sábado, 11 de junio de 2016

"A MIDSUMMER NIGHT'S DREAM" (Benjamin Britten) - Palau de les Arts - 10/06/16

A lo tonto, a lo tonto… en cuanto nos hemos descuidado ya se nos ha acabado la temporada operística en Valencia. Anoche se produjo el estreno de la última producción de la temporada, A midsummer night’s dream, del compositor inglés Benjamin Britten y parece que fue ayer cuando nos felicitábamos por el inicio de la actividad en Les Arts… Me debo estar haciendo mayor…

El estreno de ayer, además, suponía la reparación de una tremenda injusticia, como es que, en estos diez años de actividad operística en Valencia, no se hubiese estrenado aún ninguna obra de una figura capital en la historia de la ópera del siglo XX como es Benjamin Britten. Veremos si con Janáček podemos decir algo parecido pronto.

Lo cierto es que esta recta final de la temporada ha tenido un enorme interés, con el acercamiento a la música de los siglos XX y XXI con Juana de Arco en la hoguera (1938), de Arthur Honegger; Café Kafka (2014), de Francisco Coll; y ahora este A midsummer night’s dream (1960), de Benjamin Britten. Y no ha podido tener mejor cierre, porque no exagero si digo que ayer pudimos disfrutar en Les Arts del mejor espectáculo de la temporada.

Y que este haya sido el espectáculo más redondo de cuantos han pasado este año por Les Arts tiene un mérito añadido, pues las características de esta obra hacen muy difícil que todo cuadre. Nos encontramos aquí con una ópera coral, con hasta 18 personajes con papel cantado, incluyendo un contratenor y una soprano de coloratura con una partitura exigente, y ninguno desentonó. Se trata, además, de una composición muy refinada y colorista que requiere control y matices; y Abbado los supo encontrar. El coro se reserva a voces infantiles que también se muevan en escena con soltura; y la Escolanía lo bordó. El personaje de Puck, hilo conductor de la trama, si resulta soso, todo se tambalea; y Darmanin estuvo sobresaliente. Y la dirección de escena puede pecar de descuidar el peso teatral de la trama, de querer innovar demasiado o de ser excesivamente barroca y rancia; pero ayer también se consiguió una ambientación escénica excelente.

Para la ocasión se ha decidido elaborar una producción propia del Palau de les Arts, cuya dirección escénica se ha encomendado al escocés Paul Curran, quien tiene en su haber un buen número de adaptaciones de Britten, entre ellas otro Midsummer en Roma en 2012. Resultó palpable que Curran conoce bien la obra de Britten y le respeta tanto como éste respetó a Shakespeare cuando realizó esta composición. La puesta en escena se alejó de cualquier tentación de exhibicionismo creador para centrarse en lo verdaderamente importante, que es servir de vehículo de comunicación de la fuerza dramática de la partitura y de los versos de Shakespeare, dando relevancia a los dos aspectos más importantes en esta obra, como son crear una atmósfera onírica y mágica, y ser especialmente cuidadoso en la dirección de actores.

La escenografía se limita a las ruinas de un templo circular rodeado de columnas, una especie de tholos griego, en el que se irá desarrollando toda la trama. En alguna ocasión el templo girará, pero con esa simplicidad escenográfica bastará. No hay un alud de proyecciones ni una sobrecarga visual, tan habituales últimamente, para lograr la ambientación requerida. Ésta se conseguirá con el apoyo fundamental de un vestuario adecuado y un inteligente uso de la iluminación, y la trama fluirá gracias a un elaborado trabajo de dirección de los intérpretes, cuidando la expresividad y sus movimientos en escena con sentido dramático y conocimiento teatral.

El vestuario de Gabriella Ingram me recordó a algunas propuestas de Emilio Sagi, con pelucas llamativas y vestidos iluminados para las hadas, contribuyendo a la ambientación mágica del mundo nocturno. La iluminación de David Jacques es de lo mejorcito que hemos visto en Les Arts últimamente. La oscuridad no era sinónimo de tinieblas y hubo momentos magníficos, como la entrada de Titania y las hadas al final del acto I, con el templo envuelto en una luz roja fascinante; la iluminación del rayo de luna; o los colores del cielo en el amanecer. Estéticamente muy bella resultaba también esa luna omnipresente en el cielo estrellado. 

