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sábado, 11 de diciembre de 2021

"MADAMA BUTTERFLY" (Giacomo Puccini) - Palau de les Arts - 10/12/21

Por fin, casi tres meses después de iniciada la temporada valenciana, la ópera escenificada llegaba ayer a la sala principal de Les Arts, con uno de los grandes títulos del repertorio, como es la Madama Butterfly de Giacomo Puccini, en lo que constituye la cuarta ocasión en la corta historia de este teatro en la que el drama de Cio-Cio-San se representa en el coliseo de Calatrava. Algo que sinceramente me parece un poco excesivo.

No discuto que todos los años haya de haber una ópera destinada a hacer caja y a colgar el cartel de localidades agotadas, pero hombre, insistir siempre con los mismos títulos creo que tampoco es preciso, ya que dentro de los autores con más tirón, como puedan ser Puccini, Verdi o Mozart, hay obras que aún no se han representado en Les Arts o se han visto menos veces, y seguro que concitarían un interés similar para nuevos públicos. Si a eso le añadimos que la producción de Butterfly estrenada ayer es la misma que pudimos ver aquí la última vez, hace apenas cuatro años, pues se comprende que el interés ante la propuesta del abonado más fiel se viera ciertamente menguado.

Dicho lo anterior, el caso es que ayer hubo un lleno casi completo y escasean las entradas para las cinco funciones que restan, por lo que es obvio que, más allá de lo renegones que nos pongamos algunos, el objetivo que buscaba el teatro se está cumpliendo. Eso sí, con no poco sobresalto, ya que apenas tres días antes de este estreno saltaban todas las alarmas ante la noticia de la cancelación del ensayo general (ahora llamado preestreno) ante un positivo de COVID en el equipo artístico de esta producción. Y ayer, al llegar al teatro, nos encontramos en el programa de mano con una hoja añadida donde se decía que el tenor Marcelo Puente sustituía en el estreno a Piero Pretti, afectado de laringitis, y que el papel de Goro sería asumido por Mikeldi Atxalandabaso en las primeras cuatro funciones. De momento el estreno se desarrolló con normalidad y parece que se mantiene inalterada la previsión de las restantes cinco funciones. Cruzaremos los dedos y nos taparemos las bocas, porque la cosa está para pocas bromas.

Como decía antes, la producción presentada es la que ya pudimos ver en 2017, con la dirección de escena de Emilio López, escenografía de Manuel Zuriaga, vestuario de Giusi Giustino, iluminación de Antonio Castro y Nadia García, y los videos de Miguel Bosch. Poco más nuevo he de decir respecto a la crónica que dejé en este blog hace cuatro años. Aunque no tengo memoria como para recordar cada detalle, sí me pareció que algunas cosas se habían cambiado. Al menos, creo que algún video se ha suprimido y la muerte de la protagonista yo la recordaba diferente.

La propuesta, pese a llevar la acción a la Nagasaki de los años 40 del pasado siglo, mostrando en los actos segundo y tercero el escenario devastado como consecuencia de la bomba atómica, mantiene un tono de conjunto que creo que puede ser tildado de clásico, con un ajuste al libreto bastante importante pese a que se tome puntualmente algunas licencias. Pero nada que ver desde luego con los desbarres escénicos que abrieron la temporada en el Réquiem de Castellucci y la Doña Francisquita de Lluís Pasqual. Por los comentarios que escuché a los espectadores más añosos que comparten cercanía a mi abono, aunque les espantó un poco el comienzo con los videos de motivos bélicos, acabaron considerando la puesta en escena en su calificación de “como tienen que ser”.

A mí, personalmente, la producción no me acaba de emocionar del todo y sigo viendo que se queda un poco a medio camino, como si le diese reparo zambullirse por completo en una propuesta más rupturista y original; limitándose a apuntar algunas ideas, pero sin acabar de salirse del todo del camino más tradicional. En cualquier caso, no digo esto como reproche, sino como una mera impresión particular, reconociendo al mismo tiempo que, en su valoración de conjunto, considero poco discutible que la cosa sí funciona, desarrollándose el drama cómodamente en el envoltorio construido por Emilio López y su equipo, sin que nada chirríe ni descoloque demasiado al espectador, aunque haya momentos donde la contradicción sea inevitable, como hablar de las flores y el jardín florido en medio de las cenizas y las ruinas.

Según ha explicado el propio responsable de la dirección escénica, esa trasposición al Nagasaki demolido por la bomba tiene por objeto asociar esa destrucción externa de la ciudad a la interna que asola al personaje de Cio-Cio-San cuando va siendo consciente de la traición de Pinkerton. Bueno, pues vale. Tiene cierto sentido y cosas peores nos hemos chupado aquí sin rechistar, e insisto en que no dejas de tener la percepción de estar asistiendo a una Butterfly tradicional.

No me gustó demasiado la iluminación, que pienso que daba mucho más juego que los clásicos cañones de luz sobre los cantantes como en un vulgar circo navideño; y menos todavía, como ya manifesté a raíz de su estreno en 2017, la ocurrencia de ofrecer todo el segundo acto con un telón semitransparente bajado. Parece que con ello se quiere simbolizar la ceguera de Cio-Cio-San ante la realidad en este acto, no queriendo asumir el posible abandono de su marido; levantándose en el tercero cuando ya es plenamente consciente de la traición sufrida. La idea, una vez más, tiene su sentido, pero creo que no se compensa con la incomodidad que para la visión del espectador se origina con esa tela interpuesta.

Tampoco me parece acertada la inclusión de una bailarina mientras suena el bellísimo coro final del acto segundo. La justificación parece estar en que simula ser una mariposa que acabará siendo atravesada por una espada, adelantando así el fin trágico de Cio-Cio-San en el acto siguiente y haciendo referencia a la frase que dice ella en el acto primero acerca de lo que hacen con las mariposas al otro lado del mar. Independientemente de la corrección de las habilidades danzarinas de Fátima Sanlés, cosa que los dioses me libren de poner en cuestión, y aunque estéticamente pueda no quedar mal, pienso que ese momento está creado exclusivamente para concentrarse en la música y en la voz del coro interno, no para interponer elementos que distraigan de lo esencial.

Entre lo más positivo de esta producción creo que se encuentra una dirección de actores más cuidada y minuciosa de lo que viene siendo habitual, y en la que en esta reposición, como ha reconocido el propio Emilio López, se ha incidido en el lenguaje corporal y la gestualidad de reminiscencias orientales. En cualquier caso, con todas sus luces y sombras, pienso que la propuesta ha de valorarse positivamente, dejando que la música y el canto sean, por fin, los protagonistas de la representación, constituyendo la escena simplemente lo que tiene que ser, un vehículo adecuado para que el drama contenido en el libreto y la partitura se desarrolle naturalmente y llegue al espectador.

