Tras el parón veraniego la sala principal
del Palau de les Arts volvió a vivir ayer una noche de estreno con la
inauguración de la pretemporada operística 2016-2017. Una sana costumbre esto
de la pretemporada… que permite aliviarnos el mono de ópera a los más enganchados y que facilita, con jóvenes
repartos y precios baratos, el descubrimiento de voces emergentes, que dicen
ahora los cursis, y el acercamiento al género de los más jóvenes o de aquellos
que se engañan pensando todavía que la ópera es algo elitista reservado a los
ricachones.
El año pasado fue una ópera tan popular
como La Bohème la elegida y esta vez
se ha optado por otra obra muy conocida, como es L’elisir d’amore de Donizetti,
de trama simple y divertida, y en una versión escénica tan atractiva como la coproducción
entre el Palau de les Arts y el Teatro Real de Madrid que vimos ya en Valencia
en 2011, con dirección de escena del italiano Damiano Michieletto.
Me parece una muy buena elección, pese a
algunos reproches que se puedan hacer a esta adaptación escénica y a que, como
ya muchos sabéis, esta es una ópera que siempre me ha caído un poco gorda, aunque
esto es una cuestión puramente personal. Pero si de lo que se trata es de
aficionar a nuevos públicos al género, esta producción puede ser un buen
instrumento para ello.
La encargada de la reposición escénica de
esta creación de Damiano Michieletto ha sido su colaboradora Eleonora Gravagnola. No ha habido
demasiadas variaciones respecto a lo ya visto en 2011, por lo que quizás repita
muchas de las apreciaciones que manifesté entonces. Lo fundamental es que, a mi
juicio, pese a todos los puntos negativos que se pueden reseñar, el resultado
global es positivo y la frescura y vistosidad del espectáculo compensan que en
ocasiones la voz y la música puedan verse desplazadas a un segundo plano.
Y es que si algo se debe criticar de la
propuesta escénica es precisamente algo muy habitual en los trabajos de Michieletto (recordemos, por ejemplo,
su cuestionadísimo Barbiere) que el
exceso de acción secundaria y el ajetreo sobre las tablas distrae al espectador
de lo puramente musical y vocal. Pero al menos aquí hay espectáculo. No han
sido pocas las ocasiones en que se nos han presentado producciones en las que
se ha perjudicado de una forma u otra la vertiente musical, pero encima no nos
han ofrecido absolutamente nada nuevo en el aspecto dramático. Aquí hay una
propuesta llena de frescura, agilidad, colorido y vis cómica, y que dota de
sentido y coherencia narrativa a todo el conjunto.
La acción, como ya es sabido, se traslada a
una playa valenciana, donde Adina regenta un chiringuito; el coro de
segadores son familias de bañistas; los soldados, marineros de permiso; y el
falso doctor Dulcamara es un vendedor de bebidas energéticas que se
dedica a trapichear con drogas.
La obertura esta vez comenzó a telón
bajado, pero la alegría duró poco, pues enseguida se alzó, iniciándose la
acción y el ruido en escena y dificultando la escucha del preludio orquestal. También
el principio del segundo acto se vio sazonado por los grititos y correteo de
los miembros del coro. Respecto a 2011, no obstante, ha disminuido algo la distracción
escénica, haciendo que el coro no esté siempre presente, reduciendo así la
abundancia de diferentes planos de acción dramática y permitiendo mayor
concentración en las voces y en la línea narrativa principal.
Ya critiqué en su momento el hecho de que
se hiciese cantar a Nemorino el esperado momento de Una furtiva lagrima subido al tejado del chiringuito, pues no tiene
dramáticamente nada que aportar y no es la mejor ubicación para proyectar una
voz, especialmente si, como ocurrió ayer, ésta no corre especialmente bien. Y
ello sin contar con que la generosa envergadura del tenor hacía temer por la
resistencia del tejado y que el pobre Nemorino
acabase formando parte del expositor de helados. Al menos en esta ocasión sí se
ha evitado, respecto a 2011, que Adina esté presente en escena
deambulando mientras Nemorino canta su melancólica aria, y ya sólo
aparece cuando ha finalizado.
