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jueves, 4 de julio de 2013

"RIGOLETTO" (Giuseppe Verdi) - Teatro de la Maestranza - 29/06/13

Transcurría todavía el frío mes de enero cuando un grupo de amigos decidimos comprar entradas para acudir a finales de junio a Sevilla, a la representación de “Rigoletto” que se había anunciado en el Teatro de la Maestranza. La verdad es que a mí me hacen falta pocos pretextos para ir a una ciudad que me encanta y a la que tengo gran cariño, pero en esta ocasión la excusa era perfecta, pues un “Rigoletto” con Leo Nucci, Jessica Pratt, Celso Albelo y María José Montiel no se ve todos los días. Lástima que no pudiera organizarme para haber ido a alguna de las funciones del también muy interesante primer reparto, con un trío protagonista andaluz formado por Juan Jesús Rodríguez, Mariola Cantarero e Ismael Jordi.

Y la experiencia ha valido la pena. Ya la simple presencia del veterano barítono italiano Leo Nucci en el papel del bufón, garantizaba el espectáculo, pero es que, además, el resto del reparto rindió a un nivel espléndido y pudimos vivir y disfrutar una fantástica noche de ópera, a la vieja usanza, como cuando todavía había divos operísticos y en la que la pasión contagiada desde el escenario desbordó el patio de butacas.

Si se buscaban ortodoxas esencias interpretativas de la partitura de Giuseppe Verdi, no era la cita más adecuada. La orquesta estuvo lejos de infundir al conjunto acentos y clímax puramente verdianos, y los cantantes se lanzaron a una impactante exhibición vocal incluyendo todos los agudos y sobreagudos no escritos originariamente pero que los sucesivos divos y divas han ido incorporando para su propio lucimiento a lo largo de los años. Ahora bien, si lo que se pretendía era pasarlo estupendamente asistiendo a un emocionante espectáculo de ópera, no había mejor ocasión.

Leo Nucci ES Rigoletto. Ha cantado tantas veces el papel y lo tiene tan asumido en su interior que, pese a sus puntuales excesos interpretativos, te lo crees completamente. El personaje le surge de forma natural. Se planta la joroba y se transforma. Si algún día me contasen que este hombre ha acabado en su vida personal, como le pasó a Johnny Weissmüller con Tarzán, creyéndose el personaje interpretado y entrando en el comedor de la residencia de la tercera edad gritándoles a todos “Cortigiani, vil razza dannata”, me lo creería sin dudar.

Vocalmente tiene más trampas que una película de chinos, empuja la voz, utiliza portamenti a cascoporro, pero, a sus ¡71 años! el derroche que lleva a cabo en escena es brutal y digno de elogio. Y, lo que es más importante, logra alcanzar de forma inmediata el punto sensible del espectador transmitiendo emoción en estado puro, lo cual tiene mucho más mérito teniendo en cuenta que no baja el piloto automático del forte y no ofrece ni un solo matiz.

Pese a su edad, la voz, aunque pueda denotar cierto desgaste, se muestra sin apenas vibrato, su fiato sigue siendo muy respetable y su potencia y técnica de emisión permanecen incólumes. El incisivo fraseo de Nucci emociona y conmueve, retratando a la perfección las diferentes facetas del personaje, desde el arrastrado siervo sin reparos para ser cruel, al amante padre o al ultrajado progenitor  dispuesto a la despiadada venganza.

En ese sentido, su “Cortigiani” y el subsiguiente “Ebben, piango”, me parecieron antológicos, diferenciando de forma maestra las dos secciones, dando una lección de interpretación operística. Me gustó bastante más que la “Vendetta”, más atropellada y efectista, la cual, como no podía ser de otra forma, bisó a telón bajado en compañía de la Pratt con el público puesto en pie. De hecho me comentaron que la bisó hasta en el ensayo general. Nucci es así. That’s entertainment!.

