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miércoles, 10 de diciembre de 2014

"MANON LESCAUT" (Giacomo Puccini) - Palau de les Arts - 09/12/14

Yo tenía una vez un blog…

Mucho, demasiado tiempo he mantenido este espacio sin actividad, y lo primero que quisiera hacer es dar las gracias a todos los que me habéis transmitido vuestro cariño y el deseo (incomprensible) de volver a leer las sandeces que escribo.

Os recuerdo que esto no es una página de crítica oficial, ni nadie me paga o contrata para escribir crónicas operísticas. Esto es un simple blog de un aficionado que tiene la osadía de decir en voz alta lo que piensa, y debe ser tomado únicamente como eso, como la opinión personal de un aficionado más.

Y también quiero aclarar que mi silencio no se ha debido a nada especial, simplemente ha sido consecuencia del cansancio y la falta de tiempo. Mi trabajo habitual me exige últimamente más dedicación y esfuerzo, y también las actividades de la Asociación Amics de l’Òpera i de les Arts de la Comunitat Valenciana me ocupan gran parte del poco tiempo libre. Incluso había llegado a plantearme cerrar definitivamente el blog, pero… la temporada oficial de ópera ha vuelto a Valencia y no he podido resistirme a regresar yo también, al menos de momento... Aunque no para hablar de mí.

Este comienzo de temporada ha vuelto a traernos algunas situaciones parecidas a las que se vivieron al final de la anterior. La, al parecer, nunca suficientemente ambiciosa consellera Catalá, ha vuelto a caldear el ambiente filtrando interesadas y sesgadas informaciones sobre gastos de la Intendente de Les Arts desde los tiempos en que hizo la Comunión. No voy a opinar ni a recrearme en el tema. Helga Schmidt ya ha contestado con su claridad (de ideas, no verbal) habitual y a sus palabras me remito. Simplemente diré que lo que de verdad me parece indecente es que la presunta responsable de la cultura en esta depauperada Comunidad siga utilizando un activo cultural de primera magnitud, como es el Palau de les Arts, para torticeros intereses políticos.

Ya sé que también hay quien dice que últimamente me he vendido a Helga y ya no la critico. Pues bien, vuelvo a aclarar que en las opiniones que emito en este blog sólo me vendo a mi personalísima, y por supuesto cuestionable, conciencia; aunque, desde luego, en esta guerra, no declarada ni reconocida, entre Catalá y Schmidt, tengo clarísimo a quién apoyo, porque lo que de verdad defiendo es el proyecto que representa el Palau de les Arts como garantía de una ópera de calidad en la ciudad en la que vivo. Y eso, hoy por hoy, es Helga quien mejor lo puede garantizar. De todas formas, lo que considere que debo criticar de ella lo seguiré haciendo, y ahora mismo, por ejemplo, voy a pasar a darle un capón o dos.

Se inauguró ayer, demasiado tarde, la temporada operística en Valencia y se ha decido dedicar estas funciones de Manon Lescaut a Lorin Maazel, fallecido el pasado 13 de julio. Que se haya iniciado la temporada tan tarde sé que no es directamente culpa de Helga, pero ¿de verdad, después de esperar todo este tiempo, era preciso abrir la temporada un martes tras tres días de fiesta? Creo que hubiera sido mucho mejor hacerlo un fin de semana, o un festivo o víspera de festivo y publicitando debidamente el evento.

De todas formas, lo que me ha parecido directamente impresentable es que el único homenaje que desde Les Arts se haya hecho a Lorin Maazel, principal responsable de que hoy disfrutemos en Valencia de la mejor orquesta de España, haya tenido lugar casi cinco meses después de su muerte, y limitándose a eso, a escribir en el programa que se le dedican las funciones de Manon Lescaut. Lo cual, además, habrá sonado casi a chiste, porque, vamos, que esta orquesta, que logró aquellos sonidos celestiales con él, le recuerde con la dirección de Plácido Domingo, de la que luego hablaré, tampoco parece lo más adecuado. Sé que no hay presupuesto para casi nada, pero la capacidad de reflejos de los dirigentes de este teatro sigue dejando muchísimo que desear y, una vez más, pienso que no se ha estado a la altura. Creo que no costaba tanto haber hecho un concierto especial o, al menos, un acto más relevante de recuerdo y homenaje al maestro Maazel nada más conocerse la noticia de su fallecimiento.

