finales fue acompañada de una lluvia de los consabidos papeles pequeñines de colores dando las gracias al barítono italiano por su presencia en Valencia, cosa a la que también habrá influido, digo yo, que se le abone el caché que pedía. Grandísimas ovaciones para el terceto protagonista y para la orquesta, mientras que la dirección escénica fue acogida con tibios aplausos y alguna protesta aislada.

Como todas las entradas están agotadas, esta vez no voy a animaros a acudir a Les Arts, aunque siempre quedará el 5% reservado por ley para cada función, Yo de hecho intentaré conseguir localidades para alguna de las últimas representaciones porque quiero ver cómo resulta este Rigoletto sin estar condicionado por el huracán Nucci.

Sí que me gustaría que alguien me informase, si lo sabe, por qué había ayer en el escenario una concha de apuntador. Entiendo que no era para Nucci que se lo sabe ya del revés, ni para Albelo que lo ha cantado en no pocas ocasiones. Así que supongo que sería para la soprano, pero, bueno, ya dirán quienes lo sepan.