Cuando escuché las primeras notas de Celso Albelo como Il Duca, no pude evitar recordar a Alfredo Kraus. Cierto es que las voces de ambos difieren y que la composición que del personaje realiza Albelo tiene una vertiente mucho más golfa que aquel elegante duque que encarnaba Kraus, pero me pareció evidente que el desaparecido maestro es la clara referencia de su joven pupilo. Tengo que decir, ante todo, que me gustó muchísimo Albelo. Y eso pese a que a su fraseo le falte un punto de expresividad y a que comenzó un tanto inseguro y sin acabar de colocar bien la voz, pero en el dúo con Gilda estuvo formidable y su recitativo y aria “Ella mi fu rapita… Parmi veder le lagrime” me parecieron referenciales. Elegancia canora de muchísimos quilates, con impecable dicción, exhibición de fiato y un exquisito canto ligado que no se vio afectado ni pese a los estirados tempi que imponía Halffter. En “La donna é mobile” remató con una nota final eterna, quizás efectista en demasía, pero la noche pedía excesos.

Uno de mis principales alicientes para esta excursión sevillana se centraba en escuchar a la soprano australiana Jessica Pratt, de quien me habían hablado especialmente bien; y no me defraudó en absoluto. Lejos de muchos de los jilguerillos que asumen el papel de Gilda, la Pratt tiene una voz brillante y con cuerpo, con unos agudos timbradísimos, bien emitidos y mejor colocados, de impecable afinación. Dio todo un recital de medias voces, filados, pianísimos y trinos espectaculares que enriquecían su elegante y muy bien ligado fraseo de forma magistral. Haber podido disfrutar en directo, en apenas quince días, de dos voces de soprano como las de María Agresta y Jessica Pratt, es un lujazo.

Posiblemente, Maddalena no sea el rol más adecuado para que se desplieguen las virtudes vocales de María José Montiel, quien se encuentra más cómoda en tesituras no tan graves, pero, a pesar de ello, la mezzosoprano madrileña llevó a cabo una actuación excelente, dotando al personaje de una enorme expresividad, sabiendo transmitir sus diferentes estados de ánimo pese a la brevedad del papel, y con una tremenda carga sensual (a la salida casi había tantos comentarios alusivos a las bonitas piernas de la Montiel como sobre el bis de Nucci). En el cuarteto se mostró soberbia, afinadísima, perfectamente audible y en conjunción perfecta con el trío protagonista, lo que en una Maddalena no suele ser muy habitual.

El bajo ruso Dmitri Ulianov, a quien vimos el año pasado en Les Arts como rey René de "Iolanta", fue un contundente y muy notable Sparafucile de profundas resonancias, voz potente y, aunque su canto no sea especialmente refinado, de intencionado fraseo con el que logró dibujar de forma efectiva la maldad del personaje.

Todo el resto del reparto funcionó también muy bien, sin que nadie desluciese el relevante nivel vocal general, mereciendo destacarse el buen Monterone de Miguel Ángel Arias, con una voz francamente interesante, a quien pienso que perjudicaba un tanto la caracterización empleada para avejentarlo, con postizos impropios hasta de la cabalgata de reyes.

No me convenció en absoluto Pedro Halffter al frente de la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Interpretar a Verdi exige saberle dar a la partitura todo el protagonismo dramático que la genialidad del compositor de Busseto le otorgó. Y Halffter no supo o no quiso. Su empleo de tempi y dinámicas se me antojó caprichoso, sin responder al devenir narrativo y emocional del drama, siendo la monotonía e insulsez la tónica dominante de su lectura. Hubo pasajes de una morosidad exacerbada, como en “Parmi veder le lagrime”, donde no sólo la orquesta no respiraba con los cantantes, sino que les colocó en una situación muy comprometida que sólo se salvaba gracias a la técnica individual de los intérpretes. Curiosamente, o no, Nucci fue quien menos padeció estas lentitudes. Posiblemente el ser la estrella de la función influyera en ello.

Para no ser del todo injusto diré que hubo momentos donde la orquesta brillo con más relevancia, como en las entradas de Monterone o en la escena de la tormenta y el último acto en general, donde el cuarteto fue bien conducido.

Muy importante me pareció sin embargo la aportación del Coro de la Asociación de Amigos del Teatro de la Maestranza. Si en el aspecto orquestal cualquier comparación que se pudiese hacer con la agrupación que escuchamos habitualmente en Les Arts no se sostenía, en el caso del Coro no ocurrió lo mismo. Sonó fantásticamente bien con un ajuste, sonoridad y empaste de primera línea. Todo un descubrimiento.

En cuanto a la dirección escénica, se trataba de la concebida por Stefano Vizioli para el Teatro Regio di Parma. De corte absolutamente clásico, como le gusta a Nucci, con una escenografía especialmente vistosa en el primer cuadro, sirvió a la perfección para contribuir a la sensación de estar viviendo una noche operística de las de antaño, si bien el trabajo escénico como tal me pareció pobre, sobre todo en lo que a la dirección de actores se refiere.

