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domingo, 1 de junio de 2014

"LA FORZA DEL DESTINO" (Giuseppe Verdi) - Palau de les Arts - 31/05/14

Enorme expectación anoche en el Palau de les Arts para asistir al estreno de La forza del destino, de Giuseppe Verdi, la ópera que abría el VII Festival del Mediterrani y que suponía el regreso al foso valenciano del maestro Zubin Mehta. El ambiente era el de las grandes noches, rozando el lleno, y se cumplieron todas las expectativas, con unos resultados artísticos sobresalientes que hicieron que acabara todo el teatro puesto en pie, absolutamente enardecido, ante una Forza que creo que, hoy por hoy, es difícilmente superable. Una noche mágica, sin duda, que, hasta a los más pesimistas, nos ha subido el ánimo bastantes enteros.

Especialmente emocionante resultó el recibimiento que el público tributó al maestro Mehta, brindándole un cerrada ovación con numerosos bravos nada más pisar el foso, en una evidente muestra de que el aficionado valenciano sabe apreciar y agradecer lo mucho que el director indio está haciendo para que en nuestra ciudad podamos seguir disfrutando de ópera de primera categoría. La intensidad de las ovaciones en cada salida de Mehta y que todo el público se pusiese en pie como movido por un resorte en cuanto se sumó a los saludos finales, era un claro grito de “maestro, no se vaya”.

Muchas caras conocidas en el patio de butacas, desde Joan Matabosch a María José Montiel. Y también nos alegró ver de nuevo al mando a la Intendente Helga Schmidt, quien parece encontrarse ya mejor tras el accidente que sufriese en Viena. En el palco nos obsequió con su presencia la Consellera de Cultura y recién nombrada nueva portavoz del gobierno valenciano, María José Catalá, a quien este nuevo cargo le va pintiparado, con lo que le gusta a esta señora figurar y darle al pico. La pena es que no haya aprovechado para dejar la cartera de Cultura en manos de alguien con más ganas e ideas para defender la ópera de calidad en Valencia de lo que ella hasta ahora ha demostrado.

45 minutos antes de iniciarse la representación tuvo lugar, por primera vez en el Palau de les Arts, una breve charla introductoria a la ópera, que corrió a cargo de Íñigo de Goñi, miembro de la Asociación Amics de l’Òpera i de les Arts de la Comunitat Valenciana. Estas charlas se repetirán todos los días de función, tanto de La forza del destino como de Turandot, en la sala de espera ubicada en el vestíbulo principal. Ayer la sala se llenó en pocos minutos y hubo mucha gente que tuvo que quedarse fuera. Está previsto que, a partir de ahora, esta Asociación se encargue de ofrecer este servicio a los espectadores con entrada para las diferentes representaciones de la temporada.

Ante la ausencia de recursos económicos en Les Arts, para la dirección de escena se ha vuelto a apostar por encargar una producción propia a Davide Livermore, director artístico del Centre de Perfeccionament, y responsable de anteriores propuestas interesantes como las de La Bohème o el Otello del año pasado.

El resultado final de su trabajo creo que ha sido muy positivo. Y mucho más si valoramos que en este caso no se trata de una concepción genial de algún regista iluminado que cuenta con cheque en blanco, sino de una propuesta marcada por la necesidad de ahorrar recursos. Para ello, se ha contado con el vestuario de Mariana Fracasso, la iluminación de Antonio Castro y las videocreaciones de D-Wok S.R.L., así como con el intenso trabajo de todo el equipo del teatro, reciclándose y aprovechando material de otras producciones.

La escena se ha trasladado a los años de la Segunda Guerra Mundial con una estética claramente cinematográfica, con múltiples guiños cinéfilos. Nada más comenzar la obra, la obertura es acompañada por unas proyecciones que nos van adelantando lo que va a suceder a modo de tráiler fílmico, con muchas referencias al cine negro, pero también a algunos planos míticos de Eisenstein o del expresionismo alemán. Esta obsesión de los directores de escena por tener que “entretenernos” mientras suenan las oberturas, parece no tener solución.

Los pájaros de Alfred Hitchcock tiene un papel importante, con esos cuervos agrupándose en el tendido eléctrico anunciando el fatal destino, tanto en el primer acto antes de la muerte del Marqués de Calatrava, como en el duelo final entre don Álvaro y don Carlos.

La producción, en conjunto, creo que funciona bastante bien y la traslación temporal no molesta en absoluto. Desde el punto de vista estético me resultó enormemente sugerente, sobre todo gracias a un uso de la iluminación muy inteligente, aunque el abuso del color rojo para resaltar la maldad acabe por cansar.

Me parece muy de agradecer que la escenografía y los movimientos de los cantantes estén pensados para procurar que destaque el trabajo de estos, dando preeminencia a las voces, no a la egolatría del regista. No en vano Livermore fue cocinero antes que fraile, en este caso cantante antes que director escénico, y eso se nota. Eso sí, algunos cambios de escena fueron excesivamente largos y en el del tercer acto se improvisó un bochornoso concurso de toses estentóreas entre parte del público que, aunque parece que a algunos les hizo mucha gracia, a otros, incluido Mehta, no tanto.

