Mostrando entradas con la etiqueta Padrissa. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Padrissa. Mostrar todas las entradas

miércoles, 13 de enero de 2016

"SAMSON ET DALILA" (Camille Saint-Saëns) - Palau de les Arts - 12/01/16

Cuando el año pasado se anunció el contenido de la presente temporada operística en el Palau de les Arts, el espectáculo que mayor interés me suscitaba era la ópera Sansón y Dalila, de Camille Saint-Saëns, una obra por la que siempre he sentido debilidad y que, además, se presentaba con los alicientes añadidos de la presencia de Gregory Kunde como Sansón, la dirección musical de Roberto Abbado, en su primera ópera tras ser nombrado codirector titular de la Orquestra de la Comunitat Valenciana, y una puesta en escena de Carlus Padrissa y La Fura dels Baus que, al menos, parecía asegurar un interesante espectáculo visual.

Tras lo visto y oído anoche, y antes de empezar a repartir estopa, he de decir que yo me lo pasé muy bien, aunque los resultados fuesen menos satisfactorios de lo que esperaba.

La dirección escénica de Carlus Padrissa y La Fura dels Baus, de quienes ya hemos tenido la oportunidad de ver en este teatro su trabajo en la magnífica y exitosa tetralogía wagneriana de El Anillo del Nibelungo, y su más discutida propuesta para Les Troyens de Berlioz en 2009, ha contado en esta ocasión también con la intervención directa de la coreógrafa Zamira Pasceri, en una producción que fue estrenada en la Ópera de Roma en el año 2013.

La primera impresión que me causó es la de ser una Fura low cost, de trapillo. Un poco las cosas de siempre, pero con menor presupuesto. La escenografía no es que sea minimalista, es ninguna. Apenas unos mandalas que igual servirán de flores que para conformar las columnas del templo. Lo cual no tiene por qué estar mal pues se compensa con proyecciones y juegos de luces; pero ese vacío escénico pienso que afectó negativamente a las voces, haciendo que, cuando se encontraban más allá de la primera línea del escenario, sin un apoyo escenográfico que las recogiese y proyectase hacia la sala, tendían a dispersarse en la caja escénica y quedaban tapadas por la orquesta.

Por otra parte, la oscuridad, una vez más, fue protagonista. De verdad que no pido que aquello esté como un quirófano, pero tanta tiniebla, acaba por hartar; sobre todo si le pones al coro un pequeño foco en la frente, con muy buena idea conceptual (para representar la guía que precisa el pueblo oprimido), pero que en la platea, en contraste con tanta oscuridad, molesta. Y no digamos cuando al principio del tercer acto, con la música ya sonando, aparecen correteando por la platea unos fureros con linternas deslumbrando con toda su mala leche al respetable. Como ocurrencia teatral puede ser aceptable, pero estamos en una ópera, donde tiene que haber teatro pero al servicio de la música y las voces, y esos linternazos molestan a la gente y el ruido que hacen corriendo por los pasillos, más.

Es el problema de traspasar “la cuarta pared”. Ese es el espacio del público. Hay quien no lo tolera en absoluto, y, en cualquier caso, en una ópera hay que ser muy cuidadoso para que esa violación de las reglas no afecte al espectáculo musical que es lo principal. En el primer acto hubo otro de estos momentos, con la ubicación del maravilloso coro de ancianos hebreos bajo la platea alta. Aquí el efecto acústico me pareció muy conseguido, pero al mismo tiempo se ubicó en la platea, en la nuca de Abbado, al Viejo hebreo (que parecía más bien salido de Turandot) cantando, produciéndose una descompensación no deseada entre orquesta y voz.

Las proyecciones tienen mucho de déjà vu. Esos primeros planos en blanco y negro o las ramificaciones en rojo en la escena de la seducción, están más vistos que los capítulos de Verano Azul, y el resto de proyecciones aporta realmente poco a la trama, aunque es verdad que se dota de cierto atractivo visual a la propuesta.

El vestuario de Chu Uroz posiblemente sea algo menos horroroso de lo que es costumbre, a excepción de la patética conversión de Sansón en un ridículo Hulk de gomaespuma, lo que hacía complicado tomarse en serio al personaje. Todo el vestuario juega con el blanco y el negro, representando la dualidad y los conflictos internos. El único toque de color es el amarillo de las tarjetas de crédito oro que lleva Dalila colgando. ¿Por qué van los hebreos con códigos de barras y los filisteos con códigos QR?, pues vaya usted a saber. Como tampoco conseguí adivinar el sentido del cinturón de explosivos del Viejo hebreo, o de tantos otros detalles, como la rampa-tobongancito o esas absurdas maquinarias propias del universo de los forgendros de Forges.

