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miércoles, 3 de marzo de 2021

"FALSTAFF" (Giuseppe Verdi) - Palau de les Arts - 02/03/21

Ayer tuvo lugar en el Palau de les Arts de Valencia uno de los acontecimientos más esperados de la presente temporada operística con el estreno de la maravillosa ópera de Giuseppe Verdi, Falstaff. Era, como digo, uno de los eventos que se aguardaban con una mayor expectación, tanto por la calidad de la obra presentada, como también por todas las vicisitudes que se han ido sucediendo en los últimos meses afectando a la programación de este espectáculo.

Apenas 48 horas antes del estreno inicialmente previsto para el 21 de enero, la Generalitat aprobó nuevas medidas excepcionales para luchar contra la crisis sanitaria derivada del maldito COVID-19, entre las que se encontraba la solicitud al Gobierno del Estado del adelantamiento del toque de queda a las 20 horas, lo cual parecía que imposibilitaría completamente la programación de estas funciones. Sin embargo, se salvó la primera bola de partido cuando se conoció que ese adelantamiento del toque de queda finalmente no se iba a producir.

Cuando ya nos las prometíamos tan felices y nos planchábamos la muda limpia para acudir al estreno, en la noche del día 20 de enero, la víspera misma, se anunciaba de repente la suspensión de todas las funciones de Falstaff ante la detección de casos de coronavirus en algunos participantes en la producción. Eso originó una reestructuración de toda la programación que ha llevado esta ópera a las fechas actuales, en las que originariamente se anunciaba la joya de la temporada, la wagneriana Tristán e Isolda que ha sido un muy doloroso daño colateral al declararse definitivamente cancelada, sin perjuicio de que se intente reubicar en futuras temporadas. Esperemos que la situación sanitaria se enderece y este futuro sea cercano, no mera ciencia ficción, y no tengamos que volver a esperar otros ocho años para representar una ópera de Wagner en les Arts.

En cualquier caso, que en medio del caos general derivado del simpático bichito que lleva ya un año alegrando nuestras vidas, esta haya sido de momento la única alteración sustancial de la temporada anunciada, que se sigan manteniendo la práctica totalidad de los espectáculos y actividades previstas, y que la orquesta y el coro sigan trabajando, es algo que tiene muchísimo mérito y, si miramos a nuestro alrededor con un poco de perspectiva, incluso parece casi heroico. Por eso, pase lo que pase, a mí no me cabe más que reconocer y agradecer de nuevo el esfuerzo titánico que se está haciendo por parte de los gestores y trabajadores del Palau de les Arts para intentar seguir ofreciendo cultura en circunstancias extremadamente adversas, reaccionando ante los mortíferos vaivenes de la pandemia y adaptándose a una normativa, variable y efímera, completamente incompatible con la más mínima planificación que se pretenda realizar.

Entrando ya en el análisis de lo visto y escuchado ayer, he de comenzar por congratularme de que, por fin, esta obra maestra verdiana haya recalado en el teatro de Calatrava, donde desde el inicio de su actividad operística el nombre de Verdi ha aparecido temporada tras temporada, habiéndose repetido muchos de sus títulos más emblemáticos. Sin embargo, esta auténtica joya que es Falstaff, testamento musical del genio de Busseto y objeto de veneración por la mayoría de aficionados al género, permanecía incomprensiblemente ausente de la programación.

La producción elegida para la ocasión viene de la Staatsoper de Berlín con la dirección de escena del italiano Mario Martone, habiendo sido el encargado de la actual reposición Raffaele di Florio. Además se cuenta con la imprescindible colaboración del vestuario creado por Ursula Patzak, la iluminación de Pasquale Mari y una vistosa escenografía, por feísta que sea a veces, firmada por Margherita Palli. También hay que mencionar la coreografía de Raffaella Giordano y Anna Redi, aunque no sé si para bien.

Los aficionados más puristas en cuanto al clasicismo y ajuste literal al libreto de las puestas en escena, posiblemente salieran ayer con los pelos de punta y echando pestes de la propuesta presentada. Algún comentario en ese sentido pude escuchar. Sin embargo, creo que lo importante no es si la acción se ha trasladado temporal y espacialmente respecto a lo descrito en el libreto, si el vestuario no se corresponde con la época en que se ambientó, o si las situaciones que se desarrollan en escena reproducen literalmente lo escrito hace tropecientos años. En mi opinión, lo principal es que el producto que se ofrezca tenga cierto sentido, que se perciba un trabajo de dramaturgia, que el mensaje o historia que se quiso transmitir permanezca en escena aunque se haya transpuesto la acción a otro momento histórico, y que toda esa creación fluya naturalmente, ajustándose al discurso musical sin entorpecer el canto. Y, con estos parámetros de enjuiciamiento, pienso que la producción vista ayer cumple básicamente con la mayoría de los mismos, aunque hubiera cosas que a mí particularmente me gustasen menos o no encontrase justificadas.

La acción se ha trasladado a tiempos más o menos cercanos y se inicia en lo que podría representar un barrio marginal de una gran capital, como podría ser el Berlín anterior a la unificación. El protagonista aparece caracterizado como un viejoven rocker, con chaqueta de cuero y grandes patillas, que pasa sus días en un tugurio a modo de centro social cutre en el que coincide con otros patéticos personajes marginales y jóvenes anti sistema. Por su parte, la casa de los Ford del segundo acto se convierte en un casoplón muy pijo con piscina y altos muros que lo aíslan del exterior; mientras que el parque de Windsor del acto final se trocará en un oscuro entorno semi derruido, con una especie de zona comercial abandonada, y en lo que parece el exterior de un club sadomaso… chúpate esa... Bueno, pues pese a lo disparatado que así puede sonar todo, yo creo que la propuesta funciona razonablemente, sobre todo en los dos primeros actos, y no chirría en exceso lo que va ocurriendo con lo que se va cantando.

Dicho lo anterior, una cosa es que no moleste demasiado y otra que se haya aportado alguna genialidad con el planteamiento ofrecido, porque en realidad mucho no se innova, e incluso todo el tramo final, más allá del impacto visual que se logre, carece de sentido en apariencia y minimiza la vertiente de comedia que debe presidir la acción permanentemente. La absurda coreografía de flagelantes masoquistas me resultó ridícula y el estatismo de todo el momento final tampoco me parece un ejemplo de inventiva. Parece que se haya pretendido salir, sobre todo estéticamente, del cliché más clásico de los Falstaff tradicionales, pero sin que tampoco se arriesgue en exceso. Y, además, en mi humilde opinión, se puede contar lo mismo, con la misma fuerza y convicción dramática, sin necesidad de exigir a los cantantes que tengan que pasearse por escena en bañador, pese a que ello complaciese a la audiencia más rijosa y lopezvazquesca, o incluso que hayan de procurar emocionar a la platea tras hacerles tirarse a la piscina y cantar empapados, especialmente cuando en el texto no hay ni la más mínima referencia a ninguna cuestión que pueda asociarse a ello. Es verdad que puede aportar realismo y cercanía a la acción, pero no creo que sea preciso llevar a los cantantes a esas situaciones indudablemente incómodas.

