jueves, 29 de marzo de 2018

"IL CORSARO" (Giuseppe Verdi) - Palau de les Arts - 28/03/18


Ayer se estrenó en el Palau de les Arts una nueva producción de Il Corsaro de Verdi, una obra que no es nada habitual verla representada. Baste decir que su estreno en España se produjo en el Liceu en versión concierto en el año 2004 y no sería escenificada en nuestro país hasta el año 2010 en Bilbao. Fuera de nuestras fronteras tampoco es frecuente su presencia en los teatros de ópera, así que ya sólo por eso la cita con esta poco conocida composición verdiana presenta un indudable interés.

Reconozco que a priori me hacía bastante poca ilusión, sobre todo después de mi anterior experiencia en Les Arts con la inaguantable Il Mondo della luna de Haydn. Pero bueno, el caso es que al final la experiencia no fue tan mala como la del tostón lunero; para empezar su duración es casi una hora inferior a aquella, lo que ayuda mucho, y, sin ser tampoco el recopetín, aquí todo fluye mejor. La obra es todavía un Verdi primerizo, muy deudor del belcantismo, con cánones encorsetados donde el genio del compositor no se plasma aún en toda su intensidad, pero reconozco que cuenta con algunos momentos destacables como pinceladas que apuntan ese particular estilo con el que alcanzará poco después las cimas de la ópera italiana.

En cualquier caso, su mayor lastre, a mi juicio, es un libreto bastante idiota, con unos personajes más planos y estereotipados que Pierre Nodoyuna y Penélope Glamour. Más allá de los valores literarios que sin duda contendrá la obra The Corsair de Byron, en la que se basa la ópera, la adaptación del libreto de Piave y la historia en sí me parecen bastante memas y con buenas dosis de pesadez.

Para la ocasión se ha decidido apostar por una producción propia que se ha coproducido con la Opéra de Monte-Carlo, encargando la dirección escénica a la alemana Nicola Raab, quien ya pasó por Les Arts hace 6 años con la Thaïs de Massenet. Como suele ser habitual en los trabajos de Raab, el atractivo visual de la puesta en escena pretende ser el principal protagonista, dejando un poco más descuidado el apartado dramatúrgico. Ayer la propuesta escénica no me convenció en ninguna de sus facetas y no debí ser el único descontento pues en los saludos finales se escucharon no pocos abucheos.

Raab opta por plantear la historia como una fantasía del propio Lord Byron mientras  escribe The Corsair. De ahí que el personaje de Corrado-Byron esté prácticamente todo el tiempo en escena. Esa idea inicial, aunque esté más vista que Verano Azul, no deja de tener cierto interés e incluso llega a funcionar por momentos, aunque son más los pasajes en los que este planteamiento conduce a situaciones absurdas e incomprensibles si no conoces el libreto al dedillo, cosa que no creo que sea habitual en una obra tan poco representada como esta, como esa pelea de Corrado contra nadie mientras a su espalda Seid cae muerto y se levanta reiteradamente; o que Medora en el primer acto ya se chupe el veneno que acabará con su vida en el tercero.

La acción se desarrolla la mayor parte del tiempo en dos planos, el más cercano al espectador sería el de Byron mientras crea su obra y comprueba cómo evoluciona la historia y los personajes; y tras él se desarrolla el drama que surge de su mente, en otra dimensión. Al final, la muerte de Corrado será planteada como el atrapamiento de Byron en ese plano de su propia creación mental. Esta distinción de planos se aprecia bastante bien en el aria de Medora y el posterior dúo, cuando ella parece atrapada tras unos velos de plástico sin que pueda acceder, pese a intentarlo, al “mundo real”. En otros momentos de la representación la distinción de estos mundos paralelos se limitará a plantar a Corrado-Byron mirando la escena. Al final todo se queda en una buena idea que no acaba de funcionar. Lamentable fue, por ejemplo, el resultado del aria de Medora, haciendo cantar a la soprano desde el fondo del escenario y tras los plásticos colgantes, mientras en primera línea el tenor nos obsequiaba con un ruidoso concierto de rotura de papeles muy bonito.

El punto fuerte de la propuesta, que se supone es el visual, tampoco me gustó. Las proyecciones alla Livermore no aportaban nada y la estética del harén de Seid, que supongo pretendía rememorar el orientalismo de la pintura del XIX (Delacroix, Ingres, Fortuny…), se convirtió en un espectáculo viejuno y kitsch hasta empachar. Aquello parecía una función de colegio (de pago) o la tienda de Souvenirs Mohamed del Gran Bazar. Esos turbantes, babuchas, dorados… Para un Rossini bufo le hubieran ido al pelo, pero en un Verdi pretendidamente dramático chirriaban demasiado. Pocas cosas más patéticas y ridículas he visto últimamente que el presunto disfraz de derviche de Corrado del acto segundo. ¿Qué costaba haberse acercado a un Todo a 1€ del barrio y buscar algo menos risible que envolver al protagonista en una alfombra de mercadillo playero y plantarle un minúsculo fez?

