lunes, 28 de septiembre de 2020

"COSÌ FAN TUTTE" (W.A. Mozart) - Palau de les Arts - 27/09/20

Tras no pocos sobresaltos, dudas, silencios y rectificaciones sobre los planes originales, ayer, pese a todo, pudo dar comienzo la temporada operística 2020/2021 en el Palau de les Arts de Valencia. Una temporada que se presenta más que incierta, al venir profundamente condicionada por la crisis sanitaria derivada de la pandemia de COVID-19 que nos sigue azotando con fuerza renovada.

Ya, para empezar, la obra que inauguró ayer el ejercicio operístico valenciano no fue el previsto Réquiem de Mozart escenificado que se había anunciado en julio, sino la ópera Così fan tutte, también del compositor salzburgués, en una versión semiescenificada creada específicamente para la ocasión. La razón es que la compleja dirección escénica concebida por Romeo Castellucci para el Réquiem no permitía garantizar plenamente el cumplimiento de las medidas sanitarias exigidas en el momento actual, especialmente para los miembros del Cor de la Generalitat, por lo que ha sido pospuesto para, en principio, la próxima temporada. Más allá de la frustración de no poder ver estrenado de momento ese Réquiem, a priori tan atractivo, creo que la dirección del teatro ha tomado una decisión correcta.

No sé cómo se irá desarrollando el resto de la temporada, ni qué consecuencias tendrá para el teatro valenciano la difícil situación creada por la pandemia, pero hasta ahora, en mi particular opinión, y espero no tener que tragarme mis palabras, creo que Les Arts está afrontando la crisis razonablemente bien, al menos hacia el exterior en lo que a las medidas para los eventos abiertos al público se refiere. Para empezar, frente a los teatros que han decidido cerrar, cancelar toda su temporada 2020/2021 y esperar tiempos mejores (como el Met), aquí se ha optado por seguir ese sabio proverbio chiquistaní que dice que si la realidad te da la espalda, intenta tocarle el culo. Jesús Iglesias ha declarado recientemente que “se estudiará la viabilidad de cada título programado diseñando un protocolo específico de seguridad acorde con la normativa que rija en cada momento”. O sea, vamos a mantener la programación hasta donde se pueda y cuando no se pueda se procurará adaptar lo programado a las circunstancias o sustituirlo por un evento viable. Esto va a generar una gran incertidumbre para el espectador, pero sobre todo va a exigir una enorme capacidad de gestión a la dirección artística del teatro para saber improvisar muchas veces, en un ámbito como el de la ópera, en el que, hasta el pasado año, si se quería asegurar el éxito se debía programar todo con una considerable antelación. Ya iremos viendo hasta dónde se puede llegar y en qué condiciones, pero por el momento creo que Les Arts no está respondiendo mal para las cartas tan malas con las que le ha tocado jugar.

En el apartado de la seguridad para el espectador pienso que también se están adoptando todas las medidas que permiten compatibilizar la minimización del riesgo sanitario con la viabilidad de los espectáculos para aforos reducidos. Yo, que confieso ser un poco caguetas y algo exagerado con mis prevenciones anti COVID, reconozco que ayer me sentí bastante seguro, tanto por la organización y medidas de control como por el espacio en la sala. Sé que no habrá sido fácil para el teatro haber reducido su aforo más allá de lo exigido por la normativa, al objeto de dejar un asiento libre junto a cada dos ocupados; pero esta decisión creo que ayuda a que el público pueda sentirse más tranquilo y fidelice su asistencia a los espectáculos que se programen.

Pienso que es mucho más lógica y segura esta reducción de aforo similar en todas las zonas de la sala que, por ejemplo, la opción que tomó recientemente el Teatro Real al efectuar la reducción de aforo cerrando la venta cuando se cubriese la venta del número de localidades máximo a ocupar sin distinción de zonas, lo que originó que todas las zonas más baratas estuviesen completamente llenas y sin huecos que respetasen las distancias mínimas de seguridad, provocando la protesta de algunos espectadores y la posterior suspensión de la función. Sé que hay una agria polémica suscitada acerca de si la culpa fue del teatro, de algunos espectadores excesivamente remilgosos o si, incluso, se pudo tratar de un boicot organizado. No pretendo entrar en una discusión que me importa un pimiento de Padrón, pero he de decir que, aunque doy la razón a quienes critican que haya personas que protesten furiosamente cuando les colocan sin separación en un teatro en la localidad que han adquirido voluntariamente y no lo hacen cuando esa situación se produce en el tren o avión que han tenido que coger para llegar al teatro, mi opinión es que el principal responsable de esa situación fue el teatro madrileño y su errónea gestión de la obligada reducción de aforo. De hecho, ya han rectificado y han decidido aplicar dicha reducción en todas las zonas de forma similar. O sea, lo que aquí ha hecho Les Arts desde el principio.

Si se descontextualiza la situación, que se inaugure la temporada de ópera con un Così fan tutte en versión semiescenificada no es precisamente el ideal de lo que espera el aficionado, pero ante la evolución de la pandemia y las dificultades crecientes para llevar a cabo eventos musicales o teatrales con gran cantidad de participantes e interacción entre los mismos, creo que la alternativa ofrecida no está nada mal. Se ofrece una de las más populares obras de Mozart, el mismo compositor del Réquiem originariamente previsto, tratándose además de una ópera con muy pocos personajes, escasa intervención del coro y con una dramaturgia de acción reducida y que no requiere de un gran apoyo escénico. En lo musical, se han hecho algunos cortes de manera que la duración total de la función no exceda de las dos horas y media, al no poderse hacer descansos; y el foso se ha extendido ocupando las dos primeras filas de platea, para posibilitar una mayor distancia entre los músicos, habiendo colocado pantallas protectoras delante de los vientos.

Para esta singular ocasión se ha decidido apostar por una nueva creación que se anuncia como semiescenificada, pero que aún no sé por qué la han calificado así, porque ya os digo yo que mis ojitos han visto en este teatro óperas con direcciones escénicas que se nos querían vender como el recopetín colorao y que tenían muchísimo menos trabajo teatral y de iluminación o vestuario que este Così fan tutte estrenado ayer, al cual además hay que reconocerle el merito de que se haya creado en un tiempo record, apenas dos semanas, y que finalmente creo que ha obtenido unos resultados más que dignos.

La encargada de la creación escénica ha sido una persona también vinculada a ese Réquiem que no pudo ser, Silvia Costa, actriz y directora italiana colaboradora habitual de Romeo Castellucci, que ha contado además con el apoyo de un hombre muy querido en la casa, Emilio López. La iluminación es de Marco Giusti y el vestuario y elementos escenográficos parece que han corrido a cargo del equipo técnico y artístico de Les Arts, de quienes también hay que valorar como merece su profesionalidad y capacidad de adaptación siempre a las circunstancias por adversas que sean.

