sábado, 17 de abril de 2021

"EL BARBERILLO DE LAVAPIÉS" (Francisco Asenjo Barbieri) - Palau de les Arts - 16/04/21

 

Permitidme que, aunque me repita, empiece esta crónica agradeciendo una vez más el esfuerzo que siguen llevando a cabo cada día los trabajadores y equipo técnico y artístico de Les Arts para que podamos disfrutar de cultura con seguridad. Y es que el teatro valenciano continúa adelante con su programación, resistiendo las adversidades externas cual irreductible galo, aunque, como Obelix, sin poder chupar de la marmita de poción mágica. Ayer le tocó el turno al estreno del cupo zarzuelero de la temporada con uno de sus títulos más celebrados, El barberillo de Lavapiés, de Francisco Asenjo Barbieri.

Es de justicia reconocer al compositor madrileño como uno de los músicos más importantes que ha dado nuestro país y, por supuesto, como una figura absolutamente capital de la zarzuela restaurada, habiendo contribuido de forma decisiva a la consolidación del género y dejando para la posteridad obras tan relevantes como Pan y Toros, Gloria y Peluca, Jugar con fuego o este Barberillo de Lavapiés, que está repleto de fragmentos tan populares como llenos de sentido musical. La obra se desarrolla en Madrid, durante el reinado de Carlos III, con una rivalidad política de fondo, que nunca existió, entre los partidarios del Secretario de Estado, el italiano Jerónimo Grimaldi, y los del muy hispano conde de Floridablanca que le sustituiría en el cargo. Ese enfrentamiento entre lo italiano y lo español no es casual y probablemente intente reflejar el esfuerzo que los autores de zarzuela estaban haciendo en la segunda mitad del siglo XIX por asentar su género frente a la todopoderosa ópera italiana. En los personajes principales encontraremos también el contraste, muy acertadamente dibujado musicalmente, entre los representantes del pueblo (los majos Lamparilla y Paloma) y los de alta cuna (la Marquesita, seguidora de Floridablanca, y Don Luis, sobrino de Grimaldi).

Reconozco que estamos ante una de las páginas más interesantes del género y es esta una de las zarzuelas que me suele generar menos pereza a la hora de acercarme a su escucha. Pero confieso que esta vez, no sé muy bien por qué motivo, y  pese al mono de música en directo que algunos padecemos, me apetecía casi tanto asistir a este estreno como que un asno cocease mi bolsa escrotal. Afortunadamente para el asno, una vez tomé asiento en mi localidad y comenzó el espectáculo, el poder de la música volvió a imponerse y, pese a los reparos que no dejaré de hacer, al final la experiencia resultó bastante positiva.

La producción presentada proviene del Teatro de la Zarzuela, donde se estrenó en 2019, y ha visitado ya con éxito otras plazas como Oviedo y Sevilla. El responsable de la dirección de escena es Alfredo Sanzol, contando con el imprescindible apoyo de un elemento clave en esta producción, como es el colorido y alegre vestuario dieciochesco de Alejandro Andújar, así como con la iluminación de Pedro Yagüe.

Desde luego no se puede criticar la propuesta por salirse del marco espacio temporal previsto en el chispeante libreto de Luis Mariano de Larra, ni por ofrecer extrañas lecturas poco acordes a la historia contada, ya que se ajusta al original como unos leguis a la popa de la Kardashian; pero tampoco ofrece nada especialmente destacable. Se ha optado por prescindir de todo elemento escenográfico y de atrezo, a excepción de unos paneles móviles muy negros que no se sabe muy bien qué hacen ahí y que se mueven de vez en cuando, haciendo bastante ruido por cierto y teniendo que ser empujados por los propios artistas en el escenario. Se supone que estos muros móviles van enmarcando y dibujando los distintos enclaves en los que la acción se lleva a cabo, pero, ante la pobreza y falta de sentido del resultado, le deja a uno con la sensación de que el movimiento es puramente aleatorio y dirigido únicamente a aparentar que hay un trabajo escenográfico que en la práctica brilla por su ausencia. Seguro que no es así y que se han estrujado el melón un montón, pero ni los ambientes se acaban de dibujar bien, ni se resuelven adecuadamente algunos equívocos y situaciones de la trama que podrían haber dado mucho más juego si se hubiesen utilizado mejor estos mismos paneles. Sólo me pareció que consiguieron potenciar la acción dramática en el terceto del primer acto, cuando las dos mujeres presionan al barbero para pedir su ayuda, mientras este se ve en escena físicamente aprisionado por los paneles que empujan ellas.

Se deja así pues que la acción se desarrolle en un escenario completamente vacío sobre un fondo oscurísimo (a excepción de la escena de costureras, la única generosamente iluminada), donde sólo el color del vestuario y la puntual iluminación aportarán vistosidad al conjunto escénico. No soy yo de los que echa de menos una corrala de cartón piedra joseluismorenesca ni un abigarramiento escenográfico, pero entre eso y esta insulsez absurda hay un punto medio.

Tampoco en el apartado de movimiento escénico y dirección de actores he apreciado nada destacable, no dudo que se haya trabajado esa faceta, pero, igual que pasa con la escenografía, me parece que resulta fallida. Se suelen apiñar los cantantes en la boca del escenario de cara al público, lo cual se agradece desde el punto de vista acústico, pero en una trama que posibilita lucirse en el movimiento escénico, yo me quedé con la particular impresión de que no ha habido grandes ideas teatrales o no se han sabido trasladar a la escena, lo cual me llamó especialmente la atención al ser Alfredo Sanzol un hombre de teatro y actual director del Centro Dramático Nacional. Parece que el propio Sanzol se ha encargado también de la adaptación y recorte de algunos diálogos. Yo personalmente hubiera agradecido que, en lugar de gastar esfuerzos en eso, hubiera trabajado más el concepto teatral de la producción, porque me quedé un poco defraudado. No es tanto que el resultado haya sido malo, como que yo me esperaba bastante más.

Sí debe destacarse, por ser la única aportación al movimiento escénico, el trabajo coreográfico de Antonio Ruz, con movimientos y números coreografiados en muchas de las escenas que sí proporcionan esa chispa a la acción. Aparte de eso están los momentos de baile propiamente dichos, en esta ocasión con una versión bastante libre de algunas de las danzas tradicionales, como las seguidillas, la jota o el zapateado. A mí, que ya le tengo de por sí una aversión alérgica a lo danzarín, si además me haces una combinación entre baile contemporáneo y exhibición sindical del primero de mayo, pues me cae como un bocata de fabada con alioli; pero esto sí que es un problema mío personal, porque reconozco que más allá de mis propias filias y fobias, este trabajo coreográfico es uno de los elementos de la producción que, junto al vestuario, aporta más frescura.

