miércoles, 11 de noviembre de 2009

ESPERANDO "LA SCALA DI SETA"


El próximo domingo día 15, si Helga no cambia de opinión de aquí a entonces, se estrenará en la Sala Martín y Soler del Palau de Les Arts, la ópera de Gioachino Rossini “La Scala di Seta” (La escala de seda), en una producción de este mismo año del Rossini Opera Festival de Pésaro, con dirección artística de Damiano Michieletto y escenografía y vestuario de Paolo Fantin, que será interpretada por alumnos del Centre de Perfeccionament Plácido Domingo y la Orquestra de la Comunitat Valenciana, bajo la dirección musical del director artístico del Centre de Perfeccionament, Alberto Zedda, un auténtico experto en Rossini (el día 15), y del muy joven, pero ya reconocido, director madrileño José Miguel Pérez Sierra (el día 18).

Será la primera vez desde su inauguración que el recinto valenciano acoja la representación de una ópera de Rossini. Una deuda que se extendía al repertorio belcantista en general, que este año contará además con la puesta en escena de “Lucia di Lamermoor” de Donizetti.

“La Scala di Seta” es una de las obras de juventud de Giacomo Rossini, quien, en un auténtico frenesí creador, compuso 5 óperas en un plazo de 3 años: “La Cambiale di Matrimonio”, “L’inganno Felice”, “La Scala di Seta”, “L’Occasione fa il ladro” e “Il Signor Bruschino”.

Se trata de una farsa en un acto, con libreto de Giuseppe Maria Foppa, basado en la comedia francesa de François-Antoine-Eugéne de Planard “L'echelle de soie”. Fue estrenada en Venecia el 9 de mayo de 1812, en el Teatro San Moisè, cuando el compositor de Pésaro apenas contaba 20 años.

A continuación, podemos escuchar la Obertura de “La Scala di Seta”, quizás el momento musicalmente más interesante de esta ópera y que, como solía ser habitual en Rossini, utilizaba el compositor para predisponer el ánimo del espectador al tono de la obra. He traído en esta ocasión la versión de la BBC Symphony Ochestra dirigida por Arturo Toscanini:



La trama es un inocente enredo dieciochesco, sin más pretensiones que el puro divertimento. La escena tiene lugar en el apartamento de Giulia, quien se ha casado en secreto con su amado Dorvil sin que lo sepa el tutor de la joven, el viejo Dormont, quien pretende casarla de forma inminente con Blansac, un donjuanesco amigo de Dorvil. Dorvil accede a la habitación de Giulia por las noches mediante una escala de seda que ella cuelga de la ventana y se muestra celoso e intranquilo ante el compromiso de la que ya es su esposa con Blansac, pero Giulia diseña un plan para desbaratar el compromiso, consistente en que Blansac, siempre predispuesto a poner a prueba su capacidad de seducción de las féminas, corteje a su prima Lucilla, la cual se siente atraída por aquél. Para ello contará con la ayuda del tonto criado Germano quien, enamorado de Giulia, acepta colaborar después de que ella le prometa recompensarle. Dorvil intenta desaconsejar a Blansac de su boda con Giulia, haciéndole ver que no le ama y que sólo se casa obligada por el tutor, pero eso motiva aún más a Blansac para conseguir seducir a la joven, y además emplaza a Dorvil a ocultarse para ver como logra el amor de Giulia, a lo que Dorvil accede para comprobar la fidelidad de su esposa.

A partir de ahí se suceden los equívocos y situaciones confusas, centradas sobre todo en el personaje de Germano, que van enredando la trama, aunque finalmente todo se resolverá de forma afortunada.

La producción del ROF Pésaro que se presenta, está ambientada en la actualidad, desarrollándose la acción en un moderno apartamento ubicado sobre un plano de planta arquitectónica del mismo, con un gran espejo que refleja las diferentes estancias. Todas las fotografías que he incluido en el post corresponden a esta producción que se presentó en Pésaro el pasado verano. Y con el vídeo de la grabación íntegra dicha producción finalizo esta entrada.

viernes, 6 de noviembre de 2009

LA PRINCESA Y "LES TROYENS"

"Eneas escapa de Troya" - Federico Barocci - 1598 - Galleria Borghese - Roma

En plena vorágine troyana, y aparcando definitivamente la polémica acerca del abucheo, quería hacer referencia a una figura que resultó clave en el proceso creativo de la ópera “Les Troyens”, como fue la Princesa Carolina de Sayn-Wittgenstein.

