domingo, 29 de mayo de 2011

"TOSCA" (Giacomo Puccini) - Palau de les Arts - 28/05/11

Se dio ayer el pistoletazo de salida a una nueva edición del Festival del Mediterrani, la cuarta, con el estreno de una ópera emblemática del repertorio como es “Tosca” de Giacomo Puccini.

A pesar de la coincidencia con final futbolera de Champions, hubo lleno absoluto en el Palau de les Arts, con presencia de los fieles aficionados de siempre, mucho novato, bastante público extranjero y, por supuesto, faranduleo y politiqueo, aunque en menor medida que en otros estrenos pese a la popularidad del título, posiblemente debido al fútbol y a que ya habían pasado las elecciones y algunos imputados ya no necesitaban disimular fingiéndose cultos para arañar votos.

Esta “Tosca” estrenada ayer es una nueva coproducción de Les Arts con la Fundación del Festival Puccini de Torre del Lago, la Ópera de Montecarlo y el Teatro Regio de Turín, que ha contado con la dirección escénica de Jean-Louis Grinda y musical de Zubin Mehta.

Jean-Louis Grinda ha declarado con motivo del estreno que su intención era presentar la historia que vive Floria Tosca “como la de un ángel caído que se plantea la pregunta ¿cómo he podido llegar a esto?”. Para ello, introduce la historia con unas imágenes proyectadas donde se ve a Tosca saltando al vacío desde el Castel Sant’Angelo y en su caída, a modo de flashback, va recordando todo lo ocurrido para haber llegado a ese punto, comenzando en ese momento la ópera. La misma proyección cerrará la función con los últimos compases de la partitura.

Estéticamente estas imágenes resultaban atractivas e impactantes y facilitaban la resolución del momento del suicidio, aunque el planteamiento de la trama como un flashback no creo que aporte absolutamente nada, además de que narrativamente sería un flashback tramposo al no respetar el punto de vista, mostrándose escenas que Tosca no podría recordar por no estar presente.

La propuesta de Jean-Louis Grinda, en general, me pareció fallida. Es enormemente clásica en cuanto a su concepción, vestuario y desarrollo, pero parece que se le haya querido dar un barniz de ‘modernidad’ con una escenografía caracterizada por un extremo minimalismo. Pero en este caso, más que minimalismo conceptual, daba la impresión de ser minimalismo ahorrativo, porque allí profundidad de concepto o introspección psicológica no había por ningún lado.

Escenográficamente cercana al todo a cien, me pareció nefasto el primer acto, casi digno de Carlos Saura; no me desagrado del todo el segundo, gustándome la proyección del lienzo de Tintoretto “Tarquino y Lucrecia” (según me apuntó un amigo) en el momento en que Scarpia se va poniendo más calentorrete; y del tercero sólo salvaría el interesante efecto de la sombra del ángel que culmina Sant’Angelo.

En cuanto a la dirección de actores, fue tremendamente elemental y previsible. Aquí se contó con la ventaja de tener a un gran animal escénico como es Bryn Terfel, que él solo se come el escenario. Aunque se compensaba con una sosa Dyka y un Marcelo Álvarez que, siendo benévolos, diremos que no es precisamente Marlon Brando el hombre, con lo que, excepto a Terfel, la verdad es que a la mayoría de intérpretes se les veía un tanto perdidos por la escena.

Tan sólo hubo algunos detalles aislados ‘innovadores’ en la propuesta de Grinda, pero sin que aportasen nada al drama, como que al final del segundo acto el manto se quede enganchado en la mesa, lo cual provocaba risas y cuchicheos en un momento especialmente dramático, por dar la apariencia de que pudiera ser un accidente escénico fortuito. Tampoco me gustó el detalle pandilleril de que Scarpia le meta un golpe con la frente a Cavaradossi después del grito “Vittoria, Vittoria” del segundo acto. Sí me pareció acertado sin embargo que Scarpia finalice el primer acto arrodillándose y besando la mano del Cardenal; pero que inmediatamente después acabe arrojando las flores de Tosca al aire, lo considero una majadería imperdonable, completamente contraria al personaje. Ya sólo faltaba que le hubieran vestido de Locomía.

