El pequeño recinto del Teatre Martín i Soler, destinado a albergar teatro experimental y música de cámara, ha sido escogido para el estreno de la producción del Palau de les Arts de la ópera L’Arbore di Diana, del compositor valenciano Vicente Martín i Soler, un gran desconocido todavía para el gran público, pese a que, en su época, su prolífica obra gozó de un éxito considerable en Europa, figurando en los hit parade de sus contemporáneos.
La sala, con capacidad para 400 espectadores, es acogedora, con completa visibilidad en todas sus localidades y presenta una acústica fantástica, a diferencia del lamentable, mal llamado, Auditorio.
La composición de Martín i Soler, con libreto de Lorenzo da Ponte, resulta muy entretenida, siendo imposible no acordarse del repertorio de Mozart con el que guarda importantes similitudes, dejando a salvo la distancia entre lo que puede ser un divertimento con momentos brillantes pero aislados, de una obra contundente y perfecta como la del salzburgués.
La sala, con capacidad para 400 espectadores, es acogedora, con completa visibilidad en todas sus localidades y presenta una acústica fantástica, a diferencia del lamentable, mal llamado, Auditorio.
La composición de Martín i Soler, con libreto de Lorenzo da Ponte, resulta muy entretenida, siendo imposible no acordarse del repertorio de Mozart con el que guarda importantes similitudes, dejando a salvo la distancia entre lo que puede ser un divertimento con momentos brillantes pero aislados, de una obra contundente y perfecta como la del salzburgués.
La dirección escénica de la producción corre a cargo de Daniel Slater, presentando un montaje sencillo, pero francamente interesante, adecuado y eficaz. Apenas una escalera de caracol, el árbol del título,
unos elementos móviles que entran y salen de escena y el fondo acristalado cubierto con persianas que, según se van abriendo y cerrando, dejan entrever un espacio que muestra acciones en segundo plano. Los movimientos de todos los intérpretes están perfectamente estudiados, consiguiendo una gran coordinación escénica. Por fin un director de escena que consigue conjugar la innovación con el respeto al libreto, con un resultado muy equilibrado. Aunque hubo un momento en el segundo acto en que el vapor del baño de la diosa comenzó a extenderse por la sala formándose una considerable humareda que provocó algunos murmullos de desconcierto.

El inteligente uso de la iluminación de Chris Davey contribuye a remarcar la acción, mientras que el vestuario de Pedro Moreno no es especialmente atractivo, pero no desentona con el resto de la puesta en escena.
La Orquesta de la Comunitat Valenciana, reducida para la ocasión al tamaño de una orquesta de cámara, volvió a rayar la perfección, bajo la solvente batuta del argentino Rubén Dubrovsky, debiéndose destacar el estupendo trabajo del encargado del pianoforte quien llegó al lucimiento en algunos recitativos.
El elenco vocal estaba compuesto por apenas ocho jóvenes intérpretes, la mitad de ellos valencianos.



El barítono chileno Christian Senn demostró una capacidad para la interpretación de primera línea e indudables dotes para la comedia. Su cálido timbre baritonal enamoró a la platea, exhibiendo un fraseo impecable.
Joel Prieto estuvo correcto como Silvio, sin que tuviera errores ostensibles ni tampoco brillase especialmente. Una actuación vocal buena pero bastante plana.
El ruso Dmitri Korchak, a sus escasos 29 años, conquistó al público con su bella voz que proyectaba con fuerza, dominado la plena voz, si bien tendía a abrirse un tanto e incluso tuvo algún amago desafinador en el primer acto.
Yo estuve en esa representación y estoy de acuerdo con lo dicho en la crítica, así como puedo afirmar que, sorprendido a priori por un vestuario y una escenografía anacrónicos, cosa que no me esperaba, la actuación logró agradarnos al público y ser merecedor de una larga ovación.
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