Pese a todos esos aspectos que, para un
tiquismiquis profesional como es servidor, considero que deben cuestionarse,
insisto en que el balance global ha de calificarse de positivo, debiendo
resaltarse la frescura, viveza y chispa que aporta a una historia bastante
boba, y, sobre todo, merece un especial reconocimiento el gran trabajo de
dirección de actores y movimiento escénico que presenta, y que tan excelente
respuesta obtuvo por parte de los intérpretes, tanto coro, como figurantes y
solistas.
En el apartado musical una gozosa novedad
es que ocupaba el foso de Les Arts una mujer, la canadiense Keri Lynn-Wilson
de quien estos días los medios especializados no se han privado de resaltar
casi más su condición de “esposa de” (en este caso de Peter Gelb, mandamás del neoyorquino MET) que sus posibles méritos
como directora en un ámbito, uno más, tan masculinizado. La verdad es que no
tuvo una actuación especialmente relevante. Condujo Lynn-Wilson a la Orquestra de la Comunitat Valenciana con gran
atención a lo que ocurría en escena y se cantó toda la ópera de principio a fin.
Su labor fue muy voluntariosa y correcta en términos generales, aunque hubo
algunos cambios de tempo que no parecían
muy coherentes y que provocaron algunos desajustes entre cantantes y foso que
no siempre fue capaz de controlar. También se le fue en algún momento de las
manos el énfasis orquestal, perjudicando la escucha de las voces de menor
envergadura. El resultado global no fue malo, pero se echó de menos una batuta
más refinada y menos mecánica, capaz de extraer mayores matices.
Esta producción constituye una excepcional
piedra de toque para corroborar la extraordinaria capacidad dramática de
nuestro Cor de la Generalitat que supo responder con empeño
sobresaliente a los exigentes y permanentes requerimientos escénicos concebidos
por Michieletto, inmersión en la
espuma incluida. En el apartado vocal quizás hubo menos rotundidad que en otras
ocasiones, posiblemente también como daño colateral de ese trabajo escénico,
aunque sí debe destacarse la extraordinaria intervención de las féminas en toda
la escena del segundo acto con Gianetta
y durante la fiesta de la espuma.
Hace ya tiempo que vengo comentando a quien
quiere tener la paciencia de escucharme que no entiendo por qué no se está
dando más presencia en este teatro a algunas voces salidas del Centre de Perfeccionament Plácido Domingo
en sus primeras promociones, afincadas en Valencia y de gran calidad. Y una de
ellas es Ilona Mataradze, quien ayer fue capaz de solventar el
complicado papel de Adina con unos resultados magníficos. Mostró Mataradze
rebosante musicalidad y refinamiento y un enorme desparpajo escénico. Su bonito
timbre de lírico ligera corrió luminoso por la sala, atacó y colocó los agudos
con valentía y limpieza e hizo frente a las agilidades del segundo acto con profesionalidad.
Tuvo detalles de muy buen gusto, como en Prendi
per me sei libero, donde supo regular y usar adecuadamente las medias voces
y, en general, cuidó el fraseo con elegante legato.
A sus buenas prestaciones vocales hay que añadir además una impecable actuación
en escena, todo lo cual la convirtió en la triunfadora de la noche.
Bastante menos me convenció el Nemorino del tenor William Davenport. Lo más llamativo del cantante norteamericano es
una atractiva emisión natural que se mueve con facilidad por el registro agudo
y que hace inevitable pensar en un pavarottino,
pero pocas más semejanzas se pueden hacer sin incurrir en blasfemia. Su
principal problema es la falta de homogeneidad en los registros y el escaso
empaque de una voz que mostraba problemas de proyección. El fraseo fue bastante
frío y tan sólo destacó en su momento esperado, esa Furtiva lágrima en la que echó el resto y presentó las mejores
credenciales de la noche, sabiendo respirar y ligar las frases como mandan los
cánones, aunque a enorme distancia de aquél refinamiento melódico que nos
ofreció Ramón Vargas en 2011. Hay
que reconocerle que, pese a su abultada envergadura física, se movió en escena adecuadamente
cumpliendo sobradamente las exigencias de la regia.
