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jueves, 4 de noviembre de 2021

"DOÑA FRANCISQUITA" (Amadeo Vives) - Palau de les Arts - 03/11/21

Tras haber inaugurado Les Arts su temporada operística con una obra que no es una ópera, como fue ese peculiar Réquiem de Mozart convertido escénicamente por el ingenio de Romeo Castellucci en no se sabe muy bien qué; ayer se ofreció otro título del abono que, cáspita, resulta que tampoco es una ópera. En este caso se trata de la cuota anual zarzuelera, servida para la ocasión, eso sí, con una obra cumbre del repertorio como es Doña Francisquita, de Amadeo Vives, que en su vertiente musical tiene mucha más enjundia que la que tradicionalmente los prejuicios y la ignorancia pretenden atribuirle al género. Aunque, lo cierto es que, como luego veremos, también se ha ofrecido adaptada de forma no poco peculiar en su apartado escénico.

Este estreno tiene lugar poco menos de una semana después de que el Palau de les Arts haya anunciado oficialmente que, a partir del próximo día 11 de noviembre, recuperará el 100% del aforo en todos sus espectáculos. Bueno, realmente a partir del día 11 parece que no va a ser, porque hoy mismo aparece como aplazado, sin más explicación (Les Arts style), el recital previsto para ese día que iban a ofrecer Erwin Schrott y Leo Nucci. La noticia de recuperación del aforo es una alegría a priori, aunque quizás sea algo pronto como para cantar victoria y pensar que se vuelve a la normalidad, pues las cifras de la pandemia están comenzando a subir de nuevo y no es descartable que tengamos que chiquitear y volver algunos pasos hacia atrás dentro de poco. Espero que no, no quisiera ser gafe, y obviamente no es mi deseo, pero mucho dependerá del comportamiento y la concienciación de cada uno de nosotros, sabiendo que no debemos bajar la guardia todavía ni medio milímetro.

En cualquier caso, en el estreno de ayer todavía estaba el aforo reducido por imperativo de las medidas adoptadas por el teatro, más el voluntario que se produjo por una asistencia de público lejos de lo que podría ser un estreno operístico de cierto relieve, la próxima Butterfly por ejemplo. La zarzuela tiene su público, pero está claro que, al menos en València, no tiene el tirón de las óperas de repertorio, ni necesariamente sus aficionados coinciden con el abonado operístico. He venido diciendo en anteriores ocasiones, y lo mantengo, que me parece muy bien la existencia de la cuota anual de zarzuela en Les Arts; aunque, igual que pienso respecto a los conciertos, lied o ballet, opino que sería mejor que los abonos operísticos fueran eso, únicamente operísticos, y se creasen diferentes abonos para el resto de géneros, incrementando incluso el número de este tipo de espectáculos. Pero bueno, da igual. Está ya más que visto que por mucho que lo diga nada va a cambiar, así viene siendo año tras año y da igual quien esté al frente de Les Arts, que el relleno no deseado del abono se sigue produciendo.

Hay que reconocer que la programación diseñada este año por Jesús Iglesias Noriega y su equipo ha empezado pisando fuerte en el apartado escénico, sin miedo a que se pueda considerar una provocación para el espectador más tradicional (y el no tan tradicional). Se abrió el ejercicio el 30 de septiembre con el ya mencionado Réquiem jotero de Castellucci; se siguió el pasado día 30 de octubre con un schubertiano Winterreise encomendado a una voz femenina, Joyce DiDonato (que resultó espléndido, por cierto); y ahora se ofrece esta Doña Francisquita en la adaptación escénica concebida por Lluís Pasqual, que en su estreno en el Teatro de la Zarzuela, fue objeto de encendidas críticas y sonoras protestas. Y este año no ha acabado aún. Todavía quedan unos Cuentos de Hoffmann en la versión del alemán Johannes Erath que casi seguro generará también cierta polémica; un Ariodante tampoco nada tradicional, con dirección de escena de Richard Jones; o el Wozzeck de Andreas Kriegenburg, en una producción de la Bayerische Staatsoper que, como suele ser habitual en la casa de ópera bávara, no tiene en el comedimiento y el clasicismo sus principales virtudes. Aunque bien es verdad que quizás el Wozzeck no tenga ya de entrada tanta presencia de ese público más tradicional que igual teme más la música de Berg que la posible transgresión escénica con que lo adornen.

La polémica suscitada por esta propuesta de Lluís Pasqual, no surge tanto por el hecho de que se haya trasladado la acción de cada acto a una época histórica distinta, como porque se ha decidido suprimir todos los diálogos hablados, que constituyen una de las características principales de este género y son los encargados, con mayor o menor fortuna, de hacer avanzar dramáticamente la trama. En su lugar, se ha optado por incluir en escena a un actor, Gonzalo de Castro, que se encargará, mediante unos textos obviamente inventados para la ocasión (¡¡¡y con amplificación!!!), de justificar por qué no se incluyen los diálogos hablados e intentar explicar al espectador cómo va evolucionando el argumento original de la obra. Pero la cosa no acaba ahí. También los cantantes que interpretan a los personajes de la zarzuela tendrán líneas de diálogo nuevas y hasta al director de orquesta le hacen dialogar con el actor en un momento del tercer acto, creándose con todo ello una nueva trama que va mucho más allá de intentar centrar al espectador en el argumento de la zarzuela, y cobra vida propia, dando origen a una presunta comedia paralela de tercera fila que deja los guiones de Mariano Ozores cercanos al Nobel de literatura.

Absolutamente incomprensible todo e injustificado, desde mi humilde punto de vista. Porque ya no es que se hayan suprimido las partes habladas para dejar sólo los fragmentos musicales, como yo creía que ocurriría, sino que los diálogos creados por Federico Romero y Guillermo Fernández Shaw para el libreto, libremente inspirado a su vez en La discreta enamorada de Lope de Vega, son eliminados para ser sustituidos por otros que no vienen a cuento, supongo que escritos por Lluís Pasqual ya que nada se dice en el programa de mano sobre su autoría, intuyo que para evitar ser acusado judicialmente por crímenes de lesa humanidad. Ya no se trata sólo con esas líneas de diálogo nuevas de zurcir e intentar imbuir de algo de sentido a una versión deconstruida y remendada de una pieza clave de la zarzuela, sino que se acaba creando una cosa nueva, un Frankenstein con la música de la zarzuela como excusa, pero que, igual que dije respecto al Réquiem de Castellucci, no creo que deba venderse con su título original.

Os aseguro que acudí al teatro con la mejor de las voluntades y, aunque sabía que se habían suprimido los diálogos hablados, no me importaba mucho si el resto tenía un cierto sentido y se resaltaba lo musical. Pero nada de eso ha ocurrido y sólo puedo expresar mi crítica, como también he hecho en otras ocasiones en las que también se decidió unilateralmente desde la dirección de escena la mutilación gratuita de una obra, o su relleno con partes no escritas originalmente, para adaptarse a la particular creación escénica del director de turno, en lugar de ser esta la que se plegase al material existente tal y como fue concebido. ¿Quién no recuerda con espanto aquellas frases añadidas a la perriflauta mágica de Graham Vick? Y esto no es una cuestión de mayor o menor conservadurismo ante posibles innovaciones escénicas, las cuales incluso agradezco, sino que a partir de un cierto punto de distorsión ya no creo que estemos ante una visión diferente de una obra, sino ante una grave falta de respeto hacia el creador, ya se llame este Mozart o Amadeo Vives.

Además, ¿qué se pretende con esa eliminación de los diálogos hablados? Si se trata de abreviar la duración, se ha fracasado estrepitosamente, porque con los diálogos nuevos, cambios de escenario y actuaciones estelares de las que luego hablaré, la función se alarga igual o más que hubiera hecho una producción fiel al original. Parece que el señor Pasqual ha declarado que se trata de revitalizar el género y eliminar textos que han envejecido mal; pues mire usted, más vale texto envejecido por el paso del tiempo pero con una cierta calidad literaria, que estos nuevos diálogos casposos que ya han nacido viejos y no aportan nada ni literaria ni dramáticamente. Y para colmo, se decide incluir amplificación en un teatro de ópera, en este caso para el actor Gonzalo de Castro, algo injustificable lo pilles por donde lo pilles. Un actor teatral en escena ha de saber declamar, es la base de su profesión, y si no es así búscate a otro.

