jueves, 12 de octubre de 2017

"MADAMA BUTTERFLY" (Giacomo Puccini) - Palau de les Arts - 11/10/17

Se reanudó ayer la actividad operística en el Palau de les Arts con el estreno de Madama Butterfly, de Giacomo Puccini, que ha sido la obra elegida este año para abrir la pretemporada valenciana. Al igual que ocurriese en los dos años anteriores con La Bohème y L’elisir d’amore, se ha vuelto a decidir que protagonice esa pretemporada una de las óperas más populares del repertorio.

Creo que es lo que procede si el objetivo de estas funciones es abrir el género a nuevos espectadores y público joven que se acerque al teatro y pueda aficionarse a él. Óperas populares y “fáciles” y precios muy económicos son los mejores ingredientes para ese propósito. De momento parece que al menos la primera parte del objetivo se ha vuelto a conseguir, al haberse agotado las entradas para todas las funciones de esta Madama Butterfly (aunque ya sabéis que cada día de representación sale a la venta el 5% del aforo reservado por ley para vender ese mismo día).

Si en los años anteriores se presentaron producciones propias de Les Arts ya estrenadas con anterioridad, en esta ocasión se ha optado por crear una nueva producción, encargando la dirección escénica a un hombre de la casa, Emilio López, que, aunque ya no forma parte de la plantilla del teatro valenciano, ha colaborado en el pasado con el intendente en numerosas producciones. Junto a él están otros colaboradores habituales en las producciones propias de Les Arts, con la escenografía de Manuel Zuriaga, la iluminación de Antonio Castro y las videocreaciones de Miguel Bosch. Y a ellos se unió el vestuario de Giusi Giustino quien ya colaborara con Livermore en I Vespri Siciliani.

López ha optado por transponer la acción de finales del siglo XIX al Nagasaki de la Segunda Guerra Mundial, haciendo un paralelismo entre el ocaso del imperio nipón  con la destrucción de la ciudad bajo la bomba atómica lanzada por los americanos y el progresivo descenso a los infiernos de la protagonista, Cio-Cio-San, traicionada por el yankee Pinkerton. Como idea no está mal, pero el caso es que aquí la propuesta innovadora apenas parece quedarse en lo meramente formal y, de hecho, nos encontramos con una puesta en escena que, pese al salto temporal, no deja de ser extremadamente clásica y ajustada al libreto. Los únicos elementos de innovación respecto del original serán que a partir del segundo acto nos encontraremos con un vídeo mostrándonos la explosión atómica y con la casa de Butterfly entre los escombros. Bueno, eso y que la protagonista en lugar de hacerse el harakiri, como Hirohito manda, se degüelle como un gorrino en matanza.

Lo anterior no lo digo como crítica negativa, pero sí pienso que ha habido una apuesta por ir a lo seguro, que posiblemente sea lo que tocaba para una función destinada a atraer nuevos públicos, y que, al margen de los detalles que he comentado, podíamos estar ante una muy tradicional puesta en escena de esta ópera. Estéticamente creo que funciona bien, especialmente en los actos primero y tercero, mientras que en el segundo el decidir presentarnos toda la acción con la pantalla de por medio, sumo tenebrismo y oscuridad escénica, acaba por incomodar. Y eso que una de las cosas que destacaría especialmente en el equipo creativo es el muy buen trabajo de iluminación.

Una vez más, y esto es una constante de la fábrica Livermore, se insiste en esa absurda necesidad de tener visualmente entretenido al espectador en todo momento y no dejarle en paz en los pasajes orquestales. Ayer volvió a ocurrir, con vídeos ilustrando los inicios de acto, el último de ellos por cierto más cursi que ver una película de Sissi con el tutú puesto, y amenizando el precioso coro del final del segundo acto con una aspaventosa danzarina, Fátima Sanlés, a modo de mariposa que nos vaticinará la inminente muerte de Butterfly.