Y en la dirección de actores la producción presentada alcanza ya la matrícula de honor del despropósito haciendo dejación absoluta de funciones, con un planteamiento plano donde, a partir de dos o tres ideas, el resto se deja a la buena de Alá. El colmo de la inoperancia se puso de manifiesto con el movimiento del coro. Vaya diferencia entre el exhaustivo trabajo al que tuvo que hacer frente la agrupación en el reciente Peter Grimes, con esta pantomima en la que las únicas indicaciones parecían ser: “coro a escena - coro fuera de escena”, haciéndoles avanzar por unos pasillicos estrechos, cantar desde la trasera y quedarse todos más quietos que el peluquero de Puigdemont.

En definitiva, pienso que nos encontramos ante una fallida propuesta escénica, rancia, fea, que dificulta seguir la ya de por sí absurda historia, que no favorece el apartado musical y que descuida la vertiente dramática.

De la dirección musical se ha encargado Fabio Biondi. Llamó mucho la atención desde el anuncio de la temporada que el director italiano, centrado en otros repertorios, afrontase un Verdi, por mucho que hablemos de un Verdi primitivo. Biondi, siempre dispuesto a buscar autenticidad en las interpretaciones, ha sorprendido esta vez a la platea de Les Arts subiendo el foso casi a la altura del escenario para, según ha afirmado, encontrar una relación fónica entre orquesta y voces que esté más cercana a lo que podía encontrarse el espectador del siglo XIX. Además de subir el foso, Biondi ha variado la disposición de los atriles, ubicando en el centro a chelos y contrabajos, a la derecha madera, metales y percusión, y a la izquierda violines, violas y arpa.  Cuando vi la original elevación del foso pensé que podría haber voces damnificadas, pero claro, no contaba con el hipogrito huracanado de Fabiano y Dyka. Quizás lo que ocurrió fue lo contrario, que se enteró Biondi de que cantaban estos dos vozarrones y subió la orquesta para que pudiéramos escucharla.

Al final, pese a las dudosas previsiones, me gustó bastante el resultado orquestal obtenido por Biondi. Está claro que la obra no es precisamente el colmo del refinamiento y la complejidad, pero dirigió con brío y buen pulso, remarcando con sensibilidad los instantes más líricos y consiguiendo un equilibrio muy notable. Enorme delicadeza mostró, por ejemplo, en el acompañamiento en pizzicato a la muerte de Medora. Trabajó con gusto las dinámicas y logró que la puntual mala disposición escénica de los cantantes no afectase al conjunto. Contó además con otra noche especialmente inspirada de los músicos de la Orquestra de la Comunitat Valenciana que supieron dejar detalles de su valía, como el clarinete de Tamás Massànyi en la obertura, el arpa en el aria de Medora, las flautas en el aria de Gulnara, el oboe de Christopher Bouwman en la entrada de Medora del tercer acto o el increíble sonido de los chelos, comandados esta vez por Arne Neckelmann, en la introducción orquestal a la segunda escena del acto tercero, a mi juicio, junto al Eccomi prigioniero! subsiguiente, el momento más bello, con diferencia, de esta ópera.

Volvieron a brillar sin reparos los miembros del Cor de la Generalitat pese a las majaderías escénicas que ya he comentado, a su breve participación en la obra y a pillarles este Corsaro en pleno proceso de reivindicaciones y protestas por la inaceptable precariedad laboral a las que les tiene sometida la administración autonómica desde hace años. Fantásticos los chicos en el coro de corsarios inicial y muy bien las chicas tanto en el coro de odaliscas, como en la escena final, en esa especie de coro de Morticias en el que les convirtió la regia.

Uno de los mayores reclamos de esta producción era la presencia como Corrado del tenor norteamericano Michael Fabiano, un cantante con presencia en los principales teatros de ópera desde sus inicios y que saltó especialmente a la fama tras ganar el premio Richard Tucker de 2014. Yo le he visto en algunas ocasiones en retransmisiones desde el MET y nunca me había acabado de convencer del todo. Ayer en directo me gustó más. Lo primero que llama la atención es el impresionante volumen que derrocha y su facilidad de emisión, con una bonita voz de tenor lírico que luce especialmente en el centro, cálida, clara, limpia y mostrando una valentía a prueba de bomba, afrontando el riesgo sin importarle las consecuencias, cosa que se agradece. Quizás flaquea un poco en la zona más aguda, así como con alguna puntual desafinación; pero el resultado general de Fabiano fue muy notable y conquistó sin reservas al público valenciano. A mí también, pero no fue quién más me gustó.