Los movimientos de los actores están especialmente trabajados y con sentido teatral. Todos los cantantes llevan a cabo un derroche interpretativo acorde a la sólida base dramática del libreto. El trasfondo teatral está omnipresente sin que se perjudique la vertiente musical, algo que parece elemental y sencillo, pero no lo es. Divertidísima resultó la intervención de los artesanos y su representación de La muy lamentable comedia y muy cruel muerte de Píramo y Tisbe; y muy acertada la inclusión de jóvenes bailarines como apoyo a las hadas de la Escolanía.

Si tuviera algo que criticar, posiblemente fuese el comienzo de la representación, con una introducción actuada y hablada, demasiado larga, antes de que se inicie la música, que ni está escrita por el autor ni pienso que aporte nada; pero, dado el resultado final obtenido, perdonado queda.

La partitura de Britten es una absoluta genialidad, habiendo conseguido esbozar, con una orquesta muy reducida, un colorido y una riqueza de texturas tímbricas espectaculares. Britten dota a cada uno de los tres mundos que se entrecruzan en la obra (el de las hadas, los amantes atenienses y los artesanos) de su identidad tímbrica y vocal; y todo ello envuelto en un clima orquestal etéreo y sutil, propio del sueño que recorre la comedia como leitmotiv.

Roberto Abaddo volvió a convencerme plenamente anoche, firmando una dirección espléndida, al servicio del drama, sabiendo destacar la variedad de colores de la partitura, con claridad de texturas y un manejo maestro de las dinámicas. Estuvo atentísimo a la escena, marcando todas las entradas y llevando con rigurosidad matemática la concertación de los difíciles cuartetos del segundo y tercer acto. Destacó la tensión e intensidad emocional que supo imprimir en momentos como ese cuarteto del segundo acto, o el comienzo de los actos primero y tercero, auténticas joyas engarzadas por Britten en los pentagramas.

Sobresaliente, una vez más, la Orquestra de la Comunitat Valenciana. Sería sumamente injusto si destacase aquí a algún solista, porque todos brillaron de forma espectacular. Sensacional la percusión, tan importante en esta obra, trompeta y metales en general, celesta, clave, flauta, oboe, fagot, clarinete… y una cuerda de ensueño. Los pianissimi de los violines ponían los pelos de punta, y la densidad y terciopelo de la cuerda grave es difícil de olvidar. Violas, chelos, contrabajos… maravillosos.

Britten hace que las hadas sean interpretadas por un coro infantil de voces blancas, resaltando así por un lado la pureza e inocencia y por otro llevando su canto a una dimensión elevada que nos acerque a su carácter sobrenatural y nos remita al mundo de los sueños. El reto no resultaba nada sencillo para la Escolania de la Mare de Déu dels Desemparats dirigida por Luis Garrido, pero salvaron el escollo con matrícula de honor. Ha de haber un antes y un después en la agrupación tras el excepcional rendimiento ofrecido ayer. Adecuación idiomática, conjunción y empaste ante una partitura muy compleja y complicada, y entrega escénica, fueron el distintivo de la Escolanía toda la noche, con meritorias intervenciones como solistas de Alejandro Estellés, Joel Orts, Héctor Francés y Josep de Martín.

Como he dicho antes, nos encontramos ante una ópera coral, con múltiples papeles cantados, sin que tenga ninguno un especial protagonismo, y, aunque hubo unas voces mejores que otras, ninguno desentonó del buen conjunto general.

Britten, en otra de las genialidades de esta obra, asigna al rey de las hadas la vocalidad de contratenor, resaltando, con esta voz poco natural, el carácter mágico del personaje. Quienes me seguís ya sabéis que los contratenores no son precisamente mi pasión. Pues bien, he de decir que el Oberon de Christopher Lowrey me pareció magnífico. Su fraseo fue elegantísimo, ligado, rico en matices, permitiéndose alguna regulación exquisita, y obsequiándonos con un I know a bank de lujo, donde demostró conocer y dominar también al maestro Purcell.  

Si Oberon se encomienda a un contratenor, el papel de Titania está escrito para una soprano de coloratura, con una tesitura exigente, que también realza la condición sobrenatural del personaje. Es un rol más complicado de lo que parece y la americana Nadine Sierra, que tan buena impresión nos causó en el Don Pasquale de la pasada temporada, lo resolvió con solvencia. Su voz quizás tenga ya más cuerpo y peso de lo que pueda pedir la partitura, pero se movió en la coloratura con facilidad y la zona aguda fue limpia y brillante, no mostrando tampoco ningún problema para hilvanar algún pianísimo de fábula en su escena de amor con Bottom.

