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domingo, 1 de junio de 2014

"LA FORZA DEL DESTINO" (Giuseppe Verdi) - Palau de les Arts - 31/05/14

Enorme expectación anoche en el Palau de les Arts para asistir al estreno de La forza del destino, de Giuseppe Verdi, la ópera que abría el VII Festival del Mediterrani y que suponía el regreso al foso valenciano del maestro Zubin Mehta. El ambiente era el de las grandes noches, rozando el lleno, y se cumplieron todas las expectativas, con unos resultados artísticos sobresalientes que hicieron que acabara todo el teatro puesto en pie, absolutamente enardecido, ante una Forza que creo que, hoy por hoy, es difícilmente superable. Una noche mágica, sin duda, que, hasta a los más pesimistas, nos ha subido el ánimo bastantes enteros.

Especialmente emocionante resultó el recibimiento que el público tributó al maestro Mehta, brindándole un cerrada ovación con numerosos bravos nada más pisar el foso, en una evidente muestra de que el aficionado valenciano sabe apreciar y agradecer lo mucho que el director indio está haciendo para que en nuestra ciudad podamos seguir disfrutando de ópera de primera categoría. La intensidad de las ovaciones en cada salida de Mehta y que todo el público se pusiese en pie como movido por un resorte en cuanto se sumó a los saludos finales, era un claro grito de “maestro, no se vaya”.

Muchas caras conocidas en el patio de butacas, desde Joan Matabosch a María José Montiel. Y también nos alegró ver de nuevo al mando a la Intendente Helga Schmidt, quien parece encontrarse ya mejor tras el accidente que sufriese en Viena. En el palco nos obsequió con su presencia la Consellera de Cultura y recién nombrada nueva portavoz del gobierno valenciano, María José Catalá, a quien este nuevo cargo le va pintiparado, con lo que le gusta a esta señora figurar y darle al pico. La pena es que no haya aprovechado para dejar la cartera de Cultura en manos de alguien con más ganas e ideas para defender la ópera de calidad en Valencia de lo que ella hasta ahora ha demostrado.

45 minutos antes de iniciarse la representación tuvo lugar, por primera vez en el Palau de les Arts, una breve charla introductoria a la ópera, que corrió a cargo de Íñigo de Goñi, miembro de la Asociación Amics de l’Òpera i de les Arts de la Comunitat Valenciana. Estas charlas se repetirán todos los días de función, tanto de La forza del destino como de Turandot, en la sala de espera ubicada en el vestíbulo principal. Ayer la sala se llenó en pocos minutos y hubo mucha gente que tuvo que quedarse fuera. Está previsto que, a partir de ahora, esta Asociación se encargue de ofrecer este servicio a los espectadores con entrada para las diferentes representaciones de la temporada.

Ante la ausencia de recursos económicos en Les Arts, para la dirección de escena se ha vuelto a apostar por encargar una producción propia a Davide Livermore, director artístico del Centre de Perfeccionament, y responsable de anteriores propuestas interesantes como las de La Bohème o el Otello del año pasado.

El resultado final de su trabajo creo que ha sido muy positivo. Y mucho más si valoramos que en este caso no se trata de una concepción genial de algún regista iluminado que cuenta con cheque en blanco, sino de una propuesta marcada por la necesidad de ahorrar recursos. Para ello, se ha contado con el vestuario de Mariana Fracasso, la iluminación de Antonio Castro y las videocreaciones de D-Wok S.R.L., así como con el intenso trabajo de todo el equipo del teatro, reciclándose y aprovechando material de otras producciones.

La escena se ha trasladado a los años de la Segunda Guerra Mundial con una estética claramente cinematográfica, con múltiples guiños cinéfilos. Nada más comenzar la obra, la obertura es acompañada por unas proyecciones que nos van adelantando lo que va a suceder a modo de tráiler fílmico, con muchas referencias al cine negro, pero también a algunos planos míticos de Eisenstein o del expresionismo alemán. Esta obsesión de los directores de escena por tener que “entretenernos” mientras suenan las oberturas, parece no tener solución.

Los pájaros de Alfred Hitchcock tiene un papel importante, con esos cuervos agrupándose en el tendido eléctrico anunciando el fatal destino, tanto en el primer acto antes de la muerte del Marqués de Calatrava, como en el duelo final entre don Álvaro y don Carlos.

La producción, en conjunto, creo que funciona bastante bien y la traslación temporal no molesta en absoluto. Desde el punto de vista estético me resultó enormemente sugerente, sobre todo gracias a un uso de la iluminación muy inteligente, aunque el abuso del color rojo para resaltar la maldad acabe por cansar.

Me parece muy de agradecer que la escenografía y los movimientos de los cantantes estén pensados para procurar que destaque el trabajo de estos, dando preeminencia a las voces, no a la egolatría del regista. No en vano Livermore fue cocinero antes que fraile, en este caso cantante antes que director escénico, y eso se nota. Eso sí, algunos cambios de escena fueron excesivamente largos y en el del tercer acto se improvisó un bochornoso concurso de toses estentóreas entre parte del público que, aunque parece que a algunos les hizo mucha gracia, a otros, incluido Mehta, no tanto.

También destacaría en el aspecto positivo, como suele ser habitual en las propuestas de Livermore, una trabajada dirección de actores y del movimiento escénico que, aunque haya cosas que gusten menos, como algunos bailecitos o las posturitas de los frailes al grito de maledizione!, denota seriedad, estudio y sentido del drama.

Es verdad que hubo algunas proyecciones que me parecieron grotescas, como las de los angelotes, pero en general consiguen un buen resultado, contribuyendo a resaltar ambientes y acentos psicológicos, siempre con esa reminiscencia cinematográfica presente.