Sobre esta propuesta escénica he de empezar reiterando lo que apunté antes, que yo creo que se le ha llamado versión semiescenificada por modestia o por haberse creado de forma apresurada, pero en ningún caso por su resultado final, el cual poco se diferencia de otras muchas óperas escenificadas que han pasado por Les Arts; y supera con creces algunas plastas de ganado vacuno con mosca incluida que nos hemos chupado aquí, baste mencionar los prestigiosos nombres de Carlos Saura, Jonathan Miller o Graham Vick para que a algunos abonados nos dé vueltas la cabeza como a la niña de El exorcista.

De la versión estrenada ayer poco hay que decir. Y esto no necesariamente es algo negativo. Poco hay que explicar porque no se intenta contar nada especial, sino simplemente crear un espacio físico y un movimiento escénico en el que la obra se desarrolle naturalmente, aprovechando la iluminación o vestuario para potenciar puntuales elementos de la trama. A veces lo sencillo es lo que mejor funciona y en este caso creo que todo acaba funcionando bastante bien. Los únicos componentes escenográficos serán unos elementos geométricos blancos y dos grandes visillos que servirán para diferenciar puntualmente distintos espacios de la acción. Todo estará compuesto con una gran simetría y con los colores blanco y negro como protagonistas.

Creo que sobraron los absurdos movimientos de brazos a cámara lenta, mezcla entre el Macarena y el Chiki-chiki, que hacen llevar a cabo al coro y a las hermanas Fiordiligi y Dorabella cuando cantan doblándose gestualmente la una a la otra. Y tampoco acabé de entender por qué se ha vendido que se había construido una puesta en escena respetuosa con la distancia social, cuando entre los intérpretes eso no ocurre. Baste como ejemplo el dúo entre Dorabella y Guglielmo, Il core vi dono, donde la distancia es cero, y yo me los imaginaba diciéndose por lo bajini mientras cantaban: ¿pero tú te has hecho el PCR, pisha?

En cuanto a lo estrictamente musical, del elenco previsto para el cancelado Réquiem se ha contado en este Così con dos de los cantantes anunciados, el tenor Anicio Zorzi Giustiniani y el bajo Nahuel Di Pierro, y con el director musical, Stefano Montanari. Era esta la primera vez que se situaba en el foso de Les Arts al frente de la Orquestra de la Comunitat Valenciana este director italiano que cuenta con una reputada carrera, especialmente en el repertorio barroco y mozartiano. Montanari llamó la atención, de entrada, por su curiosa indumentaria,  con camiseta larga, pantalones de cuero y botines, así como por su exageradísima gestualidad, dejando ayer al histriónico Wellber como un vulgar pasmarote. Llegó a provocar la carcajada del respetable cuando, para ocuparse del clave, se metía la batuta por la espalda para dejarla sujeta en la camiseta asomando por el cogote, o bien se la colocaba entre los dientes cual pirata presto al abordaje. Su ímpetu con el teclado también resultó singular y yo esperaba verle en cualquier momento ponerse a arrearle con los botines al modo Jerry Lee Lewis.

Más allá de estos aspectos meramente anecdóticos, creo que Montanari dejó ayer impronta de su buen hacer ofreciendo una versión velocísima, supersónica por momentos, pero no atropellada, sino ágil, fresca y clara, y a la vez muy cuidadosa con los detalles. Su labor con el teclado también resultó destacada, impregnando de vivacidad la escena. Me gustó que la obertura se ejecutase a telón bajado, centrando la atención exclusivamente en lo musical. En momentos puntuales, como en Un’aura amorosa, ralentizó los tiempos y apianó la orquesta consiguiendo que la emoción subiese enteros aunque la voz del tenor en ese caso no acompañase. También hizo lo mismo en Per pietà, ben mio, perdona, volviendo a agilizar el tempo en la segunda parte del aria, creando así un contraste expresivamente muy eficaz e interesante. Sé que a lo mejor a algunos pueda parecerle discutible la dirección musical de Montanari, pero a mí sí me convenció, especialmente si traigo al recuerdo la vez anterior en que se representó esta ópera en Les Arts, en 2009, con la batuta del amigo Tomáš Netopil convirtiendo esta obra maestra en un contundente somnífero.

La Orquestra de la Comunitat Valenciana volvió a ofrecer unos sonidos que por momentos fueron excelentes y ello pese a que creo que las pantallas colocadas en el foso delante de los vientos restaron brillantez y presencia a las maderas en los tutti. No obstante fueron muy destacables las intervenciones de flautas, clarinetes, oboe (con Christopher Bouwman de nuevo en los atriles) y con otra noche de auténtico lujo de las trompas, por ejemplo en la introducción a Secondate, aurette amiche.

El Cor de la Generalitat debía haber sido el gran protagonista de este inicio de temporada en ese Réquiem interruptus que esperamos pueda finalmente consumarse en la próxima temporada. De momento, su intervención en la ópera que inauguró ayer el ejercicio operístico, no por ser menor en extensión fue menos brillante en cuanto al resultado. Estuvo estupendo tanto en Bella vita militar como en Benedetti i doppi coniugi, aunque donde me conquistaron especialmente fue con el breve, pero bellísimo, Secondate, aurette amiche que se marcaron.

En el apartado de los solistas vocales hubo de todo dentro de un buen nivel general, pero ganaron las chicas por goleada. El muy exigente papel de Fiordeligi fue interpretado por la soprano Federica Lombardi quien fue la gran triunfadora de la noche. Sorprendió por su carisma escénico y por una voz cálida que brillaba deslumbrante y con insultante facilidad en unos agudos potentísimos e incisivos. Quizás la zona grave se mostrase más desguarnecida, pero hacer frente a esa diablura mozartiana que es el Come scoglio sin que se apreciasen cambios de color, ya es toda una noticia. Se inventó alguna nota o hubo alguna no del todo afinada, pero el resultado fue estupendo. Supo jugar con las medias voces y los reguladores con un gusto exquisito y un fraseo pulido. En Per pietà, ben mio, perdona, acompañada por el buen hacer de la orquesta, pareció que el tiempo se detuviese, construyéndose uno de los momentos más emocionantes de la velada.

La mezzosoprano irlandesa Paula Murrihy llevó a cabo una sentida interpretación del personaje de Dorabella. Murrihy debía haber debutado en el teatro valenciano en el Faust que se canceló la pasada temporada. En esta que ha sido finalmente su primera aparición en Les Arts, a mí particularmente me dejó un buen sabor de boca, pese a reconocer que se trata de una mezzo demasiado lírica, con una voz algo carente de cuerpo, pero con la que consiguió trazar un fraseo cuidado, cargado de musicalidad y sentido expresivo. Se defendió con solvencia en el complicado Smanie implacabili y sus dúos con Fiordiligi destacaron por el encaje de ambas voces y su belleza musical.

