viernes, 26 de febrero de 2016

"AIDA" (Giuseppe Verdi) - Palau de les Arts - 25/02/16

Ayer tuvo lugar en el Palau de les Arts el estreno de la ópera Aida, de Giuseppe Verdi, tras un parón de más de un mes, desde el 23 de enero, lo cual, como ya comenté en mi anterior post, me parece impresentable, sobre todo si el motivo fuese que el Intendente Livermore ha estado en Italia preparando su producción de El barbero de Sevilla para la Ópera de Roma, lo cual significaría que la actividad del Intendente como regista en el exterior podría estar condicionando el calendario del teatro de ópera valenciano.

No sé si se habrá debido al parón livermoriano y las ganas que había de ópera o a la popularidad de Aida, pero el caso es que, si nos atenemos al resultado de taquilla, este parece ser el espectáculo que más expectación ha generado esta temporada, estando todas las entradas agotadas desde hace meses. Yo pensaba que Aida se vendería bien, pero, sinceramente, ni por asomo contaba con semejante éxito de venta, sobre todo teniendo en cuenta que es una producción que ya se ha visto aquí y que tampoco cuenta en su reparto con figuras de especial renombre. Por aquí han pasado óperas que suelen arrastrar más público, como Bohème, Traviata, Tosca, Turandot…, que también han tenido una excelente respuesta de taquilla, pero no han llegado a agotar las localidades con tanta antelación.

La lástima es que esa excelente respuesta del público ante Aida no ha venido acompañada, a mi juicio, de un éxito artístico proporcional. Y el caso es que, en conjunto, yo me lo pasé bien, pero creo que la ocasión merecía un nivel superior, especialmente en el apartado vocal.

Esta coproducción del Palau de les Arts con la Royal Opera House Covent Garden de Londres y la Den Norske Opera & Ballet de Oslo, se pudo ver ya aquí en 2010. La dirección escénica, concebida por el escocés Sir David McVicar, ha sido encomendada en esta reposición a Allex Aguilera. Cuando se presentó la temporada, el Intendente Livermore dijo que esta vez íbamos a ver la versión íntegra, ya que en  la versión ofrecida en Valencia en 2010 se habían suprimido algunas cosas respecto al estreno londinense, añadiendo Livermore que ahora podríamos captar toda la profundidad de la puesta en escena de McVicar. Después de lo visto anoche, os juro por Torrebruno que yo no me percaté de más diferencia que la aparición de unos cadáveres momificados colgando del techo en la escena del desfile triunfal. Lo que no quiere decir que no hubiese más, pero a mí no me llamó la atención nada más. Bien es verdad que ni en 2010 ni anoche la propuesta me dejó un especial poso.

Pienso, igual que dije entonces, que estamos ante una puesta en escena más bien fea, muy oscura (para variar) y que, pese a la mutación espacio temporal que realiza, tampoco creo que aporte nada nuevo ni especialmente transgresor; pero reconozco que puntualmente tiene fuerza visual y dramática y, sobre todo, no me resultó molesta. Posiblemente si hubieran empezado a desfilar egipcios con camello me hubiera hastiado más.

Se ha insistido mucho en que se ha querido huir del aspecto más tópico y zefirelliano de las Aida con pirámides y elefantes, para trasladarnos a un espacio y tiempo indeterminados donde se entremezclan elementos de distintas civilizaciones guerreras y donde el componente religioso, la violencia y los sacrificios rituales han jugado un importante papel. Así encontramos guerreros samurái, druidas, mayas, incas o bereberes. Pero, más allá de esa sustitución del Egipto faraónico por lo que en muchos momentos parece un carnaval de barrio, tampoco se aporta mucho más. No deja de primarse el espectáculo puramente visual (sobre todo en los dos primeros actos), mientras que en los momentos más intimistas no aprecié ninguna lectura especialmente original ni profundización en las emociones o rasgos psicológicos de los personajes.

En esta ocasión, respecto a 2010, me ha dado la impresión de que la dirección de actores y movimientos escénicos, sin que tampoco sean la bomba, han estado algo más trabajados. En el vestuario hay de todo, más para bien que para mal, en mi opinión, aunque sigo sin entender el look espantoso de la pobre Amneris. Y la escenografía es bastante simple, con el escenario dominado por un gran andamiaje central giratorio, muy feo, que siempre nos da la impresión de estar viendo a un grupo de chalados disfrazados en un almacén abandonado de un polígono industrial.

