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martes, 3 de diciembre de 2013

HASTA SIEMPRE, FERNANDO

Últimamente no tengo el tiempo que yo quisiera dedicar al blog y no me prodigo mucho por aquí, pero el caso es que si la última entrada que hice la dedicaba a una despedida (la del maestro Mehta, que finalizaba su temporada en Valencia), hoy vuelvo a escribir para dar otro adiós, aunque éste definitivo y mucho más triste. Y es que me ha causado una profunda conmoción enterarme hace unas horas de la lamentable noticia del fallecimiento del músico y periodista Fernando Argenta (1945-2013).

Desde hace tiempo estoy bastante desconectado también de los informativos y de toda su catarata de deprimentes y manipuladas informaciones, así que no tenía ni idea de que Fernando Argenta estuviese gravemente enfermo, con lo que el impacto ha sido mayor.
  
Además de las influencias familiares o el ambiente educativo en el que nos hayamos podido desenvolver cada uno, estoy seguro de que, igual que ocurre en mi caso, hay muchísimas personas que le deben una parte muy importante de su amor a la música clásica al trabajo que este hombre hizo junto a su equipo durante muchísimos años al frente del programa Clásicos Populares. Los pocos conocimientos que pueda tener yo hoy y mi ilusión por compartir con los demás a través de este blog mi pasión por la música, se lo tengo que agradecer en gran medida a Fernando Argenta.

Han sido innumerables las horas que, día tras día, mientras estudiaba, he pasado junto a esos objetos de anticuario llamados transistor o radiocasete, disfrutando de mi cita diaria con Clásicos Populares y grabando toneladas de cintas vírgenes, que sólo Wotan sabe dónde pararán hoy, con los fragmentos musicales que más me gustaban, acercándome a obras y compositores de los que no había oído hablar hasta entonces, pero que, gracias al buen hacer de Argenta, pasaban desde ese instante a tener un lugar importante en mi discoteca y a ser objeto de búsqueda e investigación para saber más sobre ellos.

Él fue quien me convirtió, por ejemplo, en un apasionado incondicional de Gustav Mahler, a quien hasta aquellos momentos yo consideraba poco menos que un plasta incomprensible con momentos cursis como el de Muerte en Venecia. Precisamente, gracias a un fragmento de la 4ª Sinfonía de Gustav Mahler, su tercer movimiento (Ruhevoll, poco Adagio), gané en una ocasión un concurso en el programa y me llegó a casa un vinilo de música de Gluck que todavía conservo como un tesoro.


video de Peter Calvache

Siempre me maravilló de Fernando su capacidad para transmitir el mensaje al radioyente de forma sencilla, comprensible y divertida, con lo que lograba que la información se te quedase grabada y tuvieses más interés por conocer y averiguar nuevas cosas. Me encantaba ver su programa televisivo El Conciertazo y fijarme en los rostros concentrados y emocionados de los niños y niñas a los que acercaba a la música clásica con una habilidad envidiable.

Otra de las cosas que siempre admiré de él fue el amor y la lealtad a la figura de su padre, el gran director cántabro Ataúlfo Argenta (1913-1958), una de las personalidades musicales españolas más relevantes del siglo pasado y al que, lamentablemente, como suele ser habitual en este país, se tiene demasiado en el olvido. Baste decir que este año se ha cumplido el centenario de su nacimiento y apenas se ha hablado de él en los medios especializados; o que hasta el fin de semana pasado no se decidió dar su nombre a una calle de Santander, hasta entonces rotulada con el simpático nombre de General Mola, un edificante personaje, sin duda.

Nunca tuve la suerte de conocer personalmente a Fernando Argenta, pero estoy convencido de que era tan buen tipo como parecía ser. Él también padeció en los últimos años la ignorancia, la injusticia y el maltrato, siendo apartado de RTVE junto con otro puñado de ilustres viejos y desapareciendo para siempre el programa Clásicos Populares, y lo peor que salió de su boca era que tenía “sentimientos contrapuestos”.

Espero que estos días se oiga mucho más sobre toda su trayectoria vital y profesional. Yo, simplemente, quería dedicarle un humilde, emocionado y sentido recuerdo agradecido.

Buen viaje, Fernando. Gracias por haberme dado tantos momentos de felicidad y haber consolidado mi amor por la música clásica que, estoy convencido, me ha ayudado a ser mejor persona. Te vamos a echar mucho de menos por aquí, pero tu recuerdo seguirá siendo un ejemplo para todos nosotros.