Pienso que se resolvió bastante hábilmente el último acto, aunque, en este caso, la colocación de los cantantes durante el cuarteto en alturas diferentes creo que es un error. Tampoco se solucionó adecuadamente la voz interna del tenor que sonaba claramente a nivel del escenario y no desde la ventana donde se supone que se encontraba. Pero esta noche, más que nunca, la dirección escénica era lo de menos.

El público, que llenaba totalmente el recinto sevillano, con presencia de caras conocidas de la jet local y muchos aficionados desplazados de toda España, enloqueció literalmente con el espectáculo ofrecido y jaleó y braveó puesto en pie a todos los intérpretes, llegando en el bis de la Vendetta a no esperar ni a que Nucci acabase de cantar. Pocas veces he visto, además, tal cantidad de gente intentando entrar en los camerinos al acabar la función.

Aunque si de verdad hubo algo que nunca había visto en un patio de butacas de un teatro serio de ópera, fue lo que aconteció cuando Celso Albelo comenzaba a afrontar “È il sol dell'anima”: una ruidosa bolsa de plástico empezó a sonar insistentemente, pese las protestas de los que nos encontrábamos cerca del humanoide con gafas autor de semejante concierto que no cesaba. Cuando finalmente paró el ruido, mi compañera de butaca me hizo señas de que mirase al personaje en cuestión y allí estaba el señoritingo de la bolsa metiéndose entre pecho y espalda un bocata tamaño fagot y chuperreteándose sus pezuñas… Al encenderse las luces, apenas unos minutos después, mi amiga le llamó la atención ante la falta de respeto con los artistas y el público de su comportamiento y su respuesta fue que éramos “muy sensibles”, con lo que todos los que por allí estábamos a punto estuvimos de demostrarle que lo único sensible iba a ser su nariz al día siguiente.

En fin, no me alargo más. Hasta aquí mi crónica para dejar constancia de otra inolvidable jornada operística y de un estupendo fin de semana gastronómico-cultural que quiero agradecer a todos los amigos y amigas que me ayudaron a pasarlo todavía mejor, y muy especialmente a nuestros anfitriones Joan, Gabriel y Cayetana. Esperemos poder repetir muy pronto otra escapada.

martes, 7 de febrero de 2012

"IOLANTA" (Piotr Ilich Tchaikovsky) - Palau de les Arts - 31/01/12


Hace ya una semana que tuvo lugar, en el mal llamado Auditorio del Palau de les Arts, la representación de la ópera “Iolanta”, de Tchaikovsky, en versión concierto. Mis obligaciones laborales, preciado tesoro hoy en día, me han impedido hasta ahora traer aquí mis impresiones sobre una función que quería reseñar, aunque fuese brevemente, por el buen nivel de lo escuchado.

Me hacía mucha ilusión ver esta “Iolanta” ya que es una obra por la que siempre he sentido especial debilidad. Indudablemente, dentro de las óperas de Tchaikovsky no está al nivel de un “Eugene Oneguin” o de “La Dama de Picas”, pero musicalmente es bellísima, con algunos fragmentos realmente inspirados. El libreto ya es otro cantar, pues, pese a las sesudas interpretaciones que se han venido queriendo hacer de esta historia, a mí siempre me ha parecido un cuento de hadas bastante tontainas.

El que se representase en versión concierto me motivaba más bien poco, pero después de haber asistido apenas tres días antes al “Don Giovanni” escenificado con la deleznable dirección de Jonathan Miller, aquello no podía ser peor. Y efectivamente, no sólo no fue peor, sino que hubo bastante más movimiento y expresividad en la versión en concierto de “Iolanta” que en la gélida defecación mental con la que nos ha estafado Miller. Y los cantantes, pese al poco espacio existente, procuraron moverse y actuar en función de lo que cantaban, lo cual hicieron además con notable entrega y fuerza expresiva.

Esta representación respondía a un acuerdo de intercambio entre el coliseo valenciano y el Teatro Real de Madrid, por lo que Coro y Orquesta no fueron los titulares de Les Arts, sino los del teatro madrileño (Coro Intermezzo y Orquesta Sinfónica de Madrid), bajo la dirección del griego Teodor Currentzis.