De la dirección musical se ha encargado Antonino Fogliani, un joven director italiano del que había leído elogiosas críticas y que creo que ayer desarrolló una buena labor en términos generales. Y eso pese a que, una vez más, se hizo presente en mis deterioradas meninges el recuerdo de la magia que nos brindó Lorin Maazel en aquellas dos excelsas Butterfly que dirigió; pero si seguimos teniendo esa referencia, nada nos puede gustar. Aquello ya no volverá, lamentablemente, por lo que esos recuerdos no deben impedirnos valorar positivamente otros buenos trabajos, como el realizado anoche por Fogliani en su primera presencia en el foso orquestal de Les Arts. Y lo cierto es que no me gustó nada su comienzo, con una dirección acelerada, atropellada y que en el dúo de Sharpless y Pinkerton mostró alguna descoordinación y sonidos toscos. Sin embargo, a partir de ahí pareció ir encontrando el punto adecuado, sabiendo hacer fluir naturalmente y de forma equilibrada el discurso musical creado sabiamente por Puccini, consiguiendo remarcar acentos y contrastes, que no son pocos. Hubo instantes en los que ralentizaba los tiempos y estiraba las frases hasta el límite mismo de que se desplomara la tensión, pero consiguiendo aguantar el armazón dramático. Cuidó mucho las voces y pienso que ha sido de los directores a los que últimamente se le ha descontrolado menos el volumen, pese a lo cual hubo instantes pasados de rosca, como la escena del Zio Bonzo. Entre los momentos más notables yo destacaría el inicio del acto segundo, la llegada del barco, toda la escena final o la transición orquestal entre el segundo y tercer acto. Es de destacar la labor de la sección de percusión toda la noche y la calidad de las cuerdas (impresionante el violín en voglietami bene) y las maderas.

Tras las severas exigencias requeridas del Cor de la Generalitat en las anteriores citas de la temporada, Réquiem y Doña Francisquita, anoche hacían frente a una obra con mucha menos carga coral, como es la Madama Butterfly, lo que no quita para que sus breves intervenciones sean fundamentales, tanto para el realce de situaciones como la escena de la boda o la aparición del Zio Bonzo, como para la creación de la atmósfera requerida en esa pequeña maravilla que es el coro a bocca chiusa que cierra el acto segundo. Como era de esperar, resolvieron la papeleta de forma inmejorable, pese al enmascaramiento que se les sigue obligando a mantener; aunque hay que reconocer que el sonido de ese coro interno llegó a la sala con cierta dificultad.

El principal aliciente de la noche se centraba en el debut en el exigente rol protagonista de Cio-Cio-San, de Marina Rebeka, a quien ya hemos tenido la fortuna de escuchar previamente en Les Arts como la Micaela de aquella aberrante Carmen de 2010 del amigo Carlos Saura, y como la Violetta de la mediática Traviata de 2017 con vestuario de Valentino. La soprano letona cosechó un merecidísimo éxito gracias a esa voz bellísima, con una riqueza tímbrica imponente, sobrado volumen, y con un registro muy homogéneo, en el que destaca su centro carnoso y sobre todo su poderosa e impoluta zona aguda. Una voz que conquista fácilmente al espectador, sin que a ello obste la presencia de esas puntuales sonoridades guturales puramente eslavas.

El reto de la Butterfly no es precisamente nimio, pues, como siempre se comenta, hace falta una gran versatilidad y expresividad vocal, que permita hacer creíble la evolución del personaje, desde esa inocente niña enamorada del comienzo, “leve como un tenue vidrio soplado” como dice Pinkerton, a la fuerza dramática que necesita exhibir progresivamente en los dos últimos actos hasta culminar en la desesperación y el suicidio. Lo cierto es que muy frágil no parecía Rebeka en el primer acto, ni por envergadura física ni vocal, pues en cuanto se animaba y subía un peldaño la intensidad de su canto, Pinkerton se hacía caquitas y llamaba a su mami. Y eso que no faltaron matices, adornando su canto con medias voces y algunas regulaciones ciertamente emocionantes. También mostró un buen legato para afrontar las largas líneas melódicas escritas por Puccini y supo imprimir igualmente la intensidad dramática justa que precisaban los recitativos en cada momento. Es verdad que su flanco más débil lo mostró en un registro grave que puntualmente se mostraba algo falto de peso y presencia, pese a lo cual solventó dignamente los descensos y saltos de octava en Che tua madre, y creo que consiguió dotar al personaje de toda la carga dramática requerida en el tramo final, con una implicación expresiva e interpretativa muy de alabar. Nada que ver con la frialdad y distanciamiento que me transmitió en aquella Traviata a la que me he referido antes. Realmente pienso que hacía tiempo que en Les Arts no se escuchaba una voz tan relevante.

El tenor Piero Pretti era en principio el anunciado para encarnar en este estreno a uno de los personajes más antipáticos de la historia de la ópera, como es el de Pinkerton. Me habían hablado bastante bien de él y tenía gran interés por escucharle, pero me quedé con las ganas y con más cara de tonto aún de la que llevo de serie cuando me encontré en el programa de mano con la noticia de su sustitución por Marcelo Puente. Sin haber escuchado a Pretti, ya digo que el cambio no fue para bien. Es cierto que, ante todo, hay que reconocer al tenor argentino el mérito de acudir a última hora para unirse a esta producción, aunque ya interviniese en ella en su reposición en San Sebastián y El Escorial, y el gesto es de agradecer. Tampoco puede ponérsele ningún reparo a su entrega escénica y vocal, porque se veía que estaba dando todo lo mejor de sí. Pero lo que sí he de dejar constatado es que no me gustó nada. Daba todas las notas, por exigentes que fuesen, sí, pero con una voz que en cuanto se acercaba a la zona del pasaje y se adentraba en la franja aguda, se volvía mate, carente de brillo y proyección, sin squillo, completamente estrangulada y con un molesto vibratillo caprino. En su dúo de amor quedó completamente sobrepasado por el brillo y la luminosidad que desprendía el canto de Marina Rebeka, mientras que él quedaba en un segundo plano sonoro, irrelevante, y transmitiendo una impresión de sufrimiento para alcanzar las notas que no se sabía si estaba declarando su amor o alertando a su amada de que le estaba dando un ictus. Algo mejor se defendió en ese bellísimo pegote que es el Addio fiorito asil, aunque volvió a pasar lo mismo, tras la primera frase bien proyectada y limpia, la voz se estrangulaba y encabritaba sin remedio. Una pena.

Ejemplar, por el contrario, fue el Sharpless que nos brindó el veterano barítono catalán Àngel Òdena que presentó, como de costumbre, esa voz marca de la casa, auténticamente baritonal, poderosa y que transmite nobleza en cada frase emitida. Es cierto que el paso de los años hace que aparezcan algunas oscilaciones, pero cualquier limitación la suple sabiamente con una fuente inagotable de recursos expresivos y acentos dramáticos con los que va cincelando con mano maestra toda la humanidad y contradicciones del personaje. Impecable fue también su uso del legato y destacó de forma muy notable en una magnífica escena de la carta y en el terceto del tercer acto.

