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domingo, 16 de diciembre de 2012

NOVENA SINFONÍA (Ludwig van Beethoven) - Palau de les Arts - 14/12/12

 
Riccardo Chailly nos ofreció el pasado viernes en el Palau de les Arts una velada musical absolutamente mágica. Y aquí voy a hablar simplemente de emociones, sin entrar a diseccionar en exceso el trabajo realizado ni valorar si esta lectura que ha hecho el maestro milanés es más o menos acorde a lo que escribió Beethoven o si es mejor o peor que otras versiones que puedan ser de referencia (si es que eso realmente puede fijarse de manera objetiva).

Yo, como asistente a esa representación y aficionado a la música, lo único de lo que quería dejar aquí constancia, de forma breve pero clara, es que la emoción invadió el patio de butacas desde el momento en que sonó la primera nota y no nos abandonó hasta mucho después de que hubiera finalizado el concierto.

He dicho que la emoción llegó con la primera nota y realmente no fue así. El primer escalofrío no provino del sonido, sino del silencio. Y es que, pocos instantes antes de que Chailly saliera a dirigir, todos los miembros de la Orquestra de la Comunitat Valenciana y del Cor de la Generalitat se pusieron en pie y se mantuvieron leyendo en silencio el manifiesto de los trabajadores del Palau de les Arts en protesta por el anunciado ERE y la actual política cultural, mientras recibían la calurosa ovación de apoyo de un público que lucía en su mayoría el lazo azul que los empleados del coliseo valenciano habían repartido a la entrada.

La versión de Chailly se anunciaba como de estricto respeto a lo escrito en la partitura original por Beethoven, especialmente en cuanto a los tempi. Y desde luego lo primero que llamaba la atención era la rapidez que se impuso a la orquesta, lo cual fue especialmente llamativo en el primer movimiento y sobre todo en el tercero. Los que ya llevamos unas cuantas Novenas pasadas por nuestras orejas constatábamos que aquello sonaba diferente, pero increíblemente bien. Y ello pese a que, una vez más, las mentes preclaras del Palau de les Arts condenaron una representación de indudable relieve al infame Auditorio, con su pésima y desigual acústica.

Riccardo Chailly impuso una dirección veloz y vigorosa, pero siempre logrando imprimir una tensión y dramatismo constantes que se mantuvieron sin un instante de desfallecimiento. La velocidad no conllevó en modo alguno una disminución de la profundidad de la lectura, ni los pasajes más líricos vieron decaer su hondura por ello, así como tampoco me dio la impresión de que el conjunto mostrase una especial rigidez derivada de la resurrección de las indicaciones metronómicas de Beethoven.

El manejo de las dinámicas fue ejemplar y creo que hubo un gran equilibrio y homogeneidad orquestal, con un sonido transparente donde resplandecían permanentemente multitud de detalles que, a un oído medio como el mío, le habían pasado desapercibidos en otras ocasiones. Para ello, el maestro Chailly contó con la genialidad de los músicos de la Orquestra de la Comunitat Valenciana, de quienes supo extraer todo el virtuosismo que atesoran.

La orquesta sonó como en las mejores noches y volvió a notarse la mano maestra de un gran director. La entrega de todos sus componentes fue extrema ante el máximo rendimiento exigido por Chailly. Hacer menciones concretas quizás pueda resultar injusto, pero extraordinario estuvo toda la noche el trío formado por Álvaro Octavio a la flauta, Joan Enric Lluna al clarinete (increíble en el Adagio) y Christopher Bouwman al oboe. También destacó en el cuarto movimiento Virginie Reibel con el flautín.

Pero si algo merece reseñarse especialmente es el grandísimo trabajo del Cor de la Generalitat, cuyos resultados sólo pueden calificarse de excelsos. El brillo, luminosidad y trascendencia que se alcanzó en el último movimiento fue debido en gran parte a la excelencia de este coro del que cada día debemos estar más orgullosos. Parecía realmente sobrehumano que sus componentes pudiesen seguir, con tal grado de intensidad y precisión, las exigencias del maestro Chailly y daba la impresión de que hubiera el doble de voces de las que realmente había.