Esta mujer culta y amante de las artes tuvo un papel importante en la historia de la música de su época, quizás no directamente, pero sí de forma colateral a través de los artistas con los que se relacionaba y a los que conseguía estimular en su proceso creativo, como Liszt, Wagner o Berlioz.

Carolina Iwanowska nació en Woronice en 1819. De origen polaco, se casó, menor de edad y sin su consentimiento, con el noble ruso Nicolás Sayn-Wittgenstein. En 1847, en Kiev, conoce a Franz Liszt, comenzando dos años después una relación sentimental que duraría hasta la muerte del compositor, aunque no llegarían a casarse al no conseguir la anulación de su primer matrimonio. Fue ella quien motivó a Liszt a dar el salto definitivo de intérprete virtuoso a compositor y quien le animó a ocuparse personalmente de la orquestación de sus obras, además de promocionarle activamente.

Durante una estancia de Héctor Berlioz en Weimar, en la residencia de esta mujer, que él mismo describe en sus Memorias como de fuerte carácter e inteligente y de la que afirma que le brindó todo su apoyo “en sus horas más oscuras”, Sayn-Wittgenstein insistió a Berlioz para que tradujese en una ópera el amor que éste sentía por el mundo antiguo y por la obra de Virgilio, instándole a afrontar el reto pese a las dificultades que pudiese encontrar. La tal Carolina debía ser una hembra de armas tomar y, con una capacidad de convicción envidiable, llegó a decir a Berlioz que si retrocedía ante los obstáculos y era tan débil como para amedrentarse ante la envergadura de la obra, no siendo capaz de enfrentarse a todo por Dido y Casandra, no sería digno de volver por allí y no querría verle nunca más. Estas palabras, confiesa Berlioz, fueron suficientes para él y, nada más volver a París, se puso a trabajar en el libreto y partitura de “Les Troyens”.

Así, en mayo de 1856 comienza Berlioz la creación de su gran ópera, para la que escribe él mismo el libreto basado en los libros segundo y cuarto de “La Eneida” de Virgilio y con notables influencias de Shakespeare.

Berlioz se refiere a su obra como un “Virgilio shakespearizado”. Y efectivamente, el sentido dramático del autor inglés, al que admiraba Berlioz profundamente, gravita sobre la obra y se puede apreciar en diferentes aspectos de la trama, como la imposibilidad de combatir el destino por Eneas, las apariciones fantasmales de Héctor y otros personajes o la composición de la figura de Casandra. Una mujer fuerte a la que quizás la personalidad de Carolina Sayn-Wittgenstein no le fuese tan ajena.

Aquí podemos ver a una de mis Casandras favoritas, Anna Caterina Antonacci, en la producción del Teatro Châtelet de Paris de 2003, en la conmemoración del segundo centenario del nacimiento de Berlioz, en lo que constituyó la primera representación íntegra de la ópera en la capital francesa. Escuchamos el recitativo y aria del Acto I “Les grecs ont disparu... Malhereux roi”, la primera intervención en la obra del personaje de Casandra:



El 12 abril de 1858 finalizó Berlioz la composición de “Les Troyens” tras 2 años de trabajo. En unas cartas dirigidas a la Princesa Sayn-Wittgenstein, Berlioz le reconoce que fue capaz de afrontar el esfuerzo y sucumbir ante tal reto compositivo sólo gracias a ella, a su “estímulo e indulgentes reprobaciones”, y que la ópera no hubiera existido de no ser por ella, por lo que le anuncia que la obra tendrá una doble dedicatoria, a Virgilio y a la propia Princesa Sayn-Wittgenstein.

Por eso he querido, al igual que hizo Berlioz, dedicarle un pequeño y humilde espacio a recordar la figura de esta mujer, gracias a la que muchos años después hemos podido seguir disfrutando de la genial inmensidad de esta composición.

Finalizo esta entrada con Anna Caterina Antonacci, de nuevo como Casandra, esta vez en la última escena del Acto II que finaliza con el suicidio de Casandra y las mujeres troyanas:

domingo, 1 de noviembre de 2009

"LES TROYENS" (Héctor Berlioz) - Palau de les Arts - 31/10/09


Hacer un estreno operístico la noche de Halloween, tiene el riesgo de que la platea y palcos se te pueblen de fantasmas y muertos vivientes, como ocurrió ayer en el Palau de Les Arts de Valencia, que inauguró temporada con el importante reto de poner en escena la colosal ópera de Héctor Berlioz “Les Troyens”, en una producción propia del coliseo valenciano en colaboración con el Teatro Mariinsky de San Petersburgo y el Teatr Wielki de Varsovia, en lo que, parece ser, supone la primera representación en España de la versión escénica íntegra de la obra.

