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viernes, 26 de febrero de 2016

"AIDA" (Giuseppe Verdi) - Palau de les Arts - 25/02/16

Ayer tuvo lugar en el Palau de les Arts el estreno de la ópera Aida, de Giuseppe Verdi, tras un parón de más de un mes, desde el 23 de enero, lo cual, como ya comenté en mi anterior post, me parece impresentable, sobre todo si el motivo fuese que el Intendente Livermore ha estado en Italia preparando su producción de El barbero de Sevilla para la Ópera de Roma, lo cual significaría que la actividad del Intendente como regista en el exterior podría estar condicionando el calendario del teatro de ópera valenciano.

No sé si se habrá debido al parón livermoriano y las ganas que había de ópera o a la popularidad de Aida, pero el caso es que, si nos atenemos al resultado de taquilla, este parece ser el espectáculo que más expectación ha generado esta temporada, estando todas las entradas agotadas desde hace meses. Yo pensaba que Aida se vendería bien, pero, sinceramente, ni por asomo contaba con semejante éxito de venta, sobre todo teniendo en cuenta que es una producción que ya se ha visto aquí y que tampoco cuenta en su reparto con figuras de especial renombre. Por aquí han pasado óperas que suelen arrastrar más público, como Bohème, Traviata, Tosca, Turandot…, que también han tenido una excelente respuesta de taquilla, pero no han llegado a agotar las localidades con tanta antelación.

La lástima es que esa excelente respuesta del público ante Aida no ha venido acompañada, a mi juicio, de un éxito artístico proporcional. Y el caso es que, en conjunto, yo me lo pasé bien, pero creo que la ocasión merecía un nivel superior, especialmente en el apartado vocal.

Esta coproducción del Palau de les Arts con la Royal Opera House Covent Garden de Londres y la Den Norske Opera & Ballet de Oslo, se pudo ver ya aquí en 2010. La dirección escénica, concebida por el escocés Sir David McVicar, ha sido encomendada en esta reposición a Allex Aguilera. Cuando se presentó la temporada, el Intendente Livermore dijo que esta vez íbamos a ver la versión íntegra, ya que en  la versión ofrecida en Valencia en 2010 se habían suprimido algunas cosas respecto al estreno londinense, añadiendo Livermore que ahora podríamos captar toda la profundidad de la puesta en escena de McVicar. Después de lo visto anoche, os juro por Torrebruno que yo no me percaté de más diferencia que la aparición de unos cadáveres momificados colgando del techo en la escena del desfile triunfal. Lo que no quiere decir que no hubiese más, pero a mí no me llamó la atención nada más. Bien es verdad que ni en 2010 ni anoche la propuesta me dejó un especial poso.

Pienso, igual que dije entonces, que estamos ante una puesta en escena más bien fea, muy oscura (para variar) y que, pese a la mutación espacio temporal que realiza, tampoco creo que aporte nada nuevo ni especialmente transgresor; pero reconozco que puntualmente tiene fuerza visual y dramática y, sobre todo, no me resultó molesta. Posiblemente si hubieran empezado a desfilar egipcios con camello me hubiera hastiado más.

Se ha insistido mucho en que se ha querido huir del aspecto más tópico y zefirelliano de las Aida con pirámides y elefantes, para trasladarnos a un espacio y tiempo indeterminados donde se entremezclan elementos de distintas civilizaciones guerreras y donde el componente religioso, la violencia y los sacrificios rituales han jugado un importante papel. Así encontramos guerreros samurái, druidas, mayas, incas o bereberes. Pero, más allá de esa sustitución del Egipto faraónico por lo que en muchos momentos parece un carnaval de barrio, tampoco se aporta mucho más. No deja de primarse el espectáculo puramente visual (sobre todo en los dos primeros actos), mientras que en los momentos más intimistas no aprecié ninguna lectura especialmente original ni profundización en las emociones o rasgos psicológicos de los personajes.