También hay que destacar el mérito del cuarteto solista, compuesto por Rudolf Rosen, Steve Davislim, Julia Bauer y Mª José Montiel, a quienes Chailly no se lo puso tampoco nada fácil. Pese a algunos chillidos de la Bauer y algún apuro de los varones en ascensos al agudo, mostraron un comportamiento ejemplar, y tan sólo lamenté que la belleza de la voz de María José Montiel no tuviese ocasión de un mayor protagonismo.

El público que llenaba por completo el recinto tuvo un comportamiento mucho más respetuoso que en otras noches (como en la ruidosa Bohème del día siguiente, por ejemplo), y explotó en auténtico delirio al finalizar la representación, brindando larguísimos minutos de aplausos emocionados, siendo a la salida unánimes los comentarios respecto a la excelencia de lo vivido.

Ojalá noches como esta sirvan para que, quedando una vez más de manifiesto la enorme calidad de la orquesta y coro de la casa, puedan todavía replantearse actuaciones en materia cultural que ponen en claro peligro su supervivencia.

Previamente a este concierto del viernes, Riccardo Chailly mantuvo un encuentro con el público en el Aula Magistral de Les Arts. Allí, el denominado ‘dramaturgo’ de la casa, Justo Romero, conversó con el director milanés durante unos 40 minutos, tiempo durante el cual el maestro, esforzándose por hablar en castellano, nos ofreció su interesante visión de la obra de Beethoven, así como su opinión sobre diversos temas. Entre ellos, comentó que el motivo de que se prodigue tan poco en la dirección de ópera, pese a que le encante el género, se debe a los directores de escena, ya que estaba harto de chocar con ellos respecto a los diferentes conceptos que pudieran tener a la hora de acercarse a una obra concreta. Sin embargo, dijo que con Davide Livermore, responsable de la dirección escénica de “La Bohème” que se está representando actualmente en Valencia, ha tenido un entendimiento absoluto y ha disfrutado muchísimo.

Las intervenciones de Romero en alguna ocasión me parecieron inadecuadas, con apostillas o introducción de datos que interrumpían las contestaciones de Chailly. Pero lo más desafortunado llegó cuando el maestro estaba explicando que su versión incluía los rittornelli del Scherzo escritos por Beethoven y preguntó a Romero: “¿cómo se dice en español Rittornello?”. “Pues… Rittornello, igual”, contestó Romero. E inmediatamente después Romero pregunta a Chailly: “¿Oye, has incluido las repeticiones del segundo movimiento?”. El maestro abrió los ojos con estupefacción y dijo: “Lo acabo de decir… ¿de qué estamos hablando aquí, de pomodori?”.

Cosas de Les Arts...
 

lunes, 6 de junio de 2011

"FIDELIO" (Ludwig van Beethoven) - Palau de les Arts - 05/06/11

Decía yo en mi crónica de la “Cavalleria Rusticana” que pudimos ver en el Palau de les Arts la temporada pasada, que éramos felices de saber que algún día podríamos decir: “yo escuché en directo el Intermedio de “Cavalleria Rusticana” de Maazel”, y todos nos envidiarían. Pues bien, ahora somos doblemente felices, porque también podremos decir: “yo escuché en directo a la Orquestra de la Comunitat Valenciana interpretar la Obertura Leonora (III) de “Fidelio” dirigida por Zubin Mehta” y aún nos envidiarán más.

Y es que anoche en Les Arts volvió a vivirse otro de esos momentos mágicos, y afortunadamente, por ahora, no irrepetibles, cuando la Orquestra de la Comunitat Valenciana, con el maestro Mehta al frente, interpretó la segunda (aunque sea conocida como Leonora 3) de las oberturas compuestas por Ludwig van Beethoven para “Fidelio”, la única ópera de su producción, y que se ejecutó inmediatamente antes de la última escena del segundo acto, en una práctica que siguen manteniendo muchos directores desde que así lo hiciese Gustav Mahler por primera vez hace ya unas cuantas lunas. Pero vayamos por partes.