La modificación de las fechas de este Falstaff ha motivado que haya habido que sustituir al director musical inicialmente previsto, James Gaffigan, por el joven italiano Daniele Rustioni, quien se colocaba ayer por vez primera al frente de la Orquestra de la Comunitat Valenciana. Confieso que el anuncio de este cambio me produjo una ligera frustración porque tenía un especial interés en ver cómo afrontaba Gaffigan esta exigente partitura verdiana después de aquel Réquiem Alemán que pudimos escuchar en diciembre de 2019, cuando el mundo aún no se había derrumbado, y donde el director norteamericano no me acabó de convencer. Y este interés deriva del rumor que lleva tiempo circulando de que Gaffigan podría ser el elegido para ostentar la dirección titular de la Orquestra de la Comunitat Valenciana. Personalmente, si así se confirmase, reconozco que me invadiría una cierta decepción. No tanto porque no confíe en que la elección a la larga pueda resultar acertada, que no lo sé, como porque se nos ha estado vendiendo, desde la llegada de Jesús Iglesias a la dirección artística de Les Arts, que se estaba buscando un nombre de primera línea y que había que tener paciencia porque lo principal era poder traer a una persona muy relevante. Y desde luego a mí no me parece que Gaffigan encaje en ese perfil. A lo mejor es un fichaje de una estrella de futuro que los legos no hemos sabido todavía valorar, no lo dudo; pero, hoy por hoy, me parece volver un poco a lo que sucedió con Wellber. No sé yo si es el director que necesita y se merece esta orquesta. Pero bueno, no adelantemos acontecimientos que no está precisamente la situación como para dar nada por sentado antes de hora.
Daniele Rustioni hizo lo que en términos taurinos podría denominarse como una aseada faena de aliño, mostrando maneras y conocimiento, resultando ágil, fluida, eficaz en la concertación, muy atento a la escena y cuidando voces, pero en la que yo eché de menos más matices y un punto de mayor refinamiento. En esta hechizante y compleja partitura, en la que Verdi supo perfilar con precisión de neurocirujano la esencia misma del drama vital sin perder la atmósfera de comedia, es esencial el cuidado de los contrastes, y ayer a mí me resultó todo demasiado uniforme, salvo los efectistas finales de cuadro con un chimpuneo sobrepasado de volumen. En general bien, bonito, emocionante en ocasiones y con garra y fuerza por momentos, pero sin acabar de lograr que toda la riqueza y variedad cromática y atmosférica de la escritura verdiana se hiciese presente en plenitud. No me gustaron la blandura y lentitud que presidieron tanto el inicio de la ópera como el fugato final. Por el contrario, sí me pareció encontrarse el pulso debido en momentos como el acompañamiento a È sogno o realtà?, en toda la alocada escena del final del segundo acto o el Pizzica, pizzica de los duendes. Sea como fuere quien sí pareció disfrutar de lo lindo fue el propio Rustioni, saltarín y sonriente en el podio e incluso girándose a hablar con el público en los parones escénicos entre cuadros.
Más allá de lo acertado o no de la dirección, lo cierto es que todo quedó compensado por la belleza de la partitura y el impecable oficio de los atriles de nuestra orquesta que sí supieron hacer brillar la relevancia que para los instrumentos solistas reservan también, como auténticas joyas, los geniales pentagramas. Ahí no puede dejar de destacarse a la trompa en la introducción a Dal labbro il canto, al corno inglés, las flautas, el maravilloso sonido de las cuerdas en pianísimo en la introducción a la escena de las hadas y la inspiradísima noche de metales (genial el acompañamiento al monólogo de Ford) y de una imponente percusión. Por cierto, el esfuerzo de Les Arts en pro de la seguridad se reflejó también en un foso en el que ayer se multiplicaron los paneles separadores en la zona de los vientos aislando casi a cada intérprete.

El coro en Falstaff no tiene un gran protagonismo en lo que a tiempo de presencia escénica se refiere, pero sí en cuanto a la relevancia de sus intervenciones. Sólo con ese maravilloso coral fugato que cierra la obra ya se justifica su carácter de imprescindible. El Cor de la Generalitat ha tenido que afrontar este reto falstaffiano con múltiples inconvenientes: por un lado, con la adaptación a todos los vaivenes de la producción, incluida la importante mengua de componentes exigida por la necesidad de reducir el aforo en escena por motivos sanitarios; y, por otro, en pleno resurgimiento de sus peores fantasmas acerca de la consolidación y estabilización de su plantilla, con esa ocurrencia charlotesca de la administración autonómica valenciana de sacar a oposición un buen número de las plazas actuales, incumpliendo así los acuerdos a los que había llegado con los representantes de la agrupación en 2019. Incluso llegó a haber rumores de huelga a principios de año que, por el momento, no se han materializado. En cualquier caso, tengo que decir que, como no podía ser menos, pese a todas esas circunstancias poco propicias, cumplieron con absoluta profesionalidad, así como con una enorme solvencia en el apartado musical, sin que el enmascaramiento ni la reducción de sus componentes afectasen al resultado de sus intervenciones que no perdieron el grado de excelencia al que nos tienen tan mal acostumbrados. Maravillosa resultó la atmósfera que consiguió crear el coro femenino de hadas en la escena del bosque sadomaso, e impecable y poderosa se mostró la agrupación en el divertido y siempre complicado fugato final.

En el apartado de los solistas vocales, es esta una ópera de marcado carácter coral, con Falstaff en el centro de toda la trama rodeado de un numeroso grupo de personajes a su alrededor, todos ellos con su singular relevancia, donde resulta más importante alcanzar un buen resultado de conjunto que buscar el lucimiento individual de cada uno de ellos, sobre todo en una obra como esta en la que no hay números cerrados o arias en sentido estricto. Conseguir un reparto sólido para afrontar la exigente partitura y que resulte equilibrado, no es tarea fácil, y menos aún en estos tiempos pandémicos y de cierre de fronteras. Así que, con esas premisas, podría decirse que el resultado general obtenido en Les Arts ayer fue bastante positivo.

