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miércoles, 3 de marzo de 2021

"FALSTAFF" (Giuseppe Verdi) - Palau de les Arts - 02/03/21

Ayer tuvo lugar en el Palau de les Arts de Valencia uno de los acontecimientos más esperados de la presente temporada operística con el estreno de la maravillosa ópera de Giuseppe Verdi, Falstaff. Era, como digo, uno de los eventos que se aguardaban con una mayor expectación, tanto por la calidad de la obra presentada, como también por todas las vicisitudes que se han ido sucediendo en los últimos meses afectando a la programación de este espectáculo.

Apenas 48 horas antes del estreno inicialmente previsto para el 21 de enero, la Generalitat aprobó nuevas medidas excepcionales para luchar contra la crisis sanitaria derivada del maldito COVID-19, entre las que se encontraba la solicitud al Gobierno del Estado del adelantamiento del toque de queda a las 20 horas, lo cual parecía que imposibilitaría completamente la programación de estas funciones. Sin embargo, se salvó la primera bola de partido cuando se conoció que ese adelantamiento del toque de queda finalmente no se iba a producir.

Cuando ya nos las prometíamos tan felices y nos planchábamos la muda limpia para acudir al estreno, en la noche del día 20 de enero, la víspera misma, se anunciaba de repente la suspensión de todas las funciones de Falstaff ante la detección de casos de coronavirus en algunos participantes en la producción. Eso originó una reestructuración de toda la programación que ha llevado esta ópera a las fechas actuales, en las que originariamente se anunciaba la joya de la temporada, la wagneriana Tristán e Isolda que ha sido un muy doloroso daño colateral al declararse definitivamente cancelada, sin perjuicio de que se intente reubicar en futuras temporadas. Esperemos que la situación sanitaria se enderece y este futuro sea cercano, no mera ciencia ficción, y no tengamos que volver a esperar otros ocho años para representar una ópera de Wagner en les Arts.

En cualquier caso, que en medio del caos general derivado del simpático bichito que lleva ya un año alegrando nuestras vidas, esta haya sido de momento la única alteración sustancial de la temporada anunciada, que se sigan manteniendo la práctica totalidad de los espectáculos y actividades previstas, y que la orquesta y el coro sigan trabajando, es algo que tiene muchísimo mérito y, si miramos a nuestro alrededor con un poco de perspectiva, incluso parece casi heroico. Por eso, pase lo que pase, a mí no me cabe más que reconocer y agradecer de nuevo el esfuerzo titánico que se está haciendo por parte de los gestores y trabajadores del Palau de les Arts para intentar seguir ofreciendo cultura en circunstancias extremadamente adversas, reaccionando ante los mortíferos vaivenes de la pandemia y adaptándose a una normativa, variable y efímera, completamente incompatible con la más mínima planificación que se pretenda realizar.

Entrando ya en el análisis de lo visto y escuchado ayer, he de comenzar por congratularme de que, por fin, esta obra maestra verdiana haya recalado en el teatro de Calatrava, donde desde el inicio de su actividad operística el nombre de Verdi ha aparecido temporada tras temporada, habiéndose repetido muchos de sus títulos más emblemáticos. Sin embargo, esta auténtica joya que es Falstaff, testamento musical del genio de Busseto y objeto de veneración por la mayoría de aficionados al género, permanecía incomprensiblemente ausente de la programación.

La producción elegida para la ocasión viene de la Staatsoper de Berlín con la dirección de escena del italiano Mario Martone, habiendo sido el encargado de la actual reposición Raffaele di Florio. Además se cuenta con la imprescindible colaboración del vestuario creado por Ursula Patzak, la iluminación de Pasquale Mari y una vistosa escenografía, por feísta que sea a veces, firmada por Margherita Palli. También hay que mencionar la coreografía de Raffaella Giordano y Anna Redi, aunque no sé si para bien.

Los aficionados más puristas en cuanto al clasicismo y ajuste literal al libreto de las puestas en escena, posiblemente salieran ayer con los pelos de punta y echando pestes de la propuesta presentada. Algún comentario en ese sentido pude escuchar. Sin embargo, creo que lo importante no es si la acción se ha trasladado temporal y espacialmente respecto a lo descrito en el libreto, si el vestuario no se corresponde con la época en que se ambientó, o si las situaciones que se desarrollan en escena reproducen literalmente lo escrito hace tropecientos años. En mi opinión, lo principal es que el producto que se ofrezca tenga cierto sentido, que se perciba un trabajo de dramaturgia, que el mensaje o historia que se quiso transmitir permanezca en escena aunque se haya transpuesto la acción a otro momento histórico, y que toda esa creación fluya naturalmente, ajustándose al discurso musical sin entorpecer el canto. Y, con estos parámetros de enjuiciamiento, pienso que la producción vista ayer cumple básicamente con la mayoría de los mismos, aunque hubiera cosas que a mí particularmente me gustasen menos o no encontrase justificadas.

La acción se ha trasladado a tiempos más o menos cercanos y se inicia en lo que podría representar un barrio marginal de una gran capital, como podría ser el Berlín anterior a la unificación. El protagonista aparece caracterizado como un viejoven rocker, con chaqueta de cuero y grandes patillas, que pasa sus días en un tugurio a modo de centro social cutre en el que coincide con otros patéticos personajes marginales y jóvenes anti sistema. Por su parte, la casa de los Ford del segundo acto se convierte en un casoplón muy pijo con piscina y altos muros que lo aíslan del exterior; mientras que el parque de Windsor del acto final se trocará en un oscuro entorno semi derruido, con una especie de zona comercial abandonada, y en lo que parece el exterior de un club sadomaso… chúpate esa... Bueno, pues pese a lo disparatado que así puede sonar todo, yo creo que la propuesta funciona razonablemente, sobre todo en los dos primeros actos, y no chirría en exceso lo que va ocurriendo con lo que se va cantando.

Dicho lo anterior, una cosa es que no moleste demasiado y otra que se haya aportado alguna genialidad con el planteamiento ofrecido, porque en realidad mucho no se innova, e incluso todo el tramo final, más allá del impacto visual que se logre, carece de sentido en apariencia y minimiza la vertiente de comedia que debe presidir la acción permanentemente. La absurda coreografía de flagelantes masoquistas me resultó ridícula y el estatismo de todo el momento final tampoco me parece un ejemplo de inventiva. Parece que se haya pretendido salir, sobre todo estéticamente, del cliché más clásico de los Falstaff tradicionales, pero sin que tampoco se arriesgue en exceso. Y, además, en mi humilde opinión, se puede contar lo mismo, con la misma fuerza y convicción dramática, sin necesidad de exigir a los cantantes que tengan que pasearse por escena en bañador, pese a que ello complaciese a la audiencia más rijosa y lopezvazquesca, o incluso que hayan de procurar emocionar a la platea tras hacerles tirarse a la piscina y cantar empapados, especialmente cuando en el texto no hay ni la más mínima referencia a ninguna cuestión que pueda asociarse a ello. Es verdad que puede aportar realismo y cercanía a la acción, pero no creo que sea preciso llevar a los cantantes a esas situaciones indudablemente incómodas.