De entrada, hay que reseñar otra primicia, cual fue que anoche se produjo el primer abucheo de la corta historia de este teatro, dirigido a Carlus Padrissa y La Fura dels Baus, responsables de la puesta en escena y presunta dirección artística de la obra.

La propuesta furera traslada la epopeya troyana a un mundo futurista donde se mezclan virus informáticos, naves espaciales y toda la utillería ya mostrada en otros espectáculos por el grupo catalán, levemente reciclada.

Declaraba Padrissa en el escueto programa de mano entregado que “la ópera es un lugar donde la noción del tiempo desaparece si el espectáculo es capaz de seducirnos de manera global a través de los sentidos”. En este caso, su dirección escénica no sólo no contribuye a esta seducción global, sino que la lastra de forma definitiva. Yo fui uno de los que defendieron y alabaron, con matices, la labor de Padrissa y sus chicos en las sucesivas entregas del “Anillo del Nibelungo”, pero ayer reconozco que me sumé a la protesta ante una versión escénica aburrida, reiterativa, absurda y profundamente fea.

Se han repetido y potenciado en esta producción los elementos fureros más criticables: una nula dirección de actores a los que muchas veces se les ve perdidos; los continuos movimientos en escena de la gente de La Fura, entre los cantantes, arrastrando plataformas, enganchando cables, etc. con sus correspondientes ruidos; y esa excesiva información visual permanente que distrae al espectador incluso cuando no debe, cuando la atención debe estar concentrada en la música y los artistas.

Ayer vivimos algunos momentos escénicos realmente bochornosos. Destacaría especialmente el precioso dúo del acto IV entre Enéas y Dido, “Nuit d’ivresse”, posiblemente el momento musicalmente más bello de toda la obra, donde en lugar de quedarse los dos amantes solos, tal y como marca el libreto, tuvieron en escena la compañía de dos miembros de La Fura que les vigilaban, cual lúbricos voyeurs, porque al señor regista se le había pasado por el moño que cantasen ese momento colgados por los sobacos. Si pretendía ser original Padrissa, debe saber que lo único que consiguió fue una pérdida brutal de la magia y poesía de la escena.

Otros instantes, a mi juicio, muy desafortunados de la propuesta escénica, fueron el patético combate de boxeo que tiene lugar en el Paso de los luchadores del acto I, o el desfile de modelos con prótesis peneanas, en la danza de sátiros y faunos del comienzo del acto IV, de indudable mal gusto. Y tampoco tuvo justificación el humillante numerito que se le impuso a Eric Cutler, obligándole a cantar el aria de Iopas, “O Blonde Cérès”, micro en mano (apagado, claro) y haciendo posturitas dignas de fase clasificatoria regional de Festival OTI.

El instante de la entrada en escena del caballo de troya resultó muy molesto, al deslumbrarse a los espectadores con el reflejo de los focos en el caballito, construido con retales de la sierpe dragón de “Siegfried” y unas enormes ruedas, que le daban la apariencia de regalo de huevo Kinder en grande.

Sin embargo, sí me pareció medianamente interesante la resolución de la muerte de Laocoonte por las serpientes.

El horroroso y sonrojante vestuario diseñado para la ocasión, sólo consiguió llevar al límite de la indignidad a los artistas y que el público se tomase a chirigota momentos dramáticamente intensos, como la aparición de Casandra, poco antes del suicidio colectivo de las troyanas, vestida como una mezcla de Geyper Man y jugador de fútbol americano con escuditos y colores que se asemejaban demasiado a los del Valencia CF.

Las ridiculeces gratuitas en el vestuario y la dirección escénica eran continuas: los soldados troyanos convertidos en clones de las tropas imperiales de "Star Wars"; la pobre Daniela Barcellona colgada por los aires cada dos por tres y tocada con un espantoso peinado a lo fallera afro; Iopas con túnica horrorosa, posiblemente en homenaje a Rappel, presente en la sala y que si hubiese subido al escenario habría pasado desapercibido; o Andrómaca y Astyanax vestidos de caballeros Jedi, el último además con gafotas a lo Elton John y un cochecito teledirigido que con su ruido molestó ostensiblemente el solo de clarinete que sonaba en ese instante.