El rol de Ferrando corrió a cargo del tenor Anicio Zorzi Giustiniani a quien ya pudimos escuchar en Les Arts en el año 2017, en Le Cinesi de Gluck. El entubamiento y falta de brillantez y claridad de una voz blanquecina, muy pequeña y hospedada en la nariz, deslució una interpretación en la que estuvo muy por debajo de sus compañeros de reparto. En los números de conjunto resultaba completamente inaudible o apenas se alcanzaba a intuir una vocecilla más propia de Alvin y las ardillas que del tenor que ha de lograr enamorar a la audiencia con su canto. En su gran momento de lucimiento en solitario, con la maravillosa Un’aura amorosa, pese al empeño que pusieron solista y orquesta, no acabó de lograr que brotase la emoción. Tampoco ayudó a que mi impresión fuera mejor el que desde que apareció en escena me obsesionase con que me recordaba al conseller Marzà tras haber seguido una severísima dieta de la alcachofa.

Bastante más me convenció su paisano, el barítono Davide Luciano, que fue el encargado de dar vida a Guglielmo. Es este un cantante que se ha subido ya a las tablas de los principales coliseos operísticos internacionales y que sorprendió ayer por su voz de gran volumen, muy homogénea, con auténtico timbre baritonal, y que corría limpia y liberada por la sala, algo que cada vez es más inhabitual en estos tiempos de barítonos de voz atrasada, cogotera e incluso rectal. Tampoco es que el chico sea la bomba, porque se echó en falta un poco más de refinamiento, pero cumplió muy correctamente.

Espléndida fue la Despina que compuso la jovencísima soprano valenciana Marina Monzó, quien ya nos dejase unas buenísimas impresiones el año pasado en su debut en Les Arts como la Marola de La tabernera del puerto, y que anoche confirmó que nos encontramos ante una de las voces más prometedoras del panorama español actual, obteniendo un rotundo y merecidísimo éxito gracias a una voz limpia, timbrada y brillante que manejó con elegancia y seguridad. Sus recitativos fueron posiblemente los mejores del elenco, cargados de expresividad, claridad e intención dramática. Derrochó también gracia y desparpajo escénico en su triple papel de la doncella Despina, falso doctor y falso notario. En estas dos últimas caracterizaciones, además, donde suele ser habitual que la parodia se imponga a la belleza vocal, nos ofreció un canto de factura excelente.

El papel de Don Alfonso estuvo encarnado por el bajo argentino Nahuel Di Pierro, un viejo conocido de Les Arts, donde regresa después de participar en aquellos primeros años de su inauguración en las producciones de Fidelio, Don Giovanni y Cyrano de Bergerac. Posee una voz más baritonal que de auténtico bajo, echándose de menos un poco más de anchura, peso y contundencia vocal, aunque para este papel de Don Alfonso, de carácter más bufo, cumple sus requerimientos, quizás sin especial brillantez pero con corrección. Destacó por el cuidado de los recitativos y el sentido dramático en la construcción del cínico y manipulador personaje.

La sala no presentaba llenos todos los huecos habilitados al efecto, pero creo que para las circunstancias que se viven no puede hablarse de una mala entrada. Poco a poco es de esperar que el público vaya adquiriendo mayor seguridad y fidelice su asistencia. Llamó la atención la reducción del número de toses que se escucharon, aunque también se redujo el número de aplausos, que sólo muy puntualmente interrumpieron el discurrir de la representación. Demasiada frialdad en unos espectadores que, sin embargo, al finalizar la ópera si premiaron con calidez a todos los intervinientes, especialmente a Federica Lombardi, Marina Monzó y la orquesta.

No quisiera finalizar esta crónica sin compartir la emoción que sentí anoche, más allá de los resultados artísticos o musicales, por el mero hecho de volverme a encontrar sentado en la sala de este teatro, que es casi mi segunda casa, escuchando de nuevo una ópera en directo. De verdad fue algo muy especial. Y por eso desde aquí os invito a todos los aficionados a animaros a recuperar estas sensaciones. No sabemos lo que nos deparará el futuro y si venceremos a la pandemia o ella acabará por extinguirnos, pero lo que no debemos consentir es que sea el miedo el que nos paralice. Cumplamos todas las medidas de seguridad y seamos prudentes, pero no permitamos que el temor acabe por derrotar la música y la cultura. Al menos por nosotros que no quede.

martes, 7 de julio de 2020

TEMPORADA OPERÍSTICA 2020/2021 EN EL PALAU DE LES ARTS


7 de julio, San Fermín. El peculiar chupinazo que ha tenido lugar hoy en el Palau de les Arts de Valencia ha sido la rueda de prensa en la que, la secretaria autonómica de Cultura y Deporte de la Generalitat, Raquel Tamarit, el presidente del Patronato de Les Arts, Pablo Font de Mora, y el director artístico del teatro valenciano, Jesús Iglesias Noriega, han anunciado los espectáculos que integrarán la temporada operística del Palau de les Arts 2020/2021. Eso, por supuesto, si el devenir de la situación sanitaria derivada de la crisis del COVID-19 lo permite. El próximo jueves, día 9 de julio, será Ramón Gener quien haga la presentación oficial abierta al público en la sala principal de Les Arts.

Hace apenas un par de meses, cuando debería haberse anunciado la próxima temporada de no haber surgido el bichito de marras y cuando nos encontrábamos todos recluidos, pensar en una nueva temporada de ópera era casi cosa de ciencia ficción. A día de hoy, aunque todo vaya evolucionando a mejor y la vida se vaya normalizando poco a poco, casi lo sigue siendo, viendo las limitaciones que aconsejan unas elementales medidas de prudencia sanitaria. Pero claro, ¿qué hacen entonces los gestores del teatro, esperar hasta que todo vuelva a la absoluta normalidad y no haya restricción alguna, dejando pasar en blanco una, dos o, solo Wotan sabe, cuántas temporadas; o se programa una temporada lo más normalizada posible y se va reaccionando fecha a fecha en función de cómo evolucione la crisis? Obviamente se ha optado por esta última alternativa y creo que de forma acertada. Eso sí, veremos al final cuánto de lo anunciado se puede llevar a efecto y en qué condiciones.

Cuando pienso en medidas de seguridad no sólo me estoy refiriendo a aquellas dirigidas a minimizar el riesgo en el público, sino también en los trabajadores de todos los departamentos del teatro y, muy especialmente, en los músicos que ocupan el foso orquestal y en el coro y los cantantes que actúan en el escenario. Yo no veo cómo hacer compatible las distancias interpersonales de seguridad, el uso de mascarilla u otras medidas similares, con un numeroso grupo de cantantes representando, por ejemplo, Falstaff, lanzando perdigones a cascoporro, o con un foso de cien músicos interpretando, por ejemplo, Tristan e Isolda. Se me escapan muchas cosas. Ojalá todo evolucione rápida y muy favorablemente, aunque no parece la tónica, pero hoy por hoy este anuncio de temporada me parece más una muy loable declaración de intenciones que una perspectiva de futuro. Optimista que es uno.