Donde el teatro valenciano ha acertado de lleno sin duda alguna ha sido en la elección de cantante para encarnar a Sir John Falstaff. Ambrogio Maestri ES Sir John Falstaff. Con este hombre pasa algo parecido a lo que comentaba a propósito del Rigoletto de Leo Nucci. Han interpretado tantas veces al personaje y se sienten tan cómodos en él que ya es difícil disociarlos del mismo. Da igual las genialidades o las bobadas que se haya inventado el director de escena de turno, ellos crean siempre su personal visión del papel y lo rodean de su aura propia, haciéndose uno, cantante y personaje. Cuando Maestri comienza a cantar, es el espíritu mismo de Falstaff el que adquiere cuerpo en el escenario. Hoy por hoy creo que es imposible hacer una mejor elección para este papel. Quizás pueda encontrarse a alguien que lo cante mejor o más bonito o que sea mejor actor o que siga más fielmente las indicaciones del regista, pero no que lo encarne y lo interprete mejor que él. Por otro lado, sería también complicado buscarle a Maestri un rol que se adapte mejor que este a sus características vocales actuales. Al igual que Nucci, Maestri usa ardides de viejo zorro para disimular sus limitaciones vocales y en su canto encontramos más trucos que en una peli de Star Wars, utiliza portamenti, empuja la voz, recurre a falsetes, sustituye muchas veces el canto por un parlato recitado… pero todo eso al bueno de Falstaff le casa perfectamente. Como también lo hace el imponente físico del barítono italiano, quien además transmite una bonhomía y una ternura al personaje que hace imposible no caer seducido por el vecchio John. Falstaff inmenso, enorme Falstaff, le dicen en un momento dado Pistola y Bartoldo, pues eso mismo.

Una de las afectadas por Covid en la víspera del fallido estreno de enero fue Ainhoa Arteta, quien se vio obligada a cancelar no sólo su cita en Les Arts sino también sus subsiguientes compromisos de Pamplona y Oviedo. Finalmente, ayer pudo reincorporarse a la actividad escénica con este papel de Mrs. Alice Ford, en lo que ha sido su debut en el teatro valenciano en una ópera. Empiezo por reconocer que Arteta no es una cantante que me guste especialmente. Hay voces que a uno le llegan más y otras menos, más allá de su calidad objetiva. Pero dicho eso, afirmo que ayer la soprano tolosarra estuvo sensacional. Desde luego, si algo no puede reprochársele es el coraje y profesionalidad de una artista de los pies a la cabeza, con treinta años de dignísima carrera a sus espaldas. Subirse ayer a las tablas recién pasado el Covid y sus secuelas y cumplir además con disciplina todas las ocurrencias  del regista de turno, incluido el enseñar chicha en bañador, es para quitarse el sombrero. Sigue manteniendo un incuestionable carisma escénico y mostrando una entrega actoral irreprochable, volcándose en la encarnación de los sentimientos del personaje. Vocalmente también hay poco que criticar. Ese vibrato que otras veces se hace demasiado presente, ayer estuvo más controlado. La voz ha ganado anchura y mantiene un generoso volumen y proyección superando la orquesta y llegando al último rincón de la sala, y aunque haya perdido flexibilidad su canto tampoco estuvo exento de matices. Mostró un estudiado fraseo, no siempre bien articulado, pero cuidando siempre el estilo y la intención dramática. Fue una estupenda Alice Ford.

El esposo de la Arteta en escena, el señor Ford, ha sido el barítono italiano Davide Luciano, tras no haberse podido reintegrar a la producción por problemas de agenda el inicialmente anunciado Mattia Olivieri. A Luciano pudo escuchársele ya en Les Arts como el Guglielmo del Così fan tutte que abrió esta accidentada temporada, donde me dejó una buena impresión, pero ayer el resultado fue decepcionante. Su zona grave se mostró escuálida y falta de peso. En el centro la voz corría bien, pero su línea de canto no es nada refinada y los empujones y la respiración a destiempo fueron habituales. En el monólogo del segundo acto È sogno o realtà?, toda una joya para poderse lucir, se hicieron palpables todas sus limitaciones y, pese al empeño puesto, su canto fue más plano que el encefalograma de la momia de Ramsés II.  

En el polo opuesto, una de las sorpresas más agradables de la velada vino de la mano de la joven soprano catalana Sara Blanch que compuso a la perfección la frescura y juventud del personaje de Nannetta, con una personalidad y soltura escénica imponente, sin perder la naturalidad en la interpretación por tener que pasearse en biquini o bañarse en la piscina. Y al mismo tiempo sorprendía con una voz que, pese a moverse por los terrenos de soprano ligera, presentaba una notable presencia y proyección. Su fraseo fue incisivo, de impoluta dicción y cargado de sentimiento y musicalidad, encandilando a la platea con la belleza exhibida en su aria como reina de las hadas Sul fil d'un soffio etesio que devino en uno de los instantes más mágicos de la representación.

El tenor Juan Francisco Gatell fue un Fenton de inmejorables intenciones y con una entrega tanto escénica como vocal irreprochable, no dudando en encarar de frente al personaje y lanzarse con arrojo a la piscina, en este caso también en sentido literal. Apareció en escena con muletas, intuyo que por alguna lesión, y fue impresionante verle moverse por el escenario con una soltura y velocidad digna de medalla en los paralímpicos. Mostró conocer el estilo y cuidó el fraseo, aunque en la zona alta se le vio un tanto forzado presentando alguna tirantez. El cantante argentino cuenta con el hándicap de una voz blanquecina, casi ingrávida, que en ocasiones hace que sus intervenciones no luzcan tanto como su empeño merece. No obstante resolvió muy satisfactoriamente su gran momento en Dal labbro il canto.

El papel de Mrs. Quickly pide una voz de contralto y, no nos engañemos, no es ni por asomo el caso de Violeta Urmana, una cantante muy querida en Valencia, donde siempre ha construido los personajes con encomiable acierto, tanto en roles para soprano como mezzosoprano. Su Kundry de Parsifal o la Medea son recuerdos imborrables de este teatro. Ayer la voz de la Urmana mostró claros signos de desgaste, con cambios de color, pérdida de la impostación y no sabiendo aportar la profundidad que requieren los graves exigidos a Mrs. Quickly. Su experiencia, recursos técnicos y su talento expresivo, maquillaron un poco el resultado en la asunción de un personaje en el que daba la impresión de no sentirse cómoda vocalmente ni acabar de pillarle el punto de vis cómica que conlleva.

Me gustó bastante el Dr. Cajus del asturiano Jorge Rodríguez Norton, un tenor que nos sorprendió a todos los wagnerianos, en aquel remoto y feliz 2019, debutando en Bayreuth como el Heinrich der Schreiber de Tannhäuser con merecido éxito y que ayer también solventó mejor que bien la papeleta, perfilando con chispa la comicidad implícita en el personaje y ofreciendo un canto seguro con una voz expresiva, bien proyectada y de gran volumen, con la que incluso se permitió alguna elegante regulación.

El personaje que completa el cuarteto femenino es el de Mrs. Meg Page, para el cual estaba anunciada en un principio la valenciana Ana Ibarra, pero tras el aplazamiento pandémico ha sido la mezzosoprano Chiara Amarù quien ha tenido finalmente que encarnar el rol en esta segunda cita. La cantante siciliana presentó una voz muy interesante, de atractiva tímbrica grave, con buena dicción y un fraseo bien articulado, a la que sólo le falto una mayor consistencia en su proyección.

