viernes, 1 de octubre de 2021

"REQUIEM" (W.A.Mozart) - Palau de les Arts - 30/09/21

 

El Palau de les Arts inauguró ayer oficialmente su nueva temporada 2021-2022, que esperemos que pueda desarrollarse sin incidencias en su programación ni tanto sobresalto pandémico como las dos anteriores, y ojalá dentro de muy poco podamos volver a recuperar en nuestros teatros aquella “normalidad” que tan lejana nos parece.

Esta apertura de temporada operística se ha reservado curiosamente a una obra que no puede ser considerada ópera, como es la Misa de Réquiem en re menor, de Wolfgang Amadeus Mozart. Bueno, eso es lo que pone en el cartel, pero realmente, como luego veremos, hubiera sido más adecuado titularlo algo así como  Elucubraciones escénicas de Romeo Castellucci, con pastiche musical e incursiones danzarinas, a partir de la inacabada Misa de Réquiem en re menor de Wolfgang Amadeus Mozart finalizada por Süssmayr. Con el subtítulo: Cor de la Generalitat, porque yo lo valgo.

Este era también el inicio de temporada programado para el pasado año, aunque las medidas de seguridad frente a la pandemia llevaron a la dirección del teatro, creo que acertadamente, a posponer su representación a un momento en el que el riesgo sanitario para los intérpretes en escena fuese menor, dado su número y los requerimientos exigidos a los mismos. No sé si la situación actual es todavía la ideal para un espectáculo como este, o si alguna lo sería, pero está claro que mejor que hace un año sí estamos, y estoy seguro de que el teatro habrá adoptado todos los protocolos y medidas necesarias para garantizar la seguridad de todos los intervinientes.

Más allá de la calidad del espectáculo ofrecido o de que este Réquiem lleve su parte escénica y haya costado tanto traerlo como una ópera, no acabo yo de entender que no sea un título operístico, y de los relevantes, el encargado de protagonizar un acontecimiento como debería ser siempre el de la inauguración de la temporada operística de abono en el Palau de les Arts. Pero bueno, así supongo que se venderá mejor eso de que este recinto debe albergar todo tipo de espectáculos, cosa con la que estoy de acuerdo, aunque, como digo siempre, no dentro del abono de ópera. Y así también, lo que en otro formato hubiera ido al Auditori a precio de concierto, se enchufa a la sala principal al mismo precio que la Butterfly o el Wozzeck. Por cierto, con un aumento en los precios de las localidades este año de entre dos y ocho euros según las zonas, sin que desde el teatro se haya dicho ni pío a los abonados. No pretendo quejarme de la subida de precios después de las penurias pandémicas que han tenido que ir sorteando este año en un teatro que, pese a todo, sigue teniendo unos precios más que asequibles en comparación con otros recintos; lo que me fastidia, una vez más, es el silencio de sus gestores y la deficiente política de comunicación e información al abonado que sigue rigiendo en este teatro desde sus inicios, con pandemia o sin pandemia.

Quien esté leyendo estas primeras referencias al Réquiem en estos términos de interpretación escénica y no haya asistido al estreno, puede pensar que me han echado droja en el cola cao, pero, no, tranquilos, la explicación es que la versión ofrecida anoche es la curiosa propuesta escenificada por el italiano Romeo Castellucci que ya fue estrenada en el festival de Aix-en-Provence de 2019 y que se presenta ahora en coproducción con el Palau de les Arts, Adelaide Festival, Theatre Basel, Wiener Festwochen y La Monnaie.

Pese a que el video de una de las funciones representadas de este Réquiem en Aix-en-Provence está fácilmente localizable en YouTube, no he querido verlo antes de encontrarme en directo con el espectáculo en el escenario de Les Arts. No lo suelo hacer nunca, si puedo evitarlo, para no verme condicionado por una primera percepción fuera del marco escénico en directo para el que ha sido concebida. Así que, aunque había visto fotografías o algún corto fragmento, procuré simplemente dejar de lado cualquier prejuicio y dejarme llevar… Bueno, pues he de reconocer que llegado el momento de escribir esta crónica me encuentro con sentimientos bastante encontrados. A diferencia de otros conocidos míos, no me aburrí en absoluto, incluso en algún momento logró brotar la emoción y hasta conseguí concentrarme de vez en cuando en la música mozartiana; pero pienso que no era preciso meterse en este berenjenal que no creo que ponga de relieve la música de Mozart, sino que sólo la usa para acompañar la escena, como podría haber utilizado música de El lago de los cisnes o de Juanito Valderrama.

Es innegable que la propuesta de Castellucci tiene detrás un trabajo dramático y de concepción escénica y plástica, sobresaliente. Luego podrá convencer o no, nos parecerá fallida o genial, pero al menos se constata que el equipo escénico se lo ha currado de lo lindo y todo tiene un sentido, eso sí, dentro del muy particular concepto que ha motivado la propuesta. Pero desde luego no tiene nada que ver con algunas de las tomaduras de pelo legendarias que nos hemos chupado en este teatro (tranquilos que no diré Saura) donde el regista pasaba por caja, se ponían cuatro paneles y se dejaba a los artistas deambular a su aire por escena, perdidos como pedo en un jacuzzi. Aquí sí hay un exhaustivo y minucioso trabajo escénico. El problema es que ese particular concepto de la propuesta del que hablaba, no siempre acaba de entenderse. No estamos ante una ópera con un libreto que cuente una historia que, mal que bien, se haya adaptado, sino que, con el fondo musical de una misa de réquiem, se va dramatizando una narración independiente que va a su bola y que tendrá todo su sentido, pero tan cuajada de referencias, mensajes y elementos simbólicos que muchos espectadores acaban por perderse, o al menos no acaban de entrar del todo en lo que se quiere contar, y el que entra acaba abrumado, con los ojos como Marty Feldman y desconectado de lo musical. Pienso que si se quiere disfrutar esta propuesta sin que el espectador se desconecte o caiga en la hilaridad, lo primero que se precisaría sería un texto explicativo detallado, con un manual de instrucciones como un transbordador espacial. Y, como he dicho tantas veces, si una producción necesita explicarse mucho, mal vamos.