Eso sí, no quiero ni pensar la que vas a liar por ahí arriba en compañía del cura pelirrojo, el sordo genial o el viejo peluca… De este último, por ejemplo, siempre recordaré que contabas que cada vez que escuchabas el “Erbarme dich, mein Gott”, de La Pasión según San Mateo, no podías evitar que se te saltasen las lágrimas. Hoy has sido tú quien ha hecho que brotasen las mías. Hasta siempre, maestro.


video de thehappymonkey


jueves, 18 de octubre de 2012

LOS OJOS AZULES DE MI TESORO

“Mujer con ojos azules” – Amadeo Modigliani – 1918 – Museo Arte Moderno - Paris

"Die zwei blauen Augen von meinem Schatz" (Los ojos azules de mi tesoro) es la última de las cuatro canciones del ciclo Lieder eines fahrenden Gesellen” (Canciones de un camarada errante), del que ya he hablado en este blog en alguna otra ocasión, compuesto en 1884 por un joven Gustav Mahler que a la sazón contaba 24 añitos. La versión orquestal data de 1893 y el ciclo completo no se estrenaría hasta el 16 de marzo de 1896 en Berlín, donde se presentaría en su versión para orquesta, bajo la dirección del propio Mahler y con la voz del barítono holandés Anton Sistermans.

Königliches Theater - Kassel
La composición del ciclo coincide con la estancia de Mahler en la ciudad alemana de Kassel, donde ostentaba la dirección musical del Königliches Theater. El suceso que marcó con mayor fuerza su paso por Kassel y que está directamente vinculado al ciclo "Lieder eines fahrenden Gesellen" fue que se enamoró perdidamente de Johanna Richter, una soprano habitual del teatro de la ciudad. No se conoce muy bien hasta dónde llegó esta relación y si llegó a haber algo más que deseos contenidos y no especialmente correspondidos. Aparte de que en aquellos años una relación entre el director musical y la cantante de un pequeño teatro no habría pasado precisamente desapercibida para la siempre escandalizable sociedad alemana de la época.

En unas cartas dirigidas a su amigo Fritz Löhr, escritas en agosto de 1884 y enero de 1885, Mahler habla de sus sentimientos por una joven cuyo nombre no menciona, pero que nadie duda de que se trataba de Johanna Richter. Las canciones, escribía, “están dedicadas a ella... son como si un compañero errante, que ha tenido un infortunio, saliera a recorrer el mundo caminando”.

Mahler se opuso desde un principio a reconocer la autoría de los poemas que componen los textos de este ciclo de canciones, confesando tiempo después que la sencillez e inocencia de los versos surgidos de su apasionado amor le hacían sentir ridículo. La temática es típica del romanticismo, la figura del protagonista que, decepcionado por la cruel realidad, se lanza a vagar por los caminos, en comunión con la naturaleza, buscando un sentido a la existencia que no encontrará sino con la propia muerte.

Cuando Gustav Mahler escribe su revolucionaria Primera Sinfonía, “Titán”, obra que, como se sabe, nunca quiso llamar Sinfonía sino Poesía Sinfónica en dos partes (por respeto a Beethoven, decía), incorpora diversos fragmentos melódicos del ciclo "Lieder eines fahrenden Gesellen". Entre ellos, se pueden escuchar las notas de "Die zwei blauen Augen von meinem Schatz" en el tercer movimiento de la “Titán”. Quizás esta utilización del ciclo para formar parte de su obra sinfónica, el hecho de que se trate de canciones de juventud lejos todavía del Mahler más maduro, o que el propio compositor no fuese precisamente un ardiente defensor de estas piezas, ha originado que haya existido una cierta infravaloración de las mismas.

Si yo quería traer aquí hoy "Die zwei blauen Augen von meinem Schatz" es porque, aun reconociendo su aparente sencillez y que todavía se encuentra lejos de otras piezas liederisticas de más peso como los Rückert-Lieder o “La Canción de la Tierra”, reconozco que es uno de mis lieder favoritos de Gustav Mahler. Su melodía siempre me ha resultado emocionante y cautivadora, pues creo que transmite de forma espléndida la paz de espíritu que finalmente encuentra el protagonista. Además, ya se pueden atisbar en este lied muchos rasgos de su maestría compositiva en el género, que culminaría con “La Canción de la Tierra”, con cuyo último fragmento, Der Abschied”, guarda no pocas semejanzas.

