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lunes, 24 de mayo de 2021

"CAVALLERIA RUSTICANA" (P. Mascagni) y "PAGLIACCI" (R. Leoncavallo) - Palau de les Arts - 23/05/21


Los aficionados a la ópera que hemos tenido la fortuna de disfrutar de la programación del Palau de les Arts desde su inauguración, tenemos en la memoria veladas absolutamente irrepetibles. Obviamente cada uno tendrá sus preferencias. Yo, por ejemplo, no dejaría de incluir Salomé, Otello o dos Britten para chuparse los dedos como fueron El sueño de una noche de verano y Peter Grimes; y, por supuesto, añadiría otros títulos sobre los que seguro que habría una mayor coincidencia, como los dos ciclos de El Anillo de 2009, el primer Fidelio, Parsifal o la Cavalleria Rusticana de Maazel en 2010.

Bueno, sobre este último título quizás no haya tanta unanimidad, ya que es verdad que en su momento concitó unas pocas críticas feroces por los tiempos lentísimos que impuso la mágica batuta del Maestro y que convirtió la Cavalleria de Mascagni en la de Lorin Maazel; pero logrando, y creo que esto admite poca discusión, unos niveles de genialidad orquestal y belleza musical como pocas veces se han dado en este teatro.

Toda esta introducción viene a cuento de que ayer en Les Arts tuvo lugar el estreno del último espectáculo operístico previsto esta temporada, con ese clásico programa doble formado por Cavalleria Rusticana de Mascagni y Pagliacci de Leoncavallo. En aquellas míticas funciones de 2010, Cavalleria le puso los cuernos al payacho e hizo un afortunado intercambio de parejas con La vida breve de Falla, en lo que creo que fue un acierto programador de la siempre avispada Helga, más allá de que yo le tenga un poquito de tirria a Pagliacci que es una ópera que, aunque le reconozco un par o tres de instantes magníficos, me aburre soberanamente.

El recuerdo imborrable que guardamos los aficionados de Les Arts de esas sublimes noches maazelianas complica un poco más, querámoslo o no, la sensación de satisfacción respecto a la producción de Cavalleria estrenada ayer. Sé que posiblemente no sea justo, pero es inevitable. El chip mental es difícil de controlar. Puedes llegar a la conclusión de que te ha gustado o disgustado, pero será complicado que las sensaciones positivas superen aquella actuación referencial que guardas en el recuerdo y que, como tal recuerdo intangible que es, también tiendes a mitificar.

Bueno, pues todo este rollo era para empezar diciendo que la representación programada ayer de Cavalleria Rusticana partía ya con este hándicap importante, y ya adelanto que, aunque se obtuvieron unos resultados satisfactorios, se estuvo lejos de los niveles de excelencia orquestal obtenidos en 2010. Pero a partir de aquí procuraré eliminar ya cualquier comparación con el trabajo del nunca bastante añorado Lorin Maazel y me limitaré a realizar mi análisis, siempre subjetivo y muy personal, de lo visto y escuchado en la sala principal de Les Arts.

La producción presentada de Cavalleria Rusticana, procedente del Teatro Real,  es la misma que pudo verse en 2010, contando con la dirección de escena de Giancarlo del Monaco, escenografía de Johannes Leiacker, vestuario de Birgit Wentsch y la iluminación de Wolfgang von Zoubek. El mismo equipo firma la regia de estos Pagliacci que ya acompañaron a la Cavalleria en su estreno madrileño y que ayer se presentaban por vez primera en el coliseo del Turia.

El paso de estos once años no ha sido suficiente para que, con mis limitadas entendederas, haya conseguido alcanzar a descubrir qué demonios pretendía contarnos Del Monaco situando toda la acción de Cavalleria en una especie de cantera de mármol blanco, con el escenario en pendiente y a  diferentes niveles, más propio para un rebaño de cabras montesas que para cantantes, y con Santuzza presente en escena toda la obra a lo Elektra. Parece ser que algo se dijo acerca de que se buscaba una aproximación a la tragedia griega… En mi humilde opinión, lo único trágico es que se haya perdido tiempo y dinero en esto. Algún amigo me comentaba que la puesta en escena sí le sugería el espíritu o la atmósfera de los pueblos del sur de Italia. Yo reconozco que sigo sin pillarle el punto.

Ya dije entonces que la propuesta me parecía una solemne estupidez, con una “escenografía fea y absurda, sin que la dirección de actores contribuya a dotar de sentido a semejante idiotez, que alcanza la culminación cuando se presenta una procesión de Domingo de Resurrección con un Cristo con la cruz a cuestas, propio de Viernes Santo”. Y no puedo dejar de ratificarme en lo dicho.

La procesión de flagelantes junto al Cristo con la cruz en Pascua, sigue siendo tan fea como anacrónica;  las penitentes escalando de rodillas los bloques de mármol con un vestuario propio de militantes del Frente Popular de Judea de La vida de Brian, patéticas; el Cristo levantando la cruz desde la huevera cual concejal la Senyera el 9 d’octubre, ridículo; que el duelo y muerte de Turiddu tenga lugar a la vista del público, carece de sentido dramático y anula el efecto final de su anuncio… Y toda esa aparente falta de sentido del conjunto hace que el concepto general quede desdibujado y, lo que es peor, lo hace además con un envoltorio pretencioso.

