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sábado, 24 de junio de 2017

"TANCREDI" (Gioachino Rossini) - Palau de les Arts - 23/06/17

En la corta historia del Palau de les Arts la presencia de Gioachino Rossini ha tenido cierta asiduidad. Hemos podido disfrutar, que yo recuerde, de La scala di seta, La cenerentola, Il barbiere di Siviglia, L’italiana in Algeri y el Stabat Mater. Ayer se dio un paso más en el recorrido por el catálogo rossiniano haciendo la primera incursión en sus llamadas óperas serias con el estreno de Tancredi, que ha sido la obra elegida para poner el punto y final a la temporada operística en el teatro valenciano. Y no ha podido tener un mejor colofón.

Al igual que ocurriese el año pasado con A midsummer night’s dream de Britten, la ópera que ha cerrado la temporada ha sido probablemente el mejor espectáculo de la misma. Este año hemos tenido voces muy interesantes, direcciones musicales relevantes e incluso alguna dirección de escena que se dejaba ver; pero el Tancredi de ayer fue, a mi juicio, el espectáculo más redondo y equilibrado en su conjunto, con una nota bastante alta en todos sus apartados.

Yo que no soy precisamente muy rossiniano y que esta ópera me ha parecido siempre una tontunez un poquito pesada, me chupé ayer el Tancredi sin pestañear. Es verdad que sigo pensando que unos cuantos tijeretazos no le vendrían mal, porque a Rossini le pasaba como a mí en mis crónicas, que se ponía a escribir y no tenía mesura. Pero siempre he defendido frente a algunos conocidos que insisten en el aburrimiento irreconciliable que les genera Rossini, que para acercarse a él es fundamental que esté bien servido. Como me comentaba ayer un amigo, incluso una obra tan inspirada como Il barbiere puede ser una maravilla o un tostón inaguantable, dependiendo simplemente de que haya unas buenas y adecuadas voces y una batuta con oficio. Y ayer lo hubo.

La producción elegida para cerrar la temporada es una coproducción de la Opéra de Lausanne y el Teatro Municipal de Santiago de Chile, con dirección de escena a cargo de Emilio Sagi y su equipo habitual (vestuario de Pepa Ojanguren e iluminación de Eduardo Bravo) que vuelven a Les Arts tras la Lucrezia Borgia que nos presentaron en marzo. La acción se traslada desde principios del siglo XI a lo que parece ser finales del XIX o comienzos del XX, sin que sepamos muy bien por qué. Supongo que por liberar algo la carga de ranciedad de la historia y presentarla más cercana, al menos visualmente. De todas formas da un poco igual. Como suele ser habitual en el director asturiano, su objetivo no es contarnos nada especial ni formular nuevas interpretaciones, sino construir un entramado escénico en el que el drama se desarrolle cómodamente, sin forzar situaciones, y resultando visualmente atrayente.

Y en esta ocasión la propuesta escénica de Sagi tiene nuevamente como gran valor su indudable atractivo plástico, logrando crear unos sugerentes ambientes, con influencias cinematográficas como el propio director ha reconocido, en los que la iluminación juega un papel destacado. La escenografía, en esta ocasión a cargo de Daniel Bianco, es imponente, pero sin que ese protagonismo escénico dificulte, en aras de la estética, lo realmente importante que es el canto. Escenografía impactante pero con inteligencia, dejando espacio para el movimiento de los cantantes, a los que además se procura acercar al proscenio en los momentos más importantes y no se perjudica la proyección de sus voces.

Toda la acción se desarrolla enmarcada por las paredes de lo que podría ser un decadente palacio siciliano, con columnas de mármol y grandes ventanales en los que asoman decoraciones de estilo art déco. Esas paredes móviles irán configurando los diferentes escenarios, desde el palacio de Argirio, la plaza pública, el campo abierto o la cárcel, con mayor ajuste en unas ocasiones que en otras, pero sin que tampoco haya nada que desconcierte al espectador. Quizás se echase en falta alguna referencia marina que acompañase a la musical barcarola de la entrada de Tancredi. Eso sí, no voy a dejar de reseñar un nuevo episodio de lo que parece ser la última moda en la dirección de escena: “tóquele la entrepierna al espectador deslumbrándole, no se vaya a dormir”. Este año llevamos ya tres quemaduras de cornea con Lucrezia Borgia, The turn of the screw y ayer con las linternitas del Tancredi. Imagino que ya falta poco para ver a la asociación de oftalmólogos de Monteolivete entre los patrocinadores del teatro.