La iluminación de Roberto Venturi tampoco aportó nada a una dirección escénica que pretende ser moderna, pero que se quedó en previsible y anodina.

En lo musical, la dirección del maestro Zubin Mehta suscitó comentarios para todos los gustos. A mí me gustó bastante. Como suele ser habitual en el director indio, no hizo una lectura especialmente genial o innovadora, pero sí muy correcta y con algunos detalles de muy buen gusto. Condujo Mehta la orquesta con batuta firme, manteniendo una pulsión dramática muy destacable, sobre todo en un segundo acto estupendo. Mimó a los cantantes con especial cuidado, pero sin que en ningún momento mermase la tensión requerida por la partitura.

Es cierto que hubo algunos desajustes en la Orquestra de la Comunitat Valenciana, como ya viene siendo habitual los días de estreno, pero yo no percibí que fuesen de tanta envergadura como algunos amigos me comentaban a la salida. En sus intervenciones solistas destacaron clarinete y concertino; y me pareció que tuvieron una noche especialmente inspirada los metales.

El Cor de la Generalitat Valenciana estuvo soberbio en su pequeña pero crucial participación, e igualmente positiva fue la intervención de los niños de la Escolanía de la Mare de Déu dels Desamparats.

Entre los solistas vocales hubo un poco de todo.

Marcelo Álvarez no sólo no nos regaló una de sus temidas espantás de divo caprichoso, sino que para mí fue el gran triunfador de la noche. De entrada el argentino sorprendió favorablemente por su imagen, habiendo perdido bastante peso desde aquel Don José orondísimo y charcutero del año pasado. Vocalmente su Cavaradossi estuvo plagado de matices y lucimiento canoro, llevando a cabo todo un recital de pianissimos y filados, casi excesivos, haciendo que por momentos yo me acordase del gran Miguel Fleta (admítase la herejía), aunque es cierto que pecaban de poco volumen. Su dicción fue perfecta y el fraseo bellísimo y estilísticamente impecable. Se mostró segurísimo toda la noche en la zona aguda, aunque en ocasiones tendiese a irse la voz un tanto atrás, y nos obsequió con unos “Vittoria, Vittoria” ajustados y larguísimos, y un ‘E lucevan le stelle…’ francamente emocionante.

El galés Bryn Terfel dibujó un Scarpia estupendo. Siniestro, rijoso y malvado hasta el tuétano. Gran parte de su éxito se basa en su enorme talento escénico que, incluso con direcciones escénicas tan planas como la de Grinda, le permite llevar a cabo actuaciones dramáticas memorables. Su voz flexible, de centro bellísimo y poderoso, brilló más en el segundo acto que en el primero, donde pareció comenzar un poco frío, con algún problema de proyección y con demasiados empujones de la voz, como si le costase encontrar el apoyo natural de la misma. El mejor momento del galés fue el monólogo “Non mi vendo a prezzo di moneta”, donde su cuidado e intencionado fraseo y la fuerza dramática de su interpretación hizo que la emoción se adueñase definitivamente de la sala.

La soprano Oksana Dyka, que nos sorprendió muy favorablemente a todos el año pasado en “Madama Butterfly”, no me convenció nada como Tosca. Ya desde su primer “Mario, Mario” me dio la impresión, que se mantendría toda la noche, de que estábamos escuchando a Cio-Cio-San cantando "Tosca". Y también supe que, pese a que a mí no me estaba gustando, sería muy aplaudida al final. Y es que la ucraniana tiene una voz muy rica en armónicos, de agradable timbre y enorme volumen, que se mueve además con solvencia por la zona aguda, todo lo cual suele ser en Les Arts sinónimo de éxito garantizado.