Es inevitable que en toda transposición temporal de la puesta en escena de un libreto haya discordancias y anacronismos, pero en esta ocasión la cosa no chirriaba más que en momentos puntuales, como las referencias a carruajes o caballos o, sobre todo, esas espadas transformadas en pistolas.

Pese a todos los peros que se le quieran poner, lograr, con los reducidos medios de los que se disponía, unos resultados de este nivel, que superan con mucho el de costosas y horrorosas producciones, es merecedor de un fuerte aplauso como el que fue brindado ayer a Livermore y todo su equipo al finalizar la función.

Tras el martirio conceptual y de ejecución que supuso la dirección musical de Manuel Galduf en Maror, el regreso del maestro Mehta al frente de la Orquestra de la Comunitat Valenciana, nos ha despertado de aquella pesadilla que algunos parecen seguir empeñados en desear que sea el futuro que nos espere. El maestro Mehta nos ha devuelto el mágico sonido de nuestra orquesta, volviendo a hacer brotar la belleza y la emoción del foso valenciano.

Y es que si por algo se caracterizó la labor del director indio fue por, una vez más, lograr hacer brillar como nadie la orquesta, con un equilibrio extraordinario entre secciones y un control absoluto de cuanto ocurría en el foso y en escena. La Obertura fue dirigida con mano maestra, aunque yo eché de menos una pizca más de garra e intensidad, si bien a cambio se obtuvo un lirismo de muchos quilates. El pulso dramático no decayó en ningún momento y en los momentos más íntimos la belleza sonora se desplegaba con apabullante insolencia, como en el inolvidable y electrizante pianísimo de las cuerdas que puso el broche final a una noche en la que volvimos a reencontrarnos con la mejor versión de la Orquestra de la Comunitat Valenciana. Gracias, maestro Mehta.

Entre las intervenciones solistas, hay que destacar la magistral actuación de Joan Enric Lluna en el solo de clarinete introductorio al aria de don Álvaro con el que se inicia el tercer acto, donde, a su ya conocido virtuosismo en la ejecución, se unieron una sensibilidad y lirismo estremecedores. También tuvieron intervenciones muy destacadas el concertino, Serguéi Ostrovski, así como fagots, arpa y percusión.

El coro en esta obra se convierte en un protagonista más y adquiere una relevancia de primer orden. Y ayer el Cor de la Generalitat dio una de las más grandes lecciones de profesionalidad y dignidad artística que se han visto en este teatro. Posiblemente no haya sido la noche en que ha sonado más contundente y poderoso, pero obtuvo unos resultados magníficos, tanto en el apartado dramático, con una permanente actividad en escena, como en el vocal, y esto pese a no a haber dispuesto de los refuerzos que la obra requería, teniendo que hacer frente a una partitura de estas dimensiones con la plantilla que ha quedado tras el maldito ERE. Bravo, chicos y chicas

Es proverbial la dificultad de montar esta obra con garantías en el apartado vocal, porque realmente se precisa de unos cantantes de primer nivel, dispuestos a afrontar unas exigencias extremas. Y en este sentido ayer tuvimos la suerte de contar con una pareja protagonista inigualable, estratosférica, acompañada por otros intérpretes de muy buen nivel y absolutamente entregados.

Comentaba ayer junto a un amigo que tenemos la firme convicción de que Gregory Kunde es extraterrestre. Si el año pasado ya nos dejó absolutamente anonadados con su espectacular Otello, lo de ayer nos convenció definitivamente de que, o no es de este planeta, o este tipo se dopa. No sé si se meterá placenta de yegua o se tomará la pócima dominguina de Plácido, pero esto no es normal. Anoche se paseó por el terrorífico papel de don Álvaro con una (aparente) facilidad insultante y una belleza canora incontestable.

A sus 60 años cumplidos, el tenor norteamericano sigue luciendo un timbre deslumbrante y apenas aparecieron fugazmente síntomas de cansancio. Sus agudos continúan siendo cañonazos, bien colocados, timbrados, luminosos y ricos en color. Pero no sólo nos conquisto luciendo poderío en el agudo. En el dúo solenne in quest’ora matizó y recogió la voz con una sensibilidad mayúscula. Cuajó un recitativo La vita e inferno all'infelice, intenso y sentido, y la subsiguiente aria del tercer acto, O tu che seno agli angeli, fue majestuosa, desplegando un lirismo apabullante, con una elegante línea, heredera de la mejor técnica belcantista. La ovación al finalizar el aria fue larguísima (Nucci hubiese bisado tres vendettas). Además, su entrega dramática en todo momento fue soberbia y pude ver con mis prismáticos como en la última escena, mientras Leonora moría en sus brazos, las lágrimas resbalaban por sus mejillas.

Pero si Kunde nos dejó boquiabiertos, Liudmila Monastirska acabó de desencajar nuestra mandíbula, ofreciéndonos una extraordinaria Donna Leonora. Desde luego, si algo no admite discusión es el poderío vocal de la cantante ucraniana. Un auténtico tsunami sonoro que hace que se estremezcan los cimientos del edificio de Calatrava (el arquitectillo, no el marqués). Pero esa tremenda fuerza vocal no impide que adorne su canto con un gusto exquisito y algunos detalles preciosos, consiguiendo hilvanar unas medias voces de muy bella factura. Obviamente en esta faceta no consigue la perfección y delicadeza de, por ejemplo, Agresta, pero domar de esta manera ese vozarrón es muy meritorio. También la afinación se puede resentir puntualmente, pero el resultado final fue de una inmensa belleza e intensidad dramática.