El papel de Suzuki corrió a cargo de Cristina Faus. A la cantante valenciana hay que aplaudirle el derroche de expresividad e intensidad escénica que exhibe, así como ese fraseo incisivo y sentido que compensa con creces la falta de rotundidad que puede apreciarse en algunas de sus incursiones en los terrenos más graves.  Eso no quiere decir que vocalmente no estuviera bien, ni mucho menos, y fueron muy destacables tanto su oración del inicio del acto segundo, como el dúo Gettiamo a mani piene en el que aguantó el pulso vocal con Rebeka sin inmutarse. Pero es que cuando se encarna un personaje con tanta autenticidad y sentido del drama, todo lo demás se vuelve secundario.

Pese a que en un principio estaba anunciado Jorge Rodríguez-Norton como Goro, también nos encontramos en el programa de mano su sustitución por Mikeldi Atxalandabaso. Si en el caso de la cancelación de Pretti se hablaba de laringitis, en el de Rodríguez-Norton no se ha dado más explicación, con lo que todo parece indicar que ahí radicaba el problema que motivó la suspensión del ensayo general. A diferencia del nada exitoso cambio de Pretti por Puente, en el caso de  Atxalandabaso creo que podemos felicitarnos por el sustituto elegido, ya que el tenor vasco estuvo simplemente excelente, tanto en su faceta vocal como interpretativa, construyendo con inteligencia la personalidad del taimado y desagradable personaje, con una voz absolutamente idónea al papel, dicción clarísima, y haciendo gala de una proyección punzante y brillante que ya hubiésemos querido para nuestro Pinkerton reserva.

Cumplieron con aprobado raspado, que estamos casi en Navidad, el Zio Bonzo de Fernando Radó, y Tomeu Bibiloni como Yamadori; y estuvieron correctos la Kate Pinkerton de Mariana Sofía García y el Comisario imperial de Alejandro Sánchez, alumnos, estos dos últimos, del Centre de Perfeccionament ese que ya no lleva el nombre de un cantante que venía todos los años a Valencia y es muy famoso, pero que ahora parece que no haya existido nunca.

Muy correctos también y sin desentonar en absoluto del conjunto, se mostraron en sus breves intervenciones los miembros del Cor de la Generalitat: Xavier Galán (Oficial del registro), Lluís Martínez (Tío Yakuside), Lucía Pitarch (Madre de Cio-Cio-San), Pilar Marco (Zia) y Estrella Estévez (Cugina).

Una mención especial para el niño Leone Carbonell que, o era un robot japonés muy conseguido, o un señor muy bajito, porque el control en escena de un chaval tan pequeño, envuelto por los berridos que estaban dando en escena, me parece milagroso.

Como decía al principio, la sala principal de Les Arts mostró un lleno casi completo, en la primera de las representaciones con el aforo recuperado al 100%. Permitidme aquí una reflexión particular. Sinceramente no puedo entender que hayamos estado en el teatro con el aforo reducido cuando las cifras de la pandemia eran muy inferiores a las actuales, y que ayer, con la situación tal y como está, la sala presentase ese lleno que sin duda hará felices a sus gestores, pero que, por los comentarios escuchados, generó en muchos asistentes una importante sensación de inseguridad que hasta ahora no se había percibido.

Entre los asistentes, destacaba la presencia en el palco del President de la Generalitat, Ximo Puig, lo cual, con el fuerte viento que hacía, tiene mucho mérito. En cuanto al comportamiento del público, pues lo habitual con uno de estos títulos tan conocidos: canturreos, comentarios en voz alta, toses, estornudos… con medalla de oro y brillantes para ese horrísono tono de móvil que tuvo a bien fastidiarnos todo el inicio del coro a bocca chiusa. Al finalizar, enorme ovación para Marina Rebeka y generosas ovaciones para todo el reparto, orquesta y miembros del equipo escénico.

Pues hasta aquí mi crónica. Para los que todavía no estén cansados de tanta Butterfly, aún quedan algunas pocas entradas para las cinco funciones previstas los días 13, 16, 17, 19 y 22 de diciembre. Todo ello si el simpático bichito no lo impide, claro. Pero bueno, si os da mieditorr, la del día 19 está previsto que se retransmita en streaming a través de la plataforma OperaVision. 

viernes, 10 de febrero de 2017

"LA TRAVIATA" (Giuseppe Verdi) - Palau de les Arts - 09/02/17


Y entonces Monica Bellucci se detuvo junto a Él y ya nada importó… (Proverbios 32:21)

Noche de gala la vivida ayer en el Palau de les Arts con ocasión del estreno de La Traviata, ópera que, si nos atenemos a la parafernalia que se montó en el teatro valenciano y a su repercusión en prensa, debió ser compuesta por el modisto Valentino Garavani. Cuenta la leyenda que estando un día en la peluquería con la cabeza sumergida en un barreño de tinte, le vino la inspiración. Iba a escribir una ópera en la que un vestido negro con cola turquesa de plumas brindaba con unos pavos y le daba la tos, luego vendría un viejo a incordiar a un vestido blanco que acababa escribiendo una carta, para después, un vestido rojo en tafetán de seda, llegar a un garito y acabar por los suelos, finalizando todo con un camisón en piel de ángel rosa palo y encaje de Chantilly, con bata con flores aplicadas bajo mangas de farol en tul plumetti y mules forradas, que se mueren de tisis.

Amoavé sinojentendeeemoooo (como decía Faemino)… Que todo este rollo está muy bien. Que me parece genial que el Palau de les Arts sea la estrella de las noticias y no quede un asiento libre, aunque la mitad estuviesen ocupados por glúteos que visitaban por primera vez un recinto operístico. Que queda muy bien que el foyer de Les Arts parezca un flashmob de la revista Hola. Que me encanta que hayamos tenido la mayor presencia de representantes y ex representantes políticos valencianos de los últimos años. Que se agradece que la reina Sofía siga acudiendo al teatro que lleva su nombre. Que es fenomenal escuchar a las señoras con cara de teleñeco o rape con carmín decir qué bonito es todo. Y, principalmente, que es maravilloso y nunca podré olvidar el instante en que Mónica Bellucci pasó junto a mí y, como en la escena del gimnasio de West Side Story, parecía que se hubiese hecho el silencio, las luces se hubieran apagado y sólo estuviéramos ella y su Atticus… Ay…

Pero no, eso no es lo importante (bueno, lo último, un poquito sí). Lo principal, aunque no lo pareciese, es que allí se representaba una función de ópera. Que allí había unos músicos y unos cantantes ofreciéndonos una de las obras más maravillosas surgidas del genio, este sí de verdad, de Giuseppe Verdi.

Desde que se anunció que esta temporada podría verse en Valencia esta producción estrenada en la Ópera de Roma, la expectación mediática se disparó. Los nombres de Sofía Coppola, como directora de escena; Nathan Crowley, como escenógrafo; y Valentino Garavani como encargado del vestuario y creador de la producción; concitaron el interés del papel cuché y de muchas personas a las que la ópera les chupa un pie. Eso está bien, no es malo en sí mismo. Lo malo es no saber ponderar que como efecto llamada es positivo, pero lo fundamental es el espectáculo musical. Por eso, a mí me hubiese gustado que este tirón mediático se hubiera producido con otra ópera menos popular. La Traviata, aunque se hubiera traído con una producción salchichera de José Luis Moreno, hubiera llenado.

