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sábado, 17 de abril de 2021

"EL BARBERILLO DE LAVAPIÉS" (Francisco Asenjo Barbieri) - Palau de les Arts - 16/04/21

 

Permitidme que, aunque me repita, empiece esta crónica agradeciendo una vez más el esfuerzo que siguen llevando a cabo cada día los trabajadores y equipo técnico y artístico de Les Arts para que podamos disfrutar de cultura con seguridad. Y es que el teatro valenciano continúa adelante con su programación, resistiendo las adversidades externas cual irreductible galo, aunque, como Obelix, sin poder chupar de la marmita de poción mágica. Ayer le tocó el turno al estreno del cupo zarzuelero de la temporada con uno de sus títulos más celebrados, El barberillo de Lavapiés, de Francisco Asenjo Barbieri.

Es de justicia reconocer al compositor madrileño como uno de los músicos más importantes que ha dado nuestro país y, por supuesto, como una figura absolutamente capital de la zarzuela restaurada, habiendo contribuido de forma decisiva a la consolidación del género y dejando para la posteridad obras tan relevantes como Pan y Toros, Gloria y Peluca, Jugar con fuego o este Barberillo de Lavapiés, que está repleto de fragmentos tan populares como llenos de sentido musical. La obra se desarrolla en Madrid, durante el reinado de Carlos III, con una rivalidad política de fondo, que nunca existió, entre los partidarios del Secretario de Estado, el italiano Jerónimo Grimaldi, y los del muy hispano conde de Floridablanca que le sustituiría en el cargo. Ese enfrentamiento entre lo italiano y lo español no es casual y probablemente intente reflejar el esfuerzo que los autores de zarzuela estaban haciendo en la segunda mitad del siglo XIX por asentar su género frente a la todopoderosa ópera italiana. En los personajes principales encontraremos también el contraste, muy acertadamente dibujado musicalmente, entre los representantes del pueblo (los majos Lamparilla y Paloma) y los de alta cuna (la Marquesita, seguidora de Floridablanca, y Don Luis, sobrino de Grimaldi).

Reconozco que estamos ante una de las páginas más interesantes del género y es esta una de las zarzuelas que me suele generar menos pereza a la hora de acercarme a su escucha. Pero confieso que esta vez, no sé muy bien por qué motivo, y  pese al mono de música en directo que algunos padecemos, me apetecía casi tanto asistir a este estreno como que un asno cocease mi bolsa escrotal. Afortunadamente para el asno, una vez tomé asiento en mi localidad y comenzó el espectáculo, el poder de la música volvió a imponerse y, pese a los reparos que no dejaré de hacer, al final la experiencia resultó bastante positiva.

La producción presentada proviene del Teatro de la Zarzuela, donde se estrenó en 2019, y ha visitado ya con éxito otras plazas como Oviedo y Sevilla. El responsable de la dirección de escena es Alfredo Sanzol, contando con el imprescindible apoyo de un elemento clave en esta producción, como es el colorido y alegre vestuario dieciochesco de Alejandro Andújar, así como con la iluminación de Pedro Yagüe.

Desde luego no se puede criticar la propuesta por salirse del marco espacio temporal previsto en el chispeante libreto de Luis Mariano de Larra, ni por ofrecer extrañas lecturas poco acordes a la historia contada, ya que se ajusta al original como unos leguis a la popa de la Kardashian; pero tampoco ofrece nada especialmente destacable. Se ha optado por prescindir de todo elemento escenográfico y de atrezo, a excepción de unos paneles móviles muy negros que no se sabe muy bien qué hacen ahí y que se mueven de vez en cuando, haciendo bastante ruido por cierto y teniendo que ser empujados por los propios artistas en el escenario. Se supone que estos muros móviles van enmarcando y dibujando los distintos enclaves en los que la acción se lleva a cabo, pero, ante la pobreza y falta de sentido del resultado, le deja a uno con la sensación de que el movimiento es puramente aleatorio y dirigido únicamente a aparentar que hay un trabajo escenográfico que en la práctica brilla por su ausencia. Seguro que no es así y que se han estrujado el melón un montón, pero ni los ambientes se acaban de dibujar bien, ni se resuelven adecuadamente algunos equívocos y situaciones de la trama que podrían haber dado mucho más juego si se hubiesen utilizado mejor estos mismos paneles. Sólo me pareció que consiguieron potenciar la acción dramática en el terceto del primer acto, cuando las dos mujeres presionan al barbero para pedir su ayuda, mientras este se ve en escena físicamente aprisionado por los paneles que empujan ellas.

Se deja así pues que la acción se desarrolle en un escenario completamente vacío sobre un fondo oscurísimo (a excepción de la escena de costureras, la única generosamente iluminada), donde sólo el color del vestuario y la puntual iluminación aportarán vistosidad al conjunto escénico. No soy yo de los que echa de menos una corrala de cartón piedra joseluismorenesca ni un abigarramiento escenográfico, pero entre eso y esta insulsez absurda hay un punto medio.

