Mostrando entradas con la etiqueta Tchaikovsky. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Tchaikovsky. Mostrar todas las entradas

domingo, 6 de octubre de 2013

"EUGENE ONEGIN" DESDE EL MET

Ayer comenzó la temporada de retransmisiones operísticas en directo desde el MET neoyorquino, todo un lujo que nos permite a los comunes mortales poder seguir disfrutando a distancia de la extraordinaria programación de este teatro de ópera, donde parece que no haya llegado esa crisis que está presente en nuestra vida diaria como una espesa y asfixiante niebla que todo lo envuelve.

La brillante apertura de la temporada se ha reservado además a una de las óperas más bellas del repertorio, “Eugene Onegin”, de Tchaikovsky, con un reparto de ensueño en el que destacaba la presencia, en el papel de Tatiana, de la gran zarina de todas las Rusias, Anna Netrebko.

Hace ya varios años que los aficionados amantes de la voz de esta mujer suspirábamos porque acometiese este rol que, a todas luces, parece compuesto para ella. La primavera pasada debutó el papel en Viena y esta cita neoyorquina ha supuesto su puesta de largo oficial y la confirmación de que, tal y como algunos esperábamos, nos encontramos ante una de las mejores Tatiana de la historia. Así de claro.

Su dominio vocal y expresivo del personaje es avasallador y casi insultante. Controla cada inflexión, cada pausa, como si llevase toda su vida cantando el sufrimiento y pasión de Tatiana. En el primer acto, supo reflejar la contención, retraimiento, melancolía y ensoñación amorosa de una adolescente sin que nada chirriase, pese a haber cumplido ya los 42 años, estar entradita en carnes y esconder un torrente vocal y una extroversión dramática que pugnaban por salir al exterior como de una olla a presión. En el segundo acto dio toda una lección de interpretación con gestos, miradas y sutiles matices vocales, acabando de perfilar un personaje que, en el último acto, alcanza su madurez y permite que la Netrebko saque toda su fuerza vocal e ímpetu dramático, como así hizo en un dúo final antológico.

Si Tatiana fue referencial, no menos lo fue el maravilloso Lensky que llevó a cabo el tenor polaco Piotr Beczala. Para mí, la gran sorpresa de la noche. Lo de Netrebko, siendo grandioso, lo esperaba. Respecto a Beczala, sabía que podía también llevar a cabo una gran interpretación, pero lo de anoche fueron palabras mayores. Un cantante, al que muchas veces se le ha reprochado ser frío o poco intenso, y que ayer construyó un Lensky enormemente emotivo, electrizando el patio de butacas, tanto en los pasajes más líricos y poéticos, como en su arrebatado enfrentamiento con Onegin del cuadro primero del segundo acto, donde estuvo soberbio. Absolutamente impactantes resultaban su frescura vocal, la limpieza y mordiente de sus agudos o la luminosidad y perfección de su canto, con un uso de las medias voces elegantísimo. Si hubiese enhebrado algún pianísimo en su aria, la cosa hubiera sido ya de desmayarse.

Con semejante pareja como acompañantes, la buena labor de Mariusz Kwiecien quedó quizás en un segundo plano. No obstante, creo que su Onegin fue enormemente meritorio, pese a que el barítono polaco tenga una voz demasiado lírica. Su interpretación dramática fue estupenda y todos los matices del personaje, que quizás vocalmente no acababan de redondearse, quedaban bien dibujados, siendo su entrega irreprochable, dándolo todo en un dúo final que, aunque se veía que se le hacía cuesta arriba, culminó razonablemente bien.

Una sorpresa agradable supuso también la Olga de Oksana Volkova, apuntando algunas interesantes tonalidades de contralto y estando escénicamente a la altura de sus compañeros. Aunque más en el primer acto que en el segundo.

Muy destacables resultaron las intervenciones de Elena Zaremba y, sobre todo,  de Larissa Diadkova como Filipyevna. Y hasta el repelente Triquet de turno, en este caso el tenor John Graham-Hall, estuvo al nivel que exigía el espectáculo.

El único lunar de la noche resulto el deficiente Gremin del bajo Alexei Tanovitski, muy por debajo del resto de intérpretes, tosco, de voz fea, sin la envergadura vocal que requiere el papel, con una técnica primitiva e incapaz de transmitir la más mínima emoción en un aria que es una joya. Más bien parecía que estuviese leyendo la sección de esquelas del ABC.

Gran parte del éxito de la velada correspondió sin duda a la magnífica labor de batuta de Valery Gergiev, todo un experto a la hora de dirigir Tchaikovsky, y que ayer supo generar y mantener la tensión y crear atmósferas de manera maestra, obteniendo de la orquesta un colorido e intensidad increíbles en momentos como la escena de la carta o el enfrentamiento en la fiesta entre Onegin y Lensky, y logrando unos instantes de desbordado lirismo en otros, como en esa mágica conexión con Beczala en el “Kuda, kuda”.