Este lied es una marcha fúnebre que, no obstante, no acaba de mostrar este carácter sombrío ya que apenas se deja entrever envuelta en la agradable atmósfera que va creando la sosegada y dulce melodía. En el poema, el caminante finaliza su peregrinar al que le llevaron aquellos ojos azules que le enamoraron y encontrará la muerte bajo el árbol del tilo, al que se dirige con lentos y rítmicos pasos para olvidar el dolor de la vida.

Pero no estamos en este caso ante una muerte desesperada dominada por la tristeza y la frustración, sino llena de sosiego y resignación, encontrándose con “el amor y el dolor, y el mundo y el sueño”, todo lo cual nos es descrito perfectamente por la música, donde yo destacaría el emocionante sonido del arpa que surge tras un silencio de la orquesta, o ese lento apagarse, como la vida del protagonista, de las últimas notas de una música que transmite la paz eterna.

Este es uno de esos fragmentos en los que me parece un crimen imperdonable lanzarse a aplaudir nada más terminar la música. Creo que ese final merece unos segundos de reposo, de comunión con ese lamento resignado que hemos sentido como el nuestro propio a través de la música y el canto.

Os propongo en esta ocasión la escucha de tres versiones distintas. En primer lugar, tenemos una de las interpretaciones referenciales del ciclo, la protagonizada por el gran barítono alemán Dietrich Fischer-Dieskau, posiblemente el cantante que más grabaciones tenga en su haber de esta página mahleriana, acompañado en esta ocasión por la Orquesta Philharmonia dirigida por otro grande, Wilhelm Furtwängler, en 1952. Todo un ejemplo de dicción, expresividad y modulación:



Pese a que fue escrito para voz masculina, son muchas las mezzosopranos que han cantado el ciclo, como por ejemplo la genial Christa Ludwig, otro referente en el lied mahleriano. Sin embargo, yo quería traer hoy a la sueca Anne Sofie Von Otter, en esta grabación en la que está acompañada por John Eliot Gardiner al frente de la NDR-Sinfonieorchester, que, aunque ha sido cuestionada por algunos, a mí me parece una interpretación delicada y bellísima, al tiempo que derrocha expresividad y técnica vocal, sabiendo transmitirnos perfectamente ese resignado sosiego del protagonista:


  
Y finalizo con otro barítono alemán, esta vez Christian Gerhaher, todo un especialista en el género del lied y en Mahler y una de las voces baritonales más bellas que yo he escuchado en un teatro. Aquí podemos verle acompañado por la Gustav Mahler Jugendorchester, bajo la dirección de Herbert Blomstedt en un concierto de los londinenses PROMS de 2010:



Los ojos azules de mi tesoro
me han arrojado al ancho mundo.
¡Tuve que dejar
los lugares amados!
¡Oh, ojos azules! ¿Por qué tuvisteis que mirarme?
ahora tengo tristeza y pena eterna.

Partí en la noche tranquila
por la oscura pradera.
Nadie me dijo adiós.
¡Adiós! ¡El amor y el dolor son mi única compañía!

Ahí, junto al camino, hay un tilo.
¡Y ahí por fin encontré descanso en el sueño!
Bajo el tilo que nevaba
sus flores sobre mí.
¡Supe que  todo en la vida estaba bien otra vez!
¡Todo! ¡Todo, el amor y el dolor
y el mundo y el sueño!

miércoles, 21 de septiembre de 2011

"EL ÁRBOL DE LA VIDA". MUSICA PARA UNA OBRA MAESTRA


Siempre he considerado que la persistencia, durante los días siguientes a la proyección, de las sensaciones provocadas por la contemplación de las imágenes de una película que has visto por primera vez, es un fiel indicador del valor de la misma. Al menos del valor que para ti tiene.


Si parto de esa premisa, a la reciente ganadora de la Palma de Oro en el Festival de Cannes, “El Árbol de la Vida” (2011), dirigida por Terrence Malick, habré de considerarla como una de las mejores películas que he visto en los últimos años. O, al menos, una de las más memorables, en cuanto a persistentes en la memoria.

Este último trabajo del director estadounidense no está dejando indiferente a nadie y el público se divide claramente entre quienes opinan (opinamos) que nos encontramos ante una maravillosa obra maestra, y quienes la califican de soberano tostón o incluso directamente de desvergonzada tomadura de pelo.