Y, sobre todo, yo no dejo de preguntarme si, teniendo el lleno traviateril garantizado, valía la pena gastarse el dinero en esta producción que, ignoro cuánto le habrá costado a Les Arts, pero intuyo que barata no será. Los responsables del teatro, mucho más listos que yo, sabrán si compensa. Ojalá así sea. Pero a mí ese gasto me gustaría más invertirlo en música y voces que en escenografías y vestiditos. Preferiría que se nutriese la orquesta como merece y que liberasen la temporada de Les Arts de tanto protagonismo a cantantes del Centre y se trajeran no sólo estrellas puntuales (Rebeka, Devia, Antonacci…) sino repartos más homogéneos  en conjunto y calidad.

Y esto desde ayer aún lo pienso más, ya que, reconociendo el impacto visual de la puesta en escena, muy atractiva, muy bonita, me pareció que el trabajo de dirección de escena era paupérrimo y la propuesta se quedaba en un clasicismo exacerbado, sin aportación personal alguna más allá de lo puramente estético.

Era como un Zeffirelli al que le hubieran embargado la mitad del mobiliario y sin el más mínimo indicio de labor de dirección de actores. Yo adoro a Sofia Coppola como directora de cine, casi tanto como detesto su cara de colitis como actriz en El Padrino III, pero de verdad me pregunto qué ha hecho, más allá de cobrar la pasta. Parece que todo se haya centrado en el efecto estético, dejando que los cantantes pululasen por allí dejados a su buen o mal saber actuar. Declaró la Coppola con ocasión del estreno en Roma, que había pretendido encontrar una clave contemporánea… Supongo que todavía estará buscándola.

Los amantes de las puestas en escena tradicionales la disfrutarán sin duda. Y yo también agradezco de vez en cuando menos marcianadas y más ajustes al libreto, pero siempre que haya un concepto claro de lo que se quiere y una labor de dramaturgia que colabore a transmitir la personalidad y emociones de los personajes. Ayer no me dio esa impresión. Parecía más bien un desfile de modelos de Violetta en un entorno muy bonito. La escenografía y la iluminación desde luego son sobresalientes. Del vestuario, como soy un absoluto berzas, prefiero no opinar, porque a mí el famoso vestido rojo me parecía un gigantesco Dodotis de Valentino.

Otro de los grandes elementos negativos de la producción, sea causa directa suya o de las estrecheces técnicas del Palau tras los ERE, fue el disparate de tener que hacer ¡¡¡tres descansos!!! Supongo que para los cambios de la aparatosa escenografía entre cuadro y cuadro. Eso motivó que, entre los parones, el remoloneo del público para cotillear a las celebrities, los protocolos reales y la gente aplaudiendo hasta el carraspeo del acomodador, la función se alargase a las 4 horas, que uno ya no sabía si salía de Traviata o de Tristán e Isolda.

Pero bueno, dicho todo lo anterior, que sabéis que soy muxagerao pá tó, reconozco que no puedo decir que no me gustara, incluso hubo momentos estéticamente muy conseguidos, pero me enfadó mucho que una producción con tanto valor externo no aportase algo más de chicha que hiciese más redondo el conjunto.

De cualquier modo, como decía antes, lo principal, aunque no lo pareciese era lo musical y ahí, en líneas generales, creo que el resultado ha de calificarse de bastante positivo.

Ramón Tebar volvía a situarse al frente de la Orquestra de la Comunitat Valenciana para afrontar esta página verdiana de la que, por conocida, a veces se menosprecia la riqueza que atesora y lo importante que es destacar sus infinitos matices. Anoche la orquesta sonó maravillosamente bien y creo que la labor de Tebar es digna de elogio y reconocimiento, bastante alejada del chimpunismo de Abbado en I Vespri, el Verdi anterior en este teatro, y, por supuesto, claramente por encima de aquella horripilante Traviata que perpetró Lorin Maazel en 2010. Ya desde el bellísimo inicio la sensibilidad del director se puso de manifiesto, brillando con toda su intensidad en el preludio al tercer acto y en el acompañamiento a la muerte de Violetta, donde pudimos disfrutar de unos violines excelsos que elevaron muchos grados la emoción en la sala. El primer acto fue conducido con brío y buen pulso, y el tercero estuvo llevado con gran sentido dramático, viéndose lastrado el segundo por un Plácido Domingo que llevaba su propio piloto automático, haciendo que Tebar se centrase en el foso para procurar seguir al cantante ante la imposibilidad de que éste se ajustase a la batuta. Toda la noche ofreció el director un meritorio trabajo de concertación, un hábil e inteligente manejo de las dinámicas, y una atentísima labor de control y matización de las voces, con la excepción ya mencionada. Entre los atriles destacaron, además de los violines, las intervenciones de Tamás Massànyi al clarinete o Pierre Antoine Escoffier al oboe, quien ofreció un precioso acompañamiento al Addio del passato de la protagonista.

El Cor de la Generalitat tiene aquí una menor intervención que en otras obras, pero, no obstante, volvió a conquistar al público con un trabajo escénico y vocal de primera fila. Mostró riqueza dinámica en el celebérrimo brindis y gran empaste y poderío en la última escena del segundo acto, con un Oh infamia orribile espectacular.

Había también gran expectación por escuchar la Violetta que nos ofrecía Marina Rebeka. En 2010, en aquella Traviata de infausto recuerdo dirigida, o lo que fuese, por el llorado Lorin Maazel, ya estuvo anunciada la soprano letona, aunque cayó finalmente del cartel sin justificación alguna, siendo sustituida por la rusa Hibla Gerzmava. Rebeka fue la gran triunfadora de la noche con un poderío vocal incuestionable, especialmente en una franja aguda resplandeciente y potentísima, con una voz rica, timbrada y que supo controlar con suficiencia y manejar con gusto, adornándose con algunas bellas regulaciones. Solventó con tablas la coloratura, agilidades y exigencias del acto primero, finalizando la cabaletta Sempre libera dando el Mi bemol sobreagudo.
Pese a lo irreprochable de su actuación hubo algo que, en mi opinión, no acabó de convencerme del todo y es que me transmitió demasiada frialdad. Todo fue correctísimo, pero de un automatismo gélido, o al menos esa fue mi impresión, lo cual se unió a una expresividad actoral limitada, posiblemente achacable a la dirección de escena. Su Amami Alfredo fue bellísimo, pero poco explosivo y demasiado contenido para mi gusto, no sé si por indicación de la dirección musical o por su propia iniciativa. Sí que hubo dos instantes donde su expresividad salió a flote y fueron para mí sus mejores momentos de la noche, el fantástico Dite alla giovine del segundo acto y todo el tercer acto, donde las limitaciones en su zona grave las cubrió con una mayor implicación dramática. En cualquier caso, Rebeka fue una estupenda Violetta.