La puesta en escena de Deborah Warner es absolutamente clásica y muy atractiva visualmente. Muy del gusto MET y eficaz para enmarcar adecuadamente la historia. Me convenció más en la primera mitad y creo que fue claramente a menos, dejándose vencer en el último tramo de la obra por el ansia de vistosidad, aunque me pareció bastante conseguida la escena final, resuelta con una imponente fuerza dramática, pese a que la escenografía y la nevada de poliespán dejasen bastante que desear.

En la parte más positiva debe destacarse también el gran trabajo de dirección de actores y la poesía que desprendía todo el primer acto. Por el contrario, las escenas de baile y la presencia del coro se vieron dificultadas por una escenografía incómoda para el movimiento de masas.

Estas retransmisiones en pantalla grande nos ofrecen mil detalles interesantes que desde la lejanía de un cuarto o quinto piso quedan ocultos, así que, cuando tenemos la suerte de poder gozar de interpretaciones tan intensas como la de Anna Netrebko anoche, resulta un plus añadido al gran espectáculo que ya es la ópera de por sí. Pero convendría recordar que ésta ha sido concebida para ser contemplada desde un patio de butacas, de ahí que esa obsesión de los realizadores por incidir en los primeros planos, además de mostrarnos todos los problemas de cutis  o dentadura de las estrellas operísticas, nos desvelan muchos de los trucos del atrezzo, rompiendo toda la magia teatral. Un punto al que también influyen negativamente esas imágenes entre cuadro y cuadro, enseñándonos cómo se prepara la siguiente escena, en lugar de vivir el asombro de encontrarnos con los distintos ambientes al alzarse el telón. Tampoco comparto el gusto por unos permanentes movimientos de cámara que, generalmente, lo que hacen es impedir que tengamos la visión de conjunto del escenario y que sólo centremos nuestra atención en lo que al realizador le parece bien.

También quisiera hacer una breve referencia al nefasto sonido que nos ofrecieron en los cines Yelmo de Valencia. Ignoro si el problema era de la emisión norteamericana o del cine, pero había partes del escenario donde se velaba un sonido que, además en general, estuvo muy desequilibrado. Algo inaceptable, sobre todo si habías pagado 23 eurazos por entrar al cine.

Pese a todo, anoche pudimos gozar de una grandísima noche de ópera. Un magnífico comienzo de temporada neoyorquina, que se vio correspondida con una numerosa asistencia de espectadores en el cine, aunque, vistos los escandalosos precios de las entradas, no sé si con propuestas con menos tirón mediático conseguirán cubrir las expectativas. Deberían planteárselo.


video de MetropolitanOpera


video de MetropolitanOpera




jueves, 9 de mayo de 2013

VISHNEVSKAYA CANTA "OPRICHNIK"

“Los Oprichniki” – Nikolai Nevrev – Museo Nacional de Bellas Artes de Kirguizistán

La palabra Oprichnik (en plural Oprichniki) designa a la tropa de élite que fue creada hacia 1565 por el Zar Ivan IV de Rusia, más conocido como Iván el Terrible. Esta guardia personal fue tristemente famosa por la crueldad mostrada con la población, cumpliendo ciegamente las órdenes del Zar, por brutales e injustas que estas fuesen. La lealtad de los Oprichniki era asegurada a su vez por Iván IV sometiendo a sus hombres a terribles castigos y ejecutando cruelmente a todo aquel que sospechaba que podía traicionarle.

Paradójicamente, los Oprichniki vivían aparentemente como monjes, con un estricto ascetismo y muchos de ellos en comunidades similares a los monasterios, siempre, eso sí, próximos a la residencia del Zar. La hazaña más triste que ha pasado a la historia de estos monjes guerreros, fue la masacre de la ciudad de Nóvgorod, en 1570, cuando, tras tomar la ciudad por órdenes del Zar, ejercieron una salvaje represión, asesinando y torturando a más de 3.000 personas.

En algunas regiones de Rusia todavía se conserva el terror hacia la figura del Oprichnik, que es nombrado allí a los niños como en otros lugares hacemos con "El Coco" o "El hombre del saco".

"Oprichnik" es también el título de una ópera compuesta por Piotr Ilich Tchaikovsky entre 1870 y 1872. Para su creación aprovechó gran parte de la música de otra ópera que escribió unos años antes, "Voyevoda" (Sueño en el Volga), cuyo manuscrito destruyó tras incorporar esos fragmentos de la partitura en el acto primero de "Oprichnik". También es obra del propio Tchaikovsky el libreto, para el que se basó en el drama "Oprichniki" (Los Oprichnik) del escritor ruso Ivan Lazhechnikov.