Prescindiendo del consabido virus, la verdad es que el contenido de la temporada anunciada, aunque haya cosas que gusten más y otras menos, creo que en líneas generales es bastante ilusionante y mantiene la directriz ya marcada por Jesús Iglesias de diversificación de títulos, géneros y periodos compositivos de forma acertada.

Al igual que ocurriese en el pasado año, parece que no se va a distinguir entre pretemporada y temporada, pero una diferencia sí se observa. Este año no hay espectáculos a precios tan reducidos como los que ofrecía la pretemporada en ejercicios anteriores o en las primeras óperas del año pasado. La situación que vivimos y las implicaciones económicas para el teatro son críticas, pero es una auténtica lástima que se pierda esa iniciativa de precios muy reducidos en los primeros espectáculos de la temporada que, estoy convencido, jugaba un papel decisivo a la hora de acercar la ópera a los jóvenes y a públicos no especialmente afines. Es verdad que se mantienen los preestrenos para jóvenes o los espectáculos de los domingos a cinco euros, pero perder la pretemporada, como concepto de funciones a precios muy reducidos, creo que es una muy mala noticia.

Entrando ya en el detalle, el Cor de la Generalitat cobrará un especial protagonismo en la obra que dará el pistoletazo de salida a la actividad del teatro valenciano, con el anunciado Requiem de W.A. Mozart, que llegará al escenario de la sala principal de Les Arts los días 27 y 30 de septiembre y 2, 4, 6 y 8 de octubre. Y, sí, llega a la sala principal, porque se trata de una original versión escenificada que cuenta con la dirección escénica de Romeo Castellucci  y que ya pudo verse en la última edición del festival de Aix-en-Provence, en una coproducción del Palau de les Arts con Adelaide Festival, Theatre Basel, el ya mencionado festival de Aix-en-Provence, Wiener Festwochen y La Monnaie. Seguro que la propuesta traerá cola y suscitará una interesante polémica, aunque lo realmente importante será la vertiente musical. La dirección de la Orquestra de la Comunitat Valenciana se ha encargado a Stefano Montanari y los solistas anunciados son Anett Fritsch (soprano), Sara Mingardo (Contralto), Anicio Zorzi Giustiniani (tenor) y Nahuel Di Pierro (bajo).

No menos interesante es la propuesta para los días 29 y 31 de octubre y 1 y 4 de noviembre, con una exquisita rareza de imprescindible visión, como es Fin de partie, la única ópera escrita por el húngaro György Kurtág, sobre un texto de Samuel Beckett, y cuyo estreno mundial tuvo lugar en La Scala en 2018, habiendo sido premiada con el Opera Awards 2019 al mejor estreno mundial. Es una muy atractiva coproducción del Teatro alla Scala y la Dutch National Opera, que contará con el mismo equipo que participó en el estreno milanés, esto es, la dirección musical del alemán Markus Stenz, dirección de escena de Pierre Audi y la participación prevista de los cantantes Frode Olsen, Leigh Melrose, Hilary Summers y Leonardo de Cortellazi.

Una de las víctimas de la debacle operística originada en la programación de esta última temporada por el impacto del coronavirus, fue la obligada suspensión del estreno de la ópera Il tutore burlato, del compositor Vicente Martín i Soler, la cual, sin embargo, está visitando estos días diferentes localidades de la Comunidad Valenciana dentro del proyecto Les Arts Volant. Si esta vez las circunstancias no lo impiden, está previsto que se ofrezcan representaciones en el Teatre Martin i Soler los días 13, 17, 20 y 22 de noviembre. La dirección de escena es del valenciano Jaume Policarpo y la musical le corresponderá al también valenciano Cristóbal Soler. Los cantantes serán alumnos del Centre de Perfeccionament ese que ya no lleva el nombre de un cantante que venía todos los años a Valencia y fue muy famoso, pero que ahora parece que no haya existido nunca.

Si el año pasado contamos con la visita de la Orquesta Les Arts Florissants, con William Christie al mando, interpretando una versión semiescenificada de una ópera de Mozart, La finta giardiniera; este año será otro gran director, Marc Minkowski, quien acuda con sus prestigiosos Les Musiciens du Louvre, el día 26 de noviembre a la sala principal, para ofrecernos otra ópera del genio salzburgués, en este caso Mitrídate, re di Ponto, en versión concierto, eso sí. Se anuncian como solistas los nombres de Julie Fuchs en el papel de Aspasia, el tenor neozelandés Pene Pati (con perdón, juro que es su nombre), la soprano Elsa Dreisig y el contratenor polaco Jakub Józef Orliński.

Tras haberse tenido que cancelar este año, por el virus del demonio, la última de las representaciones de Il viaggio a Reims, Gioachino Rossini volverá a Les Arts, nada menos que con seis funciones de La Cenerentola que tendrán lugar los días 10, 12, 15, 17, 20 y 23 de diciembre. El equipo viene comandado por dos reputados nombres, con la dirección musical del italiano Maurizio Benini y la dirección escénica del francés Laurent Pelly, en esta nueva coproducción del Palau de les Arts con la Dutch National Opera y el Grand Théâtre de Genève. Entre las voces se anuncia al tenor norteamericano René Barbera, quien canceló hace dos años su participación en Valencia en La clemenza di Tito. Junto a él se prevé la presencia de la rusa Anna Goryachova y, sobre todo, lo que para mí constituye el mayor aliciente de este título, que sería el debut en el escenario de Les Arts, si no estoy equivocado, del veterano bajo barítono zaragozano Carlos Chausson.

Los platos fuertes de la temporada operística comenzarán con el estreno, el día 21 de enero de 2021, de la maravillosa Falstaff, la última ópera escrita por un octogenario  Giuseppe Verdi con la colaboración indispensable del excelente libreto de Arrigo Boito. Se ofrecerán cuatro apetecibles funciones más, los días 24, 27, 29 y 31 de enero. La dirección musical correrá a cargo del estadounidense James Gaffigan, quien ya estuvo en Les Arts el pasado año dirigiendo el Réquiem alemán de Brahms, y de la escénica se encarga el director italiano Mario Martone en una producción procedente de la Staatsoper de Berlín. El papel protagonista será interpretado por Ambrogio Maestri, toda una garantía la que ofrece este barítono italiano que ha hecho del rol de Sir John Falstaff un segundo yo del que es imposible disociarlo, como a Johnny Weissmüller de Tarzán. En el resto de voces hay un poco de todo, con nombres como Ainhoa Arteta, Mattia Olivieri, Sara Blanch, Juan Francisco Gatell o Violeta Urmana.