Muy correctos resultaron también el Pistola de sonoridades profundas del bajo italiano Antonio Di Matteo; y el Bardolfo de Joel Williams, alumno del Centre de Perfeccionament ese que ya no lleva el nombre de un cantante que venía todos los años a Valencia y fue muy famoso, pero que ahora parece que no haya existido nunca. Un joven tenor que ya nos dejó muy gratas sensaciones en la disparatada genialidad de Poulenc, Les mamelles de Tiresias, que vimos en el lejanísimo otoño de 2019.

Pese a haber tenido que llevar este estreno a un frío martes laborable a las seis de la tarde y en plena pandemia, no puede decirse que hubiera una mala entrada ni mucho menos, dentro de las posibilidades del aforo reducido exigido por las medidas sanitarias. Un público que además se lo pasó pipa, escuchándose sonoras risas en algunos momentos y obteniéndose fuertes ovaciones al final de cada acto y en los saludos finales, donde fue muy braveado todo el elenco, coro y orquesta. Volvió a llamar la atención que, una vez más esta temporada, no saliese ningún miembro del equipo de la dirección escénica a saludar. No sé si esto es una moda pasajera derivada de la peste negra que nos asola o se va a quedar ya como una desafortunada costumbre.

Bueno, me acabo de dar cuenta que me estoy alargando más que Cuéntame. Llevaba ya casi tres meses sin escribir en el blog y se ve que me estoy desquitando… Pues voy acabando. No puedo finalizar esta crónica más que haciéndoos partícipes de la dicha vivida ayer por haber vuelto a poder asistir a un espectáculo operístico después de estos dos últimos meses en blanco, con este particular semi confinamiento que llevamos cada uno y este máster acelerado en ermitañismo y hurañez versión 3.0 que nos vemos obligados a realizar. Y este reencuentro además se ha producido con un espectáculo de esos que te ponen las pilas y te levantan el ánimo. Así que sólo puedo animaros a que no dudéis en agenciaros una entrada ya mismo. El espectáculo lo merece y estas actividades culturales, en las condiciones en las se están llevando a cabo en el Palau de les Arts, son seguras, con todas las limitaciones que por supuesto resulta preciso adoptar para garantizar esa seguridad.

Mantener viva una mínima oferta cultural es una medicina necesaria para el espíritu, para el equilibrio y la salud mental de las personas, como muy bien recordó el pasado día 1 de enero el maestro Muti. El Palau de les Arts está haciendo el esfuerzo de intentar mantener su programación a toda costa. A nosotros como espectadores sólo nos cabe responder acudiendo a alimentarnos de cultura con seguridad. Ojalá todo pase rápido y bien, para que lo antes posible podamos volver a reunirnos sin miedo en los teatros y comentar nuestras sensaciones mientras saludamos a los amigos y nos tomamos unas cervezas a la salida. Aunque por el momento habrá que seguir esperando un poco más, porque ahí fuera, lamentablemente, tutto nel mondo non é burla.

domingo, 10 de diciembre de 2017

"DON CARLO" (Giuseppe Verdi) - Palau de les Arts - 09/12/17

Ayer dio comienzo oficialmente la temporada operística 2017/18 en el Palau de les Arts de València. Desde que se anunció el contenido de la programación de este año sabíamos que nos encontrábamos ante una de las grandes citas para el aficionado, confluyendo el interés que siempre tiene un inicio de temporada, con la representación de una de las indiscutibles joyas del repertorio, la grandiosa, en todos los sentidos, Don Carlo, de Giuseppe Verdi, contando además con la presencia, cuestionable pero siempre taquillera, del incombustible Plácido Domingo en el reparto.

Pero por si había poco picante en el guiso, el pasado martes 5 de diciembre Davide Livermore decidió vaciar el frasco de tabasco en la olla, anunciando de forma inesperada su dimisión como intendente y director artístico de Les Arts, como ya os comente AQUÍ; por lo que había también gran interés por saber cómo reaccionaría el público valenciano ante la noticia y si los representantes políticos responsables del área de Cultura acudirían al inicio de temporada, como hizo el conseller Marzà el año pasado o al comienzo de la pretemporada del anterior.

Marzà en su Mundo del Revés
Pues ayer quedaron dos cosas claras: que el aficionado está muy enfadado con la gestión política de este problema y que, una vez más, los políticos encargados de la política cultural en la Comunidad Valenciana son indignos de ostentar esa representación ciudadana, precisamente por su desprecio hacia la ciudadanía. Ni el conseller Marzà, ni el secretario autonómico de Cultura, Albert Girona, a quien estos días protegido en la intimidad de su despacho oficial se le llenó la boca de sandeces, tuvieron el coraje de acudir a Les Arts a dar la cara. Lo peor no fue su cobardía, sino el desprecio absoluto hacia el mundo de la ópera que ello significa, haciendo ostentación con su ausencia en un estreno oficial y en un momento tan delicado como este, de que pasan de nosotros. Es probable que se defecasen encima pensando en lo ocurrido en 2014, cuando se abucheó a otro nefasto personaje, la consellera María José Catalá del gobierno del PP, y no quisieran ser hoy portadas de prensa, pero con ello y sean cuales sean los motivos, perdieron la escasa dignidad pública que les pudiera quedar.

Por cierto, igual de indecente e impresentable es la postura de la señora Catalá quien hoy ha salido sacando pecho y acusando de cobardía al actual gobierno, cuando ella es culpable en muy gran medida de todo lo que está pasando hoy.

Quien sí estuvo dando la cara, asistiendo a la representación y departiendo en el descanso con quienes se acercaban a él, fue Davide Livermore. Fui testigo de cómo numerosos aficionados se acercaban a mostrarle su apoyo y le noté alterado y muy enfadado.

Nada más salir ayer Ramón Tebar al foso y antes de iniciarse la representación, una espectadora solicitó “un aplauso para el maestro Livermore”, petición que fue seguida de una larga ovación. Después, antes de la salida del director tras el descanso, una voz gritó “conseller cobarde”, secundándose con numerosos aplausos y con otras voces como “fuera políticos” o “no os carguéis la ópera”. A continuación, la salida de Tebar fue acompañada de una larguísima e intensa ovación dirigida a la orquesta.

Girona en su Mundo del Revés
La protesta del aficionado no hay que entenderla personalizada en la dimisión de Davide Livermore en sí. Realmente el detonante de la indignación del aficionado valenciano son las desafortunadas y chulescas declaraciones posteriores de Albert Girona, en las que no sólo mostró la falta de proyecto cultural serio en relación con el Palau de Les Arts, sino además el desconocimiento absoluto del funcionamiento de un teatro de ópera y el desprecio hacia los aficionados y en general hacia el mundo de la lirica, con mención especial para una indiscutible figura como Plácido Domingo de quien tuvo la osadía de afirmar: “no sé qué interés puede tener lo que diga una persona de fuera del Palau de les Arts”. Señor Girona, usted sí que es una persona de fuera… de fuera del mundo real.