No voy a ser yo quien defienda aquí la cinta de Malick. Reconozco que tiene muchos elementos que la hacen presa fácil de la crítica despiadada. ¿Es una película pretenciosa?, sin duda. Es larga, de ritmo moroso, desconcertante, narrada de forma poco convencional…

El cine de Malick probablemente no sea apto para todos los paladares, pero para poder disfrutar de él es imprescindible acercarse a la butaca de una forma distinta. Ir a ver una película suya puede ser lo más parecido a asistir a un recital de poesía visual de casi tres horas de duración, donde lo importante no es tanto lo que se cuenta, que también, sino cómo se cuenta. Al igual que ocurre cuando leemos un poema, es obvio que los mensajes que se quieren transmitir podrían surgir de manera más clara y concisa, pero probablemente no de forma más bella.

En esta película especialmente, el director norteamericano consigue hablarnos de la experiencia vital del ser humano y su comunión con la naturaleza, el universo y la trascendencia, en ocasiones quizás de forma demasiado abstracta y metafórica, pero con una belleza y una fuerza emocional difícilmente superables. Y lo consigue, además, no a base de apisonarnos con largos y complejos discursos, sino transmitiendo directamente sensaciones al espectador. Sensaciones que nos remiten sutilmente a nuestras propias experiencias de vida y nos hacen participar emocionalmente de esta inmensa obra maestra, a base de pura técnica cinematográfica esculpida con la paciencia y deleite que requiere la mutación del celuloide en poesía.

De cualquier forma no era mi intención entrar en un sesudo análisis de esta película en cuanto a sus valores puramente visuales o cinematográficos, sino que pretendía centrarme en un aspecto muy concreto, como es el de traer aquí algunos de los temas musicales incluidos en la misma, porque la música juega también un papel primordial a lo largo de todo el film. Contrariamente con lo que ocurre respecto a la escasez de diálogos, hay muy pocos momentos donde no se escuche la banda sonora.

Y es que una de las características del cine de Malick, melómano reconocido, como lo era también del de Stanley Kubrick, es el cuidado con el que emplea la música en sus trabajos y el acierto con el que suele elegir determinados fragmentos de música clásica que, a partir de entonces, suele ser difícil disociarlos de los fotogramas. Así ocurre con “Gassenhauer” de Carl Orff respecto de “Malas Tierras” (1973); con “El Acuario” de “El Carnaval de los Animales”, de Saint-Saëns, respecto de “Dias del Cielo” (1978); con “In Paradisum”, del “Réquiem” de Gabriel Fauré, respecto de “La Delgada Línea Roja” (1998); o con el inicio de “Das Rheingold”, de Richard Wagner, respecto a “El Nuevo Mundo” (2005).

La Banda Sonora original en esta ocasión corre a cargo del francés Alexandre Desplat, que ha compuesto una serie de temas de tono minimalista que se adaptan perfectamente a las poderosas imágenes de Malick, acompañándolas pero sin hacer perder el protagonismo a estas, y que se complementan a la perfección con los cortes clásicos incluidos por el director.

Son muchos, más de 30, y muy distintos, los fragmentos de música clásica que en algún momento suenan durante la proyección de “El Árbol de la Vida”, y quería proponer la escucha de algunos de ellos. Unos son tan conocidos como la Tocata y Fuga BWV 565 de J.S. Bach, la Sonata para piano KV 545 de Mozart, la Sinfonía nº 4 de Brahms, o este “Vltava” (El Moldava), el segundo de los seis poemas sinfónicos que componen “Ma Vlast” (Mi Patria) de Bedřich Smetana, y que podemos escuchar a continuación en la interpretación de la Filarmónica de Viena dirigida por Wilhelm Furtwängler:




También en diferentes momentos de la película se escucha el comienzo del primer movimiento de la Sinfonía nº 1 “Titán” de Gustav Mahler, cuyos primeros minutos os dejo en la interpretación, de nuevo, de la Filarmónica de Viena, esta vez bajo la batuta de Leonard Bernstein:


video de Tokkemon

Una de las secuencias finales del film transcurre al son de los acordes del impresionante “Agnus Dei”, de la “Grande Messe de Morts” del francés Héctor Berlioz, que podemos escuchar al Coro y Orquesta Sinfónica de Atlanta, dirigidos por Robert Shaw:


video de orincorr

Hacia 1930, Ottorino Respighi compuso la Suite III de sus “Arias y Danzas Antiguas”, transcribiendo libremente algunas piezas para laúd de los siglos XVI y XVII y convirtiéndolas en suite orquestal. La “Siciliana”, que también puede escucharse en “El Árbol de la Vida”, parece que se basó en una composición anónima:




Uno de los momentos más entrañables de la película, y al que pertenece la imagen que encabeza este post, es la secuencia en la que padre e hijo ensayan, al piano y guitarra respectivamente, esta pieza compuesta hacia 1717 por el francés François Couperin, originariamente para clavecín, y titulada “Las Barricadas Misteriosas”, que podemos escuchar en una versión para piano interpretada por Angela Hewitt:


video de oldedrum

En 1913, Gustav Holst, apenas un año antes de embarcarse en su gran obra “Los Planetas”, compuso este “Himno a Dionisos”, musicando un fragmento de “Las Bacantes” de Eurípides, traducido al inglés por Gilbert Murray. Esta pieza se caracteriza por sus continuos cambios de tempo que progresivamente van acercándose al desenfreno final, una vez que el dios Baco ha hecho acto de presencia. La versión que propongo es la del Royal College of Music Chamber Choir y la Royal Philharmonic Orchestra dirigidos por Sir David Willcocks:


video de 13Orcun

El compositor polaco Zbigniew Preisner, conocido sobre todo por sus trabajos para el cine (“Azul”, “El Jardín Secreto”, “La Doble Vida de Verónica”), estrenó en 1998 la obra “Réquiem para mi amigo”, dedicada póstumamente a la memoria del director de cine Krzysztof Kieslowski, a la cual pertenece este “Lacrimosa” que adquiere una importante presencia en la película de Malick y que podemos escuchar a continuación interpretado por la soprano Elzbieta Towarnicka, junto a la Sinfonia Varsovia y el Varsov Chamber Choir, dirigidos por Jacek Kaspszyk:


video de quickwear

Y, para ir acabando, os dejo otro de los momentos musicalmente más intensos de “El Árbol de la Vida”, se trata del segundo movimiento de la impactante Sinfonía nº 3 de Henryk Górecki, también conocida como “Sinfonía de las Lamentaciones”. Compuesta en 1976 para orquesta y soprano, en este segundo movimiento Górecki puso música a un texto escrito por una prisionera de 18 años en la pared de una celda de la Gestapo en Polonia y dirigido a su madre, en el que dice: “Mamá, no llores. Reina de los Cielos, protégeme siempre”.



sábado, 24 de octubre de 2009

NATHALIE STUTZMANN canta la 3ª Sinfonía de Mahler


Ayer, en el Palau de la Música de Valencia, la Orquesta de Valencia, dirigida por su titular Yaron Traub, interpretó la Tercera Sinfonía de Gustav Mahler, acompañados por la magnífica contralto francesa Nathalie Stutzmann, la Escolanía de Nuestra Señora de los Desamparados y la Coral Catedralicia de Valencia, dirigidas ambas por Luis Garrido.

Es de agradecer que una cantante como Stutzmann haya acudido a esta cita con el público valenciano para cantar apenas unos breves minutos de esta extraordinaria y magna composición de Mahler que, en sus últimos movimientos, contiene algunos de los momentos más impactantes de toda su obra.

La Orquesta de Valencia tocó con corrección, con unos solistas que tienen en esta Sinfonía claras posibilidades de lucimiento, y así lo hicieron, especialmente el concertino, la percusión, flauta, trompa (éste con un par de deslices) y trombón (excelente Rafael Tortajada), sin embargo la dirección de Yaron Traub resultó irregular, logrando algunos momentos notables, como el final del II movimiento y el crescendo final del VI, pero echando mano demasiado a menudo del piloto automático y confundiendo en ocasiones la brillantez y la emoción con la estridencia.

Hay que reconocerle a Traub su aportación a la partitura mahleriana incluyendo un nuevo instrumento a la obra: sus golpes de tacón sobre el podio. Tanta era la emoción del director que, en ocasiones, parecía que fuese a lanzarse con un zapateado, golpeando el suelo rítmicamente con un sonido que se unía a la orquesta y que convertía su mocasín en un instrumento de percusión más.

Tanto la Escolanía como, especialmente, la Coral Catedralicia compuesta para la ocasión por las voces femeninas, rindieron a un nivel excelente, mostrando unas voces compactas y homogéneas que proyectaban con suficiencia y empaste.