Los días 13, 16, 19, 21 y 24 de febrero, los protagonistas serán de nuevo los alumnos del Centre de Perfeccionament ese que ya no lleva el nombre de un cantante que venía todos los años a Valencia y fue muy famoso, pero que ahora parece que no haya existido nunca, con una coproducción del Teatro Arriaga de Bilbao y el Teatro de la Maestranza de Sevilla, de L’isola desabitata, la ópera con libreto de Metastasio y música de Manuel García, figura clave de la historia de la ópera y patriarca de esa ilustre familia musical que nos dio a dos cantantes míticas como fueron las hermanas María Malibrán y Pauline Viardot. La dirección escénica contará con el asegurado colorido y chispa que siempre imprime a sus creaciones Emilio Sagi.

La joya de la corona de este año es, sin duda, el regreso, ¡por fin!, de una ópera de Richard Wagner a la sala principal de Les Arts, y nada menos que con una obra maestra tan colosal como Tristan e Isolda, en una producción de la Opéra de Lyon de la que se anuncian cinco funciones los días 2, 5, 8, 11 y 14 de marzo. La dirección escénica correrá a cargo de Alex Ollé (La Fura dels Baus) y la musical del finlandés Mikko Franck, quizás el nombre que más dudas me suscita a priori. El reparto previsto es de una solvencia incontestable, con el poderío de la rusa Elena Pankratova y la veteranía de Stephen Gould, con unos secundarios de lujo como el Marke de René Pape, la Brangäne de Elena Zhidkova o el Kurwenal de James Rutherford. Sin duda nos encontramos ante el principal aliciente de esta incierta temporada operística anunciada. Ojalá la situación sanitaria y la locura fallera no impidan la celebración como merece de este hito musical que tanto deseábamos algunos. Me cabe la duda de los horarios de inicio de las funciones en día laborable de estas representaciones. No hay indicación al respecto de momento en la web de Les Arts que sigue fijando las 20 horas con carácter general. Si eso fuera así, nos llevaríamos saco de dormir.

La cuota zarzuelera de este año se cubrirá con las cuatro funciones previstas en la sala principal, los días 16, 18, 20 y 22 de abril, de la zarzuela El barberillo de Lavapiés, de Francisco Asenjo Barbieri, en una producción del Teatro de La Zarzuela, con dirección musical de Miguel Ángel Gómez Martínez, dirección de escena de Alfredo Sanzol y las voces de Borja Quiza, Sandra Ferrández, María Miró, Javier Tomé, David Sánchez y Abel García.

La temporada finalizará con la reposición, los días 23, 27 y 30 de mayo y 2 y 5 de junio de 2021, de Cavalleria Rusticana de Mascagni, en la producción del Teatro Real que pudo ya verse en Les Arts en 2010, con la dirección escénica concebida por Giancarlo del Monaco y que tan profundo recuerdo dejó en los aficionados valencianos; aunque bien es verdad que ese recuerdo se debió a la genialidad en la batuta que nos brindó en aquellas noches mágicas el desaparecido y muy añorado Lorin Maazel. Al alcoyano Jordi Bernàcer le corresponderá en esta ocasión ocupar el foso e intentar que el recuerdo del maestro Maazel no empañe su labor. La ópera de Mascagni se ofrecerá en un clásico programa doble con el Pagliacci de Leoncavallo, también con dirección escénica de Giancarlo del Monaco. Los solistas anunciados son: Jorge de León que hará doblete como Turiddu y Canio;  Sonia Ganassi será Santuzza; Ruth Iniesta, Nedda, y Misha Kiria, a quien vimos esta temporada como el Don Profondo de Il viaggio a Reims, que está previsto que asuma en esta ocasión los papeles de Alfio y Tonio.

Y hasta aquí el programa operístico anunciado. Ambicioso, variado, con cosas ilusionantes y desde luego para lo que ha sido la cosa estos años atrás y para lo que podía haber sido después del cierre forzoso a primeros de marzo, no está nada mal: seis óperas en la sala principal, más otra en versión concierto, el Réquiem de Mozart escenificado, una zarzuela y dos óperas más en la sala Martin i Soler. Mención especial merecen también los siete recitales previstos dentro de los ciclos de lied y grandes voces, todos ellos en la sala principal, con nombres como Joyce DiDonato, Anita Rachvelishvili, Sonya Yoncheva, René Pape, Ainhoa Arteta, Christian Gerhaher y Lise Davidsen, estos dos últimos que considero absolutamente imprescindibles.

En cuanto al apartado sinfónico, aunque sigan llevándose los conciertos a esa horrísona nave industrial a la que osan llamar Auditori, también hay citas muy interesantes, comenzando por otra de las víctimas más sentidas de las cancelaciones víricas de este año, y que, afortunadamente, se vuelve a anunciar para el 5 de febrero en Valencia y al día siguiente en Castellón, el Requiem de Verdi con la dirección de Daniele Gatti, y con Maria Agresta, Sonia Ganassi y Michele Pertusi entre los solistas. Otros eventos destacables serán esa tercera sinfonía de Mahler con Gustavo Gimeno, la sinfonía Leningrado que dirigirá Heras-Casado, la Novena de Beethoven con Fabio Luisi y la presencia en el foso de otros directores como Juanjo Mena o Antonello Manacorda.

Voy a darme un paseo, pegar cuatro gritos y vuelvo para hablar del ballet…

…Ya… De nuevo funciones de ballet vuelven a engrosar los abonos operísticos sin justificación alguna. Algún día debería hacerse una reflexión seria sobre el tema. Yo, año tras año, escucho a muchos abonados tan estupefactos como yo y, ojo, a muchos aficionados al ballet quejándose porque cuando van a comprar entradas está casi todo ocupado por abonados operísticos, a una gran mayoría de los cuales nos importa la danza un pimiento de padrón. Todos los abonos de ópera tienen una representación danzarina metida con calzador y yo lo que le metería sería el tutú por un orificio trasero pequeñico al ideólogo de semejante dislate. Hay tres espectáculos de ballet y, en los dos que se han llevado a la sala principal, de sus siete funciones, seis están en abono de ópera. No tiene sentido. El ballet tiene su público y seguro que puede llenar aforo sin necesidad de obligarnos a los operófilos antidanza a rellenar huecos para siestear. En fin, todos los años digo las mismas cosas y ni el coronavirus modifica los comportamientos de algunos.

Fuera de abono se abren otros ciclos de flamenco, bandas y otras músicas, así como múltiples actividades. Podéis consultar toda la programación AQUÍ.