También destacaría en el aspecto positivo, como suele ser habitual en las propuestas de Livermore, una trabajada dirección de actores y del movimiento escénico que, aunque haya cosas que gusten menos, como algunos bailecitos o las posturitas de los frailes al grito de maledizione!, denota seriedad, estudio y sentido del drama.

Es verdad que hubo algunas proyecciones que me parecieron grotescas, como las de los angelotes, pero en general consiguen un buen resultado, contribuyendo a resaltar ambientes y acentos psicológicos, siempre con esa reminiscencia cinematográfica presente.

Es inevitable que en toda transposición temporal de la puesta en escena de un libreto haya discordancias y anacronismos, pero en esta ocasión la cosa no chirriaba más que en momentos puntuales, como las referencias a carruajes o caballos o, sobre todo, esas espadas transformadas en pistolas.

Pese a todos los peros que se le quieran poner, lograr, con los reducidos medios de los que se disponía, unos resultados de este nivel, que superan con mucho el de costosas y horrorosas producciones, es merecedor de un fuerte aplauso como el que fue brindado ayer a Livermore y todo su equipo al finalizar la función.

Tras el martirio conceptual y de ejecución que supuso la dirección musical de Manuel Galduf en Maror, el regreso del maestro Mehta al frente de la Orquestra de la Comunitat Valenciana, nos ha despertado de aquella pesadilla que algunos parecen seguir empeñados en desear que sea el futuro que nos espere. El maestro Mehta nos ha devuelto el mágico sonido de nuestra orquesta, volviendo a hacer brotar la belleza y la emoción del foso valenciano.

Y es que si por algo se caracterizó la labor del director indio fue por, una vez más, lograr hacer brillar como nadie la orquesta, con un equilibrio extraordinario entre secciones y un control absoluto de cuanto ocurría en el foso y en escena. La Obertura fue dirigida con mano maestra, aunque yo eché de menos una pizca más de garra e intensidad, si bien a cambio se obtuvo un lirismo de muchos quilates. El pulso dramático no decayó en ningún momento y en los momentos más íntimos la belleza sonora se desplegaba con apabullante insolencia, como en el inolvidable y electrizante pianísimo de las cuerdas que puso el broche final a una noche en la que volvimos a reencontrarnos con la mejor versión de la Orquestra de la Comunitat Valenciana. Gracias, maestro Mehta.

Entre las intervenciones solistas, hay que destacar la magistral actuación de Joan Enric Lluna en el solo de clarinete introductorio al aria de don Álvaro con el que se inicia el tercer acto, donde, a su ya conocido virtuosismo en la ejecución, se unieron una sensibilidad y lirismo estremecedores. También tuvieron intervenciones muy destacadas el concertino, Serguéi Ostrovski, así como fagots, arpa y percusión.

El coro en esta obra se convierte en un protagonista más y adquiere una relevancia de primer orden. Y ayer el Cor de la Generalitat dio una de las más grandes lecciones de profesionalidad y dignidad artística que se han visto en este teatro. Posiblemente no haya sido la noche en que ha sonado más contundente y poderoso, pero obtuvo unos resultados magníficos, tanto en el apartado dramático, con una permanente actividad en escena, como en el vocal, y esto pese a no a haber dispuesto de los refuerzos que la obra requería, teniendo que hacer frente a una partitura de estas dimensiones con la plantilla que ha quedado tras el maldito ERE. Bravo, chicos y chicas

Es proverbial la dificultad de montar esta obra con garantías en el apartado vocal, porque realmente se precisa de unos cantantes de primer nivel, dispuestos a afrontar unas exigencias extremas. Y en este sentido ayer tuvimos la suerte de contar con una pareja protagonista inigualable, estratosférica, acompañada por otros intérpretes de muy buen nivel y absolutamente entregados.

Comentaba ayer junto a un amigo que tenemos la firme convicción de que Gregory Kunde es extraterrestre. Si el año pasado ya nos dejó absolutamente anonadados con su espectacular Otello, lo de ayer nos convenció definitivamente de que, o no es de este planeta, o este tipo se dopa. No sé si se meterá placenta de yegua o se tomará la pócima dominguina de Plácido, pero esto no es normal. Anoche se paseó por el terrorífico papel de don Álvaro con una (aparente) facilidad insultante y una belleza canora incontestable.

A sus 60 años cumplidos, el tenor norteamericano sigue luciendo un timbre deslumbrante y apenas aparecieron fugazmente síntomas de cansancio. Sus agudos continúan siendo cañonazos, bien colocados, timbrados, luminosos y ricos en color. Pero no sólo nos conquisto luciendo poderío en el agudo. En el dúo solenne in quest’ora matizó y recogió la voz con una sensibilidad mayúscula. Cuajó un recitativo La vita e inferno all'infelice, intenso y sentido, y la subsiguiente aria del tercer acto, O tu che seno agli angeli, fue majestuosa, desplegando un lirismo apabullante, con una elegante línea, heredera de la mejor técnica belcantista. La ovación al finalizar el aria fue larguísima (Nucci hubiese bisado tres vendettas). Además, su entrega dramática en todo momento fue soberbia y pude ver con mis prismáticos como en la última escena, mientras Leonora moría en sus brazos, las lágrimas resbalaban por sus mejillas.