Se estrenaba ayer en Les Arts “Fidelio”, dentro del IV Festival del Mediterrani, en la producción que inauguró en 2006 la actividad operística del recinto valenciano, con dirección escénica de Pier'Alli y musical de Zubin Mehta. Muchas emociones se podían palpar entre los aficionados en los corrillos, comentando y recordando aquellos días, de hace 5 años, cuando cobró vida el proyecto del Palau de les Arts con todas las dudas, ilusiones y esperanzas que se suscitaron.

Al entrar ya tuvimos la primera sorpresa (agradable) al comprobar que en los programas de mano entregados se confirma la presencia del tenor alemán Jonas Kaufmann en la función del día 22 de junio, pese a que parece que quiera llevarse en secreto porque no se le está dando publicidad alguna. En fin, Helga sabrá lo que hace, luego tendrá que volver a recurrir a regalar entradas para evitar el bochorno de ver el patio de butacas semivacío.

Ayer se dio cita bastante menos público que en el estreno de “Tosca” de ocho días atrás, con las entradas más caras prácticamente ocupadas en su totalidad, no sé si vendidas o regaladas, pero numerosos huecos en los pisos altos. Tras el descanso, pudimos ver ubicarse en segunda fila de platea a Oksana Dyka.

La puesta en escena del italiano Pier’Alli es la misma que se pudo ver en 2006 y que está editada en DVD, tratándose posiblemente de una de las más interesantes que han pasado por Les Arts. Parte de una concepción clásica y tradicional, muy fiel al libreto, al tiempo que la dota de cierta originalidad y frescura con una escenografía sobria pero suficiente y adecuada, una inteligente iluminación de Guido Levi, aunque por momentos peque de demasiada oscuridad, y el empleo de algunas proyecciones de gran efectividad, especialmente al comienzo del segundo acto en el impresionante descenso a las mazmorras.

La dirección de actores está trabajada y tiene su representación más destacada en la salida de los prisioneros de las mazmorras, convertido el coro en un auténtico ejército de zombies, alcanzándose a mi juicio uno de los momentos de mayor intensidad dramática y belleza plástica de toda la obra.

Entre los puntos que menos me gustan de la propuesta de Pier’Alli están el momento del desfile soldadil, bastante ridículo; y el último cuadro donde se coloca al coro totalmente plantado en escena, cual figuritas de un belén, llevando a cabo únicamente movimientos con los brazos como si fueran autómatas.


Pero lo verdaderamente importante llegó en el plano musical. Zubin Mehta lleva a cabo con este “Fidelio” una labor de dirección excepcional, contando con la impagable ayuda de una Orquestra de la Comunitat Valenciana a la que logró hacer brillar como en las más grandes ocasiones, con una actuación destacadísima de todos sus miembros, desde la inigualable sección de cuerda a las espléndidas intervenciones solistas de Álvaro Octavio a la flauta o Pierre-Antoine Escoffier con el oboe.

Como bien sabe hacer el maestro indio, condujo de forma equilibrada, cálida y cuidando los detalles, sin que la tensión dramática perdiese intensidad en ningún instante, con un Cuarteto del primer acto ejemplar… y de repente llegó el momento de la noche. La Obertura Leonora III, ejecutada justo antes de la última escena de la obra, y que, bajo la batuta de Mehta y con estos músicos, se convierte en un hito referencial. Así lo demuestran los encendidos aplausos, bravos y hasta alguna petición de bis, que brotaron a su finalización en una espontánea y unánime explosión de emoción. En momentos así, escuchando a estos músicos alcanzar un nivel tan celestial, no podemos sino arrodillarnos y entonar plegarias para que la salida de Maazel, la crisis y la gestión de Les Arts, no den al traste con una agrupación que se ha colocado por méritos propios en el primer nivel mundial.

El Cor de la Generalitat tampoco falló y cumplió de forma extraordinaria con su difícil cometido. Se mostró potente, empastado y con irreprochable articulación en el cuadro final y sencillamente grandioso en la salida de los prisioneros, donde, tanto en el plano vocal como en movimiento escénico, consiguieron imponer el clímax requerido.