Me gustó bastante el efecto conseguido con las sombras fuera de escena tras el duelo. También en el cuadro final se hará morir al protagonista a los pies de un gran mausoleo blanco con un gran efecto simbólico y visual. Toda esta fuerza estética compensa de algún modo la, en mi opinión, poca chicha dramática de la mayor parte del libreto y el estatismo escénico que del mismo se desprende. Estatismo que está presente en muchos momentos y no se evita, pero que también sirve para centrarnos en lo puramente vocal. Pienso que no es esta una obra que permita precisamente el lucimiento del regista, el cual con salir del paso dignamente ya hace bastante. Y yo creo que Sagi lo logra.

Para finalizar con el apartado escénico no quiero dejar de comentar el misterio de la noche: al inicio del aria de Amenaide No, che il morir non è, se vio caer un objeto desde las alturas del escenario que aterrizó en un extremo de éste, fuera ya de escena. No pude identificar de qué se trataba, pero por el ruido no parecía precisamente un paquete de kleenex; era algo pesado. Afortunadamente no pilló a nadie debajo y supongo que se trataría de un accidente porque por allí ni pasaba Livermore ni nada…

La cotitularidad de Roberto Abbado al frente de la Orquestra de la Comunitat Valenciana cada vez pierde más peso y está alcanzando niveles de lo meramente anecdótico. Su presencia ayer en el foso suponía la segunda ópera que dirigía en toda la temporada tras haberla inaugurado con I vespri siciliani. Y el año que viene se prevé que tan sólo dirija una, la última, que se estrenará a finales de junio y que será La Damnation de Faust. O sea, que tenemos que esperar casi un año para volver a ver al titular dirigir a su orquesta en una ópera. Es verdad que estará presente en un par de conciertos, pero su poca continuidad al frente de la orquesta dista muchísimo de lo que se espera de un director titular.

Ayer, para colmo, Abbado apareció en el foso con el brazo derecho en cabestrillo, dirigiendo toda la obra con la mano izquierda, con movimientos de cabeza y gergieveando con los deditos de la derecha. Pese a las limitaciones, he de decir que yo salí bastante satisfecho de la labor del italiano, quien demostró desenvolverse con soltura en el género, logrando que la orquesta mostrase la ligereza y transparencia que requiere. Ya en la obertura se imprimió un arranque ágil y con nervio y brío, con un eficaz juego de dinámicas, buenas regulaciones del crescendo y un equilibrio orquestal que sería la tónica de la noche. También hubo equilibrio con el escenario, respirando con los cantantes, y concertando y marcando las entradas con esa mano izquierda que ayer fue más valiosa que la de Joselito.  Elocuente fue en este sentido cómo en el aria de Roggiero, donde Rita Marqués perdió el tempo, la recondujo a la orquesta con gesto rápido y claro, y en la repetición del aria le indicó perfectamente dónde hacer la pausa para no volverse a perder. Abbado consiguió ofrecer diversidad de acentos y me pareció ejemplar el cuidado e intensidad que se mostró en los recitativos toda la noche tanto por los cantantes como por el sostén orquestal.

Se obtuvieron momentos musicales bellísimos en los que la orquesta brilló especialmente, como las introducciones a la entrada de Tancredi o al recitativo de Amenaide In mia vita infelice. También la cuerda sobrecogió en ese final trágico de la versión de Ferrara que se ha elegido y que, aunque reconozco que corta el rollo, a mí me encanta. Las maderas estuvieron inspiradísimas toda la noche: flauta, oboe, corno inglés o ese precioso clarinete que acompaña el aria de Isaura. Y no quiero dejar de alabar la buena labor toda la noche del continuo, con José Ramón Martín al fortepiano, Rafal Jezierski al chelo y David Molina al contrabajo.

El Cor de la Generalitat, reducido en esta ocasión a sus voces masculinas, mostró empaque, autoridad, rotundidad y esa variedad dinámica que alguna comentarista de prensa parece que nunca sabe o quiere ver. Fantásticas fueron sus intervenciones en la llamada a la batalla, el finale primo o la maravillosa escena final; y, como siempre, fue estupendo el desempeño escénico de todos sus integrantes.