La trama se desarrolla en Rusia, en el siglo XVI, durante el reinado del Zar Ivan IV, en pleno periodo de represión a través de sus guardias Oprichniki. Andrei y Natalya son dos jóvenes enamorados que ven frustradas sus expectativas cuando el padre de ella, responsable de la muerte del padre de Andrei y de dejarle en la pobreza a él y a su madre, la promete en matrimonio con un anciano. Andrei decide entonces alistarse en los Oprichniki para que a través del Zar pueda obtener justicia.

La ópera fue estrenada en el Teatro Mariinsky de San Petersburgo el 24 de abril de 1874, y Tchaikovsky se la dedicó a uno de los hijos del Zar Nicolás I, el Gran Duque Konstantin Nikolaevich Romanov, un melómano apasionado que además tocaba el violonchelo.

"Oprichnik" es una ópera que apenas se representa, y menos aún fuera de Rusia. Sin embargo, hay un fragmento que en ocasiones sí suele incorporarse a recitales o grabaciones. Se trata del Arioso de Natalya, "Poslyshalis' mne budto golosa" (Me pareció oír voces). Pertenece al final del acto I y en él la protagonista nos canta la añoranza de su amado y su deseo incontenible de estar junto a él. El compositor nos narra aquí musicalmente, con mano maestra, las pasiones que envuelven a Natalya, en un fragmento en el que vislumbramos a Tchaikovsky en estado puro, desbordando romanticismo y belleza melódica.

Tras el post que dediqué recientemente a la soprano rusa Galina Vishnevskaya, fallecida el pasado mes de diciembre, no han sido pocos los lectores del blog que me han manifestado haber quedado conquistados con su voz y expresividad y me han pedido que la traiga más a menudo al blog. Así que, dicho y hecho, pocas elecciones mejores puede haber para escuchar el Arioso de Natalya, de la ópera  "Oprichnik", que interpretaciones como la que nos brinda aquí la gran Galina Vishnevskaya, acompañada por la Orquesta del teatro Bolshoi dirigida por Boris Khaikin:


video de ManricoV

Me pareció oír voces y ruidos de pasos.
Quizás fuese Andrei,
pero no hay nadie.
Estoy aquí sola con mi tristeza y melancolía,
con este inmenso dolor,
como si una serpiente me hubiese mordido
con su veneno en mi corazón.
¡Si pudiera verte, querido!
¡Ah, no tardes, amado mío!
Mi adorado amigo.
Ah, incansable viento,
lleva a mi amigo, a través de las montañas,
la noticia de mi amor y mis suspiros,
cuéntale cómo sufro y languidezco
cómo languidezco día y noche
por el deseo...
Día y noche por el deseo.


domingo, 14 de abril de 2013

"TO THE WONDER". LA MÚSICA DEL ÚLTIMO MALICK


El ser humano es un profundo misterio… No, tranquilos, que no os voy a dar la brasa con ninguna interpretación metafísica. Decía que el ser humano es un misterio porque es muy complicado averiguar por qué algunos congéneres nuestros pueden encontrar satisfacción en cosas como pasarse horas a la intemperie pescando truchas con mosca, dedicar el tiempo libre a escuchar discos de la tuna de Derecho o, como es mi caso, disfrutar sin reservas con el cine de Terrence Malick.

Para mí, asistir a un nuevo estreno del director tejano es todo un acontecimiento. Y eso que no tiene la magia de antes, cuando podían transcurrir 20 años de espera entre una película y otra, lo que contribuía a engrandecer el mito (sobre todo si se trataba de dos obras maestras como “Días del Cielo” y “La delgada línea roja”); porque ahora Malick ha tenido un arranque de creatividad y en el plazo de dos años ha culminado dos películas (“El árbol de la vida” y esta “To the Wonder”) y tiene otras dos más en cartera a punto de salir de la sala de montaje.

Pero, en cualquier caso, cuando acudo al cine a ver uno de sus trabajos, lo hago con una especial motivación y disposición. No se trata de entrar en la sala esperando a ver “qué me echan”, sino mentalizado para asistir a un recital de poesía en imágenes, a través de las cuales no sólo vamos a ver una historia, sino que vamos a compartir emociones y sensaciones a base de pura genialidad cinematográfica.

Algunos se sienten incómodos ante una técnica narrativa con voces en off, ausencia de diálogos, grandes elipsis, inserciones súbitas de planos aparentemente incoherentes… pero ahí reside gran parte de la verdad y magia de su construcción. Esa es la forma en la que nuestra memoria guarda los recuerdos. Así funcionaría nuestra mente si, como los protagonistas de las historias de Malick, intentásemos rememorar lo sucedido tiempo atrás y recuperar las sensaciones vividas. Y si además logra que compartamos esas emociones y sensaciones que pretende contarnos, mediante cuidados planos de aparente sencillez (unas manos intentando aprehender la luz del sol en un cristal, el contacto del agua sobre la piel, el roce de unos labios…), el disfrute está garantizado. Al menos para algunos raritos como yo.