Al frente de la Orquestra de la Comunitat Valenciana se situó el veterano Miguel Ángel Gómez Martínez, a quien ya conocemos bien los melómanos de la capital por su periodo al frente de la Orquesta de Valencia. No era este su debut dirigiendo la agrupación de Les Arts, pues ya lo hizo en 2018 en un programa de concierto en el que por cierto también tuvo su hueco la zarzuela; pero sí era la primera vez que se situaba en el foso de la sala principal del coliseo del Jardín del Turia para dirigir una obra escenificada. Es incuestionable el oficio y buen hacer del maestro granadino, que demostró ser un experto conocedor del género y que concertó con habilidad los números de conjunto, perfiló los contrastes dinámicos y estilísticos, supo imprimir brío, nervio y tensión narrativa a la partitura y por lo general cuidó mucho las voces, aunque es verdad que en algún momento muy puntual se emocionó y el exceso de volumen orquestal pasó por el escenario sin hacer prisioneros. Me dio la impresión de que esta vez los paneles separadores que rodeaban las maderas, igual por su ubicación no central sino en la parte izquierda del foso, contribuyeron a descompensar un poco el conjunto y, como me comentó un amigo a la salida, el sonido se  emborronó en algunos pasajes, pero es un peaje menor ante la protección debida a los músicos. Entre ellos destacaría las intervenciones ayer de trompetas, clarinetes y flautas. Buen trabajo también el de la rondalla Orquesta de Plectro “El Micalet” de Lliria acompañando la jota de los estudiantes.

Como ya he dicho tantas veces, es todo un privilegio poder contar en nuestro teatro con el Cor de la Generalitat de forma habitual, y muy especialmente en obras, como este Barberillo, donde las intervenciones del coro juegan un papel interpretativo muy relevante, constituyendo el sustento de la estructura musical de esta zarzuela. Pese al impuesto enmascaramiento pandémico de sus componentes, sus prestaciones vocales volvieron a ser óptimas, aunque en esta ocasión sí se puso más de relieve que las mascarillas hacen perder brillantez a las voces y claridad al texto. En cualquier caso, bienvenidas sean estas medidas de seguridad si nos permiten seguir disfrutando de la programación habitual y de nuestro coro, consiguiendo momentos tan lucidos como tuvimos ayer con el Aquí están los que buscamos y toda la escena final; o con los chicos como la guardia valona del final del segundo acto; o, por supuesto, con las chicas en el de costureras, uno de los instantes más inspirados de la noche en todos los aspectos. En el apartado teatral, como de costumbre, estuvieron también espléndidos y además daba la impresión de que se lo estaban pasando pipa. Eso sí, cuando acaben estas funciones van a tener los brazos como Popeye de tanto empujar paneles por la escena.

En el mundo de la zarzuela, en el que las partes cantadas se unen a otras recitadas en verso, no es fácil encontrar cantantes que, además de cantar bien, interpreten y reciten adecuadamente. Ayer hubo de todo, pero hemos tenido la suerte de contar con una pareja protagonista que en el apartado actoral y teatral merece un diez, sin reparo alguno, como aquellos de la Comaneci en Montreal 76.

El barberillo que da título a la obra, ese trasunto castizo del Fígaro llamado Lamparilla, estuvo encarnado a la perfección por Borja Quiza. El cantante gallego se mete al público en el bolsillo desde su primera aparición, con una tremenda soltura interpretativa y naturalidad expresiva. Su entrega escénica es irreprochable y destaca por la intención de su fraseo en las partes recitadas, donde despliega desparpajo, gracejo y expresividad vocal y gestual. En el terreno del canto, aunque se anuncia como barítono, a mí su voz me recuerda más a la de un tenor corto de agudos con timbre grave que a un instrumento puramente baritonal, porque graves de peso y enjundia no aparecieron por allí ni de visita. Es verdad que la partitura tampoco resulta especialmente exigente en esta zona de la tesitura, pero llamaba la atención que cada vez que por allí se acercaba, la emisión perdía consistencia, pese a que en el registro medio y agudo mostraba una muy contundente proyección y volumen, del que hacía ostentación, a veces incluso en exceso. La falta de refinamiento de su canto y los sonidos abiertos y puntualmente estentóreos, tienen muy poca importancia en un papel al que la rusticidad no le viene mal y en el que el recurso al parlato es habitual; pero, lo principal es que todo eso quedó en un segundo plano porque el resultado final se ve más que compensado ante su magnífica interpretación del personaje.

Hemos tenido también la fortuna de contar para el papel de Paloma con la crevillentina Sandra Ferrández, una cantante que ya demostró en este teatro en 2019, como la Raimunda de La malquerida, lo bien que se mueve en el género, y que, como hiciera entonces, encandiló al público con un memorable desempeño teatral y vocal. Su sentido musical y dramático es ejemplar, y es capaz de aunar la corrección técnica y estilística con la belleza vocal, sin perder en ningún momento la esencia del drama, derrochando expresividad, sabiduría teatral y resultando seductora, divertida, celosa o pizpireta según lo requiere el libreto, manteniendo siempre un impecable fraseo, dicción e intención expresiva, además de integrarse con naturalidad en las coreografías diseñadas por la producción. Me dio la impresión de que salió un poco tensa en su celebérrima entrada Como nací en la calle de la Paloma, mejoró en el dúo con Lamparilla del segundo acto, Una mujer que quiere, posiblemente el instante más largamente ovacionado de la velada, y estuvo sencillamente estupenda en otro dúo del tercer acto, Ende que te he conocío, esta vez con la Marquesita, donde se mostró pletórica de gracia y estilo.

También ofreció detalles muy interesantes la Marquesita del Bierzo de la soprano catalana María Miró, con una voz lírica de bello timbre, con cuerpo, rica en armónicos, que supo encauzar en una muy correcta línea de canto. Lástima que en los textos recitados no estuviese al mismo nivel, presentando una artificialidad y poca intención en los diálogos que recordaba a una mala función escolar de primaria. Fue una pena que no acabase de redondear con ello su actuación, porque sus prestaciones vocales fueron excelentes.

El papel de Don Luis de Haro fue encarnado por el tenor bilbaino Javier Tomé, quien presentó una voz muy deslucida debido a una emisión retrasada, tirante y carente de luminosidad. Sí hay que reconocerle su entrega escénica y vocal, y su empeño en mantener un fraseo bien hilvanado, donde mostró un más que aceptable control del fiato. Echó el resto en su dúo del acto segundo con la Marquesita, En una casa solariega, donde quizás consiguió los mejores resultados.

El resto de comprimarios cumplieron con corrección, mejor el Don Pedro de Monforte de Abel García que el Don Juan de Peralta de David Sánchez, ambos con sonoras voces graves, sin que se pueda destacar mucho más, salvo las tablas escénicas del primero. Bien el Lope de Ángel Burgos. Y cumplieron también correctamente su cometido los miembros del Cor de la Generalitat: David Asín, Antonio Gómez y Carmen Avivar.

La función se representó de un tirón, sin descanso entre actos, supongo que para posibilitar poder cumplir el toque de queda de las 22 horas sin adelantar más su inicio. Pese a que la zarzuela tiene también su público fiel, la sala principal de Les Arts presentaba ayer bastantes más huecos que los derivados de las impuestas limitaciones de aforo. Resultó estimulante el detectar la presencia de público joven, algo que también había ocurrido ya con otros títulos del género programados en este teatro, alejando así un poco esa tópica identificación entre zarzuela y espectador añoso. El respetable asistente estuvo muy aplaudidor y cada número que contase con un chimpún fue debidamente ovacionado. Se escucharon risas ante las ocurrencias humorísticas del libreto e incluso fue aplaudida alguna de las críticas políticas que también trufan el texto de Larra. Al finalizar la función, la orquesta acompañó los saludos del elenco retomando la música de las caleseras, durante los cuales los mayores reconocimientos fueron para Borja Quiza, Sandra Ferrández y el Cor de la Generalitat. Una vez más, como ya ocurriese en La Cenerentola y Falstaff, volvió a privarse al espectador de poder reconocer o protestar el trabajo de la dirección de escena. Ignoro si esto se va a convertir ya en habitual o simplemente ha sido una confluencia de casualidades.