Insisto en que, pese a todo, la propuesta escénica no me pareció ni mucho menos lo peor de la noche e incluso creo que la música y el texto fluyeron con cierta comodidad entre las ocurrencias de Sir David McVicar.

El valenciano Ramón Tebar causó muy buena impresión en la función de Nabucco que dirigió la temporada pasada poco después de haber sido designado principal director invitado de Les Arts. Anoche fue el gran triunfador de la velada, si al aplausómetro nos remitimos. Y yo creo que hizo una meritoria labor, aunque también hubo cosas que me gustaron menos.

Pese a algún pequeño desajuste en el preludio, ya apuntó en estas notas iniciales algunos trazos de extrema sensibilidad que se repetirían en otros muchos momentos. Remarcó los contrastes de la partitura con habilidad, extrayendo de la orquesta todo su potencial para brillar en los numerosos pianísimos que pueblan esta genial página verdiana, deleitándose en estos momentos más líricos con un importante alargamiento de los tempi, y conduciendo con nervio y pulso firme en los pasajes más heroicos.

Dirigió con gesto claro y preciso, manejó las dinámicas con acierto y concertó con inteligencia los difíciles pasajes del segundo acto. ¿Cuál fue el problema entonces?, pues que, en mi modesta opinión, al conjunto le faltó emoción, alma. Me dio la impresión de que la orquesta presentó menor homogeneidad y mayores desequilibrios que en otras ocasiones, careció de continuidad en la exposición, y la ralentización de los tiempos más de una vez llevó aparejada una caída de la tensión dramática. Maazel era el rey de la cámara lenta, su Aida seguro que duró un cuarto de hora más, pero era un genio para llevar la situación al límite sin que la construcción dramático musical se desplomase.

En la Orquestra de la Comunitat Valenciana hay que empezar por destacar a los metales. La colocación de las trompetas en el quinto piso durante la marcha triunfal consiguió un efecto impactante que se resolvió satisfactoriamente en cuanto a la difícil concertación del conjunto y con excelso virtuosismo en la ejecución. La cuerda grave, contrabajos, chelos y violas, tuvieron también una noche inspiradísima, al igual que Tamás Massànyi al clarinete y Pierre Antoine Escoffier al oboe. Conmovedora resultó también la última intervención del concertino en unas notas finales sublimes.

El Cor de la Generalitat volvió a resultar deslumbrante, más allá de alguna puntual entrada en falso, y merece más que nunca todos mis elogios, porque creo que debe valorarse especialmente que cumpliese su cometido con la excelencia a la que nos tiene acostumbrados pese a tener que hacer frente a la contundencia orquestal de los momentos triunfales, o en los internos, con un número de componentes muy inferior al que sería deseable. Si seguimos sin dotar al coro de los refuerzos que precisa en determinadas óperas, acabarán por echar a perder uno de los principales valores de este teatro. Luego encima habrá quien vuelva a decirnos que este coro sólo sabe cantar en forte. Ayer demostró que no es cierto, pero es que además si les dejamos en cuadro y les exigimos apianar, también habrá quien diga que ya no suena tan contundente como antaño.

En el apartado solista es donde más carencias encontré. En 2010, la protagonista femenina que nos chupamos en las funciones dirigidas por Lorin Maazel fue una de las peores cantantes que han pasado por Valencia, Indra Thomas; así que mejorar el recuerdo no era complicado. La encargada de asumir el papel de Aida en el estreno anoche, tras caer del cartel Oksana Dyka “por indisponibilidad” (sic) no explicada, ha sido la uruguaya Maria José Siri, quien, por supuesto, mejoró las prestaciones de Thomas, pero me dejó seriamente preocupado.

Hace apenas un año que tuvimos ocasión de escucharla en Les Arts como Manon Lescaut, así que no ha transcurrido tanto tiempo como para que su voz haya experimentado un cambio radical. Sin embargo, su registro agudo anoche se mostró destemplado, cercano al chillido y, lo peor de todo, presentando un vibrato casi tambaleante propio de voces seniles. Ignoro si será un problema puntual o es el alarmante resultado de venir asumiendo roles de mayor peso de lo que su voz, de lírica pura, aconseja. En su haber se han de anotar sus buenas intenciones toda la noche, regulando, matizando, intentando apianar, con más fortuna unas veces que otras, y ofreciendo en O patria mia sus mejores momentos.