Tampoco en el apartado de movimiento escénico y dirección de actores he apreciado nada destacable, no dudo que se haya trabajado esa faceta, pero, igual que pasa con la escenografía, me parece que resulta fallida. Se suelen apiñar los cantantes en la boca del escenario de cara al público, lo cual se agradece desde el punto de vista acústico, pero en una trama que posibilita lucirse en el movimiento escénico, yo me quedé con la particular impresión de que no ha habido grandes ideas teatrales o no se han sabido trasladar a la escena, lo cual me llamó especialmente la atención al ser Alfredo Sanzol un hombre de teatro y actual director del Centro Dramático Nacional. Parece que el propio Sanzol se ha encargado también de la adaptación y recorte de algunos diálogos. Yo personalmente hubiera agradecido que, en lugar de gastar esfuerzos en eso, hubiera trabajado más el concepto teatral de la producción, porque me quedé un poco defraudado. No es tanto que el resultado haya sido malo, como que yo me esperaba bastante más.

Sí debe destacarse, por ser la única aportación al movimiento escénico, el trabajo coreográfico de Antonio Ruz, con movimientos y números coreografiados en muchas de las escenas que sí proporcionan esa chispa a la acción. Aparte de eso están los momentos de baile propiamente dichos, en esta ocasión con una versión bastante libre de algunas de las danzas tradicionales, como las seguidillas, la jota o el zapateado. A mí, que ya le tengo de por sí una aversión alérgica a lo danzarín, si además me haces una combinación entre baile contemporáneo y exhibición sindical del primero de mayo, pues me cae como un bocata de fabada con alioli; pero esto sí que es un problema mío personal, porque reconozco que más allá de mis propias filias y fobias, este trabajo coreográfico es uno de los elementos de la producción que, junto al vestuario, aporta más frescura.

Al frente de la Orquestra de la Comunitat Valenciana se situó el veterano Miguel Ángel Gómez Martínez, a quien ya conocemos bien los melómanos de la capital por su periodo al frente de la Orquesta de Valencia. No era este su debut dirigiendo la agrupación de Les Arts, pues ya lo hizo en 2018 en un programa de concierto en el que por cierto también tuvo su hueco la zarzuela; pero sí era la primera vez que se situaba en el foso de la sala principal del coliseo del Jardín del Turia para dirigir una obra escenificada. Es incuestionable el oficio y buen hacer del maestro granadino, que demostró ser un experto conocedor del género y que concertó con habilidad los números de conjunto, perfiló los contrastes dinámicos y estilísticos, supo imprimir brío, nervio y tensión narrativa a la partitura y por lo general cuidó mucho las voces, aunque es verdad que en algún momento muy puntual se emocionó y el exceso de volumen orquestal pasó por el escenario sin hacer prisioneros. Me dio la impresión de que esta vez los paneles separadores que rodeaban las maderas, igual por su ubicación no central sino en la parte izquierda del foso, contribuyeron a descompensar un poco el conjunto y, como me comentó un amigo a la salida, el sonido se  emborronó en algunos pasajes, pero es un peaje menor ante la protección debida a los músicos. Entre ellos destacaría las intervenciones ayer de trompetas, clarinetes y flautas. Buen trabajo también el de la rondalla Orquesta de Plectro “El Micalet” de Lliria acompañando la jota de los estudiantes.

Como ya he dicho tantas veces, es todo un privilegio poder contar en nuestro teatro con el Cor de la Generalitat de forma habitual, y muy especialmente en obras, como este Barberillo, donde las intervenciones del coro juegan un papel interpretativo muy relevante, constituyendo el sustento de la estructura musical de esta zarzuela. Pese al impuesto enmascaramiento pandémico de sus componentes, sus prestaciones vocales volvieron a ser óptimas, aunque en esta ocasión sí se puso más de relieve que las mascarillas hacen perder brillantez a las voces y claridad al texto. En cualquier caso, bienvenidas sean estas medidas de seguridad si nos permiten seguir disfrutando de la programación habitual y de nuestro coro, consiguiendo momentos tan lucidos como tuvimos ayer con el Aquí están los que buscamos y toda la escena final; o con los chicos como la guardia valona del final del segundo acto; o, por supuesto, con las chicas en el de costureras, uno de los instantes más inspirados de la noche en todos los aspectos. En el apartado teatral, como de costumbre, estuvieron también espléndidos y además daba la impresión de que se lo estaban pasando pipa. Eso sí, cuando acaben estas funciones van a tener los brazos como Popeye de tanto empujar paneles por la escena.

En el mundo de la zarzuela, en el que las partes cantadas se unen a otras recitadas en verso, no es fácil encontrar cantantes que, además de cantar bien, interpreten y reciten adecuadamente. Ayer hubo de todo, pero hemos tenido la suerte de contar con una pareja protagonista que en el apartado actoral y teatral merece un diez, sin reparo alguno, como aquellos de la Comaneci en Montreal 76.