El principal aliciente con el que contaba la representación era la presencia de un reparto vocal más que interesante que ayer no sólo no defraudó, sino que hizo honor y dignificó el concepto mismo de bel canto.

La veterana Daniela Barcellona asumía el papel que da título a la obra. Un rol que la lanzó a la fama en el Festival de Pésaro de 1999 y que desde entonces ha paseado por todo el mundo, habiendo devenido una de sus más solventes intérpretes. Conoce el personaje a la perfección y lo hace suyo, con sabiduría, llevándolo a su terreno, sabiendo cómo y dónde mostrar sus mejores recursos y también cómo disimular sus limitaciones. Sólo por la corrección estilística y la expresividad mostrada ya vale la pena disfrutar su Tancredi. Es verdad que junto a algún agudo imponente, marca de la casa, también tuvo alguna subida apurada; es cierto que ha perdido homogeneidad y, aunque ofreció algún grave rotundo, asomaban cambios de color y puntualmente se abría la emisión en la parte más baja de la tesitura; y yo eché de menos un poquito más de pasión y garra.  Alguien que había estado en el ensayo general me comentó que aquél día estuvo mejor que en el estreno. Las próximas funciones comprobaré si fue algo pasajero, pero en cualquier caso estamos ante un Tancredi de primera división, lleno de calidad canora y musicalidad, con un fraseo de clase, intenso y sentido. Lo mejor de la noche sin duda fueron sus excelsos dúos con la Pratt, especialmente el del primer acto, un auténtico goce para los sentidos.

Ya se ha dicho muchas veces, pero esta ópera en realidad debería llamarse Amenaide. Y, sin que ello se entienda como una crítica a Barcellona, ayer aún mas, pues la exhibición de bel canto en estado puro que ofreció Jessica Pratt fue sublime. Era la primera vez que la soprano subía al escenario principal de Les Arts para cantar una ópera, tras su paso fugaz por el infausto Auditori en 2015 con el mozartiano Davidde Penitente, donde nos dejó buenas sensaciones, pero nada que ver con la lección de maestría de anoche. Jessica Pratt deslumbró con un brillo vocal espectacular, un poderío en la zona aguda incontestable y una línea de canto exquisita y cuidada, consiguiendo unos sonidos delicados y etéreos sin que por ello la voz perdiese presencia ni cuerpo. Un canto refinado que adornó con elegantes reguladores (sensacionales, por ejemplo, los pianísimos en Giusto Dio che umile adoro); una impoluta coloratura, donde cada nota se daba colocada en su sitio con perfecta afinación; cada mordiente, cada trino, cada picado, cada apunte en la partitura se escuchaba perfectamente, transmutado en esos sonidos celestiales que ofreció ayer la soprano australiana.

El tercer personaje en importancia de la obra es Argirio, padre de Amenaide, un papel verdaderamente complicado y exigente. Para la ocasión se presentaba en València el tenor chino Yijie Shi, quien, pese a su juventud, presenta en su curriculum un importante bagaje rossiniano. El cantante tiene la vocalidad, conoce el estilo, se mueve cómodo en las agilidades y destaca por la frescura y potencia de su agudo (imponente resultó el agudo final, largo y mantenido, en el aria del segundo acto Ah! segnar invano io tento). Sus recitativos también estuvieron bien fraseados, con variados acentos y algunos detalles de muchísimo gusto. Sin embargo, a mí había algo que no me acababa de convencer y posiblemente fuese un timbre ingrato que afeaba un tanto el resultado final, en el que eché de menos una mayor nobleza. Por otra parte, si el personaje ya de por sí resulta poco creíble en el libreto, ayer ni por presencia escénica ni por estética convencía, y es que, pese a los buenos intentos de maquillaje y peluquería por hacernos creer que el chino del flequillo podía ser padre de Jessica Pratt, allí había algo que chirriaba (no sé si de ahí vendrá la expresión “engañarte como a un chino”). De cualquier modo, sólo cabe felicitar al tenor por su entrega y desempeño.