Como siempre me ocurre con las producciones de La Fura, echo de menos un mayor trabajo de actores con los personajes principales, una dramaturgia que sustente los caracteres de los protagonistas, más allá de disfrazarles y envolverles de proyecciones.

Pienso que la propuesta no carece de ideas. Lo que le falta es claridad, explicación o facilidad para ser comprendidas por los que somos más bien ceporros. Algunas de las que pillé me resultaron interesantes, como el juego de cuerdas opresoras en los judíos y destinadas al placer en los filisteos, o la resolución de la escena final. Me pareció que funcionaba bien la danza de las filisteas y posterior escena de entrada de Dalila. Y me gustó el que posiblemente vaya a ser uno de los pasajes más criticados por algunos, la bacanal, con escenas de bondage y sacrificios incluidos.

Leyendo lo que llevo escrito y recordando que yo fui uno de los “puristas afrancesados” (Helga dixit) que abucheó a La Fura en Les Troyens, lo lógico es que penséis que fui uno de los que abucheó ayer a los responsables escénicos. Pues no. Les aplaudí. ¿Por qué?... aún lo estoy pensando; pero creo que por tres cosas fundamentales. Una fue ver a lo más rancio del patio de butacas abuchear a La Fura por raros. Yo siempre preferiré una producción fallida pero arriesgada y con ideas, que una repetición de moldes viejunos que no cuente nada. Otra, porque realmente, pese a todo, yo me lo pasé bien y nada me llegó a enfadar tanto como el día de Troyens. Y tercera y principal, porque creo que la producción hay que valorarla teniendo en cuenta el esfuerzo y la capacidad de respuesta que se ha tenido ante el accidente sufrido en los ensayos por Gregory Kunde, y el resultado de readaptación pienso que es positivo y muy meritorio, optando por mostrarle colgado en el primer acto, en alusión a la cercanía a Dios del personaje, y posteriormente en una plataforma deslizante, en la que incluso salió a saludar. En este apartado merece una mención muy especial el excepcional, y siempre en la sombra, equipo técnico de trabajadores de este teatro que ha hecho posible culminar esa reorientación de la puesta en escena.

Bueno, voy ya a lo musical que como me siga extendiendo van a hacer una ópera con esta crónica… O un auto de fe.

El director titular Roberto Abbado pisaba por primera vez el foso de la sala principal tras su nombramiento. Su estupenda labor en la Sinfonía Fantástica y Lélio que se ofrecieron en noviembre, puso de manifiesto un cada vez mayor acople con la Orquestra de la Comunitat Valenciana y un cierto control del repertorio francés. Anoche la dirección de Abbado presentó mayores problemas.

Personalmente, considero que el comienzo de esta ópera, con esa cuerda grave sobrecogedora y la subsiguiente intervención del coro, es uno de los momentos más emocionantes del repertorio operístico. Y ayer no funcionó. Pienso que el tempo impuesto por Abbado fue demasiado rápido. Yo lo hubiese preferido más reposado y detallista, dándole más realce a los extraordinarios contrabajos y violonchelos de la orquesta y más acorde al carácter grave de la plegaria, pero bueno, eso, al fin y al cabo, no es más que una opinión personal. Lo que no admite discusión es que en ese arranque de la obra hubo serios desajustes en el foso y de éste con el coro, como también ocurrió con el coro final. Y el equilibrio entre secciones, principalmente con los metales, no fue siempre el deseado.

Por el contrario, en los instantes más líricos, especialmente en las arias de Dalila, los tiempos se ralentizaron, en algún momento casi en exceso, pero se pudo paladear la belleza de la partitura con una orquesta pletórica, de la que, en general en todo el segundo acto, Abbado consiguió extraer todo el colorido y riqueza que atesora la página, con inteligente manejo de las dinámicas y unas maderas y arpa en estado de gracia. Y espectacular me resultó también la Bacanal, aunque saltasen todos los medidores de decibelios desde Les Arts a Albacete capital.

Pienso que no hay motivos de alarma, estoy convencido de que en las próximas representaciones se conseguirá un mayor ajuste, y aunque da la impresión de que Abbado todavía no consigue domar la orquesta completamente, sólo es cuestión de tiempo… espero.

El coro juega también en esta ópera un papel fundamental, es un personaje clave, tanto representando al pueblo hebreo como a los filisteos, y ha saber adaptar su canto y su interpretación a las diferentes exigencias del libreto. El Cor de la Generalitat es una garantía. Y ya no es que lo diga yo, está reconocido por cualquier persona con orejas que trabaja o disfruta con ellos (bueno, menos Rosa Solà y un Dj sordo de Guanajuato). Anoche volvió a estar al mejor nivel, pese a los desajustes que ya he comentado, sobre todo al comienzo, donde tuvo también influencia la dirección musical. El coro de ancianos hebreos fue sobrecogedor, deliciosa la salida de las doncellas filisteas, magnífico el coro interno del tercer acto y su rendimiento escénico y vocal en la Bacanal y en la escena final, insuperable.