Bueno, corto ya. Espero de corazón que toda esta programación presentada hoy pueda llevarse a cabo y no se quede en un bonito brindis al sol, con un anuncio de lo que pudo haber sido y no fue. Lo principal ahora mismo, en primer lugar, es que desde el punto de vista sanitario esté la situación lo más controlada posible, Y, después, que las limitaciones que puedan derivarse de la evolución de esa crisis sanitaria para los espectáculos con gran concurrencia de personas, se puedan y se sepan gestionar de forma tal que se garantice la seguridad de los asistentes y de los profesionales que trabajen en el teatro o participen en esos espectáculos.

Ya sabéis que yo no soy una persona precisamente optimista, pero de momento no nos queda otra que ser prudentes y confiar en que la situación pueda volver cuanto antes a ser lo más parecida posible a como era, por ejemplo, hace un año… Ya veremos…  

miércoles, 4 de marzo de 2020

"IL VIAGGIO A REIMS" (Gioachino Rossini) - Palau de les Arts - 03/03/20


Hacía bastantes años que no me perdía un estreno operístico en el Palau de les Arts y que en este blog no aparecía al día siguiente del mismo mi personal visión de lo acontecido; pero una festiva celebración familiar ineludible hizo que en esta ocasión no pudiese estar presente en el estreno de la ópera Il viaggio a Reims, de Gioacchino Rossini, el pasado sábado 29 de febrero. Un estreno que, por cierto, coincidía con el 228 aniversario del nacimiento del compositor. Así que esta crónica de hoy no se corresponde con lo vivido en el estreno, sino en la segunda de las funciones, la que tuvo lugar ayer, día 3 de marzo.

Este regreso de la ópera rossiniana a Les Arts se produce inmediatamente después de las intensísimas emociones vividas con la anterior ópera de abono, Elektra, en unas funciones que permanecerán para siempre en el recuerdo de los aficionados valencianos por el grandísimo nivel orquestal, vocal y escénico desplegado. Pasar de esa Elektra a Il viaggio a Reims, sin cabina de descompresión ni terapia de adaptación intermedia, confieso que me daba bastante pereza. Y lo digo sin el más mínimo ánimo peyorativo para la composición rossiniana, que me parece una obra muy disfrutable si está bien servida y a la que le reconozco indudables méritos, pero entre ellos desde luego no se encuentra su consistencia narrativa. Si la ópera de Strauss se hallaba sustentada por la fuerza y el poderío dramático de un libreto magnífico, la de Rossini deriva todas sus opciones de éxito a la genialidad musical del compositor y a la calidad de voces e instrumentistas, porque eso que aparece en el programa definido como “libreto de Luigi Balocchi”, se llama libreto como se podía haber llamado Wenceslao.

La insulsez supina de una historia estática con menos chispa dramática que un episodio de los teletubbies en modo pause y con el control parental activado, hace que constituya un reto de primer orden para cualquier director de escena que tenga que enfrentarse a la dirección escénica de Il viaggio a Reims, una obra más cercana a poder ser apellidada cantata que ópera, y que si se representase en versión concierto tampoco se perdería mucho. Rossini compuso esta obra por encargo, para celebrar la coronación en Reims del último rey Borbón de Francia, Carlos X, y su propósito no fue nunca que la obra perviviera representándose por los escenarios europeos tras su estreno en París en 1825 y unas pocas funciones más; sino que, cumplido su encargo, hizo desaparecer la partitura y utilizó gran parte de su música en otra ópera suya, Le Comte Ory, estrenada tres años después. Eso explica que a Rossini le chupase un pie la coherencia y enjundia dramática de la propuesta y lo único que quería era construir una loa a la monarquía francesa y a la aristocracia europea que sirviera de vehículo en el que poder llevar a cabo una exhibición de sus habilidades como compositor, tan admiradas en Francia en aquellos años, y en el que su partitura fuese interpretada, además, por los mejores cantantes e instrumentistas del momento, todos ellos, a su vez, con números individuales y de conjunto que permitieran su lucimiento, más allá de que la coherencia narrativa del conjunto se resintiese o no.

Con esas premisas, al director de escena actual, si no quiere dormir a las ovejas, sólo le cabe echarle un poco de imaginación e intentar condimentar esa construcción dramática tan endeble con el picante de una propuesta distinta que resulte original y aporte interés escénico a una obra que, por otro lado, es musicalmente muy rica, y debe hacerlo sin generar demasiada incoherencia con el texto, sin que se resienta el particular espíritu rossiniano y sin que se perjudique la necesaria exhibición de virtuosismo musical y vocal que debe ser la protagonista, manteniendo un equilibrio que, reconozco, es muy complicado.

La producción que se ha presentado en Valencia es la que ideara en 2015 Damiano Michieletto para la Ópera de Ámsterdam, la Dutch National Opera & Ballet, en coproducción con la Royal Danish Opera Copenhagen y la Opera Australia, y que cuenta con el imprescindible apoyo de la escenografía de Paolo Fantin, el vestuario de Carla Teti y la iluminación de Alessandro Carletti. Michieletto ya ha demostrado sobradamente a lo largo de su carrera que ingenio y originalidad no le faltan, y no suele ser un hombre de medias tintas, así que cuando tiene una idea se lanza a desarrollarla con entusiasmo y sin red, triunfando muchas de las veces y pegándose el gran batacazo otras. Aquí, en Les Arts, nos ha ofrecido de todo, su mejor cara (La damnation de Faust) y la peor (Il barbiere di Siviglia), pero llevando a cabo siempre, más allá del éxito final, un arduo trabajo teatral de planificación y dirección escénica, y sin dejar nunca a nadie indiferente.

L'albergo del Giglio d'Oro, en el que aristócratas y pudientes personajes de diversas partes de Europa se reúnen camino de Reims, donde se celebrará la coronación de Carlos X, se transformará en esta ocasión, por gracia de Michieletto, en la Golden Lilium Gallery, un espléndido museo donde los personajes de las diferentes obras de arte expuestas cobrarán vida por la noche, mientras nuestros protagonistas se mueven perdidos buscando su lugar en el mismo, que finalmente descubriremos que será el cuadro de François Gérard: La coronación de Charles X.

La genialidad del regista italiano es absoluta. Consigue transformar un mojón argumental en una creación en la que el interés no decae en ningún momento y donde, hasta en los momentos más estáticos de esta obra tan encorsetada en lo narrativo, consigue que fluya la acción con sentido teatral y con una frescura muy cercana al espíritu de Rossini. Todos los personajes, como ocurre en el original, esperan para llegar a la coronación de Reims, aunque aquí será a la representada pictóricamente por Gérard y, contrariamente a lo reflejado en el libreto, aquí si lo lograrán.