Pero si Kunde nos dejó boquiabiertos, Liudmila Monastirska acabó de desencajar nuestra mandíbula, ofreciéndonos una extraordinaria Donna Leonora. Desde luego, si algo no admite discusión es el poderío vocal de la cantante ucraniana. Un auténtico tsunami sonoro que hace que se estremezcan los cimientos del edificio de Calatrava (el arquitectillo, no el marqués). Pero esa tremenda fuerza vocal no impide que adorne su canto con un gusto exquisito y algunos detalles preciosos, consiguiendo hilvanar unas medias voces de muy bella factura. Obviamente en esta faceta no consigue la perfección y delicadeza de, por ejemplo, Agresta, pero domar de esta manera ese vozarrón es muy meritorio. También la afinación se puede resentir puntualmente, pero el resultado final fue de una inmensa belleza e intensidad dramática.

Otro de sus puntos débiles es su ininteligible pronunciación italiana, aunque, sin embargo, su sentido del canto verdiano es espléndido. Las medias voces mostradas en la vergine degli angeli y el dominio técnico, capacidad expresiva y variedad de matices del aria Pace, pace mio Dio, en la que supo colorear todas las emociones y cambios de ánimo de la página, junto a la fuerza e intensidad que derrochó toda la velada, llevaron a su Leonora a obtener un triunfo sin paliativos.

El joven barítono italiano Simone Piazzola juega en otra división. Indudablemente su don Carlo es digno de aplauso, pero ya en la liga de los terrenales. Posiblemente se haya topado con un rol demasiado dramático y yo le encontré más cómodo como Germont en la Traviata que inauguró la temporada, aunque hay que reconocer que sacó adelante la prueba con éxito. Parecía un poco reservón al comienzo y a la voz le falta un mayor peso y mejor técnica de emisión, pero en la segunda mitad de la obra es donde tiene que lucirse y al menos consiguió no desentonar demasiado en sus dúos con el marciano Kunde. Su exclamación finalmente! en el duelo fue un derroche de fiato y poderío. Como actor no es precisamente Laurence Olivier, pero no se le puede negar su entrega y buenas intenciones.

La mezzosoprano Ekaterina Semenchuk tuvo que hacer frente a uno de los papeles más ingratos de la historia de la ópera, como es el de Preziosilla. Ingrato, porque hay pocas personas que no acaben odiando toda la escena del Rataplán, auténtico ejemplo de cómo quebrar la intensidad dramática de una obra, y además de eso el rol se mueve por terrenos bastante agudos para una mezzo, pero la cantante rusa supo sacar adelante la papeleta aceptablemente bien en la vertiente vocal y destacando en el apartado interpretativo.

El bajo danés Stephen Milling interpretó al Padre Guardiano con tremenda solvencia y una incontestable contundencia en el registro grave, aunque mostrase algún apuro en la zona alta de la tesitura.

El papel de Fra Melitone fue interpretado por Roberto de Candia, después de que cayese del cartel el anunciado Valeriano Lanchas, quien parece que no habría cumplido las expectativas del maestro Mehta. De Candia llevó a cabo una correcta actuación en la que se echó a faltar un mayor punto de comicidad y desenvoltura escénica.

En los papeles menores, volvió a destacar la bella voz de Mario Cerdá, esta vez como Trabuco. También estuvieron muy correctos In-Sung Sim como Marqués de Calatrava, Cristina Alunno (Curra),  Aldo Heo  (Cirujano) y Ventseslav Anastasov en el papel de Alcalde.

El público, que llenaba prácticamente por completo la sala principal de Les Arts, premió con largos aplausos las principales intervenciones de los protagonistas a lo largo de la obra y, al acabar ésta, la locura colectiva se adueñó del teatro, con apoteósicas ovaciones y torrente de bravos para Gregory Kunde, Monastirska y el maestro Mehta, quien, como he dicho antes, pudo ver como toda la platea se ponía en pie braveándole al subir al escenario.

Esta ópera, que tiene fama de gafe, ayer no se olvidó tampoco de hacer de las suyas, y parece que uno de los miembros del coro sufrió un accidente al caer por uno de los huecos que simulaban ser trincheras. Afortunadamente las últimas informaciones apuntaban a que el incidente no ha tenido graves consecuencias y desde aquí le mando al afectado todo mi ánimo y apoyo, y espero que se recupere cuanto antes.