Es un auténtico lujo que el tenor norteamericano Gregory Kunde, se haya convertido en cantante habitual de las temporadas de Les Arts. Y en esta ocasión tenemos que congratularnos especialmente de su debut como Sansón, ya que en uno de los ensayos se lesionó gravemente en una pierna, sin poder apoyar el pie, motivo suficiente para que cualquier cantante hubiese cancelado su participación en una ópera tan exigente como ésta. Pero su profesionalidad y la capacidad de reacción de la dirección escénica, nos han permitido disfrutar de un Sansón de primera categoría.

Es verdad que quizás no cubra adecuadamente la voz en todo el registro, que los agudos más exigentes necesiten más apoyo y apunten un cierto vibrato, pero este señor de 61 años le sigue dando sopas con honda a la mayoría del escalafón tenoril, sabiendo mostrar, pese las exigencias escénicas fruto de su lesión y de las ocurrencias fureras, todo el carácter heroico del personaje, con garra e ímpetu y con algunos agudos que eran cañonazos brillantes. También ofreció la faceta más lírica en el segundo acto, con pasión y más credibilidad que su acompañante en escena. Y en el tercer acto derrochó expresividad.

La mezzosoprano armenia Varduhi Abrahamyan, debutaba también este papel en nuestro teatro, donde igualmente se está convirtiendo en una habitual, habiendo interpretado recientemente los roles de Adalgisa en Norma y Fenena en Nabucco. Precisamente por haberla escuchado ya con anterioridad, hace tiempo que dije que no me parecía una voz idónea para Dalila. Y, tras la función de anoche lo sigo pensando, aunque sé que discrepo de la mayoría. Lo siento, no es cabezonería, creo que tiene el color, pero no el registro ni el carácter. Tiene una preciosa voz oscura, pero no graves de peso. Su timbre resulta enormemente atractivo en la zona central, pero yo la encuentro excesivamente lírica, y corta, tanto en el agudo como en el grave, donde en cuanto entraba en terreno más exigente cambiaba el color. Y, sobre todo, con carencias expresivas demasiado relevantes para un papel que, especialmente en el acto segundo, debe ser un derroche de magia y seducción vocal.

No se puede decir que estuviese mal, en absoluto. Reconozco el esfuerzo y el mérito de debutar el papel y hacerlo con gran corrección, y eso merece mi aplauso. En “Mon coeur s’ouvre a ta voix” sabía que tenía su gran momento y lo aprovechó, ofreciendo las mejores prestaciones de toda la velada, pero tanto ahí como en otros instantes líricos eché de menos más matices, regulaciones, expresividad en un fraseo que, siendo correcto, me resultó deslucido y frío. También mostró notorios problemas puntuales de afinación y en la escena final del primer acto con Sansón y el Viejo hebreo quedó inaudible.

El papel de Sumo Sacerdote se ha encomendado al barítono francés André Heyboer, a quien pudimos escuchar en una breve intervención en Lélio, de Berlioz, el pasado mes de noviembre en el Auditori. En aquella ocasión me pareció un barítono mediocre tirando a malo, pero la verdad es que, sin ser tampoco el hombre Gérard Souzay, ayer llevó a cabo una muy meritoria labor, destacando por dicción y adecuación al estilo.

Gran corrección hubo también en el resto de papeles menores, destacando el buen Abimélech de Alejandro López y, sobre todo, Jihoon Kim como Viejo hebreo.

La sala presentaba ayer más huecos que en anteriores estrenos. La ópera es menos conocida y, lamentablemente, a la gente parece que le cueste abrirse a escuchar cosas más allá de los Mozart, Verdi o Puccini básicos. No quiero ni pensar cuando llegue Britten… Se dejó ver, sonriente y amable como siempre, el conseller de cultura, Vicent Marzá. Fueron muy aplaudidos coro, orquesta y la pareja protagonista, mientras que la dirección escénica, como he comentado, cosechó división de opiniones, con, casi a partes iguales, aplausos y protestas, entre las que destacaban tímidos abucheos de algunas señoras de bien y mucha laca que se notaba que no estaban muy acostumbradas a armar bulla más allá del ruido de desenvolver y chupetear sus caramelitos o los comentarios al sonotone del marido.