El cuarteto protagonista se completa con el malvado personaje de Orbazzano, encarnado ayer por Pietro Spagnoli. El barítono italiano tiene muchísimas tablas y también controla el género, lo que le ayudó a solventar con habilidad una actuación para la que, en mi opinión, su voz carecía del peso requerido, faltando autoridad y rotundidad en los graves. Eso sí, su dicción fue perfecta y supo dotar de intención al fraseo. En su aria se mostró algo plano y perdió la orquesta en un par de ocasiones, pese a los intentos de Abbado desde el foso por reconducirle.

En los dos papeles menores de Isaura y Roggiero cumplieron bien Martina Belli y la alumna del Centre Plácido Domingo, Rita Marques, sacando adelante sus respectivas arias di sorbetto.

El único punto negro de la función estuvo en la escasa presencia de público. Ha sido el estreno de la temporada con más huecos en la sala, no sé si debido a la competencia de la Nit de Sant Joan, al inicio del fin de semana playero, al escaso tirón de Rossini y de una ópera poco conocida, o a una mezcla de todo ello; pero el caso es que no se llegaba a los tres cuartos de aforo. De cualquier modo, los presentes nos lo pasamos en grande y pese a que la función acababa cerca de las once y media de la noche hubo largas y muy cálidas ovaciones para todos, incluida la dirección de escena. Una platea entusiasmada es el indicador perfecto de que las cosas se han hecho bien.

Fue una lástima que no se llenase porque el resultado ha sido muy bueno y estamos posiblemente ante el mejor espectáculo de la temporada, siendo una oportunidad inmejorable para acercarse a la música de Rossini como debe hacerse, con buenos intérpretes y una cuidada dirección musical. Aún quedan cuatro representaciones más. Si os lo estáis pensando, no lo dudéis, todo el conjunto es extraordinario, pero aunque sólo fuese por escuchar a la Pratt vale la pena. Si ya fuisteis ayer no creo que os tenga que convencer, seguro que, como yo, repetiréis.

miércoles, 8 de julio de 2009

"IL BARBIERE DI SIVIGLIA" (Gioachino Rossini) - Royal Opera House - Londres 04/07/09


Con más retraso del deseado, comienzo está crónica del “Barbiere” londinense cuando ya casi todo se ha dicho y escrito sobre el estreno del pasado día 4, no sólo por el gran éxito obtenido, sino sobre todo por el insólito gesto de pundonor y profesionalidad de esa enorme artista que es Joyce DiDonato, que fue capaz de seguir en escena más de dos horas con el peroné roto, cantando y actuando al máximo nivel. Ella misma lo cuenta en su blog con un sentido del humor increíble.

El hecho en cuestión se produjo cuando en la segunda escena del acto I, poco después de cantar excepcionalmente la Cavatina “Una voce poco fa”, la americana, corriendo con tacones por el escenario, resbaló cayendo sobre la pierna derecha. Se levantó enseguida sin que aparentemente hubiese tenido consecuencias el incidente, pero unos minutos más tarde pudo verse como Joyce cojeaba ligeramente e intentaba no apoyar su pie derecho en el suelo. Al final del acto apareció en escena apoyada en un bastón y me temí lo peor. Mis temores aumentaron cuando tras el descanso un empleado del ROH salió al escenario y para sorpresa de todos anunció que, efectivamente, DiDonato se había lesionado y tenía fuertes dolores, pero que había decidido cantar hasta el final. El público celebró la decisión con cerrados aplausos. DiDonato entró en escena en el acto II sujetándose en una muleta adornada con un floripondio rosa a juego con su vestido. Curiosamente, en el libreto la primera frase del personaje de Rosina en este segundo acto no podía ser más apropiada: tras descubrir a su amado Lindoro disfrazado, da un pequeño grito de sorpresa y cuando el tutor le pregunta: “¿qué te ha pasado?”, Rosina responde: “E' un granchio al piede” (es un calambre en el pie), lo que motivó las carcajadas del público y una gran ovación. A partir de ahí, DiDonato prosiguió su actuación con cierta dosis de improvisación respecto a los movimientos en escena y la complicidad de todos sus compañeros, sin que en ningún momento se transmitiese la sensación de que lo que ocurría en escena no estaba planificado. En el momento en que Rosina descubre que Lindoro es en realidad Almaviva, se cae al suelo de la impresión, y así lo hizo Joyce, contando luego con la discreta ayuda de Flórez para reincorporarse mientras continuaba actuando sin disminuir la excelencia de su canto.