Aunque acudiese yo ayer al teatro con bastantes pocas ganas y, como siempre hago en estas crónicas, le haya sacado punta a todo y me ponga tiquismiquis y samalacatron, lo cierto es que me lo pasé francamente bien; así que sólo puedo animaros a asistir a alguna de las funciones que quedan y que opinéis por vosotros mismos de un espectáculo que, en cualquier caso, es bastante disfrutable. Esperemos que para la próxima cita del abono, ese programa doble Cavalleria y Pagliacci del mes que viene, la situación sanitaria siga mejorando, o al menos no empeore, y podamos ir recobrando poco a poco la normalidad. Mientras tanto, como diría Lamparilla, os deseo salud, dinero y bellotas.

miércoles, 3 de marzo de 2021

"FALSTAFF" (Giuseppe Verdi) - Palau de les Arts - 02/03/21

Ayer tuvo lugar en el Palau de les Arts de Valencia uno de los acontecimientos más esperados de la presente temporada operística con el estreno de la maravillosa ópera de Giuseppe Verdi, Falstaff. Era, como digo, uno de los eventos que se aguardaban con una mayor expectación, tanto por la calidad de la obra presentada, como también por todas las vicisitudes que se han ido sucediendo en los últimos meses afectando a la programación de este espectáculo.

Apenas 48 horas antes del estreno inicialmente previsto para el 21 de enero, la Generalitat aprobó nuevas medidas excepcionales para luchar contra la crisis sanitaria derivada del maldito COVID-19, entre las que se encontraba la solicitud al Gobierno del Estado del adelantamiento del toque de queda a las 20 horas, lo cual parecía que imposibilitaría completamente la programación de estas funciones. Sin embargo, se salvó la primera bola de partido cuando se conoció que ese adelantamiento del toque de queda finalmente no se iba a producir.

Cuando ya nos las prometíamos tan felices y nos planchábamos la muda limpia para acudir al estreno, en la noche del día 20 de enero, la víspera misma, se anunciaba de repente la suspensión de todas las funciones de Falstaff ante la detección de casos de coronavirus en algunos participantes en la producción. Eso originó una reestructuración de toda la programación que ha llevado esta ópera a las fechas actuales, en las que originariamente se anunciaba la joya de la temporada, la wagneriana Tristán e Isolda que ha sido un muy doloroso daño colateral al declararse definitivamente cancelada, sin perjuicio de que se intente reubicar en futuras temporadas. Esperemos que la situación sanitaria se enderece y este futuro sea cercano, no mera ciencia ficción, y no tengamos que volver a esperar otros ocho años para representar una ópera de Wagner en les Arts.

En cualquier caso, que en medio del caos general derivado del simpático bichito que lleva ya un año alegrando nuestras vidas, esta haya sido de momento la única alteración sustancial de la temporada anunciada, que se sigan manteniendo la práctica totalidad de los espectáculos y actividades previstas, y que la orquesta y el coro sigan trabajando, es algo que tiene muchísimo mérito y, si miramos a nuestro alrededor con un poco de perspectiva, incluso parece casi heroico. Por eso, pase lo que pase, a mí no me cabe más que reconocer y agradecer de nuevo el esfuerzo titánico que se está haciendo por parte de los gestores y trabajadores del Palau de les Arts para intentar seguir ofreciendo cultura en circunstancias extremadamente adversas, reaccionando ante los mortíferos vaivenes de la pandemia y adaptándose a una normativa, variable y efímera, completamente incompatible con la más mínima planificación que se pretenda realizar.

Entrando ya en el análisis de lo visto y escuchado ayer, he de comenzar por congratularme de que, por fin, esta obra maestra verdiana haya recalado en el teatro de Calatrava, donde desde el inicio de su actividad operística el nombre de Verdi ha aparecido temporada tras temporada, habiéndose repetido muchos de sus títulos más emblemáticos. Sin embargo, esta auténtica joya que es Falstaff, testamento musical del genio de Busseto y objeto de veneración por la mayoría de aficionados al género, permanecía incomprensiblemente ausente de la programación.

La producción elegida para la ocasión viene de la Staatsoper de Berlín con la dirección de escena del italiano Mario Martone, habiendo sido el encargado de la actual reposición Raffaele di Florio. Además se cuenta con la imprescindible colaboración del vestuario creado por Ursula Patzak, la iluminación de Pasquale Mari y una vistosa escenografía, por feísta que sea a veces, firmada por Margherita Palli. También hay que mencionar la coreografía de Raffaella Giordano y Anna Redi, aunque no sé si para bien.

Los aficionados más puristas en cuanto al clasicismo y ajuste literal al libreto de las puestas en escena, posiblemente salieran ayer con los pelos de punta y echando pestes de la propuesta presentada. Algún comentario en ese sentido pude escuchar. Sin embargo, creo que lo importante no es si la acción se ha trasladado temporal y espacialmente respecto a lo descrito en el libreto, si el vestuario no se corresponde con la época en que se ambientó, o si las situaciones que se desarrollan en escena reproducen literalmente lo escrito hace tropecientos años. En mi opinión, lo principal es que el producto que se ofrezca tenga cierto sentido, que se perciba un trabajo de dramaturgia, que el mensaje o historia que se quiso transmitir permanezca en escena aunque se haya transpuesto la acción a otro momento histórico, y que toda esa creación fluya naturalmente, ajustándose al discurso musical sin entorpecer el canto. Y, con estos parámetros de enjuiciamiento, pienso que la producción vista ayer cumple básicamente con la mayoría de los mismos, aunque hubiera cosas que a mí particularmente me gustasen menos o no encontrase justificadas.

La acción se ha trasladado a tiempos más o menos cercanos y se inicia en lo que podría representar un barrio marginal de una gran capital, como podría ser el Berlín anterior a la unificación. El protagonista aparece caracterizado como un viejoven rocker, con chaqueta de cuero y grandes patillas, que pasa sus días en un tugurio a modo de centro social cutre en el que coincide con otros patéticos personajes marginales y jóvenes anti sistema. Por su parte, la casa de los Ford del segundo acto se convierte en un casoplón muy pijo con piscina y altos muros que lo aíslan del exterior; mientras que el parque de Windsor del acto final se trocará en un oscuro entorno semi derruido, con una especie de zona comercial abandonada, y en lo que parece el exterior de un club sadomaso… chúpate esa... Bueno, pues pese a lo disparatado que así puede sonar todo, yo creo que la propuesta funciona razonablemente, sobre todo en los dos primeros actos, y no chirría en exceso lo que va ocurriendo con lo que se va cantando.