El primer acto se ambienta durante la Segunda República española, en un estudio de grabación donde una compañía lírica va a grabar la zarzuela Doña Francisquita. Gonzalo de Castro le cuenta entonces por teléfono a un ministro de la República que se van a suprimir las partes habladas para poder vender mejor el disco en el extranjero. Y ahí se desarrolla todo este infausto primer acto de la obra, como si fuera una versión en concierto, con un estatismo total del elenco y, por supuesto sin los diálogos originales y con más morcillas que en Embutidos Casa Toribio de Xirivella. El segundo acto se trasladará a un plató televisivo de los años 60 donde el actor encarnará esta vez al realizador de una emisión en directo de la zarzuela para toda España, recibiendo la llamada de un ministro franquista que le pide que suprima los diálogos para que el programa acabe pronto y pueda irse a dormir. Y en el último acto la acción se ubicará en la actualidad, en un teatro donde Gonzalo de Castro será ahora director de escena en el ensayo general de una versión innovadora de Doña Francisquita que parece que no se va a poder representar por problemas con los herederos.

Independientemente de la posible polémica sobre la defensa de los valores o características primigenias del género por la supresión de las partes habladas, pienso que además la propuesta cojea en otro aspecto esencial, como es que al suprimirse esos diálogos y perderse cualquier nexo de unión entre la acción dramática de cada uno de los tres actos, la trama original queda completamente desdibujada, resultando la mayoría de las veces incomprensible para el espectador que no se conozca esta zarzuela de memoria. Y las frases que se han incluido para intentar ir explicando esa trama y centrar al espectador, creo que tampoco logran este propósito, quedando el público aún más despistado cuando los nuevos diálogos van creando tramas paralelas que no convergen ni tampoco tienen una unidad a lo largo de los tres actos, los cuales quedan convertidos en unidades dramáticamente independientes con situaciones cómicas sin gracia y números musicales sueltos, dejando un regusto a una especie de Noche de fiesta de José Luis Moreno, pero sin Pepa, Avelino ni desfiles en calzoncillos (bueno, esto último porque no estaba Castellucci para despelotar al coro).

El primer acto concebido por Pasqual es un mojón de proporciones intergalácticas. Como ya he dicho, resulta sumamente estático y poco se diferencia de lo que hubiera sido una versión en concierto, la cual casi se hubiera agradecido. Se producen así además algunas situaciones carentes de sentido y huérfanas de cualquier consistencia dramática, como el pasacalle de los estudiantes o la canción de la juventud. Pero el colmo es que ni siquiera el director de escena es capaz de mantener la coherencia de su propia creación majadera. Y es que, tras un inicio de acto donde se pretende representar que se está grabando un disco y todos guardan silencio y apenas se mueven, después, en la escena de la confitería, hay una semiescenificación y hasta una tarta de atrezo, y en el número final del carnaval aparecerán los miembros del coro caracterizados de chulapas/os mientras unas colgaduras de luces de colores descienden por el fondo… Todo con menos sentido que una película de David Lynch doblada al silbo gomero.

En el segundo acto, al tratarse de una grabación de televisión en directo, la cosa mejora notablemente en el apartado de movimiento escénico y sentido teatral, aunque la eliminación de las partes habladas originales y los nuevos diálogos sigan causando cierto sonrojo y desconcierto. Y también en el aspecto visual se logran momentos muy interesantes, como ese congelado durante el baile final del segundo acto, desplazándose las parejas mientras permanecen estáticas. En el último acto, esta mejora escénica y visual seguirá progresando, constituyendo posiblemente el más atractivo del potaje pasqualero. El escenario se muestra prácticamente vacío, a excepción de una pantalla de fondo donde se proyectarán unas atractivas imágenes en blanco y negro de la primera película de la productora Ibérica Films, creada por dos judíos alemanes exiliados en Barcelona, David Oliver y Kurt Flatau. Esta primera película era precisamente Doña Francisquita, estrenada en 1934, y su director fue el también judío alemán Hans Behrendt. En este tercer acto hubo a mi juicio dos instantes muy destacados visualmente: el coro de románticos y la repetición del Fandango mientras una cámara cenital mostraba en la pantalla de fondo la coreografía grabada desde lo alto.

Y es que el punto fuerte de esta propuesta es el apartado visual, con un muy llamativo vestuario de Alejandro Andújar, una correcta iluminación de Pascal Mérat que procuraba suplir en la descripción ambiental de las sucesivas escenas la casi completa carencia de escenografía y texto hablado, y, especialmente, las coreografías de Nuria Castejón, y eso que ya sabéis que a mí lo de la danza me motiva tanto como chupar un polo de cianuro, pero en este caso aportó una vivacidad, colorido y frescura que se agradeció.

La sorpresa de la noche llegaría en ese tercer acto, cuando se anuncia la actuación de una estrella invitada durante el ensayo del Fandango y tendremos en escena nada menos que a la legendaria Lucero Tena que, a sus 83 primaveras, volvió a lucir su maestría con las castañuelas y su sentido del ritmo, en lo que quizás constituya la más relevante aportación de esta producción. Aunque también he de decir que esta aparición estelar le dota al conjunto de aún más sabor a Noche de fiesta.

Creo que las intenciones de Lluís Pasqual pueden ser buenas, pero el producto final, aunque tenga instantes interesantes en lo visual o escénico, resulta claramente fallido, al haberse desvirtuado completamente el producto original que se vende, una Doña Francisquita que no es tal, y al no conseguir enhebrarse un discurso alternativo coherente; además de haberse perjudicado a lo musical con una concepción de escenario profundo y abierto que dificultaba la proyección de las voces.

De la dirección musical se ha encargado Jordi Bernàcer que vuelve un año más al foso de Les Arts. La pasada temporada firmó un notable programa doble con Cavalleria Rusticana y Pagliacci, y en lides zarzueleras también ha sabido mostrarse eficaz, como en aquella recordada Luisa Fernanda donde cantaba aquel señor cuyo nombre en Les Arts parece no querer pronunciarse, como si del mismísimo Voldemort se tratara, y que sigue siendo, pese a quien pese, uno de los principales nombres que ha dado la historia universal de la ópera, cuyo recuerdo parecen querer borrar los actuales gestores del teatro a golpe de cincel ideológico en un acto de talibanismo cultural selectivo sin precedentes.

El director alcoyano volvió a firmar una labor de dirección sólida y solvente al frente de la Orquestra de la Comunitat Valenciana, enriquecida en esta ocasión con miembros de la Rondalla Orquesta de Plectro El Micalet. Hizo gala Bernàcer de una batuta viva, en estilo y con intención expresiva, prestando una atención primordial a la escena y voces, con especial cuidado a los números concertantes e intervenciones del coro, y esforzándose por encontrar un adecuado equilibrio entre orquesta y cantantes que no logró siempre, quizás por la influencia también de algunas causas externas, como ese foso ampliado en anchura para mantener las distancias de seguridad pandémicas entre músicos, la errada concepción de un escenario excesivamente abierto sin escenografía o pantallas acústicas que recogieran las voces hacia la platea, el enmascaramiento del coro o la escasa presencia de algunas voces. Todo ello provocó puntuales desajustes en ese deseado equilibrio acústico entre foso y escenario, aunque eso no empañó un más que meritorio resultado final. Momentos en los que se lució la orquesta especialmente resultaron los dos dúos del segundo acto (espectacular cuerda y vientos), el acompañamiento a la romanza del tenor y al coro de románticos, los metales en el Fandango y, sobre todo, un magnífico inicio del tercer acto rebosante de matices, colores e inteligencia en el uso de las dinámicas.

Tras el enorme derroche de calidad exhibido por el Cor de la Generalitat en el pasado Réquiem, anoche volvió a mostrar una vez más su mejor cara, pese a asumir menos exigencias escénicas que en la disparatada yincana de Castellucci. Estuvieron excelentes toda la noche, y a ello no obstó el que sigan cantando con mascarilla o su desacertada ubicación en el escenario en muchos momentos. Eso no quita para que esas circunstancias restasen brillantez a ciertos instantes, pero quedó más que compensado con algunas intervenciones para el recuerdo, como el pasacalle de los estudiantes, el Canto alegre de la juventud, o un excelso coro de románticos que hizo justicia a ese precioso fragmento surgido del genio de Amadeo Vives. Varios de los miembros del Cor de la Generalitat asumieron además papeles menores, en lo que creo que es un acierto del teatro, en lugar de recurrir a cantantes externos. Pese a algún pequeño accidente vocal al inicio de la función, el rendimiento de todos ellos fue intachable, con algún momento muy destacado como el divertido trío de dependientes, la intervención de los tres cofrades, con un José Enrique Requena espléndido, y el Sereno de Ignacio Giner que fue todo un lujazo.