Tanta interferencia en la obra, desconcierto al espectador y ausencia de innovación en la propuesta de Padrissa, motivaron el sonoro y mayoritario abucheo que se le propinó al finalizar la función.

En el ámbito musical el resultado fue ostensiblemente mejor. Aquí hay que empezar elogiando de nuevo el trabajo realizado por todos y cada uno de los músicos que componen la sensacional Orquestra de la Comunitat Valenciana, absolutamente fantástica en todo momento. Espléndida la sección de viento, con unas trompas alcanzando la perfección al inicio del IV acto.

El director ruso Valery Gergiev condujo con su ya habitual gusto por el volumen descontrolado que le hace moverse permanentemente entre el forte y el fortissimo, faltándole matización, aunque en términos generales su lectura me resultó agradable y, si bien careció de esos momentos de mágica emoción, tampoco me llegó a molestar.

El Coro de la Generalitat tenía una prueba de fuego en esta exigente obra en la que tiene un papel protagonista. El resultado final fue de matrícula de honor. Cuando ya creíamos que era difícil hacerlo mejor, ellos se superaron a sí mismos y lograron imponerse con perfecto empaste por encima incluso de los volúmenes impuestos por Gergiev.

En las voces solistas hubo dos grandes triunfadoras, Elisabete Matos y Daniela Barcellona.
Matos, pese a mostrar alguna carencia en el registro grave, compuso una Casandra excepcional. Fue de menos a más, con una absoluta entrega dramática y poderío en el agudo con algunos ataques prodigiosos.

Daniela Barcellona conquistó a la totalidad del auditorio estando en todo momento implicadísima con el personaje de Dido, pese a la ridícula apariencia impuesta por Padrissa, consiguiendo que su voz, amplia y flexible se impusiera con autoridad, derrochando expresividad y sabiendo transmitir con credibilidad los sucesivos estados de ánimo del personaje. Su “Adieu, fière cité” fue glorioso.

Stephen Gould demostró que no está precisamente en su mejor estado vocal. Tuvo que iniciar su actuación con la terrible entrada escrita por Berlioz “Du peuple et des soldats”, donde presentó problemas de fiato y caló el do. Posteriormente se le vio muy apurado en los agudos, recurriendo a feos falsetes en un par de ocasiones, y mostrando un evidente cansancio. No obstante, le puso mucha voluntad y hay que reconocer su esfuerzo y entrega dramática en este exigente papel.

Eric Cutler, que no es precisamente un cantante por el que sienta especial predilección, estuvo soberbio en el “O Blonde Cérès”, a pesar del numerito OTI que ya he comentado, mostrando una exquisita delicadeza y buen gusto.

El resto del reparto cumplió con corrección, aunque me gustaría destacar la bonita voz de la joven Oksana Shilova, procedente del Mariinsky, que interpretó el breve papel de Ascanio.

A la salida, más allá de la una de la madrugada tras cinco horas de representación (lo que debería hacer a la dirección de Les Arts replantearse la hora de inicio de funciones de esta duración, al menos en día laborable), el abucheo a La Fura era el centro de todas las conversaciones y generó la típica controversia entre quienes opinan que es una falta de educación y quienes, como yo, pensamos que es una tradicional y legítima muestra de descontento en los teatros de ópera. Para mala educación la de aquellos que nos obsequian a todos con sus toses huracanadas, los caramelitos que tardan horas en desenvolverse, los bolsillos agujereados de los que no cesan de caerse ruidosamente objetos al suelo, o las virtuosas del rítmico golpeado del abanico contra sus protuberancias mamarias.

Pese a todo lo expuesto, disfruté muchísimo del espectáculo musical de la noche, que no pudo tener mejor colofón que la cena troyana que compartimos los amigos catalanets y la sección levantisca.

Si queréis tener otras visiones de lo acontecido, podéis leer las estupendas crónicas de FLV-M, Maac y Joaquim.

Para finalizar os dejo a la ex pareja Alagna-Gheorghiu en el dúo del IV acto "nuit d'ivresse", en una grabación con Richard Armstrong dirigiendo la Royal Opera House Covent Garden Orchestra:


video de glenmed