Nathalie Stutzmann estuvo francamente estupenda. Su inicio del IV movimiento supuso para mí el momento más emocionante de la noche. Ese comienzo en orquestación sostenida, con las cuerdas en pianissimo, y la profunda voz de Stutzmann, representando a la humanidad, elevándose en una llamada estremecedora: “Oh, Menscht!, Gib acht!” (Oh, hombre, ten cuidado), cantando un pasaje del “Also sprach Zarathustra” de Nietzsche, fue realmente conmovedor.

Durante su breve intervención en el IV y V movimientos, aportó tantos y variados matices como la orquesta parecía eludir, cantando con sensibilidad, profundidad y exquisitez. Su volumen no es muy amplio, pero fue suficiente para hacerse oír por encima de la animosidad de Traub en el V movimiento, incluso cuando Stutzmann se movió en las profundidades de ese registro grave timbrado y poderoso que lució la francesa.

Aquí podemos escuchar a Stutzmann cantando Mahler. En esta ocasión el segundo de sus "Kindertotenlieder", acompañada por la NDR Orchester, dirigida por el expresivo Maestro Eiji Oue:


video de Lepetitprince73

El último movimiento de la Sinfonía, el “Langsam-Ruhevoll-Empfunden”, es una de las joyas de la composición mahleriana, funcionando como movimiento lento y como compendio final de su obra, combinando el lirismo extremo de las cuerdas con la síntesis musical de todo lo escuchado hasta entonces, culminando en el clímax final de la Sinfonía, donde Mahler utiliza toda la orquesta salvo las arpas. Es realmente difícil que este pasaje no llegue a emocionar y hasta Traub lo consiguió, aunque yo creo que incluso hasta interpretado con un “Don Nicanor tocando el tambor” emocionaría.

Al final, el publico que llenaba completamente la sala, respondió entusiasta con cerrada ovación, salvo el típico grupito habitual del culo inquieto que, al último movimiento de batuta, saltan como un resorte y para cuando finalizan los aplausos ya están en casa con el pijama puesto.

Nos honró con su asistencia, que no con toda su atención, la Presidenta del Palau, Mayrén Beneyto, quien, supongo que tras revisar que la letra estaba en perfecto alemán y no catalán y que no había referencias a los vecinos del norte, pondría el oportuno nihil obstat, y pudo dedicarse a pensar con los ojitos cerrados hasta el aplauso despertador.

Aquí podéis leer la estupenda crónica de Maac de la representación del día siguiente.

Como colofón, os dejo con Leonard Bernstein dirigiendo a la Filarmónica de Viena, en el emocionante final del último movimiento de la Tercera Sinfonía de Gustav Mahler:


video de tokkemon

miércoles, 22 de julio de 2009

GUSTAV MAHLER. Canciones de un camarada errante


Gustav Mahler compuso su ciclo de cuatro canciones “Lieder eines fahrenden Gesellen” (Canciones de un camarada errante) entre 1884 y 1885, en la ciudad alemana de Kassel, donde, a los 24 años, había asumido la dirección musical del Königliches Theater. Allí parece ser que se enamoró perdidamente de una soprano local, Johanna Richter, quien fue su inspiración en la composición de este ciclo.

En unas cartas dirigidas a su amigo Fritz Löhr durante estos años, Mahler le habla de sus sentimientos por esta joven, aunque se abstiene de mencionarla por su nombre, y le cuenta que las canciones están dedicadas a ella, “son –decía- como si un compañero errante, que ha tenido un infortunio, saliera a recorrer el mundo caminando”.

Mahler no hizo público que él mismo había sido el autor de los textos, ya que, según confesó años más tarde, se sentía un tanto ridículo debido a la sencillez e inocencia de los poemas.

Los “Lieder eines fahrenden Gesellen” no se estrenaron hasta 1896, sin embargo muchas de sus melodías fueron utilizadas en su revolucionaria Sinfonía Nº1, “Titán”, a la que Mahler no quería llamar Sinfonía, se dice que por respeto a Beethoven, sino "Symphonische Dichtung in zwei Teilen" (Poema Sinfónico en dos partes), la cual fue estrenada el 20 de noviembre de 1889 en Budapest.

Hoy quería traer al blog dos de estas canciones, la segunda y la cuarta del ciclo, que son precisamente las que más aportaron musicalmente a su primera Sinfonía.