Otro de sus puntos débiles es su ininteligible pronunciación italiana, aunque, sin embargo, su sentido del canto verdiano es espléndido. Las medias voces mostradas en la vergine degli angeli y el dominio técnico, capacidad expresiva y variedad de matices del aria Pace, pace mio Dio, en la que supo colorear todas las emociones y cambios de ánimo de la página, junto a la fuerza e intensidad que derrochó toda la velada, llevaron a su Leonora a obtener un triunfo sin paliativos.

El joven barítono italiano Simone Piazzola juega en otra división. Indudablemente su don Carlo es digno de aplauso, pero ya en la liga de los terrenales. Posiblemente se haya topado con un rol demasiado dramático y yo le encontré más cómodo como Germont en la Traviata que inauguró la temporada, aunque hay que reconocer que sacó adelante la prueba con éxito. Parecía un poco reservón al comienzo y a la voz le falta un mayor peso y mejor técnica de emisión, pero en la segunda mitad de la obra es donde tiene que lucirse y al menos consiguió no desentonar demasiado en sus dúos con el marciano Kunde. Su exclamación finalmente! en el duelo fue un derroche de fiato y poderío. Como actor no es precisamente Laurence Olivier, pero no se le puede negar su entrega y buenas intenciones.

La mezzosoprano Ekaterina Semenchuk tuvo que hacer frente a uno de los papeles más ingratos de la historia de la ópera, como es el de Preziosilla. Ingrato, porque hay pocas personas que no acaben odiando toda la escena del Rataplán, auténtico ejemplo de cómo quebrar la intensidad dramática de una obra, y además de eso el rol se mueve por terrenos bastante agudos para una mezzo, pero la cantante rusa supo sacar adelante la papeleta aceptablemente bien en la vertiente vocal y destacando en el apartado interpretativo.

El bajo danés Stephen Milling interpretó al Padre Guardiano con tremenda solvencia y una incontestable contundencia en el registro grave, aunque mostrase algún apuro en la zona alta de la tesitura.

El papel de Fra Melitone fue interpretado por Roberto de Candia, después de que cayese del cartel el anunciado Valeriano Lanchas, quien parece que no habría cumplido las expectativas del maestro Mehta. De Candia llevó a cabo una correcta actuación en la que se echó a faltar un mayor punto de comicidad y desenvoltura escénica.

En los papeles menores, volvió a destacar la bella voz de Mario Cerdá, esta vez como Trabuco. También estuvieron muy correctos In-Sung Sim como Marqués de Calatrava, Cristina Alunno (Curra),  Aldo Heo  (Cirujano) y Ventseslav Anastasov en el papel de Alcalde.

El público, que llenaba prácticamente por completo la sala principal de Les Arts, premió con largos aplausos las principales intervenciones de los protagonistas a lo largo de la obra y, al acabar ésta, la locura colectiva se adueñó del teatro, con apoteósicas ovaciones y torrente de bravos para Gregory Kunde, Monastirska y el maestro Mehta, quien, como he dicho antes, pudo ver como toda la platea se ponía en pie braveándole al subir al escenario.

Esta ópera, que tiene fama de gafe, ayer no se olvidó tampoco de hacer de las suyas, y parece que uno de los miembros del coro sufrió un accidente al caer por uno de los huecos que simulaban ser trincheras. Afortunadamente las últimas informaciones apuntaban a que el incidente no ha tenido graves consecuencias y desde aquí le mando al afectado todo mi ánimo y apoyo, y espero que se recupere cuanto antes.

Señora Catalá, espero que haya tomado usted nota de lo acaecido anoche. Yo, desde luego, no confío nada en su sensibilidad musical, pero creo que hasta su oreja se debió dar cuenta de la gran diferencia que hay entre los experimentos culturartsistas de cuota valenciana y el Espectáculo Operístico, con mayúsculas, como el que se vivió ayer.

Por si acaso, los aficionados tenemos que seguir peleando con todos los medios a nuestro alcance para impedir que la necedad y pueblerinismo de algunos/as echen a perder todo esto cometiendo un crimen irreversible contra nuestro patrimonio cultural. De momento, tenemos la obligación de llenar el teatro todos los días para apoyar al maestro Mehta, a nuestra orquesta y coro, y a unos artistas de primer nivel. Y encima disfrutar como locos…



lunes, 3 de diciembre de 2012

"LA BOHÈME" (Giacomo Puccini) - Palau de les Arts - 02/12/12


Ayer se estrenó en el Palau de les Arts de Valencia la segunda ópera de una temporada de crisis que se caracteriza por la programación de títulos muy populares. Y pocos hay que lo sean tanto como La Bohème, de Giacomo Puccini.

Se busca con ello asegurar los ingresos de taquilla por venta de entradas en estos tiempos tan complicados económicamente. Al igual que ocurriese con el “Rigoletto” que abrió la temporada, está casi garantizado que, en los próximos días, el teatro valenciano estará prácticamente lleno. Sin embargo, también a semejanza de lo ocurrido entonces, el día del estreno volvió a haber muchísimos huecos. No sé si será el momento de que en Les Arts se replanteen que las entradas del primer día dejen de ser más caras que las del resto de representaciones y posibilitar así que el aspecto de la sala un día de estreno no sea tan deprimente como lo fue ayer, sobre todo en los pisos altos.

Los trabajadores del Palau de les Arts volvieron a manifestarse a las puertas del teatro haciendo llegar sus reivindicaciones al público que allí iba llegando. Además, ayer consiguieron un gran golpe de efecto colocando unas lápidas con el nombre de famosos compositores bajo los que figuraban las óperas de cada uno de ellos estrenadas en Les Arts, para indicar que la política cultural que se pretende llevar a cabo conllevará que no volvamos a disfrutar de momentos como los vividos hasta ahora. Por su parte, los músicos de la orquesta también ejecutaron su particular protesta, interpretando cinco minutos antes del comienzo un fragmento de La Bohéme, en concreto el vals de Mussetta, y, al finalizar, enarbolaron en alto el manifiesto de los trabajadores mientras el público rompía a aplaudir.