La gran sorpresa de la noche para mí fue la Medora de la impronunciable soprano Kristina Mkhitaryan. Belleza vocal y cautivadora presencia física caracterizaron una actuación impecable en un papel que, pese a su corta participación, bordó. Su timbre de sonoridades claramente eslavas, la riqueza expresiva y la sensibilidad mostrada tanto en su aria como, especialmente, en toda la última escena, me llegaron a recordar, perdóneseme la herejía, a la joven Netrebko. Me gustaría volver a ver a la joven cantante rusa en un papel de mayor extensión para corroborar mis impresiones.

A Oksana Dyka ya la conocemos bien en Valencia después de pasar por Les Arts como Butterfly y Tosca en 2009 y 2010. Vozarrón desaforado y temperamento siguen caracterizando a la soprano ucraniana a la que, sin embargo, he encontrado con un cierto desgaste que no sé si será consecuencia de haber estado frecuentando papeles de mayor peso de lo que su voz lírica aconsejaba. El recital de chillidos que nos ofreció ayer la Dyka fue digno de un Marathon Matrimoniadas. El poderoso agudo que posee queda muy deslucido con esta tendencia al grito y un timbre cada vez más hiriente, así como con el feo empleo de portamentos, como hizo ayer en su aria. Algo más moderada estuvo en la segunda parte, donde incluso apuntó un par de regulaciones, pero he de confirmar con Les Arts si finalmente sus gritos acabaron con toda la cristalería de la cafetería o quedó alguna copa sana.

El barítono italiano Vito Priante fue el encargado de dar vida al repelente y políticamente incorrecto personaje de Seid que, por si fuese poco, ayer fue obligado a vestir de mamarracho salido de una filà de moros de 8ª regional. Cumplió bien su cometido, aunque su escueto volumen e inconsistente emisión, con tendencia a cantar padentro, deslucía un papel que debe imponer un poco más de autoridad y que devino inaudible en gran parte de los concertantes. Además, vocalmente al lado de Dyka era como Mini yo con Pau Gasol. Se hacía muy difícil de creer que aquella tremenda odalisca de grito suelto estaba sojuzgada por este Pachá.

Bien el Giovanni de Evgeny Stavinsky y dignas de mención las breves intervenciones de los miembros del Cor de la Generalitat Ignacio Giner, Antonio Gómez y un estupendo Jesús Rita. Es de agradecer que para estos pequeños papeles se utilicen las buenas voces que tenemos en nuestro coro, en lugar de acudir, como se ha hecho tantas veces, a ignotos cantantes, generalmente italianos, fruto de paquetes (con perdón) 2 x 1 de agentes listillos.

La sala principal de Les Arts presentaba ayer un aspecto más que bueno, de lo cual me alegro, aunque internamente me siga entristeciendo que el nombre de Verdi, aunque sea en una operita como esta, venda más que una joya como Peter Grimes. En el casi lleno de ayer también influyó que el resto de funciones se van a desarrollar en plenas semanas Santa y de Pascua y algunos abonados optaron por cambiar su entrada al estreno. Se aplaudieron prácticamente todos los chimpún con bravos, bravi, brave y fervor de fan, aunque, curiosamente, al llegar el descanso los aplausos no pasaron de una tibieza que rozó la frialdad. Al finalizar la función hubo algo más de entusiasmo, especialmente con el tenor; y, como ya he comentado, se escucharon sonoros abucheos a la dirección de escena.

Se ha anunciado oficialmente que la función del próximo día 8 será retransmitida en streaming a través de www.OperaVision.eu con la colaboración de la Agencia Valenciana de Turismo y el canal Mezzo. Yo, en cualquier caso, como siempre, os animo a acudir en directo y a disfrutar de las cosas buenas que también tiene esta ópera, con dos voces muy notables y algunos momentos musicales destacables. Además es una oportunidad de conocer una obra muy inusual y, total, si no os gusta, al fin y al cabo estamos en semana de Pasión.



viernes, 16 de marzo de 2018

UNA LUNA SOPORÍFERA Y OTRAS COSAS DE LES ARTS


El pasado día 8 de marzo se estrenó en el Teatre Martin i Soler del Palau de les Arts la ópera de Joseph Haydn Il mondo della luna. Desde entonces a hoy no he tenido ocasión de publicar nada al respecto y como además también me aburrí bastante, no he hecho tampoco demasiado esfuerzo por dejar aquí antes mis impresiones.