Dicho lo anterior, una cosa es que no moleste demasiado y otra que se haya aportado alguna genialidad con el planteamiento ofrecido, porque en realidad mucho no se innova, e incluso todo el tramo final, más allá del impacto visual que se logre, carece de sentido en apariencia y minimiza la vertiente de comedia que debe presidir la acción permanentemente. La absurda coreografía de flagelantes masoquistas me resultó ridícula y el estatismo de todo el momento final tampoco me parece un ejemplo de inventiva. Parece que se haya pretendido salir, sobre todo estéticamente, del cliché más clásico de los Falstaff tradicionales, pero sin que tampoco se arriesgue en exceso. Y, además, en mi humilde opinión, se puede contar lo mismo, con la misma fuerza y convicción dramática, sin necesidad de exigir a los cantantes que tengan que pasearse por escena en bañador, pese a que ello complaciese a la audiencia más rijosa y lopezvazquesca, o incluso que hayan de procurar emocionar a la platea tras hacerles tirarse a la piscina y cantar empapados, especialmente cuando en el texto no hay ni la más mínima referencia a ninguna cuestión que pueda asociarse a ello. Es verdad que puede aportar realismo y cercanía a la acción, pero no creo que sea preciso llevar a los cantantes a esas situaciones indudablemente incómodas.

La modificación de las fechas de este Falstaff ha motivado que haya habido que sustituir al director musical inicialmente previsto, James Gaffigan, por el joven italiano Daniele Rustioni, quien se colocaba ayer por vez primera al frente de la Orquestra de la Comunitat Valenciana. Confieso que el anuncio de este cambio me produjo una ligera frustración porque tenía un especial interés en ver cómo afrontaba Gaffigan esta exigente partitura verdiana después de aquel Réquiem Alemán que pudimos escuchar en diciembre de 2019, cuando el mundo aún no se había derrumbado, y donde el director norteamericano no me acabó de convencer. Y este interés deriva del rumor que lleva tiempo circulando de que Gaffigan podría ser el elegido para ostentar la dirección titular de la Orquestra de la Comunitat Valenciana. Personalmente, si así se confirmase, reconozco que me invadiría una cierta decepción. No tanto porque no confíe en que la elección a la larga pueda resultar acertada, que no lo sé, como porque se nos ha estado vendiendo, desde la llegada de Jesús Iglesias a la dirección artística de Les Arts, que se estaba buscando un nombre de primera línea y que había que tener paciencia porque lo principal era poder traer a una persona muy relevante. Y desde luego a mí no me parece que Gaffigan encaje en ese perfil. A lo mejor es un fichaje de una estrella de futuro que los legos no hemos sabido todavía valorar, no lo dudo; pero, hoy por hoy, me parece volver un poco a lo que sucedió con Wellber. No sé yo si es el director que necesita y se merece esta orquesta. Pero bueno, no adelantemos acontecimientos que no está precisamente la situación como para dar nada por sentado antes de hora.
Daniele Rustioni hizo lo que en términos taurinos podría denominarse como una aseada faena de aliño, mostrando maneras y conocimiento, resultando ágil, fluida, eficaz en la concertación, muy atento a la escena y cuidando voces, pero en la que yo eché de menos más matices y un punto de mayor refinamiento. En esta hechizante y compleja partitura, en la que Verdi supo perfilar con precisión de neurocirujano la esencia misma del drama vital sin perder la atmósfera de comedia, es esencial el cuidado de los contrastes, y ayer a mí me resultó todo demasiado uniforme, salvo los efectistas finales de cuadro con un chimpuneo sobrepasado de volumen. En general bien, bonito, emocionante en ocasiones y con garra y fuerza por momentos, pero sin acabar de lograr que toda la riqueza y variedad cromática y atmosférica de la escritura verdiana se hiciese presente en plenitud. No me gustaron la blandura y lentitud que presidieron tanto el inicio de la ópera como el fugato final. Por el contrario, sí me pareció encontrarse el pulso debido en momentos como el acompañamiento a È sogno o realtà?, en toda la alocada escena del final del segundo acto o el Pizzica, pizzica de los duendes. Sea como fuere quien sí pareció disfrutar de lo lindo fue el propio Rustioni, saltarín y sonriente en el podio e incluso girándose a hablar con el público en los parones escénicos entre cuadros.
Más allá de lo acertado o no de la dirección, lo cierto es que todo quedó compensado por la belleza de la partitura y el impecable oficio de los atriles de nuestra orquesta que sí supieron hacer brillar la relevancia que para los instrumentos solistas reservan también, como auténticas joyas, los geniales pentagramas. Ahí no puede dejar de destacarse a la trompa en la introducción a Dal labbro il canto, al corno inglés, las flautas, el maravilloso sonido de las cuerdas en pianísimo en la introducción a la escena de las hadas y la inspiradísima noche de metales (genial el acompañamiento al monólogo de Ford) y de una imponente percusión. Por cierto, el esfuerzo de Les Arts en pro de la seguridad se reflejó también en un foso en el que ayer se multiplicaron los paneles separadores en la zona de los vientos aislando casi a cada intérprete.

El coro en Falstaff no tiene un gran protagonismo en lo que a tiempo de presencia escénica se refiere, pero sí en cuanto a la relevancia de sus intervenciones. Sólo con ese maravilloso coral fugato que cierra la obra ya se justifica su carácter de imprescindible. El Cor de la Generalitat ha tenido que afrontar este reto falstaffiano con múltiples inconvenientes: por un lado, con la adaptación a todos los vaivenes de la producción, incluida la importante mengua de componentes exigida por la necesidad de reducir el aforo en escena por motivos sanitarios; y, por otro, en pleno resurgimiento de sus peores fantasmas acerca de la consolidación y estabilización de su plantilla, con esa ocurrencia charlotesca de la administración autonómica valenciana de sacar a oposición un buen número de las plazas actuales, incumpliendo así los acuerdos a los que había llegado con los representantes de la agrupación en 2019. Incluso llegó a haber rumores de huelga a principios de año que, por el momento, no se han materializado. En cualquier caso, tengo que decir que, como no podía ser menos, pese a todas esas circunstancias poco propicias, cumplieron con absoluta profesionalidad, así como con una enorme solvencia en el apartado musical, sin que el enmascaramiento ni la reducción de sus componentes afectasen al resultado de sus intervenciones que no perdieron el grado de excelencia al que nos tienen tan mal acostumbrados. Maravillosa resultó la atmósfera que consiguió crear el coro femenino de hadas en la escena del bosque sadomaso, e impecable y poderosa se mostró la agrupación en el divertido y siempre complicado fugato final.

En el apartado de los solistas vocales, es esta una ópera de marcado carácter coral, con Falstaff en el centro de toda la trama rodeado de un numeroso grupo de personajes a su alrededor, todos ellos con su singular relevancia, donde resulta más importante alcanzar un buen resultado de conjunto que buscar el lucimiento individual de cada uno de ellos, sobre todo en una obra como esta en la que no hay números cerrados o arias en sentido estricto. Conseguir un reparto sólido para afrontar la exigente partitura y que resulte equilibrado, no es tarea fácil, y menos aún en estos tiempos pandémicos y de cierre de fronteras. Así que, con esas premisas, podría decirse que el resultado general obtenido en Les Arts ayer fue bastante positivo.