Señora Catalá, espero que haya tomado usted nota de lo acaecido anoche. Yo, desde luego, no confío nada en su sensibilidad musical, pero creo que hasta su oreja se debió dar cuenta de la gran diferencia que hay entre los experimentos culturartsistas de cuota valenciana y el Espectáculo Operístico, con mayúsculas, como el que se vivió ayer.

Por si acaso, los aficionados tenemos que seguir peleando con todos los medios a nuestro alcance para impedir que la necedad y pueblerinismo de algunos/as echen a perder todo esto cometiendo un crimen irreversible contra nuestro patrimonio cultural. De momento, tenemos la obligación de llenar el teatro todos los días para apoyar al maestro Mehta, a nuestra orquesta y coro, y a unos artistas de primer nivel. Y encima disfrutar como locos…



viernes, 25 de octubre de 2013

"LA TRAVIATA" CON AQUILES MACHADO


Tras el show del día del estreno de la temporada en el Palau de les Arts, ayer tuvo lugar la segunda representación de la ópera "La Traviata", de Giuseppe Verdi, con la novedad de la sustitución del tenor Ivan Magrì, por el venezolano Aquiles Machado.

La repercusión que tuvo en la prensa y otros medios la charlotada del estreno, que por otra parte alcanzó unos muy buenos resultados musicales, parece que ha escocido bastante en los círculos de dirección del teatro valenciano, donde, tras las críticas recibidas, se han puesto las pilas y esta vez sí han hecho las cosas como se deben hacer. En cuanto buscaron sustitutos para Magrì, se anunciaron los nuevos repartos en la web, acompañados de una nota explicativa que fue también remitida a la prensa.

Además, como también se ha convertido ya casi en costumbre en Les Arts, sobre todo cuando es Mehta quien dirige, los repartos alternativos son casi más atractivos que los originalmente previstos. Sustituir a Ivan Magrì por un tenor de la categoría de Aquiles Machado y otro como Saimir Pirgu (que puede gustar más o menos, pero está cantando Alfredo en los más prestigiosos teatros) es una gestión que debe calificarse de muy positiva.

De todas formas, debe haber una especie de ley no escrita en este teatro que parece empeñarse en impedir que las cosas se hagan bien del todo. Cuando, esta vez, todo parecía haberse resuelto de forma satisfactoria, los asistentes a la función de ayer nos encontramos con que los programas de mano que se repartían seguían anunciando los repartos sin modificar. ¿Tanto costaba haber encartado una simple nota informando de cómo quedaba el cast tras las sustituciones?. Frente a eso, se optó por anunciar por megafonía, poco antes del comienzo de la representación, que la pareja protagonista esa noche iba a ser la formada por Jessica Nuccio y Aquiles Machado, lo que no tenía nada que ver con el programa y daba nueva sensación de chapuza para el que no estuviese enterado de todo lo ocurrido estos días. De hecho, mi vecino de localidad, al finalizar, me preguntó si la que había cantado era la búlgara o la italiana y si el tenor era Magrì.

Aunque ya hice en este blog la crónica del estreno, he querido volver hoy para hacer una breve referencia a lo acontecido ayer, ya sin incidentes que empañasen lo puramente artístico y con un nivel musical, desde mi punto de vista, aun mejor que el día del estreno.

Como no quiero ser reiterativo respecto a lo que ya comenté de la primera de las funciones, tan sólo incidiré en aquello que considero que varió respecto a lo ya dicho entonces.

La atención se centraba en el nuevo Alfredo que, en apenas dos días, había tenido que incorporarse a la producción, recién llegado de cantar el papel en Oviedo. Aquiles Machado llevó a cabo una actuación magnífica. Su derroche físico fue extraordinario, moviéndose por escena con una agilidad y soltura increíbles. Al tercer acto llegó empapado en sudor y congestionado del palizón físico que se estaba metiendo. Yo no sé las veces que acabó rodando por el suelo. Imagino que debió llegar al hotel con más cardenales que una elección de Papa. En su faceta como actor estuvo implicadísimo, metido completamente en el personaje y muy expresivo.

En lo vocal, pese a haberle escuchado hace menos de un año como Rodolfo en “La Bohème” que dirigiese Riccardo Chailly, me sorprendió una voz que cada vez se va alejando más de terrenos ligeros y que está adquiriendo una anchura y un peso sorprendentes en centro y graves. En la zona aguda, más inestable, sin embargo pasó menos apuros en la resolución de la zona de paso que en otras ocasiones y las oscilaciones fueron menos ostensibles.

Sólo mostró apuros en la cabaletta “O mio rimorso”, ofreciendo toda la noche un recital antológico de belleza tímbrica, fraseo elegante, buen gusto y delicadeza canora, propio de los más grandes. Cuando finalizó “De' miei bollenti spiriti”, mientras el público rompió a aplaudir, el maestro Mehta le dirigió una sonrisa de complicidad muy elocuente, como también lo fue el abrazo en el que se fundió con el venezolano durante los saludos finales.

Un gran Alfredo que ha puesto el listón francamente alto a los compañeros que van a sustituirle en las próximas representaciones.