Pero por el contrario, Dyka fue una Tosca, permítaseme el fácil chiste, muy tosca. Su fraseo fue duro, totalmente exento de legato y muy plano. Tuvo una nula capacidad de matización y de acento dramático, y la frialdad y la brusquedad fueron características de su interpretación. En la escena de la tortura dio un importante recital de gritos y el momento siempre esperado del “Vissi d’arte” resultó gélido y falto de elegancia, delicadeza y emoción, no siendo capaz ni de intentar un solo piano, así que, en lugar de transmitirnos el pesar y frustración de la protagonista, parecía que estuviera haciendo el pedido a la cocina del Burger King. Y su “Questo è il bacio di Tosca!” fue, además de inaudible, tan rutinario como un “Chicas, que ha llegado el afilador”.

Todos los comprimarios estuvieron en un nivel más que correcto, gustándome especialmente el Sacristán que compuso el barítono veneciano Fabio Previati.

Al final hubo fuertes aplausos para todos, incluida la dirección de escena, aunque aquí se escucharon tres o cuatro tímidos intentos muy aislados de abucheo. La anécdota de la noche la firmó Zubin Mehta al hacer callar al público durante la ovación final para anunciar el resultado del partido de fútbol, originando el desconsuelo de Bryn Terfel, supporter declarado del Man United, y el alborozo de uno de los miembros de la orquesta (creo que un fagot) que ondeó jubiloso una camiseta del Barça.

Ese es el poder del fútbol, seguro que a la inversa no ocurrirá nunca. La megafonía del Camp Nou anunciando: “Atención: En el Liceu, gallo de Vittorio Grigolo en ‘Che gelida manina’, abucheos a la escena y bravos para Netrebko”.

Os recomiendo leer también las crónicas de los amigos Maac y FLV-M.

ACTUALIZACIÓN A 05/06/11:
Anoche estuve viendo de nuevo esta "Tosca" y hubo algunas cosas que me gustaría comentar.

Lo primero que me llamó la atención fue que dos de las cosas que yo había criticado de la puesta en escena se han cambiado. Afortunadamente, Scarpia ya no finaliza el primer acto tirando las flores al aire con un amaneramiento impropio del personaje, sino que ahora las arroja hacia un lado, con rabia, quedándose con una en la mano que simboliza a esa Tosca a la que piensa hacer suya. Lo que podéis ver en este video del final del primer acto grabado en la función del día 31:


video de MrsTLeighton


La otra variación, también para mejor, es que al final del segundo acto ya no se queda el manto enganchado en la mesa, sino atrapado bajo el cadáver de Scarpia.

En el apartado musical, la orquesta estuvo excelente, mucho mejor acoplada que en el estreno; Marcelo Álvarez me gustó menos, sobre todo en el primer acto, con pianos inaudibles y corriéndole poco la voz; Oksana Dyka estuvo mejor que en el estreno aunque su "Vissi d'Arte" me siguió pareciendo muy flojo; y Bryn Terfel, sensacional de principio a fin. 

miércoles, 25 de mayo de 2011

UNA EXPOSICIÓN Y UN VALIOSO HALLAZGO

"La mujer de rosa" - Giovanni Boldini - 1916 - Museo Giovanni Boldini (Ferrara) 

Ayer asistí a la exposición que está desarrollándose en Valencia, en el Centro del Carmen, y que lleva por título “Retratos de la Belle Epoque”. Una interesante muestra que se vende como “un repaso por la historia del arte de finales del siglo XIX y principios del XX a través del retrato”. La exposición nace de un convenio de colaboración suscrito entre el Consorcio de Museos de la Comunitat Valenciana y la Obra Social "la Caixa", y podrá verse también en Barcelona a partir del 19 de julio.