Donde el teatro valenciano ha acertado de lleno sin duda alguna ha sido en la elección de cantante para encarnar a Sir John Falstaff. Ambrogio Maestri ES Sir John Falstaff. Con este hombre pasa algo parecido a lo que comentaba a propósito del Rigoletto de Leo Nucci. Han interpretado tantas veces al personaje y se sienten tan cómodos en él que ya es difícil disociarlos del mismo. Da igual las genialidades o las bobadas que se haya inventado el director de escena de turno, ellos crean siempre su personal visión del papel y lo rodean de su aura propia, haciéndose uno, cantante y personaje. Cuando Maestri comienza a cantar, es el espíritu mismo de Falstaff el que adquiere cuerpo en el escenario. Hoy por hoy creo que es imposible hacer una mejor elección para este papel. Quizás pueda encontrarse a alguien que lo cante mejor o más bonito o que sea mejor actor o que siga más fielmente las indicaciones del regista, pero no que lo encarne y lo interprete mejor que él. Por otro lado, sería también complicado buscarle a Maestri un rol que se adapte mejor que este a sus características vocales actuales. Al igual que Nucci, Maestri usa ardides de viejo zorro para disimular sus limitaciones vocales y en su canto encontramos más trucos que en una peli de Star Wars, utiliza portamenti, empuja la voz, recurre a falsetes, sustituye muchas veces el canto por un parlato recitado… pero todo eso al bueno de Falstaff le casa perfectamente. Como también lo hace el imponente físico del barítono italiano, quien además transmite una bonhomía y una ternura al personaje que hace imposible no caer seducido por el vecchio John. Falstaff inmenso, enorme Falstaff, le dicen en un momento dado Pistola y Bartoldo, pues eso mismo.

Una de las afectadas por Covid en la víspera del fallido estreno de enero fue Ainhoa Arteta, quien se vio obligada a cancelar no sólo su cita en Les Arts sino también sus subsiguientes compromisos de Pamplona y Oviedo. Finalmente, ayer pudo reincorporarse a la actividad escénica con este papel de Mrs. Alice Ford, en lo que ha sido su debut en el teatro valenciano en una ópera. Empiezo por reconocer que Arteta no es una cantante que me guste especialmente. Hay voces que a uno le llegan más y otras menos, más allá de su calidad objetiva. Pero dicho eso, afirmo que ayer la soprano tolosarra estuvo sensacional. Desde luego, si algo no puede reprochársele es el coraje y profesionalidad de una artista de los pies a la cabeza, con treinta años de dignísima carrera a sus espaldas. Subirse ayer a las tablas recién pasado el Covid y sus secuelas y cumplir además con disciplina todas las ocurrencias  del regista de turno, incluido el enseñar chicha en bañador, es para quitarse el sombrero. Sigue manteniendo un incuestionable carisma escénico y mostrando una entrega actoral irreprochable, volcándose en la encarnación de los sentimientos del personaje. Vocalmente también hay poco que criticar. Ese vibrato que otras veces se hace demasiado presente, ayer estuvo más controlado. La voz ha ganado anchura y mantiene un generoso volumen y proyección superando la orquesta y llegando al último rincón de la sala, y aunque haya perdido flexibilidad su canto tampoco estuvo exento de matices. Mostró un estudiado fraseo, no siempre bien articulado, pero cuidando siempre el estilo y la intención dramática. Fue una estupenda Alice Ford.

El esposo de la Arteta en escena, el señor Ford, ha sido el barítono italiano Davide Luciano, tras no haberse podido reintegrar a la producción por problemas de agenda el inicialmente anunciado Mattia Olivieri. A Luciano pudo escuchársele ya en Les Arts como el Guglielmo del Così fan tutte que abrió esta accidentada temporada, donde me dejó una buena impresión, pero ayer el resultado fue decepcionante. Su zona grave se mostró escuálida y falta de peso. En el centro la voz corría bien, pero su línea de canto no es nada refinada y los empujones y la respiración a destiempo fueron habituales. En el monólogo del segundo acto È sogno o realtà?, toda una joya para poderse lucir, se hicieron palpables todas sus limitaciones y, pese al empeño puesto, su canto fue más plano que el encefalograma de la momia de Ramsés II.  

En el polo opuesto, una de las sorpresas más agradables de la velada vino de la mano de la joven soprano catalana Sara Blanch que compuso a la perfección la frescura y juventud del personaje de Nannetta, con una personalidad y soltura escénica imponente, sin perder la naturalidad en la interpretación por tener que pasearse en biquini o bañarse en la piscina. Y al mismo tiempo sorprendía con una voz que, pese a moverse por los terrenos de soprano ligera, presentaba una notable presencia y proyección. Su fraseo fue incisivo, de impoluta dicción y cargado de sentimiento y musicalidad, encandilando a la platea con la belleza exhibida en su aria como reina de las hadas Sul fil d'un soffio etesio que devino en uno de los instantes más mágicos de la representación.

El tenor Juan Francisco Gatell fue un Fenton de inmejorables intenciones y con una entrega tanto escénica como vocal irreprochable, no dudando en encarar de frente al personaje y lanzarse con arrojo a la piscina, en este caso también en sentido literal. Apareció en escena con muletas, intuyo que por alguna lesión, y fue impresionante verle moverse por el escenario con una soltura y velocidad digna de medalla en los paralímpicos. Mostró conocer el estilo y cuidó el fraseo, aunque en la zona alta se le vio un tanto forzado presentando alguna tirantez. El cantante argentino cuenta con el hándicap de una voz blanquecina, casi ingrávida, que en ocasiones hace que sus intervenciones no luzcan tanto como su empeño merece. No obstante resolvió muy satisfactoriamente su gran momento en Dal labbro il canto.

El papel de Mrs. Quickly pide una voz de contralto y, no nos engañemos, no es ni por asomo el caso de Violeta Urmana, una cantante muy querida en Valencia, donde siempre ha construido los personajes con encomiable acierto, tanto en roles para soprano como mezzosoprano. Su Kundry de Parsifal o la Medea son recuerdos imborrables de este teatro. Ayer la voz de la Urmana mostró claros signos de desgaste, con cambios de color, pérdida de la impostación y no sabiendo aportar la profundidad que requieren los graves exigidos a Mrs. Quickly. Su experiencia, recursos técnicos y su talento expresivo, maquillaron un poco el resultado en la asunción de un personaje en el que daba la impresión de no sentirse cómoda vocalmente ni acabar de pillarle el punto de vis cómica que conlleva.

Me gustó bastante el Dr. Cajus del asturiano Jorge Rodríguez Norton, un tenor que nos sorprendió a todos los wagnerianos, en aquel remoto y feliz 2019, debutando en Bayreuth como el Heinrich der Schreiber de Tannhäuser con merecido éxito y que ayer también solventó mejor que bien la papeleta, perfilando con chispa la comicidad implícita en el personaje y ofreciendo un canto seguro con una voz expresiva, bien proyectada y de gran volumen, con la que incluso se permitió alguna elegante regulación.

El personaje que completa el cuarteto femenino es el de Mrs. Meg Page, para el cual estaba anunciada en un principio la valenciana Ana Ibarra, pero tras el aplazamiento pandémico ha sido la mezzosoprano Chiara Amarù quien ha tenido finalmente que encarnar el rol en esta segunda cita. La cantante siciliana presentó una voz muy interesante, de atractiva tímbrica grave, con buena dicción y un fraseo bien articulado, a la que sólo le falto una mayor consistencia en su proyección.