Pero a colación de la expresividad de la protagonista no quiero dejar de mencionar aquí la Violetta que pude escucharle hace apenas doce días, en el Palau de la Música, a una soprano perteneciente al Cor de la Generalitat, Carmen Avivar, y que me dejó absolutamente impresionado con una calidad mayúscula, digna de pisar con papeles principales la sala de Les Arts. No viene a cuento entrar en comparaciones con nadie, pero sí diré que los recursos estilísticos y la expresividad de Avivar fueron de primera línea.

Arturo Chacón Cruz fue el tenor encargado de dar vida a Alfredo Germont. Valentía y decisión no le faltaron al cantante mejicano, lo cantó todo con corrección, pero hay algo en su voz que no me gusta. Sé que el problema será mío y de mi gusto atrofiado, pero no me agradó. La voz suena demasiado mate, agarrada a la garganta, con tendencia a estrangularse sin estarlo, aunque cuando subía a la zona más aguda brillaba más. Su fraseo tampoco se caracterizó por la elegancia, echándose de menos una más cuidada línea de canto, mayor legato, más finura y menos berreos y sonidos abiertos. Perdió el tempo en más de un pasaje y su expresividad tampoco fue su fuerte, estando la mayor parte de las ocasiones ejerciendo de palitroque o perdido en escena. Esperaba bastante más.

De Plácido Domingo poco nuevo se puede decir. Para bien y para mal. Cuando le ves anunciado en un papel baritonal ya sabes que no vas a escuchar a un barítono, sino a un Domingo mayor cantando un papel de barítono. Tras las últimas experiencias yo estaba casi convencido de que hoy iba aquí a escribir que si sigue así, cantando todo lo que no debe sin recato, acabará por convertirse en nuestro Foster Jenkins particular. Espero que no sea así desde luego, porque no merece su inigualable carrera cerrarse de mala forma. Pero es que además, después de lo visto y oído anoche, he de reconocer que la cosa no salió ni mucho menos tan mal como me imaginaba. Es verdad que su voz está cada vez más gastada, pero al mismo tiempo sigue teniendo momentos en los que se muestra imponente. Sus carencias de fiato entorpecen gravemente el fraseo, pero a la vez es capaz de mostrar en una sola de sus frases más emoción y expresividad que todo el resto del elenco. Como actor, un movimiento de su rostro o sus manos, un simple gesto, dice más que cualquier arrebato de cantante novel. Fue el único que transmitió personalidad en escena y verdad y alma en su canto. Eso no quita que llevase loca a la orquesta y a la soprano y que se desbaratase completamente ya al final del dúo, en Premiato il sacrificio, donde puso la directa sin esperar a nadie, y hasta se inventó algunas notas.  

En los papeles menores, cubiertos con cantantes del Centre de Perfeccionament, destacaron más ellas, Olga Zharikova y Anna Bychkova, que ellos, Moisés Marín, Jorge Álvarez, Andrea Pellegrini y el omnipresente Alejandro López, quien no parece que su larga estancia en el Centre le sirva para pulir su faceta de actor, actualmente no mucho mejor que la de un sobao pasiego.

Cumplieron los miembros del Cor, Antonio Gómez, Bonifaci Carrillo y Boro Giner, quien, aunque parezca una bobada, me proporcionó una de las agradables sorpresas de la noche, cantando y fraseando excelentemente un papel tan breve e irrelevante como el de Mensajero. También es verdad que en la platea había ganas de escuchar una voz baritonal de verdad.

El teatro se encontraba anoche completamente lleno. Esta es la parte buena. Cosa distinta es saber cuántos de los que estábamos habíamos pagado de nuestro bolsillo la localidad. Los palcos centrales del segundo piso, que suelen reservarse para entradas de grupo, estaban ocupados por una ingente representación del famoseo allí presente. Supongo que se pondrían de acuerdo entre Nati Abascal, Cari Lapique, la hija de Bertín y el duque de Alba, para formar grupo y que les hicieran descuento del 40%.

Por cierto, se rumoreaba ayer que el signore Valentino llevó abundante vestuario preparado con el que sustituyó los trapillos de menos de 6.000 euros que llevaban algunas de las famosas y acompañantes, a fin de que no deslucieran los palcos con ordinarieces.

Como era de esperar, la función obtuvo un apoteósico éxito, con un público entregado que lo aplaudía todo y que al final braveó con locura al trío protagonista. Lamentablemente, ha de reseñarse que la salida a escena de Valentino Garavani obtuvo más aplausos y grititos que los saludos de Ramón Tebar y la orquesta. Ejloquehay… Por cierto, sin que se entienda una falta de respeto a tan venerable figura, color caoba, de la moda internacional, el pobrecico mío parece una Virgen vestidera, de esas que son sólo cabeza, peluca y vestido que oculta un armazón de palos.

Si ya de normal la crónica suele venir adornada con el comportamiento inadecuado de público irrespetuoso, en este tipo de funciones, con gran presencia de espectadores no habituales, el problema se multiplica. Ayer fueron masivos los sonidos de móviles, las toses gargajosas, el güasapeo permanente, los comentarios en voz alta o los aplausos a destiempo. Lo peor, no obstante, es que también hubo una actuación incorrecta, por acción y omisión, por parte del teatro. Por acción, al permitir que entrase gente en la sala con la música sonando. Por omisión, al no conseguir evitar, pese a las protestas de algunos espectadores, el ruido generado por los camareros que guardaban bebidas en los pasillos de los lavabos contiguos al lateral del primer piso, que no paraban de entrar y salir de ese pasillo, provocando la apertura y cierre, y consiguiente ruido, de las pesadas puertas durante la representación.

No me ha parecido bien tampoco la decisión de sustituir en esta ocasión los diseños de Pepe Moreno sobre la figura de Lucrezia Bori que vienen ilustrando los programas de mano esta temporada, por la reproducción del cartel con firma de Valentino que se utilizó en el estreno romano.

Bueno, pues hasta aquí mis impresiones subjetivas. No os puedo animar a ir porque no queda ni una entrada en venta anticipada, aunque ya sabéis que todos los días desde que se abran las taquillas se pone a la venta el 5% reservado para cada función. El espectáculo vale la pena. Y si para las siguientes funciones ya eliminan el photocall, los controles de seguridad de la Casa Real y toda la tontería del agropijismo valenciano, aún mejor.
 

martes, 22 de junio de 2010

"CARMEN" (Georges Bizet) - Palau de Les Arts 18/06/2010


Bastante más tarde de lo que quería, traigo al blog mi particular visión del estreno en el Palau de Les Arts, el pasado viernes 18, de la producción de “Carmen”, de Georges Bizet, que se presentó en el marco del III Festival del Mediterrani que está teniendo lugar en el recinto valenciano, y sobre el que mucho y mejor se ha escrito ya, como podréis comprobar con las estupendas crónicas de Joaquim, Titus y FLV-M.