La muestra es irregular, alternándose obras de indudable valor con otras más discutibles, donde parece que haya pesado más el nombre del pintor (Sorolla, por ejemplo) que su calidad artística. Además se han incluido algunas obras que difícilmente pueden encuadrarse dentro del género del retrato y se echa de menos la presencia de algunos pintores o corrientes pictóricas que hubieran dado una visión más fiel de la evolución del arte del retrato en esos años. Pero en cualquier caso se trata de una cita cultural de gran interés y que merece sin duda una detenida visita.

Junto al ya mencionado Sorolla, podemos encontrar trabajos de gente tan destacada como Toulouse-Lautrec, Klimt, Zuloaga, Munch o Sargent; y alguna agradable sorpresa, como lo fue para mí el descubrimiento de una pintora noruega, Asta Norregaard, de la que confieso que nunca había oído hablar, y de la que se muestran dos retratos francamente bellísimos.

Otro de los pintores presentes en la exposición es el italiano Giovanni Boldini, un artista por el que reconozco que tengo cierta predilección, autor del retrato más conocido de Giuseppe Verdi, y del que se han incluido en la muestra 4 ó 5 trabajos bastante notables, entre ellos un precioso retrato de la bailarina belga Cléo de Mérode que, inteligentemente, ha sido ubicado junto a otro de la misma Cléo, pintado por el valenciano Manuel Benedito, no menos interesante.

Si queréis saber más acerca de la vida y obra de Boldini, os recomiendo pasar por el blog de Assur que recientemente le dedicó un post completísimo.

Hace aproximadamente un año, Giovanni Boldini fue noticia en los medios de comunicación de todo el mundo a raíz de un curioso suceso.

Una mujer nonagenaria había fallecido en el sur de Francia y entre sus bienes se encontraba un piso en París que se había visto obligada a abandonar poco antes de la Segunda Guerra Mundial y que no se había vuelto a abrir desde entonces, pero del que la fallecida seguía pagando los gastos. Un representante de la casa de subastas Drouot abrió el inmueble y manifestó que la experiencia fue “como si entrase en el castillo de la Bella Durmiente, donde el tiempo se había detenido”. El apartamento se encontraba tal cual se había quedado hacía 70 años. Muebles, telas, porcelanas, juguetes, pinturas y otras obras de arte se amontonaban cubiertas de polvo. Entre estos objetos le llamó la atención especialmente un cuadro que había encima de la chimenea y que representaba a una joven vestida con un elegante traje de noche de color rosa.

Tras analizar detenidamente los enseres y documentación existentes en el piso, especialmente unas cartas de amor que se hallaron atadas con una cinta, se descubrió que la joven del cuadro era una actriz francesa de finales del siglo XIX llamada Marthe de Florian, quien parece ser que contaba con un amplio catálogo de amantes, entre los que se encontraban el Primer Ministro Clemencau o el pintor italiano Giovanni Boldini. Éste último se confirmó finalmente como el autor del lienzo, del que se desconocía su existencia, y que había  regalado a su amada Marthe, que en realidad era la abuela de la fallecida.

El cuadro de Boldini salió a subasta por 300.000 euros y acabó vendiéndose por más de dos millones, el valor más alto pagado hasta ahora por una obra del pintor italiano.

La exposición “Retratos de la Belle Epoque” puede verse en Valencia, en el Centro del Carmen (c/ Museo, 2) hasta el 26 de junio; y en CaixaForum de Barcelona del 19 de julio al 25 de septiembre.

viernes, 20 de mayo de 2011

GRAN EXCLUSIVA DE LA TELEVISIÓN VALENCIANA

La televisión pública valenciana, sostenida con el dinero público de todos los valencianos, dio el pasado martes 17 la noticia de la rueda de prensa de Helga Schmidt y Zubin Mehta en la que presentaron la programación del IV Festival del Mediterrani que se llevará a cabo en el Palau de les Arts a partir del próximo 28 de mayo.

Podéis ver el video AQUÍ (mientras no lo censuren).