Muy correctos resultaron también el Pistola de sonoridades profundas del bajo italiano Antonio Di Matteo; y el Bardolfo de Joel Williams, alumno del Centre de Perfeccionament ese que ya no lleva el nombre de un cantante que venía todos los años a Valencia y fue muy famoso, pero que ahora parece que no haya existido nunca. Un joven tenor que ya nos dejó muy gratas sensaciones en la disparatada genialidad de Poulenc, Les mamelles de Tiresias, que vimos en el lejanísimo otoño de 2019.

Pese a haber tenido que llevar este estreno a un frío martes laborable a las seis de la tarde y en plena pandemia, no puede decirse que hubiera una mala entrada ni mucho menos, dentro de las posibilidades del aforo reducido exigido por las medidas sanitarias. Un público que además se lo pasó pipa, escuchándose sonoras risas en algunos momentos y obteniéndose fuertes ovaciones al final de cada acto y en los saludos finales, donde fue muy braveado todo el elenco, coro y orquesta. Volvió a llamar la atención que, una vez más esta temporada, no saliese ningún miembro del equipo de la dirección escénica a saludar. No sé si esto es una moda pasajera derivada de la peste negra que nos asola o se va a quedar ya como una desafortunada costumbre.

Bueno, me acabo de dar cuenta que me estoy alargando más que Cuéntame. Llevaba ya casi tres meses sin escribir en el blog y se ve que me estoy desquitando… Pues voy acabando. No puedo finalizar esta crónica más que haciéndoos partícipes de la dicha vivida ayer por haber vuelto a poder asistir a un espectáculo operístico después de estos dos últimos meses en blanco, con este particular semi confinamiento que llevamos cada uno y este máster acelerado en ermitañismo y hurañez versión 3.0 que nos vemos obligados a realizar. Y este reencuentro además se ha producido con un espectáculo de esos que te ponen las pilas y te levantan el ánimo. Así que sólo puedo animaros a que no dudéis en agenciaros una entrada ya mismo. El espectáculo lo merece y estas actividades culturales, en las condiciones en las se están llevando a cabo en el Palau de les Arts, son seguras, con todas las limitaciones que por supuesto resulta preciso adoptar para garantizar esa seguridad.

Mantener viva una mínima oferta cultural es una medicina necesaria para el espíritu, para el equilibrio y la salud mental de las personas, como muy bien recordó el pasado día 1 de enero el maestro Muti. El Palau de les Arts está haciendo el esfuerzo de intentar mantener su programación a toda costa. A nosotros como espectadores sólo nos cabe responder acudiendo a alimentarnos de cultura con seguridad. Ojalá todo pase rápido y bien, para que lo antes posible podamos volver a reunirnos sin miedo en los teatros y comentar nuestras sensaciones mientras saludamos a los amigos y nos tomamos unas cervezas a la salida. Aunque por el momento habrá que seguir esperando un poco más, porque ahí fuera, lamentablemente, tutto nel mondo non é burla.

viernes, 11 de diciembre de 2020

"LA CENERENTOLA" (Gioachino Rossini) - Palau de les Arts - 10/12/20

 

Con el estreno anoche de la ópera La Cenerentola, de Gioachino Rossini, el Palau de les Arts de Valencia dio otro paso adelante más en el normal desarrollo de su temporada 2020/2021. Y me parece importante empezar esta crónica destacando esto.

En primer lugar, para ver si así se enteran esas personas que andan por ahí diciendo en medios de comunicación y redes sociales varias, esa majadería de que el Teatro Real es el único recinto operístico activo en España. Es verdad que algunas de ellas no merecen la más mínima consideración, pues no son más que miserables chupatintas y juntaletras provinciano-capitalinos sin oficio ni beneficio; pero, incomprensiblemente, también ha caído en la falsedad otra gente que me merece tanto respeto profesional y tan vinculadas a Les Arts como Gonzalo Alonso.

Y, en segundo lugar, sobre todo, quiero reflejar ese hecho para significar el mérito que tiene en las circunstancias actuales, en plena nueva efervescencia de la pandemia, con mayores restricciones de aforo, aumento de las medidas preventivas y con el pánico instalado en muchas personas, el seguir manteniendo la actividad de Les Arts cueste lo que cueste, apostando por salvaguardar la cultura, y conseguir hacerlo además con un nivel de calidad en sus espectáculos que ya quisiera poder ofrecer hoy en día cualquier recinto operístico de los de primera fila mundial, muchos de los cuales han optado por cerrar, otros han limitado su programación a retransmisiones en streaming y algunos más han recortado sus previsiones u ofrecen espectáculos o repartos de circunstancias.

Por ello, vaya de nuevo mi incondicional aplauso y agradecimiento al director artístico Jesús Iglesias, al director general José Carlos Monforte y a todos los trabajadores del Palau de les Arts por su labor, por seguir haciendo posible que se siga representando ópera en Valencia, manteniendo viva esa pequeña llama de esperanza en medio de la oscuridad que nos rodea. Sabéis que cuando considero que debo dar caña no me corto en hacerlo, pero cuando las cosas se hacen bien, o al menos lo mejor posible, creo que lo justo es valorarlo también. Pero bueno, vamos al lío.

Rossini es un compositor que tiene sus fieles adeptos (ahí permanece sobreviviendo con salud de hierro, año tras año, el prestigioso Festival de Pésaro) y que igualmente también hay muchos aficionados que no lo soportan. Yo no me considero encuadrado en ninguna de las dos categorías. Posiblemente me acerque más a los segundos que a los primeros, pero reconozco los valores que tiene su música y, sobre todo, cuando los espectáculos están bien servidos, pienso que se puede disfrutar mucho con ellos, como ocurrió anoche en Les Arts. Confieso que La Cenerentola no es precisamente una de las obras que prefiero del compositor de Pésaro. Me parece bastante pestiño, tontuna y cansina, aunque reconozca que el segundo acto tiene poco desperdicio.

No es esta la primera ocasión en que se representaba La Cenerentola rossiniana en Les Arts. Ya en 2011 pudimos ver una producción del Festival de Pésaro, con dirección escénica de Luca Ronconi y musical de Michele Mariotti, con algunas voces para olvidar y de irregulares resultados. Esta vez se ha optado por presentar una nueva coproducción del teatro valenciano con la Dutch National Opera y el Grand Théâtre de Genève que cuenta con la dirección escénica de Laurent Pelly, otro ilustre nombre de la regia operística que todavía no había debutado en Valencia y que lo ha hecho con un resultado estupendo. Al director parisino se deben algunas joyas que han quedado ya como referentes del buen hacer escénico, como sus conocidas creaciones para La fille du régiment o Cendrillon.

Laurent Pelly se encarga también en esta producción, junto a Jean-Jacques Delmotte, del diseño del colorido vestuario, y se cuenta también con las inestimables aportaciones de la cuidada escenografía de Chantal Thomas y el diseño de iluminación de Duane Schuler. El atractivo visual de la propuesta es innegable, y la frescura y agilidad del planteamiento escénico se adaptan como un guante al espíritu rossiniano que brilla aquí en todo su esplendor, potenciado por una divertida y muy inteligente dirección escénica.