El rol protagonista de Francisquita ha recaído en Ruth Iniesta, quien se está convirtiendo en una habitual del teatro en esta etapa Iglesias. El papel de Francisquita tiene más miga de lo que parece y más allá de su momento principal de exhibición con las notas picadas de la canción del ruiseñor, tiene algunas otras intervenciones dramáticas que requieren una voz con más peso. La soprano zaragozana, pese a algunos graves forzados y algún agudo de sonido un tanto ingrato, solventó el reto con éxito, gracias sobre todo a un canto expresivo que sabía poner los acentos dramáticos donde tocaba, a la vez que lucía una impecable musicalidad y desparpajo escénico e interpretativo, dentro de las cortapisas impuestas por la regia.

Lo mejor de la noche en mi opinión, con diferencia, vino servido por Ismael Jordi que fue un fantástico Fernando. El tenor jerezano no tiene un instrumento que enamore en un primer y esporádico contacto, pues aunque presenta un atractivo timbre lírico-ligero, la voz se muestra algo delgada y justa de volumen y squillo; pero todo queda en un segundo plano ante el inigualable sentido dramático que desarrolla en el uso y regulación de esa voz, exhibiendo un canto canónico, pleno de naturalidad, elegancia y buen gusto que eleva a las más altas cotas la emoción en cada una de sus intervenciones, gracias a una inagotable gama de matices y recursos expresivos, sin recurrir nunca a un excesivo amaneramiento o al fácil efectismo, sabiendo dotar siempre a cada frase de la precisa intensidad emocional con una impecable utilización de las medias voces y con un fraseo ligado y depuradísimo. Espléndido estuvo en su intervención del primer acto en el Gozad de la primavera o en el dúo con Francisquita del segundo acto, o en el quinteto… pero sería con su memorable interpretación de la archifamosa romanza Por el humo se sabe, con la que definitivamente puso al teatro patas arriba. Yo reconozco mi debilidad por este cantante que ya me conquistó la primera vez que le escuché, precisamente en este teatro hace ya nada menos que trece años, en Iphigénie en Tauride de Gluck, en la que, por cierto, sería la primera crónica en este blog de una función de Les Arts y donde también cantaba Lord Voldemort.   

El papel de Aurora corrió a cargo de Ana Ibarra. La cantante valenciana ha dejado atrás un inicio de carrera como soprano para asentarse definitivamente como mezzo y eso se nota en sus incursiones por las zonas más graves donde la voz se nota más incómoda con algunos sonidos abiertos y cambios de color. No obstante se compensa con una zona central carnosa, con cuerpo y de interesante riqueza tímbrica. Estuvo solvente en el Bolero, aunque, como en el resto de la velada, no destacó especialmente en su faceta expresiva, donde tanto vocal como dramáticamente parecía quedarse siempre un poco a medio gas.

Cumplidor el Cardona del tenor barcelonés Albert Casals que presentó una voz de timbre interesante, especialmente en terrenos más altos, pero a la que le falta dotar de una mayor depuración estilística y empaque expresivo. Además, las zonas central y grave resultaron áfonas, quedando irrelevante en números concertantes. Empezó bastante flojo y luego sí despuntó un poco tanto en su intervención al inicio del Canto alegre de la juventud, como en el Bolero.

También cumplidores estuvieron tanto el Don Matías del veterano Miguel Sola, mostrando unas tablas y un dominio de la escena envidiables, como el Lorenzo de Isaac Galán, muy relevante en su faceta expresiva.

Si bien se anunció a María José Suárez para el rol de doña Francisca, parece que algún problema físico de la asturiana ha llevado a que sea sustituida a última hora, de momento para las dos primeras funciones, por Amparo Navarro, una cantante que tuvo una presencia regular en las primeras temporadas de este teatro, brillando siempre a un muy buen nivel, pero que llevaba ya bastante tiempo sin pisar el escenario del jardín del Turia. Ayer la valenciana volvió a dejar constancia de su buen hacer interpretativo, pese a que en el aspecto vocal, especialmente en los números de conjunto resultaba poco audible. De hecho, el quinteto del segundo acto acabó pareciendo un dúo donde las únicas voces claramente distinguibles eran las de Ismael Jordi y Ruth Iniesta.

El actor Gonzalo de Castro cumplió con su cometido con desenvoltura y vis cómica, pero, como comentaba antes, no se entiende que hiciera uso de una molesta amplificación.

El público asistente ayer a la velada zarzuelera no ha sido precisamente de los más cálidos durante la función, posiblemente abrumado ante la pantomima pasqualera. De hecho, tras el descanso que tuvo lugar nada más finalizar el lamentable primer acto, hubo no pocas deserciones. Una pena porque se perdieron lo mejor. Tardaron bastante en brotar los aplausos, siendo los instantes más ovacionados la romanza Por el humo se sabe y el coro de románticos. Mención aparte merece la inmensa y merecida ovación brindada a Lucero Tena, tanto al salir a escena, como al finalizar su intervención con el público puesto en pie. Al acabar la función, Ismael Jordi, coro y orquesta recibieron los mayores aplausos. Curiosamente el único abucheo escuchado se lo llevó Gonzalo de Castro, algo que sinceramente no comprendo, supongo que sería por el tema de la amplificación, pero aún menos entendí que después de ese abucheo, la salida de los responsables escénicos fuera recibida sin protesta alguna.

Finalizo ya, que hoy se me ha vuelto a ir la pinza en la extensión de mi crónica. Es lo que tiene escribir poco, que cuando lo pillo lo agarro con ganas… Pero como dije que diría algo al respecto, quiero dejar constancia que lo que en mi anterior crónica apuntaba como rumor, definitivamente se ha confirmado. La Fundación Palau de les Arts, cuyo Patronato preside Pablo Font de Mora, ha solicitado que el Pleno del Consell apruebe una excepción salarial para que el recién nombrado director general de Les Arts, Jorge Culla Bayarri, amigo íntimo de aquél y con quien también comparte cargo en el consejo rector de la Asociación Amics de l’Òpera i de les Arts, pueda cobrar 90.000 euros anuales, esto es, 30.000 euros más que todos sus antecesores en el cargo. Mientras tanto, para reforzar orquesta, contratar directores musicales relevantes o mejorar condiciones de los trabajadores, las limitaciones económicas siguen siendo escollos insalvables. En fin, cada uno pone sus preferencias donde considera oportuno. 

lunes, 24 de mayo de 2021

"CAVALLERIA RUSTICANA" (P. Mascagni) y "PAGLIACCI" (R. Leoncavallo) - Palau de les Arts - 23/05/21


Los aficionados a la ópera que hemos tenido la fortuna de disfrutar de la programación del Palau de les Arts desde su inauguración, tenemos en la memoria veladas absolutamente irrepetibles. Obviamente cada uno tendrá sus preferencias. Yo, por ejemplo, no dejaría de incluir Salomé, Otello o dos Britten para chuparse los dedos como fueron El sueño de una noche de verano y Peter Grimes; y, por supuesto, añadiría otros títulos sobre los que seguro que habría una mayor coincidencia, como los dos ciclos de El Anillo de 2009, el primer Fidelio, Parsifal o la Cavalleria Rusticana de Maazel en 2010.

Bueno, sobre este último título quizás no haya tanta unanimidad, ya que es verdad que en su momento concitó unas pocas críticas feroces por los tiempos lentísimos que impuso la mágica batuta del Maestro y que convirtió la Cavalleria de Mascagni en la de Lorin Maazel; pero logrando, y creo que esto admite poca discusión, unos niveles de genialidad orquestal y belleza musical como pocas veces se han dado en este teatro.