En esta ocasión, respecto a 2010, me ha dado la impresión de que la dirección de actores y movimientos escénicos, sin que tampoco sean la bomba, han estado algo más trabajados. En el vestuario hay de todo, más para bien que para mal, en mi opinión, aunque sigo sin entender el look espantoso de la pobre Amneris. Y la escenografía es bastante simple, con el escenario dominado por un gran andamiaje central giratorio, muy feo, que siempre nos da la impresión de estar viendo a un grupo de chalados disfrazados en un almacén abandonado de un polígono industrial.

Insisto en que, pese a todo, la propuesta escénica no me pareció ni mucho menos lo peor de la noche e incluso creo que la música y el texto fluyeron con cierta comodidad entre las ocurrencias de Sir David McVicar.

El valenciano Ramón Tebar causó muy buena impresión en la función de Nabucco que dirigió la temporada pasada poco después de haber sido designado principal director invitado de Les Arts. Anoche fue el gran triunfador de la velada, si al aplausómetro nos remitimos. Y yo creo que hizo una meritoria labor, aunque también hubo cosas que me gustaron menos.

Pese a algún pequeño desajuste en el preludio, ya apuntó en estas notas iniciales algunos trazos de extrema sensibilidad que se repetirían en otros muchos momentos. Remarcó los contrastes de la partitura con habilidad, extrayendo de la orquesta todo su potencial para brillar en los numerosos pianísimos que pueblan esta genial página verdiana, deleitándose en estos momentos más líricos con un importante alargamiento de los tempi, y conduciendo con nervio y pulso firme en los pasajes más heroicos.

Dirigió con gesto claro y preciso, manejó las dinámicas con acierto y concertó con inteligencia los difíciles pasajes del segundo acto. ¿Cuál fue el problema entonces?, pues que, en mi modesta opinión, al conjunto le faltó emoción, alma. Me dio la impresión de que la orquesta presentó menor homogeneidad y mayores desequilibrios que en otras ocasiones, careció de continuidad en la exposición, y la ralentización de los tiempos más de una vez llevó aparejada una caída de la tensión dramática. Maazel era el rey de la cámara lenta, su Aida seguro que duró un cuarto de hora más, pero era un genio para llevar la situación al límite sin que la construcción dramático musical se desplomase.

En la Orquestra de la Comunitat Valenciana hay que empezar por destacar a los metales. La colocación de las trompetas en el quinto piso durante la marcha triunfal consiguió un efecto impactante que se resolvió satisfactoriamente en cuanto a la difícil concertación del conjunto y con excelso virtuosismo en la ejecución. La cuerda grave, contrabajos, chelos y violas, tuvieron también una noche inspiradísima, al igual que Tamás Massànyi al clarinete y Pierre Antoine Escoffier al oboe. Conmovedora resultó también la última intervención del concertino en unas notas finales sublimes.

El Cor de la Generalitat volvió a resultar deslumbrante, más allá de alguna puntual entrada en falso, y merece más que nunca todos mis elogios, porque creo que debe valorarse especialmente que cumpliese su cometido con la excelencia a la que nos tiene acostumbrados pese a tener que hacer frente a la contundencia orquestal de los momentos triunfales, o en los internos, con un número de componentes muy inferior al que sería deseable. Si seguimos sin dotar al coro de los refuerzos que precisa en determinadas óperas, acabarán por echar a perder uno de los principales valores de este teatro. Luego encima habrá quien vuelva a decirnos que este coro sólo sabe cantar en forte. Ayer demostró que no es cierto, pero es que además si les dejamos en cuadro y les exigimos apianar, también habrá quien diga que ya no suena tan contundente como antaño.

En el apartado solista es donde más carencias encontré. En 2010, la protagonista femenina que nos chupamos en las funciones dirigidas por Lorin Maazel fue una de las peores cantantes que han pasado por Valencia, Indra Thomas; así que mejorar el recuerdo no era complicado. La encargada de asumir el papel de Aida en el estreno anoche, tras caer del cartel Oksana Dyka “por indisponibilidad” (sic) no explicada, ha sido la uruguaya Maria José Siri, quien, por supuesto, mejoró las prestaciones de Thomas, pero me dejó seriamente preocupado.