Es obvio que una persona con rotura de peroné tiene fuertes dolores, si a eso le añadimos el movimiento de una actuación escénica durante dos horas, con tacones y teniendo que cantar Rosina en un teatro de ópera de primer nivel, lo conseguido por DiDonato tiene un mérito excepcional.

Pero es que además la profesionalidad y el arrojo de la americana ha ido mucho más allá, al haber decidido ésta mantener su participación en las próximas representaciones, escayolada y en silla de ruedas, adaptando la escenografía a la nueva situación. Estoy deseando leer los comentarios de esas funciones para ver cómo se ha conseguido integrar en la obra la lesión de la bravísima Joyce.

Dejando a un lado la anécdota de la noche, el espectáculo del que pudimos disfrutar fue realmente espectacular. Todos los que intervinieron: Pappano, la Orquesta, el Coro, los solistas, parecían especialmente motivados y rindieron al máximo, brindándonos una noche de absoluto ensueño.

La producción presentada es una reposición de la ya estrenada en el recinto londinense en 2005, con dirección escénica de Patrice Caurier y Moshe Leiser, decorados de Christian Fenouillat y vestuario de Agostino Cavalca. El primer acto se desarrolla en una especie de proscenio con un fondo dominado por una gran luna en cuarto creciente, un árbol y con el balcón de la ventana de Rosina a la derecha completamente enrejado potenciando así la idea de reclusión de la joven, un concepto que aparece mucho más reforzado en la siguiente escena, donde la habitación de Rosina es como una caja, sin puertas ni ventanas, las cuales sólo aparecen cuando tiene que entrar o salir algún personaje y vuelven a ocultarse con paneles corredizos. Al final del acto primero el efectismo de la puesta en escena alcanza su punto álgido, cuando todos los intérpretes y el Coro cantan al unísono el “Mi par d'esser con la testa”, quejándose del mareo y aturdimiento por tanto ruido, y la habitación entera comienza a tambalearse de arriba a abajo y de derecha e izquierda cada vez con más brío. En conjunto me pareció una escenificación interesante, sin propuestas especialmente innovadoras, carente quizás de algún elemento que la hiciese visualmente más atractiva, pero que dio una visión distinta dentro del respeto a la idea original, resultando efectiva y adecuada.

La dirección musical de Antonio Pappano fue magistral. Desde el mismo comienzo de la Obertura consiguió emocionar, enganchar anímicamente con el patio de butacas, como si estuviese lanzando un invisible cable a cada espectador diciéndole: “vamos a estar conectados estas 3 horas sin que puedas apartar tu atención”. Ya desde ese inicio se vislumbró la propuesta de un Rossini vivo, lleno de fuerza y delicadeza a la par, con un asombroso uso de las dinámicas, alejado completamente de lecturas planas o rutinarias para cubrir el expediente. La ovación que premió el final de la Obertura fue algo sentido y hacía presagiar el festín músico-vocal que íbamos a disfrutar.

El Coro también ofreció un rendimiento óptimo. En su triple papel músicos-soldados-policías se mostró compacto y tuvo un comportamiento escénico soberbio cuidando sus movimientos a pesar del reducido espacio y aportando la dosis de humor requerida a las escenas en las que intervinieron.

El elenco vocal reunido en Londres para este “Barbiere” es inmejorable.
Pietro Spagnoli era el Figaro de repuesto, tras la cancelación hace ya tiempo de Simon Keenlyside de todas las funciones. El italiano cumplió con creces las expectativas y compuso un Figaro de gran nivel, con una dicción perfecta y una expresividad y naturalidad mayúsculas. Para ser redondo, tan sólo le faltaría a su voz un poco de más empaque.