Toda esta introducción viene a cuento de que ayer en Les Arts tuvo lugar el estreno del último espectáculo operístico previsto esta temporada, con ese clásico programa doble formado por Cavalleria Rusticana de Mascagni y Pagliacci de Leoncavallo. En aquellas míticas funciones de 2010, Cavalleria le puso los cuernos al payacho e hizo un afortunado intercambio de parejas con La vida breve de Falla, en lo que creo que fue un acierto programador de la siempre avispada Helga, más allá de que yo le tenga un poquito de tirria a Pagliacci que es una ópera que, aunque le reconozco un par o tres de instantes magníficos, me aburre soberanamente.

El recuerdo imborrable que guardamos los aficionados de Les Arts de esas sublimes noches maazelianas complica un poco más, querámoslo o no, la sensación de satisfacción respecto a la producción de Cavalleria estrenada ayer. Sé que posiblemente no sea justo, pero es inevitable. El chip mental es difícil de controlar. Puedes llegar a la conclusión de que te ha gustado o disgustado, pero será complicado que las sensaciones positivas superen aquella actuación referencial que guardas en el recuerdo y que, como tal recuerdo intangible que es, también tiendes a mitificar.

Bueno, pues todo este rollo era para empezar diciendo que la representación programada ayer de Cavalleria Rusticana partía ya con este hándicap importante, y ya adelanto que, aunque se obtuvieron unos resultados satisfactorios, se estuvo lejos de los niveles de excelencia orquestal obtenidos en 2010. Pero a partir de aquí procuraré eliminar ya cualquier comparación con el trabajo del nunca bastante añorado Lorin Maazel y me limitaré a realizar mi análisis, siempre subjetivo y muy personal, de lo visto y escuchado en la sala principal de Les Arts.

La producción presentada de Cavalleria Rusticana, procedente del Teatro Real,  es la misma que pudo verse en 2010, contando con la dirección de escena de Giancarlo del Monaco, escenografía de Johannes Leiacker, vestuario de Birgit Wentsch y la iluminación de Wolfgang von Zoubek. El mismo equipo firma la regia de estos Pagliacci que ya acompañaron a la Cavalleria en su estreno madrileño y que ayer se presentaban por vez primera en el coliseo del Turia.

El paso de estos once años no ha sido suficiente para que, con mis limitadas entendederas, haya conseguido alcanzar a descubrir qué demonios pretendía contarnos Del Monaco situando toda la acción de Cavalleria en una especie de cantera de mármol blanco, con el escenario en pendiente y a  diferentes niveles, más propio para un rebaño de cabras montesas que para cantantes, y con Santuzza presente en escena toda la obra a lo Elektra. Parece ser que algo se dijo acerca de que se buscaba una aproximación a la tragedia griega… En mi humilde opinión, lo único trágico es que se haya perdido tiempo y dinero en esto. Algún amigo me comentaba que la puesta en escena sí le sugería el espíritu o la atmósfera de los pueblos del sur de Italia. Yo reconozco que sigo sin pillarle el punto.

Ya dije entonces que la propuesta me parecía una solemne estupidez, con una “escenografía fea y absurda, sin que la dirección de actores contribuya a dotar de sentido a semejante idiotez, que alcanza la culminación cuando se presenta una procesión de Domingo de Resurrección con un Cristo con la cruz a cuestas, propio de Viernes Santo”. Y no puedo dejar de ratificarme en lo dicho.

La procesión de flagelantes junto al Cristo con la cruz en Pascua, sigue siendo tan fea como anacrónica;  las penitentes escalando de rodillas los bloques de mármol con un vestuario propio de militantes del Frente Popular de Judea de La vida de Brian, patéticas; el Cristo levantando la cruz desde la huevera cual concejal la Senyera el 9 d’octubre, ridículo; que el duelo y muerte de Turiddu tenga lugar a la vista del público, carece de sentido dramático y anula el efecto final de su anuncio… Y toda esa aparente falta de sentido del conjunto hace que el concepto general quede desdibujado y, lo que es peor, lo hace además con un envoltorio pretencioso.

Quizás, por mencionar algo positivo, podría reseñar el atractivo visual del contraste entre la escenografía blanca y el negro vestuario, pero finalmente acaba por cansar tanta monotonía cromática, especialmente si no se le encuentra sentido ni fundamento alguno, y ese cansancio acaba por llevar aparejada también la pérdida de la intensidad dramática.

Curiosamente, todo lo fallida y sin sentido que me parece la concepción de Giancarlo del Monaco para Cavalleria Rusticana, se troca en Pagliacci en una dirección de escena vistosa, ajustada al drama y con sentido teatral. Ello no quita para que también haya pinceladas de absurdismo, como la imagen de Anita Ekberg en La Dolce Vita felliniana adornando el fondo del escenario. Puestos a citar a Fellini quizás hubiera sido mucho más apropiada La Strada, pero bueno, después del recalentamiento craneal que sufrió Del Monaco en el desierto marmóreo de Cavalleria, se le disculpa.

La acción parece desarrollarse en los suburbios de una ciudad italiana alrededor de los años 50 del pasado siglo, con el carromato de la compañía convertido en un camión. Más allá de la pura estética, indudablemente más atractiva la de estos Pagliacci pese al horrendo disfraz de De León como hermano Tonetti listo, funciona mucho mejor también la vertiente dramática y todo el movimiento de actores y diseño teatral de esta propuesta, resolviéndose con acierto la trama de teatro dentro del teatro y dibujándose hábilmente en escena los contrastes entre la torturada vida personal de los personajes y su faceta de comediantes.

Al objeto de dar una mayor coherencia y unidad al programa doble, Del Monaco opta por trasladar el prólogo de Pagliacci justo al inicio de la velada, esto es, antes del comienzo de Cavalleria Rusticana. Después del descanso, al inicio de Pagliacci sin Prólogo, aparecerá un tractor en escena arrastrando el bloque de mármol con el cadáver de Turiddu, haciendo así más potente la idea de unidad entre las obras y de teatro dentro del teatro. Parece que cuando se estrenaron estas producciones, el personaje de Tonio aparecía en el Prólogo cantando por la platea, pero esta vez, debido a las prevenciones exigidas por el funesto COVID-19, se ha optado, con buen criterio, por trasladar a la boca del escenario este comienzo.

También quiero pensar que han sido las medidas preventivas anti COVID las que han motivado que el coro no se encuentre en el escenario en ninguna de las dos óperas, sino en los palcos laterales del primer y segundo piso, mientras en escena son suplantados por una treintena de figurantes, por cierto bastante estáticos y con bastante poca inventiva en cuanto a sus movimientos en Cavalleria. La decisión parece que ha sido sobrevenida, ya que conozco a quien tenía entradas adquiridas en esas zonas y les han desahuciado sin derecho a réplica. Si, como digo, la motivación es sanitaria y preventiva, nada que criticar, se asume y más vale esto que cancelaciones; pero no acabo de entender que planten a 30 personas en escena, aunque no canten, en lugar de sacar al coro o a parte del mismo, cuando en anteriores producciones sí han actuado en escena enmascarados sin problema.

El papelón de situarse en el foso al frente de la Orquestra de la Comunitat Valenciana, sabiendo que los tocapelotas de turno vamos a sacar a relucir el recuerdo de Lorin Maazel, recayó en quien precisamente fuese su director asistente, Jordi Bernàcer. La labor del director alcoyano ha sido bastante correcta, mostrando una batuta enérgica, con sentido musical, unos tiempos mucho más ajustados a la partitura y una hábil capacidad concertadora en los números de conjunto e intervenciones del coro, pese a la peculiar ubicación de éste. No en vano Bernàcer fue también director asistente del Cor de la Generalitat. Demostró también un buen equilibrio orquestal y estuvo siempre atento a cuanto ocurría sobre el escenario. Me volvió a dar la impresión de que los paneles separadores de protección en la zona de los vientos, provoca un sonido más mate de la orquesta, especialmente de las maderas. Brilló más el foso en los pasajes más arrebatados de intensidad orquestal que en aquellos más líricos y recogidos, donde quizás se echó en falta una mayor variedad cromática y dinámica. Lo cierto es que incluso la intensidad en algunos momentos fue excesiva, con un volumen arrollador que apisonaba las voces, como ocurrió de forma singular en la escena final de Pagliacci. En ambos Intermedios, aunque no hubiese magia y se echasen de menos los infinitos matices de aquel cuyo nombre no debe ser mencionado, la orquesta, con esas cuerdas magistrales, supo mostrar su valía, consiguiendo que la belleza musical contenida en los pentagramas encendiera un punto de emoción en la platea. Entre la orquesta quisiera destacar las intervenciones solistas de arpa, flautas, trompetas y trompas, y, por supuesto, la vibrante y aterciopelada cuerda, con unos magníficos violines y violas, estremecedores contrabajos y, especialmente, con unos chelos sobresalientes.