Se ha dicho que Castellucci quiere convertir este Réquiem en un canto a la vida, en una celebración del eterno retorno de la vida desde la muerte. La historia comienza con una mujer mayor fumando, viendo la tele junto a su cama, en un entorno oscuro, y cuando se acueste la cama parecerá tragársela, con un efecto francamente muy conseguido, cubriéndose poco a poco todo el escenario de negro, simbolizando su muerte. A partir de ahí, será el blanco el color que lo presida todo con puntuales notas de color según avance la obra, para acabar de nuevo en negro en un tramo final realmente impactante. Cuando comience el Kyrie empezará a proyectarse sobre el escenario lo que Castellucci denomina Atlas de las grandes extinciones: los nombres de lugares, especies, lenguas, religiones u obras de arte que han desaparecido en nuestro planeta y se han extinguido. Bueno, hasta ahí bien, pero luego sigue con futuras extinciones, que podía acabar rápido y decir que todo acabará extinguiéndose, pero no, hay que dar un poco más la brasa, saliendo entre ellas mencionado desde el propio Palau de les Arts a chorradas tales como extinción de mí.

La fuerza visual del espectáculo y su impacto emocional en muy determinados momentos, es otro de los aspectos que resultan difícilmente cuestionables. Especialmente todo el tramo final me pareció teatralmente ejemplar. En los últimos minutos de la función, el espacio escénico volverá a negro y lo que ha sido el suelo del escenario se elevará quedando de cara a los espectadores, arrastrando todo lo que allí quedaba, tierra, vestuario y todo tipo de residuos, dejando una especie de lienzo pintado a lo Pollock, con las manchas y cicatrices de todo lo ocurrido en escena durante la representación, que no ha sido sino una alegoría de la vida y la historia del mundo; mientras cuatro mujeres de diferentes edades aparecen sobre el escenario dejando allí a un bebé solo con unos juguetes, símbolo de la nueva vida que renace de la propia muerte, mientras un niño de la Escolanía canta a capela, desde la primera fila del patio de butacas, la antífona de la misa de difuntos In paradisum. Ciertamente impactante, aunque el mensaje quede quizás un pelín pretencioso y pasado de rosca ecológico-buenista, pero en fin, mejor esto que un alegato del holocausto nazi.

Pese a haber un cuerpo de una decena escasa de bailarines como base del movimiento escénico y coreográfico, el coro, y también los solistas pero menos, estará permanentemente sometido a estas exigencias escénicas, convirtiéndose así en la columna vertebral de la obra, tanto en lo vocal como en esta vertiente dramática. Igual que con los otros aspectos que he comentado, también en este apartado vi luces y sombras. Hay momentos de una enorme belleza plástica y otros que mueven más a la risa que a la emoción, como esa simulación de posar de uno en uno como si fueran atropellados por un vehículo para retirarse luego a morir al rincón. O ver al coro cantar de forma conmovedora mientras les hacen moverse como si estuvieran bailando el corro de la patata o una sardana, dando saltitos, vestidos qué sé yo si de lagarteranas, lapones o la Moma del Corpus… pues para qué nos vamos a engañar, todo eso hace difícil que la emoción que subyace en la música encuentre su altavoz en la representación escénica. Así, escuchar un Dies Irae excelentemente cantado por el coro viéndoles dando saltitos cogidos de las manos como si estuvieran bailando una sardana pasada de velocidad en el video y con lombrices en el recto, demostrará que además de cantar muy bien están en plena forma física, pero te corta el rollo.

Y es que, a mi juicio, uno de los mayores reparos que puede hacerse a este espectáculo es esa relevancia absoluta que se da aquí al apartado escénico, sin que lo representado tenga que ver directamente con lo que se escucha. La genial música de Mozart acaba convirtiéndose así en una especie de hilo musical que ambienta las ocurrencias (malas, buenas o buenísimas) de Castellucci. El intimismo, la profundidad, el recogimiento y la emoción que brotan de esta creación mozartiana se ven aquí perturbados por una actividad escénica que tan sólo puntualmente conseguirá hermanarse naturalmente con la emoción musical. Es mi opinión. No critico el espectáculo y valoro como se merece un trabajo tan prolijo, pero pienso que el espectador acaba asistiendo más a una obra teatral con música bonita, que a un concierto de Mozart con escenificación, y encima perdiéndose a veces en lo que se le quiere narrar. El protagonismo cambia así de eje en detrimento de lo musical. Toda esa información más o menos críptica que se ofrece en escena, esa pobre niña a la que embadurnan de pintura y otros líquidos y polvos, la cuelgan de la pared, la empluman cual petimetre del lejano oeste, y acaban disfrazándola de bruja piruja, todo ese ir y venir permanente, los letreritos lanzándote mensajes… todo eso lo que hace al final es que el espectador pierda la concentración en la música que debería ser la protagonista. Tampoco ayudan precisamente los ruidos al pintar con spray el fondo del escenario o al arrancar al final de la función los paneles blancos de las paredes para volver al negro, circunstancias y elementos de gran plasticidad, pero que dificultaban la escucha de la música.

Si a todo eso añadimos que a lo escrito por Mozart y acabado por Süssmayr esta producción le embute además intercaladas otras composiciones de Mozart, así como dos fragmentos gregorianos cantados a capela: el gradual Christus factus est y la antífona de la misa de difuntos In paradisum, que iniciarán y cerrarán la obra, respectivamente; pues llego a la conclusión, como decía al comienzo, de que hubiera sido más honesto no anunciar el espectáculo como el Réquiem de Mozart, sino el de Castellucci. No es un Réquiem escenificado, para nada; es una creación de teatro y danza de Romeo Castellucci con el Réquiem de Mozart y otras músicas de fondo. Es lo mismo que pasa con esos ballets que hacen utilizando distintas músicas de uno o varios autores y que no se venden como la música de fulanito bailada o escenificada, sino que se le suele dar un nombre al espectáculo distinto y luego se especifica qué música suena.