Hace apenas un año que tuvimos ocasión de escucharla en Les Arts como Manon Lescaut, así que no ha transcurrido tanto tiempo como para que su voz haya experimentado un cambio radical. Sin embargo, su registro agudo anoche se mostró destemplado, cercano al chillido y, lo peor de todo, presentando un vibrato casi tambaleante propio de voces seniles. Ignoro si será un problema puntual o es el alarmante resultado de venir asumiendo roles de mayor peso de lo que su voz, de lírica pura, aconseja. En su haber se han de anotar sus buenas intenciones toda la noche, regulando, matizando, intentando apianar, con más fortuna unas veces que otras, y ofreciendo en O patria mia sus mejores momentos.

El tenor Rafael Dávila, a quien también vimos en Manon Lescaut como Des Grieux, tampoco es un tenor spinto, es un tenor lírico discreto, con una franja alta en la que muestra poderío en los agudos, algunos de ellos luminosos, pero sus graves y centro carecen totalmente de brillo y sonoridad. Su fraseo es insulso, desganado y tosco, y menos verdiano que el cuac cuac de un pato de los Urales. Se escapó de la orquesta dos o tres veces. Su dicción posiblemente fuese la mejor del trío protagonista, pero tiene el problema que rajoyea, o sea arrastra un poquito las eshes. Su versión peculiar de Celeste Aida hizo irreconocible por momentos el aria, intentó apianar pero casi mejor que no lo hiciese; en su dúo con Amneris pareció que estuviera ausente y en el dúo final llegó incluso a desafinar. Y como actor, el pobrecico mío, es muy malo.

Marina Prudenskaya tampoco me convenció como Amneris. Se mostró muchísimo más solvente en el registro agudo que en los graves, donde la voz perdía color y devenía mate, inaudible y ojetera. Su dicción resultaba ininteligible y transmitió una frialdad absolutamente impropia del personaje. Su mejor momento fue la escena del juicio, único instante de la noche en que consiguió encender una chispa de emoción.

Gabriele Viviani fue un Amonasro vociferante y brutote, con falta de contundencia en la zona grave, pero, sin ser tampoco el baluarte de las esencias verdianas, defendió el personaje con dignidad y, tanto en Quest’assisa como en Non sei mia figlia echó el resto y mostró el tono requerido.

Voces más bien feas, pero cumplidoras en general, presentaron Alejandro López, como el Rey, y Riccardo Zanellato como Ramfis, quien tuvo su mejor momento en la escena interna del juicio. Bien Federica Alfano en su breve intervención, también interna, como Sacerdotisa; y destacado el Mensajero de Fabián Lara.

Uno de los grandes protagonistas de la noche fue el Ballet de la Generalitat, cuyos componentes merecen un enorme aplauso, pues, más allá de la polémica entre rijosos y pacatos acerca de que mostrasen las tetas, tuvieron un excelente rendimiento, muy meritorio por la enorme exigencia escénica que se les ha requerido.

Ojalá todas las noches el recinto operístico de nuestra ciudad pudiese verse como ayer. Lleno completo, con bastante gente joven. Y nutridos aplausos al final para todos los participantes que fueron especialmente efusivos para Ramón Tebar y la orquesta. También hubo presencia institucional, con el Alcalde Joan Ribó y el Secretario Autonómico de Cultura, Albert Girona, entre otras personalidades… Estaba hasta el Intendente Livermore que se ve que ya ha acabado su barbero romano. Ah, y una vez más volvió a honrarnos con su presencia el internacionalmente conocido coro de carrasperos y tísicos terminales del Bajo Aragón, que toda la noche acompañó a destiempo y con saña los momentos más intimistas de la partitura, exhibiéndose especialmente en el primer tercio del acto tercero, donde marcaron un precioso contrapunto gargajoso que sepultó entre flemas todo el lirismo de Verdi sin piedad.