De todas formas, no pretendía hablar aquí de “To the Wonder”, la última película de Terrence Malick y menos aún defenderla. Comprendo que haya personas que no la soporten y, por supuesto, no se la recomendaría a nadie a quien ya no le haya convencido cualquiera de sus películas previas. Pero, ¿a mí me ha gustado?: pues sí. Desde luego considero que está lejos de “El árbol de la vida” y de creaciones anteriores. Pienso también que hay un evidente fallo de casting con el reparto masculino. Y si se quiere hablar de pretenciosidad a raudales, de preciosismo formal, de hueco misticismo… no seré yo quien lo discuta. Pero sus imágenes siguen siendo bellísimas y su cine me sigue emocionando. Independientemente de sus mensajes. Es muy fácil hacer chistes sobre su grandilocuencia desbordante, aunque para mí es mucho más importante dejarme llevar por mis sensaciones y esas me siguen compensando, con mucho, cualquier reproche que se pueda hacer. Y se pueden hacer muchos.  

Pero, como decía, no era mi intención analizar el último estreno de Terrence Malick, sino, tal y como ya hice cuando se estrenó “El árbol de la vida”, efectuar una referencia a la música que podemos escuchar en el film, o parte de ella. Y es que, como es habitual en las películas de Malick, la música ocupa un lugar esencial y no hay apenas ningún momento en el metraje en el que la imagen no esté acompañada por alguna melodía cuidadosamente escogida por el director estadounidense. En esta ocasión, firma la banda sonora original el neozelandés Hanan Townshend, y, como siempre, la cinta está plagada de fragmentos, más o menos conocidos, de música clásica.

Al poco de comenzar “To the Wonder”, acompañando unas bellísimas e inolvidables imágenes de la abadía del Monte Saint-Michel y su entorno, nos encontramos nada menos que con las maravillosas notas del Preludio al acto I de la ópera “Parsifal”, la última de las compuestas por Richard Wagner. Este fragmento volverá a sonar en dos ocasiones más y, cada vez que se escucha, las emociones en la sala suben varios enteros. Aquí traigo ese Preludio, en la mítica versión que en 1951 interpretase en el Festival de Bayreuth la orquesta titular de la casa bajo la dirección del maestro Hans Knappertsbusch:


Addiobelpassato

No es inhabitual que Malick recurra a la música de Héctor Berlioz, ya lo hizo en “El árbol de la vida” con la “Grande Messe de Morts” del compositor francés. En esta ocasión se pueden escuchar fragmentos del segundo movimiento de su segunda sinfonía, conocida como “Harold en Italie”, compuesta por Berlioz en 1834 y estructurada en cuatro movimientos, con un protagonismo indiscutible de la viola. Aquí os dejo con ese segundo movimiento, “Marcha de los Peregrinos”, en interpretación de la London Symphony Orchestra, con Nobuko Imai a la viola y la dirección de Sir Colin Davis (por cierto, hoy lamentablemente fallecido):


video de sstuddert

Otro compositor que repite respecto a “El árbol de la vida” es Ottorino Respighi, quien aparecía allí representado con la Suite III de sus “Arias y Danzas Antiguas”, siendo en esta ocasión la Suite II la que puede escucharse. En esta obra, Respighi procedió a transcribir libremente algunas piezas para laúd de los siglos XVI y XVII, convirtiéndolas en suite orquestal. Esta es la versión de esa Suite II que grabó en 1976 Sir Neville Marriner al frente de Los Angeles Chamber Orchestra:


video de peartree336

Al poema sinfónico “La Isla de los Muertos”, compuesto en 1908 por Sergei Rachmaninov, ya le dedique una entrada en este blog. La obra fue escrita tras quedar impresionado el compositor con la visión en París de una reproducción del cuadro del mismo título del pintor suizo Arnold Böcklin. Malick incluye en su última película algún fragmento de este poema sinfónico de Rachmaninov, que podemos escuchar aquí a la Royal Stockholm Philharmonic Orchestra bajo la dirección de Sir Andrew Davis:


video de Nocturne331

También Joseph Haydn tiene su hueco en “To the Wonder”, pudiéndose escuchar un fragmento de su genial oratorio “Las Estaciones”, compuesto alrededor de 1801,  cuando ya era un venerable anciano, y que constituye una de sus más relevantes obras, aunque haya estado un tanto infravalorada en su comparación con el otro gran oratorio del compositor austriaco, “La Creación”. Aquí podemos escuchar El Invierno, de “Las Estaciones” de Joseph Haydn, con Karl Böhm al frente de la Wiener Symphoniker y con Gundula Janowitz, Peter Schreier y Martti Talvela como solistas:


video de Enrico Wessels

Y vamos ahora con otras Estaciones, en este caso las compuestas por Peter I. Tchaikovsky en 1875 y 1876. Se trata de doce piezas breves para piano que fueron subtituladas con los nombres de los doce meses del año. La sexta, Junio, es una bellísima Barcarola que puede escucharse también en el último film de Malick en su versión orquestal. Como esta, interpretada por la Orquesta Sinfónica de Detroit dirigida por Neeme Järvi:


video de MrBambolfiga

Y no menos belleza destila el Concierto para Piano nº 2 del ruso Dmitri Shostakóvich, compuesto como regalo de diecinueve cumpleaños para su hijo Maxim. Su maravilloso segundo movimiento, Andante, aparece también en la última película de Terrence Malick y podemos escucharlo ahora en una interpretación de 1958, con el propio Shostakovich al piano, acompañado por la Orquestre National de la Radiodiffusion Française bajo la dirección de André Cluytens:


video de theoshow2

En 1977 el compositor estonio Arvo Pärt escribe “Fratres”. Al igual que Malick, Pärt está influido en su obra por un sentimiento trascendente y religioso que tienen claro reflejo en sus partituras. No es la primera vez que esta composición de Arvo Pärt llega a la gran pantalla. Ya en 2007, Paul Thomas Anderson la incluyó en su film “There will be blood” (Pozos de Ambición). Hay numerosas versiones de la pieza para diferentes combinaciones de instrumentos, la presentada en “To the Wonder” es para ocho violonchelos. En este blog, como no queremos ser menos, tenemos la versión para doce, que podemos escuchar ahora en la interpretación de los violonchelos de la Filarmónica de Berlín:


video de clarisaxoflute

Bueno, pues hasta aquí esta entrada de hoy sobre la música clásica que aparece en “To the Wonder”. No está referenciada toda la que suena en un momento u otro, ni mucho menos, pero sí los principales fragmentos que he podido identificar en esta última creación del siempre polémico y genial Terrence Malick. Espero que si no os ha gustado la película o ni siquiera vais a ir a verla, al menos podáis pasar un buen rato escuchando la música que he dejado.


video de movietrailers
 

martes, 19 de febrero de 2013

GALINA VISHNEVSKAYA. TEMPERAMENTO RUSO


El pasado mes de diciembre falleció en Moscú la soprano rusa Galina Vishnevskaya (1926-2012). Quienes sigáis este blog y me conozcáis, sabréis que es una cantante por la que siento especial devoción. Su canto y su fuerza expresiva siempre me han cautivado y considero que en el repertorio ruso hay pocas voces que le hagan sombra.

Mi admiración por ella aumentó todavía más cuando conocí un poco las vicisitudes de su vida personal. Y es que la vida de Vishnevskaya estuvo plagada de emociones, penurias y desgracias a las que la fama posiblemente jamás consiguiese dar suficiente compensación.

Nacida en 1926, la guerra y la pobreza estuvieron presentes en sus años de juventud y la marcaron para siempre. Sus padres la abandonaron siendo niña y fue a vivir con su abuela paterna, quien murió como consecuencia de las quemaduras sufridas en un incendio cuando, al quedarse dormida junto a la estufa, sus ropas se prendieron. Galina contaba apenas 15 años, quedando entonces sola y sumida en la pobreza.

En 1943, en pleno sitio alemán de su ciudad natal de Leningrado (actual San Petersburgo) entró a estudiar en el Conservatorio y un año después contrajo matrimonio con el joven oficial de Marina Georgi Vishnevsky, de quien tomaría para siempre el apellido. La unión apenas duró unos meses debido al alcoholismo de él y a su férrea oposición a que Galina pudiese embarcarse de lleno en una carrera musical o artística.

Tras la liberación de Leningrado y ser condecorada con una medalla por participar activamente en la defensa de la ciudad, se unió a una pequeña compañía de opereta que dirigía Mark Ilich Rubin, 22 años mayor que ella, con quien además de trabajar acabaría casándose. Poco tiempo después tuvieron un hijo, pero el pequeño contrajo una infección y falleció a los dos meses de edad, contando en sus memorias Vishnevskaya que ella y su marido fabricaron el ataúd con unas tablas que forraron con tela blanca y enterraron a su hijo abriendo una fosa con sus propias manos luchando contra la dura tierra congelada del cementerio.