El tenor Rafael Dávila, a quien también vimos en Manon Lescaut como Des Grieux, tampoco es un tenor spinto, es un tenor lírico discreto, con una franja alta en la que muestra poderío en los agudos, algunos de ellos luminosos, pero sus graves y centro carecen totalmente de brillo y sonoridad. Su fraseo es insulso, desganado y tosco, y menos verdiano que el cuac cuac de un pato de los Urales. Se escapó de la orquesta dos o tres veces. Su dicción posiblemente fuese la mejor del trío protagonista, pero tiene el problema que rajoyea, o sea arrastra un poquito las eshes. Su versión peculiar de Celeste Aida hizo irreconocible por momentos el aria, intentó apianar pero casi mejor que no lo hiciese; en su dúo con Amneris pareció que estuviera ausente y en el dúo final llegó incluso a desafinar. Y como actor, el pobrecico mío, es muy malo.

Marina Prudenskaya tampoco me convenció como Amneris. Se mostró muchísimo más solvente en el registro agudo que en los graves, donde la voz perdía color y devenía mate, inaudible y ojetera. Su dicción resultaba ininteligible y transmitió una frialdad absolutamente impropia del personaje. Su mejor momento fue la escena del juicio, único instante de la noche en que consiguió encender una chispa de emoción.

Gabriele Viviani fue un Amonasro vociferante y brutote, con falta de contundencia en la zona grave, pero, sin ser tampoco el baluarte de las esencias verdianas, defendió el personaje con dignidad y, tanto en Quest’assisa como en Non sei mia figlia echó el resto y mostró el tono requerido.

Voces más bien feas, pero cumplidoras en general, presentaron Alejandro López, como el Rey, y Riccardo Zanellato como Ramfis, quien tuvo su mejor momento en la escena interna del juicio. Bien Federica Alfano en su breve intervención, también interna, como Sacerdotisa; y destacado el Mensajero de Fabián Lara.

Uno de los grandes protagonistas de la noche fue el Ballet de la Generalitat, cuyos componentes merecen un enorme aplauso, pues, más allá de la polémica entre rijosos y pacatos acerca de que mostrasen las tetas, tuvieron un excelente rendimiento, muy meritorio por la enorme exigencia escénica que se les ha requerido.

Ojalá todas las noches el recinto operístico de nuestra ciudad pudiese verse como ayer. Lleno completo, con bastante gente joven. Y nutridos aplausos al final para todos los participantes que fueron especialmente efusivos para Ramón Tebar y la orquesta. También hubo presencia institucional, con el Alcalde Joan Ribó y el Secretario Autonómico de Cultura, Albert Girona, entre otras personalidades… Estaba hasta el Intendente Livermore que se ve que ya ha acabado su barbero romano. Ah, y una vez más volvió a honrarnos con su presencia el internacionalmente conocido coro de carrasperos y tísicos terminales del Bajo Aragón, que toda la noche acompañó a destiempo y con saña los momentos más intimistas de la partitura, exhibiéndose especialmente en el primer tercio del acto tercero, donde marcaron un precioso contrapunto gargajoso que sepultó entre flemas todo el lirismo de Verdi sin piedad.

Ya dije al comienzo que, pese a que pueda poner de manifiesto cosas que no me gustaron tanto, yo pasé una noche muy agradable. Aunque si me preguntaseis qué es lo que más me gustó de Aida, os diré que el Encuentro que tuvo lugar dos días antes en el Aula Magistral con Allex Aguilera y Ramón Tebar, hablando de esta producción, y donde el director musical, mostrando también sus dotes como pianista, ilustró algunas ideas interesantísimas sobre esta obra. La pena fue que sólo lo disfrutásemos unas 30 personas. Pero claro, Les Arts lo anunció a sus abonados y en el programa de Aida, apenas unas horas antes de su comienzo.

Esperemos que un día de estos Livermore se centre en Les Arts y se empiecen a enderezar muchas cosas.


jueves, 18 de febrero de 2016

PRIMEROS RUMORES SOBRE LA PRÓXIMA TEMPORADA EN LES ARTS

Ayer la página de Beckmesser filtró las primeras informaciones acerca de algunos títulos que podrían configurar la programación operística de la temporada 2016-2017 en el Palau de les Arts.