El caso es que ayer alguien me preguntó mi opinión y al final he decidido hacer esta breve reseña, entre otras cosas para que dentro de unos años pueda yo acordarme de haber asistido a ese pestiño que intuyo se evaporará de mi memoria antes de que el olor fallero a orín y fritanga desaparezca de la capital valenciana.

Cuando vi en el programa de mano que la duración estimada de aquello se iba a las dos horas y cincuenta minutos, me temí lo peor… y acerté. La velada comenzó con un manifiesto leído por algunos miembros de la Comisión de Igualdad del Palau de les Arts en defensa de la igualdad y apoyando a las mujeres trabajadoras del Palau que esa noche habían hecho posible la representación. Al final eso fue lo más entretenido de la noche.

El primer acto se me hizo eterno; pese a que pienso que es el mejor de la ópera y que al ser el primero no te suena todavía todo tan a repetido, pero yo llegué al descanso buscando compañía para, por primera vez en mi historia en Les Arts, largarme al bar antes de acabar la función. Como no conseguí convencer a nadie, opté, craso error, por quedarme a los actos segundo y tercero que, como me esperaba, me aburrieron casi hasta el dolor… el dolor de quijadas de tanto bostezar.

En mi modesta e ignorante opinión, esta ópera de Haydn es un soberano tostón de casi 3 horas, más repetitivo que un sándwich de pepino y ajoaceite, con agradables melodías esporádicas en medio de un conjunto donde todo sonaba igual. Una especie de reguetón del siglo XVIII, insoportable cual discurso de Rajoy en cine Exín. Al menos esas fueron mis sensaciones.

Y eso que la obra contó con una  puesta en escena de Emilio Sagi auténticamente fantástica. La inteligencia del director asturiano volvió a quedar patente con un trabajo minucioso de dirección de actores y un aliño de la infumable trama de la ópera ciertamente divertido y muy atractivo visualmente. Sólo le reprocharía lo molestos que resultaban al espectador los aritos luminosos del comienzo de la obra.

Junto a Sagi, lo mejor de la representación fueron los miembros del Cor de la Generalitat que derrocharon gracia escénica (memorable su bajada de escalera) y subieron el listón de un apartado vocal donde los cantantes del Centre Plácido Domingo estuvieron mejor que en otras ocasiones, pero mostraron en general unas voces bastante verdes aún, aunque es muy elogiable su esfuerzo y sobre todo su absoluta entrega a las divertidas instrucciones escénicas de Sagi.

Algo menos me gustó la labor con la batuta de Jonathan Brandani que no fue capaz de insuflar un poco de chispa a la partitura, centrándose en su trabajo de concertación, donde cumplió aceptablemente.

Ahora a esperar el estreno de Il Corsaro verdiano, que, también os confieso, no me motiva especialmente, ojalá me equivoque…

Mientras tanto Les Arts sigue funcionando sin director artístico y sin que se sepa cuándo narices piensan llevar a cabo ese concurso o paripé de concurso que se supone habrá de nombrar al nuevo responsable artístico del coliseo. Dijeron que el nuevo Patronato se iba a constituir en este mes de marzo y a partir de ahí se iniciaría la cadena administrativa que condujese al nombramiento; pero a día de hoy sigue el silencio.

Lo malo como ya he dicho muchas veces es cómo pueda afectar este descabezamiento provisional de Les Arts a su futuro y parece claro que cuanto más se demore el nombramiento mucho peores serán las consecuencias. Es verdad que la responsabilidad de todos los trabajadores de la casa hace que la máquina siga funcionando de cara al exterior, pero hay muchas decisiones que tomar, empezando por cerrar una temporada próxima que, aunque Livermore dejase medio hilvanada, hay que anunciar y asegurar con contratos y gestiones que no parece que se quieran culminar hasta la llegada del Mesías. Los problemas en el interior no son pocos y cada día que pasa el clima se puede enrarecer más.

Y por si había poca chicha en el cocido, hace dos días se hizo público el anuncio de que el Cor de la Generalitat llevará a cabo movilizaciones y acciones de protesta, sin descartar jornadas de huelga en algunas representaciones, si la administración autonómica no lleva a cabo de una puñetera vez la consolidación definitiva de la actual plantilla que vive una situación de precariedad absolutamente inaceptable. Esto, obviamente, no es culpa de Les Arts, pero sí de los mismos responsables políticos, cuya insensibilidad, ignorancia y torpeza puede acabar con uno de los valores culturales más importantes de la Comunitat como es el Cor.