El cuarteto de amantes atenienses estuvo compuesto por cuatro jóvenes cantantes. Todos ellos tuvieron una adecuación estilística y comportamiento escénico extraordinarios. En lo vocal me gustaron más la Hermia de Nozomi Kato, una de las mejores voces que ha dado últimamente el Centre Plácido Domingo, y el Lisandro compuesto por Mark Milhofer, muy en la línea Peter Pears, salvando las distancias, justo en volumen, pero elegante. Dan Kempson fue un Demetrio de bello timbre aunque de emisión a veces inconsistente; y Leah Partridge una atractiva Elena que defendió un papel complicado con habilidad y arrojo, pese a algún apuro y desafinación puntual.

Los seis artesanos requieren ante todo de desenvoltura en escena y capacidad para la comedia, y pocos reproches se pueden hacer a ninguno de los intervinientes. Especial mención merece el extraordinario Bottom del veterano Conal Coad. La voz presenta algún desgaste, aunque no pierde volumen ni rotundidad, ni le viene mal a un personaje que domina con una vis cómica formidable, que ni siquiera se vio afectada por la lesión de gemelos que padece y que se anunció por megafonía al comenzar la función. Pese a todo, no se privó de subir y bajar escaleras ni acompañar en los bailes al resto de compañeros del sexteto. Un lujazo de Bottom (con perdón).

Magníficas también las prestaciones vocales y cómicas del Flute de Keith Jameson, muy divertido cuando encarna a Tisbe. Muy bien Tyler Simpson como Snug, Richard Burkhard como Quince, William Ferguson como Snout y Michael Borth como Starveling, otro alumno del Centre que no me había gustado nada en Idomeneo, pero que ayer no sólo no desmereció el conjunto, sino que estuvo más que correcto.

Los papeles menores de Teseo e Hipólita estuvieron también perfectamente servidos por Brandon Cedel y una algo más discreta Iuliia Safonova.

Como decía al principio, si en esta obra te toca un Puck soso, mejor vete a casa. Pero el Puck del maltés afincado en Londres, Chris Agius Darmanin, fue soberbio. Dicción exquisita, gran sentido del recitado, estupendo actor y enorme bailarín rozando la acrobacia. Y por si fuera poco, las breves frases que canta cuando llama a los amantes haciéndose pasar por Lisandro y Demetrio, las entonó perfectamente.

Y para que no quede nadie sin mención, también destacaré al niño actor Ángel Valdevira, que parecía casi nenín de chupete, y se movió en escena con una impropia y sorprendente soltura.

Lo peor de la noche fue la, no por esperada menos decepcionante, escasa asistencia de público a este estreno. Demasiados huecos en la sala que fueron incrementándose en los dos intermedios. Algo que, sinceramente, no comprendo. Entiendo que los prejuicios ante la ópera del siglo XX hiciera que muchos no se animasen a ir, y eso lo esperaba porque, lamentablemente, pasa también en otros teatros de mayor tradición; pero que, ante un espectáculo tan completo como el ofrecido ayer, decidas irte a casa o a ver a veintidós tíos en calzones patear un balón, no lo comprendo. Eso sí, los que se quedaron acabaron braveando y ovacionando en pie a todo el elenco artístico, incluyendo a la dirección de escena, jaleada sin reservas. Hacía tiempo en Les Arts que no se veía a un público tan entusiasmado al final y, lo que es mejor, con muchos jóvenes con la sonrisa en el rostro. Y eso compensa por todos los lechuguinos añosos que se marcharon.

Como sigo siendo un poquito touchineggs no puedo evitar volver a sacar punta al subtitulado. No me gusta que traduzcan los nombres de los artesanos… pero vale. No me gusta que se utilicen giros o expresiones actuales… pero vale. Ahora bien, ¿por qué narices hay que pretender ser más gracioso que el autor del libreto o, en este caso, que Shakespeare? ¿Por qué hay que inventarse ocurrentes juegos de palabras, cuando no los hay en el original? Esos “A Tisbe no atisbo”, o “la pared se pira”, quedarán muy cuñaaao, pero sobraban.