Ya dije al comienzo que, pese a que pueda poner de manifiesto cosas que no me gustaron tanto, yo pasé una noche muy agradable. Aunque si me preguntaseis qué es lo que más me gustó de Aida, os diré que el Encuentro que tuvo lugar dos días antes en el Aula Magistral con Allex Aguilera y Ramón Tebar, hablando de esta producción, y donde el director musical, mostrando también sus dotes como pianista, ilustró algunas ideas interesantísimas sobre esta obra. La pena fue que sólo lo disfrutásemos unas 30 personas. Pero claro, Les Arts lo anunció a sus abonados y en el programa de Aida, apenas unas horas antes de su comienzo.

Esperemos que un día de estos Livermore se centre en Les Arts y se empiecen a enderezar muchas cosas.


miércoles, 10 de diciembre de 2014

"MANON LESCAUT" (Giacomo Puccini) - Palau de les Arts - 09/12/14

Yo tenía una vez un blog…

Mucho, demasiado tiempo he mantenido este espacio sin actividad, y lo primero que quisiera hacer es dar las gracias a todos los que me habéis transmitido vuestro cariño y el deseo (incomprensible) de volver a leer las sandeces que escribo.

Os recuerdo que esto no es una página de crítica oficial, ni nadie me paga o contrata para escribir crónicas operísticas. Esto es un simple blog de un aficionado que tiene la osadía de decir en voz alta lo que piensa, y debe ser tomado únicamente como eso, como la opinión personal de un aficionado más.

Y también quiero aclarar que mi silencio no se ha debido a nada especial, simplemente ha sido consecuencia del cansancio y la falta de tiempo. Mi trabajo habitual me exige últimamente más dedicación y esfuerzo, y también las actividades de la Asociación Amics de l’Òpera i de les Arts de la Comunitat Valenciana me ocupan gran parte del poco tiempo libre. Incluso había llegado a plantearme cerrar definitivamente el blog, pero… la temporada oficial de ópera ha vuelto a Valencia y no he podido resistirme a regresar yo también, al menos de momento... Aunque no para hablar de mí.

Este comienzo de temporada ha vuelto a traernos algunas situaciones parecidas a las que se vivieron al final de la anterior. La, al parecer, nunca suficientemente ambiciosa consellera Catalá, ha vuelto a caldear el ambiente filtrando interesadas y sesgadas informaciones sobre gastos de la Intendente de Les Arts desde los tiempos en que hizo la Comunión. No voy a opinar ni a recrearme en el tema. Helga Schmidt ya ha contestado con su claridad (de ideas, no verbal) habitual y a sus palabras me remito. Simplemente diré que lo que de verdad me parece indecente es que la presunta responsable de la cultura en esta depauperada Comunidad siga utilizando un activo cultural de primera magnitud, como es el Palau de les Arts, para torticeros intereses políticos.

Ya sé que también hay quien dice que últimamente me he vendido a Helga y ya no la critico. Pues bien, vuelvo a aclarar que en las opiniones que emito en este blog sólo me vendo a mi personalísima, y por supuesto cuestionable, conciencia; aunque, desde luego, en esta guerra, no declarada ni reconocida, entre Catalá y Schmidt, tengo clarísimo a quién apoyo, porque lo que de verdad defiendo es el proyecto que representa el Palau de les Arts como garantía de una ópera de calidad en la ciudad en la que vivo. Y eso, hoy por hoy, es Helga quien mejor lo puede garantizar. De todas formas, lo que considere que debo criticar de ella lo seguiré haciendo, y ahora mismo, por ejemplo, voy a pasar a darle un capón o dos.

Se inauguró ayer, demasiado tarde, la temporada operística en Valencia y se ha decido dedicar estas funciones de Manon Lescaut a Lorin Maazel, fallecido el pasado 13 de julio. Que se haya iniciado la temporada tan tarde sé que no es directamente culpa de Helga, pero ¿de verdad, después de esperar todo este tiempo, era preciso abrir la temporada un martes tras tres días de fiesta? Creo que hubiera sido mucho mejor hacerlo un fin de semana, o un festivo o víspera de festivo y publicitando debidamente el evento.

