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lunes, 23 de diciembre de 2013

UNA TRIPLE FELICITACIÓN NAVIDEÑA

Adoración de los Magos - Sandro Botticelli - 1475 - Galería Uffizi (Florencia)

Un año más, y que dure, las fiestas navideñas y toda la parafernalia que las rodea se nos vienen encima cual alud de nieve. No os voy a ocultar que estos días de impuesta fraternidad y felicidad me han caído siempre bastante gordos, y cuando me encuentro a estas alturas de mes ya estoy deseando que llegue el 7 de enero, pero la verdad es que tampoco está tan mal tomarnos de vez en cuando un respiro, en medio de la inmundicia que nos sacude día tras día, para intercambiar buenos deseos con las personas a las que apreciamos.

Yo desde este blog, cumpliendo con la tradición, quiero transmitiros a todos los que pasáis por aquí mi felicitación, con la esperanza de que sobreviváis a las fiestas navideñas y de que el próximo año sea más benigno con todos nosotros que el que ahora se aproxima a su final.

Esta vez he decidido trasladaros como felicitación tres fragmentos musicales relacionados de alguna forma con estas fechas, escritos por Richard Wagner, Giuseppe Verdi y Benjamin Britten, los tres compositores que han protagonizado gran parte del calendario musical del año 2013 con ocasión de la conmemoración de su nacimiento.  

El Idilio de Sigfrido ya fue objeto de un post en este blog, precisamente para felicitaros las navidades de 2010, pero, como me gusta mucho, vuelvo a traerlo. La pieza fue compuesta por Richard Wagner en 1870 como regalo de cumpleaños a su esposa Cosima, quien despertó la mañana de Navidad de ese año con esta bellísima música sonando en las escaleras de la casa del matrimonio Wagner en Tribschen (Suiza), interpretada por trece músicos que habían estado ensayando la obra en secreto junto al maestro.

Esta vez no traigo la versión original compuesta para trece instrumentos, sino la adaptación orquestal que el propio Wagner realizó y publicó posteriormente. La interpretación en esta ocasión corre a cargo de la Orquesta Filarmónica de Munich, dirigida por el mítico Hans Knappertsbusch, en una grabación de 1962:


video de ProHabsburg

Un año después de que en Tribschen se escuchasen las notas del romántico regalo de Richard Wagner a Cosima, el día de Nochebuena de 1871 tenía lugar, en el Teatro Italiano de El Cairo, el estreno mundial de la ópera Aida, compuesta por Giuseppe Verdi cuando contaba 58 años de edad y se encontraba en la cima de su popularidad. El estreno fue un gran éxito que Verdi no pudo vivir en directo al no haber viajado a El Cairo, parece ser que por miedo al largo viaje en barco.

Aquí podemos escuchar los minutos finales de esta genial composición de Verdi, en una grabación de 1959 con las voces de Renata Tebaldi, Carlo Bergonzi y Giulietta Simionato, acompañados por la Filarmónica de Viena y dirigidos por Herbert von Karajan:


video de SensusEtRadio

El que no debía tener ningún miedo a viajar en barco era Benjamin Britten. En la primavera de 1942 el compositor regresaba en un navío rumbo a Inglaterra, en compañía del tenor Peter Pears, tras haber permanecido tres años viviendo y trabajando en Estados Unidos. Durante esa travesía, Britten compondría A ceremony of carols (Una ceremonia de villancicos), una de las obras maestras de la extensa producción en el terreno coral del compositor inglés. La pieza está escrita originariamente para coro de niños y arpa, sobre unos poemas medievales relacionados con la Navidad que se cuenta que Britten extrajo de un libro adquirido en una de las escalas que hizo ese barco que le llevaba de regreso a Inglaterra.

Podemos escuchar a continuación la preciosa A ceremony of carols, de Benjamin Britten, en interpretación del Coro de la Catedral de Westminster, dirigido por David Hill, con Sioned Williams al arpa:


video de Rique Borges

Pues nada, lo dicho, que paséis una fiestas apacibles en la mejor compañía posible y disfrutando de buena música.

domingo, 14 de abril de 2013

"TO THE WONDER". LA MÚSICA DEL ÚLTIMO MALICK


El ser humano es un profundo misterio… No, tranquilos, que no os voy a dar la brasa con ninguna interpretación metafísica. Decía que el ser humano es un misterio porque es muy complicado averiguar por qué algunos congéneres nuestros pueden encontrar satisfacción en cosas como pasarse horas a la intemperie pescando truchas con mosca, dedicar el tiempo libre a escuchar discos de la tuna de Derecho o, como es mi caso, disfrutar sin reservas con el cine de Terrence Malick.