Peter Seiffert, como Florestan, estuvo espectacular. Su voz quizás haya perdido un punto de frescura en estos años y se hace patente un cierto desgaste y tirantez en la zona alta, donde en ocasiones aparecía un amenazante vibrato que nos hacía temer que iba tan ajustado que podía romperse, pero no sólo no fue así, sino que, conforme fue centrando la voz, fue yendo a mejor, brindándonos una actuación excelente, entregándose sin reservas, a pecho descubierto, sin trampas, culminando pletórico en el concertante final. Seiffert conserva intacta la capacidad para lucir su espléndido fraseo que sabe dotar de todo el lirismo y fuerza que requiere el personaje. Hizo absoluta exhibición de buen gusto y de detalles de gran cantante. Su canto fue sentido, apasionado, heroico y brillante, desplegando una hechizante luminosidad y una gran expresividad dramática. Un pedazo de tenor.

Jennifer Wilson, como Leonora, generó en los pasillos opiniones contrapuestas. Yo encontré cosas que me gustaron y otras que no tanto, aunque, en conjunto, mi impresión es positiva. Este papel, como ocurre también con el de Florestan, es enormemente exigente y requiere voces que se puedan mover en casi todos los terrenos con autoridad, teniendo desde momentos propios casi de una soprano ligera a otros llamados a ser afrontados por una soprano dramática con poderío. Compararla con Waltraud Meier, que cantó el rol en 2006 en esta misma producción, se hacía inevitable aunque no tiene mucho sentido. Son dos voces y estilos de canto radicalmente diferentes y puede gustar más una u otra, pero no creo que sea cuestión de valorar a la norteamericana en función de lo que hizo Meier, sino de analizar su interpretación por sí misma.

La coloratura que exige el papel, aunque breve, se le atragantó claramente a Wilson y algunas incursiones en el agudo, que por lo general fueron potentes y precisos, las solventó incurriendo en chillidos, especialmente en el segundo acto, posiblemente fruto del cansancio. En la zona grave, que no es su fuerte, pasó algún apuro, costándole proyectar. La chica tampoco es el paradigma de la sutileza expresiva, siempre se le ha achacado su excesiva frialdad y su escasa implicación dramática, pero dentro de sus limitaciones, sobre todo físicas, yo la encontré bastante mejor de lo que me esperaba. Por lo demás, la norteamericana estuvo correctísima, gustándome mucho su interpretación del aria del primer acto. Su voz es potentísima y homogénea, y cuando conseguía controlar la emisión de los agudos estos eran brillantísimos.

El bajo danés Stephen Milling construyó un Rocco muy solvente, de imponente presencia y entrega escénicas, que presentó una voz robusta y flexible, de amplio registro.

No me gustó la Marzelline de Sandra Trattnigg, a la que encontré desafinante y chillona; y me decepcionó el don Pizarro de Yevgueni Nikitin, cuyo Amfortas del ya legendario “Parsifal” dirigido por Maazel en este mismo recinto me pareció estupendo, pero ayer, yendo de más a menos, presentó problemas de proyección y llevó a cabo una interpretación bastante irregular.

Más me gustaron el veterano bajo Robert Lloyd como don Fernando y, sobre todo, el tenor austriaco Karl-Michael Ebner que compuso un Jaquino muy notable.

El público respondió premiando con bravos y largas ovaciones a todos los participantes, incluida la dirección escénica, aunque la mayor intensidad se escuchó en la salida a saludar de Mehta y la orquesta.

Y hablando de público, el de ayer, al menos en la zona en la que yo me encontraba, fue de nota. Volvió a cumplirse esa regla no escrita que parece inducir a la gente a que, cuando sólo hay música y no se canta, ya se puede hablar, incluso empleando un volumen propio de vendedor de lencería en mercadillo. Los móviles adornaron también la partitura de Beethoven con simpatiquillas melodías sincopadas, y alguna tos fue de tal calibre que debió arrastrar, junto a la flema, pulmón, bronquios y cuarto y mitad de higadillos. Pero sin duda la estrella de la noche fue la siempre temida “señora del caramelito”, que ayer logró su propósito de figurar en el Libro Guiness, prolongando la ruidosa apertura del celofán durante casi un minuto de reloj (y sin viento a favor), sin dejarse despistar en su encomiable proeza por las voces de quienes estábamos más próximos a ella, quienes ya nos encontrábamos a punto de horadarle la nuca con un Bic cristal, cuando lamentablemente una acomodadora le hizo poner fin a su sonatina de forma más diplomática.