El barberillo que da título a la obra, ese trasunto castizo del Fígaro llamado Lamparilla, estuvo encarnado a la perfección por Borja Quiza. El cantante gallego se mete al público en el bolsillo desde su primera aparición, con una tremenda soltura interpretativa y naturalidad expresiva. Su entrega escénica es irreprochable y destaca por la intención de su fraseo en las partes recitadas, donde despliega desparpajo, gracejo y expresividad vocal y gestual. En el terreno del canto, aunque se anuncia como barítono, a mí su voz me recuerda más a la de un tenor corto de agudos con timbre grave que a un instrumento puramente baritonal, porque graves de peso y enjundia no aparecieron por allí ni de visita. Es verdad que la partitura tampoco resulta especialmente exigente en esta zona de la tesitura, pero llamaba la atención que cada vez que por allí se acercaba, la emisión perdía consistencia, pese a que en el registro medio y agudo mostraba una muy contundente proyección y volumen, del que hacía ostentación, a veces incluso en exceso. La falta de refinamiento de su canto y los sonidos abiertos y puntualmente estentóreos, tienen muy poca importancia en un papel al que la rusticidad no le viene mal y en el que el recurso al parlato es habitual; pero, lo principal es que todo eso quedó en un segundo plano porque el resultado final se ve más que compensado ante su magnífica interpretación del personaje.

Hemos tenido también la fortuna de contar para el papel de Paloma con la crevillentina Sandra Ferrández, una cantante que ya demostró en este teatro en 2019, como la Raimunda de La malquerida, lo bien que se mueve en el género, y que, como hiciera entonces, encandiló al público con un memorable desempeño teatral y vocal. Su sentido musical y dramático es ejemplar, y es capaz de aunar la corrección técnica y estilística con la belleza vocal, sin perder en ningún momento la esencia del drama, derrochando expresividad, sabiduría teatral y resultando seductora, divertida, celosa o pizpireta según lo requiere el libreto, manteniendo siempre un impecable fraseo, dicción e intención expresiva, además de integrarse con naturalidad en las coreografías diseñadas por la producción. Me dio la impresión de que salió un poco tensa en su celebérrima entrada Como nací en la calle de la Paloma, mejoró en el dúo con Lamparilla del segundo acto, Una mujer que quiere, posiblemente el instante más largamente ovacionado de la velada, y estuvo sencillamente estupenda en otro dúo del tercer acto, Ende que te he conocío, esta vez con la Marquesita, donde se mostró pletórica de gracia y estilo.

También ofreció detalles muy interesantes la Marquesita del Bierzo de la soprano catalana María Miró, con una voz lírica de bello timbre, con cuerpo, rica en armónicos, que supo encauzar en una muy correcta línea de canto. Lástima que en los textos recitados no estuviese al mismo nivel, presentando una artificialidad y poca intención en los diálogos que recordaba a una mala función escolar de primaria. Fue una pena que no acabase de redondear con ello su actuación, porque sus prestaciones vocales fueron excelentes.

El papel de Don Luis de Haro fue encarnado por el tenor bilbaino Javier Tomé, quien presentó una voz muy deslucida debido a una emisión retrasada, tirante y carente de luminosidad. Sí hay que reconocerle su entrega escénica y vocal, y su empeño en mantener un fraseo bien hilvanado, donde mostró un más que aceptable control del fiato. Echó el resto en su dúo del acto segundo con la Marquesita, En una casa solariega, donde quizás consiguió los mejores resultados.

El resto de comprimarios cumplieron con corrección, mejor el Don Pedro de Monforte de Abel García que el Don Juan de Peralta de David Sánchez, ambos con sonoras voces graves, sin que se pueda destacar mucho más, salvo las tablas escénicas del primero. Bien el Lope de Ángel Burgos. Y cumplieron también correctamente su cometido los miembros del Cor de la Generalitat: David Asín, Antonio Gómez y Carmen Avivar.

La función se representó de un tirón, sin descanso entre actos, supongo que para posibilitar poder cumplir el toque de queda de las 22 horas sin adelantar más su inicio. Pese a que la zarzuela tiene también su público fiel, la sala principal de Les Arts presentaba ayer bastantes más huecos que los derivados de las impuestas limitaciones de aforo. Resultó estimulante el detectar la presencia de público joven, algo que también había ocurrido ya con otros títulos del género programados en este teatro, alejando así un poco esa tópica identificación entre zarzuela y espectador añoso. El respetable asistente estuvo muy aplaudidor y cada número que contase con un chimpún fue debidamente ovacionado. Se escucharon risas ante las ocurrencias humorísticas del libreto e incluso fue aplaudida alguna de las críticas políticas que también trufan el texto de Larra. Al finalizar la función, la orquesta acompañó los saludos del elenco retomando la música de las caleseras, durante los cuales los mayores reconocimientos fueron para Borja Quiza, Sandra Ferrández y el Cor de la Generalitat. Una vez más, como ya ocurriese en La Cenerentola y Falstaff, volvió a privarse al espectador de poder reconocer o protestar el trabajo de la dirección de escena. Ignoro si esto se va a convertir ya en habitual o simplemente ha sido una confluencia de casualidades.