Bueno, pero vamos ya con la música. Uno de los alicientes de este estreno era ver como se desenvolvía James Gaffigan en su primera dirección desde el foso de la sala principal desde que fuese designado nuevo titular de la Orquestra de la Comunitat Valenciana. Ya sabéis que no ha sido un nombramiento que me haya emocionado especialmente, pero, como siempre he hecho en este moribundo blog, mis opiniones procurarán estar lo más libres de prejuicios de lo que yo sea capaz de desprenderme. No serán objetivas, obviamente, sino mi subjetiva y muy particular opinión de las sensaciones que yo reciba en la sala. He metido esta explicación por delante para seguir diciendo que ayer no me gustó Gaffigan. Y si me hubiera parecido genial su dirección os aseguro que lo diría, pero no fue así. Me pareció una dirección bastante poco mozartiana, muy falta de transparencia, espesa y pesante por momentos, fofa, y que de repente parecía querer epatar mostrando intensidad, pero más a base de músculo que de emoción. El poderío sonoro en determinados momentos fue excesivo, abusando de volumen sin piedad, quiero pensar que por no conocer todavía bien la peculiar acústica de esta sala y sin tener en cuenta tampoco las características de los cantantes, ni el tamaño y ubicación del coro. Dirigió con gesto claro e intenso, con esa vitalidad que se le sale por los poros a veces, muy atento e implicado con la escena, dando todas las indicaciones y entradas, aunque con la jarana que se movía por arriba dudo que fuesen siempre bien percibidas. De hecho, en el Sanctus se le fue orquesta y casi inmediatamente también se descontroló puntualmente el coro. La orquesta hubo momentos en que sonó muy bien, eso lo reconozco, pero el resultado de conjunto no me convenció. Yo siempre he preferido las versiones de esta obra mozartiana más intimistas y espirituales, frente a aquellas más teatrales. En este caso, con la primacía ya condicionada por el propio teatro al ofrecer esta versión escenificada, estaba claro que de salida el intimismo tenía las de perder, pero es verdad que musicalmente podrían haberse acentuado algunos fragmentos muy propicios para ello. En el foso destacaron los metales en el Tuba Mirum y me conmovió especialmente un bonito diálogo de oboe y clarinete, con los siempre impecables Christopher Bouwman y Tamás Massànyi.

El trabajo del coro en esta producción es tremendamente exigente, extenuante física y vocalmente, permaneciendo prácticamente todo el tiempo en escena en permanente movimiento, con memorización del texto y de casi hora y media de movimientos escénicos y bailes. Resulta casi milagroso el que además hayan conseguido, porque lo hicieron, que la maravillosa música de Mozart brillase como merecía en medio del jaleo escénico, sin llegar a los 40 cantantes y con una orquesta a la que Gaffigan no dudaba en meter caña con muy poco miramiento de vez en cuando, como en el Confutatis. Y a eso hay que añadirle la amortiguación del sonido derivada del enmascaramiento forzado por la pandemia (qué ganas tengo de volver a escuchar a este coro sin mascarillas…), el estar sometidos a más cambios de vestuario que el teatro chino de Manolita Chen y todas las ocurrencias escénicas: desde los permanentes y ya comentados saltitos joteros y números coreográficos, a tener que cantar retorciéndose envueltos en velos negros, cantar de espaldas al público y a la orquesta o hasta tumbados en el suelo. Y, por si semejante yincana no era suficiente, a Castellucci se le ocurrió que se quedase el coro en bolas al final de la función, mientras cantaban, of course.

Bueno, pues pese a todas esas circunstancias, lo visto y escuchado anoche a esta agrupación ejemplar obtuvo un resultado sobresaliente y sólo puede conducirnos a hacer más grande nuestra admiración y reconocimiento. Impactantes y poderosos resultaron momentos como el Rex Tremendae, el Dies Irae o el Confutatis  aunque fuesen cantados sin parar de dar saltitos; y esa gran joya de la historia de la música que es el Lacrimosa fue toda una explosión de emotividad y emoción, más allá de lo que pasaba en escena, gracias a una ejecución vocal cargada de matices. Me gustaron mucho también: el Agnus Dei, cantando en plena pugna con los volúmenes de Gaffigan; el postizo Miserere mei, cantado inmediatamente antes del inicio del Réquiem propiamente dicho y ese O gottes lamm estremecedor que se marcaron cantando tumbados. Pocos coros actualmente podrían pasar con una nota tan alta un reto como este, tanto en el apartado escénico como en el vocal. Sin duda, el Cor de la Generalitat ha vuelto a demostrar estar en la primera línea de los mejores coros europeos. Ojalá esto sirviese definitivamente para se le valore como merece por parte de la actual dirección del teatro que tan poca empatía con ellos viene demostrando, y sobre todo para que el IVC, la Conselleria de Cultura y demás organismos autonómicos competentes se tomen en serio de una vez el solucionar el conflicto laboral en el que sigue absurdamente inmerso este coro, y lo hagan con la única solución razonable, que no es otra que asegurar la consolidación de todos sus miembros y garantizar su crecimiento y su futuro. Si después de lo vivido anoche y las sobradas pruebas de profesionalidad que ofrecieron en el escenario, todavía hay algún mequetrefe mental con cargo que sigue diciendo que han de someter a sus miembros a pruebas objetivas basadas en los principios de igualdad, mérito y capacidad, merecerá ser subido al escenario, desnudado y emplumado para celebrar su propio Réquiem escenificado.

En el apartado de los solistas vocales ha dominado la corrección, aunque ha habido también un poco de todo. La contralto Sara Mingardo es la que más me gustó del cuarteto solista, con esa autenticidad e intensidad expresiva que la caracteriza. Toda la noche hizo gala de una musicalidad ejemplar, con una emisión natural, sin forzar en ningún momento la línea de canto. Pero al no ser poseedora de una voz grande, se vio especialmente lastrada por algunos picos de volumen excesivo del foso y en los concertantes apenas se hacía presente, pero eso no puede menguar lo más mínimo la calificación de su rendimiento. A mí me emocionó de manera singular en una de las piezas mozartianas postizas, no pertenecientes al Réquiem, el precioso O gottes lamm, donde la veterana cantante italiana mostró una exquisita sensibilidad, ayudada en este caso por Gaffigan que, por una vez, sostuvo bastante el acompañamiento orquestal.

Buenas sensaciones dejó también la soprano rusa Elena Tsallagova con una voz tampoco especialmente grande pero con cuerpo y gran proyección, pese a moverse en terrenos lírico ligeros, que supo conducir con delicadeza y que quizás destacaba un pelín de más en los números de conjunto con algún sonido un tanto chillón y fijo en la zona más aguda, pero todo quedó más que compensado con una entrega notable.