La modificación de las fechas de este Falstaff ha motivado que haya habido que sustituir al director musical inicialmente previsto, James Gaffigan, por el joven italiano Daniele Rustioni, quien se colocaba ayer por vez primera al frente de la Orquestra de la Comunitat Valenciana. Confieso que el anuncio de este cambio me produjo una ligera frustración porque tenía un especial interés en ver cómo afrontaba Gaffigan esta exigente partitura verdiana después de aquel Réquiem Alemán que pudimos escuchar en diciembre de 2019, cuando el mundo aún no se había derrumbado, y donde el director norteamericano no me acabó de convencer. Y este interés deriva del rumor que lleva tiempo circulando de que Gaffigan podría ser el elegido para ostentar la dirección titular de la Orquestra de la Comunitat Valenciana. Personalmente, si así se confirmase, reconozco que me invadiría una cierta decepción. No tanto porque no confíe en que la elección a la larga pueda resultar acertada, que no lo sé, como porque se nos ha estado vendiendo, desde la llegada de Jesús Iglesias a la dirección artística de Les Arts, que se estaba buscando un nombre de primera línea y que había que tener paciencia porque lo principal era poder traer a una persona muy relevante. Y desde luego a mí no me parece que Gaffigan encaje en ese perfil. A lo mejor es un fichaje de una estrella de futuro que los legos no hemos sabido todavía valorar, no lo dudo; pero, hoy por hoy, me parece volver un poco a lo que sucedió con Wellber. No sé yo si es el director que necesita y se merece esta orquesta. Pero bueno, no adelantemos acontecimientos que no está precisamente la situación como para dar nada por sentado antes de hora.
Daniele Rustioni hizo lo que en términos taurinos podría denominarse como una aseada faena de aliño, mostrando maneras y conocimiento, resultando ágil, fluida, eficaz en la concertación, muy atento a la escena y cuidando voces, pero en la que yo eché de menos más matices y un punto de mayor refinamiento. En esta hechizante y compleja partitura, en la que Verdi supo perfilar con precisión de neurocirujano la esencia misma del drama vital sin perder la atmósfera de comedia, es esencial el cuidado de los contrastes, y ayer a mí me resultó todo demasiado uniforme, salvo los efectistas finales de cuadro con un chimpuneo sobrepasado de volumen. En general bien, bonito, emocionante en ocasiones y con garra y fuerza por momentos, pero sin acabar de lograr que toda la riqueza y variedad cromática y atmosférica de la escritura verdiana se hiciese presente en plenitud. No me gustaron la blandura y lentitud que presidieron tanto el inicio de la ópera como el fugato final. Por el contrario, sí me pareció encontrarse el pulso debido en momentos como el acompañamiento a È sogno o realtà?, en toda la alocada escena del final del segundo acto o el Pizzica, pizzica de los duendes. Sea como fuere quien sí pareció disfrutar de lo lindo fue el propio Rustioni, saltarín y sonriente en el podio e incluso girándose a hablar con el público en los parones escénicos entre cuadros.
Más allá de lo acertado o no de la dirección, lo cierto es que todo quedó compensado por la belleza de la partitura y el impecable oficio de los atriles de nuestra orquesta que sí supieron hacer brillar la relevancia que para los instrumentos solistas reservan también, como auténticas joyas, los geniales pentagramas. Ahí no puede dejar de destacarse a la trompa en la introducción a Dal labbro il canto, al corno inglés, las flautas, el maravilloso sonido de las cuerdas en pianísimo en la introducción a la escena de las hadas y la inspiradísima noche de metales (genial el acompañamiento al monólogo de Ford) y de una imponente percusión. Por cierto, el esfuerzo de Les Arts en pro de la seguridad se reflejó también en un foso en el que ayer se multiplicaron los paneles separadores en la zona de los vientos aislando casi a cada intérprete.

El coro en Falstaff no tiene un gran protagonismo en lo que a tiempo de presencia escénica se refiere, pero sí en cuanto a la relevancia de sus intervenciones. Sólo con ese maravilloso coral fugato que cierra la obra ya se justifica su carácter de imprescindible. El Cor de la Generalitat ha tenido que afrontar este reto falstaffiano con múltiples inconvenientes: por un lado, con la adaptación a todos los vaivenes de la producción, incluida la importante mengua de componentes exigida por la necesidad de reducir el aforo en escena por motivos sanitarios; y, por otro, en pleno resurgimiento de sus peores fantasmas acerca de la consolidación y estabilización de su plantilla, con esa ocurrencia charlotesca de la administración autonómica valenciana de sacar a oposición un buen número de las plazas actuales, incumpliendo así los acuerdos a los que había llegado con los representantes de la agrupación en 2019. Incluso llegó a haber rumores de huelga a principios de año que, por el momento, no se han materializado. En cualquier caso, tengo que decir que, como no podía ser menos, pese a todas esas circunstancias poco propicias, cumplieron con absoluta profesionalidad, así como con una enorme solvencia en el apartado musical, sin que el enmascaramiento ni la reducción de sus componentes afectasen al resultado de sus intervenciones que no perdieron el grado de excelencia al que nos tienen tan mal acostumbrados. Maravillosa resultó la atmósfera que consiguió crear el coro femenino de hadas en la escena del bosque sadomaso, e impecable y poderosa se mostró la agrupación en el divertido y siempre complicado fugato final.

En el apartado de los solistas vocales, es esta una ópera de marcado carácter coral, con Falstaff en el centro de toda la trama rodeado de un numeroso grupo de personajes a su alrededor, todos ellos con su singular relevancia, donde resulta más importante alcanzar un buen resultado de conjunto que buscar el lucimiento individual de cada uno de ellos, sobre todo en una obra como esta en la que no hay números cerrados o arias en sentido estricto. Conseguir un reparto sólido para afrontar la exigente partitura y que resulte equilibrado, no es tarea fácil, y menos aún en estos tiempos pandémicos y de cierre de fronteras. Así que, con esas premisas, podría decirse que el resultado general obtenido en Les Arts ayer fue bastante positivo.