El impacto visual y la belleza estética de la propuesta es incuestionable, el acierto en la elección de los figurantes, total, pareciendo realmente que habían escapado de las creaciones de Van Gogh, Goya, Velázquez, Kahlo, Botero, Magritte, Haring o Dix; y hay instantes visualmente inolvidables: como cuando el Retrato de Madame X de John Singer Sargent, parece cobrar vida y abrazar a su restaurador o, sobre todo, la composición de La coronación de Charles X por los personajes de la ópera, mientras Corinna canta All’ombra amena, para acabar fundiéndose la imagen real con la del lienzo auténtico. Magistral.

En mi particular opinión, Michieletto ha vuelto a acertar totalmente y seguro que, de nuevo, a pocos habrá dejado indiferentes, porque los comentarios que escuché ayer, durante el intermedio y a la salida, se movían únicamente entre quienes se mostraban entusiasmados con la propuesta escénica (los más) y quienes la rechazaban furibundamente (los menos) bien porque se sentían perdidos en la trama o molestos con el exceso escénico o porque consideraban que se habían traicionado las esencias rossinianas.

Quizás algunos espectadores pudieron sentirse perdidos siguiendo el texto y viendo la escena, sin tampoco entender lo que allí ocurría hasta la composición del cuadro final, aunque yo no sé si se hubieran encontrado menos perdidos con la obra representada ajustándose estrictamente a Wenceslao, digo al libreto, que ya es bastante absurdo y surrealista de por sí. A propósito de esto me gustaría decir algo que ya vengo pensando desde hace tiempo. Quizás no estaría de más que en Les Arts en lugar de gastarse el dinero en los programas de mano que reparte actualmente en papel “del bueno”, con cuatro fotos y el argumento, bajase la calidad del continente y subiese la del contenido, dando algunas notas sobre la producción que se presente y sobre la obra interpretada, aunque cobrase un precio simbólico.

Es verdad que pueden cuestionarse aspectos que yo mismo he criticado en otras ocasiones. Como siempre ocurre con Michieletto hay un exceso de acción sobre el escenario. Siempre está pasando algo, en primer y segundo plano, pero ello dota de riqueza a la construcción dramática de los personajes y les insufla verosimilitud, aunque a veces pueda distraer la atención del espectador de la música o de la trama principal. Ese exceso de acción suele conllevar también que se produzcan ruidos que en ocasiones pueden disturbar la escucha musical. Pero, sinceramente, pienso que Il viaggio sale ganando con ese enriquecimiento de la acción y no es lo mismo molestar con ruidos o distrayendo con acciones en segundo plano un par de momentos puntuales en una ópera bufa de desarrollo narrativo plano, como Il viaggio, que en los momentos clave de Les Troyens, La Valquiria o Don Giovanni. Sí que quizás sea más crítico respecto a convertir el Medaglie incomparabili de Don Profondo en una subasta de arte, que como idea me parece muy bien, pero creo que se patina trasladando la acción a la platea, molestando, esta vez sí, al espectador cercano.

Además, hubo otros instantes donde no sólo no se perjudicó lo musical sino que la dirección de Michieletto contribuyó a engrandecerlo, como interpretando la introducción a telón bajado, o en el momento más mágico de la velada, con el arpa acompañando a Corinna en su Arpa gentil, che fida mientras la luz se atenúa y se inicia un lento y delicado ballet. Un instante de esos en los que, como quería Rossini, todo el alboroto se detiene y sólo la genialidad y belleza de su música se hace protagonista, llegando incluso a lograr el silencio total en la platea, curando milagrosamente, cual a leprosos en Nuevo Testamento, el coro de afectados de tuberculosis y coronavirus que nos estaba deleitando toda la noche.

En definitiva, una dirección de escena que me pareció sobresaliente y que creo que hace mucho más disfrutable la rica partitura rossiniana.

De la dirección musical se ha encargado Francesco Lanzillotta, un director al que yo no conocía hasta ahora y con quien confieso que no me quedan muchas ganas de repetir después de lo vivido ayer. Se presentaba al director romano como un especialista en el género rossiniano, pero no sé si es que el título se lo sacó en un master de la Universidad Rey Juan Carlos, si en lo que era especialista era en el turnedó Rossini o si definitivamente tengo que ir a desembozar mis orejas; porque el caso es que quedé francamente decepcionado con su labor. Creo que lo mejor que hizo fue ponerse el casco con penacho durante el aria de Don Profondo. Después de haber disfrutado tanto con la Orquestra de la Comunitat Valenciana en la reciente Elektra con los sonidos y la tensión que se exhibió desde el foso, parecía mentira que la que lo ocupase ayer fuera la misma agrupación.

La partitura de Rossini es mucho más traicionera de lo que parece, sobre todo si se quiere extraer el peculiar acento rossiniano, la chispa, la vivacidad, la frescura y transparencia que deben ser consustanciales al compositor de Pesaro. Poco de eso hubo ayer. Más bien Lanzillotta se caracterizó por imponer una batuta tosca y pesada que descuidó los matices, llevando a cabo una lectura excesivamente plana, imprimiendo tiempos lentos y trabados, y donde cualquier atisbo de tensión era absorbido en una especie de blandiblub sonoro que incitaba al sopor. Para colmo, la difícil concertación de los exigentes números de conjunto tampoco resultó especialmente acertada, y la descoordinación del foso con algunos solistas, como con el nefasto en este aspecto Sâmpetrean, fue demasiado evidente. Eso no quita para que se deban alabar las prestaciones de los músicos de la orquesta, con unos vientos en estado de gracia toda la noche, así como las intervenciones solistas de la flauta y el maravilloso sonido del arpa. También resultó muy destacable el trabajo del continuo con Simone Ori al fortepiano y Arne Neckelmann al violonchelo.

Impecable nuevamente el Cor de la Generalitat con alguna intervención ciertamente brillante, como la del coro femenino en Come dal cielo, o el estupendo L'allegria è un sommo bene que además tuvieron que ejecutar cantando y actuando a la vez que recogían y ordenaban el material escénico para el número final. Y es que si destacaron en el apartado vocal, en lo actoral sólo cabe concederles la nota máxima.

Esta ópera está concebida para permitir la exhibición de un extenso reparto de solistas que tienen todos ellos importantes momentos de lucimiento. Se escribió pensando en las mejores voces del momento y, tras su recuperación en los 80, todos tenemos en la cabeza versiones con ilustres nombres como los de Caballé,  Ricciarelli, Raimondi, Ramey, Gasdia, Valentini Terrani, Araiza, Nucci, Merritt… Lo ofrecido anoche en el Palau de les Arts estuvo muy lejos de eso y, lamentablemente, la faceta musical no estuvo a la altura de la dirección escénica. Sin embargo, tengo que reconocer que el conjunto de cantantes elegido para la ocasión sí se mostró homogéneo y a muy buen nivel en la faceta actoral, cumpliendo todos ellos con brillantez las exigencias de la regia.