Bueno, ya termino. Por favor, haced correr la voz. Estamos ante un espectáculo formidable, tanto escénica como musicalmente, y puede ser una ocasión única para descubrir la riquísima música de Benjamin Britten y su perfecta comunión con la base dramática que lo sustenta; para acercarnos al teatro de Shakespeare o, simplemente, para disfrutar de una mágica noche de ópera.

viernes, 27 de mayo de 2016

TEMPORADA OPERISTICA 2016/2017 EN EL PALAU DE LES ARTS

Esta mañana, el Intendente Davide Livermore ha avanzado en rueda de prensa el contenido principal de la próxima temporada operística 2016-2017 en el Palau de les Arts. Cuando asumió la dirección del teatro uno de sus propósitos era que la temporada valenciana pudiese anunciarse con suficiente antelación y se marcó como objetivo intentar hacerlo a finales de marzo. El año pasado hubo que esperar al 3 de junio y este año ha sido el 27 de mayo… hemos adelantado una semana. Respecto a temporadas pasadas no está mal, pero sigue siendo demasiado tarde. Seguimos anunciando la programación cuando todos los teatros principales ya hace meses que han facilitado con todo detalle sus propuestas. Habrá que intentar seguir mejorando en este apartado.

En cuanto al contenido anunciado, títulos muy conocidos se unen a otras obras interesantes, aunque menos habituales; se vuelve a proponer una pretemporada a precios populares; y las figuras de Plácido Domingo y Gregory Kunde vuelven a tener presencia en el teatro, anunciándose otros nombres muy atractivos, aunque conociendo cómo se hacen las cosas en la casa habrá que esperar al mismo día de la representación para cantar victoria.

Se propone la figura de la soprano valenciana Lucrecia Bori como musa de la temporada, con imagen creada por Pepe Moreno, un profesional con exitosa carrera en el mundo del cómic.

Al igual que ya sucediera el año pasado, el inicio de la actividad operística tendrá lugar en octubre, en concreto el día 1, con una pretemporada que inaugurará la ópera L’elisir d’amore, de Donizetti, en la coproducción del Teatro Real y el Palau de les Arts ambientada en una playa y que ya pudo verse en 2011, con dirección escénica de Damiano Michieletto y la presencia esta vez en el foso, como directora musical, de una mujer, la canadiense Keri-Lynn Wilson, esposa del director general del Metropolitan de Nueva York Peter Gelb. En el reparto se avanzan los nombres del tenor William Davenport, las sopranos Ilona Mataradze y Karen Gardeazábal, el bajo Paolo Bordogna, y el barítono Mattia Olivieri.

También en pretemporada se ofrecerá una ópera española, El gato montés, del compositor valenciano Manuel Penella, para conmemorar los 100 años de su estreno en el Teatro Principal de Valencia, en una producción del Teatro de la Zarzuela, con dirección escénica de José Carlos Plaza y musical de Óliver Díaz, sin que se adelanten nombres de intérpretes.

La pretemporada se completará con un concierto el 6 de octubre, dirigido por Fabio Biondi, dedicado a Vivaldi, que incluirá Gloria e Imeneo y el Gloria, con la participación de Sonia Prina y Roberta Invernizzi; el 26 de noviembre un recital de alumnos del Centre Plácido Domingo con Ramón Tebar dirigiendo; y el 10 de noviembre el concierto espectáculo Cantúria Cantada, de Carles Santos, con el Cor de la Generalitat y Dolors Ricart en la dirección. Esta es una interesantísima propuesta que me apetece un montón.

La temporada oficial tendrá que esperar hasta el 10 de diciembre para inaugurarse con una de las verdaderas estrellas de la programación, la ópera de Verdi I Vespri siciliani, que estará dirigida por Roberto Abbado, con Gregory Kunde (Arrigo), Anna Pirozzi (Helena), Juan Jesús Rodríguez (Monforte) y Alexánder Vinogradov (Procida); en la coproducción del Teatro Regio de Torino y ABAO-OLBE que realizó el actual Intendente de Les Arts en 2011.

El 8 de enero de 2017 se estrenará Philemon und Baucis, de Haydn, una ópera para marionetas que correrá a cargo de la compañía Carlo Colla e Figli, bajo la dirección de Fabio Biondi y con las voces de alumnos del Centre Plácido Domingo.

El 9 de febrero tendrá lugar el estreno del que se pretende que sea el plato fuerte de la temporada, la producción de la Ópera de Roma de La Traviata, de Giuseppe Verdi, que firma Sofia Coppola, con vestuario de Valentino y que se ha comentado estos días por los medios que ha rondado un coste de unos dos millones de euros. Ya nos explicará Livermore… Igual se lo han dejado gratis a cambio de una producción de Les Arts y un compromiso a trabajar en galeras para la Ópera de Roma de por vida… Veremos. La dirección musical se encomienda a Ramón Tebar y, de momento, se anuncia a Marina Rebeka como Violetta, Arturo Chacón Cruz como Alfredo y Plácido Domingo como Germont, dispuesto de nuevo a destrozar el papel a cambio de atraer público. Es una opción legítima, aunque no mi preferida. La función del día 22 tendrá un reparto de jóvenes cantantes a precios populares que se incluirá en el abono de pretemporada.