Bueno, realmente no fue la primera información filtrada al respecto, pues, apenas unos días antes, el propio Davide Livermore daba algunas pistas acerca de qué podremos ver en Valencia la próxima temporada. Decía el Intendente que en sus planes entraba “de nuevo el tenor Gregory Kunde, una obra de Verdi con Plácido Domingo, un título de la gran ópera francesa y una producción de un compositor del siglo XX, que seguramente será Leos Janacek, además de actuaciones de los directores musicales Abbado, Biondi y Tebar”.

En Beckmesser no se acaba de coincidir del todo con lo manifestado por Livermore. Se anuncia que la próxima temporada podría verse Las vísperas sicilianas, de Verdi, dirigida por Roberto Abbado, con Gregory Kunde como protagonista, en la producción de Torino que realizó el actual Intendente de Les Arts en 2011. Este, si se confirma, podría ser el espectáculo más atractivo de la temporada, con una ópera enorme e interesantísima que se representa demasiado poco. Pero permitidme que manifieste mi estupor. Yo sigo sin entender nada. ¿El Palau de les Arts contrata una producción de su Intendente? ¿O es que éste la ofrece gratis? Supongo que ya dirán algo, porque después de haberle buscado hasta entre la lencería a Helga a ver qué le podían encontrar de irregular, esto suena, como poco, raro.

Otro Verdi, esta vez con Plácido Domingo en el reparto como Germont, sería una enésima Traviata. Y ahí acaban las coincidencias con las pistas que adelantó Livermore.

Otra gratísima sorpresa, de confirmarse, sería el Peter Grimes, de Benjamin Britten, también con Kunde como protagonista, y se dice que en la intención de Livermore estaría incluso consolidar un ciclo Britten, aunque se apunta que duda por la baja expectativa en taquilla. Esto último se contradice directamente con lo manifestado por el Intendente en esas declaraciones de las que hablaba antes, en las que decía “yo tengo coraje y confianza en la gente, que sabrá valorar títulos que no conoce. La ópera no puede convertirse en la inteligencia de una elite. No tengo miedo al teatro vacío". Ese ciclo Britten sería una inmejorable oportunidad para demostrarlo y, si se ofrece calidad en las producciones y los intérpretes, seguro que el público responderá.

Los otros títulos que se apuntan son Lucrecia Borgia, de Donizetti, dirigida por Biondi y en coproducción con el Teatro Real; El turco en Italia, de Rossini, en una producción del Festival de Pésaro; y otra vez Tosca, de Puccini, en una producción de Génova.

Lo de Tosca tampoco lo entiendo. Tenemos una producción propia, que ya se ha visto dos veces, eso sí, pero que no costaría dinero, y se acude a contratar una producción italiana. Ya nos dará las correspondientes explicaciones el Intendente y seguro que nos convence.

Esto es de momento lo que se ha dicho, no hay nada oficial, y teniendo en cuenta el último patinazo que tuvo Beckmesser cuando anunció que Fabio Luisi sería el director musical de Les Arts, pues casi mejor esperarnos hasta que Livermore haga el anuncio oficial, que espero sea lo antes posible.

Aprovechando que he pasado por aquí a escribir esta breve reseña, no quisiera dejar de comentar dos cuestiones.

La primera son los cambios que se siguen produciendo en los repartos anunciados sin dar explicaciones. No pretendo que nos den exhaustivos detalles sobre la temperatura corporal o el color de las deposiciones de los intérpretes, pero sí que hagan algo más que cambiar en silencio los nombres en el pdf de la temporada general. Ha caído Varduhi Abrahamyan de Idomeneo y en Aida se ha sustituido al cantante anunciado para Il Re, así como a Oksana Dyka, que era la soprano prevista para asumir el papel protagonista en las dos primeras funciones, y que ha sido sustituida por la uruguaya María José Siri, a quien ya pudimos ver en Manon Lescaut el año pasado.

En el caso de Dyka, en las redes sociales, no en la basura que tiene por página web Les Arts, se ha dicho desde el teatro que la sustitución se ha debido a “indisponibilidad” (sic) de la cantante. Amoavésinojentendemooo, que dirían Faemino y Cansado… ¿Quieren decir que no tenía disponibles los días para los que le anunció Les Arts?, lo cual sería gravísimo; ¿o, lo que es más probable, que le ha sobrevenido una baja por enfermedad? Pues en este caso, señores de Les Arts, deberían hablar de indisposición, no indisponibilidad. Noejlomijmooo.