Por cierto, alguien debería aclararle a Girona que el cargo de Helga y de Livermore ha sido intendente y director artístico, nunca “superintendente”, como reitera en todas sus declaraciones, no sé si consciente o inconscientemente. El único superintendente conocido es Vicente, el de la T.I.A., la agencia en la que trabaja Mortadelo y donde seguramente el señor Girona haría mucho mejor papel, junto al profesor Bacterio, que en la conselleria de Cultura.

Después de aquellas primeras declaraciones de Girona se ve que alguien se ha dado cuenta de que estaban metiendo la pata hasta las ingles y han procurado maquillarlas diciendo toda clase de tonterías, como que el funcionamiento de Les Arts “no ha sido ni será diferente al del resto de recintos del mundo”. Cualquier persona que haya trabajado en o con Les Arts sabe que eso es simplemente falso. Dudo que haya en todo el mundo otro teatro de ópera del nivel de Les Arts que tenga similares trabas burocráticas, económicas y administrativas para su funcionamiento diario y su gestión interna y artística. Eso es así y es una consecuencia de la dependencia económica y orgánica respecto a la administración autonómica, lo que impide, por ejemplo, que la orquesta pueda reforzarse adecuadamente, al aplicarle las mismas limitaciones en cuanto a contratación de nuevas incorporaciones que las que afectan a cualquier departamento administrativo funcionarial de la Generalitat.

También han salido corriendo ahora los Marzalitos a decir que nunca han pensado en hacer concursos públicos para contratar a los artistas de la temporada operística y que eso ha sido una invención de Livermore. Pues miren, tampoco es cierto. Eso lo dice Livermore porque es lo que se desprende de los informes de auditoría de cumplimiento de la Intervención General de los años 2015 y 2016.

Siguen insistiendo en que hay que abrir el Palau a la sociedad civil, no sé si es que ahora estará ocupado por el tercio Duque de Alba de la Legión o que los aficionados y abonados actuales no somos sociedad civil. Estos últimos años con Livermore al frente creo que precisamente se han dado muchos pasos hacia el acercamiento del género y del teatro a toda la sociedad valenciana con múltiples iniciativas. Lo que realmente habría que abrir a la sociedad civil y al mundo de la cultura y el arte es el Patronato de la Fundación Palau de les Arts, hoy copado por ineficientes y obtusos cargos políticos.

Se pretende engañar a la gente diciendo que lo que quieren, cuando proponen eliminar la figura de intendente y sacar a concurso la de director artístico, es equiparar el organigrama al de otros teatros como Madrid y Barcelona. Es cierto que ahí no hay intendente, pero sí director artístico, como lo era Livermore. Matabosch no fue elegido por concurso; sí lo fue en el Liceu Scheppelmann, pero desde luego en su proceso de selección no tuvo que acreditar, como dicen que pedirán ahora los Marzalitos, conocer la filosofía del gobierno de turno o el conocimiento oral y escrito de la lengua catalana... y ojo que hablamos de Barcelona.

En fin, ya seguiré comentando todas estas cuestiones en otro momento. Davide Livermore lo explica todo bien clarito en la entrevista que concedió ayer a El Mundo y que podéis leer AQUÍ. Yo voy a cambiar de tema porque si sigo no voy a decir nada de lo realmente importante de ayer que fue la representación de ópera que tuvo lugar.

La producción elegida para la ocasión, de la Deutsche Oper de Berlín, cuenta con la dirección escénica, escenografía e iluminación del suizo Marco Arturo Marelli y el vestuario de Dagmar Niefind. Como sabiamente la ha calificado el amigo Titus, se inscribe en ese, últimamente tan habitual, estilo “neososo” que te vale igual para un Don Carlo que un Barberillo de Lavapiés.

Toda la fuerza de la puesta en escena reside en una variada iluminación y una escenografía mínima, compuesta apenas por una serie de bloques o paneles móviles que configuran los distintos espacios escénicos. Durante la mayor parte de la obra se juega con el hecho de que el hueco que dejen esos paneles conforme la figura de una cruz, haciendo así presente en todo momento el omnímodo y vigilante poder religioso. El permanente movimiento de los paneles y los espacios que se van configurando dotan de agilidad a la propuesta y exigen un intensísimo y preciso trabajo por parte del equipo técnico del teatro, entiendo que de ahí que estos saliesen a saludar al término de la función.

Creo que visualmente funciona bastante bien y algunas escenas, como la del auto de fe, me pareció muy interesante, aunque en ésta la situación del coro entre los paneles y en las alturas intuyo que dificultaría su proyección y les exigiría un esfuerzo extra. En el apartado de movimiento escénico y dirección de actores no hay tampoco nada especialmente reseñable, pero sí que todo el conjunto presenta una homogeneidad del discurso dramático y deja fluir sin trabas la historia contada y cantada.

El vestuario mezcla distintas épocas y estilos optando por una abundancia de colores neutros o negros, a excepción del verde de Éboli, los blancos y azules de la reina y el rojo del clero. Sí pienso que alguna mayor carencia se aprecia en el apartado de caracterización y maquillaje, no sé si voluntaria o involuntariamente. Creo que poco hubiera costado un bote de Farmatint o una peluca de Casa Picó para que el Rodrigo encarnado por Plácido Domingo intentase al menos dar el pego de que, como ocurre en el libreto, se trata de un personaje de la misma edad que Carlo y no alguien que podría ser su abuelo. Y luego, la apariencia casi de zombis de los diputados flamencos o el aspecto cantinflanesco de Tebaldo, les hacen perder cualquier connotación dramática. Tampoco me gustó el exceso de humo presente en la sala gran parte de la noche sin venir a cuento. Imagino que cuando fueran a quemar en la hoguera a los herejes estos ya estarían asfixiados y medio ciegos, como buena parte de la platea.

Lo mejor de toda la velada, en mi opinión, estuvo en la magnífica dirección musical de Ramón Tebar. El nuevo titular de la Orquesta de València y principal director invitado de la Orquestra de la Comunitat Valenciana volvió a mostrar gran sensibilidad y conocimiento de la obra verdiana, como ya hiciese en febrero con La Traviata. El director valenciano consiguió un óptimo ajuste de balances entre foso y escena y llevó a cabo una meritoria labor de concertación. Tebar, muy minucioso, guió la orquesta con nervio, buen pulso y tensión dramática, cuidando al mismo tiempo mucho las voces. Eso hizo que en algún momento, especialmente en intervenciones de Plácido Domingo, el material orquestal plegase gran parte de su protagonismo a las exigencias de las peculiares condiciones vocales del cantante; pero sin que en ningún instante decayese la tensión.