El Cor de la Generalitat dispone en este programa doble de una buena ocasión para exhibir facultades y, como era de esperar, no desaprovechó la oportunidad de volver a impactar al auditorio con unas prestaciones vocales muy difícilmente superables, a pesar del enmascaramiento de sus integrantes y de su discutible ubicación en los palcos laterales del primer y segundo piso. Este emplazamiento provoca, de entrada, que según sea la posición de la localidad de cada espectador respecto al coro, el efecto del sonido percibido ha sido distinto. Me consta por haberlo comentado con diversos amigos que se encontraban ayer en diferentes zonas. También se apreciaron desequilibrios y desajustes de empaste pero creo que no motivados por deficiencias en el grupo, sino debidos a ese diverso emplazamiento de los grupos de cantantes en la sala respecto a las orejas de cada espectador. Por vez primera en la historia de este teatro, el coro llegó a tapar la escucha de la orquesta y a los solistas, debido a su colocación. Además, nos quedamos privados de disfrutar de una de las facetas más destacadas de este coro, como es la combinación de su calidad vocal con su sabiduría escénica e implicación dramática. En la parte positiva, se evitó que tuvieran que cantar en Pagliacci de espaldas al director; y, sobre todo, fue impagable la sensación de sentirse envuelto por el sonido de sus voces ya desde su primera intervención en Cavalleria con Gli aranci olezzano, generando un impacto emocional enorme. Estuvieron magníficos toda la noche con momentos como la entrada de Alfio en Cavalleria, el Eh...! Son qua! o la escena final de Pagliacci…, y solamente por escuchar el sutil, emotivo y brillantísimo Innegiamo que ofrecieron, merece la pena pagar el precio de la entrada.

El tenor Jorge de León asume el complicado reto de encarnar los muy exigentes papeles de Turiddu y Canio. Ya hizo doblete en 2010, aunque en aquella ocasión como el Paco de La vida breve, un rol mucho menos expuesto vocal y emocionalmente que el de Canio. El cantante tinerfeño regresa así a Les Arts seis años después de la Turandot de la despedida de Mehta. En esta casa fue un habitual desde 2010, el año que saltó a la fama definitivamente, habiendo intervenido, si no recuerdo mal, hasta en siete óperas o zarzuelas. Sigue siendo poseedor de un instrumento grande, poderoso y potente, en el que la zona grave ha ganado enjundia y el centro se muestra algo más inestable, con más oscilaciones que hace unos años; pero en cuanto cruza el pasaje y se adentra en la zona alta, la voz refulge imperial, trompetera, con luminosidad y mordiente. Me gustó menos en No, Pagliaccio non son que en un Vesti la giubba con el que cosechó la ovación más larga de la noche, de esas que a algún veterano barítono italiano le hubiera dado pie a dos o tres bises. También estuvo pletórico en toda la escena final payasa, aunque su inmenso caudal vocal quedase sepultado por el aún mayor tsunami orquestal. Toda la noche hizo gala de una entrega vocal imponente, sin eludir riesgos ni recurrir a fáciles trucos. Un canto entregado y pleno. Es cierto que con algún despiste en la afinación y falta de refinamiento, pero el repertorio tampoco requiere precisamente mucha finura. Se derrochó temperamento, autenticidad y raza de tenor de los de antes y a mí eso me compensó todo lo demás.

También ha hecho doblete como el Alfio de Cavalleria y el Tonio de Pagliacci, el joven bajo barítono georgiano Misha Kiria a quien ya pudimos ver en Les Arts el año pasado como el Don Profondo de Il viaggio a Reims, la última ópera sin mascarilla hasta ahora. Pese a su juventud llama la atención la presencia de una voz bien colocada y asentada naturalmente en el registro, con un bello timbre lírico de tonalidades claras, que quizás no parece lo más apropiado para estos dos papeles más propios de barítonos dramáticos, pero con graves suficientemente sonoros y subidas al agudo sin pasar excesivas penurias. En el Prólogo payaso, recitado con intención, eludió las dos peliagudas subidas al agudo que son habituales, aunque no estén escritas, lo cual personalmente agradezco. En el aspecto interpretativo mostró también muy buenas maneras, estando muy entregado y encarnando con credibilidad y sentido teatral a los dos personajes.

La italiana Sonia Ganassi volvía a este teatro, tras el funesto Don Giovanni de Jonathan Miller, con el siempre incómodo y exigente personaje de la Santuzza de Cavalleria Rusticana. Si algo no puede negársele a la veterana cantante italiana es su desenvoltura escénica y su talento dramático para compensar, mediante su implicación interpretativa e intencionalidad expresiva, las limitaciones vocales de un instrumento que presenta un notable desgaste y apunta a la senilidad, con acusados y feos cambios de color entre registros. En el centro sigue mostrando destellos de firmeza, pero en las zonas más bajas tiende a perder consistencia y sonoridad, y en las altas se hace evidente la incomodidad de la tesitura, pero para mí todas estas limitaciones quedaron en un segundo plano ante el derroche de expresividad y el alud de emociones que hacía brotar en cada una de sus frases, dotadas siempre de intención y variedad de matices. Su resultado final de conjunto me dejó una sensación muy positiva, gracias a unas facultades interpretativas que se impusieron con creces a todo lo demás.

María Luisa Corbacho repitió en el papel de Mamma Lucia que ya asumiera en 2010. Sigue ostentando una voz grande de timbre grave y contundente que acompaña con una gran expresividad en sus siempre emocionantes intervenciones.   La mezzosoprano norteamericana Amber Fasquelle, alumna del Centre de Perfeccionament (ese que ya no lleva el nombre de un cantante que venía todos los años a Valencia y fue muy famoso, pero que ahora parece que no haya existido nunca), cumplió también con corrección como Lola, mostrando una bonita voz en una interpretación que hubiera sido deseable aliñar con un punto mayor de picardía y naturalidad en escena.

En Pagliacci, el papel de Nedda fue encarnado por Ruth Iniesta que regresaba a Valencia tras haber sido la Madama Cortese del pre pandémico Il viaggio a Reims de 2020. Su voz es fresca y su canto generoso, y, pese a moverse en terrenos de soprano lírico ligera, se muestra suficientemente potente y se proyecta y corre con facilidad por la sala, salvo cuando se topaba con la ola descontrolada de volumen del foso. Me sigue resultando su timbre algo ingrato, pero eso no quita valor a una interpretación muy meritoria. En ella recayó la misión de castigarme con el aria esa de los pajaritos (Qual fiamma avea nel guardo) que tan gorda me cae, pero, más allá de mis manías, solventó la papeleta adecuadamente. Destacó sobre todo en la faceta escénica, mostrando madurez y desenvoltura, y contribuyendo de forma capital a la explosión de emociones de la gran escena final.

El personaje de Silvio, el amante de Nedda, corrió a cargo de otro viejo conocido de Les Arts, el barítono italiano Mattia Olivieri, que fue alumno del Centre y que está desarrollando una fructífera carrera internacional. Estaba previsto que hubiera sido el Ford del Falstaff de este año, pero el aplazamiento de las representaciones por el positivo de COVID, no permitió su presencia en las fechas definitivas. Sigue destacando Olivieri por su implicación actoral y desenvoltura en escena y parece haber controlado un poco su tendencia al histrionismo y a pasarse un pelo de rosca. En lo vocal, aunque su línea de canto no sea especialmente depurada y sufriese alguna pérdida de afinación, funcionó bastante bien en su dúo con Nedda.

Muy cumplidor también en el rol de Peppe estuvo el alumno del Centre de Perfeccionament, Joel Williams, aunque se echasen en falta más matices y delicadeza en ese momentazo que tiene con la Canzone di Arlecchino.

Hubo ayer serios problemas y retrasos para el acceso a Les Arts, debido a que a algún genio se le había ocurrido hacer coincidir en horario el inicio del estreno operístico en la sala principal con el de un concierto de Antonio Orozco en el mal llamado Auditori. Parece de chiste que con la cantidad de días que el teatro se encuentra sin actividad haya que forzar estas situaciones.