En la faceta de dirección de actores no hay tampoco grandes aportaciones, observándose un buen trabajo en los escasos momentos corales y en el buen rendimiento del niño Andrei Honciu. Lo de la pareja protagonista es otro cantar, el dúo de amor con los amantes mirando al tendido y abriendo mucho los brazos cual película muda, no fue precisamente un ejemplo de dramaturgia, pero ahí creo que el director se topó también con las innatas cualidades de los dos cantantes principales.

De cualquier forma pienso que, en general, el resultado final del trabajo de Emilio López es bueno y se ajusta perfectamente a la obra a la que sirve, donde tampoco hay una acción que dé especial juego para mucha virguería, sino donde lo principal será la evolución psicológica de la protagonista. Posiblemente se innove poco, pero tampoco se nos ha presentado una sandez infumable ni se ha dificultado el devenir dramático de la ópera.

La dirección musical corrió a cargo del joven director venezolano Diego Matheuz, formado en el conocido Sistema (Sistema Nacional de Orquestas y Coros Juveniles e Infantiles de Venezuela), que ocupaba por vez primera el foso valenciano, aunque no era la primera vez que dirigía a la Orquestra de la Comunitat Valenciana, pues ya lo hizo en un concierto en Castellón a principios de año. Matheuz llega envuelto en esa aura de presunta genialidad que parece acompañar todo lo que sale del Sistema. Es verdad que, aparte de la labor más o menos eficaz de la máquina publicitaria, Matheuz ha ocupado, por ejemplo, la dirección de La Fenice veneciana y ya ha pisado algunos de los principales recintos musicales internacionales, pero esa insistencia de la prensa en venderle como el nuevo Dudamel, no le ayuda precisamente. Anoche aún le ayudaba menos el que muchos de los espectadores operofrikis tengamos todavía incrustada en nuestras meninges la maravillosa e irrepetible lectura de esta partitura que nos brindó el desaparecido y muy añorado maestro Lorin Maazel en una de las más gloriosas páginas musicales escritas en nuestro teatro. Ya sé que está muy feo hacer comparaciones y menos con genios como Maazel, pero es inevitable.

En cualquier caso, dejando de lado comparaciones, prejuicios y publicidades, el caso es que a mí me defraudó bastante la labor de Diego Matheuz. Todo el refinamiento, sutileza y belleza que contiene la partitura quedó en un encefalograma plano sin alma, con puntual descontrol sonoro y, lo que es más grave, sin emoción. Una orquesta puede ser una castaña y no tener remedio, intentarlo y sonar a banda de segunda, sonar muy bien sin más o incluso emocionar. Anoche hubo momentos en los que la orquesta sonó extraordinariamente bien, con unas cuerdas magistrales (salvo en un desliz en un pianísimo del tercer acto), pero del foso surgía menos emoción que de un discurso de Rajoy en el canal teletexto. Matheuz, con menos vehemencia gestual que su afamado compatriota, parecía atento al conjunto orquestal y a los solistas en escena, pero el resultado se quedaba en lo meramente correcto, frío, impersonal… o bien se transformaba en un alud sonoro sin prisioneros, como en el trío del tercer acto donde las voces quedaron sepultadas.

Pese a su limitada intervención en la obra, de lo mejor de la velada fue una vez más el Cor de la Generalitat. Estupendo en toda la escena de la boda y en la aparición del Tío Bonzo. Dejadme seguir siendo un vulgar Cebolleta, pero aún recuerdo yo el antológico final del segundo acto que vivimos en 2009 bajo la dirección de Maazel, con el bellísimo coro interno a bocca chiusa compuesto por Puccini. Ayer el acompañamiento orquestal estuvo a años luz de aquel, pero el rendimiento de los componentes del Cor volvió a ser inmejorable, aunque con mayores problemas de escucha en la sala.

A diferencia de los años anteriores donde se cedió el protagonismo vocal a cantantes que habían pasado por el Centre Plácido Domingo, en esta ocasión se ha recurrido a cantantes sin esta vinculación para la pareja principal.