Veremos cómo sigue todo esto.


viernes, 2 de febrero de 2018

PETER GRIMES (Benjamin Britten) - Palau de les Arts - 01/02/18

Tengo este blog demasiado abandonado. Me encantaría poderle dedicar más tiempo, pero con mi actividad laboral actual me quedan pocos ratos disponibles y cuando los tengo me pillan demasiado cansado. Me gustaría haber podido escribir alguna entrada para preparar la ópera que se estrenó ayer en Les Arts, Peter Grimes, de Benjamin Britten, una obra que me apasiona con locura y que considero un crimen perderse; y más después de lo visto y oído ayer. Pero bueno, igual salís ganando si acudís al blog de Maac que sí ha publicado alguna entrada previa que podéis leer AQUÍ y AQUÍ.

Y también quería haber escrito algunas cosas sobre la situación del teatro tras la dimisión, hace ya casi dos meses, de Davide Livermore como intendente y director artístico de Les Arts. En mi crónica del Don Carlo que inauguró esta temporada fui muy crítico con el gobierno valenciano y con su gestión de la situación, habiéndose cubierto de gloria con una serie de declaraciones que no sólo no tranquilizaban al aficionado acerca del futuro de la ópera en València, sino que nos hacía dudar seriamente de que supiesen siquiera de qué hablaban.

Desde aquellos días las noticias se han ido sucediendo en los medios de comunicación en un incesante goteo y, donde antes decían culo, hoy dicen teta y mañana pedorreta. Es verdad que, después de las primeras imbecilidades vomitadas por el secretario autonómico de Cultura, Albert Girona, más chulo que un ocho, el discurso de los responsables culturales valencianos ha ido cambiando a mejor e incluso el propio conseller Marzà, acusado por el público de Les Arts de cobarrde en el estreno de temporada, tomó directamente el timón de la situación, reunió al Patronato, recibió a Plácido Domingo y, con ganas o sin ellas, acudió a una de las funciones de Don Carlo acompañado de la vicepresidenta Mónica Oltra (por cierto vestidica como si fuera a los Oscar, aunque con estilismo de salón Kataoria).

Algunos de vosotros me habéis preguntado por qué no he ido diciendo nada de ese cambio de rumbo después de haber metido aquí caña a saco. Pues, sobre todo, por lo que comentaba al principio, la falta de tiempo; pero además porque no hay todavía absolutamente nada claro y hasta que no vea escritas negro sobre blanco acciones concretas, no me fío ni un pelo de que pasado mañana les siente mal el cremaet y vuelvan a ver las cosas desde su mundo del revés y a decir lo que realmente piensan. Creo que han demostrado un desconocimiento supino de la realidad operística valenciana, como también lo hicieron sus antecesores. Ahora parece que van tomando conciencia de la situación con alguna declaración medio razonable y alguna otra que debe mantenernos alerta. Ojalá al final se imponga la sensatez y sigan por buen camino, yo seré el primero en felicitarles y en pedir disculpas por mis recelos… aunque no puedo evitar de momento fiarme menos de sus palabras que de Grimes como babysitter. Y ya veremos cómo afecta también a la gestión diaria y sobre todo al futuro de la programación este descabezamiento del teatro si se prolonga demasiado.

El caso es que ayer se reanudaba la actividad operística desde aquellas últimas funciones de Don Carlo justo antes de Navidad. Casi mes y medio de parón en esta época del año, de máxima actividad en cualquier teatro normal, es impresentable. Y esto parece claro que hay que agradecérselo al dimitido Livermore, que se tiró el cuesco y se bajó del ascensor, y, como ya ocurriese la temporada anterior, en enero no se programó nada para dedicarse él a sus compromisos externos como director de escena. Inaceptable.

Pero bueno, lo mejor de todo es que la reanudación de la actividad ayer en el Palau de les Arts se produjo a lo grande, habiendo vivido quien esto escribe una de las jornadas más emocionantes e inolvidables en este teatro de ópera, siendo los principales responsables de ello, por supuesto Benjamin Britten, también la labor de Willy Decker, pero, sobre todo, el Cor de la Generalitat, a quien jamás podré agradecer bastante lo que anoche me hicieron disfrutar. Si alguien todavía no acaba de creerse que este coro es de primer nivel internacional, por favor, que se quite las legañas, se lave las orejas y acuda a ver este Peter Grimes.

Desde que hace ya algunos años venciese mi inicial distanciamiento de la música de Britten y descubriese su inmensa calidad, Grimes se convirtió pronto en una de mis óperas de cabecera. Siempre he tenido la ilusión de poder verla representada en directo algún día y me daba miedo que me la fastidiasen con alguna tontunez de puesta en escena que no hiciese justicia a la inmensa fuerza dramática del libreto y de la música de esta ópera. Ayer mi deseo se hizo realidad y además creo que la producción elegida es un acierto incuestionable.