A pesar de toda la fauna, vivimos una noche realmente inolvidable y, ya que la venta de entradas parece que va bastante regular, yo aconsejaría al aficionado a la música que aprovechara la ocasión y acudiera a este “Fidelio”. Sólo por esa Obertura Leonora III vale la pena.

Aquí podéis leer la estupenda crónica que ha escrito Maac

martes, 22 de marzo de 2011

DEDICATORIA

"El árbol de la vida" - Gustav Klimt - 1905.

La entrada del blog de hoy va a ser un poco distinta. No voy a criticar a Helga Schmidt, ni a soltaros ningún rollo, sino que tan sólo quería compartir públicamente unas cuantas canciones, en un día que es especial para una persona muy cercana, con el propósito de que sirvan de agradecimiento y dedicatoria.

Una dedicatoria para alguien gracias a quien cada nuevo día se llena de sentido para mí y de ganas de vivir y de compartir con ella lo vivido.

Precisamente “Zueignung” (Dedicatoria) es el título del primero de los lieder que traigo. Fue compuesto por Richard Strauss a los 18 años sobre unos versos de Hermann von Gilm y es la primera de las ocho canciones que componen su Opus 10. He elegido la interpretación de Elizabeth Schwarzkopff, ya que, además de que lo hace estupendamente, fue la primera cantante a quien yo le escuché este lied:


video de saiserieht

“ZUEIGNUNG”
Sí, tú sabes, alma querida,
que lejos de ti me atormento,
el amor hace enfermar los corazones.
¡Te doy gracias!
Un día, borracho de libertad,
alcé en alto la copa de amatista
y tú bendecías la bebida.
¡Te doy gracias!
Conjuraste así los malos espíritus
hasta que yo, como nunca antes lo había estado,
santificado, santificado, caí sobre tu corazón.
¡Te doy gracias!


Vamos ahora atrás en el tiempo para encontrarnos nada menos que con Ludwig van Beethoven y su lied "Zärtliche Liebe" (Tierno amor), compuesto en 1795, cuando apenas contaba 25 años, con texto de Karl Friedrich Herrosee. Podemos escucharlo en la sensacional voz del barítono Dietrich Fischer-Dieskau acompañado al piano por Jörg Demus, en una grabación de 1966:


video de classicbinylbiz

“ZÄRTLICHE LIEBE”
Te amo como tú me amas
en la noche y en la mañana.
No hubo un día en el que nosotros
no compartiéramos nuestros problemas.
Y cuando lo hacemos
resultan más fáciles de llevar:
tú me confortas en el dolor
y yo hago míos tus lamentos.
Por ello, quiera Dios bendecirte
a ti, alegría de mi vida
Que Dios te proteja, te guarde para mí,
Que Dios nos proteja y nos guarde juntos.


“Du Bist die Ruh” (Tú eres el reposo) fue compuesto por Franz Schubert en 1823 sobre un poema de Friedrich Rückert. El lied es el tercero de los cuatro que componen su Opus 59, y la interpretación elegida en esta ocasión ha sido la de la excelente contralto británica Kathleen Ferrier:


video de Onegin65

“DU BIST DIE RUH”
Tú eres el reposo,
la paz agradable.
Tú eres la nostalgia
y lo que la aquieta.
A ti me consagro
lleno de dicha y de dolor.
Aquí hallarán su morada
mis ojos y mi corazón.
Entra en mi casa
y cierra tras de ti
las puertas
con cuidado.
¡Expulsa todo pesar
de este pecho!.
Que mi corazón se llene
con tu dicha.
Este templo ocular
lo ha iluminado
tu solo fulgor.
¡Oh, llénalo a rebosar!