Aunque acudiese yo ayer al teatro con bastantes pocas ganas y, como siempre hago en estas crónicas, le haya sacado punta a todo y me ponga tiquismiquis y samalacatron, lo cierto es que me lo pasé francamente bien; así que sólo puedo animaros a asistir a alguna de las funciones que quedan y que opinéis por vosotros mismos de un espectáculo que, en cualquier caso, es bastante disfrutable. Esperemos que para la próxima cita del abono, ese programa doble Cavalleria y Pagliacci del mes que viene, la situación sanitaria siga mejorando, o al menos no empeore, y podamos ir recobrando poco a poco la normalidad. Mientras tanto, como diría Lamparilla, os deseo salud, dinero y bellotas.

viernes, 12 de abril de 2019

"LA MALQUERIDA" (Manuel Penella) - Teatre Martín i Soler - Palau de les Arts - 11/04/19


La cita del Palau de Les Arts con la música española ha tenido como protagonista este año, como ya ocurriera en 2016, una obra del valenciano Manuel Penella. Si en aquella ocasión se optó por su popular ópera El gato montés, la elección de los programadores de Les Arts ha recaído esta vez en la muy desconocida zarzuela La Malquerida.

La obra fue compuesta por Penella tomando como base el drama teatral homónimo escrito en 1913 por Jacinto Benavente. El compositor valenciano le dio forma de zarzuela en tres actos, aprovechando así, con sus abundantes fragmentos hablados, el sustento dramático del texto teatral, aunque permitiéndose alguna licencia, como la introducción del coro y de dos personajes cómicos, Rufino y Benita. Su estreno tuvo lugar en Barcelona en 1935 con un importante éxito al que siguió una pequeña gira, pero el estallido de la guerra civil, el exilio del compositor a Argentina y Méjico, y su fallecimiento en Cuernavaca en 1939, conllevaron que la zarzuela no volviese a representarse en España desde aquel lejano 1935 hasta 2017 en Madrid y un año después en Oviedo, precisamente mediante esta coproducción de los Teatros del Canal de Madrid y el Palau de les Arts que se estrenó ayer en València.

En 1949 el mítico director mejicano Emilio el Indio Fernández, filmaría su versión del drama de Benavente, trasladando la acción a una hacienda mejicana; y en 2014 la cadena Televisa popularizaría de nuevo la historia con una telenovela que cosechó un gran éxito popular.

Con esos antecedentes y el sopor que padecí con El gato montés, confieso que fui predispuesto a encontrarme con un importante ladrillo caravista, pero he de comenzar por reconocer que me lo pasé bastante bien y me gustó bastante más esta Malquerida que el gatico torero de 2016. Posiblemente se trate de una cuestión puramente subjetiva, todos tenemos días mejores y peores, y, según sean nuestras expectativas, las sensaciones que nos transmite una representación artística se condicionan bastante. No pretendo defender que esta zarzuela sea superior a El gato montés, sino simplemente decir que yo me lo pasé mejor.

Y eso que el tercer acto, salvo momentos aislados, es una castaña pilonga. Muy sobrecargado de texto, más estático, con el drama subiendo tanto en intensidad que roza lo cómico y con la música muy poco presente; pero los dos actos anteriores creo que mantienen el tipo y, a pesar de la sobrecarga de texto hablado, no se me hicieron pesados en absoluto. La obra es indudable que cuenta con instantes más inspirados que otros, pero, en general, la música es agradable, se adapta bien a las voces, tiene melodías pegadizas y algunos tintes veristas sin perder el color puramente hispano. En la parte negativa, se echa de menos una mayor continuidad del apartado musical que resulta demasiado fragmentado y con apariciones muy breves, dejando la sensación de libreto desaprovechado, sobre todo en el último acto, donde la intensidad dramática que lo recorre parece llamar a gritos un soporte musical que lo enriquezca.

La dirección de escena corre a cargo del valenciano Emilio López, un hombre muy vinculado a Les Arts y de quien en la pretemporada 2017-2018 pudimos ver su propuesta para Madama Butterfly. En esta ocasión se ha decidido ambientar la obra en una hacienda mejicana e incluir hasta un conjunto mariachi en escena, tomando como inspiración, supongo, la película de Fernández de 1949. También como homenaje al exilio mejicano de Penella me parece apropiado; e incluso a esa trama de drama desaforado y casi ridículo frenesí, le viene como chupete a bebé o anillo al dedo la ambientación a lo culebrón de Televisa.

Nada más abrirse el telón un grupo mariachi irrumpe en escena. Reconozco que cuando comenzó la cosa con esos mariachis acompañando a Norberto cantándole a Acacia, aquello me chirrió bastante y me temí lo peor, pero después todo fluyó naturalmente, gustándome especialmente el efecto conseguido cuando, en la segunda aparición de los cantantes mejicanos con las Coplas del Sacristán, el acompañamiento mariachi se va extinguiendo y la melodía es recogida por la orquesta.

La escenografía representa los interiores y exteriores de la hacienda que, gracias a la plataforma giratoria que la sustenta, nos ofrece los diferentes ambientes en los que se desarrolla la acción, aportando fluidez a la narración. Además, por una vez, las mesas son mesas, las escopetas son escopetas y, gran novedad, nadie nos deslumbra. La iluminación ofrece algunos efectos de gran impacto estético y los movimientos de los cantantes y sus entradas y salidas de escena están bien resueltas, dejándose ver un aceptable trabajo de dirección actoral, más allá del rendimiento particular de cada uno, que, en líneas generales, he de decir que fue bueno.