Quizás, por mencionar algo positivo, podría reseñar el atractivo visual del contraste entre la escenografía blanca y el negro vestuario, pero finalmente acaba por cansar tanta monotonía cromática, especialmente si no se le encuentra sentido ni fundamento alguno, y ese cansancio acaba por llevar aparejada también la pérdida de la intensidad dramática.

Curiosamente, todo lo fallida y sin sentido que me parece la concepción de Giancarlo del Monaco para Cavalleria Rusticana, se troca en Pagliacci en una dirección de escena vistosa, ajustada al drama y con sentido teatral. Ello no quita para que también haya pinceladas de absurdismo, como la imagen de Anita Ekberg en La Dolce Vita felliniana adornando el fondo del escenario. Puestos a citar a Fellini quizás hubiera sido mucho más apropiada La Strada, pero bueno, después del recalentamiento craneal que sufrió Del Monaco en el desierto marmóreo de Cavalleria, se le disculpa.

La acción parece desarrollarse en los suburbios de una ciudad italiana alrededor de los años 50 del pasado siglo, con el carromato de la compañía convertido en un camión. Más allá de la pura estética, indudablemente más atractiva la de estos Pagliacci pese al horrendo disfraz de De León como hermano Tonetti listo, funciona mucho mejor también la vertiente dramática y todo el movimiento de actores y diseño teatral de esta propuesta, resolviéndose con acierto la trama de teatro dentro del teatro y dibujándose hábilmente en escena los contrastes entre la torturada vida personal de los personajes y su faceta de comediantes.

Al objeto de dar una mayor coherencia y unidad al programa doble, Del Monaco opta por trasladar el prólogo de Pagliacci justo al inicio de la velada, esto es, antes del comienzo de Cavalleria Rusticana. Después del descanso, al inicio de Pagliacci sin Prólogo, aparecerá un tractor en escena arrastrando el bloque de mármol con el cadáver de Turiddu, haciendo así más potente la idea de unidad entre las obras y de teatro dentro del teatro. Parece que cuando se estrenaron estas producciones, el personaje de Tonio aparecía en el Prólogo cantando por la platea, pero esta vez, debido a las prevenciones exigidas por el funesto COVID-19, se ha optado, con buen criterio, por trasladar a la boca del escenario este comienzo.

También quiero pensar que han sido las medidas preventivas anti COVID las que han motivado que el coro no se encuentre en el escenario en ninguna de las dos óperas, sino en los palcos laterales del primer y segundo piso, mientras en escena son suplantados por una treintena de figurantes, por cierto bastante estáticos y con bastante poca inventiva en cuanto a sus movimientos en Cavalleria. La decisión parece que ha sido sobrevenida, ya que conozco a quien tenía entradas adquiridas en esas zonas y les han desahuciado sin derecho a réplica. Si, como digo, la motivación es sanitaria y preventiva, nada que criticar, se asume y más vale esto que cancelaciones; pero no acabo de entender que planten a 30 personas en escena, aunque no canten, en lugar de sacar al coro o a parte del mismo, cuando en anteriores producciones sí han actuado en escena enmascarados sin problema.

El papelón de situarse en el foso al frente de la Orquestra de la Comunitat Valenciana, sabiendo que los tocapelotas de turno vamos a sacar a relucir el recuerdo de Lorin Maazel, recayó en quien precisamente fuese su director asistente, Jordi Bernàcer. La labor del director alcoyano ha sido bastante correcta, mostrando una batuta enérgica, con sentido musical, unos tiempos mucho más ajustados a la partitura y una hábil capacidad concertadora en los números de conjunto e intervenciones del coro, pese a la peculiar ubicación de éste. No en vano Bernàcer fue también director asistente del Cor de la Generalitat. Demostró también un buen equilibrio orquestal y estuvo siempre atento a cuanto ocurría sobre el escenario. Me volvió a dar la impresión de que los paneles separadores de protección en la zona de los vientos, provoca un sonido más mate de la orquesta, especialmente de las maderas. Brilló más el foso en los pasajes más arrebatados de intensidad orquestal que en aquellos más líricos y recogidos, donde quizás se echó en falta una mayor variedad cromática y dinámica. Lo cierto es que incluso la intensidad en algunos momentos fue excesiva, con un volumen arrollador que apisonaba las voces, como ocurrió de forma singular en la escena final de Pagliacci. En ambos Intermedios, aunque no hubiese magia y se echasen de menos los infinitos matices de aquel cuyo nombre no debe ser mencionado, la orquesta, con esas cuerdas magistrales, supo mostrar su valía, consiguiendo que la belleza musical contenida en los pentagramas encendiera un punto de emoción en la platea. Entre la orquesta quisiera destacar las intervenciones solistas de arpa, flautas, trompetas y trompas, y, por supuesto, la vibrante y aterciopelada cuerda, con unos magníficos violines y violas, estremecedores contrabajos y, especialmente, con unos chelos sobresalientes.