Su preparación técnica y vocal junto a Vera Nikolayevna Garina fue decisiva para lograr un cierto equilibrio e ilusión en su vida personal y sobre todo para el futuro éxito de su carrera, aunque a punto estuvo también ésta de frustrarse para siempre cuando a Vishnevskaya le detectaron una tuberculosis que exigía la extirpación de parte de un pulmón. Sin embargo, pudo vencer la enfermedad sin necesidad de intervención quirúrgica gracias a una fuerte medicación que obtuvo en el mercado negro, sin que, afortunadamente, sus capacidades vocales resultasen afectadas.

En 1952 participó en un concurso de canto organizado por el Teatro Bolshoi para la captación de jóvenes voces, logrando alzarse con la victoria, siendo admitida al año siguiente para formar parte de la compañía del Bolshoi, donde permanecería hasta 1974. En cuanto empezó a despuntar, la KGB contactó con ella para intentar utilizarla como confidente y descubrir a los presuntos enemigos del régimen infiltrados en el mundo artístico, aunque progresivamente pudo irse desvinculando de esas prácticas. Lo que no pudo evitar fue el acoso del entonces jefe del estado soviético, Nikolái Bulganin, quien cortejó a la cantante con inusitada insistencia. Pero él no sería el elegido para convertirse en su nueva pareja.

En 1955 su matrimonio con Mark Rubin pasaba por horas bajas y fue entonces cuando conoció al violonchelista Mstislav Rostropóvich, surgiendo inmediatamente una atracción mutua que les llevó a casarse ese mismo año. A partir de ese instante la vida personal de Vishnevskaya dio un definitivo giro positivo y al fin encontró la felicidad al lado de un hombre junto al que tuvo dos hijas y que fue su pareja hasta el fallecimiento de Rostropóvich, en 2007, tras 52 años de matrimonio.

En lo profesional, la carrera de Galina estaba en auge. Era ya plenamente reconocida en su país y comenzaba a triunfar paseando su arte por todo el mundo, pese a las restricciones que el gobierno soviético tenía para las salidas de los artistas nacionales fuera de sus fronteras, salvo que fuesen de la relevancia de Vishnevskaya o Rostropóvich que eran en aquel momento una inmejorable propaganda de la excelencia de la cultura soviética.

Sin embargo, a comienzos de los años 70 las cosas volvieron a torcerse cuando Rostropóvich alojó en su casa de campo al disidente político Aleksandr Solzhenitsyn y le defendió públicamente. Las autoridades prohibieron a la pareja actuar fuera de la URSS, silenciaron el trabajo de ambos y Rostropóvich fue incluso expulsado del Bolshoi. En 1974 ya no soportaron más esa situación y tomaron la difícil decisión de abandonar el país junto a sus hijas y residir en el extranjero. Así lo hicieron y, tras su exilio, les sería revocada la nacionalidad soviética como represalia.

En 1990, ya con Gorbachov en el poder, se acordó restaurarles su condición de ciudadanos soviéticos, gesto al que correspondieron Mstislav y Galina en 1991 regresando de nuevo a vivir en su país. Actualmente, los cuerpos de ambos reposan para siempre en el cementerio moscovita de Novodevichy.

Bueno, pues hasta aquí la pequeña reseña que quería hacer de la vida de Galina Vishnevskaya, una mujer de la que, además de su bellísima voz, he admirado su capacidad de lucha y superación, su arrolladora personalidad, la firmeza de su carácter y su fuerza para hacer frente a las adversidades con optimismo, viendo siempre la cara positiva de las cosas. Por eso era capaz de declarar que, a pesar de todo, había tenido en la vida lo mejor que puede existir: “el mejor teatro, el mejor esposo y los mejores directores de orquesta y de escena”.

Aunque hoy no me he centrado en la parte musical, no quisiera acabar sin dejaros la oportunidad de escuchar a Vishnevskaya. Se trata además de una pequeña joya a la que de momento se puede acceder gracias a los amigos de Youtube. Es un recital íntegro dedicado a canciones de Tchaikovsky que la cantante ofreció en el Gran Salón del Conservatorio de Moscú en 1964 acompañada al piano por su esposo Mstislav Rostropóvich. Dura poco más de una hora y es toda una gozada.




martes, 15 de enero de 2013

"IOLANTA" (P.I.Tchaikovsky) - Gran Teatre del Liceu - 13/01/13


Ya prácticamente se ha escrito y dicho todo acerca del debut en el Gran Teatre del Liceu de la soprano rusa Anna Netrebko, en una versión en concierto de la ópera de Tchaikovsky “Iolanta”, dirigida por Valery Gergiev al frente de la Orquesta y Coro del Mariinski, a la que tuve la suerte de poder asistir el pasado domingo. Por distintos motivos, hasta hoy no he podido escribir y, aunque ya han transcurrido más de 48 horas desde mi salida del teatro, como la emoción por lo allí vivido todavía permanece, no quiero que pase más tiempo sin dejar aquí mis impresiones sobre una noche mágica.