Creo que nos encontramos ante una labor de dirección escénica bastante positiva, con sentido, muy funcional, efectiva, respetuosa con los cantantes, la música y el discurso narrativo, y atractiva visualmente.

En el foso se situó el director catalán Santiago Serrate al frente de una reducida Orquestra de la Comunitat Valenciana. Cumplió correctamente, sin más, ante una partitura que tampoco es el colmo del refinamiento ni destaca por la brillantez de su orquestación. Comenzó exhibiendo músculo, con una dirección algo basta y avasallando la escena. Según fue avanzando la obra, fueron ajustándose más voces y foso y, aunque la línea mostrada fue bastante plana toda la noche, hubo momentos en los que sí supo realzarse la fuerza dramática que la historia requería. En la orquesta destacaron las intervenciones de arpa y metales, así como un breve, pero precioso, solo de violonchelo de Alejandro Friedhoff.

El Cor de la Generalitat, también reducido para la ocasión, elevó muchos enteros el nivel del espectáculo con su calidad incontestable y se echó de menos que Penella no diese un mayor protagonismo al coro. Muy bien como siempre en lo vocal y sensacionales en su comportamiento escénico.

En el aspecto vocal hubo de todo. La inclusión de alumnos del Centre Plácido Domingo junto a miembros del Cor de la Generalitat y solistas más experimentados, cayó claramente del lado de estos últimos. Destacó muy por encima del resto en todas las facetas Sandra Ferrández, como Raimunda. Excelente, sin paliativos. Mostró la voz más firme, bella y relevante de la noche, con impecable dicción, cuidado fraseo, gran expresividad, buen desenvolvimiento en la franja aguda y luciendo graves con peso y carácter. Pero si en algo deslumbró especialmente fue con una labor actoral que no solo nada tuvo que envidiar a la de la pareja de actores profesionales que completaban el elenco, sino que incluso les superó de largo en naturalidad y contención.

Los tres alumnos del Centre Plácido Domingo que asumieron los papeles del trío protagonista formado por Esteban, Acacia y Norberto, fueron César Méndez, María Caballero y Vicent Romero, respectivamente, destacando más por su desempeño actoral que por sus virtudes vocales. Fue curioso que los dos primeros, él portorriqueño y ella mejicana, cuando cantaron apenas dejaban entrever acento alguno, pero en los fragmentos hablados no se esforzaron lo más mínimo en ocultarlo, supongo que con el visto bueno de la dirección escénica. En la dicción también patinaron y conforme avanzó la velada fueron descuidando más su fraseo. Méndez, además, tiene una de esas voces que parece que canten hacia dentro, con lo que para entenderle casi hizo falta llamar un traductor de lenguaje de signos. Caballero, por su parte, exhibió una tendencia al chillido bastante desagradable. En cuanto a Vicent Romero, su fuerte está en la franja más aguda donde se le nota más cómodo que en una zona central en la que muestra una emisión más irregular. Hay que agradecerle su gran entrega escénica y la intensidad que puso a su interpretación.

La que más me gustó en la faceta canora de los alumnos del Centre Plácido Domingo fue la Benita de la mezzosoprano colombiana Andrea Orjuela, muy desenvuelta en escena y con una bonita voz. Hizo pareja cómica con el Rufino del miembro del Cor de la Generalitat, José Enrique Requena, que estuvo sencillamente soberbio, mostrando una vis cómica imponente y resolviendo el dúo con Benita excelentemente.

Muy bien en todas sus intervenciones solistas, más o menos relevantes, el resto de miembros del Cor de la Generalitat: Lourdes Martínez, José Javier Viudes, David Asín, Boro Giner, Carmen Avivar, Inmaculada Burriel, Jesús Rita y un poderoso Juan Felipe Durá; destacando por sus habilidades actorales la Milagros de Ana Bort.

Los dos papeles reservados a actores profesionales, El Rubio y Juliana, estuvieron encarnados con profesionalidad por los valencianos Nacho Fresneda y Victoria Salvador, gustándome más ella que él.

La sala del Teatre Martín i Soler se encontraba prácticamente llena, con un público en el que había una numerosa presencia de personas mayores. Le costó mucho a los asistentes empezar a caldear un poco el ambiente y tardaron bastante en llegar los primeros aplausos. No obstante, al finalizar la función la reacción fue mucho más calurosa y los aplausos generalizados, incluidos los que aprobaron sin reparo la labor de la dirección escénica.