La Bohème estrenada ayer es la única producción propia que va a presentar el teatro valenciano esta temporada, en concreto se trata de una coproducción del Palau de les Arts y la Opera Company of Philadelphia, que cuenta con la dirección escénica del italiano Davide Livermore. Creo que la puesta en escena de Livermore, sin ser especialmente innovadora, es inteligente y constituye un acierto y, aunque absolutamente clásica y ambientada en la época del libreto, no huele a rancio.

Es de una gran sencillez, con una escenografía mínima, donde la ambientación se consigue mediante proyecciones, a veces con movimiento, de conocidas obras pictóricas impresionistas y postimpresionistas que enmarcan la acción. A veces se trata de indicar las circunstancias en que se desarrolla la misma, como el paisaje de invierno de Monet en el acto III, con el que a mi juicio se logra uno de los momentos estéticamente más bellos, o La Pradera de Renoir, con la que concluye el acto III y se inicia el IV, en alusión a la llegada de la primavera. En otras ocasiones se trata de subrayar menciones específicas del libreto, como esa “Costurera” de Renoir que aparecía cuando Mimí describe su trabajo. Especialmente interesante me pareció la escena final, con el cuadro de Jean Beraud “Après la faute” dominando el escenario, reflejando esa imagen de una mujer en un sofá rojo, similar a la que se desarrollaba en escena. Cuando Mimí muere, la mujer desaparece del lienzo y el sofá aparece vacío.

Pero además de que estéticamente me pareciera atractiva la propuesta, con un uso de la iluminación también acertado, lo que destacaría principalmente es que denota un serio y efectivo trabajo de dirección. Esto es especialmente relevante en el acto II, donde los distintos planos en los que transcurre la acción y la abundancia de personajes en escena, requieren inteligencia y sentido de la dramaturgia y del movimiento escénico para resolverlo adecuadamente. Y creo que Livermore lo consigue con creces.

Si en el pasado “Rigoletto” manifesté mi decepción ante la dirección musical del titular de la casa, Omer Meir Wellber, en esta “Bohème” sólo puedo tener alabanzas hacia el formidable trabajo de batuta llevado a cabo por quien se dijo en su día que pudo haber ocupado ese puesto, Riccardo Chailly. El milanés ha dirigido por fin una ópera en Les Arts tras haber cancelado en todas las ocasiones anteriores en que fue anunciado. Y la cita resulta aún más especial teniendo en cuenta que no tiene previsto volver a dirigir una ópera hasta 2015.

Chailly había insistido en sus manifestaciones previas a este estreno en que su versión de La Bohème se alejaría de lo que estamos acostumbrados a escuchar y sería mucho más fiel a lo originariamente escrito por Puccini. Como desconozco la literalidad de la partitura original no puedo pronunciarme acerca de la fidelidad o no de la versión de Chailly a la escritura de Puccini, pero es cierto que no se recrea en excesos melodramáticos efectistas, a cambio de ofrecer una lectura general más uniforme, llena de belleza, donde el conjunto rezuma sentimiento, sin alharacas ni explosiones desbordadas, pero con alma. Los tempi impuestos fueron ágiles, por momentos veloces, con una primera mitad del acto I o un acto II llenos de vitalidad y frescura, y con un uso de las dinámicas inteligentísimo, consiguiendo en todo momento mantener la tensión y extraer un colorido orquestal brillante y riquísimo, plagado de matices, mostrándose, eso sí, inclemente con los cantantes en diversas ocasiones en cuanto a volúmenes. La fuerza dramática del final del acto IV fue memorable, y espectacular el maravilloso crescendo de las cuerdas en la entrada de Mimí del acto I.

Nuestra Orquesta de la Comunitat Valenciana volvió a tener un gran director al mando y eso se notó. En comparación con otros estrenos hubo, en general, una precisión y conjunción inusual, tanto en el foso como entre éste y los cantantes, demostrando Chailly además un control ejemplar en los concertantes. Entre las intervenciones solistas destacaron las del concertino Serguéi Ostrovski, así como las flautas comandadas por Álvaro Octavio en “D’onde lieta uscì“, y la inspiradísima noche de los clarinetes o del arpa de Cristina Montes.

El coro no interviene demasiado en esta obra, aunque sí con un alto nivel de exigencia vocal y de movimiento escénico en el acto II, y aquí tanto el magnífico Cor de la Generalitat como la Escola Coral Veus Juntes de Quart de Poblet y la Escolanía de la Mare de Déu dels Desamparats, ofrecieron un rendimiento excelente.

El papel de Mimí fue interpretado por la israelí Gal James, una cantante de la que, francamente, esperaba un poco más. No puedo decir que hiciese nada mal, porque no lo hizo, pero no acabó de encender esa chispa que se precisa para que la emoción te invada. Al menos conmigo. Tiene una voz de atractivo timbre, aunque más bien pequeña, sufriendo notablemente en muchas ocasiones para hacerse oír. Es verdad que cantó bien y mostró sensibilidad en los compases más líricos, cuidando el matiz y apianando con gusto, pero me resultaba fría. De cualquier modo, me gustó más en la segunda mitad que en los dos primeros actos.