Destacó claramente en lo vocal, a mi juicio, la Corinna de la soprano Mariangela Sicilia, una cantante que ya nos dejara muy buenas sensaciones como Pamina en La flauta mágica que inauguró la pasada temporada. Suyas fueron las intervenciones más relevantes de la velada, especialmente en ese lujo que es Arpa gentil, che fida. Bonito timbre en una voz lírica muy homogénea que se movía con seguridad en todos los registros, con una inmaculada línea de canto y un fraseo elegantísimo, cargado de regulaciones y matices, y con un legato fantástico.

En el resto de mujeres, no le anduvo muy a la zaga la reciente ganadora de los Opera Awards 2019 a la mejor voz joven, la mezzosoprano Marina Viotti, que compuso una relevante Melibea de muy bella voz oscura, amplia y a la que dota de un fraseo intencionado y expresivo, presentando igualmente una gran presencia escénica. Ruth Iniesta defendió con pundonor y personalidad el nada sencillo rol de Madama Cortese, aquí convertida en una tiránica gestora del museo. Cuenta con el hándicap de una zona aguda de timbre ingratísimo que llega a ser hiriente, lo que lastró especialmente sus primeras intervenciones. Después se asentó la voz algo más y me gustó en la parte final. Más ruido que nueces en la Condesa de Folleville de la soprano rusa Albina Shagimuratova que se movió con insultante facilidad por agudos, sobreagudos y escalas ascendentes y descendentes, pero cuyo fraseo resultaba forzado y poco natural, transmitiendo bastante frialdad.

En el equipo masculino hubo un poco de todo sin que nada destacara especialmente, al menos para bien. El Don Profondo de Misha Kiria fue muy aplaudido. Tiene esa joyita para lucirse que es la divertida Medaglie incomparabili, en la que puso intención, imitando claramente la histórica creación de Raimondi, pero faltándole gracia y chispa a raudales. El veterano Fabio Capitanucci fue quizás quien ofreció mayor sentido del estilo rossiniano, con un Trombonok algo sobreactuado, pero de potente voz y auténtico color baritonal. Voz y timbre atractivos también los de Adrian Sâmpetrean como Lord Sidney, aunque su fraseo fue chapucero, mal respirado e incapaz de seguir a la orquesta. Me agradó también la voz, color y arrojo del Belfiore que presentó Ruzil Gatin, aunque su tosquedad y falta de finura perjudicaba el resultado. No me gustaron ni el Don Álvaro de voz intestinal de César San Martín; ni el Libenskof del realmente ruso Sergey Romanovsky quien, aunque parecía conocer el estilo, me desesperaba por su permanente tirantez y estrangulamiento en la zona alta.

En los papeles menores, me gustó Francesca Cucuzza, como Maddalena, y estuvieron también acertados Gonzalo Manglano, en el doble papel de Zefirino y Gelsomino, y Omar Lara como Antonio. Cumplieron también muy correctamente los alumnos del Centre de Perfeccionament Pláci… ay, no, que ahora es pecado decir culo, pilila y Plácido... Bueno, de ese Centre: Max Hochmuth, Joel Williams, Aida Gimeno y Evgeniya Khomutova.

Vuelvo a insistir en que, más allá de la calidad individual mayor o menor de las voces de los solistas que suben al escenario en esta producción, debe defenderse de todos y cada uno de ellos su entrega escénica y el desempeño actoral ofrecido ante el exhaustivo trabajo requerido por Michieletto, consiguiendo que el conjunto de la propuesta funcione perfectamente en el apartado teatral.

No quiero finalizar el repaso por los artistas participantes en esta multitudinaria producción sin felicitar al personal de casting y de maquillaje y peluquería de Les Arts por la elección y caracterización de los figurantes que representan a los personajes de los cuadros de la galería que cobran vida en diversos momentos de la obra. Igualmente, hay que aplaudir a las tres bailarinas, Marta Gómez, Aycha Naffaa y Carla Ortiz, por su fascinante intervención, caracterizadas como tres esculturas que también cobrarán vida, acompañando ese bellísimo momento musical y escénico con Corinna fuera de escena cantando Arpa gentil, che fida.

Para ser un martes la sala principal de Les Arts se encontraba bastante llena, volviéndose a ver a bastante gente joven junto al tradicional público del abono, algo que me parece enormemente positivo y que espero que se consolide y siga en aumento en las próximas temporadas. Sé que se está trabajando especialmente en ello desde la dirección del teatro, con numerosas iniciativas que sólo pueden ser bienvenidas. Me  han contado que el día del estreno volvió a hacer acto de presencia el president de la Generalitat, Ximo Puig, una persona que, hasta hace poco, apenas se prodigaba en este tipo de eventos; por lo que, considerando que ya estuvo recientemente en Elektra y teniendo en cuenta que el pasado sábado hacía un fuerte viento que hacía que se volasen las ideas y lo que está por encima de ellas, su asistencia es muy de agradecer.

El comportamiento del respetable no fue especialmente caluroso y apenas se aplaudieron algunas intervenciones durante la representación. Algún móvil especialmente programado para la ocasión, intuyo, fastidió el inicio de la intervención del arpa en Arpa gentil, che fida, y otro el concertante a capela. No faltaron tampoco los habituales tosedores ruidosos, aunque en esta ocasión se encontraron, vaya usted a saber por qué, con que sus vecinos de butaca no les miraban con disgusto, sino con cara de terror. Al final sí hubo generosas ovaciones para todo el elenco, incrementadas notablemente con la salida de Mariangela Sicilia. Si por algo siento no haber estado el día del estreno es para haber braveado fuertemente el trabajo de Michieletto en la persona de Eleanora Gravagnola, asistente de la dirección de escena y responsable de esta reposición, junto al resto de su equipo técnico.

Hasta aquí mi crónica retrasada de este peculiar viaje a Reims que nos proponen Rossini y  Michieletto. Aunque haya opiniones contrapuestas creo que lo mejor es ir y juzgar por uno mismo. Pienso que sólo por la bellísima y original puesta en escena vale la pena, y hay todavía muchas entradas disponibles. Y recordad que el mismo día de la función hay un 35% de descuento para compras realizadas 2 horas antes del inicio de lunes a viernes, y 1 hora los sábados, domingos y festivos.

Otro día ya, si acaso, hablaremos de Plácido Domingo… o no, porque realmente poco tengo que añadir a lo que he venido diciendo siempre. Lo único que confieso que no entiendo es a aquellos que en verano, sin venir mucho a cuento, les faltó tiempo para erigirse en los máximos defensores de la honorabilidad del cantante y en distinguir su faceta personal de la profesional, y que ahora, cuando Domingo dice que pide perdón por si alguien se sintió mal debido a su conducta, también han querido ser los primeros en apostatar de su dominguismo, condenarle públicamente sin juicio previo y vetarle y retirar todo vestigio de cualquier relación anterior con una de las principales personalidades de la historia de la ópera. Semos asín…