Yo confiaba en una función redonda y no salió todo como pensaba, pero creo que la cosa irá mejorando los sucesivos días; y, en cualquier caso, recomiendo a todo el mundo que acuda a disfrutar de un gran espectáculo con una obra que tiene momentos bellísimos.

No quiero finalizar sin hacer una referencia al anuncio que se ha hecho recientemente de que Plácido Domingo celebrará su cumpleaños en Les Arts ocupando el podio de la orquesta el día anterior, 20 de enero, en sustitución de Roberto Abbado. Vaya por delante que ignoro cuáles son las motivaciones reales que han llevado a Les Arts a tomar esa decisión, pero, tal y como se ha vendido en prensa, todo apunta a que haya sido una concesión al capricho del señor Domingo. Y si es así, me parece impresentable.

Antes de que aparezca el tonto de turno a decir que viene a sacarnos la pasta, ya digo que estoy convencido de que esto no lo hace por dinero, en absoluto. Plácido Domingo es una figura que merece todo el respeto y reconocimiento por su carrera y por el apoyo que siempre ha dado y sigue ofreciendo a nuestro teatro de ópera. Hagámosle un concierto o gala de homenaje y que acuda el que lo desee, o démosle un videojuego de dirección para la Wii o hasta una tarjeta regalo de El Corte Inglés y que se compre lo que quiera; pero la decisión de que dirija el día 20 me parece una falta de respeto para el director titular, Roberto Abbado; para los músicos y cantantes que no tendrán tiempo de ensayar con él (tiene anunciados conciertos en Moscú y Dublín los días 14 y 17 de enero); y para el público que tenga su abono ese día o haya adquirido entrada para esa función. Porque, no nos engañemos, sin necesidad de llamar a Rappel, es fácil prever que la calidad del espectáculo mermará y a los músicos no les aportará nada. Domingo no es Barenboim, Muti o Thielemann, es un director muy mediocre, e igual que habrá mitómanos que irán a verle y le aplaudirán hasta cuando se seca el sudor, debería de permitirse la devolución del importe de la entrada a quienes se hayan visto sorprendidos con el regalo de cumpleaños y deseen cambiar su localidad para otra función.

Es cierto que la profesionalidad y valía de la Orquestra de la Comunitat Valenciana y del Cor de la Generalitat, posiblemente hagan menos estrepitosa la charlotá del día 20 y aunque allí esté el venerable maestro Domingo moviendo la batuta, ellos lleven el piloto automático de lo ensayado con Abbado. Pero eso no son formas.

Así que, ya puestos, yo propongo un homenaje a quien realmente lo merece, que son nuestra orquesta y coro. Programen una función sin director en el foso. Lo digo muy en serio. No saldrá la cosa peor.


lunes, 4 de noviembre de 2013

"LA VALQUIRIA" (Richard Wagner) - Palau de les Arts - 03/11/13


Anoche tuvo lugar el estreno de la segunda ópera de esta temporada en el Palau de les Arts. Todo un plato fuerte. Nada menos que “La Valquiria”, de Richard Wagner, en la premiada coproducción del teatro valenciano con el Maggio Musicale Fiorentino que ya pudimos ver aquí en 2007 y en los dos Anillos de 2009.

Inicialmente estaba previsto que esta temporada se hubiese inaugurado precisamente con una nueva reposición del ciclo de El Anillo del Nibelungo completo, pero las estrecheces económicas han motivado que hayamos tenido que conformarnos únicamente con la segunda de las óperas del ciclo. No obstante, gracias a aquella previsión inicial y a que el maestro Zubin Mehta había reservado fechas en su agenda para haber dirigido aquí la tetralogía, hemos podido disfrutar de su batuta en las dos primeras óperas de la temporada, “La Traviata” y “La Valquiria”, con sendos homenajes a Verdi y Wagner en el año en que se conmemora el bicentenario del nacimiento de estos dos compositores, y en ambos casos con unos resultados musicales magníficos.

Existía gran curiosidad entre los aficionados por comprobar si, tras los incidentes acaecidos en el estreno de “La Traviata” con la sustitución del tenor Ivan Magrì en plena representación por Nikolai Schukoff, en esta ocasión nos esperaba alguna otra sorpresa, como que apareciese cualquiera de los seis tenores anunciados hasta ahora en Traviata en casa de Hunding conquistando a Sieglinde; o que saliese alguna de las dos Violetta entonando los guerreros “Hojotoho” reservados a Brünnhilde. Pero, afortunadamente, esta vez transcurrió todo sobre el escenario sin artistas invitados.