Pese a lo desapacible del día lluvioso y el horario de siesta de las funciones dominicales, la sala principal de Les Arts presentaba ayer un aspecto muy ilusionante, con la mejor entrada del año. A ello contribuyó sin duda la popularidad de los dos títulos presentados y el aumento de aforo derivado de la favorable evolución de la pandemia. La ovación final fue de las más estridentes y emocionadas de los últimos tiempos, sin duda merecida, pero también hubo el efecto clac que tuvo la presencia en los palcos de los muy aplaudidores miembros del Cor de la Generalitat, quienes, junto a De León fueron los receptores de los mayores reconocimientos. Venía yo intrigado durante varias crónicas por la ausencia de miembros responsables de la dirección escénica en los saludos finales, y hete aquí que ayer se rompió la racha con la salida de Giancarlo del Monaco, siendo reconocido su trabajo también con cálidos aplausos.

No quiero finalizar esta crónica sin hacer una breve referencia a una de las noticias de la semana, al haber publicado el diario Levante que la Orquestra de la Comunitat Valenciana había elegido o avalado la elección del norteamericano James Gaffigan como su nuevo director titular. Eso no es exactamente así. Sí parece que la propuesta presentada por Jesús Iglesias ha recibido el apoyo de una mayoría de la orquesta o de su Comité, aunque también me consta que cuenta con el rechazo de una parte importante de sus miembros. Ya dije en mi crónica de Falstaff que, si este rumor que circulaba se confirmaba, para mí sería una gran decepción. Y lo vuelvo a repetir. No cuestiono la valía de futuro que pueda tener Gaffigan, ni tampoco pretendo que venga gente que no se pueda pagar. Simplemente esperaba que Iglesias cumpliese lo que ha venido diciendo desde que asumió la dirección artística de Les Arts: que tuviésemos paciencia porque el proceso sería lento, pero que traería a una figura de primera fila y que nos iba a sorprender. Eso lo dijo un día conmigo delante. Bueno, pues sorprender sí que me sorprendería, la verdad. Y lo de primera fila yo pensaba que era otra cosa, pero igual se refería a la fila de la cola de la charcutería del Consum de Nueva York… dicho sea con todo el respeto del mundo. Insisto en que no pretendo menospreciar la valía de Gaffigan. A mí no me gustó su Réquiem Alemán, pero igual dentro de unos años es el director de moda, lo ignoro. Sólo digo que, hoy por hoy, no respondería al perfil de director que Iglesias aseguró que iba a conseguir. Pero bueno, esperaremos acontecimientos. Mientras tanto, id a ver este programa doble que cierra la temporada valenciana. 

martes, 3 de diciembre de 2019

"NABUCCO" (Giuseppe Verdi) - Palau de les Arts - 02/12/19


Gran expectación popular, lleno hasta la bandera, desaforada atención mediática, incluso con cámaras de televisión en la entrada a Les Arts preguntando a los espectadores si iban a apoyar a Plácido… la estrella era Plácido y todo parecía centrado en él. La vida es así de injusta a veces.

Injusta por muchos motivos. El primero porque, más allá de la categoría reconocida como el artista irrepetible de la historia de la ópera que es y será siempre Plácido Domingo, su situación vocal actual no justifica por sí misma ese interés por escucharle. Injusto es también que se lleve vendiendo todos estos días en prensa que es sólo la figura de Plácido la que ha hecho que se agoten todas las localidades de la totalidad de funciones de este Nabucco estrenado ayer, cuando la popular ópera verdiana digo yo que también habrá tenido algo que ver, y cuando había otros elementos objetivamente mucho más atractivos para el público que podrían y deberían haber influido en el éxito de la convocatoria, como la presencia en el reparto de la grandísima Anna Pirozzi o el contar todavía en nuestro teatro con uno de los mejores coros del panorama internacional, el Cor de la Generalitat, en una obra en la que el coro es precisamente su espina dorsal y su principal sustento dramático. E injusto es, finalmente, para el propio Plácido Domingo, que, a estas alturas de su incuestionable carrera, sea el morbo creado por las acusaciones de acoso que le han llevado a apartarse de la actividad en los teatros estadounidenses, el que protagonice los titulares y el que haya convertido de algún modo su presencia actual en Les Arts en una especie de plebiscito para demostrar que el público hispano no es como el norteamericano y va a acudir a aplaudirle y apoyarle, cante como cante, y donde sólo habría faltado que nos vistieran a los espectadores de flamencos como en Bienvenido Mr. Marshall.

Desde luego no seré yo quien abra aquí el melón de ponernos a teorizar y discutir sobre los presuntos acosos acaecidos, o no, muchos años atrás, pero para que no quepan dudas sobre mi postura quiero que quede claro que no me parece justificada la caza de brujas (o sátiros) desatada contra el artista; y que siempre he considerado que una cosa es la vertiente personal de cada uno de nosotros y otra la profesional. Cualquier tipo de abuso o acoso es condenable y lo rechazo de plano, así que si alguien ha cometido algún hecho reprobable penalmente y queda demostrado, que lo pague en los tribunales, se llame como se llame; pero no que se condene a un cantante preventivamente con su apartamiento de la escena por hechos no probados sucedidos en los tiempos del pantalón campana y juzgados, sin opción a defenderse, en las redes sociales con los criterios del politicorrectismo imperante en este nefasto siglo XXI. Pira mediática encendida y a pulverizar una carrera profesional inigualable.

Realmente la escena quizás la debería abandonar Domingo por otros motivos, como es el que sus condiciones vocales actuales y su condición física sigue yendo a peor y se corre el riesgo de que se acabe por deteriorar el recuerdo y la figura de uno de los mejores artistas de la historia; pero no por lo que hasta ahora se ha conocido de los famosos acosos. Especialmente cuando la vara de medir es tan diferente dependiendo de la conducta de que se trate o de la profesión a la que se dediquen algunos. Ahí tenemos sin ir más lejos a unos señores llamados Messi o Cristiano, delincuentes sentenciados, y a quien nadie ha pedido que dejen de jugar en sus respectivos equipos por malhechores. Pero bueno, ya he dicho que no es mi intención debatir sobre este tema, en absoluto, y además tengo muchas cosas que quiero comentar del estreno de anoche.


La producción estrenada ayer de la Washington National Opera, en coproducción con The Minnesota Opera y Opera Philadelphia, cuenta con la dirección de escena y escenografía del estadounidense Thaddeus Strassberger y el vestuario de Mattie Ullrich, quienes fueron ya los responsables de otra producción verdiana que pudo verse en Les Arts en 2013, I due Foscari, también con el protagonismo de Plácido Domingo, aunque poco tienen que ver ambas producciones, salvo quizás algunos rasgos del vestuario. Si algo caracteriza a primera vista esta propuesta es, sin duda alguna, su tradicionalidad, vistosidad y la majestuosidad de cartón piedra en la ambientación de unas espectaculares Jerusalén y Babilonia, propias del álbum de cromos Vida y Color, con sus jardines colgantes, sus leones de la puerta de Ishtar, su barbudo Nabucodonosor… procurando que todo se ubique allí donde dice el libreto, con una escenografía consistente en su mayor parte en grandes telones pintados a la antigua, de esos que cuando pasaba el coro al lado de las columnas del templo de Salomón estas se movían ondulantes. Todo más clásico que un rollo de papel higiénico del Elefante. Una señora detrás de mí comentó entusiasmada que ya era hora de que trajesen a Les Arts puestas en escena como Dios manda. Lo que no me acabó de aclarar es si lo mandaba Jehová o Baal.

Debe reseñarse el llamativo vestuario de Mattie Ullrich, con colores vivos y luminosos para los babilonios y tonalidades blancas o crudas para el pueblo judío; así como también la iluminación de Mark McCullough que jugará un importante papel en una producción que puede gustar o no gustar, enseguida me voy a pronunciar sobre ello, pero a la que si algo no se le puede negar es que viene sustentada en un trabajo escenográfico con un impacto visual muy relevante.