Me gustó bastante el trabajo de batuta llevado a cabo por Currentzis, quien hizo una lectura muy detallista y meticulosa de la partitura de Tchaikovsky, a la que consiguió dotar de notable aliento lírico, logrando transmitir toda la emoción y tensión requeridas, cuidando las dinámicas y estando siempre extraordinariamente pendiente de los cantantes, ajustando los volúmenes de la orquesta a las características de éstos.

En contra de Currentzis tan sólo señalaría el hecho, que parece haber sido decisión suya, de que, poco antes del final de la obra, se haya incluido un coro a capella de Querubines perteneciente a otra obra de Tchaikovsky, “La Liturgia de San Juan Crisóstomo”. Independientemente de la mayor o menor belleza del fragmento, me pareció que es un pegote que rompe completamente la tensión dramática sin venir a cuento.

La Orquesta Titular del Teatro Real rindió a un buen nivel, especialmente las maderas, aunque resultó inevitable echar de menos las voluptuosas y precisas sonoridades a las que nos tiene acostumbrados la Orquesta de la Comunitat Valenciana.

Otro tanto puede decirse del Coro Intermezzo respecto al Coro de la Generalitat, aunque ofrecieron unas muy buenas prestaciones, especialmente en el pegote de “La Liturgia de San Juan Crisóstomo” incluido justo antes del final.

El nivel de los solistas vocales fue, en líneas generales, muy notable. La protagonista femenina fue la soprano Ekaterina Scherbachenko, quien supo infundir al personaje de Iolanta toda la inocencia y candidez requeridas, luciendo una voz lírica, de bello timbre, a la que tan sólo hay que reprochar su cortedad en el registro agudo donde pasó más de un trance comprometido.

Destacó por méritos propios el bajo ruso Dmitri Ulianov en su papel de rey René, contundente vocalmente y derrochando expresividad, alcanzando las más altas cotas de emoción de la noche en su apasionada aria.

El barítono Maxim Aniskin, como Robert, encandiló al público con su potencia y entrega; como también hizo el veterano bajo Sir Willard White, como Ibn-Hakia, pese a que acuse el paso de los años.

El complicado rol de Vaudemont fue encarnado por el tenor checo Pavel Černoch, quien compensó sus carencias con una inteligente técnica y apasionada ejecución.

Muy correctos todos los secundarios, destacando la mezzosoprano rusa Ekaterina Semenchuk, con una zona central de indudable belleza. Semenchuk parece ser precisamente la Azucena anunciada en Les Arts para “Il Trovatore” que podremos ver en junio, papel muy exigente para el que me da un poco de miedo después de haberle escuchado algunos graves de camionero bastante feos.

Como era de esperar en una versión concierto un día laborable y con una ópera no demasiado popular, el aforo del infame Auditorio presentaba bastantes huecos. No obstante, el público presente, entre quienes se pudo ver a Gerard Mortier y a la soprano Anna Samuil, tuvo un comportamiento irreprochable, mucho más silencioso y respetuoso que de costumbre y se mostró eufórico al final, ovacionando largamente con fuerza a todos los participantes, especialmente a los miembros del Coro, escuchándose a la salida comentarios muy elogiosos de la, hasta entonces para muchos de ellos desconocida, obra de Tchaikovsky.

Es curioso que, en lo que llevamos de temporada, dos de los mejores momentos vividos han tenido lugar en versiones concierto, esta “Iolanta” y “Ariadne auf Naxos”. Eso no es fruto de la bondad de este tipo de versiones frente a las escénicas, sino del gran nivel musical que han tenido y lo poco que las puestas en escena presentadas hasta ahora han contribuido a elevar la calidad de los espectáculos escenificados. Es más, horrendos engendros mentales como el “Don Giovanni” de Jonathan Miller, son capaces de hundir una obra maestra. Pero la solución no es hacer más versiones concierto, sino contratar registas medianamente serios y competentes.

Para finalizar os dejo con dos fragmentos de "Iolanta". En primer lugar podemos escuchar la interpretación que hace el gran Nicolai Ghiaurov del aria del rey René:



video de guadalupe8311

Y termino por hoy con el bellísimo dúo entre Iolanta y Vaudemont, en la interpretación que llevaron a cabo Anna Netrebko y Piotr Beczala el pasado año en Salzburgo:


video de kurmachev