Donde también hubo pocos invitados esta vez fue en los palcos reservados a autoridades. Si en el estreno de “La Traviata” pudimos ver a un aburrido President de la Generalitat con una corte considerable de compañeros de desgobierno y pelotas varios, esta vez la presencia de politiquillos locales fue mínima. Se ve que Wagner les da miedo. No sé si es que les recordará a la Merkel o que, como decía Woody Allen, no quieren que les entren ganas de invadir Polonia y llenar Varsovia de puentes de Calatrava.

Pero bueno, entrando ya en el análisis concreto de lo acaecido, empezaré por decir que el resultado final de conjunto me pareció espléndido y, aunque ahora pueda entrar a criticar algunos aspectos concretos, quiero dejar claro que salí enormemente satisfecho del teatro y, pese a que haya cosas mejorables, ya quisieran, por ejemplo en Bayreuth, contar con un nivel así ahora mismo.

La dirección de escena ya conocida de Carlus Padrissa y La Fura dels Baus presenta los defectos y virtudes comentados en su momento. Entre los primeros, el exceso de gente en ocasiones trajinando en el escenario, los ruidos que se producen y una dirección de actores más bien pobre, centrándolo prácticamente todo en el impacto visual de la propuesta. Pero claro, esta fuerza visual es tan grande que, sobre todo en las dos primeras óperas del ciclo que se prestan más a ello, se compensan aquellos puntos flacos.

Sin embargo, de toda la tetralogía es esta la entrega en la que el trabajo furero es más comedido, llegando en algún pasaje, como el monólogo de Wotan, al minimalismo puro, lo cual creo que es un acierto pues concentra el interés donde se debe. No deja de ser en cualquier caso una lectura muy clásica, perfectamente ajustada al libreto y en perfecta consonancia con los sonidos surgidos del foso.

Siguen pareciéndome muy interesantes algunos detalles, como la evolución del personaje de Sieglinde, a quien Siegmund no sólo enamora, sino que además la humaniza, ayudando a que camine erguida; o el impactante comienzo del tercer acto; así como el simbolismo de Wotan-sol y Fricka-luna.
Anoche, en el momento en el que Siegmund extrae la espada del fresno o se despistó el director de escena en sus instrucciones o el propio Nikolai Schukoff, pero el caso es que sacó la espada a la carrera, sin el mínimo esfuerzo, como si la cogiese de un mostrador de El Corte Inglés.

Como ya ocurriese en su día, lo que menos me gusta de esta producción es el vestuario de Chu Oroz. Me sigue pareciendo horroroso.

Pero lo más grande de la noche, a mi juicio, tuvo lugar en el foso. La Orquesta de la Comunitat Valenciana, dirigida por el maestro Zubin Mehta, se convirtió en protagonista absoluta de la velada, con unos sonidos maravillosos que hicieron justicia a la genial partitura de Richard Wagner.

La versión ofrecida por Mehta es mucho más lírica que dramática y comenzó con un primer acto en el que ralentizó los tempi y se recreó quizás demasiado en esa vertiente lírica, dejando un poco abandonada la garra y fuerza que también deben estar presentes, llegando al límite mismo de dejar que el motor se calase y decayese la tensión. En los siguientes dos actos, sin embargo, disfrutamos de una lectura más fluida e intensa, con un dominio magistral de la técnica de batuta al servicio del drama escénico, en la que la precisión, la transparencia y la claridad se impusieron definitivamente.

Cuidó muchísimo a los cantantes. En ocasiones en exceso, pero es que las limitaciones de algunos, especialmente de Wotan, obligaban a bajar considerablemente el volumen de la orquesta si se pretendía que se le escuchara en algunos momentos, y aun así varias veces quedaron tapados.

En cualquier caso, el maestro Mehta extrajo de la orquesta todo su potencial, que es mucho, logrando unos sonidos de enorme belleza y haciéndose visibles muchos detalles de orquestación que normalmente pasan inadvertidos. Yo no recordaba una versión de La Valquiria donde las maderas tuviesen tal protagonismo. Los fagots estuvieron inspiradísimos toda la noche y las intervenciones solistas de Joan Enric Lluna al clarinete y Cristopher Bouwman en el oboe, fueron de ensueño. Toda la sección de cuerda fue seda pura, debiéndose destacar el papel de la cuerda grave desde el primer compás de la obra hasta el final, con unos contrabajos de lujo y una belleza en los cellos, comandados por Guiorgui Anichenko, difícil de olvidar. También la percusión estuvo sobresaliente. En los metales, trombones y trompetas en concreto, se apreciaron algunos pequeños problemas que no merecen ni reseñarse ante las exigencias de la partitura.

Muy bonito el detalle final del maestro, que espero que no suene a despedida, de subir con toda la orquesta al escenario. Fueron los grandes protagonistas de la velada y merecían este reconocimiento.