Ayer, en manos de Tebar la Orquestra de la Comunitat Valenciana volvió a adquirir las sonoridades de antaño y hubo momentos absolutamente mágicos. Creo que fue de menos a más y, tras un primer acto algo más anodino con unos cantantes bastante planos en lo expresivo, la emoción fue ganando enteros con unos dos últimos actos soberbios. Es imposible no recordar la gran escena del auto de fe que nos brindó Maazel en 2007, pero anoche Tebar no desmereció en absoluto, ofreciéndonos una intensidad orquestal y una emoción espectaculares, con un gran rendimiento de los atriles del foso y de la orquesta interna. Fue una noche especialmente inspirada de toda la sección de cuerda, especialmente de la cuerda grave y también de los metales. Hubo grandes instantes de arrebatadora intensidad dramática y enorme calidad musical, como toda la escena del Inquisidor con Felipe II; el precioso diálogo de cuerda grave y metales al comienzo del acto cuarto; el inicio del acto segundo; el dúo entre el rey y Elisabetta del acto tercero; la entrada del pueblo al final del acto tercero, con un nervio orquestal impactante; los violonchelos en el trío del acto tercero; la cuerda en la entrada de la guardia en la escena final; o, por supuesto, el estupendo solo de violonchelo de Guiorgui Anichenko que acompañó el aria de Felipe II. También hubo instantes de lucimiento para el oboe de Pierre Antoine Escoffier; de Ana Rivera con el corno inglés, como en el acompañamiento a Non pianger, mia compagna; o la flauta y los metales en la muerte del marqués de Posa.

En medio de la tempestad política y económica que lleva azotando estos últimos años la nave de Les Arts, a pesar de la fuga de atriles que está padeciendo la orquesta, y sobreviviendo a la incapacidad de los dirigentes políticos para reforzar la agrupación de forma que se garantice su continuidad, es un auténtico milagro que la Orquestra de la Comunitat Valenciana siga ofreciendo la inmensa calidad que la sigue consolidando como la mejor orquesta de España sin discusión posible.

Y si de milagros hablamos, lo del Cor de la Generalitat es ya digno de canonización. Hacer frente a una ópera como Don Carlo con un refuerzo irrisorio y con los caprichos escénicos de registas más pendientes de la estética que de la música, y obtener unos resultados como los que pudimos disfrutar en la noche de ayer, es para quitarse el sombrero, el bisoñé y la tapa craneal. Enorme auto de fe el que nos brindaron sus miembros, potente, empastado, emocionante… y, como siempre, un rendimiento escénico sobresaliente toda la velada. Bravo.

Plácido Domingo asumió el rol de Rodrigo, marqués de Posa, uno de los más bellos papeles baritonales de la producción verdiana. Sé que siempre es delicado hablar de Domingo y a mí se me hace especialmente difícil porque me provoca grandes contradicciones. En cualquier caso, voy a dar lo que no es más que mi opinión y lo que realmente pienso. Creo que el rol de Posa en la interpretación del veterano artista madrileño queda completamente desdibujado. Ya he comentado muchas veces que comprendo que la presencia de Domingo en la temporada valenciana es un aliciente para muchos espectadores y garantía de agotar las localidades; pero lo que se está agotando de verdad es la paciencia de otros muchos aficionados entre los que me incluyo, ante el maltrato y descafeinamiento de los que son objeto algunos personajes operísticos, como es el caso de este Rodrigo.

Reconozco la grandeza del artista Domingo y su insuperable carrera, sigo alabando y admirando su fuerza dramática y su inteligencia interpretativa, de la que continúa haciendo gala, pero no me parece que eso haya de justificar el que nos tenga que parecer normal o incluso bien que siga cantando estos papeles de barítono sin tener voz de barítono, con carencia absoluta del color baritonal, sin graves y presentando un instrumento cada vez más gastado. Su encarnación del personaje es dramáticamente espléndida, pero ese no es Rodrigo, ni vocal ni físicamente. Asistir por primera vez a Don Carlo con este Rodrigo es engañar al público. Admito que igual es preferible tener a Domingo, sea lo que sea, que a un barítono malo y soso; pero creo que se deben aceptar las reglas del juego.

Dicho todo lo anterior, al mismo tiempo reconozco que si alguien anoche en escena conocía las claves y acentos del fraseo verdiano, ese fue Domingo. Si alguien derrochó carisma escénico e intensidad dramática en cada intervención, ese fue Domingo. Si alguien supo encubrir sus debilidades y venirse arriba en los momentos precisos, ese fue Domingo. Paradigmática fue la escena de su muerte, donde echó el resto, mostrando, pese a la falta de fiato exhibida toda la noche, un fraseo ligado y cargado de intención. Escénicamente su muerte dejó más que desear y tardó más en hincar la rodilla que un Victorino de los bravos.

La reina Elisabetta corrió a cargo de María José Siri, otra vieja conocida en Les Arts. La soprano uruguaya presentó buena proyección para una voz de emisión sólida, sin graves pero muy segura sobre todo por arriba, pese a alguna oscilación y algún agudo abierto; pero, como ya ocurriera en sus anteriores presencias en este teatro, su expresividad es limitada y su canto carece de emoción, renunciando casi por completo a cualquier tipo de variedad o riqueza en un fraseo, monótono y bastante plano. Curiosamente lo mejor de la velada vino en su gran aria del acto cuarto, donde ofreció alguna regulación e incluso se permitió enhebrar una messa di voce de buena factura en la invocación a Francia.

El papel del infante Don Carlo se ha encomendado al italiano Andrea Carè, un tenor que está cantando papeles de spinto en recintos tan prestigiosos como Londres, Bruselas, Barcelona o Madrid. Mi impresión particular es que nos encontramos, una vez más, ante un caso de tenor lírico con grandes posibilidades al que se le intenta explotar cantando papeles que vocalmente puede afrontar pero que pueden pasarle factura muy pronto. Después de escucharle ayer no parece muy normal que con las características de su instrumento y su juventud esté centrando prácticamente toda su carrera en personajes como Don José, Pollione, Cavaradossi o Radamés. La voz no es fea y pretende mostrar autoridad en la zona alta, aunque con algún apuro en la zona de paso y notables estrangulamientos. El mayor problema lo encontré en un fraseo desganado, atropellado, sin clase ni emoción alguna y sin sentido del legato, todo acompañado además de una inexpresividad propia de un maniquí de Cortefiel.

El agradecido y complicado papel de Felipe II lo asumió el bajo ruso Alexander Vinogradov a quien ya hemos tenido por aquí otras ocasiones, como las Vespri Siciliani con las que se inauguró la pasada temporada. Hay que reconocer que, aunque su canto continúa siendo poco refinado, su voz tiene gran presencia y volumen y consigue meterse al público enseguida en el bolsillo. Ayer además, en esa auténtica joya que es el aria que abre el tercer acto, resolvió la papeleta con gran inteligencia, exhibiendo un canto ligado y un fraseo sentido. Fue, junto a Plácido, el triunfador de la noche.