De todas formas, lo que me ha parecido directamente impresentable es que el único homenaje que desde Les Arts se haya hecho a Lorin Maazel, principal responsable de que hoy disfrutemos en Valencia de la mejor orquesta de España, haya tenido lugar casi cinco meses después de su muerte, y limitándose a eso, a escribir en el programa que se le dedican las funciones de Manon Lescaut. Lo cual, además, habrá sonado casi a chiste, porque, vamos, que esta orquesta, que logró aquellos sonidos celestiales con él, le recuerde con la dirección de Plácido Domingo, de la que luego hablaré, tampoco parece lo más adecuado. Sé que no hay presupuesto para casi nada, pero la capacidad de reflejos de los dirigentes de este teatro sigue dejando muchísimo que desear y, una vez más, pienso que no se ha estado a la altura. Creo que no costaba tanto haber hecho un concierto especial o, al menos, un acto más relevante de recuerdo y homenaje al maestro Maazel nada más conocerse la noticia de su fallecimiento.

Sí ha habido más reflejos, sin embargo, para anunciar por megafonía al comienzo del espectáculo que la función se dedicaba a la memoria de María José Anderica, una joven trabajadora del departamento de vestuario que falleció de forma inesperada y repentina el pasado fin de semana; si bien parece que esta dedicatoria no ha surgido de la dirección del teatro sino de la iniciativa de los propios trabajadores y compañeros de la fallecida.

Pero bueno, voy a ver si me centro en la crónica del espectáculo.

Pese a que este año, por fin, el precio de las localidades de los estrenos es el mismo que el del resto de funciones, se vieron otra vez demasiados huecos en el teatro. Los pisos 3 y 4 estaban casi vacíos y había butacas desocupadas en todas las zonas. E insisto en que un martes post puente festivo, no es la fecha más indicada para abrir una temporada operística si se quiere dar cierta relevancia al acontecimiento.

En el palco, sin ningún rubor, estaba la consellera de cultura María José Catalá, acompañada del ex director de CulturArts, Manuel Tomás, el imputado vicealcalde de Valencia, Alfonso Grau, el presidente de les Corts, Alejandro Font de Mora, y otros personajetes y carguillos de medio pelo.

Esta Manon Lescaut se tenía que haber representado hace ahora prácticamente un año, pero, como ya es suficientemente conocido, la caída de un trozo del trencadís de la cubierta del edificio y la injustificable decisión, de algún político que no quería perder su viaje navideño al Caribe, de cerrar el teatro unos meses, motivaron la suspensión de su representación, y finalmente se optó porque fuese la ópera que abriese la temporada 2014/2015 en el día de ayer, curiosamente con el edificio vestido ya con un impresionante andamiaje para proceder a las obras de reposición de la cubierta.

La producción presentada, del Teatro Regio de Parma, cuenta con la dirección escénica del británico Stephen Medcalf, de quien ya pudimos ver su versión de La flauta mágica en abril de 2013, y con la escenografía y vestuario de Jamie Vartan e iluminación de Simon Corder. La propuesta se caracteriza por una ambientación muy clásica, totalmente ajustada al libreto, con vestuario de época y abundancia de pelucas y encajes. La escenografía es escasa pero, en general, de gran eficacia visual.

Me pareció bastante conseguido el efecto tanto de la llegada de la diligencia en el primer acto, como del barco del tercero. Mas fallido encontré el cuarto acto, con un interesante trabajo de iluminación y un sorprendente efecto en la muerte de Manon, pero no me gustó ese desierto limitado a dos montoncillos de arena (que más bien parecían el rastro excremental de unos caballos), ni la discutible decisión de que veamos a Des Grieux pululando mientras Manon canta “sola, perduta, abbandonata”.