Y otra que va a tener difícil hacer olvidar a su predecesora será la Yoncheva si finalmente viene a cantar, ya que la joven siciliana Jessica Nuccio, más centrada y tranquila que el día del estreno, volvió a construir una Violetta de muchos quilates mostrando que estamos ante una cantante a tener en cuenta.

El tercer acto volvió a ser el marco de sus mejores prestaciones, con una combinación de fiato, legato y expresividad dramática, desbordantes. Tuvo un par de amagos de gallo en “sempre libera” y “addio del passato”, puros accidentes, bien resueltos y que además se produjeron por querer adornar su canto apianando el sonido. En el “sempre libera”, incluso, las notas inmediatamente siguientes fueron acometidas con valentía y fuerza, jugándosela a pecho descubierto. Salvó la situación a lo grande y con valor, allá donde otras se hubieran atemorizado y mostrado conservadoras.

Del barítono Simone Piazzola sigo pensando que, con buen material y sentido del canto verdiano, a mi juicio exagera demasiado al final de su aria, haciendo unas ostentaciones que buscan el aplauso fácil y que, desde mi punto de vista, deslucen su interpretación, aunque consiga que el teatro se venga abajo en aplausos.

El maestro Zubin Mehta, que se pasó casi toda la noche tosiendo (Wotan no quiera que haya que sustituir a este), volvió a ser el auténtico protagonista de la noche, llevando a cabo una dirección magistral, curiosamente lejos de cualquier tipo de exhibicionismo, dejando que fueran los cantantes y la genial música de Verdi quienes cumpliesen con su papel. Hay que ver lo fáciles que parecen estas cosas cuando hay una mano sabia dirigiendo como se debe.

Coro y Orquesta, una vez más, fabulosos. Sí quisiera mencionar aquí al concertino Stefan Eperjesi, a quien el día del estreno no pude identificar y que anoche volvió a lucirse, como toda la sección de cuerda.

Pese a tratarse de una representación en día laborable, la sala presentó un lleno casi absoluto, lo cual es una muy buena noticia, y el público se lo pasó en grande. Ojalá que se acaben ya los sustos y continuemos la temporada por estos derroteros de sala llena y gran nivel artístico y musical.

Una curiosidad. En la función de ayer, al comienzo del segundo acto, cuando se supone que Alfredo en esta producción sale descalzo, con un batín de flores y en calzoncillos (no he podido desterrar todavía de mi mente desde el estreno las canillas de Magrì), Machado entró en escena con el horroroso batín pero ocultando sus extremidades inferiores con unos elegantes pantalones largos negros y zapatos de vestir. Ignoro si se habrá debido a la negativa del tenor a tener que enseñar sus miserias, además de venir a cantar deprisa y corriendo, o habrá sido una decisión del teatro. En las próximas representaciones veremos.

domingo, 20 de octubre de 2013

"LA TRAVIATA" (Giuseppe Verdi) - Palau de les Arts - 19/10/13


Anoche, finalmente, tras no pocos contratiempos e incertidumbres, se puso en marcha la temporada operística 2013/2014 en el Palau de les Arts con el estreno de “La Traviata”, de Giuseppe Verdi.

Una Traviata algo peculiar, desde luego, porque resulta que Alfredo, en la primera escena del acto II, dice que se va a París a salvar su honor y, cual adúltero marido que alegase bajar a por tabaco, ya no volvió. Menos mal que el welsungo Siegmund, harto ya de tantos rollos incestuosos con Sieglinde y de andar huyendo del vengativo cornudo Hunding y de la ira de los dioses Fricka y Wotan, se largó de los bosques germanos y acabó recalando en casa de Violetta, haciéndose pasar por Alfredo y ligándosela… No hay nada como ser un inútil gestionando un teatro de ópera para acabar celebrando el bicentenario de Verdi y Wagner a lo grande, fusionando Traviata y Valquiria para regocijo de los espectadores.

Lo ocurrido anoche en Les Arts no puede más que calificarse de bochornosa vergüenza. Posiblemente ahora haya quien salga alabando la capacidad de improvisación y el buen resultado final, pero ayer, más que nunca, quedó al desnudo la chapucera gestión del teatro valenciano.

Instantes antes de comenzar la función se anunció por megafonía que el tenor Ivan Magrì, pese a padecer una inflamación aguda de las cervicales, de última hora, iba a actuar. Mintieron. De última hora, nada. Hace ya semanas que se conocía el problema físico de Magrì habiéndose especulado que podría cancelar su participación en Traviata. Así lo manifesté yo ya hace días en este blog, donde también adelanté que el tenor no tenía cover y podría haber problemas.