Y la segunda cosa que quisiera comentar, y me chupa un pie que haya quien se enfade, es que no me parece de recibo que el teatro haya permanecido sin actividad durante más de un mes (desde el 23 de enero, última función de Sansón y Dalila), en un periodo del año en el que cualquier teatro de ópera serio se encuentra a pleno rendimiento. Y aún más preocupante me parece que esta inactividad haya coincidido con el tiempo en el que el Intendente Livermore ha estado en Italia preparando su producción de El barbero de Sevilla que ha presentado en la ópera de Roma, con ocasión del 200 aniversario de su estreno, por cierto con un notable fracaso. No creo que la actividad de Les Arts tenga que sujetarse a la disponibilidad (aquí sí está bien dicho) de su Intendente, en función de los contratos que le salgan para su actividad como regista.

Si al menos en este tiempo de parón se hubiese aprovechado para modernizar la página web de Les Arts, aun hubiésemos sacado algo de provecho, pero ni eso. La actual web del teatro valenciano es una auténtica vergüenza. Todo se basa en remisiones a documentos en formatos pdf con informaciones ya desfasadas, cantantes que han sido sustituidos y otras lindezas que sólo sirven para confundir más al heroico visitante, que tiene que comprobar estupefacto, entre otras cosas, como el apartado de noticias está en una especie de día de la marmota anclado en octubre.

Seguiremos informando.

miércoles, 13 de enero de 2016

"SAMSON ET DALILA" (Camille Saint-Saëns) - Palau de les Arts - 12/01/16

Cuando el año pasado se anunció el contenido de la presente temporada operística en el Palau de les Arts, el espectáculo que mayor interés me suscitaba era la ópera Sansón y Dalila, de Camille Saint-Saëns, una obra por la que siempre he sentido debilidad y que, además, se presentaba con los alicientes añadidos de la presencia de Gregory Kunde como Sansón, la dirección musical de Roberto Abbado, en su primera ópera tras ser nombrado codirector titular de la Orquestra de la Comunitat Valenciana, y una puesta en escena de Carlus Padrissa y La Fura dels Baus que, al menos, parecía asegurar un interesante espectáculo visual.

Tras lo visto y oído anoche, y antes de empezar a repartir estopa, he de decir que yo me lo pasé muy bien, aunque los resultados fuesen menos satisfactorios de lo que esperaba.

La dirección escénica de Carlus Padrissa y La Fura dels Baus, de quienes ya hemos tenido la oportunidad de ver en este teatro su trabajo en la magnífica y exitosa tetralogía wagneriana de El Anillo del Nibelungo, y su más discutida propuesta para Les Troyens de Berlioz en 2009, ha contado en esta ocasión también con la intervención directa de la coreógrafa Zamira Pasceri, en una producción que fue estrenada en la Ópera de Roma en el año 2013.

La primera impresión que me causó es la de ser una Fura low cost, de trapillo. Un poco las cosas de siempre, pero con menor presupuesto. La escenografía no es que sea minimalista, es ninguna. Apenas unos mandalas que igual servirán de flores que para conformar las columnas del templo. Lo cual no tiene por qué estar mal pues se compensa con proyecciones y juegos de luces; pero ese vacío escénico pienso que afectó negativamente a las voces, haciendo que, cuando se encontraban más allá de la primera línea del escenario, sin un apoyo escenográfico que las recogiese y proyectase hacia la sala, tendían a dispersarse en la caja escénica y quedaban tapadas por la orquesta.

Por otra parte, la oscuridad, una vez más, fue protagonista. De verdad que no pido que aquello esté como un quirófano, pero tanta tiniebla, acaba por hartar; sobre todo si le pones al coro un pequeño foco en la frente, con muy buena idea conceptual (para representar la guía que precisa el pueblo oprimido), pero que en la platea, en contraste con tanta oscuridad, molesta. Y no digamos cuando al principio del tercer acto, con la música ya sonando, aparecen correteando por la platea unos fureros con linternas deslumbrando con toda su mala leche al respetable. Como ocurrencia teatral puede ser aceptable, pero estamos en una ópera, donde tiene que haber teatro pero al servicio de la música y las voces, y esos linternazos molestan a la gente y el ruido que hacen corriendo por los pasillos, más.

Es el problema de traspasar “la cuarta pared”. Ese es el espacio del público. Hay quien no lo tolera en absoluto, y, en cualquier caso, en una ópera hay que ser muy cuidadoso para que esa violación de las reglas no afecte al espectáculo musical que es lo principal. En el primer acto hubo otro de estos momentos, con la ubicación del maravilloso coro de ancianos hebreos bajo la platea alta. Aquí el efecto acústico me pareció muy conseguido, pero al mismo tiempo se ubicó en la platea, en la nuca de Abbado, al Viejo hebreo (que parecía más bien salido de Turandot) cantando, produciéndose una descompensación no deseada entre orquesta y voz.