Sí ha habido más reflejos, sin embargo, para anunciar por megafonía al comienzo del espectáculo que la función se dedicaba a la memoria de María José Anderica, una joven trabajadora del departamento de vestuario que falleció de forma inesperada y repentina el pasado fin de semana; si bien parece que esta dedicatoria no ha surgido de la dirección del teatro sino de la iniciativa de los propios trabajadores y compañeros de la fallecida.

Pero bueno, voy a ver si me centro en la crónica del espectáculo.

Pese a que este año, por fin, el precio de las localidades de los estrenos es el mismo que el del resto de funciones, se vieron otra vez demasiados huecos en el teatro. Los pisos 3 y 4 estaban casi vacíos y había butacas desocupadas en todas las zonas. E insisto en que un martes post puente festivo, no es la fecha más indicada para abrir una temporada operística si se quiere dar cierta relevancia al acontecimiento.

En el palco, sin ningún rubor, estaba la consellera de cultura María José Catalá, acompañada del ex director de CulturArts, Manuel Tomás, el imputado vicealcalde de Valencia, Alfonso Grau, el presidente de les Corts, Alejandro Font de Mora, y otros personajetes y carguillos de medio pelo.

Esta Manon Lescaut se tenía que haber representado hace ahora prácticamente un año, pero, como ya es suficientemente conocido, la caída de un trozo del trencadís de la cubierta del edificio y la injustificable decisión, de algún político que no quería perder su viaje navideño al Caribe, de cerrar el teatro unos meses, motivaron la suspensión de su representación, y finalmente se optó porque fuese la ópera que abriese la temporada 2014/2015 en el día de ayer, curiosamente con el edificio vestido ya con un impresionante andamiaje para proceder a las obras de reposición de la cubierta.

La producción presentada, del Teatro Regio de Parma, cuenta con la dirección escénica del británico Stephen Medcalf, de quien ya pudimos ver su versión de La flauta mágica en abril de 2013, y con la escenografía y vestuario de Jamie Vartan e iluminación de Simon Corder. La propuesta se caracteriza por una ambientación muy clásica, totalmente ajustada al libreto, con vestuario de época y abundancia de pelucas y encajes. La escenografía es escasa pero, en general, de gran eficacia visual.

Me pareció bastante conseguido el efecto tanto de la llegada de la diligencia en el primer acto, como del barco del tercero. Mas fallido encontré el cuarto acto, con un interesante trabajo de iluminación y un sorprendente efecto en la muerte de Manon, pero no me gustó ese desierto limitado a dos montoncillos de arena (que más bien parecían el rastro excremental de unos caballos), ni la discutible decisión de que veamos a Des Grieux pululando mientras Manon canta “sola, perduta, abbandonata”.

Tampoco acabo de entender la extendida manía, aquí también presente, de hacer que la acción se tenga que desarrollar sobre plataformas inclinadas, con el riesgo que conlleva de caídas para los intérpretes, sin que tampoco aporte absolutamente nada.

Los tres primeros actos comienzan con Des Grieux accediendo al escenario desde la platea, contemplando lo que ocurre, no sé si pretendiendo simbolizar un flash back del protagonista, pero al menos eso fue lo que yo interpreté.

Entre lo más positivo destacaría que la propuesta desvela un buen trabajo de dirección de actores, con un primer acto bastante bien resuelto, gracias también a un excelente rendimiento del coro. Y, aunque ya está bastante visto en otras producciones, los momentos de encuentro amoroso entre Des Grieux y Manon en el primer acto son subrayados con la congelación del resto de la acción escénica, lográndose un efecto visual impactante. También me gustó el comienzo del acto tercero, el más conseguido en mi opinión, con esos espejos aparecidos en el acto segundo y aquí convertidos en las celdas de las presas.

En resumen, pienso que se trata de una puesta en escena visualmente interesante, con buen trabajo de dirección y que, aunque no aporta nada especialmente relevante, sirve perfectamente al propósito de ambientar la acción de un libreto que de origen ya resulta bastante caótico.