Quienes ya hemos estado en unas cuantas representaciones de ópera en directo, sabemos que hay ocasiones en las que uno puede salir decepcionado, otras en las que lo hace satisfecho, otras en las que termina eufórico, pero pocas en las que sea consciente de haber vivido algo muy grande, algo histórico que podrá narrar cual abuelo cebolleta a sus descendientes o a sus cuidadores del geriátrico.

El éxito obtenido por Anna Netrebko en Barcelona ha sido algo realmente apoteósico. Y, a diferencia de lo ocurrido en otras ocasiones, aquí no se trataba de una concurrencia de fans incondicionales dispuestos a bravear hasta los gallos desafinados del artista. Algunos habría, claro está, pero la reacción unánimemente apasionada del público la percibí como algo puramente natural, fruto de la emoción incontenida provocada fundamentalmente por la excelencia del canto de Anna Netrebko.

El mejor ejemplo de esto fue el final del bellísimo dúo entre Iolanta y Vaudemont, donde, tras una actuación magistral de la soprano que fue rubricada con un agudo potentísimo y cristalino, de inmaculada ejecución, parte del público comenzó a aplaudir antes de que la música se detuviera, y, cuando la música se paró, la estruendosa ovación se prolongó durante largos minutos en los que los bravos no cesaron hasta que el director Valery Gergiev optó por reanudar la representación pese a que los aplausos no menguaban. No fue la típica metedura de pata del merluzo de turno que aplaude cuando no toca, sino una clara reacción incontrolada que respondía a la desbordante emoción que se había adueñado de la sala. Como me comentó a la salida el amigo Maac, la situación nos recordó aquellas grabaciones históricas de la Callas en La Scala donde era habitual que los aplausos y bravos a la diva se anticipasen a la finalización de la música.

Y ya desde su entrada en el escenario quedaba claro dónde estaba la diva de la noche. Allí apareció Netrebko entre los músicos y resto de solistas, todos ellos vestidos de negro, y ella con un espantoso modelito de color coral plagado de volantes tras el que daba la impresión que asomaría en cualquier momento el desaparecido Lauren Postigo anunciando que iba a dar comienzo la Antología de la Copla. Una diadema de princesa Disney y un escotazo descomunal completaban el llamativo aspecto de la cantante rusa. Pero realmente el aspecto no importaba en absoluto. Hubiese dado igual que hubiera ido vestida de monaguillo o de tortuga ninja, lo trascendental fue que Anna Netrebko comenzó a cantar y el mundo se paró.

Yo ya había tenido la suerte de escuchar su voz en directo en Salzburg en 2010 y, pese a ello, el impacto que me ha vuelto a producir ha sido enorme. Su voz se ha ensanchado casi tanto como otras zonas de su anatomía y su hermosísimo timbre cálido, riquísimo en armónicos, es puro terciopelo. Luce una tremenda homogeneidad y poderío en todos los registros, con un centro robusto de belleza resplandeciente. Su canto es inmensamente expresivo, adornado con infinitos matices. Su voz se proyecta y corre con potencia y naturalidad, sobrepasando con solvencia las barreras orquestales, y te envuelve como una seda, atrapándote en una burbuja de emoción de la que no escapas hasta mucho después de salir del teatro. Todo ello lo acompaña además con un comportamiento escénico extraordinario, mostrándose absolutamente entregada en su faceta actoral, incluso cuando, como en esta ocasión, se trata de una versión de concierto.

Aunque parezca ya casi un tópico repetirlo, hay que insistir en ello: Esta mujer tiene en el repertorio eslavo su hábitat natural, donde no tiene rival, y muero por pensar en esa Tatiana, de “Eugene Oneguin”, que recientemente debutará.

Pero el éxito de la noche no estuvo sólo en la voz de Anna Netrebko. Una parte sustancial se debe a la maravillosa dirección que llevó a cabo el señor del palillito, el gran Zar Valery Gergiev, al frente de la magnífica Orquesta del Mariinski. Siempre que veo dirigir a este hombre me pregunto cómo narices es posible que, con esa gestualidad parkinsoniana ininteligible, sea capaz de lograr extraer de la orquesta unos sonidos semejantes con tal precisión y ajuste. Pero Gergiev es un maestro indiscutible dirigiendo a Tchaikovsky y llevó a cabo una lectura profunda, matizada y cargada de lirismo y dolor que contribuyó de manera capital a llenar de emoción la sala.