El Cor de la Generalitat dispone en este programa doble de una buena ocasión para exhibir facultades y, como era de esperar, no desaprovechó la oportunidad de volver a impactar al auditorio con unas prestaciones vocales muy difícilmente superables, a pesar del enmascaramiento de sus integrantes y de su discutible ubicación en los palcos laterales del primer y segundo piso. Este emplazamiento provoca, de entrada, que según sea la posición de la localidad de cada espectador respecto al coro, el efecto del sonido percibido ha sido distinto. Me consta por haberlo comentado con diversos amigos que se encontraban ayer en diferentes zonas. También se apreciaron desequilibrios y desajustes de empaste pero creo que no motivados por deficiencias en el grupo, sino debidos a ese diverso emplazamiento de los grupos de cantantes en la sala respecto a las orejas de cada espectador. Por vez primera en la historia de este teatro, el coro llegó a tapar la escucha de la orquesta y a los solistas, debido a su colocación. Además, nos quedamos privados de disfrutar de una de las facetas más destacadas de este coro, como es la combinación de su calidad vocal con su sabiduría escénica e implicación dramática. En la parte positiva, se evitó que tuvieran que cantar en Pagliacci de espaldas al director; y, sobre todo, fue impagable la sensación de sentirse envuelto por el sonido de sus voces ya desde su primera intervención en Cavalleria con Gli aranci olezzano, generando un impacto emocional enorme. Estuvieron magníficos toda la noche con momentos como la entrada de Alfio en Cavalleria, el Eh...! Son qua! o la escena final de Pagliacci…, y solamente por escuchar el sutil, emotivo y brillantísimo Innegiamo que ofrecieron, merece la pena pagar el precio de la entrada.

El tenor Jorge de León asume el complicado reto de encarnar los muy exigentes papeles de Turiddu y Canio. Ya hizo doblete en 2010, aunque en aquella ocasión como el Paco de La vida breve, un rol mucho menos expuesto vocal y emocionalmente que el de Canio. El cantante tinerfeño regresa así a Les Arts seis años después de la Turandot de la despedida de Mehta. En esta casa fue un habitual desde 2010, el año que saltó a la fama definitivamente, habiendo intervenido, si no recuerdo mal, hasta en siete óperas o zarzuelas. Sigue siendo poseedor de un instrumento grande, poderoso y potente, en el que la zona grave ha ganado enjundia y el centro se muestra algo más inestable, con más oscilaciones que hace unos años; pero en cuanto cruza el pasaje y se adentra en la zona alta, la voz refulge imperial, trompetera, con luminosidad y mordiente. Me gustó menos en No, Pagliaccio non son que en un Vesti la giubba con el que cosechó la ovación más larga de la noche, de esas que a algún veterano barítono italiano le hubiera dado pie a dos o tres bises. También estuvo pletórico en toda la escena final payasa, aunque su inmenso caudal vocal quedase sepultado por el aún mayor tsunami orquestal. Toda la noche hizo gala de una entrega vocal imponente, sin eludir riesgos ni recurrir a fáciles trucos. Un canto entregado y pleno. Es cierto que con algún despiste en la afinación y falta de refinamiento, pero el repertorio tampoco requiere precisamente mucha finura. Se derrochó temperamento, autenticidad y raza de tenor de los de antes y a mí eso me compensó todo lo demás.

También ha hecho doblete como el Alfio de Cavalleria y el Tonio de Pagliacci, el joven bajo barítono georgiano Misha Kiria a quien ya pudimos ver en Les Arts el año pasado como el Don Profondo de Il viaggio a Reims, la última ópera sin mascarilla hasta ahora. Pese a su juventud llama la atención la presencia de una voz bien colocada y asentada naturalmente en el registro, con un bello timbre lírico de tonalidades claras, que quizás no parece lo más apropiado para estos dos papeles más propios de barítonos dramáticos, pero con graves suficientemente sonoros y subidas al agudo sin pasar excesivas penurias. En el Prólogo payaso, recitado con intención, eludió las dos peliagudas subidas al agudo que son habituales, aunque no estén escritas, lo cual personalmente agradezco. En el aspecto interpretativo mostró también muy buenas maneras, estando muy entregado y encarnando con credibilidad y sentido teatral a los dos personajes.

La italiana Sonia Ganassi volvía a este teatro, tras el funesto Don Giovanni de Jonathan Miller, con el siempre incómodo y exigente personaje de la Santuzza de Cavalleria Rusticana. Si algo no puede negársele a la veterana cantante italiana es su desenvoltura escénica y su talento dramático para compensar, mediante su implicación interpretativa e intencionalidad expresiva, las limitaciones vocales de un instrumento que presenta un notable desgaste y apunta a la senilidad, con acusados y feos cambios de color entre registros. En el centro sigue mostrando destellos de firmeza, pero en las zonas más bajas tiende a perder consistencia y sonoridad, y en las altas se hace evidente la incomodidad de la tesitura, pero para mí todas estas limitaciones quedaron en un segundo plano ante el derroche de expresividad y el alud de emociones que hacía brotar en cada una de sus frases, dotadas siempre de intención y variedad de matices. Su resultado final de conjunto me dejó una sensación muy positiva, gracias a unas facultades interpretativas que se impusieron con creces a todo lo demás.