Durante el primer acto y la primera escena del segundo, el pobre tenor se movía como Robocop y presentó algunos apuros vocales. Tras la salida de escena de Germont, cuando se supone que Alfredo vuelve de París, y ante el desconcierto de Violetta (Jessica Nuccio), cae el telón y hacen retirarse de escena a esta, anunciándose por megafonía que el tenor Magrì había sufrido una indisposición y no iba a poder continuar (posteriormente se supo que había llegado incluso a tener un desvanecimiento), pidiendo al público que continuase en sus asientos. Casi media hora nos tuvieron allí. Apenas un par de silbidos manifestaron el descontento de un público demasiado acostumbrado a aborregarse y dejarse pisotear en todos los ámbitos sociales.

Un par de avisos más seguían pidiendo paciencia mientras se resolvía la situación, anunciándose finalmente que el tenor austriaco Nikolai Schukoff, que se encuentra estos días ensayando en Valencia su papel de Siegmund en la próxima Valquiria y que se hallaba entre el público (yo le vi en el descanso tomándose tranquilamente una copita de cava), iba a cantar desde un atril en el proscenio, mientras un coreógrafo y asistente de la dirección de escena, Christian David Krumm, interpretaría escénicamente el personaje.

Algunos me dirán que eso ocurre en otros teatros también. Cierto, yo lo viví en Londres, pero la situación fue muy diferente, aquello sí fue algo imprevisto, una fuerte tormenta de nieve que impedía llegar a algunos cantantes a tiempo a la representación. También en Les Arts, en un reciente “Cosí fan tutte”, cuando una cantante se quedó sin voz. Pero lo de ayer, aunque acabase resolviéndose bien, fue una imperdonable chapuza y falta de previsión de los responsables del teatro. Si hace semanas que sabes que este cantante está con serios problemas, que ha tenido mareos y fuertes dolores, aunque se lance a cantar tienes que tener preparada una solución por si pasa lo que pasó. ¿Si no llega a estar Schukoff, qué hubiera pasado? ¿Hubiera salido Mehta a escena a tararear?

Esto además puede traer cola. De fondo tiene que haber mucho más tomate. En el despacho de Helga Schmidt hubo una crispada reunión, durante el parón, de aquélla con el maestro Mehta y el agente de Magrì, en la que los gritos que se oían hubiesen hecho apocarse al mismísimo Tarzán. Veremos que trasciende de todo eso.

Insisto. La solución final fue aceptable y el resultado mejoró el original, pero no se puede funcionar a golpe de improvisación.

Por lo demás, se vieron por allí las caras conocidas del faranduleo pueblerino y la corrupción local que suelen acudir a los estrenos. También estaba el habitual Rappel que, aunque estuviese de fiesta en su día libre, bien podría haber avisado a Helga antes de empezar de lo que iba a ocurrir, que seguro que lo habría visto en su bola de cristal aunque llevase las gafas del revés. Nos obsequió con su presencia el President Fabra, que mostró durante la representación menos entusiasmo que un berberecho en una lata, acompañado por una corte de los milagros en la que se hacían ver la Consellera de Cultura, el Conseller de Sanidad y el Conseller cazador Castellano. Cuando pasaban en comitiva por el foyer durante el intermedio, alguien les gritó: “panda, que sois una panda”.

La producción elegida para abrir la temporada ha sido la que la De Nederlandse Opera de Ámsterdam crease, basada en el montaje que concibió Willy Decker para el Festival de Salzburgo de 2005. La famosa “Traviata del reloj” que firma en esta adaptación la directora de escena Meisje Barbara Hummel.

He de decir que me encantó. Ya la conocía del célebre Dvd con Netrebko y Villazón, pero ayer descubrí otros muchos detalles que me hacen valorar muy positivamente esta propuesta. Carece de cualquier envoltorio escenográfico que distraiga y toda la obra está dominada por un juego de luces muy inteligente y un escenario vacío en tonos claros, donde tan sólo nos encontramos con un sofá rojo y un omnipresente y enorme reloj que simboliza el inexorable paso del tiempo. Un tiempo que para Violetta se agota porque la muerte la espera, simbolizada en este caso por la figura del Dr. Grenvil (Luigi Roni) quien también tendrá un gran protagonismo en escena a lo largo de la obra, recordando a la joven con su presencia el inevitable final.

Violetta es la única que viste con color rojo, todo el resto del elenco va de negro y con trajes masculinos, salvo la criada que también es la única que viste de época. La obra se centra en Violetta y en su lucha dentro de una sociedad hipócrita y machista. Y así, escénicamente, se acentúa este objetivo.

Se podrá decir que todo este simbolismo es facilón y simplista, pero la construcción teatral y escénica alrededor del mismo me parece muy interesante. Hay momentos inolvidables, de gran fuerza dramática, como el tránsito del segundo al tercer acto, mientras suena el bellísimo preludio; el despojo de los ropajes y sábanas floridas que cubren la escena cuando en el segundo acto llega Germont a romper la felicidad de la pareja; o las miradas angustiosas de Violetta a Grenvil (la muerte), tanto en el primer acto, cuando Alfredo pide volver a verla al día siguiente y ella mira al doctor antes de responder “ebben, domani”, como en el tercero, cuando vuelve a cruzar la mirada, implorándole más tiempo, al regresar Alfredo y parecer que una feliz vida en común es posible. Y hay otros muchos instantes más que creo que dotan de gran fuerza a esta puesta en escena, aunque en ocasiones se contradiga el libreto, como la presencia de Alfredo junto a Violetta al final del primer acto o de ésta al lado de aquél al inicio del segundo. Hasta la, para mí, siempre antipática escena de “los toreros de Madrid”, resulta aquí más interesante al plantearse casi como una pesadilla de Alfredo.