Más interesante me parece el anuncio de una nueva producción de Les Arts de Lucrezia Borgia, de Donizetti, con dirección de escena de Emilio Sagi y dirección musical de Fabio Biondi, con la gran Mariella Devia en el rol protagonista, acompañada del tenor norteamericano William Davenport y la mezzosoprano valenciana Silvia Tro.

Una gran noticia también es que, al fin, llegue a Les Arts Werther, de Massenet, en una nueva coproducción del Palau de les Arts y la Opéra de Monte-Carlo, con dirección de escena de Jean Louis Grinda y con el estupendo director húngaro Henrik Nánási a la batuta. En el reparto se anuncia al tenor francés Jean François Borras y a Anna Caterina Antonacci en los papeles protagonistas. Nombres atractivos, sin duda, pero no entiendo por qué se recurre a Antonacci, cuando la italiana va a cantar también el personaje de Charlotte esa misma temporada en Barcelona. Parece que a veces se hagan las cosas para disminuir el interés de que aficionados de Barcelona puedan venir aquí, o viceversa.

Otra gratísima sorpresa es La vuelta de tuerca, de Benjamin Britten, tras el inicio de la incursión en la producción del compositor inglés esta año con El sueño de una noche de verano que se estrena el próximo día 10. Será una nueva producción de Les Arts con dirección de escena de Juanpalomo, digo Davide Livermore. La dirección musical será de Christopher Franklin y los cantantes serán alumnos del Centre Plácido Domingo. La alegría de la sorpresa inicial se me acaba con el anuncio de director y cantantes. Franklin anoche, en Juana de Arco en la hoguera, mostró una enorme rudeza y escasa sensibilidad que son absolutamente incompatibles con la obra de Britten. Y tampoco me parece apropiado que para una ópera tan complicada y exigente en el apartado vocal se acuda a los alumnos del Centre. No cuestiono la calidad de los futuros alumnos, pero no es lo más idóneo para acercar al público a Britten.

El 15 de junio de 2017 se anuncia una interesante rareza como es la ópera Piramo e Tisbe, de Johann Adolf Hasse, en un concierto espectáculo con la dirección de Fabio Biondi y Vivica Genaux y Valentina Farcas en el reparto.

La temporada operística se cerrará con el estreno el 23 de junio de otro título muy atrayente, como es Tancredi, de Rossini, en una coproducción de la Opéra de Lausanne y el Teatro Municipal de Santiago de Chile, con Roberto Abbado a la batuta y la presencia en el reparto de nombres tan llamativos como Daniela Barcellona, Jessica Pratt  y el chino Yijie Shi.

En el apartado de conciertos destaca el oratorio Israel en Egipto, de Haendel, que podrá verse el 22 de diciembre en el nefasto Auditori, con el Cor de la Generalitat y dirección de Fabio Biondi. Tras el estreno de Café Kafka este año, se anuncia el 6 de abril de 2017 una nueva creación de Francisco Coll, Mural, una obra encargada por Les Arts, la Orquesta Filarmónica de Luxemburgo y la NYO de Gran Bretaña, que se ofrecerá en un programa doble con La canción de la Tierra de Gustav Mahler, con Gregory Kunde como solista masculino, y ambas obras dirigidas por George Pehlivanian. Y el 11 de mayo está previsto que Francesc Perales dirija al Cor de la Generalitat en la Misa del Papa Marcello, de Palestrina.

No ha habido manera de evitar que otra vez intenten que nos chupemos un ballet. Esta vez será en abril con un homenaje a Antonio el bailarín. Lamentablemente esos días seguro que tendré un pollo en el horno que se me pueda quemar y no podré acudir.

También se anuncian conciertos de cámara en diferentes espacios del recinto de Calatrava hasta ahora inéditos, y la salida de la actividad musical y operística a los barrios de la ciudad de Valencia y a otras localidades de la Comunidad.

Tiempo habrá de ir comentando cosas, pero, en general, me parece una temporada de gran interés, variada y con nombres muy atractivos. No acabo de entender algunas cosas que ya he puesto de manifiesto o el que Abbado esté tan poco presente en los carteles operísticos (tan sólo se le incluye en la inauguración y final de temporada con I vespri siciliani y Tancredi), pero como digo ya habrá ocasión de ir analizando el detalle.