La versión ofrecida por Pelly parece concebir toda la historia como un sueño de Angelina, la protagonista. La acción se desarrolla así en dos planos: el de la realidad deprimente de la joven que se pasa el día trabajando en las tareas del hogar del barón y sus hijas, explotada por estos; y el onírico, que tiene lugar en la mente de Angelina, donde sus ilusiones pugnan por hacerse realidad y en el que todo se irá volviendo de un intenso color rosa. La ópera comenzará y finalizará con la imagen de la protagonista sumida en su realidad de fregona a escenario vacío mirando al público con cara de boba. Eso nos indica que todo lo que acontece entre medias, sus deseos y coloridas fantasías, no ha sido más que un sueño, el cual parecerá irse materializando en escena mediante los incesantes cambios y movimientos del decorado, pasando del sillón con flecos o la formica de la cocina de Don Magnífico, al suntuoso mobiliario del palacio rosa. Ese permanente tránsito de la realidad a los sueños se verá reflejado también en la iluminación y el vestuario, consiguiéndose con todo ello mantener un muy ágil ritmo dramático y un fluir narrativo visualmente impactante y muy adecuado al devenir de la trama. Nada que ver con la propuesta de Ronconi presentada en 2011, donde los cambios de escenografía entre cuadro y cuadro se hacían eternos.
Una de las cosas que más me gustaron ayer fue que esos movimientos en escena de los cantantes constituyen por sí mismos una auténtica coreografía, estando plagados de mil gestos y detalles, siempre acoplados a las notas musicales que surgen del foso. Como digo, es como una permanente coreografía que acompaña todo el desarrollo de la trama. Y es que hay en esta versión un importante y muy exigente trabajo de dirección de actores que, además, no sólo requerirá de los cantantes de unas sólidas facultades interpretativas, sino también de una buena forma física, pues no son pocas las subidas y bajadas de escaleras o a los elementos móviles que modifican el decorado, el corretear por el escenario o mil ocurrencias más planteadas por la regia para que se lleven a cabo mientras se canta (inolvidables, por ejemplo, los saltos en el sofá de Angelina).

Sé que ayer en algunos corrillos surgió el perpetuo debate acerca de hasta qué punto pueden llegar esas exigencias escénicas si pueden acabar afectando al mantenimiento de unas condiciones óptimas para que el canto no se vea alterado. Todos tenemos en el recuerdo, por hablar de otro Rossini, aquel mareante Barbiere de Michieletto, ejemplo de cómo, si estiras la cuerda demasiado, te arriesgas a que al final se rompa y se desmorone el conjunto de un trabajo que como planteamiento estaba bien concebido. Conseguir ese justo equilibrio es la clave, y aquí, desde mi punto de vista, Pelly sí ha logrado mantenerlo, fundamentalmente también gracias a contar en este reparto con un conjunto de cantantes que han respondido extraordinariamente bien a las exigencias actorales.

A mi juicio, el mayor hándicap de la propuesta estriba en otro elemento que pienso que sí perjudica a las voces bastante más que los movimientos de los cantantes, como es que el escenario se encuentre abierto por los laterales y con un campo de acción bastante profundo y abierto, lo que perjudica la sonoridad de las voces menos caudalosas cuando los solistas se encuentran demasiado retrasados del proscenio. Y otro detalle que, aunque no me molestó no acabé de entender, fue el  por qué Alidoro sale caracterizado de director de orquesta, con batuta incluida. Pero bueno, a pesar de estos detalles menores, creo que ha sido una de las propuestas escénicas con las que más he disfrutado últimamente y que he encontrado más adecuadas a la obra representada.

Tras haberse cancelado la presencia en estas funciones, como director musical, del inicialmente anunciado Maurizio Benini, ha sido finalmente Carlo Rizzi quien se ha situado en el foso al frente de la Orquestra de la Comunitat Valenciana. El director italiano ya pasó por Les Arts en 2013, dirigiendo el Réquiem de Verdi, también por cierto en sustitución del titular entonces previsto, nada menos que Riccardo Chailly. Igual que ocurriera en aquella ocasión, Rizzi llevó a cabo una correcta labor de batuta, sin que tampoco haya nada muy relevante que reseñar, ni hubiera ninguna genialidad que brillase especialmente, pero creo que su trabajo fue cumplidor y resultón en una partitura que tampoco es el recopetín y en la que pienso que lo más importante es saber acompañar las voces y ofrecer un marco adecuado para que los solistas destaquen y exhiban sus cualidades, cuidando especialmente, sobre todo, la concertación en los complicados y abundantes números de conjunto que concibió el genio rossiniano. En esa faceta de cuidado de las voces y la concertación, creo que Rizzi sí consiguió cumplir el objetivo.

Es verdad que yo eché en falta un pelín más de nervio e intensidad en algunos momentos donde los tiempos me parecieron algo lentos, como en la obertura (que por cierto fue interpretada, afortunadamente, a telón bajado), pero en general creo que su trabajo fue positivo. Sí me pareció que brilló mucho más la orquesta en otro instante proclive al lucimiento orquestal, como es el del temporal, donde los músicos de nuestra orquesta hicieron gala de su valía. Entre ellos, me pareció destacable el trabajo durante toda la noche de toda la sección de vientos, con trompas y flautas en especial, así como la labor al clave de Simone Ori.

Los componentes masculinos del Cor de la Generalitat estuvieron en su línea habitual, esto es, excelentes en lo vocal y en lo interpretativo, sabiendo adaptarse también con profesionalidad y sentido de la comedia a los requerimientos del director escénico. Cantaron con mascarilla todo el tiempo, lo que en su primera intervención es cierto que da la impresión de una sonoridad más opaca, pero conforme avanza la representación consiguen que uno se olvide del enmascaramiento. Me parecieron estupendos en la escena con Don Magnifico, así como en el acompañamiento a Don Ramiro en Noi voleremo, domanderemo y en el coro Della fortuna istabile la revolubil.

En el apartado de los solistas vocales, en lo que se está convirtiendo en una afortunada costumbre de la etapa Iglesias, ha vuelto a presentarse en Les Arts un reparto muy homogéneo y de calidad.

En la mezzosoprano Anna Goryachova, quien ya cantase en esta producción a su paso por el Grand Théâtre de Genève el pasado mes de septiembre, recayó la responsabilidad de asumir el complicado papel de Angelina. Quizás no sea la rusa una contralto de reglamento, pero sí alcanza las exigencias en los graves con sonoridades acontraltadas. El timbre y el color oscuro de su voz son ciertamente atractivos, y se aleja de esas emisiones entubadas y retrasadas tan comunes en este tipo de voces. Conoce además el género y se ajusta al estilo rossiniano con ductilidad, brillando en los momentos de euforia lírica, con unos agudos amplios y brillantes, aunque hubiera alguno con un punto chillado. Al mismo tiempo, sabe ofrecer con sensibilidad todo el aroma melancólico que desprende el personaje. Mostró una voz homogénea, que maneja con un cuidado legato y fraseo, afrontando con seguridad la coloratura, adornos y mil requerimientos que tiene Angelina, especialmente en esa traca final que es el Nacqui all’ affanno… Non piú mesta que resolvió más que dignamente. En el aspecto interpretativo, aunque no ofrezca un derroche de expresividad, no puede negársele una entrega absoluta, y en este punto no me resisto a volver a reseñar aquí sus saltos sobre el sillón de flecos.