En cuanto a los cantantes, del Wotan de Thomas Johannes Mayer me habían hablado regular y, desgraciadamente, mi impresión tras escucharle no es mucho mejor. Pese a lo cual, he de reconocer que en el largo monólogo de Wotan del acto II, que es la prueba del algodón para cualquier cantante que pretenda asumir el rol, la variedad del fraseo y los acentos de Mayer fueron notables. Como también fue muy destacable su matización y las frases ligadas en “Der Augen leuchtendes Paar". Pero su voz me parece insuficiente para el personaje, careciendo del peso y autoridad requeridos en la zona grave y central, y sobre todo de volumen, forzando la emisión y llegando extenuado a los adioses.

En el primer “Leb wohl” Mayer entró a destiempo y luego tuvo que ir a la carrera para no perder a la orquesta, y en la invocación a Loge la voz estaba ya a punto de quebrarse. No me gustó nada su intervención en la muerte de Hunding, donde, lo que debe ser apenas un golpe de aliento y desprecio con el que el dios fulmina a aquél, se convirtió en un chillido que intuyo que hizo fenecer a Hunding del susto más que nada. Pese a todo, la actuación del barítono alemán fue digna y llena de entrega, y comparado con el Wotan que cantó en Bayreuth este verano, este hombre es Hans Hotter.

Jennifer Wilson nos asombró a muchos con su Brühnnilde en sus primeras visitas a Les Arts, con un instrumento privilegiado y unos agudos potentes, luminosos y precisos. El tiempo ha pasado y el brillo deslumbrante en la zona alta ya no es el mismo, mostrando algunos puntuales apuros con algún chillido un tanto feo. Sin embargo, a cambio, ha ensanchado más la voz y ha ganado  en autoridad y expresividad. A mí me sigue gustando mucho esta Brühnnilde.

Nikolai Schukoff, ya regresado de París después de haber conquistado a Violetta  desde el atril en el estreno de La Traviata, compuso un buen Siegmund, mostrando una voz grande y firme, con mordiente, que superaba casi siempre cómodamente la ingente orquesta wagneriana y con algunos momentos en que se preocupó de regular y matizar. Pero nos encontramos con un problema habitual en el repertorio wagneriano actual, el cantante austriaco no es un tenor heroico o heldentenor, sino un tenor lírico valiente y su voz no es homogénea. En la parte superior del registro no acaba de alcanzar el brillo que requiere un Siegmund, y en zonas centrales y graves parece querer dotarla artificialmente de una anchura que no tiene. Algo con lo que debería tener cuidado pues posiblemente esté forzando en exceso el instrumento y eso se acaba pagando.

La norteamericana Heidi Melton, a quien no había escuchado anteriormente, tiene una voz fresca y luminosa, de bello timbre, con un registro agudo solvente, y compuso una Sieglinde casi irreprochable, aunque no consiguió electrizar al público en sus intervenciones, faltándole algo más de garra y pasión en el fraseo. O quizás fuese que teníamos todavía muy reciente el huracán arrebatado que fue Eva María Westbroek en 2009. No obstante, me gustó bastante más en su intervención del tercer acto, donde la encontré mucho más expresiva.

Aunque también parecía difícil poder olvidar el impresionante, malvado y profundo Hunding que ofreciese en su día el gran Matti Salminen, Stephen Milling logró sacar adelante el reto con enorme suficiencia. Su voz de auténtico bajo se mostró imponente y amedrentadora, su fraseo muy cuidado, y su actuación escénica fue magnífica, salvo en el momento de la muerte, donde parecía más preocupado en colocarse bien y no partirse la crisma que en expirar.

La interpretación que más agradablemente me sorprendió fue, curiosamente, la del antipático personaje de Fricka, a cargo de la austriaca Elisabeth Kulman que culminó una actuación excelente, con una bella voz aterciopelada y potente, y sabiendo imprimir al personaje la autoridad que requiere, derrochando expresividad con un fraseo de acentos intensos.

En las Valquirias Bernadette Flaitz, Julia Borchert, Pilar Vázquez, Nadine Weissmann, Eugenia Bethencourt, Julia Rutigliano, Patrizia Scivoletto y Gemma Coma-Alabert hubo un poco de todo, pero en términos generales estuvieron muy correctas.

Frente al lleno prácticamente completo que caracterizó el estreno de “La Traviata”, ayer había demasiados huecos. La platea superaba por poco los tres cuartos de aforo, pero los pisos superiores estaban con muchísimos asientos vacíos. Hubo también algunas deserciones en los intermedios, pero los que se quedaron ovacionaron como se merecía a todos los intervinientes en el espectáculo, especialmente a Mehta y a la orquesta. Por parte de la dirección de escena no salió ningún miembro de La Fura dels Baus, sino Allex Aguilera, perteneciente a la plantilla de Les Arts y encargado de la dirección de esta reposición, recibiendo también los aplausos del público.