El papel de Cio-Cio-San se ha encomendado a la soprano armenia Liana Aleksanyan que ha cantado este rol en numerosas ocasiones, destacando su debut en La Scala dirigida por Riccardo Chailly. Fue la gran triunfadora de la velada, aunque a mí no me acabó de convencer. Tiene una gran facilidad en el registro agudo, donde se mueve cómoda y autoritaria, pese a algún problema en el control de la respiración. Pero el amplio registro que se requiere para dibujar vocalmente la evolución psicológica de la protagonista quedó cojo ante una falta absoluta de homogeneidad vocal, con una zona grave endeble, por ser generoso, donde la voz cambiaba de color y se abría con un efecto feísimo, rozando el eructo; dejándonos huérfanos de esa variedad de acentos que debe enriquecer el personaje.

Su Butterfly presenta dos caras claramente diferenciadas. En el primer acto es imposible creerse que estamos ante una inocente niña de quince años, con esa presencia y vozarrón que despierta el Fujiyama y amedrentaría a todo el ejército americano. Ni un ápice de dulzura o sensibilidad, a lo que también contribuyó un canto lineal en forte, donde en toda la noche no hubo ni un solo matiz o regulación, y una importante frialdad. A partir del segundo acto y sobre todo en el tercero, Aleksanyan da lo mejor de sí, con gran fuerza vocal y presencia dramática y expresividad, culminando con un Con onor muore bastante destacable.

Cuando se anunció la temporada se dijo que el protagonista masculino sería el toledano Sergio Escobar; hace pocos días se anunció que la participación de Escobar quedaba reducida a las dos últimas funciones por prescripción médica, siendo el elegido para las primeras tres representaciones Alessandro Liberatore; y ayer nos encontramos en el programa de mano con que el papel de Pinkerton en el estreno lo asumiría Luciano Ganci. El tenor italiano fue un correcto Pinkerton, mostrando un instrumento de grandes posibilidades, con una voz amplia y brillante de tenor lírico que se imponía fácilmente al conjunto orquestal en los ascensos al agudo. Su centro es mucho más problemático, falto de cuerpo y con carencias técnicas que le hacían rozar el gallo y desafine cada vez que se aproximaba a la zona de paso, aunque en cuanto entraba en el registro agudo, brillaba. En la zona grave la presencia vocal ya se perdía por completo y quedaba inaudible. Su fraseo fue bastante descuidado y tosco por momentos, pero de cualquier modo, después de habernos chupado en esta vida tantos Pinkerton de salir corriendo, incluyendo algunos en este teatro en los gloriosos tiempos de Maazel (y dale con el temita…), la labor de Ganci creo que puede calificarse de positiva. Eso sí, parece que ya no cantará más y que en las próximas funciones serán Sergio Escobar y Alessandro Liberatore quienes se turnarán en el papel; y, sin más referencia que lo que me han comentado dos amigos, ambos del mundo musical que han escuchado los ensayos, os digo que su opinión es que Ganci ha resultado el mejor de los tres. Ahí lo dejo.

Tan solvente como suele acostumbrar se mostró Nozomi Kato como Suzuki. La mezzo japonesa, ya lo he dicho en varias ocasiones, creo que es una de las mejores voces que ha salido del Centre Plácido Domingo. Ayer estuvo estupenda en sus dúos con Cio-Cio-San y con Sharpless.

Sharpless fue el barítono brasileño Rodrigo Esteves un barítono de voz amplia y agradable timbre, que ofreció sus mejores prestaciones en el dúo del segundo acto con Cio-Cio-San, con carácter y fuerza expresiva.

Me gustó el Goro de Moisés Marín y cumplieron correctamente en papeles menores Pablo López, José Javier Viudes, Marianna Mappa, Arturo Eduardo Espinosa, Jorge Álvarez y Javier Galán.