Bajo la sabia dirección del Zar, la calidad de la Orquesta del Mariinski brilló en el Liceu con unas maderas extraordinarias, una percusión ajustadísima y sobre todo una sección de cuerda que es de otro mundo. Apenas sin darme cuenta, en el momento que tienen de protagonismo los violonchelos que retoman el tema del dúo, me encontré con los ojos llenos de lágrimas por la emoción que brotaba desde el escenario.

El Coro del Mariinski no tuvo mucho protagonismo, pero demostró solvencia y colaboró en su medida al estupendo resultado de conjunto, sobre todo en su fabulosa intervención en la escena final.

En cuanto a los solistas vocales que acompañaban a Netrebko, el nivel general fue bastante aceptable. El siempre complicado papel de Vaudemont corrió a cargo del tenor Sergei Shorokhodov, a quien ya había tenido la oportunidad de escucharle en Les Arts como Jasón, en la “Medea” del pasado Festival del Mediterrani. Creo que es de justicia decir que hizo una dignísima labor en un rol tan exigente y con el huracán Netrebko a su lado. Cierto es que tiene una emisión atrasada, especialmente en el agudo, donde además se denotan permanentes tiranteces y estrangulamientos, pero aún así consiguió resolver la papeleta llevando a cabo una actuación valiente y apasionada, pasándolas canutas en el infernal dúo, donde parecía un tomate a punto de reventar, pero saliendo vivo del trance y con todas las notas dadas.

Sergei Aleksashkin, como Rey René, fue posiblemente el más aplaudido tras Netrebko y Gergiev. Aleksashkin es un veterano y experimentado cantante y demostró conocer perfectamente el personaje, al que supo darle el énfasis y el carácter preciso, transmitiendo todo el dolor de un padre y ello pese a que su zona aguda se mostraba muy gastada y los graves más comprometidos eran más eructados que cantados.

Estupendo y sorprendente estuvo Yuri Vorobiev en el breve papel de Bertrand. Correcto Edem Umerov como Ibn-Hakia, solventando su aria con buen gusto. Destacó también la Marta de Natalia Yevstafieva, y muy musicales y eficaces  Anna Kiknadze y Eleonora Vindau como Laura y Brigitta. Bastante menos me gustó Alexander Gergalov como Robert, y todavía menos un pésimo Andrei Zorin como Almeric.

Pero daba igual, la noche era histórica y de ambiente triunfal y, aunque hubiese salido El Fary a saludar, se le hubiera ovacionado por un público enloquecido que llenaba el Liceu prácticamente en su totalidad. Tan sólo permanecieron sin ocupar un puñado de localidades de las más caras. Me sorprendió notablemente además el respetuoso silencio que se mantuvo durante toda la representación. En cada instante en que la música descendía en intensidad no se oía ni un ruido. Eso sí, los ruidos se guardaron para la escandalosa y eterna ovación final. No sé cuántos minutos se alargaron los aplausos y bravos, pero fueron muchos y de allí no se movía nadie, saliendo a saludar Netrebko junto a Shorokhodov, Aleksashkin y Gergiev en innumerables ocasiones.

A la salida se agolpaba un numeroso grupo de personas esperando la salida de la diva. Algunos dentro del recinto y otros ocupando la acera de Las Ramblas. Tardó bastante en salir y cuando lo hizo apenas se detuvo. Fue llevada prácticamente en volandas por unos ejercientes de guardaespaldas hasta la calzada de Las Ramblas, donde fue caminando entre los coches, respondiendo con su saludo a los aplausos de espectadores y viandantes como una auténtica estrellaza. El modelito tampoco tenía desperdicio. Como de moda sé menos aún que de ópera no sabría describirlo, pero a mí me recordaba a una monja con la espalda descubierta, pese al frío que hacía, aunque para una rusa aquello sería como estar en Benidorm en Agosto (por gente y por temperatura). Se subió a un monovolumen y se adentró en el congestionado tráfico de las Ramblas, por lo que, en un momento dado, quedó parado el vehículo al lado del grupo de amigos que estábamos allí charlando y, cuando me quise dar cuenta, estábamos todos los ilustres blogueros agitando la manita como imbéciles a la señora Netrebko cual si fuera la emperatriz Sissi.

En fin, hasta aquí la reseña de una jornada francamente inolvidable, que lo fue todavía más por la entrañable reunión de la que pude disfrutar alrededor de una mesa en una estupenda comida previa a la ópera, con buenos amigos y unos cuantos asiduos visitantes de este blog, a los que a partir de ahora ya puedo poner cara.

Joaquim, Colbrán, Kalamar, José Luis, Josep, Glòria: Gracias por vuestra hospitalidad y simpatía. Espero que muy pronto podamos repetirlo.

Os dejo con los videos del dúo entre Vaudemont y Iolanta correspondiente a la función del día 10 y del concertante final de la representación del pasado domingo:


video de LiceuOperaBarcelona



video de Florestanbcn