En el foso, como ya he dicho antes, se encontraba Plácido Domingo al frente de la Orquestra de la Comunitat Valenciana. Hablar de Domingo es uno de esos temas que suele levantar ampollas tanto si se alaba su trabajo como si se critica, así que una vez más me voy a limitar a dar mi particular e indocumentada opinión, reconociendo que yo mismo tengo sensaciones muy encontradas. Por una parte me alegra que se involucre de esta forma con nuestro teatro, y su presencia, tanto en el escenario como en el foso, es garantía de que pueda atraerse a artistas de cierta calidad, además de conllevar un importante tirón de público. Pero creo que es evidente que su labor como director de esta orquesta deja bastante que desear.

Y es que si algo se echó de menos fue precisamente una labor de dirección, de control del desarrollo musical de la obra. Hubo notables desajustes de coordinación entre foso y escenario, ante un Domingo que marcó poquísimas entradas y permanecía todo el tiempo con la cabeza metida en la partitura, como si fuese una pantalla en la que estuviesen retransmitiendo un partido del Real Madrid. Eso sí, hizo todas las paradinhas pertinentes para intentar que el público se arrancase a aplaudir.

Su lectura de esta página pucciniana estuvo además carente de alma. Fueron poquísimas las ocasiones en las que la emoción llegó a la platea y, lo que es peor, en las que la orquesta ofreció ese sonido suntuoso y mágico que le es habitual: apenas en el dúo del segundo acto (aunque a todo volumen tapando a los cantantes), en la segunda mitad del tercer acto y en el intermedio entre los actos segundo y tercero, si bien en esta ocasión con una lectura del mismo blanda y carente de matices.

Nada hay que reprochar a los solistas de la Orquestra de la Comunitat Valenciana, con unos violines mágicos y una cuerda grave gloriosa, destacando las violas y el violonchelo de Rafal Jezierski; o unas excelentes intervenciones de Pierre Antoine Escoffier al oboe.

También debe alabarse especialmente, una vez más, el espléndido rendimiento del Cor de la Generalitat. Es de destacar su trabajo en una página tan complicada vocal y escénicamente como ese primer acto, sobre todo careciendo de un director en el foso que marcase entradas; imponente se mostró en el tercero y bellísima fue la intervención de las madrigalistas en el segundo, con una delicadeza que sí hizo brotar la emoción en la sala.

En el apartado solista reconozco que salí algo defraudado. Esperaba bastante más de la pareja protagonista y, aunque la cosa no fuese tampoco un desastre, no contribuyeron a caldear el gélido ambiente.

La uruguaya María José Siri tiene un instrumento de indudable valía, con una voz con cuerpo, muy homogénea y de bello timbre lírico. Fue claramente de menos a más. En el primer acto anduvo reservona y no resultaba muy creíble en el papel. Mejoró bastante en los siguientes, mostrándose poderosa en el registro agudo, aunque a veces se acusasen ciertas destemplanzas. Menos contundencia presentó en la zona grave, donde quedó inaudible en muchas intervenciones, pero al menos la voz mostró homogeneidad e incluso apuntó algunos reguladores y matices de bella factura. Lástima que tampoco consiguiera transmitir mucha emoción con su canto, y en “sola, perduta, abbandonata” más que “quiero morir” parece que estuviese diciendo “quiero otra de calamares, camarero, si me hace usted el favor”.

Menos me gustó el Des Grieux que compuso el portorriqueño Rafael Dávila. Todo su activo se fundamenta en un agudo luminoso y potente donde la voz brilla con suficiencia, pero el manejo del instrumento es tosco, con una línea de canto inexistente, el registro grave ausente y, sobre todo, si cuestionaba antes la expresividad de Siri, la de Dávila no supera a la de un salmonete congelado.

El Lescaut anunciado originariamente, Gabriele Viviani, parece que no llegó ni a pisar Valencia y, en su lugar, ha cantado el barítono del Centre de Perfeccionament, Germán Olvera. Es evidente que tiene camino todavía por recorrer. Le faltó contundencia vocal y en los ascensos al agudo recurrió a algún grito, forzando una voz que se le iba.

Estupendo, por el contrario, estuvo el Geronte elegido para la ocasión. Aunque pretendió engañarnos saliendo disfrazado de mamarracho, con peluca y floreadas medias y bailando minués, era el mismísimo Hunding de La Valquiria… El danés Stephen Milling volvió a dar una lección de poderío vocal que compenso su escasa italianitá.

Del Edmondo de Matthew Peña poco puedo decir, ya que con semejante técnica de emisión y al no tener mi entrada ubicada en su píloro no le oí ni una nota, aunque su comportamiento en escena fue positivo. Al igual que el de Mariam Battistelli, solista en el madrigal, que se movió con gracia y lució una bonita voz, pero con tendencia a desafinar.