En primer lugar, podemos escuchar a Dietrich Fischer-Dieskau en 1968, acompañado al piano por Leonard Bernstein, interpretando magníficamente "Ging heut morgen übers Feld" (Esta mañana caminé por el campo) cuyas notas podremos encontrar en el primer movimiento de la Sinfonía nº 1:



"Ging heut morgen übers Feld" (Esta mañana caminé por el campo)

Esta mañana caminé por el campo
cuando el rocío cubría cada brizna de hierba.
El alegre pinzón me dijo:
"¡Eh! ¿No te parece? ¡Buenos días! ¿No te parece?
¡Tú! ¿No te parece bello el mundo?
¡Pío! ¡Pío! ¡Bello y brillante!
¡Cuánto me gusta el mundo!
"También, las campanillas en el campo,
alegremente y de buen humor,
tocaron con campanas ¡ding, dong!
su saludo matutino:
"¿No es bello el mundo?
¡Mundo bello! ¡Ding, dong! ¡Bello!
¡Cuánto me gusta el mundo!
"Y después, bajo la luz del sol,
el mundo de repente comenzó a brillar.
¡Los sonidos y el color revivieron
bajo la luz del sol!
¡Flores y pájaros, pequeños y grandes!
¡Buenos días! ¿No es bello el mundo?
¡Eh! ¿No creéis que es bello el mundo?
"¿Ahora también comenzará mi felicidad?
¡No, no la felicidad que yo quiero
jamás podrá florecer!


Y a continuación, la última canción del ciclo: "Diezwei blauen Augen von mein Schatz" (Los ojos azules de mi tesoro), que se reproducirá en el tercer movimiento de la “Titán”. La podemos escuchar en la versión que nos dejaron, en 1990, el barítono americano Thomas Hampson y la Wienner Philharmoniker dirigida, otra vez, por Leonard Bernstein:


video de alissoncfr

"Diezwei blauen Augen von mein Schatz" (Los ojos azules de mi tesoro)

Los ojos azules de mi tesoro
me han llevado a otro mundo más grande.
¡Tuve que dejar
este entrañable lugar!
¡Oh, ojos azules! ¿Por qué tuvisteis que mirarme?
Salí a caminar en la noche tranquila
en lo profundo del monte oscuro.
Nadie vino a despedirme.
¡Adiós! ¡El amor y la tristeza son mi única compañía!
Ahí, junto al camino, hay un tilo.
¡Y ahí por vez primera encontré el descanso en el sueño
!Bajo el tilo que nevaba
sus flores sobre mí.
¡No supe cómo la vida continuaba,
y todo estaba bien otra vez!
¡Todo! ¡Todo, el amor y la tristeza
y el mundo y el sueño!

viernes, 17 de julio de 2009

"PRODANÁ NEVESTA" (La Novia Vendida). Bedřich Smetana


Una de las propuestas más interesantes dentro de la programación prevista en Les Arts para la temporada 2009-2010, aparte por supuesto de “Les Troyens”, es la primera incursión del coliseo valenciano en el repertorio checo, de la mano de Bedřich Smetana (1824-1884) con su ópera más conocida: “Prodaná Nevesta” (La Novia Vendida).

"La Novia Vendida", estrenada en el Teatro Provisional de Praga el 30 de mayo de 1866, donde fue dirigida por el propio compositor, es la segunda ópera de Bedřich Smetana, tras “Braniboři v Čechách” (Los Brandemburgueses en Bohemia), la primera ópera escrita íntegramente en checo. Como en ésta, el libreto es de Karel Sabina, escritor y periodista checo que fue uno de los principales dirigentes del movimiento revolucionario de ese país en 1849. Sin embargo, mientras “Los Brandemburgueses en Bohemia” era una obra patriótica y seria, “La Novia Vendida” es una comedia ligera y optimista, ambientada en el campesinado checo, con una trama sencilla destinada al puro entretenimiento, reflejo de las esencias del folklore popular. De hecho, el propio Smetana reconoció que escribió esta ópera como reacción a aquellos que le acusaban de ser demasiado wagneriano y no ser capaz de escribir algo más ligero, y procuró que su música tuviese un carácter popular, que “sonase” a checo, dado que la trama reflejaba la vida del pueblo.

Durante los tres años que empleó Smetana en su composición, la obra, concebida inicialmente como una opereta, sufrió hasta cuatro revisiones y ampliaciones diferentes hasta adoptar su actual configuración.

Quizás sus fragmentos más conocidos sean las danzas y, sobre todo, su brillante y trepidante Obertura, que fue compuesta bastante tiempo antes que el resto de la obra y suele ser pieza habitual de conciertos sinfónicos. En ella no aparecen leitmotivs referidos a personajes o situaciones concretas que luego se repitan, sino que tan sólo se escucharán posteriormente referencias melódicas a este inicio en algunas intervenciones aisladas del Coro, pero, pese a ello, marca de forma inequívoca el espíritu de la obra y posiciona el estado de ánimo del espectador. De ahí que, en ese sentido, se la haya comparado con la Obertura de “Le Nozze di Figaro” de Mozart.