Bueno, si os apetece descubrir una obra casi inédita y con aspectos interesantes, todavía quedan funciones los días 14 y 18 de abril. Luego ya vendrá Rigoletto el 11 de mayo y de aquí a entonces se admiten apuestas acerca de si Nucci volverá a cancelar u ofrecerá los primeros bises de Les Arts. Mientras tanto, seguimos esperando a ver si el señor Iglesias se anima a anunciar la temporada próxima, aunque parece que hasta finales de mayo o principios de junio no se efectuará el anuncio oficial. Qué le vamos a hacer, hay cosas que no cambian.





viernes, 25 de abril de 2014

"MAROR" (Manuel Palau) - Palau de les Arts - 24/04/14

Ayer tuvo lugar en el Palau de les Arts de Valencia el estreno de la ópera Maror, compuesta por el valenciano Manuel Palau Boix (1893-1967). No sólo se trataba del estreno de la obra de un compositor valenciano y de la primera vez que se interpretaba en Les Arts una ópera escrita en lengua valenciana, sino que además era la primera ocasión en que se representaba escenificada desde que fuese escrita a mediados del siglo pasado.

Con esos ingredientes y unas elecciones próximas con perspectivas no muy halagüeñas para el partido actualmente en el poder, a la Consellera de Cultura de la Generalitat María José Catalá le ha faltado tiempo estos días atrás para colgarse todas las medallas de este evento, erigiéndose en la gran defensora de las esencias valencianas y de “lo nostre”, llegando a calificar el acontecimiento como “la gran cita de la ópera de este año”. Si antes de asistir al estreno la frase de la Consellera ya resultaba ridícula, tras lo visto y oído ayer la imbecilidad alcanza lo patético. Realmente la gran cita de la ópera en Valencia, y de la cultura en general, sería la de ver a la Consellera Catalá en la cola del paro.

De momento, como era de esperar, donde la vimos ayer fue en un palco de Les Arts de lo más nutrido. Era curiosa la imagen anoche de la sala principal de Les Arts, con más huecos que nunca en todas sus zonas, salvo en los palcos oficiales, normalmente vacíos y ayer rebosantes. Parecía el negativo de su fotografía habitual.

Eso sí, el que no estuvo ni por esas, fue el President Fabra, y es que este hombre no va dos veces a la ópera en apenas 15 días ni aunque le obliguen con una pistola en la sien. Además de la Consellera, pude ver por allí al vicepresidente de las Cortes Valencianas Alejandro Font de Mora o al Director General de Culturarts, Manuel Tomás, entre otros especímenes de la triste realidad política valenciana, todos haciendo piña para que se vea que son los más valencianos del mundo y que si no vienen más a la ópera es porque Helga se empeña en programar espectáculos extranjerizantes en italiano, alemán, francés y hasta en ruso, de gente con nombres tan ridículos como Verdi, Wagner, Berlioz o Tchaikovski.

Bueno, el caso es que, independientemente de las memeces que suelte por su boca nuestra Consellera, la cita con Maror suscitaba mi interés por ser una oportunidad de descubrir la ópera de un músico con una producción solvente como es Manuel Palau, y he de decir que el resultado ha sido muy decepcionante. Si hubiéramos asistido a un taller de ópera o a una función del Centre de Perfeccionament, la cosa podría tener un medio pasar, pero en una función de abono en el Palau de les Arts, queriéndose vender además como el acontecimiento de la temporada, no.

Decía también el otro día la Consellera Catalá que se iba a grabar la obra en DVD. Pues si es así, ya pueden prepararse los técnicos a insertar más trucos que en una peli de Bruce Lee si no quieren hacer el ridículo internacional.

Si la cosa no funcionó fue, fundamentalmente, por culpa de un reparto vocal de juguete e inadecuado, y una burda dirección musical. Lo menos decepcionante de todo ha sido precisamente la partitura de Palau.

La música de Maror es interesante. Tiene un rico colorido que a veces recordaba a Debussy, otros instantes a Puccini y presenta rasgos que remitían a otros compositores como Rodrigo, todo ello con una innegable vena verista y haciendo gala de una cuidada orquestación.

Como en otras muchas obras de Palau, hay también en Maror referencias al folclore popular, que aquí se materializa en la escena inicial del segundo acto, ese momento “demostración sindical del Primero de Mayo” que me pareció musicalmente muy atractivo, aunque se hace un poco largo y, lo que es peor, la acción cae en picado y cualquier atisbo de tensión dramática que se pudiera haber generado desaparece. Ese segundo acto contiene los instantes musicales más destacados, culminando en el bello concertante final que ayer, lamentablemente, fue masacrado a gritos y batutazos.

El libreto de Xavier Casp me convence bastante menos. No me parece que desde el punto de vista estilístico tenga nada destacable y, como construcción dramática, se resiente de una narración apresurada en la que las emociones de los personajes y sus perfiles psicológicos no acaban de asentarse. Las situaciones se suceden velozmente y los sentimientos mutan sin un sostén dramático serio.

En conjunto, pienso que es una obrita que vale la pena conocer, independientemente de la partida de nacimiento de su autor, y que podría funcionar en programas dobles tipo Cavalleria/Pagliacci. Cosa distinta es la relevancia que se le ha querido dar, a mi juicio exagerada, pues no estamos tampoco ante un Tristan e Isolda redescubierto.

La dirección musical corrió a cargo del valenciano Manuel Galduf, quien  debutaba en el foso al frente de la Orquestra de la Comunitat Valenciana y, personalmente, confío en que sea su última colaboración.