Muy correctos el resto de comprimarios, entre los que destaco la breve, pero siempre eficaz, intervención del veterano Luigi Roni.

En una noche en la que hacía un frío para chuparse los dedos, las bajas temperaturas parecieron contagiarse a un público al que ni las paradinhas de Domingo conseguían arrancar más que algunos pocos aplausos. Al terminar la representación hubo tibias muestras de aprobación para todos los participantes, incluyendo la dirección escénica, pero sin mucho entusiasmo. Al final, Domingo prácticamente se quedó solo haciendo aspavientos saludadores mientras la platea casi se había vaciado.

Pese a todos los reparos que he hecho, pienso que no se debe desaprovechar la ocasión de acudir a disfrutar la música de Puccini en una función de ópera de buen nivel, con una orquesta y un coro que sobreviven a la batuta, y donde estoy convencido de que en futuras funciones se irá mejorando el engranaje general.

Voy a ir terminando porque, después de llevar tanto tiempo sin escribir, me estoy alargando demasiado, pero no quisiera finalizar sin mostrar hoy mi público reconocimiento a todos los trabajadores del Palau de les Arts. Que se siga pudiendo representar ópera de primer nivel, se debe también en gran medida a los que nunca salen a recibir aplausos. Y, ahora más que nunca, tiene un mérito increíble, tras haber padecido un ERE traumático que ha dejado sin empleo a algunos compañeros y ha obligado a los que se han quedado a hacer su trabajo y el de los que no están. Incluso en las circunstancias más penosas o tristes, como ha sido en este caso la muerte de María José Anderica.

Vaya desde aquí mi recuerdo para ella, mi condolencia para sus allegados y mi agradecimiento a todos los compañeros que con su esfuerzo diario hacen posible que este proyecto siga adelante.

lunes, 8 de abril de 2013

"LA FLAUTA MÁGICA" (W.A.Mozart) - Palau de les Arts - 06/04/13

El sábado tuvo lugar en el Palau de les Arts el estreno de “La flauta mágica”, de Wolfgang Amadeus Mozart, la última ópera de la temporada oficial del teatro valenciano. Faltará todavía ese ansiado “Otello” en junio, en el Festival del Mediterrani, pero que estemos a primeros de abril hablando ya del final de una temporada que comenzó en noviembre y que se ha compuesto de escasos cinco títulos, es bastante triste y el mejor ejemplo de la complicada situación de pura supervivencia que se vive actualmente en el mundo de la ópera en general y en nuestro Palau de les Arts en particular.

Quedándonos con lo positivo, merecería destacarse que, al menos, la entrada que presentaba el sábado la sala principal de Les Arts era bastante buena, en contraposición con los paisajes desolados de los últimos estrenos. Aunque, por algunos comentarios escuchados y por el seguimiento de la venta de entradas en la web del teatro, me temo que el lozano aspecto de la platea y pisos altos respondiese a un regalo masivo de localidades en los últimos días.

La producción ahora presentada de la última ópera de Mozart, procede del Teatro Regio de Parma y cuenta con la dirección escénica de Stephen Medcalf. Si en el reciente Barbero hablábamos de una escenografía excesiva, casi asfixiante, en esta ocasión hemos pasado al extremo opuesto y en un escenario completamente vacío se desarrolla toda la trama.

Como mobiliario escénico tan sólo se cuenta con seis objetos colocados en la boca del escenario (en dos grupos de tres, claro, para respetar la simbología masónica que atraviesa toda la obra) que permanecen allí durante toda la función, acercándose los cantantes a por ellos cuando forman parte de la acción: la flauta, el carillón, el retrato de Pamina (en realidad un marco), un puñal, una vara y una manzana. En definitiva una absurdez bastante importante. Esa ausencia absoluta de atrezzo es suplida con unos efectistas juegos de luces de Simon Corder y con un conjunto de acróbatas-bailarines que, en inverosímiles posturas, forman la serpiente, las fieras, el árbol, los pájaros, las puertas… y van componiendo los diferentes ambientes y escenarios en los que se desarrolla la trama.