El gran valor de la producción es este impacto dramático y la concentración en la psicología y pasiones interiores de los personajes. El problema es que la propuesta requiere grandes actores, además de cantantes, y de eso no estuvimos muy sobrados, primero con un Magrì que apenas podía moverse y luego rompiéndose definitivamente la magia escénica con ese Alfredo mudo, impecablemente interpretado por Krumm, pero que al ser doblado por Schukoff desde un rincón, la mirada inconscientemente se dirigía a éste.

Quisiera también destacar, por último, lo mucho que favorece la acústica el diseño del escenario, que hace que, incluso cuando cantan de espaldas los intérpretes, la voz corra perfectamente.

En lo musical, y pese a las incidencias, interrupciones y reuniones en el despacho de Helga, el maestro Zubin Mehta llevó a cabo una labor de batuta magistral. Atentísimo toda la noche a los cantantes, respirando con ellos, cuidándoles, acabó dirigiendo a tres bandas: orquesta, cantantes y atril. Comenzó con un tempo vivo, muy verdiano, alejado de algunas lecturas repipis muy comunes en esta obra. Ello no quita a que hubiera pasajes donde se ralentizó el tempo, pero con una profundidad tal que se logró hacer crecer la tensión y la emoción de manera soberbia, como en el maravilloso Preludio del tercer acto, con una cuerda en pianísimo antológica, o en el dúo de Violetta y Germont o en el aria de éste (ahí quizás en exceso). En el “addio del passato”, y todo el tramo final de la ópera en general, la magia de Mehta y la calidad de la Orquesta de la Comunitat Valenciana brillaron definitivamente, haciendo surgir emociones hasta dentro de ese espectáculo charlotesco que se había vivido con la sustitución tenoril.

Toda la sección de cuerda debe ser destacada por su labor anoche, con un concertino espectacular al comienzo de “teneste la promessa”, y también creo que merece hacerse una referencia a las flautas, al clarinete de Tamás Massànyi o al oboe de Cristopher Bouwman en el “Alfredo, Alfredo”.

No por repetidos deben ser menos apasionados los elogios al lujazo de Cor de la Generalitat que, pese a recortes, EREs y zarandeos varios, podemos seguir disfrutando y que continúa exhibiendo una calidad estratosférica. En la representación de ayer su trabajo merece ser más valorado aún si cabe, teniendo en cuenta que el día anterior cantaron en el Palau de la Música, también de forma excepcional, una obra tan exigente como “La condenación de Fausto”, de Héctor Berlioz. Bravo de nuevo, chicas y chicos del coro. Sois un ejemplo.

Tras confirmarse la cancelación de la participación de la soprano Sonya Yoncheva en las funciones del mes de octubre (de momento), se ha optado porque sea la siciliana Jessica Nuccio, quien la sustituya en el papel protagonista. Nuccio, que es la pareja del barítono Piazzola, que encarna a Germont, fue buscada en un principio para suplir a la búlgara en la representación del 2 de noviembre, fecha en que Yoncheva tenía un compromiso en Berlín en una gala benéfica contra el SIDA.

Curiosamente, en la web de ésta se anuncia que, efectivamente, el día 2 de noviembre cantará en Berlín, y que lo hará en Valencia el resto de funciones de octubre y noviembre. Ya veremos cómo se soluciona finalmente este galimatías.

Yo pensaba que este lío de sustituciones de sopranos iba a concentrar la atención de esta crónica, pero el esperpento de las vértebras de Magrì y de Siegmund cantando Alfredo, ha superado cualquier previsión.

En cualquier caso, antes de entrar a hablar de las voces escuchadas ayer quisiera hacer aquí una reflexión. Una cosa es que el Palau de les Arts opte por seguir procurando construir una programación con cantantes de cierto renombre, como la Yoncheva, dentro de las limitaciones económicas que, cada vez más, condicionan su actividad, y otra que, por esas mismas circunstancias económicas o imprevistos sobrevenidos, se opte por llenar los repartos con cantantes jóvenes, empleando esos habituales eufemismos de “estrellas emergentes” o “jóvenes promesas”. Jessica Nuccio es una cantante que, sin duda, merece oportunidades y que demostró ayer estar a muy buen nivel, aunque todavía tenga que pulirse en aspectos técnicos y desenvoltura escénica. Pero si vamos a optar por afrontar la crisis o los imprevistos con gente joven, para eso aquí contamos con cantantes locales de un buen nivel que han venido representando el papel en muchos teatros con notable éxito.