Félix Mendelssohn compuso en 1835 "Auf Flügeln des Gesanges" (En las alas del canto), con textos de Heinrich Heine. Se trata posiblemente del lied más conocido de su autor, y podemos oírlo en la maravillosa interpretación de Victoria de los Ángeles:


video de c1wang

"AUF FLÜGELN DES GESANGES"
En las alas del canto,
amada mía, te llevaré
hacia las orillas del río Ganges,
donde conozco un lugar maravilloso.
Allí se encuentra un jardín teñido de rojo
bajo la silenciosa luz de la luna;
las flores de loto esperan
a su querida hermana.
Las violetas se divierten
y observan las estrellas;
secretamente se susurran
al oído cuentos perfumados.
Se acercan atentas
las mansas y discretas gacelas;
y a lo lejos corretean
las olas del río sagrado.
Allí nos posaremos
debajo de la palmera
para saborear el amor y la paz
y soñar sueños dichosos.


Y termino casi como empecé. Con Elisabeth Schwarzkopff interpretando otra “Dedicatoria”, en este caso “Widmung” (Dedicatoria), el lied que compuso Robert Schumann en 1840 sobre los versos de Friedrich Rückert:


video de themfromspace

"WIDMUNG"
Tú, alma mía; tú, mi corazón;
tú, mi deleite; oh, tú, mi sufrimiento;
tú eres el mundo en el que yo vivo,
el cielo en el que yo floto,
¡oh tú eres mi tumba, dentro de la que yo
enterraré para toda la eternidad mis preocupaciones!
Tú eres el reposo, tú eres la paz,
eres lo que el cielo me ha otorgado.
Que tú me ames, me hace digno,
tu mirada me transfigura,
amándome me elevas por encima de mí mismo,
¡mi espíritu bueno, mi mejor yo!

viernes, 26 de febrero de 2010

VESSELINA KASAROVA Y LA ORQUESTA DE CÁMARA DE BASILEA


La mezzosoprano búlgara Vesselina Kasarova ofreció el pasado miércoles 24 un recital dedicado a arias de Rossini en el Palau de la Música de Valencia, acompañada por la Orquesta de Cámara de Basilea (Kammerorchesterbasel) dirigida por Giovanni Antonini, quienes en la segunda parte del concierto interpretaron la Séptima Sinfonía de Beethoven.

Lo primero a comentar es una decepción. A pesar de la política de precios de doña Mairen, de la consabida crisis y de la escasa publicidad que últimamente acompaña las representaciones musicales en esta ciudad, no me esperaba ver la sala principal del Palau con huecos. Es verdad que no eran excesivos, pero sí más de los que considero que merecía la primera actuación de Vesselina Kasarova en Valencia.

El concierto comenzó con la Orquesta de Cámara de Basilea afrontando la conocida Obertura de “La Italiana en Argel”, de Gioacchino Rossini. Una pieza que se inicia con el pizzicato de las cuerdas y la reposada melodía de los oboes, para enseguida entrar de lleno, con
viveza y alegría, en territorio puramente rossiniano, con algunas pinceladas alusivas a la música oriental remarcadas en esta ocasión por la presencia entre la percusión de un campanil turco. Las progresiones en los tiempos y dinámicas fueron muy bien marcadas por Antonini, quien demostró una perfecta compenetración con la masa orquestal y ser un gran conocedor del repertorio rossiniano. Tanto el director como los músicos, durante toda la noche dieron además la impresión de estar sumamente relajados y disfrutando de su trabajo.

Seguidamente podemos escuchar la obertura de "La Italiana en Argel" interpretada por la Philharmonia Orchestra dirigida por Carlo Maria Giulini:



Tras la obertura salió a escena Vesselina Kasarova, quien comenzó su actuación con dos arias también de “La Italiana en Argel”: “Per lui che adoro” y “Amici, in ogni evento… Pensa alla Patria”. No tuvo la búlgara en su encarnación de la Isabella de la partitura rossiniana sus mejores momentos de la noche. Le faltó trasladar esa chispa y
picardía que requiere el personaje. Vocalmente mostró desde el principio las virtudes y defectos que seguirían repitiéndose durante la velada y que son, en definitiva, los que caracterizan a esta cantante.