Donde el teatro valenciano ha acertado de lleno sin duda alguna ha sido en la elección de cantante para encarnar a Sir John Falstaff. Ambrogio Maestri ES Sir John Falstaff. Con este hombre pasa algo parecido a lo que comentaba a propósito del Rigoletto de Leo Nucci. Han interpretado tantas veces al personaje y se sienten tan cómodos en él que ya es difícil disociarlos del mismo. Da igual las genialidades o las bobadas que se haya inventado el director de escena de turno, ellos crean siempre su personal visión del papel y lo rodean de su aura propia, haciéndose uno, cantante y personaje. Cuando Maestri comienza a cantar, es el espíritu mismo de Falstaff el que adquiere cuerpo en el escenario. Hoy por hoy creo que es imposible hacer una mejor elección para este papel. Quizás pueda encontrarse a alguien que lo cante mejor o más bonito o que sea mejor actor o que siga más fielmente las indicaciones del regista, pero no que lo encarne y lo interprete mejor que él. Por otro lado, sería también complicado buscarle a Maestri un rol que se adapte mejor que este a sus características vocales actuales. Al igual que Nucci, Maestri usa ardides de viejo zorro para disimular sus limitaciones vocales y en su canto encontramos más trucos que en una peli de Star Wars, utiliza portamenti, empuja la voz, recurre a falsetes, sustituye muchas veces el canto por un parlato recitado… pero todo eso al bueno de Falstaff le casa perfectamente. Como también lo hace el imponente físico del barítono italiano, quien además transmite una bonhomía y una ternura al personaje que hace imposible no caer seducido por el vecchio John. Falstaff inmenso, enorme Falstaff, le dicen en un momento dado Pistola y Bartoldo, pues eso mismo.

Una de las afectadas por Covid en la víspera del fallido estreno de enero fue Ainhoa Arteta, quien se vio obligada a cancelar no sólo su cita en Les Arts sino también sus subsiguientes compromisos de Pamplona y Oviedo. Finalmente, ayer pudo reincorporarse a la actividad escénica con este papel de Mrs. Alice Ford, en lo que ha sido su debut en el teatro valenciano en una ópera. Empiezo por reconocer que Arteta no es una cantante que me guste especialmente. Hay voces que a uno le llegan más y otras menos, más allá de su calidad objetiva. Pero dicho eso, afirmo que ayer la soprano tolosarra estuvo sensacional. Desde luego, si algo no puede reprochársele es el coraje y profesionalidad de una artista de los pies a la cabeza, con treinta años de dignísima carrera a sus espaldas. Subirse ayer a las tablas recién pasado el Covid y sus secuelas y cumplir además con disciplina todas las ocurrencias  del regista de turno, incluido el enseñar chicha en bañador, es para quitarse el sombrero. Sigue manteniendo un incuestionable carisma escénico y mostrando una entrega actoral irreprochable, volcándose en la encarnación de los sentimientos del personaje. Vocalmente también hay poco que criticar. Ese vibrato que otras veces se hace demasiado presente, ayer estuvo más controlado. La voz ha ganado anchura y mantiene un generoso volumen y proyección superando la orquesta y llegando al último rincón de la sala, y aunque haya perdido flexibilidad su canto tampoco estuvo exento de matices. Mostró un estudiado fraseo, no siempre bien articulado, pero cuidando siempre el estilo y la intención dramática. Fue una estupenda Alice Ford.

El esposo de la Arteta en escena, el señor Ford, ha sido el barítono italiano Davide Luciano, tras no haberse podido reintegrar a la producción por problemas de agenda el inicialmente anunciado Mattia Olivieri. A Luciano pudo escuchársele ya en Les Arts como el Guglielmo del Così fan tutte que abrió esta accidentada temporada, donde me dejó una buena impresión, pero ayer el resultado fue decepcionante. Su zona grave se mostró escuálida y falta de peso. En el centro la voz corría bien, pero su línea de canto no es nada refinada y los empujones y la respiración a destiempo fueron habituales. En el monólogo del segundo acto È sogno o realtà?, toda una joya para poderse lucir, se hicieron palpables todas sus limitaciones y, pese al empeño puesto, su canto fue más plano que el encefalograma de la momia de Ramsés II.  

En el polo opuesto, una de las sorpresas más agradables de la velada vino de la mano de la joven soprano catalana Sara Blanch que compuso a la perfección la frescura y juventud del personaje de Nannetta, con una personalidad y soltura escénica imponente, sin perder la naturalidad en la interpretación por tener que pasearse en biquini o bañarse en la piscina. Y al mismo tiempo sorprendía con una voz que, pese a moverse por los terrenos de soprano ligera, presentaba una notable presencia y proyección. Su fraseo fue incisivo, de impoluta dicción y cargado de sentimiento y musicalidad, encandilando a la platea con la belleza exhibida en su aria como reina de las hadas Sul fil d'un soffio etesio que devino en uno de los instantes más mágicos de la representación.

El tenor Juan Francisco Gatell fue un Fenton de inmejorables intenciones y con una entrega tanto escénica como vocal irreprochable, no dudando en encarar de frente al personaje y lanzarse con arrojo a la piscina, en este caso también en sentido literal. Apareció en escena con muletas, intuyo que por alguna lesión, y fue impresionante verle moverse por el escenario con una soltura y velocidad digna de medalla en los paralímpicos. Mostró conocer el estilo y cuidó el fraseo, aunque en la zona alta se le vio un tanto forzado presentando alguna tirantez. El cantante argentino cuenta con el hándicap de una voz blanquecina, casi ingrávida, que en ocasiones hace que sus intervenciones no luzcan tanto como su empeño merece. No obstante resolvió muy satisfactoriamente su gran momento en Dal labbro il canto.

El papel de Mrs. Quickly pide una voz de contralto y, no nos engañemos, no es ni por asomo el caso de Violeta Urmana, una cantante muy querida en Valencia, donde siempre ha construido los personajes con encomiable acierto, tanto en roles para soprano como mezzosoprano. Su Kundry de Parsifal o la Medea son recuerdos imborrables de este teatro. Ayer la voz de la Urmana mostró claros signos de desgaste, con cambios de color, pérdida de la impostación y no sabiendo aportar la profundidad que requieren los graves exigidos a Mrs. Quickly. Su experiencia, recursos técnicos y su talento expresivo, maquillaron un poco el resultado en la asunción de un personaje en el que daba la impresión de no sentirse cómoda vocalmente ni acabar de pillarle el punto de vis cómica que conlleva.