Todos los datos ofrecidos hasta el momento pueden consultarse en la web de Les Arts (http://lesarts.com.mialias.net/temporada-2016-2017/). Os aconsejo guardar la información para luego ir comparando durante la temporada el ajuste a la realidad y echarnos unas risas.

El próximo martes 31 de mayo se hará la presentación oficial de la temporada, que esta vez correrá a cargo del mediático Ramón Gener. Parece que las entradas se han agotado ya. Es lo que tiene la tele. No sé si Gener habrá venido gratis, pero me temo que no. Si de mí hubiese dependido yo hubiera preferido dedicar ese dinero o el de contratar producciones con vestuarios de Valentino a elevar la calidad de los cantantes de algunos espectáculos, pero es lo que hay. También me gustaba más el formato elegido el año anterior, no por el rollo que nos soltaría Livermore contándonos por enésima vez sus aventuras con los taxistas valencianos, pero sí por el hecho de que el Intendente presentase directamente la temporada al abonado y se sometiera a sus preguntas.

Este año parece que ha optado por más espectáculo y menos explicaciones. En cualquier caso, desde aquí seguiremos informando.

lunes, 23 de mayo de 2016

"CAFÉ KAFKA" (Francisco Coll) - Palau de les Arts - 22/05/16

A muchas personas, escuchar hablar de ópera contemporánea todavía les pone los pelos de punta. Yo mismo he sido testigo hace pocos días en el Palau de les Arts de cómo algunos aficionados, mientras se chupaban media botella de cava en el descanso de Idomeneo, se lamentaban amargamente por haberse incluido en la programación cosas tan interesantes como la Juana de Arco en la hoguera, de Arthur Honegger, que se estrena el próximo jueves 26; El sueño de una noche de verano, de Benjamin Britten, que se estrenará el 10 de junio; o la ópera que se estrenó ayer, Café Kafka, del valenciano Francisco Coll; considerándolo casi como una invitación al público para que se aleje del teatro.

Este es un tema que daría para un extenso debate y no es el momento, pero sí quiero dejar constancia de mi discrepancia. Es fundamental que el Palau de les Arts mantenga, como columna vertebral de su programación, ópera popular de repertorio que garantice la presencia de espectadores, pero un teatro público no puede limitarse a programar Bohèmes, Aidas, Traviatas y Toscas una y otra vez. Considero un acierto de la dirección del teatro que en la temporada, junto a títulos populares, se incluyan creaciones menos conocidas, pero que tienen un enorme interés. Y el público merece al menos poder acceder a ellas.

Sobre todo si, como es el caso de Café Kafka, estamos además ante una obra de un joven compositor valenciano, de apenas 30 años de edad, que ha obtenido ya un indiscutible reconocimiento internacional.

Es verdad que este tipo de composiciones quizás exigen un esfuerzo mayor del espectador para conseguir seducirle, pero no siempre el placer inmediato que puede provocar la escucha de una melodía armoniosa ha de ser mayor que el de descubrir nuevas formas, nuevas sonoridades y nuevos cauces para transmitir y compartir emociones, que, al fin y al cabo, debe ser el objetivo principal de cualquier creación artística.

La ópera estrenada ayer, para quien, como es mi caso, ni es profesional de la música ni tiene unos sólidos conocimientos musicales, es una obra complicada. Cuando alguien escucha por vez primera La Bohème, aunque no llegue a entender todos los valores o claves que encierra, simplemente por sus melodías queda fascinado y sabe que aquello le gusta. Cuando se accede a una obra como Café Kafka, la primera reacción es casi de desagrado, de prevención ante unas pautas que no entran en nuestros esquemas auditivos más clásicos. Las primeras notas que abren la ópera o la primera intervención de la soprano, son casi hirientes. Se necesitan ciertas claves para poder entender mejor ese espectáculo que se está ofreciendo y valorarlo como merece.

En esta ocasión además somos unos privilegiados por poder tener la oportunidad de preguntarle al propio autor. No tenemos que especular con lo que Mozart o Verdi nos quisieron contar. Así, por ejemplo, como explicó el propio compositor en su encuentro con el público hace unos días, sabremos que ese comienzo de la ópera es un pasodoble descompuesto y vuelto a recomponer; o que esa sensación de desasosiego que nos provoca en algunos momentos la obra es algo buscado a propósito para introducirnos en el mundo interior de los personajes y en sus sentimientos de angustia.