Para mí, asistir a un nuevo estreno del director tejano es todo un acontecimiento. Y eso que no tiene la magia de antes, cuando podían transcurrir 20 años de espera entre una película y otra, lo que contribuía a engrandecer el mito (sobre todo si se trataba de dos obras maestras como “Días del Cielo” y “La delgada línea roja”); porque ahora Malick ha tenido un arranque de creatividad y en el plazo de dos años ha culminado dos películas (“El árbol de la vida” y esta “To the Wonder”) y tiene otras dos más en cartera a punto de salir de la sala de montaje.

Pero, en cualquier caso, cuando acudo al cine a ver uno de sus trabajos, lo hago con una especial motivación y disposición. No se trata de entrar en la sala esperando a ver “qué me echan”, sino mentalizado para asistir a un recital de poesía en imágenes, a través de las cuales no sólo vamos a ver una historia, sino que vamos a compartir emociones y sensaciones a base de pura genialidad cinematográfica.

Algunos se sienten incómodos ante una técnica narrativa con voces en off, ausencia de diálogos, grandes elipsis, inserciones súbitas de planos aparentemente incoherentes… pero ahí reside gran parte de la verdad y magia de su construcción. Esa es la forma en la que nuestra memoria guarda los recuerdos. Así funcionaría nuestra mente si, como los protagonistas de las historias de Malick, intentásemos rememorar lo sucedido tiempo atrás y recuperar las sensaciones vividas. Y si además logra que compartamos esas emociones y sensaciones que pretende contarnos, mediante cuidados planos de aparente sencillez (unas manos intentando aprehender la luz del sol en un cristal, el contacto del agua sobre la piel, el roce de unos labios…), el disfrute está garantizado. Al menos para algunos raritos como yo.

De todas formas, no pretendía hablar aquí de “To the Wonder”, la última película de Terrence Malick y menos aún defenderla. Comprendo que haya personas que no la soporten y, por supuesto, no se la recomendaría a nadie a quien ya no le haya convencido cualquiera de sus películas previas. Pero, ¿a mí me ha gustado?: pues sí. Desde luego considero que está lejos de “El árbol de la vida” y de creaciones anteriores. Pienso también que hay un evidente fallo de casting con el reparto masculino. Y si se quiere hablar de pretenciosidad a raudales, de preciosismo formal, de hueco misticismo… no seré yo quien lo discuta. Pero sus imágenes siguen siendo bellísimas y su cine me sigue emocionando. Independientemente de sus mensajes. Es muy fácil hacer chistes sobre su grandilocuencia desbordante, aunque para mí es mucho más importante dejarme llevar por mis sensaciones y esas me siguen compensando, con mucho, cualquier reproche que se pueda hacer. Y se pueden hacer muchos.  

Pero, como decía, no era mi intención analizar el último estreno de Terrence Malick, sino, tal y como ya hice cuando se estrenó “El árbol de la vida”, efectuar una referencia a la música que podemos escuchar en el film, o parte de ella. Y es que, como es habitual en las películas de Malick, la música ocupa un lugar esencial y no hay apenas ningún momento en el metraje en el que la imagen no esté acompañada por alguna melodía cuidadosamente escogida por el director estadounidense. En esta ocasión, firma la banda sonora original el neozelandés Hanan Townshend, y, como siempre, la cinta está plagada de fragmentos, más o menos conocidos, de música clásica.

Al poco de comenzar “To the Wonder”, acompañando unas bellísimas e inolvidables imágenes de la abadía del Monte Saint-Michel y su entorno, nos encontramos nada menos que con las maravillosas notas del Preludio al acto I de la ópera “Parsifal”, la última de las compuestas por Richard Wagner. Este fragmento volverá a sonar en dos ocasiones más y, cada vez que se escucha, las emociones en la sala suben varios enteros. Aquí traigo ese Preludio, en la mítica versión que en 1951 interpretase en el Festival de Bayreuth la orquesta titular de la casa bajo la dirección del maestro Hans Knappertsbusch:


Addiobelpassato

No es inhabitual que Malick recurra a la música de Héctor Berlioz, ya lo hizo en “El árbol de la vida” con la “Grande Messe de Morts” del compositor francés. En esta ocasión se pueden escuchar fragmentos del segundo movimiento de su segunda sinfonía, conocida como “Harold en Italie”, compuesta por Berlioz en 1834 y estructurada en cuatro movimientos, con un protagonismo indiscutible de la viola. Aquí os dejo con ese segundo movimiento, “Marcha de los Peregrinos”, en interpretación de la London Symphony Orchestra, con Nobuko Imai a la viola y la dirección de Sir Colin Davis (por cierto, hoy lamentablemente fallecido):


video de sstuddert

Otro compositor que repite respecto a “El árbol de la vida” es Ottorino Respighi, quien aparecía allí representado con la Suite III de sus “Arias y Danzas Antiguas”, siendo en esta ocasión la Suite II la que puede escucharse. En esta obra, Respighi procedió a transcribir libremente algunas piezas para laúd de los siglos XVI y XVII, convirtiéndolas en suite orquestal. Esta es la versión de esa Suite II que grabó en 1976 Sir Neville Marriner al frente de Los Angeles Chamber Orchestra:


video de peartree336

Al poema sinfónico “La Isla de los Muertos”, compuesto en 1908 por Sergei Rachmaninov, ya le dedique una entrada en este blog. La obra fue escrita tras quedar impresionado el compositor con la visión en París de una reproducción del cuadro del mismo título del pintor suizo Arnold Böcklin. Malick incluye en su última película algún fragmento de este poema sinfónico de Rachmaninov, que podemos escuchar aquí a la Royal Stockholm Philharmonic Orchestra bajo la dirección de Sir Andrew Davis:


video de Nocturne331

También Joseph Haydn tiene su hueco en “To the Wonder”, pudiéndose escuchar un fragmento de su genial oratorio “Las Estaciones”, compuesto alrededor de 1801,  cuando ya era un venerable anciano, y que constituye una de sus más relevantes obras, aunque haya estado un tanto infravalorada en su comparación con el otro gran oratorio del compositor austriaco, “La Creación”. Aquí podemos escuchar El Invierno, de “Las Estaciones” de Joseph Haydn, con Karl Böhm al frente de la Wiener Symphoniker y con Gundula Janowitz, Peter Schreier y Martti Talvela como solistas:


video de Enrico Wessels

Y vamos ahora con otras Estaciones, en este caso las compuestas por Peter I. Tchaikovsky en 1875 y 1876. Se trata de doce piezas breves para piano que fueron subtituladas con los nombres de los doce meses del año. La sexta, Junio, es una bellísima Barcarola que puede escucharse también en el último film de Malick en su versión orquestal. Como esta, interpretada por la Orquesta Sinfónica de Detroit dirigida por Neeme Järvi:


video de MrBambolfiga

Y no menos belleza destila el Concierto para Piano nº 2 del ruso Dmitri Shostakóvich, compuesto como regalo de diecinueve cumpleaños para su hijo Maxim. Su maravilloso segundo movimiento, Andante, aparece también en la última película de Terrence Malick y podemos escucharlo ahora en una interpretación de 1958, con el propio Shostakovich al piano, acompañado por la Orquestre National de la Radiodiffusion Française bajo la dirección de André Cluytens:


video de theoshow2

En 1977 el compositor estonio Arvo Pärt escribe “Fratres”. Al igual que Malick, Pärt está influido en su obra por un sentimiento trascendente y religioso que tienen claro reflejo en sus partituras. No es la primera vez que esta composición de Arvo Pärt llega a la gran pantalla. Ya en 2007, Paul Thomas Anderson la incluyó en su film “There will be blood” (Pozos de Ambición). Hay numerosas versiones de la pieza para diferentes combinaciones de instrumentos, la presentada en “To the Wonder” es para ocho violonchelos. En este blog, como no queremos ser menos, tenemos la versión para doce, que podemos escuchar ahora en la interpretación de los violonchelos de la Filarmónica de Berlín:


video de clarisaxoflute

Bueno, pues hasta aquí esta entrada de hoy sobre la música clásica que aparece en “To the Wonder”. No está referenciada toda la que suena en un momento u otro, ni mucho menos, pero sí los principales fragmentos que he podido identificar en esta última creación del siempre polémico y genial Terrence Malick. Espero que si no os ha gustado la película o ni siquiera vais a ir a verla, al menos podáis pasar un buen rato escuchando la música que he dejado.