Del Rodolfo de Aquiles Machado yo destacaría su entrega interpretativa y el intencionado fraseo, con cuidada dicción, muy ajustado a las exigencias de los tempi impuestos en cada momento por Chailly. Sus agudos se mostraron demasiado tirantes, con una voz que dejaba entrever en la parte alta de la tesitura un adelgazamiento y un oscilante vibrato preocupante. Su centro sin embargo ha ganado cuerpo y cantó en todo momento con mucho gusto, con un uso de las medias voces que rozó el abuso.

El italiano Massimo Cavalletti fue un buen Marcello. Este barítono, curiosamente nacido, al igual que Puccini, en Lucca, posee una voz de bello timbre y sobrado volumen, aunque presentó puntuales engolamientos. Se echó de menos que no abandonase el forte en más ocasiones de lo que lo hizo.

La valenciana Carmen Romeu compuso una estupenda Mussetta, mostrando frescura vocal y resultando espléndida en lo actoral, consiguiendo dotar al personaje del espíritu que requiere.

Gianluca Buratto fue un Colline de hermosa voz, estando muy correcto en la ocasión que tiene de lucirse con “Vecchia Zimarra”. También correcto Mattia Olivieri como Schaunard aunque debe controlar un poco su tendencia a la sobreactuación.

Los saludos finales fueron un tanto atípicos. Los cantantes, según saludaban, se iban quedando sentados en el sofá en el que había expirado Mimí, con gesto serio, y acabaron como si estuvieran posando para una fotografía. Fueron muy aplaudidos todos los intérpretes, así como la dirección escénica, pero la gran ovación de la noche fue para Riccardo Chailly y los miembros de la orquesta. El director italiano, antes de que cayese el telón, cuando ya tuvo bastantes aplausos y saludos, tomó el camino de los camerinos haciendo lo propio todos los demás, bajándose entonces el telón.  

Y hablando de telón, lo de ayer con las prisas por aplaudir en cuanto empieza a bajar, alcanzó cotas de premio Nobel. En esta ópera es mucho más grave la cosa porque el final musicalmente no es el típico chimpún, sino que la música se va apagando progresivamente. Unos cuantos imbéciles comenzaron a aplaudir en cuanto se movió el telón, otro necio se unió gritando “Bravi” y, afortunadamente, una gran parte del público reaccionó pidiendo silencio, acallándose la ganadería hasta que se apagó definitivamente el sonido de la orquesta, aunque no se pudo evitar la aparición desgañitada del memo habitual en todas las representaciones del maestro de Lucca gritando “Viva Puccini”. La diferencia entre que estos majaderos intervengan a destiempo o no, es tan sencilla como que acabes emocionado disfrutando de los compases finales o termines la representación avergonzado e indignado. Creo que, ya que los mentecatos no parecen tener remedio, va siendo hora de que los responsables de Les Arts den instrucciones de que no se baje el telón hasta que la música haya finalizado por completo.


video de PalaudelesartsRS


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lunes, 25 de junio de 2012

"TRISTAN UND ISOLDE" (Richard Wagner) - Palau de les Arts - 23/06/12


El pasado sábado 23 de junio, mientras toda España estaba pendiente de cómo los de La Roja derrotaban al gabacho y se acababan ya para siempre todos los males del país, el Palau de les Arts de Valencia estrenaba la última de las óperas programadas en el V Festival del Mediterrani. En esta ocasión el coliseo valenciano volvía al repertorio wagneriano con la representación de una de las obras maestras del genio de Leipzig, “Tristán e Isolda”. Eso sí, en el infecto Auditorio superior de Les Arts y en versión concierto. Bueno, sería más correcto decir: "versión semi escenificada con atriles, para solistas, coro, orquesta y fuegos de artificio".

Desde este blog vengo denunciando permanentemente que desde la dirección de Les Arts sigan empeñados en programar óperas en un recinto que no reúne unas mínimas condiciones acústicas. Este hecho no nos lo hemos inventado cuatro raritos con una especial sensibilidad en las orejas, sino que todos los músicos o cantantes con los que he tenido ocasión de hablar del tema han coincidido en calificar la acústica del Auditori como pésima e indigna del nivel que pretende tener el teatro.

Desde que el Palau de les Arts inició su actividad, las óperas en versión concierto se han venido representado en el Auditori, pese a disponer de una sala principal de excelente acústica. Con la crisis y los recortes económicos, este tipo de versiones han ido adquiriendo una mayor importancia dentro de la temporada y cada vez son más las ocasiones en que nos vemos obligados a visitar el maldito Auditori.

Últimamente, parece que en Les Arts han adquirido conciencia de que a los aficionados nos gustan poco las óperas en versión concierto y la propia Intendente Helga Schmidt ha anunciado que en las próximas temporadas, pese a la crisis, habrá menos representaciones de este tipo.

Todo esto probablemente sea lo que ha originado que, a última hora, deprisa y corriendo, hayan decidido que, en lugar de ofrecer “Tristán e Isolda” en versión concierto tal y como estaba previsto, se haya ideado una pequeña escenografía, iluminación y movimiento escénico para animar un poco la cosa. Los propósitos de la idea son buenos y el trabajo realizado aceptable, pero los resultados me han parecido lamentables.

Y es que, señora Schmidt, es verdad que nos gustan poco las óperas en versión concierto, pero lo que menos nos gusta de todo es que sigan utilizando el Auditori. Ese es el principal problema. La propuesta presentada el sábado, si hubiera tenido lugar en la sala principal, con cada cosa en su sitio: la orquesta en el foso y los solistas y coro en el escenario, hubiera estado hasta bien, pero lo ocurrido en el Auditori el sábado fue una absoluta vergüenza.