María Luisa Corbacho repitió en el papel de Mamma Lucia que ya asumiera en 2010. Sigue ostentando una voz grande de timbre grave y contundente que acompaña con una gran expresividad en sus siempre emocionantes intervenciones.   La mezzosoprano norteamericana Amber Fasquelle, alumna del Centre de Perfeccionament (ese que ya no lleva el nombre de un cantante que venía todos los años a Valencia y fue muy famoso, pero que ahora parece que no haya existido nunca), cumplió también con corrección como Lola, mostrando una bonita voz en una interpretación que hubiera sido deseable aliñar con un punto mayor de picardía y naturalidad en escena.

En Pagliacci, el papel de Nedda fue encarnado por Ruth Iniesta que regresaba a Valencia tras haber sido la Madama Cortese del pre pandémico Il viaggio a Reims de 2020. Su voz es fresca y su canto generoso, y, pese a moverse en terrenos de soprano lírico ligera, se muestra suficientemente potente y se proyecta y corre con facilidad por la sala, salvo cuando se topaba con la ola descontrolada de volumen del foso. Me sigue resultando su timbre algo ingrato, pero eso no quita valor a una interpretación muy meritoria. En ella recayó la misión de castigarme con el aria esa de los pajaritos (Qual fiamma avea nel guardo) que tan gorda me cae, pero, más allá de mis manías, solventó la papeleta adecuadamente. Destacó sobre todo en la faceta escénica, mostrando madurez y desenvoltura, y contribuyendo de forma capital a la explosión de emociones de la gran escena final.

El personaje de Silvio, el amante de Nedda, corrió a cargo de otro viejo conocido de Les Arts, el barítono italiano Mattia Olivieri, que fue alumno del Centre y que está desarrollando una fructífera carrera internacional. Estaba previsto que hubiera sido el Ford del Falstaff de este año, pero el aplazamiento de las representaciones por el positivo de COVID, no permitió su presencia en las fechas definitivas. Sigue destacando Olivieri por su implicación actoral y desenvoltura en escena y parece haber controlado un poco su tendencia al histrionismo y a pasarse un pelo de rosca. En lo vocal, aunque su línea de canto no sea especialmente depurada y sufriese alguna pérdida de afinación, funcionó bastante bien en su dúo con Nedda.

Muy cumplidor también en el rol de Peppe estuvo el alumno del Centre de Perfeccionament, Joel Williams, aunque se echasen en falta más matices y delicadeza en ese momentazo que tiene con la Canzone di Arlecchino.

Hubo ayer serios problemas y retrasos para el acceso a Les Arts, debido a que a algún genio se le había ocurrido hacer coincidir en horario el inicio del estreno operístico en la sala principal con el de un concierto de Antonio Orozco en el mal llamado Auditori. Parece de chiste que con la cantidad de días que el teatro se encuentra sin actividad haya que forzar estas situaciones.

Pese a lo desapacible del día lluvioso y el horario de siesta de las funciones dominicales, la sala principal de Les Arts presentaba ayer un aspecto muy ilusionante, con la mejor entrada del año. A ello contribuyó sin duda la popularidad de los dos títulos presentados y el aumento de aforo derivado de la favorable evolución de la pandemia. La ovación final fue de las más estridentes y emocionadas de los últimos tiempos, sin duda merecida, pero también hubo el efecto clac que tuvo la presencia en los palcos de los muy aplaudidores miembros del Cor de la Generalitat, quienes, junto a De León fueron los receptores de los mayores reconocimientos. Venía yo intrigado durante varias crónicas por la ausencia de miembros responsables de la dirección escénica en los saludos finales, y hete aquí que ayer se rompió la racha con la salida de Giancarlo del Monaco, siendo reconocido su trabajo también con cálidos aplausos.

No quiero finalizar esta crónica sin hacer una breve referencia a una de las noticias de la semana, al haber publicado el diario Levante que la Orquestra de la Comunitat Valenciana había elegido o avalado la elección del norteamericano James Gaffigan como su nuevo director titular. Eso no es exactamente así. Sí parece que la propuesta presentada por Jesús Iglesias ha recibido el apoyo de una mayoría de la orquesta o de su Comité, aunque también me consta que cuenta con el rechazo de una parte importante de sus miembros. Ya dije en mi crónica de Falstaff que, si este rumor que circulaba se confirmaba, para mí sería una gran decepción. Y lo vuelvo a repetir. No cuestiono la valía de futuro que pueda tener Gaffigan, ni tampoco pretendo que venga gente que no se pueda pagar. Simplemente esperaba que Iglesias cumpliese lo que ha venido diciendo desde que asumió la dirección artística de Les Arts: que tuviésemos paciencia porque el proceso sería lento, pero que traería a una figura de primera fila y que nos iba a sorprender. Eso lo dijo un día conmigo delante. Bueno, pues sorprender sí que me sorprendería, la verdad. Y lo de primera fila yo pensaba que era otra cosa, pero igual se refería a la fila de la cola de la charcutería del Consum de Nueva York… dicho sea con todo el respeto del mundo. Insisto en que no pretendo menospreciar la valía de Gaffigan. A mí no me gustó su Réquiem Alemán, pero igual dentro de unos años es el director de moda, lo ignoro. Sólo digo que, hoy por hoy, no respondería al perfil de director que Iglesias aseguró que iba a conseguir. Pero bueno, esperaremos acontecimientos. Mientras tanto, id a ver este programa doble que cierra la temporada valenciana. 