Strassberger no se ha limitado a dejarnos la escenificación clásica sin más, y su innovación consistirá en una duplicación de la acción, con la colocación a la izquierda del escenario de unos palcos de teatro, con espectadores vestidos de época (siglo XIX) asistiendo a la misma función que nosotros, de tal modo que nos encontraremos con una función de ópera dentro de la ópera. Los personajes que asisten a la función y otros figurantes llevarán a cabo su propia trama con una acción dramática paralela durante la obertura, en los entreactos y en algún otro momento que ahora comentaré.

Parece ser que lo que se ha pretendido es escenificar lo que podría haber sido el estreno de Nabucco en 1842 en el Teatro Alla Scala, y digo bien, lo que podría haber sido, no lo que fue. Los personajes de los palcos representarían a la nobleza austriaca, también veremos a miembros del ejército austriaco vigilando al público y  lo que ocurre en escena, y -OJO SPOILER- al final de la noche, acabada la representación operística y cuando están finalizando los saludos de los cantantes (con lo cual a no pocos espectadores, de esos que salen en desbandada nada más escuchar el chimpún final por si se les enfría el hervido, les pilló ya en la calle), se producirá una interacción entre cantantes y figurantes: La Pirozzi cogerá del suelo los ramos que les habían lanzado a los cantantes durante los saludos desde los falsos palcos, y los arrojará desafiante contra ellos, en un gesto simbólico contra el invasor austriaco, entonces una voz desde el coro inicia una repetición a cappella del Va pensiero a la que acabará uniéndose todo el coro, los solistas y la orquesta, mientras el coro irá componiendo una bandera italiana con una especie de telones verdes blancos y rojos y unos figurantes junto a los cantantes sujetarán dos banderas italianas pequeñas con el lema Viva Verdi, grito que se lanzará también desde el escenario.

Doy fe de que mucha gente no se enteró de la película, pese a que tampoco es que hiciese falta tener una vasta cultura operística o histórica para entender de qué iba la cosa, porque a la salida escuché no pocas veces lo bonito que había sido que hiciesen un bis del Va pensiero, cosa que incluso ha llegado a salir en algún medio de prensa. Otros comentaban que no entendían por qué había gente vestida de diferentes épocas, pero… ¡qué bonito había sido todo! Incluso hubo quien lo que decía no acabar de comprender era por qué sacaban una bandera de Irlanda (sic), pero… ¡qué bonito!

Pues eso. Todo muy bonito, muy clásico y por lo escuchado ayer en diversos corrillos sé que hoy posiblemente yo vaya a ir a contracorriente, pero, vamos, personalmente, a mí no me acabó de convencer. Reconozco su fuerza visual; su clasicismo, que no tiene por qué ser negativo, en este caso con un guiño que puede resultar entrañable a la manera de hacer teatro a la antigua; e incluso puedo admitir cierta originalidad en la propuesta, enmarcando la obra original en el contexto histórico de la situación política en la fecha del estreno y trasladando a escena la repercusión política que tendría posteriormente la obra de Verdi, con ese episodio final de ficción haciendo protagonista al Va pensiero. Pero más allá de esa idea que puede tener cierta gracia, hay que recordar, como tantas otras veces, que aquí lo principal es la función operística y es en este punto donde yo, como tiquismiquis diplomado, encuentro bastantes cosas negativas.

Para empezar, el empeño en meter tramas dramáticas paralelas durante la obertura y los interludios orquestales, hace que el espectador se distraiga de la música y que esta pierda todo su sentido de introducir y ambientar lo que vendrá después, pasando a ser una mera música de fondo de una acción no escrita en el libreto. Algo parecido ocurrirá con la sobrecarga de acción dramática en el escenario, muchas veces sin sentido; ejemplo paradigmático de ello lo tenemos en el aria de Abigaille, Anch’io dischiuso un giorno, donde, en vez de dejarnos concentrarnos en ese intenso instante musical y dramático, tenemos que aguantar mientras como un puñado de sacerdotes se ponen a moverse por allí haciendo tontás, como si hicieran taichí, movimientos que durante la subsiguiente cabaletta se convertirán en giros similares a una danza de derviches… ¿derviches babilónicos?...

Pese a la aparente sencillez de una escenografía con telones móviles, se produjeron también importantes parones entre actos que, unidos a la trama paralela, cortaban bastante el discurrir dramático. Tampoco se apreció un trabajo especial de movimiento de actores. O, lo peor de toda la noche, el celebérrimo Va pensiero aquí se escenificará de forma que parece que lo estemos contemplando entre bambalinas, a través de un telón semitransparente bajado, con figurantes representando a cantantes o bailarines esperando para salir a escena y a diverso personal de La Scala realizando todo tipo de menesteres por delante del coro, que sale de espaldas a nosotros (aunque afortunadamente se giraron para cantar), pero consiguiendo con todo ello que uno de los instantes más emocionantes de la historia de la ópera perdiese toda su fuerza dramática y cualquier tipo del intimismo pretendido por Verdi. Y puestos ya a adulterar el original, tampoco entendí por qué en lugar de acabar la ópera con la muerte de Abigaille, lo hace con el coro Immenso Jeovha que la antecede.

Todas esas cosas, más allá que sean más o menos importantes para cada uno, a mí me dejaron la impresión de que al director norteamericano le importaba bastante poco la ópera y sólo la habría utilizado como vehículo de lucimiento personal. En lugar de haberse trabajado una propuesta escénica que transmita alguna nueva lectura o innovador concepto que pudiera encontrarse a partir del libreto original, Strassberger se limita a dejar que la ópera se desarrolle de la forma más clásica posible en una parte del escenario, mientras sus innovaciones más que aportar nuevas ideas lo que hacen es introducir historias paralelas de modo tal que además se acaba por perjudicar la música y las voces. O al menos esa es la sensación con la que yo me quedé, por mucho que luego con la sorpresa final del Va pensiero repetido se pretenda ir de guay y epatar al espectador ofreciéndole de nuevo el fragmento más popular de la ópera.

Ocupaba de nuevo el foso de Les Arts el alcoyano Jordi Bernàcer, quien se reencontraba así con la Orquestra de la Comunitat Valenciana y el Cor de la Generalitat, tras haber sido director asistente de ambas agrupaciones y haber dirigido ya en anteriores ocasiones funciones de la temporada regular de ópera en Valencia, como en Simon Boccanegra o Luisa Fernanda. Llevó a cabo ayer Bernàcer un trabajo de batuta bastante serio, con una gran capacidad concertadora, demostrando conocimiento de la partitura y del espíritu verdiano, dirigiendo con brío y énfasis, a veces pecando de exceso de volumen y estridencia y con unos tempi a veces algo lentos. Yo eché de menos una mayor gama de contrastes, aunque hubo instantes de gran intensidad como la preghiera. Creo que en líneas generales cumplió más que adecuadamente y tuvo además el mérito de saber seguir a Domingo cuando este marcaba sus particulares ritmos. Entre los miembros de la Orquestra de la Comunitat Valenciana, creo que merece destacarse el bellísimo sonido del violonchelo y en general de la cuerda grave toda la noche, especialmente en la bellísima  preghiera de Zaccaria que se marcaron, con destacadas intervenciones también durante la velada de trompeta, percusión, flauta y maderas.

El verdadero protagonista de la velada fue el Cor de la Generalitat, luciéndose como el excepcional grupo vocal que sigue siendo, ante una obra de gran exigencia y en la que el coro lleva el peso de la función, y ello a pesar de que posiblemente sigan sin contar con los refuerzos óptimos que precisaría una obra de esta envergadura coral. También demostraron saberse imponer a las mamarrachadas escénicas, desde el cantar disfrazados tapados completamente con túnicas amarillas y una especie de tiesto en la cabeza, como si fuesen los caraconos en una fiesta de Halloween, o ese Va pensiero extraordinariamente cantado (qué maravilla de nota final sostenida), pero en el que era imposible concentrarse por el trajín ideado en escena por delante. Estuvieron espléndidos toda la velada comenzando ya con un tremendo Gli arredi festivi, siguiendo con el brutal Maledetto dal Signor que se marcó el coro masculino, me maravillaron en S'appressan gl'istanti y pusieron el broche de oro con una escena final para chuparse los dedos. Que lujazo sigue siendo este coro.