El estreno mundial de Café Kafka tuvo lugar en 2014 en el Festival de Aldeburgh y ha sido representada también en la Royal Opera House Covent Garden de Londres y la Opera North de Leeds, que fueron los tres teatros que hicieron a Francisco Coll el encargo de componer una ópera.

El libreto ha sido escrito por la australiana Meredith Oakes. No se trata de la adaptación operística de una obra concreta de Franz Kafka, sino que ha acudido junto a Coll a una serie de relatos cortos del escritor checo, unos quince, sin tomar ninguno de ellos, pero extrayendo elementos de todos: de algunos unas frases, de otro un personaje, etc. Y, principalmente, lo que se intenta plasmar es la visión crítica de la realidad de su tiempo contenida en esos cuentos que podría ser válida en nuestros días, porque nos habla en definitiva de la tragedia humana, de la incomunicación y de la soledad del individuo.

Yo, personalmente, eché de menos una línea argumental más continua y una construcción dramática menos  surrealista, menos “kafkiana”, que centrara más la atención del espectador; pero, al fin y al cabo, se estaba hablando de Kafka

La dirección escénica para la ocasión se ha encomendado al británico Alexander Herold, contando con el equipo técnico habitual del Palau de les Arts: la escenografía de Manuel Zuriaga, vestuario de José María Adame y la iluminación de Antonio Castro.

La acción se desarrolla en un café atemporal y sin ubicación concreta. Tal y como ya se hiciese en el estreno inglés, se ha optado por llevar a la reducida orquesta al escenario, simulando ser una especie de orquestina del café. Aquí además se ha aprovechado para cubrir el foso de la sala Martin i Soler, extendiendo el espacio escénico hasta la primera línea del patio de butacas, consiguiendo así una mayor cercanía entre la acción dramática y el espectador. Esa cercanía se multiplica desde los mismos prolegómenos a la representación, al estar ya en escena los músicos, cantantes y figurantes mientras el público va ocupando sus butacas.

Al eliminarse el foso, también se ha eliminado la pantalla de subtitulado que normalmente se coloca en esta sala tras el director de orquesta, en la unión entre el foso y el patio de butacas. Esta vez el sobretitulado se lleva a una pantalla en la parte derecha del escenario, integrada en la acción pero bastante esquinada y donde la iluminación de la escena le afecta, lo que originó que costase encontrarla y durante los primeros minutos el público se mostrase algo desconcertado pensando que no se estaba ofreciendo la traducción.

Los colores y la luz presiden esta puesta en escena en la que hay una clara alusión a la obra pictórica del holandés Piet Mondrian. Estéticamente el resultado me parece deslumbrante y muy apropiado para esta creación operística. Las combinaciones de los colores primarios del universo de Mondrian se adaptan perfectamente para ambientar la abstracción argumental y el colorido orquestal, tan acusado y extremo, presente en la partitura de Coll. También el vestuario de los protagonistas refleja esos colores con el tenor en azul, la soprano en rojo, la mezzo en amarillo y el contratenor en blanco. Es justo destacar también el buen trabajo realizado por Ricardo Sile con los movimientos escénicos.

Muy conseguida me parece la resolución de la aparición en escena del cazador Gracchus, pese al aspecto troglodítico del personaje que no en vano es un muerto que vaga eternamente, una especie de holandés errante sin barco fantasma.

En conjunto, el resultado me satisfizo bastante tanto desde el punto de vista estético como de ajuste dramático a un texto y una música que no me parecen sencillos de coordinar.

Café Kafka es una ópera de cámara. Está escrita para diez instrumentos: percusión, incluyendo un glockenspiel, violín, viola, violonchelo, contrafagot, flauta, contrabajo, trombón y clarinete. No está concebida la escritura buscando tanto una conjunción musical orquestal, como diseñando un colorido tímbrico que se ajuste al desarrollo dramático. La partitura es angulosa, como la califica el propio autor, llena de aristas, contrastes exagerados con instrumentos y texturas extremas, y una progresiva fuerza e impulso rítmico ascendente que acaba por atraparte. El punto culminante, a mi juicio, llega con la aparición del cazador Gracchus, donde la partitura se serena y adquiere una poderosa intensidad emocional.