Dada mi congénita aversión a los danzarines y los mimos, cuando empezó la cosa me temí lo peor, aunque reconozco que el trabajo llevado a cabo por los encargados de representar esas mamarrachadas fue impecable, tanto desde el punto de vista gimnástico como coreográfico, y la verdad es que no entorpecían demasiado a los cantantes ni distraían en exceso de lo principal. El resultado fue que, conforme avanzaba el espectáculo, confieso que me fui sintiendo más cómodo con la propuesta planteada, que acabó por merecer mi valoración general positiva pese a sus innegables defectos.

Entre los principales reproches que se pueden hacer al trabajo de Medcalf se encuentra sin duda la entrada en escena de la Reina de la Noche, transmutada en lo que un principio me pareció un pulpo plateado con peinado de Marge Simpson, pero que luego identifiqué como una estrella. Visualmente, junto a los gigantes del segundo acto, creo que fue uno de los momentos más impactantes de la noche, pero obligar a una cantante a tener que afrontar un papel tan exigente vocalmente como este, haciendo equilibrios sobre la riñonada de unos tipos con monos negros que la sujetaban, es un disparate que denota una ignorancia supina de lo que es cantar ópera y muestra un preocupante desprecio hacia los artistas, que, aunque les pese a los registas, son lo fundamental de este espectáculo.

No obstante hay momentos estéticamente bellos y visualmente efectivos, como los ya mencionados o el comienzo del segundo acto mostrando a Sarastro y la Reina de la Noche como dos caras de una misma realidad, pero si no te conoces de memoria el libreto, esa ausencia absoluta de elementos escenográficos pueden despistarte un poco, como le pasaba a un jovenzuelo, no lo suficientemente alejado de mi asiento como para que no me molestase, que no dejaba de pedir explicaciones sobre lo que ocurría a su desesperada madre.

Como ya he dicho antes, pese a todo, acabé con buenas sensaciones, e igualmente debió ocurrirle a la mayor parte del público que premió con unánimes aplausos a los responsables de la dirección escénica. Yo opté por guardar silencio.

Ignoro quién será el culpable, pero, aunque me quede solo en esta cruzada, vuelvo a manifestar mi indignación y vergüenza ajena ante esos guiños graciosillos, populacheros y propios de espectáculos de variedades a lo Juanito Navarro, como introducir palabras en valenciano (Adeu, Visca) o que Papageno se ponga a silbar “El Gato Montés”.

En el foso, al frente de la Orquestra de la Comunitat Valenciana, se situaba el italiano Ottavio Dantone, quien considero que llevó a cabo una muy buena y sutil labor de batuta. Se evidenció un equilibrio fantástico entre secciones, con una articulación orquestal en la que funcionaba el conjunto como un engranaje perfecto en el que todo estaba en su sitio y en la medida justa, y donde cada detalle de la partitura era destacado con minuciosidad y sorprendente relevancia. Eso no quita para que se hiciesen presentes algunos desajustes con la escena, propios de todo estreno, que fueron más notorios en las intervenciones de la Reina de la Noche.

El propio Dantone se encargó de hacer sonar el carillón de Papageno, ejecutando él mismo el Glockenspiel “amablemente cedido” por el Palau de la Música (según se indicaba en el programa de mano). No sé yo cuán amable habrá sido la cosa tal y como están las relaciones.

Entre los músicos de la orquesta, como no podía ser de otra forma tratándose de esta obra, destacó el protagonismo de la flauta de Álvaro Octavio, magistral como de costumbre.

Excelente también, una vez más, ese lujo que es el Cor de la Generalitat que, pese a no tener un especial protagonismo en esta ópera, en las ocasiones en las que tuvo que intervenir impresionó por su empaste, claridad, equilibrio y volumen.

En el apartado de los solistas las cosas no fueron tan positivas, aunque se mantuvo un nivel medianamente digno que hizo que el conjunto no se resintiese en exceso. Uno de los principales problemas vino derivado de que una propuesta escénica como esta, de escenario vacío, exige unos cantantes con gran expresividad y buenas dotes de actores. Y aquí hubo importantes carencias.

El Tamino del tenor sueco Daniel Johansson me gustó poco. Comenzó fatal, desafinado, desfiatado a la tercera frase y con una emisión sucia, opaca y muy atrás que afea notablemente un canto que debe ser brillante y luminoso y de tintes heroicos. Aquí la heroicidad sólo estaba en los oyentes. Afortunadamente, se fue entonando un poco conforme avanzaba la representación, mostrando volumen y algunos agudos notables, pero su hieratismo, frialdad y falta absoluta de expresividad, dejaron a un príncipe Tamino que apenas pasó de lacayo.