Las proyecciones tienen mucho de déjà vu. Esos primeros planos en blanco y negro o las ramificaciones en rojo en la escena de la seducción, están más vistos que los capítulos de Verano Azul, y el resto de proyecciones aporta realmente poco a la trama, aunque es verdad que se dota de cierto atractivo visual a la propuesta.

El vestuario de Chu Uroz posiblemente sea algo menos horroroso de lo que es costumbre, a excepción de la patética conversión de Sansón en un ridículo Hulk de gomaespuma, lo que hacía complicado tomarse en serio al personaje. Todo el vestuario juega con el blanco y el negro, representando la dualidad y los conflictos internos. El único toque de color es el amarillo de las tarjetas de crédito oro que lleva Dalila colgando. ¿Por qué van los hebreos con códigos de barras y los filisteos con códigos QR?, pues vaya usted a saber. Como tampoco conseguí adivinar el sentido del cinturón de explosivos del Viejo hebreo, o de tantos otros detalles, como la rampa-tobongancito o esas absurdas maquinarias propias del universo de los forgendros de Forges.

Como siempre me ocurre con las producciones de La Fura, echo de menos un mayor trabajo de actores con los personajes principales, una dramaturgia que sustente los caracteres de los protagonistas, más allá de disfrazarles y envolverles de proyecciones.

Pienso que la propuesta no carece de ideas. Lo que le falta es claridad, explicación o facilidad para ser comprendidas por los que somos más bien ceporros. Algunas de las que pillé me resultaron interesantes, como el juego de cuerdas opresoras en los judíos y destinadas al placer en los filisteos, o la resolución de la escena final. Me pareció que funcionaba bien la danza de las filisteas y posterior escena de entrada de Dalila. Y me gustó el que posiblemente vaya a ser uno de los pasajes más criticados por algunos, la bacanal, con escenas de bondage y sacrificios incluidos.

Leyendo lo que llevo escrito y recordando que yo fui uno de los “puristas afrancesados” (Helga dixit) que abucheó a La Fura en Les Troyens, lo lógico es que penséis que fui uno de los que abucheó ayer a los responsables escénicos. Pues no. Les aplaudí. ¿Por qué?... aún lo estoy pensando; pero creo que por tres cosas fundamentales. Una fue ver a lo más rancio del patio de butacas abuchear a La Fura por raros. Yo siempre preferiré una producción fallida pero arriesgada y con ideas, que una repetición de moldes viejunos que no cuente nada. Otra, porque realmente, pese a todo, yo me lo pasé bien y nada me llegó a enfadar tanto como el día de Troyens. Y tercera y principal, porque creo que la producción hay que valorarla teniendo en cuenta el esfuerzo y la capacidad de respuesta que se ha tenido ante el accidente sufrido en los ensayos por Gregory Kunde, y el resultado de readaptación pienso que es positivo y muy meritorio, optando por mostrarle colgado en el primer acto, en alusión a la cercanía a Dios del personaje, y posteriormente en una plataforma deslizante, en la que incluso salió a saludar. En este apartado merece una mención muy especial el excepcional, y siempre en la sombra, equipo técnico de trabajadores de este teatro que ha hecho posible culminar esa reorientación de la puesta en escena.

Bueno, voy ya a lo musical que como me siga extendiendo van a hacer una ópera con esta crónica… O un auto de fe.

El director titular Roberto Abbado pisaba por primera vez el foso de la sala principal tras su nombramiento. Su estupenda labor en la Sinfonía Fantástica y Lélio que se ofrecieron en noviembre, puso de manifiesto un cada vez mayor acople con la Orquestra de la Comunitat Valenciana y un cierto control del repertorio francés. Anoche la dirección de Abbado presentó mayores problemas.

Personalmente, considero que el comienzo de esta ópera, con esa cuerda grave sobrecogedora y la subsiguiente intervención del coro, es uno de los momentos más emocionantes del repertorio operístico. Y ayer no funcionó. Pienso que el tempo impuesto por Abbado fue demasiado rápido. Yo lo hubiese preferido más reposado y detallista, dándole más realce a los extraordinarios contrabajos y violonchelos de la orquesta y más acorde al carácter grave de la plegaria, pero bueno, eso, al fin y al cabo, no es más que una opinión personal. Lo que no admite discusión es que en ese arranque de la obra hubo serios desajustes en el foso y de éste con el coro, como también ocurrió con el coro final. Y el equilibrio entre secciones, principalmente con los metales, no fue siempre el deseado.