Como decía al comienzo, la estrella era Plácido Domingo que acudía a su cita anual prenavideña con Les Arts. El público ya llegó decidido a bravearle incondicionalmente y así lo hizo. ¿Eso quiere decir que lo bordase?, pues, en mi humilde opinión, no. Como no podía ser menos, el madrileño hace su personal Nabucco que no suena a barítono, suena a Domingo cantando Nabucco. Y poco se puede añadir a lo que ya he escrito con motivo de sus últimas visitas, salvo que su voz se presenta cada vez más deteriorada y su movilidad más reducida. Sigue existiendo una zona central que en momentos mágicos aparece sonora y sana, pero las sonoridades leñosas son cada vez más frecuentes. El fiato también es cada vez más corto y la respiración muestra fatiga. Es verdad que sabe construir las frases como nadie, pero se ve obligado a acortarlas y modificarlas por limitaciones físicas más que normales en un cantante que está rondando (por arriba o abajo) los 80.

Reconozco que fue a más conforme avanzaba la representación y, tras una primera parte en la que me resultó bastante decepcionante y me hacía padecer, en la segunda mitad se vino arriba, completando un intenso dúo con Abigaille y enhebrando un Dio di Giuda maravilloso, profundo, sentido, con un fraseo de maestro y encima, no ya arrodillado como marca el libreto, sino tumbado directamente boca abajo. Y es que donde Domingo no tiene prácticamente rival es en su instinto dramático, en su enorme expresividad, en la intensidad de sus recitativos, en su capacidad como actor cantante y en su conocimiento de lo que es el canto verdiano. Pocos habrá como él que sepan expresar con tal convicción dramática la evolución del rey babilónico, desde el tirano invasor, al demente que se cree un dios y al converso arrepentido. La humanidad y crueldad del personaje son dibujadas por Domingo con ese talento operístico irrepetible que sigue haciendo que, pese a todas las faltas que se pueden y deben poner a su interpretación vocal, yo siga saliendo del teatro con sensaciones encontradas.

El barítono, este sí de verdad, Amartuvshin Enkhbat, de nombre ciertamente imposible que suena a Rajoy, pazdescanse, felicitando las pascuas comiéndose un polvorón, interpretará el rol del rey babilonio los días 14 y 16. Me ha llamado la atención leer en algunos medios que este será el debut del barítono mongol (con perdón) en Valencia, cuando no es cierto. Ya debutó en Les Arts en un papel verdiano en 2012 interpretando el Monterone en Rigoletto, e incluso en una de las funciones asumió el papel protagonista. Como Monterone hace siete años no me gustó nada, mostrando una de esas emisiones atrasadas cuasi anales, pero me están hablando muy bien de él ahora y es francamente fácil que, en cuanto a ajuste vocal, lo haga mejor que Domingo, en el resto de facetas lo dudo. Lamentablemente no creo que pueda verle, ya que no queda ni una entrada, pero alguien nos lo contará. Ayer, por cierto, se encontraba en la sala y aprovechó el descanso para fumarse medio paquete de cigarrillos tomando el fresco.

Volvía también a Les Arts Anna Pirozzi en el papel de Abigaille que ya interpretase en 2015. No hay duda de que la Pirozzi es una de las grandes Abigaille de la actualidad y de las pocas artistas que pueden hacer frente a este diabólico rol con garantías. Ayer lo volvió a demostrar convirtiéndose, junto al coro, en lo más destacable de la velada. Su voz grande, corpórea, robusta, se imponía fácilmente a la orquesta y corría, timbrada y bellísima, por la sala con poderío, al tiempo que se adornaba en los momentos más líricos regulando intensidades y con un inteligente uso de las medias voces y pianísimos. Su fraseo intencionado derrochaba sentido dramático, cincelando todas las facetas del personaje, desde la autoridad y el odio, al abatimiento final. Todo lo corta que quizás se quede como actriz, lo compensa sobradamente con su expresividad vocal. Imponente estuvo en su Anch’io dischiuso un giorno y supo afrontar también con tremenda solvencia los saltos interválicos y la coloratura, como en la cabaletta Salgo già del trono. Quizás en la zona más alta algún agudo quedó un poco chillado, pero, como ya dije en mi crónica de 2015, pocas Abigaille hay que no chillen en algún momento. Bravissima.

Completando el trío protagonista, el rol de Zaccaria fue interpretado por Riccardo Zanellato. El bajo italiano conoce bien la escritura verdiana, no en vano ha trabajado con Muti en diversas ocasiones, y frasea con intención, buen legato y acentos nobles. En su preghiera se mostró realmente emocionante. El problema es que carece del peso vocal preciso para este personaje y su voz se presenta clara en exceso y corta de proyección, lo que hacía que en los concertantes pasase desapercibido.

Otro viejo conocido de Les Arts es el tenor Arturo Chacón-Cruz, quien en 2017 fuese el Alfredo de La Traviata también junto a Plácido Domingo. Yo no sé qué le ve a este chico Domingo o quien sea responsable de su contratación. Digo Domingo porque es muy habitual que coincidan juntos en escena, con lo que entiendo que Plácido igual tiene algo que ver en el tema. Si lo que quieren es que cuando cante Chacón-Cruz nos acordemos del joven Domingo y le echemos de menos, lo han conseguido. Ayer el joven tenor mejicano interpretó el papel de Ismael y como en anteriores ocasiones, no me gustó demasiado. Su entrega vocal siempre es irreprochable, pero la voz presenta tiranteces y un centro bastante mate. Se mueve con cierta comodidad por la franja aguda aunque con algunos sonidos abiertos y recurriendo en más de una ocasión al portamento. El fraseo tampoco es nada refinado, y en escena, aunque hace muchos aspavientos y gestos, su expresividad es apenas mayor a la de un botijo toledano.

Por su parte, la soprano Alisa Kolosova fue la encargada de encarnar a la hija de Nabucodonosor, Fenena, con una voz grande, de bello timbre, que incluso en ocasiones se imponía en volumen a la de Pirozzi, como el terceto del primer acto,  y en la que posiblemente se echó en falta un mayor refinamiento en el fraseo. En pequeños papeles comprimarios destacó por encima de todos un estupendo Dongho Kim como Gran Sacerdote, exhibiendo una voz poderosa con la que casi me atrevo a decir que podría haber sido un mejor Zaccaria que Zanellato. Muy bien estuvo también Sofía Esparza como Anna y cumplió correctamente Mark Serdiuk como Abdallo.

La sala principal de Les Arts presentó la mejor entrada de la temporada. Lleno absoluto, con notable presencia del paisanaje valenciano y de esos personajes que no los sueles ver en la ópera si no viene la reina emérita o canta Plácido, pero que les conoces porque salen en revistas tipo Hello Valencia, en todos los eventos sociales, no sé si bronceados o con la cara untada de Nocilla y poniendo gesto de Joker con colitis. Políticos locales por supuesto apenas había, no fuera a acusarles alguien de que estaban apoyando a Domingo. Sí que me dijo alguien que estaba la directora general de Cultura, Carmen Amoraga, miembro del Patronato. Durante la representación y pese a los consabidos avisos, sonaron varios móviles, como siempre; los tísicos también acudieron en cuadrilla; y por supuesto no faltaron los canturreos acompañando el Va pensiero. Se aplaudió todo lo que sonaba a chimpún, se braveó insistentemente a Domingo tras el Dio di Giuda y, al finalizar la representación y la performance del Viva Verdi, las ovaciones fueron generalizadas para todos, incluyendo la dirección de escena.

También durante esos aplausos finales hicieron acto de aparición unos papeles pequeñines y cursis lanzados desde los pisos altos con frases de agradecimiento a Plácido Domingo. Y no faltó tampoco a su cita ese señor mayor que se coloca durante esos aplausos finales en la platea, en el cogote del director de orquesta, y les lanza ramos de flores a los cantantes cuando saludan, con una fuerza digna de Popeye y una precisión milimétrica. Si en Tokio 2020 hacen olímpico este deporte, no voy a decir el oro, pero el pódium lo tenemos garantizado.

Bueno, pues esta es mi crónica de Nabucco y otros aconteceres. Si alguien ha aguantando leyendo hasta aquí que me perdone el rollo y espero que no se sienta desanimado para acudir a disfrutar en Les Arts de un notable espectáculo operístico, sólo por la Pirozzi y el coro ya vale mucho la pena. Y, pese a todo lo que he dicho, yo ayer me lo pasé muy bien.