Siempre he tenido una debilidad especial por el tenor norteamericano Lawrence Brownlee. Desde que empecé a escucharle en videos y grabaciones, me interesó mucho su voz ligera y ya le dediqué una entrada en este blog en 2010. Su Don Ramiro presenta una línea de canto magnífica, plena de sutileza y elegancia, con un dominio insultante del canto ligado, gracias a un fiato espectacular. También sorprende por la naturalidad y facilidad con la que se mueve en el registro agudo sin pestañear. Una vez escuchado en directo, he de decir, no obstante, que, efectivamente, tal y como sospechaba, el único reparo que se le puede poner a Brownlee es su volumen limitado, pero, al igual que ocurre con otros tantos ilustres cantantes con voces pequeñas (Flórez, Bartoli…), ello no puede desmerecer sus múltiples virtudes canoras.

Uno de los principales alicientes de esta Cenerentola era el debut en nuestro teatro, por fin, del grandísimo bajo-barítono Carlos Chausson, una de las voces más relevantes que ha dado nuestro país en los últimos años y cuya ausencia en el teatro de Calatrava era una deuda imperdonable que finalmente se ha visto satisfecha. Y lo ha hecho por la puerta grande, convirtiéndose, a mi juicio, en lo más sobresaliente de una función muy relevante El cantante zaragozano, pese a su veteranía, sigue manteniendo una frescura de instrumento y una presencia vocal y escénica imponentes. El rol de Don Magnifico, barón de Montefiascone, es uno de sus papeles fetiche, con el que ha dado muestra de su inmenso arte en los principales teatros de ópera del mundo, y ayer, como no podía ser menos, se metió en el bolsillo al público de Les Arts nada más abrir la boca con el Miei rampolli femminini. Es un auténtico lujazo poder disfrutar de las enormes dotes escénicas de Chausson que sabe bien lo que es un bajo bufo rossiniano y borda la interpretación actoral de la comedia con un dominio sin parangón del gesto y del texto, sin caer en la ridiculización y la fácil payasada, al tiempo que ofrece toda una lección de estilo y de canto belcantista. Su dicción y la intención de su fraseo son impecables, sus recitativos deberían ser asignatura obligada en los conservatorios y su dominio del canto silabato dejó a la platea con la boca abierta (bajo las mascarillas, que no cunda el pánico) en la exhibición que hizo en este apartado durante toda la velada, especialmente en el Sia qualunque delle figlie del segundo acto.

Para mí fue una muy grata sorpresa el Dandini del joven cantante catalán Carles Pachón que lució una bella voz de auténtico timbre baritonal que corría liberada y fresca por la sala, luciendo una emisión natural, de amplio volumen, que brillaba especialmente en su registro central. Aunque no rebosase de matices, sí que mostró un fraseo cuidado e intencionado, con muy buena dicción y cuidando además los recitativos con pulcritud. Interpretativamente estuvo espléndido, con gracia y desparpajo en los muchos momentos cómicos que tiene el personaje, y consiguió aguantar el tipo y dar justa réplica a Chausson en el dúo Un segreto d'importanza, lo cual no es moco de pavo.

El papel del filósofo Alidoro recayó en el joven bajo italiano Riccardo Fassi, quien presentó un instrumento de innegables cualidades que todavía debe pulir un poco más en cuanto a finura del fraseo y técnica vocal, a fin de liberar más la emisión. No obstante, cumplió con corrección en su aria Là del ciel nell'arcano profondo y estuvo también voluntarioso en el apartado escénico.

Los papeles de las odiosas hermanastras Clorinda y Tisbe fueron interpretados, con  buenas prestaciones vocales y, sobre todo, con un magnífico derroche de expresividad actoral, por Larisa Stefan y Evgeniya Khomutova, ambas alumnas del Centre de Perfeccionament ese que ya no lleva el nombre de un cantante cuyo nombre empieza por Placi y acaba por Mingo, que venía todos los años a Valencia y fue muy famoso, pero que ahora parece que no haya existido nunca.

Como ya pasara en la reciente representación del 26 de noviembre del extraordinario Mitridate que ofrecieron Marc Minkowski y Les Musiciens du Louvre, ayer volvió a haber pausa entre los actos primero y segundo. No entiendo muy bien que al final de la representación se sea tan estricto en cuanto al orden de salida e itinerario a emplear y en el descanso salga la gente al foyer cuándo y cómo le sale del clarinete. Pero bueno, no critico la pausa, de la cual se alegran mucho las próstatas añosas y las abstinencias nicotínicas, ninguna de las cuales es mi caso; pero la paradinha origina que la función se alargue más allá de las tres horas, haciendo muy difícil poder llegar a casa antes del toque de queda de las 00.00 horas, lo cual, por cierto, resulta muy apropiado para ambientar esta Cenicienta.

La sala principal de Les Arts, como era de esperar, presentó una mayor ocupación que en la anterior ópera de temporada, Fin de partie, y, dentro de las limitaciones obligadas de aforo, puede considerarse que había una buena entrada. Entre las personalidades asistentes sólo pude identificar al alcalde de Valencia, Joan Ribó. Al final de la representación se ovacionó con fuerza a todos los participantes, siendo especialmente braveados, Carlos Chausson, Anna Goryachova y el Cor de la Generalitat. No entiendo por qué no salió a saludar ninguna persona del equipo escénico, cuando en esta ocasión pienso que tenían garantizado el reconocimiento de un público que disfrutó enormemente con la propuesta planteada. Yo me quedé en un bravus interruptus porque estaba dispuesto a bravearles sin tapujos en cuanto aparecieran en escena,

Así que ya sabéis cómo voy a terminar, recomendando a todos los que quieran pasar un buen rato que acudan a Les Arts alguno de los días que quedan programadas funciones de esta Cenerentola, para disfrutar del genio de Rossini, de una puesta en escena vistosa y divertida y de un elenco vocal muy solvente.

Pero no, no voy a acabar así. Lamentablemente, hoy he leído en la prensa local que los fantasmas que parecían desterrados sobre el futuro del Cor de la Generalitat han resucitado, ya que parece ser que la administración autonómica valenciana está dispuesta a incumplir los acuerdos a los que llegó con los representantes de la agrupación en 2019, al pretender sacar el IVC a oposición todas las plazas actuales, dejando de lado lo pactado el pasado año cuando se alcanzó un acuerdo para paralizar la anunciada convocatoria de huelga de sus miembros. La oferta pública de empleo que se ha propuesto ahora y que se tendría que aprobar antes de fin de año según el citado acuerdo, tenía que ser decidida por la Comisión de Diálogo Social que aún no ha tomado una decisión. Estas canalladas y puñaladas por la espalda son características de estos mequetrefes y mequetrefas con carguito que ignoran la responsabilidad que asumen hacia la sociedad que los ha colocado ahí y que hoy dicen culo y mañana teta sin rubor alguno ante sus propias contradicciones  y engaños. Sinvergüenzas se les llamaba cuando yo iba al cole, hoy se les tilda de Molt Honorable y de Excelentísimo/a señor/a.

Yo sólo sigo reiterando lo que he dicho en mil ocasiones. No hay más solución que garantizar la estabilidad y consolidación de todos los componentes del Cor de la Generalitat, con las medidas que sean necesarias, ordinarias o extraordinarias, para preservar este irrenunciable activo cultural de toda la Comunitat Valenciana. Cuando se quieren solucionar situaciones extraordinarias, se encuentran soluciones. Encuéntrenlas. Cualquier decisión que se adopte en contra de esto es un absurdo e injustificado suicidio cultural.