Después de algunos años interpretando papeles de soprano, Violeta Urmana vuelve a nuestro teatro en su cuerda natural, la de mezzo, con un papel no muy extenso, pero de enjundia vocal, como es la Éboli. Aunque ha perdido parte de la frescura natural del timbre que exhibiera en sus inicios, mantiene un poderío incontestable y una entidad dramática imponente. Su voz se muestra todavía homogénea y aunque en los extremos de la tesitura tiende al chillido por arriba y se pierden graves por abajo, la fuerza expresiva de la Urmana a mí me convenció completamente.

El Gran Inquisidor que compuso Marco Spotti apenas se quedó en un pequeño monaguillo. Este inquisidor verdiano precisa de una voz de bajo profundo que estremezca, que imponga autoridad en sus dúos con la voz también grave del rey. Anoche la voz de Vinogradov como Felipe II era mucho más imponente y grave que la de un Spotti que a su lado ni siquiera parecía un bajo, sino más bien un baritonete de voz oscura. No obstante fue también muy aplaudido.

En los papeles secundarios destacaría especialmente al Tebaldo de Karen Gardeazabal y al estupendo conde de Lerma que ofreció Matheus Pompeu.

Cumplieron correctamente Rubén Amoretti, Olga Zharikova y los Diputados flamencos: Javier Galán, Manuel Mas, Valentin Petrovici, Pedro Quiralte, David Sánchez  y Arturo Espinosa.

En el palco, como dije al comienzo, no había ningún responsable principal, secundario o chupatintas de la consellería de Cultura. La representación política institucional apenas estuvo cubierta por la consellera de Justicia, Gabriela Bravo y el diputado de Cultura, Xavier Rius. También estaba por allí el ex presidente Fabra, no pude ver si en vaqueros, pero tiene napias la cosa… después de que en todo su mandato apenas asomase el pico por el palco un par de veces y de que no hiciese absolutamente nada por mejorar la situación del teatro, que ayer se acercará a Les Arts hace pensar si era al olor de la posible carroña. Qué pena.

Al finalizar la representación hubo muy entusiastas ovaciones para todo el reparto, triunfando claramente Domingo y Vinogradov. Se produjo un hecho curioso en los saludos: posiblemente por despiste, cuando ya habían saludado todos los solistas, volvieron a entrar y a comenzar, esta vez por donde tocaba, por figurantes y coro, que antes se habían quedado sin salir. Hubo también la novedad de que tras los saludos del responsable de la dirección escénica pasaron al escenario gran parte del equipo técnico del teatro, posiblemente para reconocer el arduo trabajo técnico que conlleva la producción, pero el caso es que, como el ambiente estaba caldeadito con el tema Livermore/Generalitat, la mayor parte del público lo interpretó como que era un gesto de apoyo del personal de Les Arts a su dimitido intendente.

No sé cómo acabará el nuevo culebrón de Les Arts, pero es imposible que seamos optimistas. Ayer a la salida un espectador me preguntó si de verdad yo pensaba que se iban a cargar la ópera en València, que él pensaba que al final se impondría la sensatez. Yo le envidié su confianza, pero, aunque de verdad pudiera creer en la sensatez de los representantes políticos y en que Marzà se dé mañana un golpe valenciano en la cocorota y de pronto se interese por el sostenimiento y apoyo de un proyecto de ópera de calidad en el Palau de les Arts, veo casi imposible que el daño pueda repararse.

Ojalá me equivoque, pero de momento lo que es un hecho incuestionable es que el coliseo valenciano se encuentra sin director artístico. ¿Qué pasará durante estos próximos meses mientras se nombra a un responsable de la dirección artística? Los teatros de ópera trabajan a muchos meses vista y este parón en la dirección puede condenar la organización de la próxima o próximas temporadas. ¿Qué pasará si Biondi o Abbado o ambos deciden marcharse tras la salida de Livermore? ¿Qué ocurrirá esta misma temporada en mayo con la programación de Tosca, de cuya dirección escénica se encargaba Livermore como parte de un contrato que ya no existe y cuyo coste también entiendo que estaba incluido?. ¿Ahora le pagarán ese trabajo?, ¿se cancelará?

En fin, ya iremos viendo. Compañeros/as sigamos alerta y peleando, es lo que nos queda. De momento disfrutemos de lo bueno que tenemos mientras dure, por ejemplo de este estupendo Don Carlo.



jueves, 14 de junio de 2012

"MEDEA" (Luigi Cherubini) - Palau de les Arts - 12/06/12

El pasado martes 12 de junio, el Palau de les Arts de Valencia acogió el estreno del segundo de los espectáculos operísticos enmarcados dentro del V Festival del Mediterrani que se está desarrollando en el coliseo valenciano. Se trata de una nueva producción de la ópera “Medea” del italiano Luigi Cherubini (1760 – 1842).
"Medea" es una ópera en tres actos con libreto original en francés de François-Benoît Hoffmann, basado en la tragedia del griego Eurípides y en los textos de Séneca y el francés Corneille. En el Palau de les Arts se ha optado por ofrecer su versión en italiano con recitativos cantados, que fue la que popularizara a mediados del siglo pasado la inolvidable Maria Callas, quien hizo de la protagonista de esta obra uno de sus personajes emblemáticos.
De hecho, si “Medea” se representa tan poco dentro de los circuitos operísticos habituales, es entre otras cosas por la dificultad de encontrar sopranos que asuman y estén capacitadas para sacar adelante un papel de una exigencia terrible, con una envergadura dramática enorme, donde lo principal no es tanto la belleza del canto como la fuerza interior del personaje que es necesario saber transmitir, fundamentalmente a través de los intensos recitativos que pueblan la partitura. Y en esta ocasión esa cantante se ha encontrado y se llama Violeta Urmana.
Gerardo Vera es el responsable de la dirección escénica de esta producción, utilizando como base escenográfica elementos del montaje que también ha servido para "Il Trovatore" que se está ofreciendo en el presente Festival. Eso, que tanto reparo me causaba en un principio, al final ha resultado no ser tan malo y, dados los tiempos de recortes que vivimos, no me parece una mala opción, siempre que se le ponga un poco de interés a la cosa, como aquí ha ocurrido, y lo encuentro preferible a versiones en concierto o a costosos montajes en los que se pague más por el nombre del responsable (Saura, Miller...) que por su trabajo efectivo que luego acaba denotando pura sequía mental.

Lo principal en esta obra es el componente dramático y el conflicto psicológico interior de los personajes. Por eso, a la hora de abordar este trabajo no es tan importante la descripción pormenorizada del espacio físico en el que se desarrolla la acción, como ofrecer un marco adecuado que no confunda ni despiste al espectador y que posibilite que el drama fluya naturalmente y que las pulsiones humanas que nutren el texto puedan verse amparadas y reforzadas por el elemento escénico. Y, desde mi punto de vista, así ocurrió con el montaje ideado por Gerardo Vera, que, en conjunto, me gustó mucho.