Me gustó bastante el Dr. Cajus del asturiano Jorge Rodríguez Norton, un tenor que nos sorprendió a todos los wagnerianos, en aquel remoto y feliz 2019, debutando en Bayreuth como el Heinrich der Schreiber de Tannhäuser con merecido éxito y que ayer también solventó mejor que bien la papeleta, perfilando con chispa la comicidad implícita en el personaje y ofreciendo un canto seguro con una voz expresiva, bien proyectada y de gran volumen, con la que incluso se permitió alguna elegante regulación.

El personaje que completa el cuarteto femenino es el de Mrs. Meg Page, para el cual estaba anunciada en un principio la valenciana Ana Ibarra, pero tras el aplazamiento pandémico ha sido la mezzosoprano Chiara Amarù quien ha tenido finalmente que encarnar el rol en esta segunda cita. La cantante siciliana presentó una voz muy interesante, de atractiva tímbrica grave, con buena dicción y un fraseo bien articulado, a la que sólo le falto una mayor consistencia en su proyección.

Muy correctos resultaron también el Pistola de sonoridades profundas del bajo italiano Antonio Di Matteo; y el Bardolfo de Joel Williams, alumno del Centre de Perfeccionament ese que ya no lleva el nombre de un cantante que venía todos los años a Valencia y fue muy famoso, pero que ahora parece que no haya existido nunca. Un joven tenor que ya nos dejó muy gratas sensaciones en la disparatada genialidad de Poulenc, Les mamelles de Tiresias, que vimos en el lejanísimo otoño de 2019.

Pese a haber tenido que llevar este estreno a un frío martes laborable a las seis de la tarde y en plena pandemia, no puede decirse que hubiera una mala entrada ni mucho menos, dentro de las posibilidades del aforo reducido exigido por las medidas sanitarias. Un público que además se lo pasó pipa, escuchándose sonoras risas en algunos momentos y obteniéndose fuertes ovaciones al final de cada acto y en los saludos finales, donde fue muy braveado todo el elenco, coro y orquesta. Volvió a llamar la atención que, una vez más esta temporada, no saliese ningún miembro del equipo de la dirección escénica a saludar. No sé si esto es una moda pasajera derivada de la peste negra que nos asola o se va a quedar ya como una desafortunada costumbre.

Bueno, me acabo de dar cuenta que me estoy alargando más que Cuéntame. Llevaba ya casi tres meses sin escribir en el blog y se ve que me estoy desquitando… Pues voy acabando. No puedo finalizar esta crónica más que haciéndoos partícipes de la dicha vivida ayer por haber vuelto a poder asistir a un espectáculo operístico después de estos dos últimos meses en blanco, con este particular semi confinamiento que llevamos cada uno y este máster acelerado en ermitañismo y hurañez versión 3.0 que nos vemos obligados a realizar. Y este reencuentro además se ha producido con un espectáculo de esos que te ponen las pilas y te levantan el ánimo. Así que sólo puedo animaros a que no dudéis en agenciaros una entrada ya mismo. El espectáculo lo merece y estas actividades culturales, en las condiciones en las se están llevando a cabo en el Palau de les Arts, son seguras, con todas las limitaciones que por supuesto resulta preciso adoptar para garantizar esa seguridad.

Mantener viva una mínima oferta cultural es una medicina necesaria para el espíritu, para el equilibrio y la salud mental de las personas, como muy bien recordó el pasado día 1 de enero el maestro Muti. El Palau de les Arts está haciendo el esfuerzo de intentar mantener su programación a toda costa. A nosotros como espectadores sólo nos cabe responder acudiendo a alimentarnos de cultura con seguridad. Ojalá todo pase rápido y bien, para que lo antes posible podamos volver a reunirnos sin miedo en los teatros y comentar nuestras sensaciones mientras saludamos a los amigos y nos tomamos unas cervezas a la salida. Aunque por el momento habrá que seguir esperando un poco más, porque ahí fuera, lamentablemente, tutto nel mondo non é burla.

jueves, 7 de febrero de 2019

"I MASNADIERI" (Giuseppe Verdi) - Palau de les Arts - 06/02/19


Ayer, 6 de febrero, se representó en el Palau de les Arts la primera función de ópera del año 2019, con el estreno de I Masnadieri, de Giuseppe Verdi. Este es un dato bastante lamentable. Que hayamos estado en València 52 días, desde la última Flauta Mágica del 15 de diciembre, sin una sola representación de ópera de temporada, en un mes como el de enero, de máxima actividad operística en cualquier teatro medianamente serio, es preocupante.

Esta era una práctica habitual durante el mandato Livermore, ya que el ex intendente aprovechaba tradicionalmente ese mes para dedicarse a sus bolos presentando en otros teatros producciones suyas como director de escena. Este año no sé realmente por qué se ha vuelto a dejar enero en blanco. En cualquier caso, es una temporada de transición que fue montada tras la dimisión de Livermore mientras se esperaba el nombramiento del nuevo responsable de la dirección artística; así que confiemos en que esta sea una de las cosas que remedie a partir de la próxima temporada el nuevo equipo gestor comandado por el señor Jesús Iglesias Noriega.

Iglesias parece que el 1 de enero se ha incorporado ya definitivamente a su despacho en Les Arts y la entrada no ha podido estar rodeada de menos tranquilidad. Se encontró con la dimisión de Inmaculada Pla como Directora General a los 18 días de su nombramiento, después con una nota del Comité de Empresa del teatro acusando a sus gestores de incompetente gestión y falta de rumbo y, por si teníamos poco, el pasado martes se hizo público el anuncio de convocatoria de huelga por parte del Cor de la Generalitat. De momento la huelga está convocada para las dos últimas funciones de I Masnadieri, los días 15 y 17 de febrero; para el concierto del 7 de marzo en conmemoración del 600 aniversario de la Generalitat; y para todas las funciones de Iolanta y La malquerida.

La amenaza de huelga del Cor venía ya rondando desde las funciones de Tosca de la primavera pasada. Finalmente parecieron tranquilizarse las aguas, estableciéndose una comisión de seguimiento y continuando las negociaciones entre representantes de la empresa y de los trabajadores, pero la administración autonómica les ha sorprendido ahora sacando la convocatoria de las plazas de todos los componentes del coro a oposición, poniendo así en riesgo el mantenimiento mismo de la formación y dejando en evidencia la palabra del conseller Marzà cuando les aseguró recientemente que se tendría en cuenta la singularidad del coro a la hora de tomar decisiones sobre la consolidación de sus plazas que sería paulatina y no traumática.