miércoles, 4 de marzo de 2020

"IL VIAGGIO A REIMS" (Gioachino Rossini) - Palau de les Arts - 03/03/20


Hacía bastantes años que no me perdía un estreno operístico en el Palau de les Arts y que en este blog no aparecía al día siguiente del mismo mi personal visión de lo acontecido; pero una festiva celebración familiar ineludible hizo que en esta ocasión no pudiese estar presente en el estreno de la ópera Il viaggio a Reims, de Gioacchino Rossini, el pasado sábado 29 de febrero. Un estreno que, por cierto, coincidía con el 228 aniversario del nacimiento del compositor. Así que esta crónica de hoy no se corresponde con lo vivido en el estreno, sino en la segunda de las funciones, la que tuvo lugar ayer, día 3 de marzo.

Este regreso de la ópera rossiniana a Les Arts se produce inmediatamente después de las intensísimas emociones vividas con la anterior ópera de abono, Elektra, en unas funciones que permanecerán para siempre en el recuerdo de los aficionados valencianos por el grandísimo nivel orquestal, vocal y escénico desplegado. Pasar de esa Elektra a Il viaggio a Reims, sin cabina de descompresión ni terapia de adaptación intermedia, confieso que me daba bastante pereza. Y lo digo sin el más mínimo ánimo peyorativo para la composición rossiniana, que me parece una obra muy disfrutable si está bien servida y a la que le reconozco indudables méritos, pero entre ellos desde luego no se encuentra su consistencia narrativa. Si la ópera de Strauss se hallaba sustentada por la fuerza y el poderío dramático de un libreto magnífico, la de Rossini deriva todas sus opciones de éxito a la genialidad musical del compositor y a la calidad de voces e instrumentistas, porque eso que aparece en el programa definido como “libreto de Luigi Balocchi”, se llama libreto como se podía haber llamado Wenceslao.

La insulsez supina de una historia estática con menos chispa dramática que un episodio de los teletubbies en modo pause y con el control parental activado, hace que constituya un reto de primer orden para cualquier director de escena que tenga que enfrentarse a la dirección escénica de Il viaggio a Reims, una obra más cercana a poder ser apellidada cantata que ópera, y que si se representase en versión concierto tampoco se perdería mucho. Rossini compuso esta obra por encargo, para celebrar la coronación en Reims del último rey Borbón de Francia, Carlos X, y su propósito no fue nunca que la obra perviviera representándose por los escenarios europeos tras su estreno en París en 1825 y unas pocas funciones más; sino que, cumplido su encargo, hizo desaparecer la partitura y utilizó gran parte de su música en otra ópera suya, Le Comte Ory, estrenada tres años después. Eso explica que a Rossini le chupase un pie la coherencia y enjundia dramática de la propuesta y lo único que quería era construir una loa a la monarquía francesa y a la aristocracia europea que sirviera de vehículo en el que poder llevar a cabo una exhibición de sus habilidades como compositor, tan admiradas en Francia en aquellos años, y en el que su partitura fuese interpretada, además, por los mejores cantantes e instrumentistas del momento, todos ellos, a su vez, con números individuales y de conjunto que permitieran su lucimiento, más allá de que la coherencia narrativa del conjunto se resintiese o no.

Con esas premisas, al director de escena actual, si no quiere dormir a las ovejas, sólo le cabe echarle un poco de imaginación e intentar condimentar esa construcción dramática tan endeble con el picante de una propuesta distinta que resulte original y aporte interés escénico a una obra que, por otro lado, es musicalmente muy rica, y debe hacerlo sin generar demasiada incoherencia con el texto, sin que se resienta el particular espíritu rossiniano y sin que se perjudique la necesaria exhibición de virtuosismo musical y vocal que debe ser la protagonista, manteniendo un equilibrio que, reconozco, es muy complicado.

La producción que se ha presentado en Valencia es la que ideara en 2015 Damiano Michieletto para la Ópera de Ámsterdam, la Dutch National Opera & Ballet, en coproducción con la Royal Danish Opera Copenhagen y la Opera Australia, y que cuenta con el imprescindible apoyo de la escenografía de Paolo Fantin, el vestuario de Carla Teti y la iluminación de Alessandro Carletti. Michieletto ya ha demostrado sobradamente a lo largo de su carrera que ingenio y originalidad no le faltan, y no suele ser un hombre de medias tintas, así que cuando tiene una idea se lanza a desarrollarla con entusiasmo y sin red, triunfando muchas de las veces y pegándose el gran batacazo otras. Aquí, en Les Arts, nos ha ofrecido de todo, su mejor cara (La damnation de Faust) y la peor (Il barbiere di Siviglia), pero llevando a cabo siempre, más allá del éxito final, un arduo trabajo teatral de planificación y dirección escénica, y sin dejar nunca a nadie indiferente.