Dentro de la corrección se movió también el tenor alemán Sebastian Kohlhepp, quien mostró quizás la voz de más caudal de los cuatro solistas, con un timbre atractivo, pero a la que sin embargo le falta dotar de un mayor empaque expresivo.

El que menos me convenció fue el bajo argentino Nahuel Di Pierro a quien pudimos escuchar el año pasado como Don Alfonso en el Cosí fan tutte que abrió la pasada temporada valenciana. Como ya dije entonces, me parece que su voz es más baritonal que de bajo, lo cual quedó en evidencia especialmente en un Tuba Mirum en el que se echó de menos una mayor profundidad y gravedad.

Mención aparte y reconocimiento muy especial merece el niño de la Escolanía Mare de Déu dels Desamparats, Juan José Visquert. Hay que tenerlos como el caballo de Espartero para plantarse a su edad en el centro de la sala principal de Les Arts, llena de público, cantando a capela, tan bien como lo hizo, el bellísimo In paradisum final. Nada importa que en el otro fragmento que cantó en solitario en mitad de la función se le fuese un poco más la afinación. Bravísimo por él.

La sala principal de Les Arts presentó una notable asistencia de público (dentro de las limitaciones de aforo que siguen aplicándose), pero con visibles huecos. Desde luego la entrada no fue todo lo contundente que podría esperarse para una noche de inauguración de temporada valenciana con una obra tan popular como este Réquiem, aunque haya sido tuneado por Castellucci. Eso sí, la sala no estaría llena, pero hubo muchísimos ruidos, como en los mejores tiempos anteriores al Covid, con toses y móviles acompañando la función con saña, sobre todo en su inicio. Los aplausos brotaron espontáneamente en muchos espectadores cuando finalizó el Réquiem propiamente dicho, pero lo que no sabían los aplaudidores es que aún quedaba el último tramo creado por Castellucci. Cuando ya todo finalizó de verdad de la buena, ahí ya sí hubo ovación general que se convirtió en atronadora con la salida del coro, que, con buen criterio, fueron los últimos en salir como grandes protagonistas de la velada. También fueron muy fuertemente ovacionados los miembros de la orquesta, por cierto bastante más que su director; y también recibieron aplausos los responsables de la escena, pese a que más de una persona me comentó a la salida que estuvo a punto de abuchear o protestar. Yo ya digo que, pese a que creo que la propuesta es fallida, un trabajo de esta envergadura no merece un abucheo.

Ya acabo. En el palco de Les Arts pudo verse a Jorge Culla Bayarri, recién nombrado director general por la Comisión Ejecutiva del Patronato de la Fundación de Les Arts el pasado día 17 de septiembre, en sustitución de José Carlos Monforte, en otro movimiento de esos que, más allá de lo acertados o desafortunados que sean, ponen en evidencia una vez más las malas formas que lamentablemente se están haciendo demasiado habituales por parte de los actuales dirigentes del coliseo valenciano. De cara al público, bastó una simple nota de prensa en la que se agradecían los servicios prestados por Monforte y se alababan las excelencias de su sustituto, sin explicar por qué, si tan bien lo había hecho, se le remplazaba. Y en relación con el propio afectado, me consta que fue conocedor de la noticia apenas 48 horas antes de hacerse efectiva sin darle tampoco más explicación. Jorge Culla ha tenido relación profesional con el director artístico Jesús Iglesias y es amigo íntimo personal del presidente del Patronato de la Fundación Palau de les Arts, Pablo Font de Mora, con quien también comparte cargo en el consejo rector de la Asociación Amics de l’Òpera i de les Arts. El pasado mes de agosto se rescindió la relación laboral de Culla con los Teatros del Canal de Madrid y ha sido llamado por Iglesias y Font de Mora para unirse al equipo gestor de Les Arts prescindiendo de Monforte. Se ha dicho desde la Conselleria de Cultura que su elección ha sido evaluada y aprobada siguiendo las pautas y procedimiento estipulado en estos casos por el órgano de gobierno de Les Arts, aunque no se explique cuál ha sido ese procedimiento, ni a qué se debe, ni qué otras alternativas ha habido. No pretendo en modo alguno cuestionar la valía de Jorge Culla que tiene una sólida relación con el mundo teatral y musical valenciano, pero sí la forma en que se ha producido el cuarto cambio de director general en Les Arts en menos de tres años, cuando además la gestión de Monforte en un momento tan crítico como la crisis del Covid se ha reconocido como ejemplar. Y si, como se rumorea, se confirmase que el nuevo director va a percibir 30.000 euros más que su antecesor, pues quizás alguna explicación más se debería de dar. En fin, seguiremos informando.

martes, 29 de junio de 2021

TEMPORADA OPERÍSTICA 2021/2022 EN EL PALAU DE LES ARTS

 

Esta mañana han comparecido en rueda de prensa en el Palau de les Arts, la secretaria autonómica de Cultura y Deporte de la Generalitat, Raquel Tamarit, el presidente del Patronato de Les Arts, Pablo Font de Mora y el director artístico, Jesús Iglesias Noriega, para hacer público el anuncio de los espectáculos que, con el permiso de pandemias, huelgas o incidencias varias, están destinados a componer la temporada operística valenciana 2021/2022. De paso, se ha hecho público lo que ya venía rumoreándose insistentemente desde hace meses, como es la designación del norteamericano James Gaffigan como nuevo director titular de la Orquestra de la Comunitat Valenciana para los próximos cuatro años, algo que, como ya he comentado numerosas veces en este blog, no me alegra especialmente, pero de esto ya habrá tiempo de hablar.

Quiero empezar agradeciendo de nuevo, pública y expresamente, el esfuerzo que se sigue haciendo desde Les Arts para continuar ofreciendo una programación variada y de calidad, pese a las restricciones derivadas de la emergencia sanitaria que, aunque muchos no se lo crean, seguimos viviendo. Su comportamiento durante este pasado año, manteniendo el teatro abierto y adaptándose a las muy cambiantes circunstancias, ha resultado realmente ejemplar dentro del panorama nacional e internacional, y la programación que se ha ofrecido en medio del caos general ha sido muy relevante, aunque haya sido permanentemente ignorada por los medios oficiales que, sin embargo, están luego pendientes de la más mínima ventosidad que se expulsa en Madrid o Barcelona.