No es nueva precisamente, se trata de una producción del Teatro de La Monnaie de Bruselas, que por cierto en el programa de mano se anuncia como adquirida ahora por el Palau de les Arts, con dirección de escena de Willy Decker, escenografía y vestuario del escocés John Macfarlane e iluminación de Trui Malten, que ya pudo verse en España, en Madrid en 1997, cuando Les Arts todavía no estaba ni en el coco de Calatrava, y en Bilbao en 2004. De Decker pudimos ver en València, en 2013, la famosa Traviata del reloj y, aunque hubo opiniones para todos los gustos, a mí me pareció un trabajo excelente, como también me lo ha parecido este.

Al igual que entonces, creo que el principal valor de esta puesta en escena es una cuidadísima dramaturgia y dirección actoral. Britten y Montagu Slater, el libretista, dibujan en esta obra un increíble retrato de personajes principales y secundarios, todos y cada uno de los cuales, independientemente de su mayor o menor protagonismo vocal, tienen unos rasgos claramente definidos y una participación muy concreta y coherente en la narración. Este valor intrínseco de la obra original ha sido extraordinariamente bien interpretado y trasladado a la escena por Decker, con un sobresaliente trabajo de dirección actoral y movimiento escénico en el que cada persona que está sobre el escenario tiene definida una personalidad concreta. Hasta los miembros del coro dejan de ser una masa anónima, de actuación y movimiento unívoco, para convertirse en un conjunto de personalidades individuales que también funciona como implacable colectivo, pero manteniendo la singularidad de cada personaje o grupo de personajes, tanto en la vertiente interpretativa como en el movimiento escénico. Hacía mucho tiempo que no veíamos una labor tan cuidada y efectiva en este apartado.

La fidelidad al original quiebra en algunos momentos pero sin que, a mi juicio, se resienta el espíritu de la obra, e incluso saliendo potenciado a veces (ojo que van spoilers): La primera es al inicio de la ópera, cuando, en lugar de estar el pueblo dedicado a sus quehaceres, aparecen cantando sentados dirigidos por el reverendo, a modo de himno eclesiástico, lo cual ayuda a incidir en la uniformidad del colectivo frente a la individualidad de personajes como Ellen. También en el mismo sentido, tras el precioso cuarteto del segundo acto, cuando aparecerán unas cuantas mujeres escrutando en actitud amenazante a las cuatro que habían sido apartadas del grupo que va a casa de Grimes. O en el segundo acto, cuando el aprendiz se abraza a Grimes mientras éste, melancólico, evoca cómo sería su vida junto a Ellen cuando sea rico; mientras que en el libreto el aprendiz permanece llorando en un rincón por el trato brusco del pescador, pero ese gesto dota de mayor humanidad al instante y resalta la violencia posterior de Grimes cuando le aparte de sí. O haciendo que Grimes vuelva a la cabaña con el chico muerto al final del segundo acto, haciendo evidente la desesperación del pescador. O en el sobrecogedor coro Who holds himself apart del tercer acto, cuando la masa sospecha que Grimes ha vuelto y canta Al que nos desprecia le destruiremos, y aquí todo el pueblo señalará con el dedo a Ellen, acusándola de lo que pueda haber ocurrido e incluso insinuándose que pueda ser el próximo blanco de la ira colectiva, cuando en el libreto Ellen ni siquiera está presente en ese momento; pero esta innovación contribuye a potenciar ese conflicto individuo-masa que preside toda la obra. Como también lo hará el final de la ópera, donde volverá a aparecer el pueblo sentado cantando y un simple gesto de Balstrode y Ellen hará evidente que estos han acabado por unirse a la uniformidad del grupo. Hay mil detalles en esta excelente dirección escénica y seguro que en posteriores visiones voy descubriendo nuevos.

La escenografía es mínima, una rampa muy inclinada y grandes paneles móviles, pero el poderío visual de la escena acaba por resultar impactante. La amenazadora presencia del mar y la naturaleza se percibe incluso aunque no veamos el mar ni las barcas. El espectacular juego de iluminación y la ambientación conseguida con los fondos y los movimientos de los paneles (magistral me pareció la resolución de la escena de la iglesia), bastan para trasladar al espectador el desasosiego y la opresión de los seres que pueblan el Borough, sin necesidad de mareantes vídeos livermorian style de nubarrones y marejadas.

Hubo instantes de una gran inteligencia teatral e intensidad dramática, como la llegada a puerto de Grimes; la entrada de este en la taberna (y toda la escena de la taberna); la partida final de Grimes o la última escena con Ellen y Balstrode incorporándose a la uniformidad del colectivo.