La sala presentó anoche un aspecto envidiable, aunque sin llegar a estar absolutamente llena, cosa que me llamó la atención. No sé si porque algunos de los que sacaron las entradas hace meses se han olvidado o desistido, o porque con tanta publicidad como se ha hecho del sold out al final se ha retraído la gente en acudir a comprar el 5% reservado para el último día. También era destacable la numerosa presencia de un público más joven de lo que suele ser habitual en los estrenos de Les Arts. Pese a esa presencia de público primerizo, o quizás por ello, me sorprendió que los habituales ruidos variados que adornan los estrenos esta vez quedasen reducidos a la mínima expresión (un horrísono móvil al comienzo del segundo acto) y, al menos en la zona en la que me encontraba que es la misma de mi abono de temporada, hubo mucho más respeto de lo acostumbrado. También hubo algo más de frialdad, posiblemente porque desde foso y escena se contribuía a ello, pero el caso innegable es que en el descanso los aplausos fueron tibios y al finalizar, aunque se ovacionó a todo el elenco, no se percibía el entusiasmo de otras noches.

No obstante, por los comentarios que escuché a la salida, el público salió contento y que yo me aburriese ayer como un percebe no quiere decir nada. No es más que mi particular y discutible opinión. Así que, como siempre, os animo a ir a Les Arts y vivir vuestra propia experiencia operística. Además, también las sensaciones dependen mucho del estado de ánimo de cada uno y, tras una muy dura jornada laboral, no llevaba yo el cuerpo muy festivo, lo cual posiblemente influyera en que quizás viese yo las cosas peores de lo que fueron… O no.




7 comentarios:

  1. Totalmente de acuerdo contigo. Yo no me dormí porque mi vecina se movía mucho, que si no, caigo.
    Enhorabuena por tu blog que no conocía y que pienso seguir a partir de ahora.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Gracias, Pepa. Espero que sigamos compartiendo experiencias operísticas por aquí.

      Eliminar
  2. Con honor frente al deshonor de Justo Romero, he disfrutado de una buena tarde de ópera. Después de tanta critica a la escenografía, a mi me ha gustado, con una soberbia iluminación, totalmente alejada de una imagen low cost. La gente, en general, con mejor comportamiento que en la temporada. Igual la educación no entiende de dinero.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Con toda seguridad la educación no es cuestión de dinero.
      Me alegra que te gustase más que a mí. Gracias por comentarlo

      Eliminar
    2. Gràcies per l’apunt. Vaig anar a la funció del dissabte. A l'igual que en el comentari anterior coincidesc en el bon comportament del públic, silenci i de les poques voltes que no he vist ni sentit mòbils per la sala.
      En quant a l'escenografia, em va semblar correcta, quasi res de nou.
      Els dos protagonistes principals em van decebre. Ella en la zona baixa molt fluixa i ell sepultat per l’orquestra en molts moments.
      Per a mi l'orquestra no va estar mal i he de confessar que em vaig aborronar en alguns moments, cosa que no és massa difícil amb la música de Puccini.

      Eliminar
    3. Gràcies a tu pel teu comentari.
      M'alegra que t'ho passares millor que jo, perquè reconec que em vaig avorrir moltíssim i crec que la fluixa direcció musical va ser culpable d'una de les prestacions més decebedores de nostra orquestra.

      Eliminar
  3. Hola, Atticus. Estava fora i no l'havia vista encara. Aní ahir (20). Cantà el tenor Matteo Lippi, al final de tants canvis qui s'encarregarà de totes les funcions. És just apuntar que el Palau s'ha molestat en fer un full de correcció al programa. Francament, he tingut tanta mala sort en tots els Pinkertons que he vist que em paregué d'un nivell molt digne en la part vocal. En l'actoral crec que va fer el que podia si pensem que ha vingut a última hora. De Kato no solament coincidisc en el que dius, sinó que afegiria que tingué una actuació dramàtica de nivell cinematogràfic. Per a mi, la millor de la funció. De la soprano pense que devia estar indisposada. No és possible que fera Butterfly en la Scala. Em va defraudar totalment en veu i en actuació. En el primer acte mou el parasol com un bat de beisbol. Se salva amb un ària final ('piccolo iddio') que li va molt bé perquè si no... Gràcies per la crònica. Un catedràtic, com sempre.

    ResponderEliminar