Para esta nueva temporada que se ha presentado hoy se mantiene una programación suficientemente variada que puede atraer a distintos tipos de público, con alguna cosa especialmente interesante a priori, como la representación por primera vez en la historia de Les Arts de una ópera de Alban Berg. En total, como ocurriese el pasado año, se anuncian cinco óperas en la sala principal, dos de menor formato en la Martin y Soler, una ópera semiescenificada, el Réquiem escenificado y una zarzuela. Aparte de eso, se ofrece la habitual programación sinfónica y de lied. Y, además, el barroco y la música antigua cobran un especial protagonismo a partir de esta temporada (permitidme que personalmente no tire cohetes por la noticia, aunque reconozca que es un acierto) con la creación de un ciclo específico.

La temporada se abrirá el 30 de septiembre con el espectáculo que estaba destinado a inaugurar el pasado ejercicio pero que, como consecuencia de las garantías sanitarias que exigía la situación de la pandemia en aquellos momentos, finalmente fue suspendido. Se trata del famosísimo Requiem de W.A. Mozart, que llegará al escenario de la sala principal de Les Arts, además del ya indicado 30 de septiembre, los días 2, 3, 6, 8 y 10 de octubre, en una peculiar versión escenificada que cuenta con la dirección escénica de Romeo Castellucci. Es una coproducción del Palau de les Arts con Adelaide Festival, Theatre Basel, el festival de Aix-en-Provence, Wiener Festwochen y La Monnaie. La dirección de la Orquestra de la Comunitat Valenciana correrá a cargo del hoy nombrado como nuevo director titular, el norteamericano James Gaffigan, y los solistas anunciados son Elena Tsallgova (soprano), Sara Mingardo (Contralto), Sebastian Kohlhepp (tenor) y Nahuel Di Pierro (bajo); contando también con la imprescindible participación del Cor de la Generalitat. Esperemos que esta vez la situación sanitaria no impida la celebración del espectáculo.

En el tiempo que lleva Jesús Iglesias al frente de la dirección artística de Les Arts, parece haberse instaurado que todas las temporadas cuenten con una ópera en versión concierto o semiescenificada en la sala principal, con orquestas externas y batutas de prestigio. Esta vez, para el día 24 de octubre, se anuncia una única función de Parténope, de Georg Friedrich Händel, con el regreso a Valencia de la Orquesta Les Arts Florissants y William Christie a la batuta, tras su exitosa La finta giardiniera que nos ofrecieran en 2019. Buena noticia esta vuelta de William Christie, aunque haya de ser con una ópera barroca de esas que tan poco me estimulan. Entre las voces se anuncian las de Ana Vieira Leita, Hugh Cutting, Alberto Miguélez Rouco, Jacob Lawrence, Helen Charlton y Matthieu Walendzik.

El hueco reservado a la zarzuela la próxima temporada tiene asignadas cuatro funciones, en la sala principal, los días 3, 5, 7 y 10 de noviembre, para uno de los títulos emblemáticos del género, Doña Francisquita, de Amadeo Vives, que vendrá servida en una producción del Teatro de La Zarzuela, con dirección de escena de Luis Pasqual, que cuando se estrenó en Madrid originó una considerable polémica y algunas críticas feroces. La dirección musical se ha encomendado al alcoyano Jordi Bernàcer y entre las voces destacan los nombres de Ruth Iniesta, María José Suárez, Ismael Jordi, Ana Ibarra o Albert Casals, entre otros.

Los días 12, 18 y 20 de noviembre, el protagonismo recaerá en los alumnos del Centre de Perfeccionament ese que ya no lleva el nombre de un cantante que venía todos los años a Valencia y fue muy famoso, pero que ahora parece que no haya existido nunca, para llevar a escena una nueva producción del Palau de les Arts, en coproducción con el Festival de Ópera de Oviedo, de toda una rareza, Un avvertimento ai gelosi, de Manuel García. La dirección escénica contará como responsable con Barbara Lluch y en la dirección musical y piano se anuncia el nombre de Rubén Fernández Aguirre.

Los días 10, 13, 16, 17, 19 y 22 de diciembre se podrá ver la primera ópera de la temporada en la sala principal, con la reposición de la Madama Butterfly, de Giacomo Puccini, con dirección de escena de Emilio López, que ya pudimos ver en 2017. La dirección musical correrá a cargo de Antonio Fogliani, y el papel femenino protagonista será interpretado por la destacada soprano letona Marina Rebeka. En el resto de voces anunciadas hay nombres como Piero Pretti, Cristina Faus, Àngel Òdena o Jorge Rodríguez-Norton. Van ya cuatro Butterfly desde que inició Les Arts su actividad, lo cual me parece algo excesivo. Está claro que es el título programado para conseguir el tirón de público más numeroso y está destinado a que se agoten las localidades disponibles para las seis funciones previstas, pero hay otros títulos puccinianos que aún no han pisado el coliseo del Jardín del Turia o que se han visto menos veces y que probablemente obtuvieran la misma respuesta popular sin machacar al abonado fiel.

Los días 20, 23, 26, 28 y 31 de enero de 2022, podremos disfrutar de un hueco para la ópera francesa, con el estreno de la célebre Los cuentos de Hoffmann de Offenbach, en una producción de la Semperoper de Dresde que contará con el atractivo de la dirección musical de Marc Minkowski. La dirección escénica es obra del alemán Johannes Erath y es bastante probable que no deje indiferente a nadie. Entre los solistas anunciados destaca el reto asumido por la soprano sudafricana Pretty Yende, una cantante que es ya toda una habitual en los principales teatros internacionales, especialmente el Met neoyorquino, y que interpretará los cuatro papeles femeninos de Olimpia, Antonia, Giulietta y Stella. El personaje de Hoffmann estará encarnado por el buen tenor estadounidense John Osborn.