Si tuviera que buscar algún punto negativo destacaría el riesgo que conlleva el empleo de unas superficies inclinadas para el desarrollo de la acción con tantos personajes en escena. Reconozco que el efecto visual es interesante y que ayuda a incrementar la sensación de fragilidad de los habitantes del Borough, pero me parece milagroso que no acabase ayer nadie rodando y aterrizando sobre los timbales. También deslució un poco el impactante final el ruido que se origina en el rápido cambio de escena que hay que hacer entre la partida de Grimes y la aparición del pueblo de nuevo como al inicio, interfiriéndose así la escucha musical. En cualquier caso, me parece sobresaliente el trabajo del equipo escénico.

La dirección musical corrió a cargo del norteamericano Christopher Franklin, quien ya ha estado anteriormente en València al frente de la Orquestra de la Comunitat Valenciana en Juana de Arco en la hoguera, en Café Kafka, y en otro Britten, La vuelta de tuerca.  En esas ocasiones no me convenció y ya comenté en este blog que me preocupaba seriamente lo que pudiese hacer ante una ópera de enorme envergadura y exigencia como Peter Grimes. Quizás como esperaba que no me gustase su Grimes, acabé por encontrarle mejor que otras veces, aunque incurrió en defectos ya conocidos. Fundamentalmente el abusar de volumen y no cuidar demasiado las dinámicas, marcando una línea bastante horizontal generalmente en forte. Eso hizo que en los números de conjunto más multitudinarios se dificultara la distinción de planos sonoros. Faltó refinamiento y detenerse en detalles que hubieran ayudado a resaltar algunos momentos de la partitura de Britten que lo merecían. En los interludios en general estuvo bien, salvo en un Passacaglia un tanto excesivo y en el introductorio del acto tercero (luz de luna) donde hubo desajustes y una lectura algo tosca. También hubo algunos desequilibrios entre secciones con unos metales demasiado presentes. En lo positivo destacaría el control, nada sencillo, de voces y foso, concertando notablemente y marcando con rigor todas las entradas. Y creo que el conjunto no se resintió tanto como en Juana de Arco, por ejemplo; y a mí el resultado final, pese a los reparos que se le pueden hacer, no me impidió en absoluto disfrutar del genio de Britten.

La orquesta, más allá de la labor de dirección, mostró la enorme calidad de sus atriles y sería injusto destacar a nadie en particular, porque realmente brillaron todos sobremanera. Maderas, percusión, metales, arpa (genial) y una cuerda maravillosa que ya desde los primeros compases del Amanecer (interludio entre prólogo y acto primero) apabulló por su densidad y belleza sonora.

El Cor de la Generalitat, como ya he apuntado antes, creo que fue el gran triunfador de la velada. El coro en esta ópera es un personaje más de capital importancia y las exigencias vocales e interpretativas que plantea la obra son inmensas. Sin duda debe ser una de las apuestas más complicadas que ha afrontado la agrupación y la ha resuelto con matrícula de honor. Honor con mayúscula, honor en su definición como “gloria o buena reputación que sigue a la virtud, al mérito o a las acciones heroicas”, porque glorioso fue el rendimiento obtenido por el Cor tras una actuación heroica, tanto en el aspecto vocal como llevando a cabo una actuación dramática formidable.

Hubo quien cuestionaba el exceso de volumen o la falta de claridad de los planos sonoros que se produjo en alguna escena multitudinaria, pero eso, como he dicho antes, entiendo que es una responsabilidad del director de orquesta. Todas sus intervenciones fueron impactantes y de poner los pelos de punta. Desde el coro de la tormenta, hasta los We live and let live o Old Joe de la escena de la taberna, o el impresionante Now is gossip put on trial, y, por supuesto, el Who holds himself apart que mencioné más arriba, con el que finaliza la primera escena del acto tercero, con ese brutal crescendo de la tensión dramática y las  sobrecogedoras llamadas a Grimes.

Si no bastaba con su inmejorable actuación de conjunto, no pocos de sus componentes tuvieron ocasión de lucirse en pequeñas intervenciones individuales como Empar Llàcer, Javier Galán, Susana Martínez, José Enrique Requena, Boni Carrillo, Antonio Gómez, José Ángel González, Lluís Martínez, Boro Giner o un estupendo Fernando Piqueras.

El plantel solista presentado en Les Arts, como ya ocurriera con otro Britten anterior en El sueño de una noche de verano, no es especialmente conocido, a excepción de Kunde y Plowright, pero me pareció adecuadísimo y bastante equilibrado y las carencias individuales se diluían en la excelencia del colectivo sin afectar al conjunto, pues la entrega dramatúrgica e interpretativa de todos los cantantes, unida a una partitura que desborda emoción y tensión dramática, condujo a un resultado final que sólo puedo calificar de muy satisfactorio, más allá de los posibles detalles particulares que puedan ser criticables.