L'albergo del Giglio d'Oro, en el que aristócratas y pudientes personajes de diversas partes de Europa se reúnen camino de Reims, donde se celebrará la coronación de Carlos X, se transformará en esta ocasión, por gracia de Michieletto, en la Golden Lilium Gallery, un espléndido museo donde los personajes de las diferentes obras de arte expuestas cobrarán vida por la noche, mientras nuestros protagonistas se mueven perdidos buscando su lugar en el mismo, que finalmente descubriremos que será el cuadro de François Gérard: La coronación de Charles X.

La genialidad del regista italiano es absoluta. Consigue transformar un mojón argumental en una creación en la que el interés no decae en ningún momento y donde, hasta en los momentos más estáticos de esta obra tan encorsetada en lo narrativo, consigue que fluya la acción con sentido teatral y con una frescura muy cercana al espíritu de Rossini. Todos los personajes, como ocurre en el original, esperan para llegar a la coronación de Reims, aunque aquí será a la representada pictóricamente por Gérard y, contrariamente a lo reflejado en el libreto, aquí si lo lograrán.

El impacto visual y la belleza estética de la propuesta es incuestionable, el acierto en la elección de los figurantes, total, pareciendo realmente que habían escapado de las creaciones de Van Gogh, Goya, Velázquez, Kahlo, Botero, Magritte, Haring o Dix; y hay instantes visualmente inolvidables: como cuando el Retrato de Madame X de John Singer Sargent, parece cobrar vida y abrazar a su restaurador o, sobre todo, la composición de La coronación de Charles X por los personajes de la ópera, mientras Corinna canta All’ombra amena, para acabar fundiéndose la imagen real con la del lienzo auténtico. Magistral.

En mi particular opinión, Michieletto ha vuelto a acertar totalmente y seguro que, de nuevo, a pocos habrá dejado indiferentes, porque los comentarios que escuché ayer, durante el intermedio y a la salida, se movían únicamente entre quienes se mostraban entusiasmados con la propuesta escénica (los más) y quienes la rechazaban furibundamente (los menos) bien porque se sentían perdidos en la trama o molestos con el exceso escénico o porque consideraban que se habían traicionado las esencias rossinianas.

Quizás algunos espectadores pudieron sentirse perdidos siguiendo el texto y viendo la escena, sin tampoco entender lo que allí ocurría hasta la composición del cuadro final, aunque yo no sé si se hubieran encontrado menos perdidos con la obra representada ajustándose estrictamente a Wenceslao, digo al libreto, que ya es bastante absurdo y surrealista de por sí. A propósito de esto me gustaría decir algo que ya vengo pensando desde hace tiempo. Quizás no estaría de más que en Les Arts en lugar de gastarse el dinero en los programas de mano que reparte actualmente en papel “del bueno”, con cuatro fotos y el argumento, bajase la calidad del continente y subiese la del contenido, dando algunas notas sobre la producción que se presente y sobre la obra interpretada, aunque cobrase un precio simbólico.

Es verdad que pueden cuestionarse aspectos que yo mismo he criticado en otras ocasiones. Como siempre ocurre con Michieletto hay un exceso de acción sobre el escenario. Siempre está pasando algo, en primer y segundo plano, pero ello dota de riqueza a la construcción dramática de los personajes y les insufla verosimilitud, aunque a veces pueda distraer la atención del espectador de la música o de la trama principal. Ese exceso de acción suele conllevar también que se produzcan ruidos que en ocasiones pueden disturbar la escucha musical. Pero, sinceramente, pienso que Il viaggio sale ganando con ese enriquecimiento de la acción y no es lo mismo molestar con ruidos o distrayendo con acciones en segundo plano un par de momentos puntuales en una ópera bufa de desarrollo narrativo plano, como Il viaggio, que en los momentos clave de Les Troyens, La Valquiria o Don Giovanni. Sí que quizás sea más crítico respecto a convertir el Medaglie incomparabili de Don Profondo en una subasta de arte, que como idea me parece muy bien, pero creo que se patina trasladando la acción a la platea, molestando, esta vez sí, al espectador cercano.

Además, hubo otros instantes donde no sólo no se perjudicó lo musical sino que la dirección de Michieletto contribuyó a engrandecerlo, como interpretando la introducción a telón bajado, o en el momento más mágico de la velada, con el arpa acompañando a Corinna en su Arpa gentil, che fida mientras la luz se atenúa y se inicia un lento y delicado ballet. Un instante de esos en los que, como quería Rossini, todo el alboroto se detiene y sólo la genialidad y belleza de su música se hace protagonista, llegando incluso a lograr el silencio total en la platea, curando milagrosamente, cual a leprosos en Nuevo Testamento, el coro de afectados de tuberculosis y coronavirus que nos estaba deleitando toda la noche.