Por el contrario, en los instantes más líricos, especialmente en las arias de Dalila, los tiempos se ralentizaron, en algún momento casi en exceso, pero se pudo paladear la belleza de la partitura con una orquesta pletórica, de la que, en general en todo el segundo acto, Abbado consiguió extraer todo el colorido y riqueza que atesora la página, con inteligente manejo de las dinámicas y unas maderas y arpa en estado de gracia. Y espectacular me resultó también la Bacanal, aunque saltasen todos los medidores de decibelios desde Les Arts a Albacete capital.

Pienso que no hay motivos de alarma, estoy convencido de que en las próximas representaciones se conseguirá un mayor ajuste, y aunque da la impresión de que Abbado todavía no consigue domar la orquesta completamente, sólo es cuestión de tiempo… espero.

El coro juega también en esta ópera un papel fundamental, es un personaje clave, tanto representando al pueblo hebreo como a los filisteos, y ha saber adaptar su canto y su interpretación a las diferentes exigencias del libreto. El Cor de la Generalitat es una garantía. Y ya no es que lo diga yo, está reconocido por cualquier persona con orejas que trabaja o disfruta con ellos (bueno, menos Rosa Solà y un Dj sordo de Guanajuato). Anoche volvió a estar al mejor nivel, pese a los desajustes que ya he comentado, sobre todo al comienzo, donde tuvo también influencia la dirección musical. El coro de ancianos hebreos fue sobrecogedor, deliciosa la salida de las doncellas filisteas, magnífico el coro interno del tercer acto y su rendimiento escénico y vocal en la Bacanal y en la escena final, insuperable.

Es un auténtico lujo que el tenor norteamericano Gregory Kunde, se haya convertido en cantante habitual de las temporadas de Les Arts. Y en esta ocasión tenemos que congratularnos especialmente de su debut como Sansón, ya que en uno de los ensayos se lesionó gravemente en una pierna, sin poder apoyar el pie, motivo suficiente para que cualquier cantante hubiese cancelado su participación en una ópera tan exigente como ésta. Pero su profesionalidad y la capacidad de reacción de la dirección escénica, nos han permitido disfrutar de un Sansón de primera categoría.

Es verdad que quizás no cubra adecuadamente la voz en todo el registro, que los agudos más exigentes necesiten más apoyo y apunten un cierto vibrato, pero este señor de 61 años le sigue dando sopas con honda a la mayoría del escalafón tenoril, sabiendo mostrar, pese las exigencias escénicas fruto de su lesión y de las ocurrencias fureras, todo el carácter heroico del personaje, con garra e ímpetu y con algunos agudos que eran cañonazos brillantes. También ofreció la faceta más lírica en el segundo acto, con pasión y más credibilidad que su acompañante en escena. Y en el tercer acto derrochó expresividad.

La mezzosoprano armenia Varduhi Abrahamyan, debutaba también este papel en nuestro teatro, donde igualmente se está convirtiendo en una habitual, habiendo interpretado recientemente los roles de Adalgisa en Norma y Fenena en Nabucco. Precisamente por haberla escuchado ya con anterioridad, hace tiempo que dije que no me parecía una voz idónea para Dalila. Y, tras la función de anoche lo sigo pensando, aunque sé que discrepo de la mayoría. Lo siento, no es cabezonería, creo que tiene el color, pero no el registro ni el carácter. Tiene una preciosa voz oscura, pero no graves de peso. Su timbre resulta enormemente atractivo en la zona central, pero yo la encuentro excesivamente lírica, y corta, tanto en el agudo como en el grave, donde en cuanto entraba en terreno más exigente cambiaba el color. Y, sobre todo, con carencias expresivas demasiado relevantes para un papel que, especialmente en el acto segundo, debe ser un derroche de magia y seducción vocal.

No se puede decir que estuviese mal, en absoluto. Reconozco el esfuerzo y el mérito de debutar el papel y hacerlo con gran corrección, y eso merece mi aplauso. En “Mon coeur s’ouvre a ta voix” sabía que tenía su gran momento y lo aprovechó, ofreciendo las mejores prestaciones de toda la velada, pero tanto ahí como en otros instantes líricos eché de menos más matices, regulaciones, expresividad en un fraseo que, siendo correcto, me resultó deslucido y frío. También mostró notorios problemas puntuales de afinación y en la escena final del primer acto con Sansón y el Viejo hebreo quedó inaudible.