Tampoco acabo de entender la extendida manía, aquí también presente, de hacer que la acción se tenga que desarrollar sobre plataformas inclinadas, con el riesgo que conlleva de caídas para los intérpretes, sin que tampoco aporte absolutamente nada.

Los tres primeros actos comienzan con Des Grieux accediendo al escenario desde la platea, contemplando lo que ocurre, no sé si pretendiendo simbolizar un flash back del protagonista, pero al menos eso fue lo que yo interpreté.

Entre lo más positivo destacaría que la propuesta desvela un buen trabajo de dirección de actores, con un primer acto bastante bien resuelto, gracias también a un excelente rendimiento del coro. Y, aunque ya está bastante visto en otras producciones, los momentos de encuentro amoroso entre Des Grieux y Manon en el primer acto son subrayados con la congelación del resto de la acción escénica, lográndose un efecto visual impactante. También me gustó el comienzo del acto tercero, el más conseguido en mi opinión, con esos espejos aparecidos en el acto segundo y aquí convertidos en las celdas de las presas.

En resumen, pienso que se trata de una puesta en escena visualmente interesante, con buen trabajo de dirección y que, aunque no aporta nada especialmente relevante, sirve perfectamente al propósito de ambientar la acción de un libreto que de origen ya resulta bastante caótico.

En el foso, como ya he dicho antes, se encontraba Plácido Domingo al frente de la Orquestra de la Comunitat Valenciana. Hablar de Domingo es uno de esos temas que suele levantar ampollas tanto si se alaba su trabajo como si se critica, así que una vez más me voy a limitar a dar mi particular e indocumentada opinión, reconociendo que yo mismo tengo sensaciones muy encontradas. Por una parte me alegra que se involucre de esta forma con nuestro teatro, y su presencia, tanto en el escenario como en el foso, es garantía de que pueda atraerse a artistas de cierta calidad, además de conllevar un importante tirón de público. Pero creo que es evidente que su labor como director de esta orquesta deja bastante que desear.

Y es que si algo se echó de menos fue precisamente una labor de dirección, de control del desarrollo musical de la obra. Hubo notables desajustes de coordinación entre foso y escenario, ante un Domingo que marcó poquísimas entradas y permanecía todo el tiempo con la cabeza metida en la partitura, como si fuese una pantalla en la que estuviesen retransmitiendo un partido del Real Madrid. Eso sí, hizo todas las paradinhas pertinentes para intentar que el público se arrancase a aplaudir.

Su lectura de esta página pucciniana estuvo además carente de alma. Fueron poquísimas las ocasiones en las que la emoción llegó a la platea y, lo que es peor, en las que la orquesta ofreció ese sonido suntuoso y mágico que le es habitual: apenas en el dúo del segundo acto (aunque a todo volumen tapando a los cantantes), en la segunda mitad del tercer acto y en el intermedio entre los actos segundo y tercero, si bien en esta ocasión con una lectura del mismo blanda y carente de matices.

Nada hay que reprochar a los solistas de la Orquestra de la Comunitat Valenciana, con unos violines mágicos y una cuerda grave gloriosa, destacando las violas y el violonchelo de Rafal Jezierski; o unas excelentes intervenciones de Pierre Antoine Escoffier al oboe.

También debe alabarse especialmente, una vez más, el espléndido rendimiento del Cor de la Generalitat. Es de destacar su trabajo en una página tan complicada vocal y escénicamente como ese primer acto, sobre todo careciendo de un director en el foso que marcase entradas; imponente se mostró en el tercero y bellísima fue la intervención de las madrigalistas en el segundo, con una delicadeza que sí hizo brotar la emoción en la sala.

En el apartado solista reconozco que salí algo defraudado. Esperaba bastante más de la pareja protagonista y, aunque la cosa no fuese tampoco un desastre, no contribuyeron a caldear el gélido ambiente.