Se ubicó a la orquesta, compuesta para la ocasión por alrededor de un centenar de músicos, ocupando la totalidad del escenario, habilitando la zona superior a éste, destinada habitualmente al coro, para la colocación de una plataforma con barandilla, que asemejaba la proa de un barco, como espacio escénico en el que se desarrollaba la actuación de los cantantes. Esto originó varios problemas.

El primero y principal es que en la mitad baja del Auditori, que es la zona de mejor acústica, al estar las butacas al nivel de una orquesta wagneriana y los cantantes a un nivel superior y detrás de aquélla, costaba oir las voces, que eran tragadas por la orquesta pese a que el maestro Mehta procuraba moderar los volúmenes. Era como escuchar una ópera de Wagner desde el foso orquestal. Por el contrario, en la parte media-alta del recinto, se escuchaban mejor las voces solistas, pero al ser la zona de peor acústica, la conjunción con la orquesta era igual de mala que siempre.

Otro de los problemas es que a los espectadores de las butacas de las primeras filas centrales del Auditori, Zubin Mehta y los músicos les tapaban parcialmente la visión de la zona habilitada para los cantantes.

Otro más, fue que al coro no le quedaba sitio disponible, por lo que cuando tenían que intervenir salían por una puerta lateral a la carrera, haciendo ruido, y se ubicaban apiñados junto a un extremo de la orquesta, volviendo a desaparecer, tras sus intervenciones, corriendo y haciendo más ruido.

Por otro lado, el haber improvisado la versión escenificada a última hora motivó que se mezclasen cantantes que se sabían el papel de memoria, con otros como Jay Hunter Morris (Tristán) y Eike Wilm Schulte (Kurwenal) que, confiados en que se trataba de una versión de concierto, no se lo debían haber aprendido y tenían que recurrir a leer la partitura en el atril. Así que, en el espacio escénico creado para la ocasión, había 3 ó 4 atriles estratégicamente situados que motivaron momentos francamente chocantes, más propios de una película de los Hermanos Marx que de una ópera seria.

Por ejemplo, en el momento en que Kurwenal da muerte a Melot, Eike Wilm Schulte salió disparado desde el atril a coger la espada, simulando que se la clavaba de medio lado a Melot, volviendo de nuevo corriendo a todo correr al atril para continuar cantando con sus gafas de presbicia puestas, con lo que en lugar de un valiente caballero salvando el honor de su señor, parecía un torero cobardica que pinchase al morlaco de mala manera y huyese despavorido al burladero. También, en el dúo de amor del segundo acto, Jay Hunter Morris estaba más pendiente de la partitura que de Isolda, trocándose ese maravilloso momento de pasión desbordada, en lo que asemejaba una pareja hastiada de su relación, tomando la fresca en la puerta de casa, con ella lanzándole incendiarias frases de amor, mientras Tristán leía los deportes en el periódico.

Para que la charlotada fuese completa, avanzado el tercer acto comenzaron a oírse unos extraños sonidos que parecían denotar que el timbalero se hubiera tomado dos copas de más y estuviese aporreando el instrumento cuando no tocaba. Pero, lejos de eso, se trataba de un castillo de fuegos artificiales, intuyo que dedicados al triunfo de La Roja, que cada vez se hacían más audibles, gracias al excelente aislamiento acústico del aborrecible Auditori, y que a punto estuvo de interferir el Liebestod final de Isolda. Un director con menos miramientos que Mehta creo que hubiese arrojado la batuta y se hubiese marchado al bar a tomarse un copazo.


Lo peor de todo es que nada de esto fueron imprevistos irremediables, porque nada hubiera ocurrido si desde un principio se hubiera planificado escenificar la obra y se hubiese representado la misma (en concierto o escenificada) en la sala principal. Pienso que esto ha sido la gota que colma el vaso de la paciencia de cualquier músico o  aficionado respecto al Auditori, y, como soy demasiado ingenuo, confío en que sea el detonante definitivo para que no se vuelva a programar ni una ópera más en ese despreciable recinto.

Me he alargado demasiado con estas reflexiones previas que creo que debía efectuar, así que procuraré ser breve en cuanto al resto.

La propuesta escénica que se ha improvisado, y que por cierto ni siquiera se han dignado publicar en la web de Les Arts, ha corrido a cargo de personal del propio teatro, siendo Alex Aguilera el responsable de la dramaturgia, Antonio Castro de la iluminación y Manuel Zuriaga de la escenografía. Como dije antes, el planteamiento es de circunstancias y muy sencillo, más cercano a una función de taller de ópera que de una representación de primer nivel, pero creo que, dados los condicionantes, su trabajo se debe calificar de positivo, aunque los resultados, por los motivos ya comentados, hayan sido espantosos.

Zubin Mehta llevó a cabo una dirección muy solvente y efectiva, con algunos momentos más conseguidos (a mí me lo pareció el preludio del tercer acto) y otros menos (el dúo de amor del segundo). Estuvo como siempre atentísimo a los cantantes, al tiempo que lograba extraer unos sonidos bellísimos de la orquesta, pero se mostró bastante irregular en el mantenimiento de la tensión, pecando quizás su lectura de falta de hondura en muchos pasajes. No obstante, el resultado de conjunto a mí no me desagradó en absoluto. Bien es verdad que a ello contribuyó decisivamente el óptimo rendimiento de todas las secciones de la fantástica Orquestra de la Comunitat Valenciana, que brilló como suele ser costumbre, pero en esta ocasión con una partitura que es además toda una piedra de toque para calibrar el auténtico nivel de una agrupación orquestal, con destacadas intervenciones solistas del concertino Serguéi Ostrovski, de Itamar Ringel a la viola, Francisco Javier Ros al clarinete bajo, Cristopher Bouwman al oboe, Joan Enric Lluna al clarinete, Guiorgui Anichenko al violonchelo y, por supuesto, de la espléndida actuación del solista de corno inglés, Simon Sommerhalder, al comienzo del acto tercero. Sólo por escuchar esta orquesta valió la pena la charlotada.