Hablo de voces como las de Carmen Romeu, Dolores Lahuerta, Silvia Vázquez o Maite Alberola.  Insisto en que no me parece mal que se les den esas oportunidades a jóvenes voces en un teatro como el Palau de les Arts, teniendo un director musical como Mehta y una orquesta y coro de primera línea. Me parecería perfecto incluso que se programasen habitualmente funciones populares más baratas con cantantes principiantes, pero eso debería aprovecharse, básicamente, para lanzar también las carreras de nuestros jóvenes y buenos  intérpretes.

Estas consideraciones hubiera sido fácil hacerlas si ayer la Nuccio hubiera resultado un desastre, pero las hago comenzando por afirmar que la soprano siciliana llevó a cabo un trabajo muy meritorio y que se ganó a pulso el éxito que finalmente obtuvo.

Y eso que comenzó bastante mal. Afrontó las primeras notas con voz temblona, posiblemente por los nervios del estreno, y con algunas desafinaciones demasiado evidentes y notas caladas. Tiene la Nuccio un timbre metálico, algo ingrato en ocasiones, mostrándose tremendamente frágil en la zona grave, pero con un poderoso registro agudo, si bien con abuso del portamento. Defendió el “sempre libera” con solvencia, aunque la coloratura quedase algo corta y esos portamenti comentados desluciesen un tanto su intervención. Su “dite alla giovine”, por el contrario, estuvo matizadísimo y cargado de intención y sensibilidad. En la parte menos positiva destacaría un “amami Alfredo” cortito de emoción y fuerza dramática, y el “Alfredo, Alfredo, di questo core” demasiado frío e insulso.

De cualquier forma, el resultado final fue muy positivo, gracias sobre todo a un tercer acto que, frente a lo que muchos pensábamos a priori, resolvió extraordinariamente bien. Su “addio del passato” fue sumamente emocionante, jugando con las medias voces y los filados con muchísimo gusto y, sobre todo, exhibiendo un magnífico fiato, impecable legato y un fraseo expresivo y cargado de sentimiento.

De Ivan Magrì poco debo decir, dado que era obvio que no se encontraba en condiciones para salir a escena. Las descoordinaciones con el foso fueron numerosas y pienso que no es el papel más adecuado para él, pero deberá juzgársele cuando cante en condiciones.

Nikolai Schukoff sí merece una elogiosa reseña. Ciertamente era Siegmund cantando Alfredo, pero qué bien cantado… Parecía increíble que este hombre subiese del patio de butacas y, a pelo, se zampase tres cuartos de Traviata con semejante autoridad vocal, con unas inflexiones y matices fantásticos, inundando de expresividad su canto, de tal forma que no hacía falta ver la actuación de su doble escénico, y, lo que es más sorprendente, con tal grado de coordinación con el foso y con sus compañeros. Parecía que llevase ensayando un mes. Su intervención en el complicado concertante del segundo acto fue magistral y de poner los pelos de punta todo el pasaje del “Ogni suo aver tal femmina”. Incluso se permitió unirse a la actuación escénica en la transición entre los actos segundo y tercero, mientras sonaba el Preludio. Bravísimo Nikolai. Esperamos ahora su Siegmund con más ganas si cabe.

El barítono veronés Simone Piazzola, pese a su juventud, compuso un buen Germont, bastante creíble, en el que yo destacaría su fraseo verdiano, intencionado y muy ligado, aunque pienso que se equivocó al cargar todo el final de su aria “Di Provenza” de efectismos cara a la galería buscando el aplauso fácil. No lo necesitaba.

El resto del jovencísimo (a excepción del Dr. Grenvil de Luigi Roni) reparto, formado básicamente por alumnos y ex alumnos del Centre de Perfeccionament Plácido Domingo, funcionó a bastante buen nivel, destacando como siempre la voz del tenor Mario Cerdá, esta vez en el papel de Gastone.

El público, que casi llenaba el teatro, con una numerosísima presencia de espectadores foráneos, prorrumpió en estruendosas ovaciones nada más finalizar la obra, esperándose en esta ocasión, por fin, a que finalizase la música en el tercer acto, no así en el primero. Nuccio, Piazzola y los siameses Schukoff-Krumm fueron especialmente braveados. También Mehta, coro y orquesta. Y la directora escénica fue igualmente bastante aplaudida sin que se apreciasen muestras de rechazo. Yo, al menos, le grité un sentido bravo.

Bueno, pues hasta aquí la extensa crónica del accidentado inicio de temporada. Si las cosas ya se avecinaban complicadas, esto no parece que ayude mucho a levantar nuestro optimismo. Aunque, para ser sincero, debo reconocer que, en esta ocasión, la imprevisión e inutilidad manifiesta para la gestión de los responsables de nuestro teatro, hicieron transformarse la noche, que podría haber pasado sin mucha pena ni gloria, en un cúmulo de emociones.

Ahora sólo falta saber si Sieglinde le leerá la cartilla a Siegmund cuando vuelva a casa… ¡habrase visto!… dejar a una welsunga por una tísica…