Hay todavía muchas localidades disponibles para las siguientes tres funciones de “La Valquiria”. Parece que la mención de la palabra Wagner y la larga duración de sus óperas sigue asustando a una gran parte de los aficionados, y es una lástima, porque el espectáculo vale la pena y es una excelente manera, tanto para acercarse a la producción del genial compositor alemán, como, sobre todo, para disfrutar de nuestra orquesta, que en pocas obras podrá sonar mejor que en esta y que no sabemos lo que nos va a durar tal y como están las cosas.

Aunque si cualquier ser racional con orejas, de quien pudiese depender poner los medios necesarios para el mantenimiento de la Orquesta de la Comunitat Valenciana, estaba presente, no debería ser preciso plantear ningún otro argumento para convencerle. El problema es que encontrar seres racionales entre quienes nos gobiernan es casi más complicado que hallar un cover para Alfredo en Les Arts.

lunes, 20 de junio de 2011

SENSACIONAL "TRILOGIA ROMANA" DE PRÊTRE EN LES ARTS


Mientras en los exteriores del Palau de Les Arts, el pasado viernes 17 de junio, el agropijismo y futbolerismo más variopinto inauguraba la temporada del teatro valenciano como salón de bodas, en el mal llamado Auditorio del mismo recinto el legendario director francés Georges Prêtre dirigía a la Orquestra de la Comunitat Valenciana en una magistral interpretación de los tres poemas sinfónicos (“Fuentes de Roma”, “Fiestas Romanas” y “Pinos de Roma”) que conforman la llamada Trilogía Romana del compositor italiano Ottorino Respighi (1879-1936), en lo que se anunciaba como “concierto-espectáculo” con dirección de escena de Carlus Padrissa (La Fura dels Baus) y dirección de video de Emmanuel Carlier, sobre una idea de Valentin Proczynski.

Yo no pude acudir al estreno, fui a la representación del sábado y repetí el domingo, y lo primero que tengo que decir es que el tal Valentín hubiera tenido una mejor idea si hubiese decidido hacerse eremita o alistarse en la legión extranjera sin contar a nadie sus visiones, porque la propuesta de Padrissa y Carlier me pareció una mamarrachada como la copa de un pino (de Roma).

Toda la aportación furera al “concierto-espectáculo” consistía en una proyección de video y algunos juegos de luces, pese a que en algún medio de prensa se llegó a anunciar, literalmente, que el escenario del Auditorio se llenaría “de música, color y acrobacias”. Bueno, pues allí las únicas acrobacias que se vieron fueron las de los espectadores de cierta edad o con problemas de movilidad intentando llegar a su localidad sin caer rodando por los interminables escalones inadaptados del carísimo recinto concebido por el tercer hermano Calatrava, el arquitecto humorista, tras alguna indigestión de horchata con fartons.

Un recinto que presentó demasiados huecos vacíos en sus asientos ante una cita que se presumía muy interesante para el aficionado a la música, independientemente de las majaderías videográficas. Y eso que hubo un masivo regalo de entradas, lo que volvió a originar la kafkiana situación de que algunos aficionados se quedasen en la calle sin poder adquirir una entrada de última hora a mitad de precio en la zona de platea por estar presuntamente vendidas, aunque en el interior se observasen muchos huecos en esa misma zona y muchísimos más en la parte de anfiteatro.

Se colocaron para la ocasión dos pantallas para proyectar en ellas las imágenes ideadas por Padrissa y Carlier al ritmo de la música de Respighi, una en el lugar destinado habitualmente al Coro, tras la orquesta, y otra delante de ésta, en la boca del escenario a modo de telón transparente. Pero un telón que sólo en muy contadas ocasiones durante toda la representación se alzó, con lo que la visión del director y de los músicos quedaba molestamente tapada por las imágenes proyectadas en esa primera pantalla.

¿Y total qué? Pues para obsequiarnos con las repetidísimas obsesiones fureras del fuego, las gotas y chorros de agua a cámara ultra-lenta, prietos cuerpos desnudicos y cuatro genialidades más por el estilo. El colmo de la imaginación lo tuvimos en “Pini presso una catacomba” donde la proyección era de volutas de humo, y en “I pini del Gianicolo” que, como se ve que no se les ocurría nada, lo proyectado fue… nada, pero la pantalla, allí delante. Para culminar a lo grande, la representación se cerró en “I pini della Via Appia” con unos árboles, mezcla entre dibujito de Walt Disney y los Ents de “El Señor de los Anillos” marchando sobre la Via Appia, en una ridiculez impropia de la grandeza musical que se estaba viviendo.