El Cor de la Generalitat vio muy lastrada su actuación, vocalmente impecable, por su imposible ubicación escénica y por las características propias de ese recinto, cuyo nombre me asquea volver a repetir, que hacía que los coros internos apenas se escuchasen.

Jennifer Wilson parece haber perdido parte de la brillantez en el agudo que mostrase como Brünnhilde en el Anillo de Les Arts de hace unos años y su Isolda pecó de frialdad y de cierta monotonía, pero, yo no sé explicar por qué, a mí me gusta. Dentro de sus límites, le aprecié una mayor implicación dramática que en otras ocasiones estando bastante mejor en los momentos líricos que en la maldición, y su Liebestod he de confesar que me gustó.

Con el Tristán de Jay Hunter Morris tuve sensaciones encontradas. Le hubiera tirado piedras en el segundo acto y al final acabé aplaudiéndole. El pobre hombre tiene una voz más fea que las chaquetas de Ángela Merkel, con una nasalidad propia del pato Donald y algunos sonidos abiertos y arrastrados horrendos, pero por otra parte se preocupa permanentemente de matizar y ofrecer expresividad, aunque sea con falsetillos, y, sobre todo, se marcó un tercer acto muy meritorio, de gran intensidad dramática, sobreviviendo dignamente a la terrorífica partitura.

Lo mejor de la noche en el terreno vocal vino de la fantástica Brangäne que modeló Ekaterina Gubanova, con unas Advertencias en el segundo acto de auténtico ensueño; y del rey Marke de un sorprendente Liang Li, al que habíamos escuchado como Ferrando en “Il Trovatore” y que superó todas las expectativas, mostrando un fraseo incisivo, poderío vocal y luciendo toda la nobleza y dolor que exige el personaje.

Excelentes también el Kurwenal de Eike Wilm Schulte y el Marinero de Mario Cerdá. Y muy correctos Karl-Michael Ebner como Melot, Jesús Álvarez como Pastor y Josep Miquel Ramón como Timonel.

El público no llegaba a llenar la sala, pero no había una mala entrada para coincidir con partido internacional, apreciándose una gran presencia de espectadores foráneos. Pese a los despropósitos vividos, la grandeza de la música de Wagner, el buen hacer de Mehta y la orquesta y el esfuerzo de los intérpretes, motivaron enormes ovaciones que no decayeron ni en los saludos de los responsables de la escenificación, saliendo el público francamente contento, aunque todos los comentarios girasen en torno a los fuegos artificiales y la indecente acústica e insonorización de esa cosa que llamaron Auditori en lugar de Juan Vicente, que ya dije en una ocasión que hubiera quedado mucho más propio.

Señora Schmidt: Escarmienten de una vez. Esto no tiene justificación alguna. Ya han logrado hacer el ridículo internacional y dudo mucho que el maestro Mehta esté precisamente contento con lo acontecido el sábado. Los aficionados hemos llegado al límite de nuestra indignación. Damos por buena la penitencia sufrida, pero, por el amor de Wagner, no vuelvan a representar ni una ópera más en el Auditori, déjenlo para Julio Iglesias y sus fiscales que llevarán amplificación; pero las óperas (en versión concierto, escenificadas o con charlotada pirotécnica) en la sala principal.

AQUÍ podéis leer la crónica de maac.


video de infopera


martes, 20 de diciembre de 2011

"ARIADNE AUF NAXOS" (Richard Strauss) - Palau de les Arts - 16/12/11

Una de las citas más esperada por mí de la presente temporada del Palau de Les Arts era la ópera “Ariadne auf Naxos”, de Richard Strauss, que se ha representado finalmente los pasados 16 y 18 de diciembre. La verdad es que mi ilusión había bajado muchos enteros cuando, primero, se anunció que se ofrecería en versión concierto, después canceló Riccardo Chailly por problemas médicos y se comunicó que sería sustituido por Sir Andrew Davis, y, por último, sin previo aviso y sin una mísera nota explicativa, como suele hacer las cosas Helga Schmidt, la soprano Adrianne Pieczonka también caía del reparto, anunciándose en su lugar a una desconocidísima Amber Wagner. Para rematar el asunto, las geniales mentes pensantes de Les Arts decidieron, una vez más, que la representación tuviera lugar en su impresentable Auditorio en lugar de en la sala principal.

Pues bien, pese a todo lo anterior, lo primero que tengo que reconocer es que he vivido dos veladas memorables de Ópera con mayúsculas, y ni el repugnante sonido del Auditorio ni la ausencia de escena consiguieron disminuir el enorme disfrute de la música de Strauss en manos de unos músicos y cantantes sensacionales.

De la dirección de Sir Andrew Davis esperaba que fuese correcta y poco más, pero lo cierto es que la labor llevada a cabo por el veterano director inglés resultó excelente. Quizás no alcance la chispa de genialidad de otras ilustres batutas, pero no le hizo ninguna falta. Consiguió que la Orquestra de la Comunitat Valenciana, reducida para la ocasión a poco más de una treintena de componentes, brillase como en las mejores noches, haciendo refulgir, como merece, la maravillosa partitura de Richard Strauss. Sonó a orquesta de cámara cuando así se requería, mientras que en otros pasajes, como el impresionante dúo final, la agrupación orquestal parecía estar engrosada por un centenar de músicos. Davis realizó un esmerado y meticuloso trabajo de dirección donde todo sonaba cuando y como debía sonar, aunque en algunos instantes hubiese sido preferible controlar un poco el volumen. Estuvo muy atento en todo momento a los cantantes, marcando sus entradas con precisión e incluso interactuando con ellos desde el podio. La complicidad del director con sus músicos era también evidente y quedó plenamente de manifiesto al finalizar la representación, momento en que éstos le tributaron una cariñosa y sentida ovación.