No sé si, tras la marcha de Livermore, Gregory Kunde seguirá siendo un asiduo en Les Arts, pero por el momento su colaboración ha continuado este año asumiendo este carismático papel del pescador Peter Grimes que, además, debutaba en nuestro teatro en versión escénica, aunque ya lo cantara en Roma en 2013 en versión concierto. El tenor norteamericano da lo mejor de sí en un rol que se nota que le motiva especialmente, llevando a cabo un auténtico derroche de fuerza dramática. Vocalmente las cosas son como son. Hay un desgaste evidente, los cambios de color entre registros están ahí, pero posiblemente ayer haya sido de los días que más me ha gustado en los últimos años. Trazó un Grimes más humano que el de Vickers aunque más plano que Pears. Mostró lirismo y un canto emocionado y sensible tanto en What harbour shelters peace como en Now the great Bear; bastante peor resolvió en el segundo acto In dreams I've built, donde quedaron más evidentes sus limitaciones y kundeó más; y su escena final fue muy destacable.

La también norteamericana Leah Partridge, a quien pudimos ver en Les Arts como la Helena de El sueño de una noche de verano, fue una buena Ellen Orford, llevando a cabo una interpretación cargada de emoción y sensibilidad. En la zona más aguda rozó a veces el chillido y denotaba obvias carencias en el registro más grave, pero su asunción del personaje me resultó muy meritoria. Estuvo fantástica en el dúo con Balstrode.

Con algún apuro por arriba, pero muy sólido en general, resultó también el Balstrode que compuso el barítono Robert Bork, con una voz amplia e impactante, con buena proyección. También destacó en su ajuste al personaje otro barítono, Charles Rice, como el farmacéutico Ned Keene; y cumplieron con corrección el resto del elenco masculino: el Swallow de Andrew Greenan, el Reverendo de Ted Schmitz o el Hobson del gigantón Lukas Jakobski. Menos me gustó la voz de Richard Cox como Bob Boles.

La legendaria veterana Rosalind Plowright ya no está para muchos trotes vocales, pero el papel de la odiosa señora Sedley le viene como anillo al dedo. Es verdad que en su momento del acto tercero acaba recurriendo al parlato, pero la composición del personaje es espléndida y llena el escenario en cuanto lo pisa.

No menos cascada está la voz de Dalia Schaechter, cuya zona grave en más de una ocasion resultó directamente inaudible, pero tampoco chirría en un personaje como Auntie.

Muy cumplidoras, ajustadas y desenvueltas en escena se mostraron también las dos Sobrinas, Giorgia Rotolo y Mariana Mappa, ambas alumnas del Centre Plácido Domingo.

También merece mención especial el joven Alejandro Antelm en su papel mudo de aprendiz, con una muy buena actuación. Lo que no sé es la cantidad de cardenales reales con los que acabará después de cada función porque no son pocas las veces que acaba rodando por los suelos.

Lamentablemente la sala principal de Les Arts no se hallaba llena ni mucho menos. La platea no presentaba mal aspecto, pero los pisos superiores estaban demasiado vacíos. Ojalá el boca a boca haga que en las próximas funciones la asistencia de público sea mayor. La ocasión lo merece. El público, que al menos en mi zona se mostró mucho más silencioso de lo habitual en cuanto a ruidos y chácharas varias, estuvo particularmente frío al finalizar el espectáculo y la intensidad de los aplausos fue bastante tibia en comparación con estrenos anteriores, además de ser más numerosa la típica estampida de los que se quieren poner el pijama y el chupete cinco minutos antes. Sí fueron más llamativas las ovaciones para orquesta, coro y Kunde. También la dirección escénica fue unánimemente aplaudida.

Ya acabo. Si habitualmente aprovecho para animaros a que acudáis a la ópera en directo a disfrutar del espectáculo, en esta ocasión lo hago con especial énfasis. De verdad que vale mucho la pena y hay muchas entradas. Esta ópera no es fácil de ver representada y es una obra que merece conocerse y disfrutarse. Ayer un amigo me decía en el descanso que si alguien va a ver Peter Grimes y dice que no le gusta es que está mal de la cabeza. Obviamente es una exageración y yo no diré tanto, pero se me hace muy difícil pensar en alguien que acuda a este espectáculo y, aunque tenga sus prejuicios acerca de la música de Benjamin Britten, no acabe sobrecogido por la intensidad de la historia y la fuerza de la partitura del compositor inglés… Y además está el Cor de la Generalitat. Tener en nuestro teatro este coro como titular es más que un lujo. Disfrutémoslo.