Veremos cómo acaba esto, aunque entre la estulticia de algunos y el cabreo de otros, la cosa no parece pintar bien. Después de tanta tomadura de cabello y buenas palabras que siempre han sido seguidas por malas acciones de la administración, sería lógico pensar que los componentes del coro no se chupen el dedo y les cueste bastante fiarse ahora de cualquier nueva promesa… pero, en fin, seguiremos confiando en la capacidad negociadora de las partes y en que alguien imponga una brizna de sentido común en los representantes públicos que están a punto de conseguir cargarse un pilar cultural fundamental de la Comunidad Valenciana como es el Cor de la Generalitat, afectando además de manera directa a la línea de flotación del proyecto de futuro del Palau de les Arts, que, si acaba por perder la calidad de sus cuerpos estables (orquesta y coro) que han sido hasta ahora un referente en España, dejará de tener sentido. Habrá que estar atentos pues a ver qué papel mediador puedan jugar, o no, el nuevo director artístico o el Patronato de Les Arts. Seguiremos atentos el culebrón.

Pero bueno,  ciñéndome ya a mis impresiones de la función de ayer, después de la polémica generada por La flauta mágica que abrió la temporada, la producción de I Masnadieri presentada anoche obtuvo un éxito bastante considerable. Más por el apartado musical y vocal que por una puesta en escena que más bien pasó sin pena ni gloria, lo cual no es que sea algo positivo, pero viendo el escandalazo anterior casi que igual hay quien salió más contento que unas pascuas. Se trata de una coproducción del Teatro San Carlo de Nápoles y La Fenice de Venecia con dirección escénica de Gabriele Lavia, aunque ha sido Allex Aguilera el encargado de dirigir esta reposición, con la escenografía de Alessandro Camera, vestuario de Andrea Viotti e iluminación de Allex Aguilera y Nadia García.

Toda la acción se desarrolla en un único espacio escénico que recuerda a una nave industrial abandonada, configurado por una especie de bosque donde los árboles son focos y enmarcado por unos muros con grafitis y la leyenda Libertà o Morte de fondo. Un viejo sillón y una enorme cruz que desciende en la escena del sepulcro de Massimiliano son los únicos elementos escenográficos en ese espacio. Aunque escuché bastantes comentarios positivos, posiblemente debidos a la resaca flautista, a mí me pareció estéticamente bastante feo todo. Pero eso de la fealdad o belleza es algo subjetivo y además no creo que sea lo peor. A mi juicio lo más negativo de la propuesta escénica es lo poco que se lo curran.

Es verdad que el libreto de Maffei es absurdo e insustancial como pocos y posiblemente plantee no pocos problemas de concepto escénico, pero aquí la solución adoptada parece ser no afrontar esos retos dramatúrgicos y dejar que todo se desarrolle en un único espacio, con el agravante de que la dirección y movimiento de actores brilla por su ausencia y la mayor parte del tiempo parecen dejados a su suerte. Si, como es el caso, los cantantes tampoco son precisamente Sarah Bernhardt y Laurence Olivier, pues el impacto de la acción dramática viene más dado por la música que por el trabajo actoral que me pareció bastante pobre. Eso sí, al pobre Ruciński le hacen pasarse toda la ópera moviéndose con la pata tiesa (con perdón). Este inconsistente trabajo de actores llama la atención especialmente por la condición de actor, director de cine y director teatral de Gabriele Lavia que aquí francamente parece haberse querido complicar la vida muy poco.

No pude evitar recordar anoche el modesto Barbiere di Siviglia que se ofreció la pasada semana en versión semi escenificada en el Auditori por los amigos de la Fundación Eutherpe, donde, con una escasez de medios enormes y un espacio nada favorable, pero con un trabajo cuidadoso e inteligente de Kike Llorca y unos jóvenes artistas entregados, se consiguió meter plenamente en la obra al espectador y transmitir el espíritu de la ópera de forma idónea.

En la parte negativa de la propuesta de Gabriele Lavia consignaría también los focos que deslumbran al espectador (si me dieran un euro por cada vez que he renegado de esto, tendría ahora una piscina como la del Tío Gilito) y el exceso de humo que ahoga al que todavía no ha quedado cegato. El vestuario de los bandidos con cueros, fular de colores y sombreros de copa era casi tan absurdo como feo. Aunque para feo el tropel de punkis zombis que acompañan a Francesco en el acto II.

Sí que hubo cosas que me gustaron, como algún efecto luminoso, pese a la quemadura de córneas y, sobre todo algo enormemente positivo y de aplaudir sin reparo: que nos dejasen disfrutar de la preciosa obertura y el estremecedor solo de chelo sin proyecciones, actores haciendo el memo, ruidos improcedentes, ni pamplinas. Telón bajado, sala oscura y la música de Verdi. Esa es la mejor forma de ambientar al espectador y empezar a introducirle en el drama musical que se avecina.

La dirección musical corrió a cargo de Roberto Abbado que este año se va a inflar a dirigir funciones como despedida de su condición de director titular de la casa. Parece ya absolutamente confirmado que no renovará como tal cuando finalice su contrato, aunque se ha anunciado el deseo de Les Arts y del propio director para que su presencia en València en futuras temporadas quede garantizada como uno de los directores invitados. También ha confirmado Jesús Iglesias que la próxima temporada la orquesta continuará sin director titular. Ese es otro de los problemas prioritarios que debería solucionar el nuevo director artístico, anunciando tan pronto como sea posible un nombre relevante para sustituir a Abaddo si no quiere que continúen las deserciones en la Orquestra de la Comunitat Valenciana y su calidad se vea mermada de forma irreversible.

Por el momento, la calidad de la agrupación sigue estando ahí y ayer se lograron algunos momentos muy relevantes para el lucimiento de los solistas, especialmente de Rafal Jezierski con ese maravilloso violonchelo que lleva a sus espaldas todo el peso de la obertura y que consiguió poner los pelos de punta a la platea desde los primeros compases. También destacó la cuerda en la bellísima introducción al acto II, el diálogo de arpa y flauta en Lo sguardo avea degli angeli”  y durante toda la obra fue memorable la asociación de las maderas, con gran inspiración en flautas, fagot, clarinete y oboe, este último a cargo de un Christopher Bouwman que ya ha anunciado oficialmente que el año que viene estará en la Israel Philarmonic Orchestra, otra pérdida muy dolorosa para nuestra orquesta.