Todas las secciones orquestales estuvieron impecables, destacando por su virtuosismo cada uno de los atriles solistas que tuvieron ocasión de lucimiento, debiéndose reseñar en este apartado la maestría del joven concertino Serguéi Ostrovski.

Que la Orquesta de la Comunitat Valenciana ofrezca unas excelentes prestaciones siempre es una buena noticia, aunque, afortunadamente, ya no es una sorpresa. Lo que sí constituyó una sorpresa enorme, al menos para mí, fue el nivel vocal ofrecido por los cantantes, sobre todo por la soprano Amber Wagner, que llegaba a Les Arts como una perfecta desconocida para interpretar el papel de Primadonna y Ariadna y se marcha de aquí con la rendida admiración de todos los que tuvimos la suerte de escucharla en directo.

Nada más afrontar sus primeras frases en el Prólogo ya pudimos apreciar la belleza de una voz ancha, cálida, esmaltada, homogénea y de gran volumen que además moldeaba con un gusto exquisito, pero sería durante la exigente segunda parte cuando todo el potencial del instrumento de la Wagner nos cautivaría incondicionalmente. Su “Es gibt ein Reich” fue todo un recital de canto en el que exhibió una técnica portentosa y una abrumadora capacidad expresiva, vocal y gestual. Demostró gran control del fiato y un fraseo inmaculado que adornó con deslumbrantes matices. Acometió notas en pianísimo con apenas un hilo de voz, aumentando la intensidad del sonido gradualmente sosteniendo el mismo golpe de aliento en un progresivo crescendo hasta inundar la sala con un volumen espectacular. Su dúo final con el Baco de Nikolai Schukoff y la orquesta a pleno rendimiento, es de los que se tarda mucho tiempo en olvidar.

Creo que hemos tenido la fortuna de presenciar los primeros pasos de una mujer que me atrevo a aventurar que esté llamada a ocupar un lugar de honor en el mundo de la ópera durante los próximos años. Y en el momento en el que su registro grave adquiera un poco más de envergadura y perfeccione aún más su técnica podemos encontrarnos ante una soprano de referencia.

El tenor austriaco Nikolai Schukoff tuvo que hacer frente al diabólico papel de Tenor/Baco. Decir que acabó la representación sin romper la voz ya sería todo un mérito, pero es que además llevó a cabo una actuación que considero muy meritoria y, por momentos, brillante, aunque al final pasase sus apuros, cercanos a la defecación, y todavía tenga algunas cosas que pulir.

Julia Bauer también tuvo una destacada actuación en otro papel complicado como es el de Zerbinetta. Su voz, delgada, blanquecina y desprovista de esmalte, no me resulta especialmente grata. Es verdad que adquiere más valor en la zona alta, pero con tendencia al chillido. Pese a esto, debo reconocer que la ejecución de su aria fue estupenda, consiguiendo, gracias también a la paradinha estratégica de Andrew Davis, una fuerte ovación a su finalización.

Me gustó bastante la mezzosoprano Cecelia Hall como El Compositor. Su voz me pareció francamente bonita, con un registro central luminoso y aterciopelado. Presentó ciertas carencias en la zona grave y los agudos sonaron ocasionalmente hirientes, pero su musicalidad, exquisita línea de canto y profunda expresividad, compensaron sobradamente sus limitaciones.

Existía gran expectación por presenciar el retorno a nuestra ciudad del barítono Carlos Álvarez, en el papel de Maestro de Música, tras el prolongado periodo en que una grave enfermedad le ha mantenido apartado de los escenarios.

Me resulta enormemente satisfactorio poder decir bien alto que el cantante malagueño nos sorprendió a todos muy favorablemente, mostrando un estado vocal aparentemente estupendo. Es verdad que el papel no es excesivamente largo y que en su tramo final se le vio un poco forzado, pero exhibió potencia y musicalidad y fue un auténtico placer volver a reencontrarse con la nobleza de timbre de uno de los mejores cantantes que ha dado este país y al que deseo que muy pronto pueda retomar plenamente su carrera. De momento, en una sorpresa más de Helga (esta vez agradable), nos han anunciado de repente que, el próximo 15 de enero, Carlos Álvarez volverá a Les Arts para interpretar un recital de zarzuela.

Del resto del reparto destacaría a Nikolái Borchev como Harlekin, con bonito timbre y maneras de liederista, y al Brighella del tenor británico Barry Banks, muy solvente en lo vocal y sobresaliente en su interpretación. Notable actuación también de Vicenç Esteve como Maestro de Danza y Scaramuccio, y de Sandra Ferrández como Eco.

El público aplaudió calurosamente a todos los artistas y a la salida se podía palpar la emoción de las grandes noches, coincidiendo la gran mayoría en alabar la calidad de lo escuchado y en manifestar su sorpresa y admiración por la interpretación de Amber Wagner, a quien, por cierto, tuve oportunidad de saludar personalmente, pudiendo comprobar su simpatía y sencillez.

Desde luego es una soprano a seguir de cerca. A ver si Helga se anima y consigue que la podamos disfrutar por aquí más a menudo. Si no es así, por si hay alguien interesado os diré que tiene previsto cantar la Sieglinde de “La Valquiria” en junio del próximo año en Frankfurt.