Seguidamente podemos escuchar la Obertura de “La Novia Vendida” en la interpretación de la Berliner Philharmoniker dirigida por Mariss Jansons:


video de MahaKrisna

La historia se desarrolla en un pueblo de Bohemia durante el siglo XIX. Narra, en tono jocoso, las peripecias de la ingenua y alegre campesina Marenka, quien sufre por haber sido prometida en matrimonio con Vasek, al que no conoce, el hijo medio estúpido y tartamudo de Micha, un hombre rico, mientras que ella ama a Jenik, un honesto y pobre joven aldeano. Jenik, es en realidad también hijo de un primer matrimonio de Micha, pero huyó de casa por desavenencias con su madrastra. Ante la propuesta del casamentero para que renuncie a Marenka, Jenik aparenta aceptar la situación a cambio de un pago de 300 florines, con la condición de que Marenka sólo pueda casarse con un hijo de Micha. Marenka se siente traicionada por su amado Jenik y sus amigos piensan que ella ha sido vendida, pero al final la verdad y el amor resplandecerán.

Los personajes están bien definidos dentro del espíritu desenfadado de la historia, adquiriendo una especial relevancia, además de la pareja protagonista, el casamentero Kezal y el bobalicón Vasek, auténticos conductores de la comicidad en la obra.

Desde su estreno, la obra se ha venido representando regularmente en la República Checa, donde siempre ha gozado de gran popularidad y sus habitantes la consideran parte esencial de su cultura nacional.

Es la única de las óperas de Smetana que ha traspasado sus fronteras de origen para formar parte del repertorio de los teatros internacionales. La primera vez que se representó fuera de su tierra natal fue en 1871, en el Teatro Mariinsky de San Petersburgo, no volviendo a exportarse hasta 1892, cuando llegó a Viena y comenzó realmente su reconocimiento por el público y críticos internacionales, aunque representándose en idioma alemán. En 1894 Gustav Mahler introdujo la obra en Alemania. Tras el nombramiento de Mahler como director de la Staatsoper de Viena, “La Novia Vendida” pasó a formar parte del repertorio habitual de la compañía. De nuevo sería Mahler quien la introduce con éxito en Estados Unidos, en 1909, al ser nombrado director del antiguo Metropolitan de Nueva York. Cuentan las cónicas que, el día del estreno, Mahler ordenó interpretar la Obertura entre los actos I y II para que pudiese ser escuchada por los rezagados. A España no llegaría hasta 1924, cuando se estrenó en el Liceu de Barcelona.

Seguidamente podemos escuchar a la eslovaca Lucia Popp interpretar el aria del acto III "Ten lásky sen" (mi sueño de amor), en la que canta lamentándose por la traición de su amado y pensando lo feliz que hubiese sido su vida junto a él:


video de Glenmed

Ahora se anuncia que llegará a Valencia en abril, en una producción de The Grand Theatre & Opera House de Leeds, con dirección escénica de Daniel Slater, de quien ya hemos visto en Valencia sus montajes de “Esponsales en el Monasterio” y “L’Arbore di Diana”, y musical de Tomáš Netopil. En principio nada bueno augura que se haya elegido para la presentación en Valencia de la ópera al director checo Tomáš Netopil (alias “sosopil”), especialista en aburrir auditorios. Esperemos que al ser una obra de su tierra le entre la vena patriótica, y la morriña le insufle un poco de espíritu a su dirección musical.

En cuanto a los intérpretes, los previstos para los principales papeles, hasta que Helga se saque a la Voulgaridou de la manga, son: la eslovena Sabina Cvilak como Marenka, el checo Aleš Briscein como Jenik, el veterano bajo ruso Vladímir Matorín como Kezal, y Vicenç Esteve como Vanek.

Acabo con el bonito dúo entre Jenik y MarenkaVerne Milovani”, de la escena II del acto I, en este caso interpretado por el tenor checo Peter Dvorský (ojito al peinado setentero) y la soprano eslovaca Gabriela Beňačková, mientras se dicen: “Nuestro amor no será destruido por ninguna presión. Hemos jurado y prometido que seremos fieles el uno para el otro”. Ahí es :


video de Scarpios