La partitura de I Masnadieri responde a un esquema todavía bastante primitivo de Verdi, con sus números cerrados, sus recitativos, arias y cabalettas y una orquestación todavía lejos del refinamiento de sus más maduras creaciones. No obstante es innegable la belleza musical de muchos momentos y el sustento dramático que impregna buena parte de sus pentagramas. A mí me gustó bastante el trabajo que llevó a cabo ayer Roberto Abbado. Tuvo un cuidado exquisito con los cantantes, especialmente con la soprano a quien llevó en bandeja en los pasajes más peliagudos. Supo imponer brío, ritmo y un buen pulso dramático donde los acentos verdianos no se desdibujaban. Combinó con inteligencia la morbidez de los fragmentos más líricos y la garra en los heroicos. Optó por situar al coro en el foso para algunos de los coros internos y creo que la decisión esta vez fue acertada. Considero que Abbado pasó ayer la prueba con nota una vez más. Estoy convencido de que no es el director que necesita la Orquestra de la Comunitat Valenciana para evolucionar y consolidarse, pero lo que no se le podrá negar al director italiano es su honestidad y los buenos resultados que, en líneas generales, ha obtenido en València.

Que la ópera se llame I Masnadieri y no Ahí viene Carlo de Moor el pecador de Sajonia, por ejemplo, pone de manifiesto la importancia que tiene el coro en esta obra. El Cor de la Generalitat estuvo de nuevo sobresaliente y ni siquiera las malas noticias que les han llevado a convocar la próxima huelga, impidieron que disfrutásemos de su enorme calidad. El protagonismo de sus componentes masculinos brilló en el acompañamiento a la cabaletta del acto I “Nell'argilla maledetta” o en el “Noi meniam la vita libera” del III y se mostró poderosísimo en momentos como el “Su fratelli” que cierra el acto II o en el coro del juramento. Las mujeres tienen una actuación mínima, pero aún así quisiera destacar dos aspectos, la homogeneidad, equilibrio y claridad que se apreció en su interno del inicio del acto II y la belleza en la ejecución muy matizada de su intervención desde el foso.

El reparto de solistas vocales mantuvo un nivel general bastante bueno, aunque hubo un intérprete que estuvo muy por encima del resto, el barítono polaco Artur Ruciński, en su cuarta visita a Les Arts, si no recuerdo mal, tras sus participaciones en Manon, Eugene Oneguin y Don Pasquale, al que en esta ocasión le tocó afrontar uno de los personajes más detestables del repertorio, el malvado Francesco… y estuvo imponente. Reconozco que cuando me encuentro con un cantante que controla el fiato y se recrea en frases larguísimas, bien ligadas y con buena dicción y expresividad, ya me tiene conquistado, y anoche Ruciński dio toda una lección en ese terreno. Me da igual que a veces se le vaya la voz un poco atrás o que escénicamente le falte un poco de chispa; con acentos nobles, fraseo sentido y expresividad vocal dibujó un malvado barítono verdiano de muchos quilates, en una actuación a la que hay que añadir el mérito de ir todo el tiempo arrastrando la pierna estirada, que digo yo que acabaría con un dolor muscular importante. Fantástico en su aria de salida y especialmente en su gran escena del acto IV. Bravo.

Pese a que durante un tiempo se anunció en el papel protagonista de Carlo de Moor a Fabio Sartori, finalmente, sin que sepamos por qué no vino Sartori, el rol ha sido asumido por el tenor Stefano Secco. Fue el que menos me convenció de todo el elenco. Presentó tirantez arriba, una emisión no del todo limpia en su aria de entrada y sobre todo un recurrente empleo de portamentos y empujones de voz que afearon un fraseo en el que, por otra parte, mostraba legato y estilo, pero huérfano de belleza.

La también italiana Roberta Mantegna fue una Amalia muy digna en un papel que es un auténtico campo minado lleno de trampas, escrito para el virtuosismo de la mítica soprano sueca Jenny Lind. Cantó Mantegna con delicadeza y buen gusto, con algunos matices interesantes y bien en el plano expresivo. Peor lo pasó con trinos y agilidades, pero como decía antes, solventó la papeleta muy dignamente, con timbre atractivo, suficiente volumen y homogeneidad de registros. En su debe hay que consignar que no apartase la mirada en toda la función de Roberto Abbado, desluciendo así sus prestaciones escénicas.  

El veterano Michele Pertusi fue un Conde de Moor de irreprochable acento verdiano, bello timbre, noble fraseo, perfecta dicción y gran sabiduría escénica; los problemas vienen con un cierto desgaste vocal que empieza ya a mostrarse y un volumen limitado que le impedía a veces superar la orquesta.

En papeles menores estuvieron mucho mejor de lo que me esperaba el Moser de Gabriele Sagona, Bum Joo Lee como Arminio y Mark Serdiuk como Rolla. Pese a alabar su desempeño no entiendo por qué para estos comprimarios no se tira del fondo del Centre de Perfeccionament.


Como muchos nos temíamos, el reclamo de Verdi no fue suficiente para conseguir llenar el teatro con un título muy desconocido para el gran público. Y esto es algo que no consigo entender. Precisamente si la obra es menos conocida debería motivarnos más a enfrentarnos con nuevas propuestas, pero parece que hay gente que sólo está dispuesta a ver todos los años lo que se sabe de memoria. En fin… Bastantes huecos en la sala, pero creo transmitir el sentir general si digo que los que fuimos nos lo pasamos estupendamente. Al final fueron ovacionadísimos Ruciński, el coro y la orquesta, habiendo grandes aplausos para el resto del elenco. La curiosidad final que no he conseguido aún aclarar es por qué no salió nadie del equipo escénico a saludar…¿flautitis aguda?...

Bueno pues hasta aquí esta primera crónica del año. Si os estáis pensando si vais o no a conocer a estos bandoleros verdianos, mi consejo es que lo hagáis, seguro que descubrís una partitura con muchas más sorpresas de las esperadas, un equipo vocal muy solvente y un coro espectacular que merece nuestro apoyo más que nunca.




ACTUALIZACIÓN A 11/02/19:
Los trabajadores del Cor de la Generalitat han acordado hoy desconvocar los paros que habían anunciado para las dos últimas funciones de I Masnadieri, los días 15 y 17 de febrero; para el concierto del 7 de marzo en conmemoración del 600 aniversario de la Generalitat; y para todas las funciones de Iolanta y La malquerida. Se supone que mañana se comunicará oficialmente la desconvocatoria al Tribunal d'Arbitratge Laboral (TAL) tras haber aceptado la Conselleria de Cultura que la regularización de la plantilla se lleve a cabo de forma progresiva y no sacando la totalidad de las plazas a concurso oposición.