En definitiva, una dirección de escena que me pareció sobresaliente y que creo que hace mucho más disfrutable la rica partitura rossiniana.

De la dirección musical se ha encargado Francesco Lanzillotta, un director al que yo no conocía hasta ahora y con quien confieso que no me quedan muchas ganas de repetir después de lo vivido ayer. Se presentaba al director romano como un especialista en el género rossiniano, pero no sé si es que el título se lo sacó en un master de la Universidad Rey Juan Carlos, si en lo que era especialista era en el turnedó Rossini o si definitivamente tengo que ir a desembozar mis orejas; porque el caso es que quedé francamente decepcionado con su labor. Creo que lo mejor que hizo fue ponerse el casco con penacho durante el aria de Don Profondo. Después de haber disfrutado tanto con la Orquestra de la Comunitat Valenciana en la reciente Elektra con los sonidos y la tensión que se exhibió desde el foso, parecía mentira que la que lo ocupase ayer fuera la misma agrupación.

La partitura de Rossini es mucho más traicionera de lo que parece, sobre todo si se quiere extraer el peculiar acento rossiniano, la chispa, la vivacidad, la frescura y transparencia que deben ser consustanciales al compositor de Pesaro. Poco de eso hubo ayer. Más bien Lanzillotta se caracterizó por imponer una batuta tosca y pesada que descuidó los matices, llevando a cabo una lectura excesivamente plana, imprimiendo tiempos lentos y trabados, y donde cualquier atisbo de tensión era absorbido en una especie de blandiblub sonoro que incitaba al sopor. Para colmo, la difícil concertación de los exigentes números de conjunto tampoco resultó especialmente acertada, y la descoordinación del foso con algunos solistas, como con el nefasto en este aspecto Sâmpetrean, fue demasiado evidente. Eso no quita para que se deban alabar las prestaciones de los músicos de la orquesta, con unos vientos en estado de gracia toda la noche, así como las intervenciones solistas de la flauta y el maravilloso sonido del arpa. También resultó muy destacable el trabajo del continuo con Simone Ori al fortepiano y Arne Neckelmann al violonchelo.

Impecable nuevamente el Cor de la Generalitat con alguna intervención ciertamente brillante, como la del coro femenino en Come dal cielo, o el estupendo L'allegria è un sommo bene que además tuvieron que ejecutar cantando y actuando a la vez que recogían y ordenaban el material escénico para el número final. Y es que si destacaron en el apartado vocal, en lo actoral sólo cabe concederles la nota máxima.

Esta ópera está concebida para permitir la exhibición de un extenso reparto de solistas que tienen todos ellos importantes momentos de lucimiento. Se escribió pensando en las mejores voces del momento y, tras su recuperación en los 80, todos tenemos en la cabeza versiones con ilustres nombres como los de Caballé,  Ricciarelli, Raimondi, Ramey, Gasdia, Valentini Terrani, Araiza, Nucci, Merritt… Lo ofrecido anoche en el Palau de les Arts estuvo muy lejos de eso y, lamentablemente, la faceta musical no estuvo a la altura de la dirección escénica. Sin embargo, tengo que reconocer que el conjunto de cantantes elegido para la ocasión sí se mostró homogéneo y a muy buen nivel en la faceta actoral, cumpliendo todos ellos con brillantez las exigencias de la regia.

Destacó claramente en lo vocal, a mi juicio, la Corinna de la soprano Mariangela Sicilia, una cantante que ya nos dejara muy buenas sensaciones como Pamina en La flauta mágica que inauguró la pasada temporada. Suyas fueron las intervenciones más relevantes de la velada, especialmente en ese lujo que es Arpa gentil, che fida. Bonito timbre en una voz lírica muy homogénea que se movía con seguridad en todos los registros, con una inmaculada línea de canto y un fraseo elegantísimo, cargado de regulaciones y matices, y con un legato fantástico.

En el resto de mujeres, no le anduvo muy a la zaga la reciente ganadora de los Opera Awards 2019 a la mejor voz joven, la mezzosoprano Marina Viotti, que compuso una relevante Melibea de muy bella voz oscura, amplia y a la que dota de un fraseo intencionado y expresivo, presentando igualmente una gran presencia escénica. Ruth Iniesta defendió con pundonor y personalidad el nada sencillo rol de Madama Cortese, aquí convertida en una tiránica gestora del museo. Cuenta con el hándicap de una zona aguda de timbre ingratísimo que llega a ser hiriente, lo que lastró especialmente sus primeras intervenciones. Después se asentó la voz algo más y me gustó en la parte final. Más ruido que nueces en la Condesa de Folleville de la soprano rusa Albina Shagimuratova que se movió con insultante facilidad por agudos, sobreagudos y escalas ascendentes y descendentes, pero cuyo fraseo resultaba forzado y poco natural, transmitiendo bastante frialdad.