video de movietrailers
 

miércoles, 11 de mayo de 2011

EL MÁGICO JARDÍN DE KLINGSOR

Jardines de Villa Rufolo – Ravello - Italia

“El mágico jardín de Klingsor ha sido encontrado”. Esa fue la frase que escribió Richard Wagner el 28 de mayo de 1880 en el libro de registro de visitantes ilustres de Villa Rufolo, en Ravello, una pequeña población de la región italiana de Campania a la que había acudido acompañado de Paul von Joukowsky, un pintor amigo de un hijo de Goethe, que había conocido al compositor pocos meses antes en Nápoles y que acabaría siendo quien diseñaría los decorados para el estreno de “Parsifal”.

Hay distintas versiones acerca de la auténtica influencia que la visión de los jardines de Villa Rufolo tuvo en la versión final de la genial ópera wagneriana. Encontramos desde quien sostiene que la belleza del lugar inspiró directamente al compositor la creación misma de todo el acto II, que se desarrolla en el castillo y jardines encantados de Klingsor; hasta quien afirma que la obra ya estaba prácticamente ultimada y que la frase escrita por Wagner no pasaba de ser más que una cortés muestra de lo mucho que le había gustado ese enclave.


Lo cierto es que Wagner comenzó la composición de “Parsifal”, en la residencia que le había sido cedida en Zurich por Otto von Wesendonck, en abril de 1857 (el día de Viernes Santo si nos atenemos a lo escrito por el propio compositor en su autobiografía “Mein Leben”). Wagner interrumpiría y retomaría la composición en varias ocasiones, hasta que en 1877 se dedicó ya de lleno a ella hasta su estreno en 1882.

Todo indica que cuando Wagner llegó a Ravello el diseño de “Parsifal” difería poco de su versión definitiva, al menos en lo esencial, por lo que no resulta muy creíble que el impresionante acto II se reescribiese a partir de la visión de Villa Rufolo. No es descartable que algún elemento concreto de la obra pudiera retocarse como consecuencia de esa visita, pero lo más razonable parece ser que la influencia del lugar se limitase en su caso al diseño de la escenografía de ese acto II. De hecho, se dice que fueron los dibujos de los jardines que hizo Paul von Joukowsky mientras visitaba Villa Rufolo junto a Wagner, los que llevaron a éste a encargarle el diseño del vestuario y decorados de su ópera.

Así que no sé cuál sería la trascendencia real que tuvo Ravello en Wagner para la creación de su “Parsifal”, pero lo que sí es indiscutible es la influencia que esa historia ha tenido sobre la localidad: calles con el nombre del compositor, establecimientos de lo más variopinto (bares, librerías, hoteles, agencias turísticas) que se llaman Klingsor, Wagner o Parsifal, un festival de música que se celebra todos los años en los jardines de Villa Rufolo en una terraza sobre el acantilado y referencias a la visita wagneriana en todo folleto turístico que se precie.


131 años después de que el genio de Leipzig llegase a Ravello, quise aprovechar mi escapada a la Costa Amalfitana para acercarme yo también a Villa Rufolo. Y la verdad es que la visita valió la pena, aunque nadie me pidiese firmar en el libro de ilustres visitantes ni me surgiese la inspiración para dedicarle a Helga un mísero pasodoble. Pero la experiencia de pasear por ese recinto en un momento en que estaba casi vacío, disfrutando de las increíbles vistas de la costa que se tienen desde los jardines, con la inmensidad del mar al frente, escuchando en mi Ipod el segundo acto de "Parsifal", mientras una fina lluvia comenzaba a caer, fue una vivencia inolvidable y, con o sin la intervención de Klingsor, realmente mágica.



Para finalizar, como no podía ser de otra forma, os dejo con la escena de las muchachas-flor del segundo acto de “Parsifal” de Richard Wagner, en la interpretación de la Orquesta del Festival de Bayreuth dirigida por el legendario Hans Knappertsbusch en 1962, con el tenor americano Jess Thomas como Parsifal y unas muchachas-flor de lujo: Gundula Janowitz, Anja Silja, Else-Margrete Gardelli, Dorothea Siebert, Rita Bartos y Sona Cervená:


video de thehappymonkey