Una de las primeras víctimas operísticas de la pandemia en este teatro fue el Ariodante de Georg Friedrich Händel, previsto para representarse en abril de 2020 y que obviamente hubo de cancelarse. Ahora se anuncian de nuevo tres únicas funciones de esta joyita barroca para los próximos 1, 4 y 6 de marzo. Es innegable que estamos ante una de las obras más relevantes del género y que cuenta con algunos de los fragmentos más bellos y conocidos surgidos del genio de Händel. Se presenta con la coproducción que estaba prevista para 2020 del Festival d’Aix-en-Provence, la Dutch National Opera, la Canadian Opera y la Lyric Opera de Chicago, con dirección de escena de Richard Jones. El director musical será el italiano Andrea Marcon y entre las voces principales se anuncian las de Sandrine Piau, Luca Tittoto, David Hansen, Jane Archibald y Christophe Dumaux entre otras. Ya sabéis que la ópera barroca no es precisamente lo que más disfruto, pero me parece casi una exigencia que el barroco cuente con un hueco reservado en su programación anual. Lo que ocurre es que en este caso pasamos de la nada a tener dos óperas de Händel en la misma temporada. Es esta otra de las cosas que se me escapan...

Los días 3, 9 y 13 de marzo, la ópera volverá a la sala Martín y Soler y a los alumnos del Centre de Perfeccionament ese que ya no lleva el nombre de un cantante que venía todos los años a Valencia y fue muy famoso, pero que ahora parece que no haya existido nunca, con Trouble in Tahiti, de Leonard Bernstein, una propuesta que resultaba muy interesante de entrada, pero que al haberse programado de forma independiente como ópera en un acto y no integrada en la posterior ópera de Bernstein, A quiet place,  como así hiciera el compositor, pienso que pierde parte de su atractivo, lo que se une a haberse aparcado en la Martin y Soler y con alumnos del Centre. Pero, sea como fuere, no deja de ser una propuesta original e interesante. Se trata de una producción de la Dutch National Opera con dirección de escena de Ted Huffmann y dirección musical de Jordi Francés.

El 31 de marzo se estrenará Macbeth, de Giuseppe Verdi, en una producción de la Royal Danish Opera de la que se anuncian cinco funciones más los días 3, 5, 8 y 10 de abril. La dirección musical correrá a cargo de Michele Mariotti y la escénica es obra de Benedict Andrews. No acaba de entenderse que con relevantes títulos verdianos pendientes de pisar por primera vez el escenario de Les Arts, se opte por repetir Macbeth, una obra que ya tuvimos aquí en 2015, aunque es verdad que fuese con ese barítono sui generis que se llama Plácido Domingo. Uy, perdón, que he mencionado al innombrable… No obstante, esta cita es una de las que de entrada genera un mayor interés si se confirma la pareja protagonista formada por el grandísimo Carlos Álvarez, y la magnífica soprano Anna Pirozzi.

La temporada finalizará con la programación los días 26, 29 y 31 de mayo y 3 y 5 de junio de 2021, del espectáculo que más me motiva de la temporada y constituye la primera representación de una ópera de Alban Berg en el coliseo de Calatrava, y que es esa obra maestra titulada Wozzeck. La dirección musical correrá a cargo del nuevo director titular de nuestra orquesta, James Gaffigan; mientras que la escénica es responsabilidad del alemán Andreas Kriegenburg, en una producción de la Bayerische Staatsoper. Contará con un reparto muy interesante liderado por el estupendo barítono Peter Mattei, quien estará acompañado por Christopher Ventris y por la magnífica Eva-Maria Westbroek que retorna a Les Arts tras habernos dejado absolutamente traspuestos con aquella Sieglinde que nunca olvidaremos. Dicho esto, me llama la atención que, después de pasar todos estos años sin programar a Berg, se elija estrenar este Wozzeck, el mismo año que esta ópera se va a representar en el Liceu. Es evidente que la coordinación entre los teatros españoles es nula y todos salen perdiendo con ello, especialmente con un título como este, que no es habitual, y que muchos aficionados optaríamos por viajar para verlo.

Pues hasta aquí el programa operístico previsto. En cuanto al apartado sinfónico, que sigue recluyéndose incomprensiblemente en ese disparate acústico mal llamado Auditori, se anuncian nombres como los de Gustavo Gimeno, Josep Pons, Juanjo Mena, Mark Elder, Ricardo Minasi y el nuevo titular de nuestra orquesta, James Gaffigan, que parece estar dispuesto a ofrecer un programa dedicado a Rodrigo, Dvorak y Ravel. Por su parte, en el rincón reservado al lied, otro de los grandes aciertos de la gestión de estos últimos años, encontramos citas absolutamente imprescindibles con las voces de Mariane Crebassa, Leo Nucci, Erwin Schrott, Joyce di Donato, Lisette Oropesa, Matthias Goerne, Benjamin Bernheim y Jakub Józef Orliński.

También el ballet sigue teniendo su hueco en la programación, lo cual me parece fenomenal. Pero lo que no me parece tan bien es que nos lo tengamos que chupar un año más en el abono por la absurda imposición de Les Arts. Sólo pido, una vez más, que piensen seriamente en generar un mini abono específico de ballet para quien quiera asistir al espectáculo danzarín, seguro que éxito tiene; pero por favor no nos obliguen a los abonados operísticos a tener que vernos incluido en el abono una de esas funciones para dejar luego el asiento vacío, en lugar de estar disponible para los verdaderos aficionados que los hay y muchos.

Podéis consultar toda la programación con detalle en la web de Les Arts.

Cuando el año pasado, en un momento mucho más incierto que el actual respecto al devenir de la pandemia de COVID-19, se anunció la temporada que está ahora a punto de finalizar, manifesté mi apoyo a la decisión de los gestores del teatro de llevar a cabo esa programación y no arredrarse frente a las adversas circunstancias. Creo que la gestión realizada en ese sentido ha sido, como dije antes, ejemplar. Y creo que la presentación de esta temporada y su composición responde al mismo espíritu. Cosa distinta es que a mí, personalmente, me motive bastante menos que la anterior, pero le reconozco su calidad y el mérito que tiene poder enhebrar en estos momentos un cartel de estas características.

Ojalá este buen hacer en el apartado de la programación artística se extienda a otras facetas donde, en este tramo final de temporada sobre todo, Les Arts ha vuelto a mostrar su peor cara: su fea respuesta y falta de empatía ante la convocatoria de huelga del Cor de la Generalitat; el desprecio hacia el abonado cambiando unilateralmente los programas sin explicación ni ofrecer la devolución de las entradas hasta que no trascendió el malestar generalizado de muchos aficionados; los rumores de amenazas de sanciones a los músicos que lucieron en el concierto del día 18 de junio unas chapas del Cor como gesto de apoyo; las noticias sobre sanciones a delegados sindicales por hacer su trabajo de información a los trabajadores; la subida de precios de las localidades para el año que viene a escondidillas… En fin, demasiados temas abiertos que esperemos se vayan enderezando y, entre todos, público, teatro, trabajadores y artistas, logremos reforzar y que no se vaya a pique este importante proyecto cultural.