Hay que dejar claro que, aunque se utilicen elementos de la escenografía utilizada en “Il Trovatore”, los espacios y ambientes creados son completamente distintos y, a diferencia de aquél, se facilita mucho más en esta “Medea” el movimiento de los cantantes y coro. También me dio la impresión de que se había trabajado más la dirección de actores. Y muy efectista, aunque un punto gore, fue la aparición final de los niños muertos y ensangrentados

La iluminación de Juan Gómez-Cornejo vuelve a jugar un importante papel, con el predominio del rojo para acentuar el sentimiento de venganza que va creciendo en la protagonista. El vestuario atemporal de Alejandro Andújar cumple su función de forma efectiva. Y en las creaciones videográficas de Álvaro Luna hubo un poco de todo: me pareció impactante la imagen del cráneo de carnero, aunque acabó por ser repetitiva su aparición cada vez que se mencionaba el vellocino, se crearon algunos efectos estéticamente atractivos con las imágenes del mar y me desagradó el momento del caballo sobre las aguas.

En lo musical, el maestro Zubin Mehta, que cogía por vez primera la batuta para dirigir la partitura de Cherubini, volvió a ofrecernos una lección más de portentosa técnica de dirección, sobria y eficaz al tiempo que intensa, cargada de tensión, estando muy atento en todo momento a los cantantes, cuidando los volúmenes y las dinámicas y posibilitando que cada matiz de lirismo, de arrebatado dramatismo y los toques heroicos, quedasen perfectamente remarcados por la música que surgía desde el foso. Un gran trabajo.

Los músicos de la Orquestra de la Comunitat Valenciana rindieron al óptimo nivel que nos tienen acostumbrados y, aunque esta vez por mi posición en la sala no pude identificar a los solistas, deben destacarse las sensacionales intervenciones del fagot, oboe y flauta, así como la percusión en la introducción al acto III.

El Cor de la Generalitat puso de nuevo en evidencia que nos encontramos ante el mejor coro operístico de España, con una actuación soberbia, tanto en el terreno vocal como en el movimiento escénico. Los coros internos resultaron impresionantes, sobre todo en la escena de la boda, y magistral fue su intervención junto a Jasón en los momentos finales de la obra. La excelencia de su actuación quedó plasmada en los saludos finales, cuando el maestro Mehta se fundió en un emocionado abrazo con el director del Coro, Francisco Perales.

La soprano Violeta Urmana debutaba el exigente papel protagonista. Sólo por el hecho de haber dado el paso para afrontar el reto en nuestro teatro ya merece todo nuestro reconocimiento, pero es que, además, lo hizo llevando a cabo una actuación fabulosa, en la que fue yendo de menos a más, consiguiendo emocionar a la platea con la contundencia de su interpretación desde el momento mismo en que salió a escena. La tirantez de los agudos, sobre todo en la primera mitad de la obra, no deslució en absoluto el derroche interpretativo de la cantante lituana, a la que se le exigía transmitir emociones y lo hizo con creces. Sus graves fueron contundentes y su fraseo incisivo y cargado de intencionalidad, logrando hacer creíble todo el devenir psicológico del personaje, sabiendo matizar cada faceta del mismo. Una Medea de muchos quilates.

Si impresionante resultó la entrega dramática de Urmana, no le anduvo a la zaga la llevada a cabo por la mezzosoprano María José Montiel encarnando a su sirviente Neris. La recientemente galardonada  como mejor cantante de ópera en los Premios Líricos Teatro Campoamor de Oviedo, se mostró espléndida en el aspecto dramático y magistral en lo vocal, luciendo un instrumento potente, cada vez más sólido y redondo, que controla con altísimas dosis de sensibilidad. Especialmente emocionante fue su interpretación del fragmento de mayor lucimiento que tiene el personaje, el recitativo y aria “Medea, O Medea!... Solo un pianto”, donde la cálida voz de Montiel se fundió mágicamente con el bellísimo sonido del fagot, adornando su canto la madrileña con una exquisita gama de matices y obteniendo a su finalización una atronadora, larguísima y muy emocionante ovación.

La soprano valenciana Ofelia Sala no me acabó de gustar como Glauce. Reconozco que estuvo bien técnicamente, metida en estilo y con entrega interpretativa, pero aparecen en su voz unas feas oscilaciones que deslucen mucho el resultado, incluso el del conjunto en los concertantes. También tuvo alguna entrada a destiempo que espero que vaya corrigiendo conforme avancen las funciones.

Bastante bien estuvo el tenor ruso Serguéi Skorojodov, en el papel de Jasón, quien exhibió unas facultades notables, con una voz clara y bien timbrada con la que se movió con solvencia por terrenos francamente complicados.

Una agradabilísima sorpresa fue para mí el bajo Dmitri Beloselski, como Creonte, luciendo una potentísima voz profunda de auténtico bajo, con nobleza tímbrica, que casi pedía a gritos cantar un Boris. Tan sólo se le podría reprochar que a veces su fraseo quedase algo descuidado.

Correctos en lo vocal y con muy buen comportamiento escénico estuvieron también los alumnos del Centre de Perfeccionament Plácido Domingo, Leonard Bernad, Brigitta Simon y Hagar Sharvit en sus breves intervenciones.

Al caer el telón, una enorme ovación premió la salida a escena en solitario de una Violeta Urmana muy emocionada. También fueron espectaculares los bravos a María José Montiel y Zubin Mehta, y en esta ocasión hubo aplausos unánimes hasta para la dirección de escena, poniéndose así punto final a otra extraordinaria noche de ópera que únicamente tuvo el punto negro de la baja asistencia de público. Lamentablemente, el aspecto que presentaba la sala principal de Les Arts estaba muy por debajo de lo que un espectáculo de tal nivel merecía. Muchísimos huecos, pese a que en las últimas horas hubo repartos apresurados de entradas para minimizar la debacle.

También tuvimos ausencia casi total de autoridades, apenas una Consellera, el presidente del Consejo Juridico Consultivo, la concejala de Cultura y algún condenado por la trama Gürtel. Ignoro si fue debido a que todavía no se han recuperado de ese rescate europeo que se vende como si nos hubiese tocado la lotería, o a que esta vez no venía la reina. Eso sí, si hubieran saltado al escenario veintidós señores en calzones pateando un balón, nos hubiera visitado hasta el presidente Rajoy.

En cualquier caso, vuelvo a animar desde aquí a todos los aficionados a la música a que se acerquen estos días al Palau de les Arts a ver una obra poco habitual, pero interesantísima, con un reparto vocal, músicos y coro de auténtico lujo.

AQUÍ podéis leer también la estupenda crónica de maac.

AQUÍ podéis acceder a la página de Amics de l'Òpera i de les Arts de la Comunitat Valenciana, donde se irán recopilando los enlaces a todas las críticas que se vayan publicando de esta "Medea".


video de PalaudelesartsRS