En el fondo me alegro de que hayan transcurrido algunos días desde que asistí a dicho estreno, ya que el tiempo ha conseguido que se aplaque un poco mi indignación, y mi opinión sobre lo vivido puede ser algo más serena, que no benévola.

La producción presentada es la misma cochambre que tuvimos la desgracia de que inaugurara la temporada en 2007, con Carlos Saura como presunto director de escena. Para esta ocasión se anunció que Saura iba a efectuar importantes retoques para mejorarla y, además, se contaba con el aliciente de un elenco vocal ciertamente atractivo, encabezado por la mezzosoprano letona Elina Garanca y el tenor argentino Marcelo Álvarez.

Definir lo que perpetró Carlos Saura es complicado sin recurrir al Código Penal. La caradura del director aragonés ha sobrepasado todos los límites admisibles y denominar lo que ha hecho con esta “Carmen” como “dirección escénica”, es una tomadura de pelo en la que se falta a la verdad, porque si algo no hay en esta producción es dirección.

Desde el comienzo hasta el fin de la obra, la dirección de actores brilla por su ausencia. Los intérpretes salen a escena y se les ve perdidos, sin saber qué hacer. Parece que la única instrucción que hayan recibido sea: “haced lo que os dé la gana y cantad”. En las escasas ocasiones en las que se observa algún tipo de directriz, no se ve ninguna coherencia, ni que se siga la lógica de una visión personal del texto ni de una dramaturgia trabajada. Hay tan sólo momentos sueltos, algunos de los cuales además fueron bochornosos y lo único que consiguieron fue agravar el dislate escénico: El desfile de cuadrillas fue lamentable, yéndose cada uno por su lado; el aportar como toque exótico que haya un Cardenal detrás de los niños de la Escolanía no parece lo más apropiado con la que está cayendo; el momento final de Don José, solo en escena, pidiendo ‘a nadie’ que le detengan, patético; la “exhibición” de Escamillo con el capote fue más propia de Locomía que del torero más famoso de Sevilla (¿tan complicado es buscar a alguien que le enseñe a superar ese momento sin provocar la carcajada?). En fin, un desastre.

La escenografía continúa estando constituida por esos absurdos paneles saurianos que ocupan el escenario y que tanto valen para representar una plaza de Sevilla, la taberna de Lillas Pastia o la plaza de toros. Con cambiar la luz, arreglado. Aunque aquí sí hubo un importante cambio respecto a 2007. La ridícula gruta de cartón piedra del tercer acto fue sustituida por paneles grises, también ridículos. Esa escenografía, aparte de no aportar nada y desorientar al espectador, dificulta gratuitamente el movimiento de las masas, especialmente en el primer y último acto, a lo que, si le añadimos la ya comentada ausencia de dirección de actores, tenemos asegurado el caos escénico.

Para acabar de acompañarlo todo, la iluminación es muy poco original y predecible y el vestuario insulso.

Declaraba Saura en su día que había optado por “una puesta en escena arriesgada, más apasionada y con más movimiento”. Nada más lejos de la realidad. El único riesgo asumido por Saura con esta puesta en escena es la de acabar enterrado en productos hortofrutícolas al salir a saludar, la única pasión que imprime es la de incitar a abuchearle, y el único movimiento que consigue es la apertura de boca en el público para bostezar.

Y lo peor de todo es que esta mamarrachada se ha retransmitido en directo a 46 ciudades de Europa, con lo que el ridículo ha sido internacional. Y luego nos extrañará que la prima de riesgo de la deuda española siga aumentando…

En el terreno musical, tampoco acabaron de salir las cosas tan bien como se esperaba. A mí la dirección de Zubin Mehta no me disgustó, pero reconozco que fue muy irregular. Hubo momentos soberbios, como los preludios (especialmente el del tercer acto), donde la orquesta brilló al máximo y la intensidad y brío que imprimió Mehta, aunque con su exceso de volumen ya característico, consiguieron que una chispa de emoción prendiese en la platea. Pero, junto a eso, los momentos más dramáticos resultaron algo planos y durante toda la obra se produjo una extraña diversidad de tiempos y dinámicas que, lejos de sonar a genialidad, resultaba desconcertante y a veces caprichosa.

En la Orquesta de la Comunitat Valenciana se observaron algunos desajustes que no son habituales en la agrupación titular de Les Arts, sobre todo en los vientos, y que posiblemente en futuras funciones puedan ir corrigiéndose. En el preludio del tercer acto, el virtuosismo de Álvaro Octavio con la flauta volvió a sobresalir.

El Coro de la Generalitat cumplió con enorme profesionalidad, resistiendo tanto los volúmenes impuestos por Mehta, como la anarquía escénica de Saura.

La Escolanía de la Mare de Déu dels Desamparats no estuvo bien, sobre todo en el último acto.

En el terreno de los solistas vocales hubo un poco de todo, y también se vieron lastrados de forma importantísima por la inexistente dirección escénica de Saura.

Nadie que me conozca ignora la admiración que siento por Elina Garanca, a la que considero una de las mejores mezzosopranos del panorama actual. Su voz posee una belleza incuestionable y su timbre enamora hasta cuando canta el “cumpleaños feliz”. Exhibió generosísimo volumen, robustez, amplio registro, homogeneidad, depuradísima técnica y excelsa musicalidad. Su canto fue perfecto, sin fisuras. Vocalmente creo que no es posible efectuarle reproche alguno. Sin embargo fue una Carmen demasiado fría. Le faltó temperamento interpretativo y pasión. A mí, personalmente, esa frialdad no consiguió impedirme disfrutar de una Carmen vocalmente espectacular, que me compensó sobradamente del desastre escénico. Y estoy convencido de que parte de culpa de ese exceso de frialdad es también de Carlos Saura. Yo pude ver a Garanca en Londres el año pasado en este mismo papel, en la producción de Francesca Zambrello, y, sin ser el paradigma de la pasión mediterránea ni mucho menos, transmitió mucha más intensidad al personaje que el viernes. Y es que también es comprensible que Marcelo Álvarez como galán y los paneles de Saura como paisaje, no son los elementos más propicios para pedirle a nadie que se ponga en situación.

Marcelo Álvarez da la impresión de que no está cuidándose la voz ni el físico. Su envergadura ya alcanza dimensiones preocupantes y el día que se tope con un director escénico que le dé instrucciones interpretativas se va a ver limitado para muchos papeles, salvo quizás los de charcutero y obispo. La actuación vocal de Álvarez fue bastante desconcertante. Tuvo momentos excelentes, sobre todo en algunos pianos que se marcó en el tramo final de la obra o en el dúo con Micaela del primer acto. En el aria de la flor no estuvo nada mal, aunque combinó frases delicadas y bellísimas con otras más toscas o algún agudo feísimo. En los dos últimos actos, posiblemente menos acordes a su voz, adoptó un tono verista, efectista pero inapropiado. Su habitual poco salero como actor se vio en esta ocasión reforzado por la huelga de meninges caídas del Sr. Saura. En este sentido, su pelea de navajas con Escamillo fue carcajeante.