Pero si de recuerdos de 2011 hablamos,
quizás quien más complicado lo tenía era el italiano Paolo Bordogna, de quien había que ver si sería capaz de que no
añorásemos al carismático y avasallador Dulcamara que compuso en 2011 el
uruguayo Erwin Schrott. Y, aunque hizo un dignísimo papel y fue muy
aplaudido, desde mi punto de vista no lo logró. Y eso que a mí me había dejado
unas estupendas sensaciones aquel mismo año 2011 como Don Magnífico en La Cenerentola.
Es verdad que Bordogna se entregó
sin reservas en lo actoral, pero era imposible no rememorar a su antecesor que
se comía el escenario. En lo vocal, si Schrott
no es precisamente el paradigma de la finura, tampoco Bordogna hizo gala de mucho refinamiento vocal. Agudos abiertos y
graves justos se compensaban con más efectismo que autenticidad. Pese a todo, se
mostro ajustado en estilo, bien en el canto silabato y con algunos detalles con
los que supo conectar con el público, mereciendo la aprobación unánime del
respetable.
Mattia Olivieri fue un correcto Belcore.
Al barítono italiano se le conoce bien en este teatro tras su paso por el Centre Plácido Domingo y su
participación como comprimario en numerosas producciones de los últimos años.
Su tendencia habitual al histrionismo actoral, curiosamente, estuvo anoche
mucho más controlada y su labor en escena fue irreprochable. Posiblemente fue
el que presentó un instrumento de mayor volumen que proyectaba con suficiencia,
aunque en los extremos de la tesitura mostró mayores problemas y discutible
afinación.
No destacó especialmente Caterina di
Tonno en el breve papel de Gianetta, pero su labor fue muy correcta
en lo vocal y con excelentes y muy exigentes prestaciones en escena.
Ya lo he comentado mil veces, pero sigo
cuestionando la obsesión de los responsables de la subtitulación por hacerse
los graciosos. Insisto en que pienso que se deberían limitar a traducir
simplemente lo que se dice y que no hay necesidad de transformar los escudos
y ducados del libreto por euros, y mucho menos de convertir el vino de
Burdeos en de Utiel-Requena, en un guiño pueblerino de primera división.
Lo mejor de la noche fue ver el teatro
lleno casi por completo y con numerosa presencia de público joven que pareció
pasarlo muy bien. Sin embargo, no aprecié apenas presencia institucional en los
palcos, más allá de la consellera de Justicia. Fue muy aplaudido Davenport tras Una furtiva lágrima, pero sobre todo Ilona Mataradze al finalizar el aria Prendi, per me sei libero y la subsiguiente cabaletta Il mio rigor dimentica, donde se produjo
una larguísima ovación. Al terminar la función hubo aplausos para todos,
incluida la responsable escénica Eleonora
Gravagnola, quien casi se estampa de la emoción al corretear con los
tacones por la falsa arena playera.
Como ayer hubo quien me preguntó al
respecto, quiero dejar constancia aquí de que la Asociación a la que
pertenezco, Amics de l’Òpera i de les
Arts de la Comunitat Valenciana no se hará cargo esta temporada de dar las
charlas previas a las funciones de ópera en Les Arts, por haberlo decidido así
la Intendencia del teatro valenciano, que nos ha comunicado que prescinde de
nuestra colaboración gratuita, habiendo decidido organizarlas con la
colaboración de la Universitat de València. De momento, ayer fue un
trabajador de la casa el encargado de hacerlo.
Y hablando de trabajadores de la casa, no
estaría de más que encargasen a alguien la revisión y corrección de las
publicaciones y textos que lancen al exterior para evitar sonrojantes bochornos
como el sufrido por los abonados al recibir los formularios para solicitar la
compra preferente de localidades, con una acumulación de erratas difícil de
superar.
A quienes todavía no tengáis
localidades para disfrutar de esta ópera que supone el chupinazo de inicio de
la pretemporada, os animo a que acudáis a Les Arts estos días, el espectáculo vale la
pena y será muy interesante también ver el rendimiento de una prometedora
cantante como Karen Gardeazábal como
Adina en el segundo reparto.



