El barítono austriaco Thomas Tatzl, como Papageno, mejoró un poco en el apartado actoral, estando algo más desenvuelto en escena que Tamino, pero también le daba por pararse para cantar, desluciendo su actuación. En general estuvo correcto, aunque le falta peso y empaque vocal.

También falto de envergadura vocal en los graves se mostró el coreano In-Sung Sim como Sarastro, aunque cumplió dignamente en un rol complicado.

La que más me convenció fue la Pamina de la soprano italiana Grazia Doronzio que, pese a algunas destemplanzas en la zona aguda, hizo un uso inteligentísimo y elegante de las medias voces, exhibiendo un buen legato. Me pareció bellísimo su dúo con Papageno del primer acto, gracias también a Dantone y su sabio manejo de la orquesta.

La Reina de la Noche de la alemana Mandy Fredrich se vio muy perjudicada, como ya he dicho antes, por la imbecilidad escénica de tener cantar su primer aria, en equilibrio, subida a los lomos de dos pseudo fureros. Su timbre es bonito y cantó la primera parte del aria con mucho gusto, pero cuando llegaron las agilidades lo pasó mal, perdiendo a la orquesta y respirando donde no tocaba. En “Der Hölle Rache”, ya con los pies en el suelo, mejoró un poco la cosa, alcanzando los sobreagudos con precisión, pero la parte de agilidades se le seguía resistiendo y tuvo una calada que combinó con un piano un tanto extraño.

Bastante peor me pareció el Monotastos de Loïc Felix, quien sin embargo se movía por escena con muchísima soltura. No destacó demasiado Helen Kearns, en el breve y agradecido papel de Papagena. Sí me gustaron más Nathan Berg como el Orador, así como Mario Cerdá como Sacerdote.

Bastante bien estuvieron las tres damas, Jinkyung Park, María Kosenkova y Romina Tomasoni. Y excelentes resultaron los Tres Muchachos interpretados por adolescentes solistas del Tölzer Knabenchor. Yo no soy precisamente fan de las voces blancas, pero reconozco que estuvieron increíblemente bien, tanto en lo vocal como en el movimiento escénico. Me pareció un detalle de mal gusto que no figurasen sus nombres en el programa de mano.

Un público bastante frío sobre todo en el primer acto, y en el que volvió a ser notoria la presencia de numerosos niños y jóvenes, acabó ovacionando a todo el elenco con fuerza. Muchas veces he criticado que se comenzara a bajar el telón antes de que finalizase la música, y en las últimas óperas ya no lo hacen, sino que apagan la luz al acabar aquella, con lo que ya no hay que sufrir a los que tienen prisa en iniciar los aplausos. Pero es que el sábado ni siquiera bajaron el telón tras los saludos finales, así que cuando los artistas tuvieron ya bastante, se fueron yendo del escenario a su bola. Espero que no hayan despedido al encargado de bajar el telón por mi culpa…

Quisiera hacer también un llamamiento para que los chicos y chicas acomodadores y cuidadores de puertas hagan menos ruido durante las funciones, pues a veces molestan más ellos con sus pasos y el crujir de sus sillas metálicas, que los tosedores y los señores del caramelito. Igualmente me gustaría que sus jefes les recuerden la regla de que una vez comenzada la función no puede entrar la gente en la sala, porque el sábado, a mitad de obertura, se permitió el paso de dos tardones, con el agravante de que sus sitios habían sido ocupados por otros avispados con peor ubicación y el ruido y desconcierto que se organizó fue importante.

Bueno, pues la temporada se ha acabado. Ahora ya sólo nos resta esperar a “Otello” y que los órganos de gobierno de Les Arts se dignen a anunciar el contenido previsto de la próxima temporada, si es que hay contenido previsto y si es que va a haber próxima temporada. Hace tiempo se dijo que la temporada 2013-2014 se abriría con la reposición del Anillo wagneriano, pero pensar que esa previsión va a cumplirse, parece ahora mismo ciencia ficción. De momento, lo único que se sabe es que el musical “Los Miserables” ocupará la sala principal del 21 de noviembre al 22 de diciembre. Confío en que no sea con eso con lo único que nos quedemos el año próximo. Ah, no, que también está anunciado Raphael


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