Marina Rebeka, quien en su día estuviese anunciada como protagonista de “La Traviata” en Les Arts y cayó del cartel sin saber por qué, encarnó esta vez el papel de Micaela. Y lo hizo de forma excelente. Mostró una preciosa voz, grande, muy segura en los agudos, y un fraseo exquisito adornado de múltiples matices, derrochando sensibilidad y buen gusto.

Alexánder Vinogradov fue un pésimo Escamillo. Comenzó gargajoso, engolado y temblón, y acabó desafinando directamente. Debido a su pésima dicción no se sabía si estaba cantando en francés, en ruso o en chiquitistanés. No me extrañaría nada que el tremendo aguacero que nos sorprendió a la salida del teatro fuese consecuencia de cómo había cantado Vinogradov el “Votre toast”.

Mal estuvo también Silvia Vázquez que, en lugar de Frasquita, parecía la protagonista de 'Viernes 13', lanzando unos chillidos inaceptables y fastidiando todos los concertantes de los que formaba parte. Algo mejor se mostró Adriana Zabala como Mercedes.
No me gustó el Dancaire de Fabio Previati, y simplemente correctos estuvieron Vicenç Esteve, Mario Cassi y Nicolás Testé.

Mención especial merece el público de este estreno que consiguió batir el record mundial de intensidad y variedad de ruido durante una función operística. Si se hubiese representado en el Mercado Central en hora punta, posiblemente no hubiera habido mucha diferencia.

Al finalizar, se aplaudió con fuerza a todos los intérpretes, especialmente a Garanca y Rebeka, y se dedicó un sonoro abucheo a Carlos Saura que fue el justo castigo a su incapacidad manifiesta para la dirección escénica y que debería motivarle para dejar en paz el mundo de la ópera y dedicarse en exclusiva a seguir haciendo películas pretenciosas.

Para acabar podemos escuchar a Garanca junto a Roberto Alagna este mismo año en el MET, interpretando la seguidilla "Près des remparts de Séville":


video de saulite3434

lunes, 27 de abril de 2009

IL VIAGGIO A REIMS (Gioachino Rossini). Teatro alla Scala. 19/04/09

En cuanto supe que durante mis vacaciones, recientemente finalizadas, pasaría por Milán, lo primero que hice fue mirar si habría representación en el Teatro alla Scala. Por fechas, la única opción posible era la función del 19 de abril de “Il Viaggio a Reims” de Gioachino Rossini. En realidad me daba igual la que fuera. Conseguí comprar las entradas y, desde entonces, aguardé con impaciencia la llegada de mi cita con La Scala.

Cuando se apagaron las luces de la sala y los primeros acordes de la partitura comenzaron a escucharse, reconozco que me emocioné. Un escalofrío recorrió mi espalda y fui entonces plenamente consciente de que, al fin, había cumplido el sueño de poder asistir a una ópera en aquel recinto cargado de historia, donde, pese a sus remodelaciones, casi podían verse deambular por allí todavía los espíritus de Tamagno, Gigli, Callas, Tebaldi, Bergonzi…

La función del día 19 de abril, pese a ser un segundo reparto de jóvenes cantantes, contaba con el aliciente de la participación de tres españoles, Simón Orfila, Cristina Obregón y Maite Beaumont, en lo que suponía el debut en La Scala de estas dos últimas, con esta disparatada y divertida ópera de Rossini.

En junio de 1825 tuvo lugar en la Catedral de Reims la coronación de Carlos X de Borbón como rey de Francia. Como parte de las festividades, unos meses antes se encargó una obra a Gioachino Rossini, que acababa de ser nombrado director musical y escénico del Teatro Italiano de París. El libreto de Luigi Balocchi preparado para la ocasión, titulado “El Viaje a Reims o el Hotel de la Flor de Lis dorada”, pone en escena a un grupo de invitados, de diferentes países de Europa, que van a asistir a la ceremonia de la coronación y coinciden en una parada del camino, en un balneario de Plombières. Finalmente, no pueden acudir a Reims e improvisan un homenaje a la familia real en el balneario, cada uno a su propio estilo nacional, decidiendo ir a París para los festejos que seguirán a la coronación.

Cada uno de los invitados constituye un estereotipo de las naciones de la decadente Europa de la época, en una referencia simbólica al programa político de Carlos X, que tenía la intención de pacificar el mundo mediante la unión de las distintas monarquías europeas, tras el paréntesis imperial de Napoleón.

La obra no tenía la consistencia dramática de una ópera al uso y, con 14 cantantes solistas, más bien fue concebida como una oportunidad para que las principales figuras de la época pudieran exhibirse en el estreno homenajeando al nuevo rey. Dicho estreno tuvo lugar en el Teatro Italiano de París con presencia de la familia real y cantaron todas las estrellas de entonces, como Giuditta Pasta, Laure Cinti o Domenico Donzelli.

Tras sólo 4 puestas en escena, la obra dejó de representarse y Rossini decidió aprovechar parte de su música para una ópera en francés: “Le Comte Ory”, quedando en el olvido la partitura original de “Il Viaggio a Reims”.

En 1977 se encuentran y recomponen las diferentes partes del manuscrito y en 1984 se estrena en el Rossini Opera Festival de Pésaro, bajo la batuta de Claudio Abbado y la dirección escénica de Luca Ronconi.

Aquí podemos ver una grabación de aquel año en Pésaro, con Abbado dirigiendo a Araiza, Ricciarelli, Valentini-Terrani, Dara, Raimondi y Nucci en el precioso sexteto "Non paventa alcun periglio":


video de Olaig100

25 años después de aquel hito histórico, el Teatro alla Scala de Milán ha vuelto a programar la deslumbrante obra de Rossini, con la puesta en escena de Ronconi readaptada para la ocasión.

Respecto a lo visto y oído el día 19, lo primero que he de mencionar es lo que más me sorprendió: la espléndida acústica de la sala.
Los sonidos se expandían de forma homogénea, formando un cuerpo sonoro rico y lleno, que, a su vez, permitía apreciar todos los matices de las diferentes secciones orquestales y, sobre todo, donde la envoltura musical nunca obstaculizaba la recepción de la emisión vocal. La sala parece estar especialmente diseñada para la perfecta escucha de las voces y la inteligibilidad del texto y es realmente el “Palazzo della Coloratura”. O sea, como el Auditori de Les Arts, pero al revés.

El teatro se hallaba prácticamente lleno de un público, mayoritariamente entendido, que se mostró en todo momento respetuosísimo con el trabajo de los artistas. Algún tosedor irredento se coló, pero o las juanolas son de mejor calidad en Milán, o la gente es mucho más considerada.