En el equipo masculino hubo un poco de todo sin que nada destacara especialmente, al menos para bien. El Don Profondo de Misha Kiria fue muy aplaudido. Tiene esa joyita para lucirse que es la divertida Medaglie incomparabili, en la que puso intención, imitando claramente la histórica creación de Raimondi, pero faltándole gracia y chispa a raudales. El veterano Fabio Capitanucci fue quizás quien ofreció mayor sentido del estilo rossiniano, con un Trombonok algo sobreactuado, pero de potente voz y auténtico color baritonal. Voz y timbre atractivos también los de Adrian Sâmpetrean como Lord Sidney, aunque su fraseo fue chapucero, mal respirado e incapaz de seguir a la orquesta. Me agradó también la voz, color y arrojo del Belfiore que presentó Ruzil Gatin, aunque su tosquedad y falta de finura perjudicaba el resultado. No me gustaron ni el Don Álvaro de voz intestinal de César San Martín; ni el Libenskof del realmente ruso Sergey Romanovsky quien, aunque parecía conocer el estilo, me desesperaba por su permanente tirantez y estrangulamiento en la zona alta.

En los papeles menores, me gustó Francesca Cucuzza, como Maddalena, y estuvieron también acertados Gonzalo Manglano, en el doble papel de Zefirino y Gelsomino, y Omar Lara como Antonio. Cumplieron también muy correctamente los alumnos del Centre de Perfeccionament Pláci… ay, no, que ahora es pecado decir culo, pilila y Plácido... Bueno, de ese Centre: Max Hochmuth, Joel Williams, Aida Gimeno y Evgeniya Khomutova.

Vuelvo a insistir en que, más allá de la calidad individual mayor o menor de las voces de los solistas que suben al escenario en esta producción, debe defenderse de todos y cada uno de ellos su entrega escénica y el desempeño actoral ofrecido ante el exhaustivo trabajo requerido por Michieletto, consiguiendo que el conjunto de la propuesta funcione perfectamente en el apartado teatral.

No quiero finalizar el repaso por los artistas participantes en esta multitudinaria producción sin felicitar al personal de casting y de maquillaje y peluquería de Les Arts por la elección y caracterización de los figurantes que representan a los personajes de los cuadros de la galería que cobran vida en diversos momentos de la obra. Igualmente, hay que aplaudir a las tres bailarinas, Marta Gómez, Aycha Naffaa y Carla Ortiz, por su fascinante intervención, caracterizadas como tres esculturas que también cobrarán vida, acompañando ese bellísimo momento musical y escénico con Corinna fuera de escena cantando Arpa gentil, che fida.

Para ser un martes la sala principal de Les Arts se encontraba bastante llena, volviéndose a ver a bastante gente joven junto al tradicional público del abono, algo que me parece enormemente positivo y que espero que se consolide y siga en aumento en las próximas temporadas. Sé que se está trabajando especialmente en ello desde la dirección del teatro, con numerosas iniciativas que sólo pueden ser bienvenidas. Me  han contado que el día del estreno volvió a hacer acto de presencia el president de la Generalitat, Ximo Puig, una persona que, hasta hace poco, apenas se prodigaba en este tipo de eventos; por lo que, considerando que ya estuvo recientemente en Elektra y teniendo en cuenta que el pasado sábado hacía un fuerte viento que hacía que se volasen las ideas y lo que está por encima de ellas, su asistencia es muy de agradecer.

El comportamiento del respetable no fue especialmente caluroso y apenas se aplaudieron algunas intervenciones durante la representación. Algún móvil especialmente programado para la ocasión, intuyo, fastidió el inicio de la intervención del arpa en Arpa gentil, che fida, y otro el concertante a capela. No faltaron tampoco los habituales tosedores ruidosos, aunque en esta ocasión se encontraron, vaya usted a saber por qué, con que sus vecinos de butaca no les miraban con disgusto, sino con cara de terror. Al final sí hubo generosas ovaciones para todo el elenco, incrementadas notablemente con la salida de Mariangela Sicilia. Si por algo siento no haber estado el día del estreno es para haber braveado fuertemente el trabajo de Michieletto en la persona de Eleanora Gravagnola, asistente de la dirección de escena y responsable de esta reposición, junto al resto de su equipo técnico.

Hasta aquí mi crónica retrasada de este peculiar viaje a Reims que nos proponen Rossini y  Michieletto. Aunque haya opiniones contrapuestas creo que lo mejor es ir y juzgar por uno mismo. Pienso que sólo por la bellísima y original puesta en escena vale la pena, y hay todavía muchas entradas disponibles. Y recordad que el mismo día de la función hay un 35% de descuento para compras realizadas 2 horas antes del inicio de lunes a viernes, y 1 hora los sábados, domingos y festivos.

Otro día ya, si acaso, hablaremos de Plácido Domingo… o no, porque realmente poco tengo que añadir a lo que he venido diciendo siempre. Lo único que confieso que no entiendo es a aquellos que en verano, sin venir mucho a cuento, les faltó tiempo para erigirse en los máximos defensores de la honorabilidad del cantante y en distinguir su faceta personal de la profesional, y que ahora, cuando Domingo dice que pide perdón por si alguien se sintió mal debido a su conducta, también han querido ser los primeros en apostatar de su dominguismo, condenarle públicamente sin juicio previo y vetarle y retirar todo vestigio de cualquier relación anterior con una de las principales personalidades de la historia de la ópera. Semos asín…