El norteamericano Christopher Franklin se ha puesto al frente de los solistas de la Orquestra de la Comunitat Valenciana que no han ocupado el foso, como ya he comentado antes, sino que estaban integrados en la acción dramática en el escenario. Ante una obra tan singular, que no he escuchado nunca antes y de la que no puedo tener referencia alguna, valorar la dirección de Franklin sería una osadía por mi parte. Únicamente puedo destacar dos cosas, una en positivo y otra en negativo. Como punto a favor, encontré una increíble coordinación de la orquesta con las voces, pese a que la ubicación del director hace muy complicado para los cantantes, que lo tienen a su espalda, seguir sus indicaciones. Obviamente había monitores estratégicamente situados que facilitaban la labor, pero el ajuste me pareció perfecto y muy meritorio.

En la parte negativa, diría que Franklin abusó de volumen y daba la impresión de no ser muy consciente de la endeblez de algunas voces y del daño que podía hacerles la salida de los músicos fuera del foso.

Para este estreno se ha decidido encomendar las cinco voces solistas a tres alumnos del Centre Plácido Domingo, Miriam Zubieta, Elisa Barbero y Pablo Aranday; un ex alumno, el tenor cordobés Pablo García López; y al contratenor inglés William Purefoy, quien ya participase en el estreno de la obra en tierras inglesas.

Como filosofía de partida, que se optase por encomendar a alumnos del Centre este tipo de obras me daba bastante miedo, primero por la dificultad que entraña para voces en proceso de formación; y después porque precisamente este tipo de óperas que resultan más complicadas para el gran público deberían ofrecerse con el mayor nivel de calidad posible. Pero igual que digo lo anterior, he de reconocer en esta ocasión que la labor llevada a cabo por los intérpretes en el estreno de ayer fue muy notable y digna de elogio.

En general, todos ellos destacaron en el apartado de interpretación actoral, mientras que en lo vocal hubo mejores resultados en la parte femenina que en la masculina.

Destacaría principalmente a Elisa Barbero con una voz amplia, poderosa, muy timbrada y con una dicción estupenda. También respondió al exigente papel Miriam Zubieta, mostrándose afinadísima y segura en los agudos y pizpireta y desenvuelta en la faceta dramática.

Pablo García López cantó ofreciendo detalles de muchísimo gusto y con solvencia cuando la partitura se elevaba; sin embargo fue víctima de una escritura con demasiado recorrido por una zona grave en la que su instrumento no respondía igual.

Tiene muchísimo mérito la breve intervención de Pablo Aranday cómo Gracchus, y sus cambios en tiempo record de los tres personajes que asume, aunque en lo vocal sus graves carecieron de peso. Por su parte, el contratenor William Purefoy me defraudó un poco, perdía la impostación en cuanto se adentraba en terrenos graves y me dejó con la duda de si era un problema suyo o de una escritura inapropiada para la vocalidad.

El público aplaudió sin reservas al finalizar la representación a todo el elenco vocal, músicos y equipo escénico; y el compositor y la libretista fueron llamados a salir al escenario, donde recibieron también el caluroso reconocimiento de las personas que llenaban más de las tres cuartas partes de la sala del Teatre Martin i Soler. No hubo lleno, pero tampoco puede considerarse un fracaso, tratándose de una obra de estas características que se representaba a las 6 de la tarde de un soleado domingo de primavera. Y esto me lleva a una última reflexión.

No entiendo por qué el teatro valenciano sigue siendo tan cuadriculado y obtuso respecto a los horarios de las funciones. Ha sido, a mi juicio, un acierto el diversificar esos horarios, adelantando a las 19 y 18 horas, respectivamente, el comienzo de las representaciones los sábados y domingos. Pero, igual que cuestiono que una ópera especialmente larga tenga que comenzar a las 20 horas por muy día laborable que sea, originando que se salga del teatro pasadas las doce o la una de la madrugada, también critico que una ópera de 45 minutos, como es Café Kafka, tenga que comenzar un domingo de mayo a las 18 horas, estando el público ya en la calle a las 18.50.

En mi humilde e inútil opinión, un teatro de ópera, aunque debe mantener sus horarios generales, tiene que ser capaz de asumir mayor flexibilidad para ajustar los mismos a las peculiaridades concretas de determinadas óperas, a fin de procurar ofrecer un mejor servicio al público y garantizarse una mayor asistencia.

Ya acabo, os animo a todos a acercaros estos días 25 o 28 al Palau de les Arts a acudir a estas funciones que restan de Café Kafka. Es una experiencia distinta, pero pienso que muy satisfactoria y, en el peor de los casos, sólo dura 45 minutos. Y no siempre se tiene la ocasión de poder asistir al estreno de una ópera junto a su compositor…