La uruguaya María José Siri tiene un instrumento de indudable valía, con una voz con cuerpo, muy homogénea y de bello timbre lírico. Fue claramente de menos a más. En el primer acto anduvo reservona y no resultaba muy creíble en el papel. Mejoró bastante en los siguientes, mostrándose poderosa en el registro agudo, aunque a veces se acusasen ciertas destemplanzas. Menos contundencia presentó en la zona grave, donde quedó inaudible en muchas intervenciones, pero al menos la voz mostró homogeneidad e incluso apuntó algunos reguladores y matices de bella factura. Lástima que tampoco consiguiera transmitir mucha emoción con su canto, y en “sola, perduta, abbandonata” más que “quiero morir” parece que estuviese diciendo “quiero otra de calamares, camarero, si me hace usted el favor”.

Menos me gustó el Des Grieux que compuso el portorriqueño Rafael Dávila. Todo su activo se fundamenta en un agudo luminoso y potente donde la voz brilla con suficiencia, pero el manejo del instrumento es tosco, con una línea de canto inexistente, el registro grave ausente y, sobre todo, si cuestionaba antes la expresividad de Siri, la de Dávila no supera a la de un salmonete congelado.

El Lescaut anunciado originariamente, Gabriele Viviani, parece que no llegó ni a pisar Valencia y, en su lugar, ha cantado el barítono del Centre de Perfeccionament, Germán Olvera. Es evidente que tiene camino todavía por recorrer. Le faltó contundencia vocal y en los ascensos al agudo recurrió a algún grito, forzando una voz que se le iba.

Estupendo, por el contrario, estuvo el Geronte elegido para la ocasión. Aunque pretendió engañarnos saliendo disfrazado de mamarracho, con peluca y floreadas medias y bailando minués, era el mismísimo Hunding de La Valquiria… El danés Stephen Milling volvió a dar una lección de poderío vocal que compenso su escasa italianitá.

Del Edmondo de Matthew Peña poco puedo decir, ya que con semejante técnica de emisión y al no tener mi entrada ubicada en su píloro no le oí ni una nota, aunque su comportamiento en escena fue positivo. Al igual que el de Mariam Battistelli, solista en el madrigal, que se movió con gracia y lució una bonita voz, pero con tendencia a desafinar.

Muy correctos el resto de comprimarios, entre los que destaco la breve, pero siempre eficaz, intervención del veterano Luigi Roni.

En una noche en la que hacía un frío para chuparse los dedos, las bajas temperaturas parecieron contagiarse a un público al que ni las paradinhas de Domingo conseguían arrancar más que algunos pocos aplausos. Al terminar la representación hubo tibias muestras de aprobación para todos los participantes, incluyendo la dirección escénica, pero sin mucho entusiasmo. Al final, Domingo prácticamente se quedó solo haciendo aspavientos saludadores mientras la platea casi se había vaciado.

Pese a todos los reparos que he hecho, pienso que no se debe desaprovechar la ocasión de acudir a disfrutar la música de Puccini en una función de ópera de buen nivel, con una orquesta y un coro que sobreviven a la batuta, y donde estoy convencido de que en futuras funciones se irá mejorando el engranaje general.

Voy a ir terminando porque, después de llevar tanto tiempo sin escribir, me estoy alargando demasiado, pero no quisiera finalizar sin mostrar hoy mi público reconocimiento a todos los trabajadores del Palau de les Arts. Que se siga pudiendo representar ópera de primer nivel, se debe también en gran medida a los que nunca salen a recibir aplausos. Y, ahora más que nunca, tiene un mérito increíble, tras haber padecido un ERE traumático que ha dejado sin empleo a algunos compañeros y ha obligado a los que se han quedado a hacer su trabajo y el de los que no están. Incluso en las circunstancias más penosas o tristes, como ha sido en este caso la muerte de María José Anderica.

Vaya desde aquí mi recuerdo para ella, mi condolencia para sus allegados y mi agradecimiento a todos los compañeros que con su esfuerzo diario hacen posible que este proyecto siga adelante.