Nada más comenzar el relato de lo ocurrido, la televisión valenciana aprovecha para hacer un alarde más de su amor por la cultura, y su vocación formativa y de servicio público, lanzando una enorme exclusiva: las óperas “Fidelio” y “Tosca” no fueron compuestas, como inocentemente se creía, por Beethoven y Puccini, sino por un tal Gustav Maggler (*).

No hay que confundir al gran Gustav Maggler, con Gustav Mahler, un compositor menor de bandas sonoras de Visconti, ni con Makkler, otro ignoto gran músico de quien, según informó la propia emisora valenciana en el reportaje, se podrá escuchar también en el IV Festival del Mediterrani un concierto dirigido por un señor llamado Chubinmeta.

Igualmente se anunció el estreno en Valencia de la “Trilogía Romana”, sin que digan de quién es la obra, que para eso los espectadores de la cadena son cultísimos y saben que es de Respighi, pero para dar una pista para retrasadillos, ponen imágenes de la Tetralogía del Anillo, de Wagner.

Lo único extraño es que en todo el video no salgan las jetas de Camps ni de Rita, ni siquiera fugazmente, hecho hasta ahora insólito en toda la programación de Canal 9 (dibujos animados incluidos), por lo que imagino que, a pesar del enorme valor cultural e informativo del reportaje, su autor pueda verse cesado en breve.



(*) Yo he estado buscando en libros, bases de datos y wikipedias varias y todas hacen gala de una ignorancia supina, callando incluso la existencia misma del gran Maggler, pero un amigo del bibliotecario del colegio donde estudió la prima de una cuñada del redactor jefe de cultura de Canal 9, me ha facilitado el borrador con los apuntes de la preparación del reportaje que contiene algunos datos sorprendentes.

Parece que Gustav Maggler nació en 1778 en la población de Molinicos (Albacete) con el nombre de Gustavo Magro González-Lerma. Ya desde muy chico destacó por sus aptitudes musicales, siendo un virtuoso del rasque de botella de anís con tenedor. A los 9 años contrajo unas malignas fiebres de malta, al confundir unos excrementos de oveja con olivas negras de cuquillo, y a punto estuvo de fenecer, pero su padre, que era conductor de coche de caballos, se cruzó media Europa y se llevó al zagal a Viena donde vivía un tío suyo, Juan Magro, que era veterinario.

Allí el pequeño Gustavo consiguió recuperarse a base de zampar strudel como un descosido, pero como estaba todavía demasiado débil para regresar a España, el padre decidió dejarle en Viena viviendo con el tío. Éste ingresó al chiquillo interno en el conservatorio de la capital, no tanto por admirar su capacidad para la música, cuanto por dejar de oír los conciertos de botella de anís con que le obsequiaba el plasta de Gustavo todas las tardes.

Gracias a esta iniciativa, Gustavo Magro pudo estudiar música, especializándose en la composición de óperas, comentándose que llegó a escribir más de 50, con el seudónimo de Gustav Maggler, que quedaba más germánico.

Se dice que entre las composiciones de Maggler, además de “Fidelio” y “Tosca”, estarían títulos tan conocidos como “Cavallería Rusticana” (dedicada a su padre), “Don Giovanni” (dedicada a su tío) o "Simon Boccanegra" (dedicada a un compañero del conservatorio que era algo guarrete).

Una noche, entre alucinaciones provocadas por un empacho de strudel, se escribió de una sentada una ópera surrealista que tituló “1984”. A la mañana siguiente, cuando despertó y releyó lo compuesto, le entró un ataque de risa hasta orinarse y ocultó la partitura debajo de un ladrillo por temor a ser condenado por invocar al diablo.

Su carácter insociable, timidez enfermiza y su temprana muerte a los 21 años, al trepanarse involuntariamente el cerebro mientras se hurgaba la oreja con la pluma de ganso que usaba para escribir, le llevaron a no publicar en vida ninguna de sus composiciones, todas las cuales quedaron guardadas en un misterioso arcón negro que fue donado al Museo de Artes Aplicadas de Viena, donde se ve que metió mano más de uno.