Juan Diego Flórez confirmó su condición de ser extraterrestre, producto de algún extraño cruce entre la raza humana y alguna ignota civilización, allende nuestra galaxia, mucho más desarrollada físicamente. Sus facultades canoras son abrumadoras y su técnica perfecta. No creo que haya en la actualidad ningún Almaviva como el peruano. Superó todas las coloraturas diabólicas del personaje con esa aparente facilidad con la que todo lo canta Flórez, que se permite incluso seguir sonriendo mientras va subiendo cada vez más el listón de las exigencias de forma imperceptible. Su “Ecco, ridente in cielo”, nada más salir a escena, dejó ya al público completamente noqueado por la perfección y elegancia de la emisión y la chispa humorística de su actuación. La voz del peruano no es una voz grande, sin embargo el día 4 se imponía sin dificultad sobre la orquesta y llenaba por completo cada recodo del teatro. Sus habituales virtudes ya conocidas se pusieron de manifiesto en cada una de sus intervenciones. Una exquisita musicalidad, legato perfecto, una línea de canto bellísima, fraseo impoluto, un control del fiato que sólo puede tener origen en una insólita respiración anal… El momento culminante de la velada (lesiones aparte) fue sin duda el antológico “Cessa di più resistere” con que nos obsequió Flórez, un fragmento que suele ser eliminado de muchas producciones por los tenores por su excesiva dificultad. Aquí el peruano bordó de nuevo las coloraturas y finalizó con una nota larguíiiiiisima, que provocó una auténtica histeria colectiva en el público que interrumpió la representación durante casi 5 minutos de aplausos, bravos y peticiones de bis. Personalmente nunca había asistido en directo a una situación similar. En ese tiempo, Nucci se hubiera marcado dos o tres propinas.

Podemos escuchar aquí a Flórez cantar el "Cessa di più resistere" hace unos años. Si queréis saber como lo hizo el día 4 podéis hacerlo en el blog de Mei:


video de seapoeg

Joyce DiDonato, como ya he dicho, se convirtió en la protagonista de la noche por motivos ajenos a su canto, pero eso no quiere decir que su canto no mereciera protagonismo por sí mismo, todo lo contrario. La mezzosoprano americana ofreció una magistral Rosina, temperamental y emotiva. Hizo gala de un instrumento cálido y sumamente expresivo que supo ornamentar con maestría al trabajar las coloraturas. Su amplio registro, con un centro aterciopelado, sólidos agudos y graves consistentes le permiten afrontar las diferentes facetas del personaje con brillantez. Magnífica estuvo en “Una voce poco fa”, con un derroche de expresividad vocal e interpretativa. Su actuación dramática, pese a la lesión, fue impecable, llegando en la escena de la tempesta a arrojar un armario al suelo a pesar de llevar la muleta en una de sus manos.

Aquí podemos ver a la de Kansas cantando "Una voce poco fa" en 2007. Si queréis saber como sonó el otro día podéis hacerlo también en el blog de Mei:


video de Oneguin65

Alessandro Corbelli compuso un muy notable Don Bartolo, excelente en el aspecto bufo del personaje y mostrando un gran dominio de la rapidez en la dicción que le permitió realizar una magnífica “A un dottor de la mia sorte”. Puso la nota de humor de la noche cuando, mientras el público no dejaba de ovacionar a Flórez tras “Cessa di più resistere”, sacó el reloj para consultar la hora con gesto de “a ver cuando acabáis”.

Inmenso estuvo también el veterano Ferruccio Furlanetto como Don Basilio. Con un look tétrico mezcla entre Alice Cooper y La Bruja Mala del Este, demostró poseer aún una voz profunda, enorme, y clarísima con la que se marcó una “Calunnia” espectacular, finalizando subido en pie sobre los brazos de una silla ante el temor de los presentes de que se agotasen ese día las existencias de muletas en el ROH.

Jennifer Rhys-Davies, como Berta, abusó quizás un poco de la exageración bufa, pero cumplió más que dignamente con su papel, como también lo hizo el jovencísimo Changhan Lim en el breve papel de Fiorello.

El resultado final: un éxito apoteósico con un público completamente enloquecido, que cuando ya no podía gritar más acompañaba la ovación con pateos en el suelo. Yo nunca había visto al público británico tan pasionalmente entregado a unos artistas y eso creo que da idea de la magnificencia de lo vivido.

En definitiva, entre esta noche mágica del “Barbiere”, la estupenda “Traviata” del día anterior, y el insuperable “Anillo del Nibelungo” del mes de junio, hemos vivido últimamente unas jornadas operísticas que permanecerán imborrables en nuestra memoria. Ahora, viendo la programación de Les Arts para la próxima temporada, es inevitable sentirse un tanto decepcionado. Es lo que tiene estar tan mal acostumbrado. Volvemos a la realidad.