Imagino que ni el director artístico ni el presidente del Patronato leerán esto, ya que parece que han decidido bloquearme en redes sociales desde mis críticas a la actuación de Les Arts respecto a la cancelación de la Novena. Qué le vamos a hacer. Mi único propósito cuando critico es procurar forzar el que se rectifiquen los errores o el que, al menos, se escuchen otros puntos de vista, pero ya sabemos que hay quien prefiere no tener alrededor más que a quien les halague las orejas. Allá cada cual.

sábado, 12 de junio de 2021

LA NOVENA DE LES ARTS. EL TIMO DE LA ESTAMPITA

Quienes seguís habitualmente este blog sabéis que he venido defendiendo públicamente la gestión que en los últimos meses, desde la dirección artística y órganos de gobierno del Palau de les Arts, se ha venido realizando en el emblemático teatro valenciano pese a las enormes dificultades derivadas de la pandemia de COVID-19 y de una normativa errática y confusa que dificultaba enormemente mantener la programación de un recinto cultural de este nivel. Todo lo dicho lo mantengo.

Pero eso no quita para que cuando se hacen las cosas mal o muy mal, como es el caso ahora, también me sienta obligado a comentarlo aquí, con la esperanza de que se rectifiquen los errores y que, entre todos, coadyuvemos a mejorar la siempre compleja gestión de un recinto cultural de esta envergadura.

Cuando se anunció la presente temporada en Les Arts, entre la oferta sinfónica del año se vendía, el día 19 de junio, un concierto publicitado como: FABIO LUISI. LA NOVENA DE BEETHOVEN. Hubo muchas personas que, cuando se pusieron las entradas de ese concierto a la venta el día 15 de marzo, se lanzaron en tromba a comprarlas, unos motivados por ver al afamado director italiano al frente de la orquesta y coro de la casa, otros por disfrutar de los cuerpos estables del teatro en una obra tan proclive a su lucimiento, y, los más, atraídos por la popularidad de ese título capital de la historia de la música. Hubo otras personas, como es mi caso, muy interesadas también en ese concierto, a quienes les incluyeron el mismo en el abono, especificándose en las condiciones de dicho abono que, si se deseaba, se podía solicitar el cambio del concierto asignado por cualquiera de los otros programadas en el apartado “Les Arts és Simfònic”. Yo ni me planteé solicitar ese cambio, ya que una Novena con Luisi y el Cor de la Generalitat, constituía una cita imprescindible.

Pasaron los meses, la pandemia fue evolucionando con dramáticos vaivenes, y casi sin darnos cuenta nos encontramos ya en puertas de la cita con la Novena. A finales de mayo, un buen día al entrar en la web del teatro vi una cara que no me resultaba familiar entre los eventos programados y así constaté que, de repente, sin previo aviso desde Les Arts, como lamentablemente sigue siendo costumbre desde hace muchos años, Fabio Luisi había sido sustituido como director del concierto de la Novena por el austriaco Manfred Honeck. Unos días más tarde se publicó la noticia de que, ante la gran demanda de entradas para los últimos conciertos de la temporada, en esta Novena y en el Réquiem de Verdi con Daniele Gatti, se había añadido a la programación una función más para cada uno de ellos. Y allí nos enteramos, los más curiosos, de que oficialmente se comunicaba que la Novena sería dirigida por Manfred Honeck al haber cancelado su presencia en Valencia Fabio Luisi por motivos personales.

Reconozco que el cambio de Luisi por Honeck a mí me fastidió. Tenía un gran interés por ver al italiano al frente de nuestra orquesta y coro; mientras que Honeck, lo poco que he escuchado de él (Beethoven por cierto) me ha resultado bastante poco estimulante. Pero bueno, dadas las circunstancias que llevamos viviendo desde el comienzo de la pandemia y sabiendo lo complicado que sigue siendo el cuadre de agendas y el paso de fronteras, nos aguantamos y tragamos con el cambio, pese a considerar que quizás Les Arts debería haber sido más comunicativo con un público del que cada vez parece más distanciado.

La guinda del pastel llegó el pasado día 9 de junio, cuando el Cor de la Generalitat convocaba huelga para los días 19 de junio y 1, 2, 16, 21 y 29 de julio, afectando así a las dos funciones previstas (18 y 19 de junio) de la Novena Sinfonía de Beethoven y a las dos funciones (1 y 2 de julio) del Réquiem de Verdi con Daniele Gatti. Ya hablé aquí en este blog sobre esa convocatoria de huelga y sobre mi apoyo total a la misma aunque como aficionado se me fastidiaran dos de los eventos más ilusionantes de la temporada.

Lo que casi nadie se esperaba (yo desde luego no, quizás todavía siga siendo demasiado ingenuo…) es que los actuales gestores de Les Arts rizarían el rizo del disparate, sustituyendo ayer, sin más, en la página web de Les Arts, por supuesto como siempre sin ninguna información previa al abonado, el programa del concierto de los días 18 y 19 de junio, y donde ponía Novena de Beethoven ahora ponía y de Beethoven, alcanzando así unos niveles de indignidad profesional y desprecio al público y a uno de los pilares de la casa, como es el Cor de la Generalitat, sin parangón en la corta historia del teatro, que no por breve deja de estar salpicada de acontecimientos muy lamentables. Pero ni Helga en sus peores años se atrevió a tanto, con tanta desvergüenza y sin dar explicación alguna.