Una muy buena noticia que espero se confirme definitivamente y ayude a garantizar la estabilidad de los miembros del Cor de la Generalitat y el mantenimiento de su excelencia artística.

jueves, 29 de marzo de 2018

"IL CORSARO" (Giuseppe Verdi) - Palau de les Arts - 28/03/18


Ayer se estrenó en el Palau de les Arts una nueva producción de Il Corsaro de Verdi, una obra que no es nada habitual verla representada. Baste decir que su estreno en España se produjo en el Liceu en versión concierto en el año 2004 y no sería escenificada en nuestro país hasta el año 2010 en Bilbao. Fuera de nuestras fronteras tampoco es frecuente su presencia en los teatros de ópera, así que ya sólo por eso la cita con esta poco conocida composición verdiana presenta un indudable interés.

Reconozco que a priori me hacía bastante poca ilusión, sobre todo después de mi anterior experiencia en Les Arts con la inaguantable Il Mondo della luna de Haydn. Pero bueno, el caso es que al final la experiencia no fue tan mala como la del tostón lunero; para empezar su duración es casi una hora inferior a aquella, lo que ayuda mucho, y, sin ser tampoco el recopetín, aquí todo fluye mejor. La obra es todavía un Verdi primerizo, muy deudor del belcantismo, con cánones encorsetados donde el genio del compositor no se plasma aún en toda su intensidad, pero reconozco que cuenta con algunos momentos destacables como pinceladas que apuntan ese particular estilo con el que alcanzará poco después las cimas de la ópera italiana.

En cualquier caso, su mayor lastre, a mi juicio, es un libreto bastante idiota, con unos personajes más planos y estereotipados que Pierre Nodoyuna y Penélope Glamour. Más allá de los valores literarios que sin duda contendrá la obra The Corsair de Byron, en la que se basa la ópera, la adaptación del libreto de Piave y la historia en sí me parecen bastante memas y con buenas dosis de pesadez.

Para la ocasión se ha decidido apostar por una producción propia que se ha coproducido con la Opéra de Monte-Carlo, encargando la dirección escénica a la alemana Nicola Raab, quien ya pasó por Les Arts hace 6 años con la Thaïs de Massenet. Como suele ser habitual en los trabajos de Raab, el atractivo visual de la puesta en escena pretende ser el principal protagonista, dejando un poco más descuidado el apartado dramatúrgico. Ayer la propuesta escénica no me convenció en ninguna de sus facetas y no debí ser el único descontento pues en los saludos finales se escucharon no pocos abucheos.

Raab opta por plantear la historia como una fantasía del propio Lord Byron mientras  escribe The Corsair. De ahí que el personaje de Corrado-Byron esté prácticamente todo el tiempo en escena. Esa idea inicial, aunque esté más vista que Verano Azul, no deja de tener cierto interés e incluso llega a funcionar por momentos, aunque son más los pasajes en los que este planteamiento conduce a situaciones absurdas e incomprensibles si no conoces el libreto al dedillo, cosa que no creo que sea habitual en una obra tan poco representada como esta, como esa pelea de Corrado contra nadie mientras a su espalda Seid cae muerto y se levanta reiteradamente; o que Medora en el primer acto ya se chupe el veneno que acabará con su vida en el tercero.

La acción se desarrolla la mayor parte del tiempo en dos planos, el más cercano al espectador sería el de Byron mientras crea su obra y comprueba cómo evoluciona la historia y los personajes; y tras él se desarrolla el drama que surge de su mente, en otra dimensión. Al final, la muerte de Corrado será planteada como el atrapamiento de Byron en ese plano de su propia creación mental. Esta distinción de planos se aprecia bastante bien en el aria de Medora y el posterior dúo, cuando ella parece atrapada tras unos velos de plástico sin que pueda acceder, pese a intentarlo, al “mundo real”. En otros momentos de la representación la distinción de estos mundos paralelos se limitará a plantar a Corrado-Byron mirando la escena. Al final todo se queda en una buena idea que no acaba de funcionar. Lamentable fue, por ejemplo, el resultado del aria de Medora, haciendo cantar a la soprano desde el fondo del escenario y tras los plásticos colgantes, mientras en primera línea el tenor nos obsequiaba con un ruidoso concierto de rotura de papeles muy bonito.

El punto fuerte de la propuesta, que se supone es el visual, tampoco me gustó. Las proyecciones alla Livermore no aportaban nada y la estética del harén de Seid, que supongo pretendía rememorar el orientalismo de la pintura del XIX (Delacroix, Ingres, Fortuny…), se convirtió en un espectáculo viejuno y kitsch hasta empachar. Aquello parecía una función de colegio (de pago) o la tienda de Souvenirs Mohamed del Gran Bazar. Esos turbantes, babuchas, dorados… Para un Rossini bufo le hubieran ido al pelo, pero en un Verdi pretendidamente dramático chirriaban demasiado. Pocas cosas más patéticas y ridículas he visto últimamente que el presunto disfraz de derviche de Corrado del acto segundo. ¿Qué costaba haberse acercado a un Todo a 1€ del barrio y buscar algo menos risible que envolver al protagonista en una alfombra de mercadillo playero y plantarle un minúsculo fez?

Y en la dirección de actores la producción presentada alcanza ya la matrícula de honor del despropósito haciendo dejación absoluta de funciones, con un planteamiento plano donde, a partir de dos o tres ideas, el resto se deja a la buena de Alá. El colmo de la inoperancia se puso de manifiesto con el movimiento del coro. Vaya diferencia entre el exhaustivo trabajo al que tuvo que hacer frente la agrupación en el reciente Peter Grimes, con esta pantomima en la que las únicas indicaciones parecían ser: “coro a escena - coro fuera de escena”, haciéndoles avanzar por unos pasillicos estrechos, cantar desde la trasera y quedarse todos más quietos que el peluquero de Puigdemont.

En definitiva, pienso que nos encontramos ante una fallida propuesta escénica, rancia, fea, que dificulta seguir la ya de por sí absurda historia, que no favorece el apartado musical y que descuida la vertiente dramática.

De la dirección musical se ha encargado Fabio Biondi. Llamó mucho la atención desde el anuncio de la temporada que el director italiano, centrado en otros repertorios, afrontase un Verdi, por mucho que hablemos de un Verdi primitivo. Biondi, siempre dispuesto a buscar autenticidad en las interpretaciones, ha sorprendido esta vez a la platea de Les Arts subiendo el foso casi a la altura del escenario para, según ha afirmado, encontrar una relación fónica entre orquesta y voces que esté más cercana a lo que podía encontrarse el espectador del siglo XIX. Además de subir el foso, Biondi ha variado la disposición de los atriles, ubicando en el centro a chelos y contrabajos, a la derecha madera, metales y percusión, y a la izquierda violines, violas y arpa.  Cuando vi la original elevación del foso pensé que podría haber voces damnificadas, pero claro, no contaba con el hipogrito huracanado de Fabiano y Dyka. Quizás lo que ocurrió fue lo contrario, que se enteró Biondi de que cantaban estos dos vozarrones y subió la orquesta para que pudiéramos escucharla.