He de reconocer que cuando comenzó “Feste Romane”, con las imágenes del fuego ocupando todo el escenario del Auditorio, me emocioné; pero no por su belleza o acierto, sino por ver, durante unos segundos, ardiendo por los cuatro costados ese infame recinto que, una vez más, volvió a demostrarse que no sirve para la función que se le quiere dar, con una acústica que en algunas zonas sigue siendo peor que pésima aunque en la parte central haya mejorado.

Tan sólo salvaría de la videoproyección momentos aislados, fundamentalmente de “Fontane di Roma”, con los cuerpos humanos que acababan fundiéndose con las figuras de las fuentes, o las imágenes de fragmentos de películas en blanco y negro sobre callejuelas romanas en color en “La Befana”, y, sobre todo, esas dos o tres ocasiones en que lo proyectado era la imagen de Georges Prêtre dirigiendo, que eso sí que era un espectáculo en sí mismo. Igualmente, me pareció acertado que se destacase con la iluminación la actuación de algunos solistas de la orquesta, pero todo esto no compensaba la insulsez, gratuidad, incoherencia y fealdad pretenciosa de esta propuesta de Padrissa y Carlier, que si le ha costado a Helga más que un bocadillo de mortadela de Popeye, ya me parece cara.

Yo procuré aislarme lo más posible de las imágenes e intenté concentrarme en lo puramente musical, porque ahí es donde estuvo lo realmente importante de la noche. Los tres poemas sinfónicos de Respighi no son precisamente obras que me enloquezcan, las encuentro demasiado irregulares y, aunque me gustan sus rasgos más impresionistas y presentan algunos momentos de gran belleza, no me parecen obras redondas. Pero la maestría de Georges Prêtre y la calidad de los músicos de la orquesta titular de Les Arts hicieron brillar la música de Ottorino Respighi como yo nunca antes la había escuchado en directo.

A sus casi 87 años, Prêtre dio toda una lección de técnica de batuta y sabiduría musical. Llevó a cabo una dirección fresca, lúcida y lucida, enormemente precisa, marcando los tiempos y las entradas con una exactitud asombrosa, sin derrochar ni un solo gesto inútil (vamos, lo contrario de Wellber o Traub), llegando incluso a bajar los brazos y seguir la orquesta con la mirada y pequeños movimientos de cabeza, esperando tan sólo el momento en que el gesto fuese necesario.

Supo crear en cada momento la atmósfera requerida, logró unas magistrales transiciones entre los sucesivos movimientos, extrajo todos los colores y matices escondidos en lo más recóndito de la partitura y alguno más, y dotó al conjunto orquestal de una claridad expositiva y riqueza expresiva modélicas. No voy a alargarme en una inútil sucesión de adjetivos e hipérboles sobre su trabajo, pero sí quisiera resaltar los maravillosos pianísimos sostenidos de la cuerda, donde se lograron unos sonidos mágicos estremecedores. Pura emoción.

Todas estas virtudes de Prêtre se vieron acompañadas por la espléndida actuación de todos y cada uno de los miembros de la Orquestra de la Comunitat Valenciana. Desde la nunca suficientemente alabada sección de cuerda, a los sensuales clarinetes, con Joan Enric Lluna a la cabeza, el concertino, las flautas, oboes, fagot, percusión, arpas, piano, o esos soberbios metales inspiradísimos que tuvieron oportunidad de lucirse puestos en pie en el espectacular final de “I pini della Via Appia”. Bravo a todos ellos.

Una larguísima y calurosísima ovación al director francés y a todos los músicos fue el premio a la excelencia de lo vivido por parte de un público cuyo comportamiento durante el concierto sin embargo no fue precisamente ejemplar. Las toses, caramelos, carraspeos y sonoros "Riiiiisc Raaaasc" de los abanicos, formaron parte de la percusión repetidamente. Aunque la palma se la llevó el bebé que el domingo se pasó parloteando a voz en grito el último tercio de “Pini di Roma”, con absoluta inacción de sus acompañantes y de la Fiscalía de Menores. Los comentarios que podían escucharse a la salida tampoco tuvieron desperdicio, desde “si dura diez minutos más, me torro” a “para ser gratis no ha estado mal” o “¿el Peter (sic) este, es el compositor o es el Otorrino?”.

Entre ese público del sábado estaba la flamante nueva concejala de Cultura del Ayuntamiento de Valencia, Mayrén Beneyto (que Dios nos pillé confesados), también Presidenta del Palau de la Música, quien, supongo que para dar ejemplo a los del 15-M, se desplazó a Les Arts en coche oficial.


video de PalaudelesartsRS