Para eludir los posibles efectos de la huelga de coro, en una jugada cargada de chulería portuaria, con maneras de empresariete fascistoide que en lugar de escuchar la reivindicación de su personal se lanza a contratar esquiroles, se decide cambiar el programa del concierto para que no sea precisa la presencia de un coro. No quiero incidir mucho en analizar en este momento este gesto tan feo, tan mezquino, tan falto de empatía y sensibilidad hacia una de las dos patas fundamentales del teatro, su orquesta y el Cor de la Generalitat, sus cuerpos estables, que son los que han posibilitado que el Palau de Les Arts tenga un reconocimiento internacional consolidado, que el público viaje a Valencia a ver ópera y que quienes hoy lo gestionan saquen pecho día tras día presumiendo de calidad frente a otros teatros. Esto no es una empresa privada o un negocio familiar, no es un banco ni Zapatería Iglesias, es un recinto cultural sostenido muy mayoritariamente con fondos públicos. Se está prestando un servicio público y, por tanto, hay otros factores a valorar más allá de lo meramente económico. Si Les Arts no hiciese nada para evitar que el Cor desaparezca o se desvirtúe, la calidad y reconocimiento internacional que tiene hoy el teatro disminuiría mucho más de un 50%. Y eso sin contar con otras decisiones que se están barajando como traer a un mediocre Gaffigan (que por cierto parece que está ahora en Valencia) como director titular de la orquesta o seguir sin reforzar la misma. Si esta va a ser la política de gestión de nuestro teatro, está condenado a acabar siendo un carísimo envoltorio para un contenido provinciano carente de relevancia... Orquesta y coro son esenciales, mucho más que adoptar soluciones chulescas para no devolver entradas de una Novena.

Pero como decía, no quería tanto entrar en esa faceta innoble de la decisión tomada por Les Arts como en valorar el menosprecio absoluto hacia el espectador que esto también supone. Parece que al público de Les Arts todo le dé igual y que aunque tú anuncies un espectáculo y luego ofrezcas otro completamente distinto, no pase nada. Pues miren, no. A muchos sí nos importa y compramos nuestras entradas o elegimos nuestros abonos en función de la oferta del teatro.

Hubo gente que sacó entrada por la dirección de Luisi, y no viene; otros por escuchar al Cor o a los solistas, y no cantan; y los más por escuchar la Novena, y no está en el programa. Igual hay un fagot y un trompa que coinciden con lo anunciado y vendido... Si a mí a principio de temporada me incluyen en abono este concierto como lo anuncian hoy, lo hubiera cambiado por otro de la temporada tal y como podía hacer. No me interesa en absoluto este concierto y se parece a lo que compré como Jesús Iglesias a Brad Pitt; por lo tanto sólo cabe que ofrezcan devolver el importe de las entradas a quienes tenemos localidades adquiridas para esas funciones.

No parece que sea la intención de Les Arts. Ayer en taquillas se informaba de que no se iba a devolver el dinero y hoy en Facebook el perfil del Palau ha intervenido también, ante las protestas de numerosos aficionados, diciendo que no va a haber devolución porque la única causa contemplada en las condiciones generales de compra es la cancelación del espectáculo. Muy bien. Pues aquí el espectáculo previsto se ha cancelado de hecho. Ni director, ni intérpretes, ni la obra programada coinciden con lo que se vendió. ¿Eso no es cancelar? Se ofrece otro concierto, sí, pero es otro completamente distinto. Pido y pago por adelantado langosta y me sirven un bocadillo de mortadela de Popeye. Habrá a quien le guste más, mis respetos para ellos, pero yo he pagado para ver otra cosa.

Si eso va a ser así y se consuma, como la próxima temporada de Les Arts todavía está por anunciarse, yo les propongo que sean más listos aún, se pongan el parche e icen en el edificio de Calatrava la bandera negra con la calavera y las tibias cruzadas y propaguen a los cuatro vientos que el año que viene podremos ver en Valencia a Kaufmann, Stemme, Netrebko, Thielemann, Barenboim y Muti. Luego sacamos al cuerpo incorrupto de Torrebruno cantando Tigres Leones, a los que queden vivos de Parchís con el cumpleaños feliz y a Tony Genil y Leonardo Dantés con un popurrí de grandes éxitos. ¿Y de verdad no podríamos reclamar?

Durante la pandemia pocas personas se habrán mostrado más comprensivas que yo ante los vaivenes de programación en el teatro. Todos entendíamos las dificultades y asumíamos que se hacía lo que se podía. Esto no es producto de la pandemia ni de circunstancias sobrevenidas de fuerza mayor. Esto son incidencias de gestión que pueden pasar en cualquier teatro y la respuesta de los actuales gestores de Les Arts, con Jesús Iglesias Noriega a la cabeza, ha sido lamentable. Una falta absoluta de respeto al abonado y a sus cuerpos estables.

Yo pienso reclamar formalmente la devolución del importe de mis entradas. El concierto lo tenía incluido en el abono, pero, como decía antes, si a principio de temporada me hubieran incluido este concierto como ahora se programa, hubiese ejercido mi derecho a cambiarlo por otro, con toda seguridad. El lunes me pondré en contacto con las taquillas de Les Arts y si me confirman que no piensan devolverme el dinero, haré la oportuna reclamación ante las instancias administrativas, judiciales o de protección de derechos del consumidor que considere oportunas. He hablado ya con otros aficionados que están dispuestos a hacer lo mismo y pensamos organizar una reclamación conjunta. Si alguien más se anima sólo tiene que mandarme un correo a atticus61@gmail.com. Me preocupa un rábano el dinero en sí, he perdido muchas veces entradas por no poder asistir. Me importa mucho más que pretendan tomarme el pelo de esta manera tan burda.

Si me dicen que no me devuelven el dinero posiblemente deje mi asiento vacío, aunque algunos compañeros de abono me están animando a que acudamos a hacer sonora y visible nuestra protesta contra Les Arts y a favor del Cor de la Generalitat. Confieso que me tienta mucho la idea y, como María José Catalá sabe, capaces somos. Seguiremos informando.


ACTUALIZACIÓN A 14/06/2021

Esta tarde, finalmente, tras el generalizado descontento del público que estaba haciéndose cada vez más ostensible por redes sociales y otros foros operísticos, el Palau de les Arts ha rectificado su postura inicial y ha enviado un correo en el que comunica que a aquellas personas que lo soliciten antes del miércoles 16 a las 21 horas, a través de un formulario (al que podéis acceder AQUÍ), se les reembolsará el importe de las localidades de esta Novena reconvertida en Primera más Quinta. Se agradece la rectificación.

Ahora a esperar a ver que pasa con el Réquiem de Verdi, porque la gente está muy calentita y los rumores de que se quiere contratar a un coro alternativo (¿esquiroles se llamaba eso?) no ayudan precisamente a pacificar la cosa. Final de temporada movidito...