La puesta en escena de Luca Ronconi presenta algunas diferencias respecto al montaje de 1984 y, aunque no llega al nivel de aquélla, mantiene su concepción fresca, imaginativa y divertida, con esa referencia al poder y manipulación de los medios de comunicación, representados por esos cámaras y paparazzi que surgen periódicamente en escena, y unas pantallas en las que se puede ver la acción paralela desarrollada en el exterior, en los alrededores del teatro, donde el cortejo real desfila junto a la Catedral, las tiendas de lujo de la Galería Vittorio Emanuele II (mientras los turistas japoneses, sorprendidos, hacen fotos) y finalizan a la carrera por la Piazza della Scala, entrando en el teatro, momento en que se apagan las pantallas y el cortejo hace su entrada por el pasillo de platea.

Lo mejor de la noche, la Orquesta della Scala, dirigida con seguridad y brío por Ottavio Dantone, en una lectura de la partitura rossiniana que me pareció ejemplar, llena de fuerza y sentido musical, y que extrajo toda la vivacidad y riqueza melódica de la composición del genio de Pésaro.

Reseña especial merece el flautista solista Davide Formisano, quien fue capaz de asombrar con una ejecución espectacular de gran virtuosismo mientras se movía por la escena con soltura.

El Coro, magnífico en todas sus intervenciones, rotundo y amalgamado, constituyó un instrumento perfecto más a las órdenes de Dantone, aunque su negro y largo vestuario desentonaba un tanto respecto al colorido general.

Entrañable fue el número de ballet de las marionetas de la Compañía de Carlo Colla e hijos, interpretado con una delicadeza y precisión tales que costaba creer que realmente se trataba de muñecos y no de personas.

En cuanto a los numerosos solistas vocales:

La gaditana Cristina Obregón estuvo muy aceptable como Corinna, luciendo una homogeneidad tímbrica rebosante de musicalidad. Sus agudos llegaban con facilidad y se movió en el terreno de las coloraturas de forma impecable, sin pirotecnias exhibicionistas, sabiendo matizar intensidades con sensibilidad.

La mezzosoprano navarra Maite Beaumont, en el rol de la Marquesa Melibea, exhibió una línea de canto exquisita y una gran naturalidad. Se adaptó perfectamente a la concepción escénica, haciendo gala de sus dotes interpretativas. Mostró suficiencia en las agilidades y limpieza y solidez en los agudos. Y su cálida voz, aún sin alcanzar los imponentes volúmenes de la Barcellona, llenó de elegancia, refinamiento y buen gusto el templo operístico milanés.

El menorquín Simón Orfila en el papel de Don Profondo empezó un tanto flojo, costándole proyectar la voz y pareciendo un poco desorientado en escena, pero fue yéndose poco a poco arriba y en su “Medaglie incomparabile” realizó una magnífica interpretación vocal y actoral, con impecable dicción, buen volumen, excelente control del fiato y una comicidad ajustada y contenida.

A continuación podemos ver a Orfila cantando el aria "Medaglie incomparabile" en una actuación al aire libre en Florencia en 2004:


video de emiliobcn50

La joven letona Marina Rebeka, como la Contessa di Folleville, obtuvo merecidamente los mayores aplausos de la velada. Su voz de soprano lírico-ligera se acoplaba perfectamente al personaje y mostró un volumen y contundencia inusuales en su cuerda. Rebeka hizo un auténtico alarde de técnica depurada en las coloraturas, y circuló por el registro agudo con gran brillantez y claridad, combinando todo ello con una soberbia actuación dramática muy desenvuelta sin caer en el histrionismo al que puede prestarse el personaje.

Aquí tenemos a Lella Cuberli en el mismo papel en Pésaro en 1984:


video de Onegin65

La Madama Cortese de Teresa Romano no estuvo mal, pero la potencia de su voz, que no era poca, se traducía generalmente en gritos y sonidos fijos poco musicales.

El presunto bajo italiano Roberto Tagliavini, como Lord Sydney, estuvo muy justito como actor, y en lo vocal presentó una voz profunda de resonancias muy atractivas y poderoso volumen, pero que tendía a sucumbir en el registro más grave. Un nuevo falso bajo.

El australiano-argentino José Carbò mostró una importante presencia escénica y riqueza gestual, y compuso el rol del alemán Barone di Trombonok con desparpajo y sentido de la comicidad, demostrando un importante dominio de las tablas. En lo vocal fue de menos a más, con una segunda parte muy destacada, superando las exigencias de su papel dignamente.

El barítono Simone del Savio como el Grande de España Don Álvaro, estuvo correcto, sin destacar especialmente, y mostrando alguna dificultad de proyección.

Michael Spyres fue un aceptable Cavaliere Belfiore. Comenzó encandilando con su voz fresca y amplia, con una zona central en la que presenta sus mejores credenciales, pero que fue denotando problemas de homogeneidad con unos agudos que se escuchaban forzados y algo engolados.

Sergey Romanovsky, en su papel del Conte di Libenskof, me sorprendió desagradablemente. Esperaba mucho en directo de este joven tenor ruso al que había visto en algún video mostrando unas cualidades realmente prometedoras. Su voz, de bello timbre, careció de la consistencia que esperaba y presentó serios problemas en los agudos a los que llegaba con fuerza pero convirtiéndose en chillidos abiertos y nasales con alguna desafinación, estando muy lejos de la brillantez que requiere el personaje. Quiero pensar que se trataba de un inconveniente problema temporal, porque nada tenía que ver con lo que yo le había escuchado anteriormente.

El balance general final, en cualquier caso, fue francamente positivo y el público aplaudió largamente a los jóvenes intérpretes, entre los que se veía a una Maite Beaumont muy emocionada.

A continuación, os traigo el dueto entre Melibea y Libenskof en la interpretación de Lucía Valentini Terrani y Chris Merritt en Pésaro en 1992:


video de philopera

Aunque para emociones la mía. Me costaba marcharme del teatro. Me quedé sentado en mi localidad mirando como se desalojaba poco a poco la sala (nada que ver con las prisas que suelen entrar en Les Arts, donde aún no ha bajado la batuta el director y ya están los reyes del culo inquieto yéndose de allí a la carrera). Después fui recorriendo los pasillos, fijándome en cada detalle, fotografiando compulsivamente en un imposible intento de atrapar aquellos instantes y llevarlos conmigo... y en eso que se acercó uno de los chicos de puertas, con enorme medallón al cuello, a preguntarme, muy amablemente, si tenía entrada o me había colado desde la calle aprovechando la apertura para la salida. Le enseñé mi entrada un tanto azorado, pensando en la imagen de Martínez Soria que debía estar dando para motivar esa pregunta.

El chico del medallón, a punto de pedirme los papeles.

Una fina lluvia nos esperaba a la salida, haciendo brillar los viejos adoquines de la capital lombarda y aumentando la magia del momento.

Para finalizar, nada mejor que el enloquecido y divertidísimo bis de una de las funciones de “Il Viaggio a Reims” de 1988 en Viena, con un elenco de figuras que quita el sentío: Caballé, Raimondi, Cuberli, Dara, Gasdia, Valentini-Terrani, Surjan, Merritt, Lopardo, Furlanetto, Chausson... dirigidos por Claudio Abbado y pasándoselo francamente bien... más o menos como yo en Milán.


video de gustavometz