El papel de Sumo Sacerdote se ha encomendado al barítono francés André Heyboer, a quien pudimos escuchar en una breve intervención en Lélio, de Berlioz, el pasado mes de noviembre en el Auditori. En aquella ocasión me pareció un barítono mediocre tirando a malo, pero la verdad es que, sin ser tampoco el hombre Gérard Souzay, ayer llevó a cabo una muy meritoria labor, destacando por dicción y adecuación al estilo.

Gran corrección hubo también en el resto de papeles menores, destacando el buen Abimélech de Alejandro López y, sobre todo, Jihoon Kim como Viejo hebreo.

La sala presentaba ayer más huecos que en anteriores estrenos. La ópera es menos conocida y, lamentablemente, a la gente parece que le cueste abrirse a escuchar cosas más allá de los Mozart, Verdi o Puccini básicos. No quiero ni pensar cuando llegue Britten… Se dejó ver, sonriente y amable como siempre, el conseller de cultura, Vicent Marzá. Fueron muy aplaudidos coro, orquesta y la pareja protagonista, mientras que la dirección escénica, como he comentado, cosechó división de opiniones, con, casi a partes iguales, aplausos y protestas, entre las que destacaban tímidos abucheos de algunas señoras de bien y mucha laca que se notaba que no estaban muy acostumbradas a armar bulla más allá del ruido de desenvolver y chupetear sus caramelitos o los comentarios al sonotone del marido.

Yo confiaba en una función redonda y no salió todo como pensaba, pero creo que la cosa irá mejorando los sucesivos días; y, en cualquier caso, recomiendo a todo el mundo que acuda a disfrutar de un gran espectáculo con una obra que tiene momentos bellísimos.

No quiero finalizar sin hacer una referencia al anuncio que se ha hecho recientemente de que Plácido Domingo celebrará su cumpleaños en Les Arts ocupando el podio de la orquesta el día anterior, 20 de enero, en sustitución de Roberto Abbado. Vaya por delante que ignoro cuáles son las motivaciones reales que han llevado a Les Arts a tomar esa decisión, pero, tal y como se ha vendido en prensa, todo apunta a que haya sido una concesión al capricho del señor Domingo. Y si es así, me parece impresentable.

Antes de que aparezca el tonto de turno a decir que viene a sacarnos la pasta, ya digo que estoy convencido de que esto no lo hace por dinero, en absoluto. Plácido Domingo es una figura que merece todo el respeto y reconocimiento por su carrera y por el apoyo que siempre ha dado y sigue ofreciendo a nuestro teatro de ópera. Hagámosle un concierto o gala de homenaje y que acuda el que lo desee, o démosle un videojuego de dirección para la Wii o hasta una tarjeta regalo de El Corte Inglés y que se compre lo que quiera; pero la decisión de que dirija el día 20 me parece una falta de respeto para el director titular, Roberto Abbado; para los músicos y cantantes que no tendrán tiempo de ensayar con él (tiene anunciados conciertos en Moscú y Dublín los días 14 y 17 de enero); y para el público que tenga su abono ese día o haya adquirido entrada para esa función. Porque, no nos engañemos, sin necesidad de llamar a Rappel, es fácil prever que la calidad del espectáculo mermará y a los músicos no les aportará nada. Domingo no es Barenboim, Muti o Thielemann, es un director muy mediocre, e igual que habrá mitómanos que irán a verle y le aplaudirán hasta cuando se seca el sudor, debería de permitirse la devolución del importe de la entrada a quienes se hayan visto sorprendidos con el regalo de cumpleaños y deseen cambiar su localidad para otra función.

Es cierto que la profesionalidad y valía de la Orquestra de la Comunitat Valenciana y del Cor de la Generalitat, posiblemente hagan menos estrepitosa la charlotá del día 20 y aunque allí esté el venerable maestro Domingo moviendo la batuta, ellos lleven el piloto automático de lo ensayado con Abbado. Pero eso no son formas.

Así que, ya puestos, yo propongo un homenaje a quien realmente lo merece, que son nuestra orquesta y coro. Programen una función sin director en el foso. Lo digo muy en serio. No saldrá la cosa peor.