Al final, pese a las dudosas previsiones, me gustó bastante el resultado orquestal obtenido por Biondi. Está claro que la obra no es precisamente el colmo del refinamiento y la complejidad, pero dirigió con brío y buen pulso, remarcando con sensibilidad los instantes más líricos y consiguiendo un equilibrio muy notable. Enorme delicadeza mostró, por ejemplo, en el acompañamiento en pizzicato a la muerte de Medora. Trabajó con gusto las dinámicas y logró que la puntual mala disposición escénica de los cantantes no afectase al conjunto. Contó además con otra noche especialmente inspirada de los músicos de la Orquestra de la Comunitat Valenciana que supieron dejar detalles de su valía, como el clarinete de Tamás Massànyi en la obertura, el arpa en el aria de Medora, las flautas en el aria de Gulnara, el oboe de Christopher Bouwman en la entrada de Medora del tercer acto o el increíble sonido de los chelos, comandados esta vez por Arne Neckelmann, en la introducción orquestal a la segunda escena del acto tercero, a mi juicio, junto al Eccomi prigioniero! subsiguiente, el momento más bello, con diferencia, de esta ópera.

Volvieron a brillar sin reparos los miembros del Cor de la Generalitat pese a las majaderías escénicas que ya he comentado, a su breve participación en la obra y a pillarles este Corsaro en pleno proceso de reivindicaciones y protestas por la inaceptable precariedad laboral a las que les tiene sometida la administración autonómica desde hace años. Fantásticos los chicos en el coro de corsarios inicial y muy bien las chicas tanto en el coro de odaliscas, como en la escena final, en esa especie de coro de Morticias en el que les convirtió la regia.

Uno de los mayores reclamos de esta producción era la presencia como Corrado del tenor norteamericano Michael Fabiano, un cantante con presencia en los principales teatros de ópera desde sus inicios y que saltó especialmente a la fama tras ganar el premio Richard Tucker de 2014. Yo le he visto en algunas ocasiones en retransmisiones desde el MET y nunca me había acabado de convencer del todo. Ayer en directo me gustó más. Lo primero que llama la atención es el impresionante volumen que derrocha y su facilidad de emisión, con una bonita voz de tenor lírico que luce especialmente en el centro, cálida, clara, limpia y mostrando una valentía a prueba de bomba, afrontando el riesgo sin importarle las consecuencias, cosa que se agradece. Quizás flaquea un poco en la zona más aguda, así como con alguna puntual desafinación; pero el resultado general de Fabiano fue muy notable y conquistó sin reservas al público valenciano. A mí también, pero no fue quién más me gustó.

La gran sorpresa de la noche para mí fue la Medora de la impronunciable soprano Kristina Mkhitaryan. Belleza vocal y cautivadora presencia física caracterizaron una actuación impecable en un papel que, pese a su corta participación, bordó. Su timbre de sonoridades claramente eslavas, la riqueza expresiva y la sensibilidad mostrada tanto en su aria como, especialmente, en toda la última escena, me llegaron a recordar, perdóneseme la herejía, a la joven Netrebko. Me gustaría volver a ver a la joven cantante rusa en un papel de mayor extensión para corroborar mis impresiones.

A Oksana Dyka ya la conocemos bien en Valencia después de pasar por Les Arts como Butterfly y Tosca en 2009 y 2010. Vozarrón desaforado y temperamento siguen caracterizando a la soprano ucraniana a la que, sin embargo, he encontrado con un cierto desgaste que no sé si será consecuencia de haber estado frecuentando papeles de mayor peso de lo que su voz lírica aconsejaba. El recital de chillidos que nos ofreció ayer la Dyka fue digno de un Marathon Matrimoniadas. El poderoso agudo que posee queda muy deslucido con esta tendencia al grito y un timbre cada vez más hiriente, así como con el feo empleo de portamentos, como hizo ayer en su aria. Algo más moderada estuvo en la segunda parte, donde incluso apuntó un par de regulaciones, pero he de confirmar con Les Arts si finalmente sus gritos acabaron con toda la cristalería de la cafetería o quedó alguna copa sana.

El barítono italiano Vito Priante fue el encargado de dar vida al repelente y políticamente incorrecto personaje de Seid que, por si fuese poco, ayer fue obligado a vestir de mamarracho salido de una filà de moros de 8ª regional. Cumplió bien su cometido, aunque su escueto volumen e inconsistente emisión, con tendencia a cantar padentro, deslucía un papel que debe imponer un poco más de autoridad y que devino inaudible en gran parte de los concertantes. Además, vocalmente al lado de Dyka era como Mini yo con Pau Gasol. Se hacía muy difícil de creer que aquella tremenda odalisca de grito suelto estaba sojuzgada por este Pachá.

Bien el Giovanni de Evgeny Stavinsky y dignas de mención las breves intervenciones de los miembros del Cor de la Generalitat Ignacio Giner, Antonio Gómez y un estupendo Jesús Rita. Es de agradecer que para estos pequeños papeles se utilicen las buenas voces que tenemos en nuestro coro, en lugar de acudir, como se ha hecho tantas veces, a ignotos cantantes, generalmente italianos, fruto de paquetes (con perdón) 2 x 1 de agentes listillos.

La sala principal de Les Arts presentaba ayer un aspecto más que bueno, de lo cual me alegro, aunque internamente me siga entristeciendo que el nombre de Verdi, aunque sea en una operita como esta, venda más que una joya como Peter Grimes. En el casi lleno de ayer también influyó que el resto de funciones se van a desarrollar en plenas semanas Santa y de Pascua y algunos abonados optaron por cambiar su entrada al estreno. Se aplaudieron prácticamente todos los chimpún con bravos, bravi, brave y fervor de fan, aunque, curiosamente, al llegar el descanso los aplausos no pasaron de una tibieza que rozó la frialdad. Al finalizar la función hubo algo más de entusiasmo, especialmente con el tenor; y, como ya he comentado, se escucharon sonoros abucheos a la dirección de escena.

Se ha anunciado oficialmente que la función del próximo día 8 será retransmitida en streaming a través de www.OperaVision.eu con la colaboración de la Agencia Valenciana de Turismo y el canal Mezzo. Yo, en cualquier caso, como siempre, os animo a acudir en directo y a disfrutar de las cosas buenas que también tiene esta ópera, con dos voces muy notables y algunos momentos musicales destacables. Además es una oportunidad de conocer una obra muy inusual y, total, si no os gusta, al fin y al cabo estamos en semana de Pasión.