Galduf se cargó directamente la riqueza musical y orquestal de Palau con una dirección ruda y plana, ayuna de matices, en la que el variado colorido de la partitura se quedó en un uniforme gris marengo. Puso el piloto automático del forte y allí daba igual que hubiese un director de orquesta o un chimpancé beodo espantándose moscas con un palitroque. La primera consecuencia de ello fue que avasalló a las voces, ya de por sí escuálidas, sin compasión, habiendo muchos pasajes donde no se sabía si los cantantes realmente cantaban o estaban bostezando.

Los momentos más líricos se pretendían reforzar a base de ralentizar algo el tempo, pero sin refinamiento alguno que impregnase la obra de sentimiento y condujese al espectador por las diferentes emociones que atraviesan el drama, enfatizando su representación escénica. Si tuviéramos que atenernos a las emociones transmitidas desde el foso, a mi butaca al menos lo único que llegó fue inseguridad en la ejecución, desorden, falta de implicación con la obra y bastante aburrimiento.

Y es que los desfases entre escena y foso, y entre las diferentes secciones orquestales entre sí, fueron abundantes. Tampoco resultaba extraño observando la técnica de batuta de Galduf, con la mirada clavada en la partitura todo el tiempo. Jamás he visto en un foso a un director aparentemente tan ajeno a lo que ocurría en el escenario, con los ojos fijos en la puntera de sus zapatos pese al desorden que reinaba por momentos.

El concertante final del segundo acto fue un ejemplo perfecto del caos. La orquesta tocaba en forte con desequilibrios entre secciones; Javier Palacios, cual Buster Keaton, abría la boca sin que se le oyese; algo más se escuchaba a Sandra Ferrández y Josep Miquel Ramón, pero tenían problemas de afinación; Minerva Moliner clavaba agudos hirientes como si pasase una ambulancia gatuna por el escenario; y, mientras tanto, Galduf parecía que estuviese espantando mosquitos con la batuta mientras miraba si llevaba caquita de gos en el zapato.

De los miembros de la Orquestra de la Comunitat Valenciana poco puede criticarse. A nivel de ejecución individual estuvieron sobresalientes, con destacadas intervenciones de percusión, maderas y la siempre excelente cuerda, pero ayer faltaba un director.

La entrada en escena del Cor de la Generalitat subió muchos enteros el nivel vocal de la noche, pero ni su posición en escena ni el ataque brutal de las tropas galdufianas favorecían su lucimiento. Más me gustó la intervención final del coro femenino, recogida y matizada, un oasis en medio de la mediocridad.

También es merecedor de felicitación el trabajo llevado a cabo por los niños de la Escolania de la Mare de Déu dels Desemparats, pese a algunos despistes estuvieron bastante bien en escena y vocalmente consiguieron sobrevivir al caos.

El reparto de solistas vocales fue otro cantar, nunca mejor dicho. Yo tenía bastante confianza en descubrir unas voces jóvenes interesantes, como ya ha ocurrido otras veces en el Palau de Les Arts, pero claro, en tales ocasiones el trabajo de Helga Schmidt estaba detrás, cosa que no parece haber ocurrido ahora. Sea como fuere, lo cierto es que el nivel vocal de anoche fue impropio de un teatro de ópera que pretenda ofrecer espectáculos de primera categoría.

El principal lastre estuvo en la soprano Minerva Moliner en el papel de Rosa. Me duele enormemente decirlo, pero presentó una de las voces más feas, de timbre más ingrato, que yo he escuchado nunca. Además, después de haberse vendido que el papel estaba escrito para una soprano dramática, exhibió una voz sin peso, etérea, ligerísima, a la que venía grande una página tan exigente. Sus ascensos al agudo, aunque alcanzaba las notas y las mantenía con suficiencia, eran una auténtica tortura para el oído. El sonido se entubaba y enmascaraba, adquiriendo una vibración caprina, y era emitido con timbre hiriente, chirriante y gatuno.

Por otra parte, su pronunciación fue ininteligible y, francamente, daba igual que fuese la primera ópera que se representaba en Les Arts en valenciano o en chino mandarín. La expresividad tampoco fue el fuerte de la Moliner y, tanto vocal como dramáticamente, su interpretación resultó más sosa que un polo de tofu. La gestualidad, en los momentos más intensos emocionalmente, se limitaba a tocarse mucho, cual Torrente en la sección de lencería de El Corte Inglés.

También presentó Javier Palacios, como Tonet, una voz pequeña y con poco cuerpo, y no me convenció. Al igual que ocurre con el rol de Rosa, el de Tonet es también muy exigente, navegando continuamente por la zona del pasaje, y, precisamente, me dio la impresión de que el tenor no tiene bien resuelto el paso, ya que la voz perdía cobertura y mostraba ostensibles tiranteces, estridencias y nasalidades. Lo que no se le puede negar es su entrega y valentía, y sus esfuerzos por dotar a su canto de expresividad, aunque su gestualidad se limitase a doblar las rodillas y poner los brazos en gesto de acunar un bebé, dando la impresión de que estuviese todo el rato haciendo sus necesidades (mayores) en el campo.