Tiene una voz grande, de inmenso volumen, bellísimo timbre oscuro, y con una zona grave cavernosa. Es en este territorio donde su instrumento resulta privilegiado, exhibiendo unos graves de auténtico lujo, y sólo por eso ya vale la pena escucharla. En el registro alto se movió también con solvencia, consiguiendo unos agudos fieros y potentísimos. Es en la zona media donde su canto presenta las mayores carencias, con demasiadas notas veladas y una emisión irregular, que originan una notable falta de homogeneidad entre registros. En las muy exigentes coloraturas escritas por Rossini hubo un poco de todo, desde correctas ejecuciones, a momentos donde pasó mayores apuros tendiendo a comerse notas.

Tras los fragmentos de “La Italiana en Argel” completó Kasarova su actuación con “Eccomi nal fine in Babilonia… Ah! Quell giorno ognor rammento”, de Semiramide, y “Perche turbar la calma di questo cor” de Tancredi. En ambos fragmentos me gustó más que al principio del recital, especialmente en Tancredi, donde presentó un canto más rico en matices y se aventuró por terrenos abisales consiguiendo algunos graves imposibles.

Al finalizar su actuación, la cantante fue largamente aplaudida y se vio forzada a ofrecer un bis que no debía llevar preparado, pues, tras una pequeña charla con Antonini y la orquesta, decidieron volver a interpretar el “Perche turbar la calma di questo cor” de Tancredi.

He de decir que disfruté mucho escuchándola y lo pasé realmente bien, pese a los defectos ya apuntados, compensándome con creces la posibilidad de escuchar en directo una voz como la de la búlgara, con esos graves que, desgraciadamente, hoy por hoy no son nada habituales.

A continuación podemos escuchar a Vesselina Kasarova cantando "Ah! Quell giorno ognor rammento”, de Semiramide:



La Orquesta de Cámara de Basilea, con Antonini al frente, ofreció en la segunda parte del concierto una ejecución de la Sinfonía nº 7 de Beethoven muy interesante. Si durante la primera parte dedicada a Rossini vimos a un Antonini dominador de la situación, dirigiendo la agrupación apenas con pequeños gestos, con la partitura de Beethoven se le vio mucho más desbordado, dando la impresión de que en cualquier momento la situación se le iba a ir de las manos e iba a acabar cada músico tocando a su aire. Pero afortunadamente no fue así. Impuso el italiano unos tempi velocísimos, quizás demasiado, pero el brío, fuerza y frescura que consiguió imprimir, así como un inteligente manejo de las dinámicas que propició una considerable riqueza cromática, de múltiples acentos, condujeron a un resultado final muy satisfactorio. Eso sí, convendría recomendarle a Antonini que, para futuras representaciones, intente controlar un poco su ímpetu y emoción al dirigir que le lleva a acompañar prácticamente toda la obra con su propia voz con unos “tchaaas, tchaaan” demasiado audibles.

El tema de conversación a la salida en todos los corrillos era la noticia, conocida esa misma mañana, de que el joven y prácticamente desconocido director de orquesta israelí Omer Meir Wellber será el sucesor de Lorin Maazel como director musical del Palau de Les Arts a partir de la temporada 2011-2012. Ya habrá tiempo de comentar largo y tendido sobre el tema y hacer todo tipo de elucubraciones y predicciones con mayor o menor fundamento. De momento, no me parece una buena noticia para los aficionados, aunque pone en evidencia la inteligencia de la Intendente de Les Arts (y no lo digo con segundas). Una vez descartadas, por diferentes motivos, las opciones de Muti, Chailly o Gergiev para sustituir a Maazel, la alternativa de Helga era contratar a alguien de segundo rango y esperar las críticas por no mantener el primer nivel, o apostar por un joven desconocido y presentarle como gran promesa. Con esta segunda opción se baja igualmente el nivel, pero si la cosa sale bien se habrá ahorrado una pasta importante y encima quedará como sabia visionaria, y si sale mal siempre se podrá decir que el chico es joven y necesita acoplarse, que los músicos son unos elitistas y no colaboran, etc., y seguirá ahorrándose una pasta. No, si lista es un rato… En fin, ya veremos.

Para finalizar os dejo con Vesselina Kasarova interpretando "Pensa a la patria" de "La Italiana en Argel":