Algo más me gustó la siempre eficiente Cristina Faus como Maria. Así como Sandra Ferrández como Teresa, con una voz rica, agradable timbre y buenas cualidades interpretativas; y Josep Miquel Ramon (Toni), aunque a estos últimos se les fue la afinación en más de una ocasión, llegando el cantante de Alboraya a gallear ostensiblemente al final del primer acto. Pienso que ni a Ferrández ni a Josep Miquel Ramón se les adecuaba el papel que afrontaron, como tampoco se ajustaba a un entregado Bonifaci Carrillo (Tío Estrop) un rol que precisaba de mayor envergadura vocal.

Más que correctas resultaron las breves intervenciones de los miembros del Cor de la Generalitat, Boro Giner (Marinero) y Yolanda Marín (Voz interior).

La dirección escénica fue responsabilidad de Antonio Díaz Zamora, con la escenografía de Manuel Zuriaga, el vestuario de Miguel Crespí y la iluminación de Carles Alfaro. La cosa no fue nada del otro mundo, pero creo que el balance es positivo.

El espacio escénico está dominado por lo que parece parte del esqueleto de un barco que, junto a paneles móviles de madera, delimitan los diferentes ambientes en los que se desarrolla la acción. Una pequeña superficie con agua en el proscenio y las videocreaciones de Miguel Bosch, hacían mayor énfasis en la omnipresencia del mar que marcará el destino de los protagonistas, pasándose de la calma inicial a la feroz marejada (maror) que cerrará la obra.

Visualmente la propuesta me convenció y creo que tanto las videoproyecciones como la iluminación funcionaron bien. Menos me gustó el apartado del movimiento de actores donde creo que no hubo muchas ideas, así como que se decidiese llenar el suelo del escenario de arena, que allí no se sabía si estaban en Pachá Ibiza o en Supervivientes. Además, los bailes coreografiados por Julia Grecos, que me parecieron muy pobres, de función de colegio mal ensayada, levantaron una considerable polvareda.

La sala presentaba el aspecto más desolador de toda la temporada, con muchísimos huecos en platea y los pisos altos prácticamente vacíos, y eso pese a que en los últimos días ha habido un reparto masivo de entradas, lo que conllevó la presencia de mucho niño demasiado pequeño en la sala y gente no habitual que se creía que estaba en la horchatería del barrio comentando la acción.

Los espectadores se mostraron muy fríos y al llegar el descanso los aplausos apenas alcanzaron el límite de la cortesía. Algo más se aplaudió al final, comenzando por un Bravo proveniente de una zona sospechosamente cercana a la que ocupaban los representantes de Culturarts. El elenco masculino fue más aplaudido que el femenino, siendo también valorada positivamente la dirección de escena. Únicamente se escuchó algún abucheo acompañando la salida de Galduf.

Espero que algunos y algunas de los que ocupaban los palcos oficiales hayan comenzado a reflexionar porque, según ha anunciado también la Consellera Catalá, esto sólo es el principio y su intención es que todos los años se represente, al menos, una ópera de un autor valenciano. A mí todos los cupos impuestos de entrada me originan rechazo y este también, pero procuraré explicarme. No me parece mal que se utilicen los múltiples espacios del Palau de les Arts para que las composiciones de músicos locales se den a conocer, igual que me parecería deseable que pudiera tener más presencia la zarzuela o la ópera contemporánea, pero no dentro de la temporada de abono, sino, por ejemplo, como se va a hacer próximamente en el Festival del Mediterrani con el estreno de dos óperas de Ramón Sampedro y Mario Castelnuovo-Tedesco.

Es positivo que se conozcan y representen las creaciones de músicos locales, pero, no nos engañemos, la denominación de origen Valencia no va a hacer mejores las obras que no lo sean ni va a atraer nuevo público a la ópera, pudiendo alejar definitivamente de Les Arts al hoy abonado.

No tiene ningún sentido que la crisis económica haya llevado a tener que acudir a una programación de gran repertorio, popular, que garantice el éxito de taquilla, y ahora queramos trufarla con un cupo valenciano que, como se demostró ayer con Maror, tiene garantizado el fracaso económico. Para eso intercalemos en la programación títulos minoritarios pero que sí suscitan el interés de muchos aficionados, que pueden incluso viajar hasta aquí para ver óperas como Pelléas et Melisande, Le Grand Macabre, La ciudad muerta o Lulú, no para ver Maror.

Es evidente que Helga Schmidt todo esto lo tiene muy claro. Ella sabe que el éxito del proyecto pasa, fundamentalmente, por ofrecer calidad y el poco presupuesto que haya debería ir destinado a eso. Lo que no es de recibo es que desde la Generalitat se le recorte el presupuesto y encima se quiera llevar el teatro a programaciones suicidas reflejo de un concepto de la cultura localista y más caduco que verse Dirty Dancing en un video Betamax con los calentadores puestos.



video de Palau de les Arts Reina Sofía


video de Palau de les Arts Reina Sofía